*Les aconsejo escuchar el tema Just let it go de Frou Frou. La letra tiene todo que ver con el cap :)
Día 24. Just let it go (Solo déjalo ir)
Scarlet
Llegué demasiado tarde. Cuanto Kentin me lo contó todo… Nathaniel ya se encontraba encerrado con cientos de margaritas. Le fallé y detesto esa sensación. Confía en mí y yo sigo ocultándole cosas.
Soy una vil rata que merece que la dejen sola. ¡Joder! No puedo con el remordimiento, pero di mi palabra de que no diría nada hasta dar con una solución. Cuando Nathaniel se entere me va a odiar. Sentí un estremecimiento ante esta última idea mientras me hundía en mi cama. Estiré la mano para tomar el gatito de peluche que adornaba mi cómoda prácticamente desde que empecé el instituto. Lo abracé esperando que todo estuviera bien. Nunca había estado tan asustada como cuando vi al rubito inconsciente en el gimnasio. Yo no soportaría que nada malo le pasara y tampoco que dejara de hablarme por no decirle la identidad de su saboteador. ¡¿Cómo me había metido en semejante problema?!
Dos días. Era todo. Solo esperaría dos días más y si nada se solucionaba hasta entonces… Lo siento Kentin, pero se lo diría todo al señor perfecto. Seguro que él sabría qué hacer. Era un as para resolver problemas. Demonios… no podía olvidar nuestra charla en la enfermería y lo cerca que estábamos el uno del otro. Pasé mi mano por mi mejilla y cuello imaginando que era Nathaniel igual que ayer. Y cerré los ojos esbozando una sonrisa de lo más estúpida. Un segundo nada más hasta que mi móvil empezó a sonar. Como era de esperarse contesté de mala gana todavía abrazando el gatito de peluche.
–¿Hola?
–Al fin… ¿Ya recuperaste el juicio?
Fruncí el ceño con cara de hastío al escuchar la voz de Castiel. Definitivamente el día empezaba de la peor forma.
–¿Y tú ya hallaste tu cerebro? ¿O es que nunca tuviste uno en realidad? –me senté en mi cama totalmente cabreada.
Desde que discutimos hace un par de días había estado ignorando al chico pelirrojo e incluso lo bloquee de mis cuentas de Facebook y WhatsApp. No tenía la menor gana de escuchar excusas o, peor aún, una disculpa de su parte por no corresponder a mis sentimientos. No estaba preparada para algo así. Aún no.
–Ja-ja-ja… En serio, ¿se puede saber qué narices ocurre contigo? –a juzgar por el tono Castiel estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no perder el control. Lástima que nadie lo felicite por el esfuerzo.
–Se puede saber a qué te refieres. No te entiendo –respondí con fingida calma.
–Sabes de lo que hablo Scarlet. Desde cuándo te la pasas estudiando y caminando con ese sabelotodo de arriba a abajo. ¿Qué te traes con él?
Esa en sí… era la pregunta del millón.
–Deja de fastidiar. Es demasiado temprano –no podía contestar, simplemente no tenía la respuesta.
–Tenemos que hablar –por la seriedad de sus palabras supe qué era lo que deseaba discutir conmigo.
–Melody y yo… en la convivencia…
Castiel estaba nervioso. Nunca antes había titubeado cuando hablaba conmigo. Esto era grande sin duda y seguro que dolería.
–No. No quiero saberlo –lo interrumpí.
¡Mentira, mentira, mentira! Saber qué rayos había pasado con el chico pelirrojo y la hijita de mamá durante la convivencia era una de las cosas que más quería en el mundo. Pero el hecho era… que estaba asustada. Me aterraba saber la verdad porque eso significaba que lo mío con Castiel era poco más que una bobada inventada por mí. ¿No la había pasado suficientemente mal a esas alturas? ¿Tenía que consumir ese mal trago encima de todo?
–Vamos… deja de comportarte como una cría. Solo quiero explicarte que entre Melody y yo…
–¡No! ¡Tú deja de ser un crío y no me llames a las siete de la mañana de un día de escuela! ¡Tenemos exámenes que aprobar! Hablamos en un millón de años.
Colgué. No interesaba cuantas veces Castiel intentara llamarme de nuevo. Mi móvil con la canción Stellar de Incubus como rington podía sonar hasta que el infierno se congelara. Nada ni nadie me haría cambiar de opinión. Sonreí al darme cuenta de que mis últimas palabras hacia Castiel habían sonado sospechosamente similares a una regañina del rubito. ¿Tenemos exámenes que aprobar? Oh vamos, ¿desde cuándo me importaban ese tipo de cosas? Lo cierto es que quería sentirme orgullosa de mí misma y demostrar a todos que yo también podía obtener buenas calificaciones si me lo proponía. De vez en cuando era divertido saber nuevas cosas y no lo habría descubierto sin Nathaniel. Tenía que agradecérselo de alguna manera. Y entonces me percaté de algo interesante sobre el gato de peluche que continuaba entre mis brazos.
La versión oficial sobre el incidente de las margaritas circuló durante el primer periodo de clases y para la hora del almuerzo todo el mundo estaba más o menos seguro de lo que había ocurrido. De acuerdo a fuentes "fidedignas", alias el periódico escolar dirigido por Peggy y Amber, un entusiasta enamorado había dejado miles de margaritas en el gimnasio para una amada anónima, pero por desgracia su sorpresa fue descubierta por el delegado principal de Sweet Amoris. Su alergía al polen lo enfermó y por eso no asistiría a clases al menos por hoy. Eso sí, Nathaniel se había negado a posponer sus últimos exámenes. Los daría en casa y enviaría por correo al instituto. Solo un chico como él podía negarse a la oportunidad de escapar de las pruebas de mate, química y física.
Ya te dije. No tengo memoria para la resolución de ecuaciones y fórmulas. Cuanto antes despache ese asunto mejor.
Eres un cabezota rubito
Mira quien lo dice – _–
Es que en serio. Vas a hacer los exámenes en casa? Cómo van a estar seguros de que no harás trampa?
Yo jamás haría trampa Scarlet. Eso es obvio y cualquier adulto lo sabe.
Oky suertudo…
No tendría que resolver las pruebas estancado en la cama de mi habitación de no ser por la enfermera de la escuela. Fue un descuido no haber previsto que avisaría a mis padres sobre mi estado de salud. Estoy bien. Hacer tanto escándalo es ridículo.
No seas bobo… Casi te mueres
Que no
Que si!
¡Qué no!
Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii
No. Y ya deja de escribir de esa forma, da miedo. ¿Acaso no repasamos ortografía?
Tu eres el que asusta. Es watsapp relájate
Déjame pensar…. No. No lo haré. Y dime, ¿se creyeron la historia de Romeo, Julieta y sus margaritas despistadas?
Sipi. Espera! Tu diste esa versión?
Por supuesto. La directora Shermansky confía en que todo lo que le digo se apega a la verdad. Al igual que mi hermanita y sus chismosas amigas del periódico escolar. Era obvio que no se molestarían en confirmar mi versión, como haría cualquier medio de comunicación que se aprecia de algo de seriedad. Lo mejor es mantener la historia del saboteador en reserva hasta que estemos seguros de su identidad. No quiero generar más caos del necesario.
Levanté la vista de la pantalla de mi móvil y el mensaje excesivamente largo del rubito. No decirle la verdad sobre lo que sucedía me estaba matando. El señor perfecto tenía que saberlo. Yo definitivamente era una rata grande, sucia y oscura indigna de… Mis insultos autoimpuestos se detuvieron en seco en cuanto noté los ojos grises de Castiel escudriñarme desde la mesa de en frente. De pronto la cafetería parecía muy pequeña y la hora del almuerzo demasiado larga. El chico al que había decidido eludir hasta el fin de los tiempos dejó su silla seguramente dispuesto a obligarme a oírlo. Que ingenuo. Yo siempre hacía lo que me daba gana y punto. Pero antes de que diera un paso en mi dirección su novia, que estaba sentada junto a él, lo detuvo tomándolo del brazo.
No me lo podía creer. El pelirrojo del demonio volvió a su asiento notablemente cabreado al igual que Melody. Vaya, vaya, la princesita me observaba con cara de asesina en serie. Que graciosa. Jamás dejaría que nadie me intimide. Y mucho menos ella. Correspondí su simpático semblante con una sonrisa burlona y un guiño antes de abandonar mi mesa. Lysandro y Rosalya, que compartían la hora del almuerzo conmigo, se dieron cuenta de toda la escena que montamos pero se abstuvieron de decir nada. Al menos mi mejor amigo se limitó a contemplarme como si fuera un ratón de laboratorio.
–Salúdame a Nathaniel. Y no creas que te has librado de contarme todo Scarlet. Me dirás la verdad tarde o temprano.
Rosalya se las arregló para darme un ultimátum previo a devorar un pedazo especialmente grande del bistec que había elegido comer ese día.
–Lo que tu quieras –contesté sin mucho ánimo–. ¿Y cómo sabes que hablaba con el rubito?
–Orque… te eías uy feliz…
–No te entiendo –mentí–. Traga bien quieres… Los veo luego.
Prácticamente hui de la cafetería. Estaba jodidamente roja como un tomate. Diantres… Rosalya iba a matarme de vergüenza uno de estos días. Caminé directo a mi salón de clases. Quedaban quince minutos para que comenzara el último examen de la semana, así que disponía de valiosos minutos de soledad para planear mi siguiente movida. Después de asegurarme de que no había nadie por los alrededores, ocupé mi pupitre y saqué de mi mochila el gatito de peluche. Crucé los brazos y me quedé observándolo durante un momento.
No terminaba por comprender por qué me lo había quedado. A mí no me gustaban los muñecos, ni siquiera cuando era pequeña. Prefería los autos de juguete, o los trenes que se movían de verdad, y una vez que tuve edad suficiente los videojuegos. No había nada mejor. Entonces era un misterio porque me había atraído un peluche hecho a mano. Ni siquiera era mi animal favorito. Los perros me agradaban mucho más que los gatos que me parecían algo odiosos. Pero a él le gustaban mucho. Se notaba a leguas. ¿Por qué no tendría uno en su casa? Tal vez porque su mamá era alérgica al pelo de esos pequeños felinos. Que mala suerte para el rubito.
Como sea… el gato peluche continuaba mirándome indiferente con sus ojos de botones. Bueno con uno, el otro se desprendió hace eones. Además sus costuras necesitaban una urgente reparación. El pobre parecía más parchado que armado, pero en general lucía bastante bien. Después de todo era obra de alguien mucho más hábil que yo en cualquier clase de manualidad.
Fue el día en que me castigaron por llegar tarde a la clase de historia por enésima vez. Para variar al señor Farres se le ocurrió que cumpliera mi sentencia poniendo en orden el taller de costura del instituto. Rumié mi mala suerte por más de media hora antes de reparar en la presencia de Violeta, que cosía en silencio sin prestar atención a mis pobres intentos por organizar los retazos de tela, carretes de hilo y agujas olvidadas por los alumnos de Sweet Amoris.
–Hola –la saludé con evidente mal humor.
Joder… Castiel se encontraba en mi depa con Lysandro mientras yo estaba atorada en el instituto.
–¿Cómo estás Scarlet?
Resoplé ante la inocencia de la pregunta de Violeta. Ni un ápice de sarcasmo. Era obvio que no había notado mi impaciencia por acabar mi castigo.
–Más o menos –puse los ojos en blanco al tiempo que echaba al basurero un muestrario de telas. No había más dónde ponerlo y esos colores pastel eran tan odiosos… Debería haber una ley en contra de tanto mal gusto–. Podría estar mucho mejor sin duda. ¿Y tú qué haces? ¿También te castigaron?
Me acerqué a Violeta. Quería ver qué era en lo que trabajaba con tanto afán.
–Siento que te hayan castigado. Yo solo estoy aprovechando un material que me sobró. No quería desecharlo así que se me ocurrió hacer algo con él.
–Un gato… No está mal pero hubiera sido mejor un perro –me senté junto a mi compañera de clases acariciando el lomo del animal de peluche. Era suave, colorido y bonito. Tenía que reconocerlo y sonreí sin darme cuenta.
–Me alegra que te guste. No estaba segura de cómo quedaría. Lo malo es que no podré acabarlo hoy. No quedan ojos de plástico en el taller que vayan con el modelo –Violeta tomó al gatito entre sus manos y dejó la silla, seguramente se iría a casa la muy afortunada.
–¿Por qué no le pones ojos de botón? Como la muñeca de Coraline y la puerta secreta… quedará igual de bien… aunque seguro no tan aterrador… –reí nerviosa abandonando mi asiento para tomar una escoba, no para volar por desgracia, sino para barrer. Fruncí el ceño al instante–. Olvídalo yo no sé de esas cosas. Los peluches son cursis y tontos.
–De hecho es una gran idea. Gracias –Violeta me sonrió antes de abrir el cajón de una gaveta llena de botones de diferente color, apariencia y color.
–¿De verdad? –hice a un lado la escoba y también me puse a buscar los botones más guay para completar el muñeco.
–¿Qué tal estos? –la palma de mi mano exhibía un botón azul y otro verde.
–Ya veo. Quieres que sus ojos sean de diferente color –mi amiga tomó los botones y se acomodó frente a una mesa para coserlos.
–Pues… sí… Solo si tú quieres, ¿okey? –crucé los brazos y volteé fingiendo indiferencia. Recuerdo haber pensado que los ojos de Lysandro no eran del mismo color y eran hermosos justamente por eso.
–Descuida Scarlet. Tú elección me parece la mejor –aseguró Violeta al tiempo que manipulaba hilo y aguja con gran destreza.
–Que bueno –afirmé extrañamente satisfecha.
–Y ya está listo. Aquí tienes.
La chica cuyo color de pelo coincidía con su nombre me entregó el gatito de peluche.
–¿Es en serio? –pregunté arqueando una ceja.
–Claro. Sin ti no habría podido acabarlo.
Violeta se incorporó y caminó hacia la puerta del taller.
–Espera. Este tipo de cosas no va conmigo –intenté detenerla.
–No te preocupes. En ese caso… Seguro encontrarás a quien dárselo.
Y sonrió con amabilidad antes dejar la habitación.
–Pero a Castiel no le gustan los gatos ni los peluches…
Susurré mientras abrazaba al gatito.
Ahora, casi un año después de que me lo dieron, creía haber encontrado a su verdadero dueño.
"Nathaniel"… suspiré como una boba un segundo antes de que sonara el timbre. Me di una bofeta mental por actuar como una retrasada y regresé el peluche a mi mochila. Si quería regalárselo al rubito primero debía conseguir un nuevo botón para reemplazar al que se había perdido e hilo para reparar las costuras deshechas. Así que decidí ir al centro comercial una vez acabaran las clases y los exámenes.
Por fortuna Rosalya debía regresar a casa temprano y ayudar a su mamá con la cena que pensaba ofrecer a unos amigos, mientras que Lysandro tenía obligaciones con el Club de Periodismo. Era libre como el viento para buscar lo que necesitaba para poner en forma el obsequio del señor perfecto. Me despedí de todos y subí a mi motocicleta sintiéndome más liviana que una pluma.
El centro comercial más grande la ciudad no me impresionaba. Había estado en lugares mucho más grandes, pero tenía lo mínimamente necesario así que estaba segura de encontrar alguna tienda de costura y manualidades en alguna parte. Idea de la que comencé a dudar media hora después. Zapatos, ropa, comida chatarra, juguetes… Joder… no había nada de lo que quería en medio de eso. Y para empeorar me topé con Melotiel besándose muy, pero muy a la francesa. Los dos parecían una sola entidad en medio de una de las escaleras eléctricas que subía al tercer piso del centro comercial.
Yo bajaba al segundo piso. Menos de un metro separaba las escaleras que nos transportaban y lo inevitable pasó. Castiel me vio. Abrió los ojos como platos mientras seguía pegado como una lapa a su novia. Lo saludé con una sonrisa burlona.
–¡Scarlet! ¡Detente! ¡Tenemos que hablar!
El chico pelirrojo se separó de Melody para hacer lo que mejor se le daba. Armar escándalos.
–¡Sorry! No puedo. Es automática –afirmé simulando impotencia y apuntando a la escalera eléctrica que seguía su curso hasta el segundo piso–. ¡Hasta nunca!
–¡Ni creas que te saldrás con la tuya!
Castiel tomó de la mano a su novia y ambos empezaron a correr en dirección opuesta al de las escaleras que debían subirlos al tercer piso. Sobra decir que atropellaron a medio mundo en el camino. Qué terco era ese chico… pero yo lo era más. Corrí como si no hubiera mañana perdiéndome entre la clientela del centro comercial decidida a escabullirme como fuera.
Comenzaba a cansarme en serio cuando llegué al área de juego para niños. Me detuve junto a un piano de piso tratando de darle algo de oxígeno a mis pulmones. Joder… Estaba en pésima forma y no ayudó en nada que Melotiel me pisara los talones.
–¡Ya te tengo!
El pelirrojo endemoniado se acercó por detrás sin que lo notara y me sostuvo de la cintura elevándome unos centímetros.
–¡Qué te pasa! ¡Suéltame!
Grité y pataleé al tiempo que me daba la vuelta para ver al idiota a la cara. Este no era ni por asomo el abrazo que soñaba compartir con él hace unas semanas.
–Ni en tus sueños –sentenció con una media sonrisa socarrona.
Maldito. Empezaba a entender por qué sacaba de quicio al rubito.
–¿Quieres dejarme en paz de una vez?
Esos más una pregunta era una amenaza velada.
–No hasta que me escuches. Aléjate de ese idiota engreído. Te está lavando el cerebro.
–Ya te advertí que pararas de insultar a Nathaniel. Él está fuera de esto, ¿okey?
Algo en mi mirada debió intimidar a Castiel que aflojó su agarre luciendo totalmente descolocado.
–En serio, ¿qué te traes con ese estirado? Te la pasas con él e ignoras a tus amigos. Y para colmo pareces el perrito faldero de la vieja Shermansky, siguiendo las estúpidas reglas del instituto y estudiando más de la cuenta. ¿Qué diablos te sucede?
–Nada… simplemente he cambiado un poco porque me da la gana. ¿Es un delito o qué? No te atrevas a decir que me lavaron el cerebro o llamarme perrito faldero de nadie por eso. Yo hago lo que quiero cuando quiero –repliqué hecha una furia al tiempo que colocaba mis manos en el pecho de Castiel para tratar de alejarlo de mí.
¿Quién se creía que era para decirme cómo vivir mi vida? Nadie tenía derecho a juzgarme si no hacía daño a otros con mis decisiones. Lo peor de todo era que lo tenía tan cerca y no sentía nada más que enojo por su actitud. Imaginé miles de veces una escena similar… con el calor de su cuerpo y su aliento a un suspiro de distancia. Pero todo era tan insípido… tan vacío… ¿Dónde rayos estaba el feeling? Luche tanto para que estuviéramos juntos. ¿Y lloré por esto que se siente como si fuera nada? No era justo… no quería dejarlo ir. No así. No de esa forma.
–¡Ya sé que siempre haces lo que quieres! Pero ni de broma pienses en hacerme a un lado. Tú me importas Scarlet. Tengo muchas cosas que explicarte. Deja que lo haga cabezota.
Tú también me importas Castiel. No tienes idea… ¡Joder! Hice todo lo que pude para que estuviéramos juntos. Solo que creo que no fue suficiente…
Y entonces tuve un instante de valor puro. Abrí la boca para decirlo y dar forma a esos sentimientos que parecían haberse evaporado quién sabe cuándo y cómo. Supe que debía pronunciar todas y cada una de las palabras que habían quedado atoradas en mi garganta desde hace un mes. Así se irían por fin.
–¿Qué hacen ustedes dos?
La cortante voz de Melody nos paralizó. Si las miradas mataran les aseguro que tanto Castiel como yo habríamos dejado de existir en ese mismo instante. Quién diría que la niñita de papá podía lucir tan aterradora parada entre un par de máquinas de videojuegos a unos metros de nosotros.
–Mel…
Castiel me soltó dirigiendo la vista hacia su muy cabreada novia.
–¿Qué está pasando? –volvió a preguntar esta última con toda seriedad al tiempo que se cruzaba de brazos.
–Nada… Yo… este…
Puse los ojos en blanco. El pelirrojo con el que solía fantasear se tropezaba con sus propias palabras sin poder hallar las que necesitaba para calmar a la fiera que se nos venía encima.
–Ya que este no es mi problema. Me voy. Buena suerte.
Oficialmente estaba harta. ¡Y qué bien se sentía por increíble que se sonara! Por primera vez en mucho tiempo me sentía libre y en paz. Lo había dado todo. Hora de pasar página.
Hice una señal de adiós con una mano y me di la vuelta, pero Castiel el necio… me agarró del brazo en un intento por detenerme.
–No te vayas. Deja que te explique –me pidió con expresión apremiante.
–Lo siento –negué con la cabeza.
–Castiel… –Melody estaba poco menos que estupefacta.
–Solo un segundo –su novio no podía dividirse en dos y la situación se estaba tornando verdaderamente incómoda.
Tenía que salir de ese lío cuando antes. Por fortuna vi un par de niños que jugaban con pistolas de burbujas.
–Dame eso niño. Te lo compensaré después– tomé el arma de plástico con mi mano libre y tiré a matar.
–¡Qué haces!
Muy tarde Castiel. Lo envolví en una nube de burbujas y aproveché la confusión para zafar mi brazo. Corrí sobre las teclas del piano de piso dejando una estridente melodía a mi paso hasta dejar atrás el área de juegos, internándome en el sector de tiendas de ropa sin saber exactamente hacia dónde dirigirme hasta que escuche una voz familiar entre la multitud de compradores que me rodeaba.
–Scarlet.
El señor perfecto se encontraba parado frente a una boutique especialmente lujosa. Mi pecho dio un brinco al verlo. Era tan guapo con ese pantalón negro y camisa celeste que lucía como un guante. Era tan estúpido el hecho de que hace unas semanas me fuera indiferente y prácticamente quisiera lanzarlo a los brazos de Melody. ¿Estaba drogada o qué? Feeling… definitivamente ahora sí había feeling.
–Hola –sonreí de oreja a oreja–. ¿Qué haces aquí?
Debería estar descansando en casa después del ataque de alergia que tuvo y en su lugar se encontraba en el centro comercial llevando lo que parecían ser varios trajes de etiqueta en estuches herméticos.
–Lo mismo te pregunto –afirmó aproximándose a mí.
–Yo no soy la que estuvo a punto de morir ayer –afirmé cruzándome de brazos y fingiendo enfado.
–Vamos. Dedme un respiro. Me siento bien –puso los ojos en blanco–. Convencí a mi madre de que podía traer estos trajes de prueba a su boutique. Era una pérdida de tiempo permanecer encerrado en casa sin un motivo razonable. ¿Cuál es tu excusa?
Los ojos de Nathaniel se clavaron en mí esperando una respuesta.
–Ya sabes… después de los exámenes yo… –me mordí el labio nerviosa. Ahora la que se tropezaba con las palabras era yo.
Di un respingo al escuchar el ringtong de mi móvil y entonces vi a Castiel que se abría paso hacia nosotros con cara de ningún amigo mientras sostenía su celular. Por suerte aún no me había visto ni al rubito. Tomé a este último del brazo arrastrándolo hasta una columna que nos ocultaba de mi perseguidor.
–¿Qué pasa? ¿Ese es el pelirrojo del demonio? –el señor perfecto ladeo la cabeza y frunció el ceño al reconocer a su némesis.
–Chist –le pedí que guardara silencio con un gesto de mano–. No tiene que encontrarnos –susurré.
–¿Por qué? –me miró extrañado.
–No quiero verlo, ¿okey? –respondí malhumorada.
–¿Hablas en serio? –Nathaniel parecía sorprendido y a la vez entusiasta. Realmente era un chico raro.
–Prefiero no hablar de eso –sentencié desviando la mirada.
Primero muerta antes de contarle la verdad.
–Muy bien –el señor perfecto levantó las manos en señal de rendición–. Un día me dirás qué sucede, hasta entonces te ayudaré a eludir a Castiel.
–¿Quién te dijo que necesitaba ayuda? –hice un mohín simulando enfadarme.
–Tú. Aunque no lo admitirás ni muerta –aseguró el rubito sonriendo con toda calma–. Pero no me importa. Me agrada que no quieras ver al pelirrojo endemoniado.
–Eh…
Vaya… eso último me descolocó. ¿Qué quería decir con eso? ¿Tal vez sentía celos? Eso sería… sería genial.
–Vamos. Es nuestra oportunidad.
Nathaniel tomó mi mano sin dudar y me arrastró con él hasta la boutique, ocultándonos detrás de un grupo de maniquíes frente a un enorme aparador. Castiel, que presintió nuestra presencia, volvió sobre sus pasos y escudriñó la tienda luciendo muy, pero muy cabreado. ¿Dónde estaba su princesa? Era la primera vez que la quería cerca y ni sus luces. Típico… lo único que hacía esa chica era arruinarme el día una y otra vez.
–Descuida. No nos hallará. Soy el mejor escapista. Puedo hacerme invisible si no quiero que me encuentren –susurró el señor perfecto guiñándome un ojo al tiempo que me nos internábamos en una selva de maniquíes y ropa en colgadores.
Las prendas olían a mezclilla y un perfume que me recordaba al jardín de rosas de mi tía. De pronto sentí el aliento del rubito junto a mi oreja.
–Ya se va…
Era verdad. Castiel se iba dejándome sola con Nathaniel. Gracias destino. Ahora menos que nunca lo quería cerca.
–Lo perdimos. Bien hecho.
Estiré la mano para chocarla con la del señor perfecto que después de mostrarse desconcertado con el gesto lo entendió.
–Te lo dije. Soy el rey del escondite.
–Oky. Ya lo sé.
Sonreímos en signo de complicidad.
–Nathaniel. Qué bueno que ya está aquí.
Una mujer bastante chic se acercó a nosotros por detrás.
–Hola Estela. Lamento el retraso. Aquí tienes.
El rubito volteó y entregó los trajes.
–Te agradezco. Los necesitamos para el aparador masculino.
–No hay de qué. Mi madre vendrá más tarde para comprobar la organización de la nueva colección.
–Eso significa que hay que ponerse manos a la obra –de pronto el semblante de Estela reflejaba preocupación–. Les diré a las chicas que me ayuden.
–No te preocupes. Todo irá bien –Nathaniel apoyó la mano en el hombro de la mujer que pesé a ser al menos diez años mayor recibió el gesto con notable alivio.
–Tienes razón. Tu mamá estará complacida. ¿Por qué no llevas a tu novia a un recorrido por la boutique? Estoy segura que le encantará.
–¿Mi novia? –el señor perfecto palideció por un segundo antes de enrojecer por completo.
La tal Estela nos miró con una sonrisa pícara. Era mi oportunidad. Tenía que tomar el chance si no quería arrepentirme el resto de mi vida… o lo que durara el año escolar. El rubito me estaba contagiando su dramatismo.
–Gracias. Claro que me gustaría ver la tienda… con mi novio –aferré el brazo de Nathaniel que se limitó a verme con los ojos tan abiertos como platos.
–Excelente. Pásenla bien –sentenció la mujer guiñándonos un ojo antes de irse. Definitivamente ella me agradaba.
–¿Qué fue todo eso? –preguntó el señor perfecto una vez nos quedamos solos.
–Nada –fingí demencia–. Vamos querido novio. Muéstrame todo.
–Eres increíble…
El rubito puso los ojos en blanco antes de que camináramos del brazo por la boutique.
–Así que este lugar es de tu madre.
–Sí. Además de ser diseñadora de modas es empresaria. Y una muy buena debo decir.
–No me extraña. Se nota que la temen por aquí…
–Bastante. Ella puede ser una persona bastante difícil a veces.
"Difícil" era una palabra demasiado suave para describir a la mamá del rubito. Solo recordar cómo lo había tratado el día que fui a su casa me erizaba la piel. Pobre Estela y etcétera. No quisiera estar en sus zapatos por nada del mundo.
–Lo siento por todos…
Y por ti Nathaniel.
–Descuida. No es para tanto –el señor perfecto hizo un ademán con la mano restándole importancia al asunto como siempre hacía cuando algo lo afectaba–. Tu chocolate se va a enfriar.
–Cierto…
Nos encontrábamos en uno de los vestidores de la boutique. El más lujoso en el que había estado hasta entonces. La habitación tenía la forma de un hexágono con cuatro de sus seis paredes cubiertas por espejos, mientras que en la quinta se apoyaba un precioso mueble de madera tallada con decenas de compartimientos y en la sexta la puerta se abría de par en par. Era tan elegante. Sobre el piso cubierto por una afelpada alfombra blanca descansaba una mesita y un par de mullidos sillones. Nathaniel y yo los ocupamos luego de que Estela nos trajera unas galletas de leche y dos tazas de chocolate.
–¿Y cómo están tus padres Scarlet?
El tono de voz del rubito denotaba genuino interés.
–Creo que andan por Islandia… En esta época del año es un lugar precioso para visitar.
Me hundí en el sillón abrazando mi taza de chocolate a medio acabar. Le había contado al rubito que mis padres eran agentes de viaje y que pasé la mayor parte de mi vida en correrías alrededor de mundo con ellos, pero lo que no le dije era que tal vez me iría con ellos en breve. Lo había estado considerando seriamente y la insistencia de mi papá…
–Vaya… me gustaría ir algún día –afirmó el señor perfecto con una mirada soñadora.
–Es muy hermoso –secundé a mi interlocutor–. Hay géiseres, lagunas, auroras boreales…
Yo había ido a Islandia antes y por supuesto que quería volver. Cerré los ojos… me sentía muy cansada… los exámenes, el descubrimiento de la identidad del saboteador misterioso, la pelea con Castiel, dejarlo atrás…
–Scarlet… Scarlet…
Desperté con el rubito sentado en el borde de mi sillón tocando mi hombro con suavidad para despertarme.
–¿Qué? Cinco minutos más –protesté acurrucándome junto al chico que tenía al lado y cuyo corazón empezó a latir con mayor rapidez.
–El tiempo que quieras… Pe… pero….
Nathaniel tartamudeaba al tiempo que perdía el equilibrio y me arrastraba en su caída al piso.
–Auch… Rubito… ¿por qué siempre eres tan torpe?
Lo regañé permaneciendo encima de él. Me estaba empezando a gustar mucho la sensación de estar cerca suyo.
–No es que tú seas de mucha ayuda –replicó sin moverse al igual que yo–. ¿Qué es eso?
Extendió la mano para alcanzar la pistola de juguete que acababa de resbalar del bolsillo de mi pantalón.
–Dispara burbujas. Se la pedí prestada a un niño –expliqué sin dar muchos detalles.
–¿"Pediste"? –el rubito enarcó una ceja con expresión divertida–. Por el aspecto de esta cosa infiero que es rentada del área de juegos. Iremos más tarde a devolverla.
–Como quieras… –hice un mohín cruzándome de brazos sobre el pecho del señor perfecto.
–Eres un caso Scarlet –sentenció con una media sonrisa–. No te preguntó nada porque sé que de momento no me responderás.
Asentí dándole a razón.
–Así que supondré que te gustan las burbujas… como a mí –continuó con una sonrisa al tiempo que oprimía el gatillo de plástico.
–Vaya…
Me tumbé de espaldas en el piso como Nathaniel cuidando de alejarme lo menos posible de su lado. Una nube de burbujas iridiscentes se diseminó por la habitación flotando sobre nuestras cabezas con un efecto mágico. Sin pensarlo estiré la mano para tocar las que se nos acercaban y desaparecían apenas las rozaba. En ese preciso instante concebí la idea de que mi relación con Castiel era algo así. Una frágil burbuja destinada a desaparecer con el menor toque aunque doliera. Y aun así era bello y lo recordaría siempre. Solo que ahora el presente era lo que más me interesaba.
–Todo estará bien –aseveré volteando hacia el rubito que miraba las burbujas absorto en sus propios pensamientos.
–Por supuesto que sí –respondió tomando mi mano mientras giraba hacia mí.
Ahora nuestros rostros con un dejo de sonrojo estaban a escasos centímetros de distancia. Se sentía tan diferente de la primera vez que lo besé e incluso a las otras veces. Estaba nerviosa… realmente lo estaba y esperaba… esperaba que él…
–Los novios se besan. ¿No… no crees que deberíamos completar la ilusión?
El señor perfecto me acarició la mejilla despidiendo una corriente eléctrica que circuló por todo mi cuerpo en menos de un segundo. Nunca antes había sentido algo similar. Con nadie. Ya no tenía un ápice de sueño, pero cerré los ojos al igual que mi supuesto novio ficticio.
–Okey –temblé al pronunciar cada letra.
–Scarlet… –susurró un segundo antes de que sus labios tocaran los míos.
Tanto y tan poco a la vez. Como acariciar una burbuja que ceso de existir en un tris.
"¡Esto no puede ser! ¡Inconcebible!"
Nos separamos mirando hacia todas partes en busca de la fuente de los gritos.
"¡Un desastre absoluto!"
Menos mal el escádalo parecía venir del área de aparadores de la boutique.
–Oh cielos… es mi madre –Nathaniel se puso la mano en la frente en señal de una próxima jaqueca.
–Parece que está comiéndose vivos a todos sus empleados –dije frustrada porque nos habían interrumpido. ¿Qué rayos tenía el universo en mi contra?
"¡Da vergüenza ajena!"
–Sé muy bien lo que se siente eso mamá…
El rubito se levantó de mala gana. Era obvio que ni de lejos era la primera vez que su madre armaba líos semejantes. ¿Cuál era la necesidad de gritar? ¿Acaso no se podían arreglar las cosas hablando? Y lo peor de todo es que interrumpió nuestro beso.
–Por favor disculpa. Iré a ver qué está pasando. Lo mejor es que nos vayamos después. En serio lo siento.
–No es tu culpa. Tranquilo –dejé el piso y lo abracé para reconfortarlo. Ser el único cuerdo en su familia de locos era muy duro sin duda.
–Gracias por decirlo. No tienes por qué presenciar esta clase de espectáculos –correspondió mi abrazo provocando que mi corazón diera un salto.
–He visto peores te lo aseguro. ¿Olvidas que he salido un montón de veces con Castiel? –bromeé.
–Tienes razón, pero sabes… –sentí que los brazos del rubito se estrecharon aún más alrededor de mi cintura–. Realmente me alegra que estés evadiendo al pelirrojo del demonio sea cual sea la razón. Él no te merece.
La convicción del señor perfecto me sorprendió… tanto que no supe qué decirle o él no me dio la oportunidad de responder. Se apartó y caminó hacia la puerta del vestidor sin mirar atrás. Y quién lo culpa… estaba como un tomate.
–Te veo en unos minutos –dijo con timidez.
–Súper.
En cuanto me quedé sola me hundí en el sillón que tenía más cerca. ¿Súper? ¿Qué clase de respuesta era esa? ¿Me estaba volviendo una idiota o qué? Bueno, bueno... En realidad eso no importaba. Nathaniel no quería que esté con Castiel… Nathaniel no quería que esté con Castiel… ¡Nathaniel no quería que esté con Castiel! Abracé mi mochila esbozando una sonrisa de oreja a oreja. Tal vez era cierto ese refrán que decía que a veces cuando se pierde en realidad se gana.
–Es una vergüenza que cinco personas sean incapaces de vestir adecuadamente una docena de maniquíes de exhibición.
–Pero señora Adelaida. Hicimos lo que creímos mejor y…
–Silencio Estela. Como siempre me decepcionas. ¿Acaso es mucho pedir que los maniquíes usen las prendas según el simple dictado de la moda?
– Y así está… solo que…
–Pero se les ocurrió hacer pequeñas variantes a su gana y gusto.
La mamá de Nathaniel parecía un ogro por más que estuviera vestida como una príncesa. Solo un carácter como ese podía opacar el vestido de seda verde esmeralda que llevaba puesto. Las chicas que acompañaban a Estela se veían muy asustadas y con razón. La señora estaba que echaba chispas. ¿Cuál era su problema?
Observé los maniquíes que ocupaban los aparadores y no noté nada extraño en ellos. Mis conocimientos sobre moda eran limitados, sobre todo si los comparaba con los de Rosalya, pero los conjuntos expuestos estaban a la moda al menos según el internet y la televisión. Lo único extraño era que cada uno tenía algo original que lo complementaba: una chalina, una gorra, una camisa, un accesorio que rompía con el canon. ¿Era eso lo que le molestaba tanto a doña perfecta?
–¿Cómo se atreven a transgredir la estética de la temporada?
Eso contestaba mis dudas.
–Calma mamá. No te enfades. Solo intentaban darle un toque original a la combinación de prendas. Incentivar a tus clientes a ser ellos mismos agregando algo propio a los conjuntos –el rubito salió a la defensa de los empleados de su madre.
"Ser ellos mismos". ¿Qué quería decir eso? ¿Transgredir lo establecido aunque solo fuera la ropa si eso te impedía ser tú? Eso… me gustaba.
–No me hagas reír Nathaniel. Tú no sabes nada. Sacrificar el glamour por un tonto capricho es ridículo –la respuesta de la señora Adelaida fue dura y tajante.
Me cabreo por completo. Quise decir algo al respecto pero el señor perfecto se me adelantó.
–No me parece risible sobresalir en lugar de lucir como un clon de alguien más –declaró con toda calma–. ¿Dónde queda la personalidad y los gustos de cada uno?
¿Desde cuándo se oponía a su madre de esa forma? El semblante de esta última pasó de reflejar sorpresa a desdén.
–¿Personalidad? ¿Gustos propios? Mi trabajo es enseñar a la gente sobre qué vestir para que luzcan bien según ciertos estándares. Es todo. Si quieren algo distinto están equivocados. Jamás podrás trabajar en la industria de la moda con esas ideas. Fue suficiente –se dirigió a Estela y los demás–. Les propongo tranquilizarnos como sugirió mi hijo. Retiren todo lo que altera los conjuntos y se acabó. Vuelve a casa Nathaniel. Ya ayudaste suficiente al traer los trajes para la exhibición. Cuida tu salud.
–Descuida madre. Mi novia y yo nos vamos –respondió el aludido con una enorme sonrisa.
Y solo entonces todos repararon en mi presencia. Miss Adelaida debió reconocerme porque abrió los ojos como platos. Había pasado de ser amiga de su hijo a su novia. La vida podía ser una auténtica caja de sorpresas. Si lo sabré yo.
–Bien… –la aludida lucía completamente descolocada.
¿Cómo era posible que creyera que Nathaniel era un ermitaño? Y si él quería serlo era su decisión al fin y al cabo. ¿Por qué tenía que ser tan intolerante con su hijo?
–Te veré en casa mamá. Y descuida no me interesa arrear ovejas ni formar parte del rebaño.
–Es tu elección –Adelaida era una furia, pero contenida. Después de todo su hijo había ganado la batalla de ideas. ¿Quién quiere ser una oveja cuando se puede ser algo más? Lo que sea. Todo menos eso.
Joder… ese rubito siempre terminaba haciendo que pensara cosas… cosas que nunca se me ocurrieron.
–Exacto –dio la razón a mamá sin dejar de sonreír–. Vamos Scarlet.
Abandonamos la boutique sin mirar atrás.
–Si vuelves a disculparte me enojaré en serio.
–De acuerdo… Solo quiero que sepas que son consciente de que hice mal, me dejé llevar y…
–Ya por favor –miré al señor perfecto con ojos de súplica. Era tan melodramático–. Hiciste bien rubito. Tu mamá se pasó de borde con todos… y contigo.
Nos sentamos en una mesa del patio de comidas del centro comercial con un gran plato de papas fritas de por medio. El señor perfecto se sentía tan culpable por el extraño encuentro que tuvimos con su madre que aceptó compartir conmigo lo que definió como una desagradable masa de sal y grasa.
–Ella siempre es tan cerrada y exasperante. Al igual que mi padre y hermana. No entiendo por qué actúan de esa forma, pero no lo comparto y es todo. Siento haber mentido y armado un alboroto Scarlet.
–Es una costumbre de familia supongo. Y ahora que me volviste a pedir perdón rubito… solo te daré la absolución si comes como se debe –sentencié con una sonrisa malévola ofreciéndole una papa empapada en mayonesa y kétchup.
–¿Tienes que ser tan cruel? –me miró como si fuera Superman y yo le estuviera ofreciendo kriptonita en su jugo.
–Deja de exagerar y come –ordené mostrándome implacable–. Te gusta y lo sabes.
–No es lo único que me gusta en esta mesa –Nathaniel tomó la papa de mi mano y la comió de un bocado sin despegar la mirada de mi rostro.
–Ah…
Ahora era yo la que se puso como un tomate. Este chico realmente me afectaba. Y encima la expresión de su rostro no podía lucir más satisfecha. Tomó un tenedor y trincho una papa que se llevó a la boca con toda elegancia... como si estuviéramos en un restaurante de categoría. Era tan extraño… pero me agradaba como era él.
–Los maniquíes continuarán siendo maniquíes… Y mi madre seguirá contribuyendo a la masificando de las personas, aunque Estela y los demás opinen diferente. No siempre es posible ganar todas las batallas –el señor perfecto suspiró cruzándose de brazos–, pero te aseguro que en la guerra quien tenga la última palabra seré yo. Nunca podrán suprimir a todos los individuos, somos demasiado necios para dejar de ser nosotros solo porque alguien más lo dice. Y si hay un precio a pagar… bienvenido sea.
Una vez más la madurez y convicción de Nathaniel me sorprendieron. Y sus ideas… hacían que me percatara de cosas que siempre había pasado por alto. Así que de eso se trataba… Ser individuo. Todo lo que me dijo antes y su comportamiento se resumían en eso… Actuar como uno mismo frente a los demás sin importar su opinión. Observé de reojo a las personas sentadas en las mesas de alrededor y las que caminaban por los costados con sus bandejas repletas de comida. Al menos seis de cada diez vestían igual. ¿Acaso pensaban de la misma forma también? ¿Sus sueños serían copias al carbón? ¿La meta de todos era un calco que ni siquiera eligieron ellos sino otros? ¿Dónde quedaban nuestras propias elecciones? ¿Yo no era un clon de nadie verdad?
Bajé la vista hacia mi ropa. Para mi alivio mi pantalón de cuero negro y la camiseta roja que llevaba puestas no compaginaban al dedillo con los maniquíes ni pronosticaban una moda futura. Me quedaban bien a mí y solo a mí. Y eso era suficiente para satisfacerme. Las dudas que tenía sobre mi apariencia comenzaron a desvanecerse y comencé a sentirme orgullosa de mí misma.
–Creo que me puse un poco pesado. Perdón… no suelo hablar sobre esas cosas a menudo.
El señor perfecto me contemplaba con timidez y cierta inseguridad. Temía que me molestara con él por decirme lo que pensaba.
–No seas bobo –repliqué acercándome a su rostro como si le fuera revelar un secreto–. Gracias a ti aprendí un montón de cosas nuevas.
Esperaba que el rubito captara el cariño que trasuntaban mis palabras.
–Y gracias a ti ahora puedo decirlas alto y claro. Me diste el valor para hacerlo –confesó sonriendo antes de darme un beso en la mejilla–. Scarlet, sin importar lo demás, yo elijo estar contigo.
–Lo mismo digo Nathaniel.
Nuestras manos se entrelazaron sobre la mesa y así terminamos nuestra porción de papas por más ridículo que suene.
Luego de devolver la pistola de burbujas al área de juegos convencí al señor perfecto de que tomará un autobús a casa. Me hubiera encantado irme con él, pero tenía que recoger mi motocicleta que había dejado en el estacionamiento del centro comercial. Además debía hacer una parada de camino a casa. Recordé haber visto una tienda de costura un par de calles antes de llegar a mi edificio.
Una extraña emoción me invadió cuando entré a mi habitación y coloqué sobre mi cama el gatito de peluche, los carretes de hilo y los botones azules que serían sus nuevos ojos. Azul era su color favorito. Seguro al rubito le encantaría el detalle. Eso pensé un segundo antes de contemplar la pared donde había pegado las fotos que tenía con Castiel. Menos de tres metros me separaban de ellas pero podría jurar que ese pequeño trecho se me hizo eterno.
Tomé una a una las imágenes que había conservado como un tesoro y que terminé apilando sobre mi escritorio. Más tarde vería qué hacer con todos esos recuerdos. Yo, acababa de descubrirlo, era capaz de escoger cómo sería mi vida. Y en lo posible evadiría el dilatar tragedias amorosas sin sentido. Iba a dejar ir al pelirrojo cuyos ojos grises me encantaban hace menos de un mes.
Bueno de vuelta después de tiempo. Ya estamos en la recta final XD. Solo seis capítulos más. Trataré de acabar el fic lo antes posible. Hay muchas preguntas por ser contestadas: la identidad del saboteador que Scarlet se rehúsa a decirnos, cómo y por qué acabó el noviazgo de Lyandro y Scarlet, qué periódico escolar ganará, por qué están juntos Castiel y Melody, y más jejeje. Los siguientes capítulos responderán todo esto y más. Gracias por la increíble paciencia y el apoyo a pesar de mi tardanza. Por favor dejen comentarios sobre el cap y el fic en general. Siempre los leo todos y me ayudan a escribir un montón :). Espero pronto poder publicar un par de historias originales que espero disfruten igual que este fic
