Lo primero de todo, ¡Feliz Año Nuevo! Mil disculpas por la tardanza, se que dije que lo subiría antes, pero por varios motivos no he podido hacerlo. Acabo de terminar el capítulo ahora mismo y como se que estaís deseando leerlo, lo subo sin corregir, así que si encontraís errores me disculpo de anteman
Para compensaros por la espera he alargado más el capítulo, tiene casi doce mil palabras que son unas cuarenta páginas de word, el más largo que he escrito hasta ahora, así que estareís un buen rato ocupadas.
Como siempre, espero que os guste, que estoy segura que lo hará, y ya sabeís cuando acabeís de leer espero votos y comentarios.
Y sin más os deseo un feliz año a todos, gracias por hacer posible que esta historia siga adelante.
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28-. Desandando lo andado.
Cerró el diario con fuerza cuando se hizo dueña de su propio cuerpo. Todas las imágenes, todos los objetos que había observado con sus propios ojos, todas las conversaciones de las que se había echo participe, estaban grabadas a fuego lento en su interior. Por mucho que intentará asimilar todo lo que había presenciado no podía, le resultaba completamente imposible.
No se daba cuenta, que el pergamino, que sujetaban sus manos temblorosas, era más importante de lo que jamás hubiera podido imaginar. Mucho más importante de lo que nadie creía. Porque allí no solo estaban plasmados los recuerdos de Blancanieves. Ahí estaba escrito, de su puño y letra, la verdad de lo ocurrido. La verdadera historia de lo que hace miles de años ocurrió. La verdadera historia que dio paso a un cuento infantil tras los ojos de muy pocos mortales.
La curiosidad carcomía a Hermione lentamente. Deseaba seguir leyendo, seguir presenciando las vivencias de la princesa con sus propios ojos como lo acababa de hacer hace unos segundos, pero tenía que pensar con la cabeza fría. No podía dejar todo de lado por una obsesión. Tenía que bajar a cenar.
De todo lo que había visto, lo que más le había impactado era la amistad que se había formado entre Humbert y Blancanieves, con tanta facilidad. ¿Pues no era, que el leñador era el encargado de matarla en un principio? No entendía nada. Toda la información que acababa de recibir se agolpaba a empujones en su mente para ocupar un espacio en su memoria.
Se levantó de la cama, dándole vueltas a todo lo ocurrido. Ni siquiera estaba pensando en Malfoy como los anteriores días. Pensaba en el pasado, un pasado que se entremezclaba muy nítidamente con el presente que a ellos les había tocado vivir.
Salió de la habitación para dirigirse hacia el comedor, aunque era lo que menos le apeteciera en esos momentos, tenía que cenar.
Luna, plantada al pie de las escaleras, miraba como Hermione las bajaba. La encontraba extraña, más pálida de lo normal. Aunque no tendría de que extrañarse. Los sentimientos de su amiga estaban al límite desde los últimos seis meses. Lo raro era, que con tanto estrés, no hubiera enfermado todavía.
Se contuvo de preguntarle que que tal estaba, o que si se encontraba bien, pues eran preguntas, en las que saltaba a la vista, que la respuesta sería negativa. No había que ser muy inteligente para intuirlo, solo un poco observador.
- ¿Te han dejado descansar los yelims?- le preguntó la rubia con su dulce voz.
Hermione asintió, sin preguntar siquiera que eran los yelims. No tenía ahora la cabeza para atender a las excentricidades de su peculiar amiga. Entraron juntas al comedor. La castaña lo primero que hizo fue acercarse a su hija que jugaba en el suelo con Scorpius y sus primos. Ginny y Harry acababan de llegar de su visita por la madriguera. En ese momento tres serpientes entraban justamente por la puerta del comedor. Hermione, arrodillada en el suelo, elevó la vista para mirar a Draco, éste, borró la sonrisa que portaba de inmediato. Le dirigió una mirada gélida, inhumana, de esas que le dedicaba cuando aún estaban en Hogwarts.
Hermione dirigió de nuevo toda su atención a su hija, incapaz de aguantar esa mirada por mucho más tiempo. Se sentía pequeña a su lado, se sentía como una niña que ha echo alguna travesura a espaldas de su padre y teme ser pillada, se sentía expuesta ante sus ojos. Y es que el Slytherine tenía la peculiaridad de ejercer ese efecto sobre ella.
Se sentaron en torno a la mesa en cuanto dieron de comer a los pequeños. Harry y Ginny daban recuerdos de parte de los señores Weasley para todos y hablaban sin parar de su tarde en familia, rompiendo el silencio que se había formado.
- ¡¿Llevas las uñas pintadas, Nott?!- dijo Ginny dando un bote en su silla en cuanto se dio cuenta de ese echo tan interesante.
Theo tragó saliva, dichoso pintauñas que no se iba ni con magia. A saber hasta cuando iba a tener que soportar semejante tortura. Estiró los dedos y se los miró, intentando ocultar su desagrado.
- Tenía muchos norx amarillos acechándolo- dijo Zabinni burlándose de su amigo.
Hermione no escuchaba nada de lo que sucedía a su alrededor. Estaba ajena a todo y a todos. Revolvía la comida del interior de su plato mareándola. Escuchaba voces, suponía que eran sus amigos hablando entre ellos, pero no entendía su significado. Su mente estaba muy lejos de allí. En otro tiempo y en otro lugar, en una chica castaña y un muchacho pelirrojo.
Blancanieves ocupaba todos sus pensamientos, y a su vez, Humbert lo hacía con ella. Se habían besado. Hermione se llevó su mano libre inconscientemente a los labios, acariciándolos. Aún podía sentir el cosquilleo que recibió cuando sus labios se juntaron con los del pelirrojo.
Malfoy, enfrente de ella, un asiento más a la izquierda, no le pasó desapercibido ese gesto. ¿A qué venía esa caricia? La miraba con detenimiento, no podía evitar preocuparse por ella; por ese color enfermizo que últimamente caracterizaba su piel, por esa mirada perdida que era dueña de sus ojos. Quería hablar con ella, pero no podía, cuanto más alejado se mantuvieran uno del otro mejor. Aunque se moría de las ganas de hacer caso a sus sentimientos por una vez en su vida, no podía. No podía permitir que Becka fuera por su madre, no podía permitir que nada malo le sucediera, y si estaba con ella, todo lo malo se hacía palpable. Les acechaba como un animal salvaje a su presa, esperando el menor movimiento de ellos para atacarlos.
Hermione, ajena a las cavilaciones del rubio, seguía removiendo la sopa con cansancio. Blancanieves y Humbert se habían besado, ambos sentían algo por el otro. Pero había algo que no encajaba, ¿Y Fernando? Si la princesa sentía algo por el leñador, ¿cómo había terminado comprometida con Fernando? No entendía nada. Le iba a estallar la cabeza en cualquier momento. Las punzadas a las que eran sometidas sus sienes se acrecentaban a cada segundo. Necesitaba descansar.
Se llevó una mano a la frente.
- Pásame la sal, Granger- dijo Malfoy aún sin dejar observarla.
La castaña elevó la mirada, indignada. Ahí estaba de nuevo la dichosa orden. La única frase que el rubio era capaz de dedicarle con naturaleza.
- Cógela, tú- retó incapaz de mantenerse callada-. ¡No soy tu criada, Malfoy!
Ginny, sentada a la izquierda de Hermione, abrió los ojos como platos cuando escuchó la contestación de su amiga. Hacía mucho tiempo que no escuchaba ese tono de voz en ella. Era como volver al colegio, escapando del radar de las serpientes en cualquier corredor, para no dejarse avasallar por ellos. Estaba más que claro, tenía que hablar con ella, esto no podía seguir así. No podían volver las antiguas rivalidades sin sentido. Ella iba a arreglar eso. Iba a hacer entrar en razón a esos dos que se hacían llamar inteligentes pero no veían más haya de sus narices. Le haría una encerrona a Hermione y usaría a Luna como cómplice. Y también a Pansy. Si también a Pansy, como amiga del hurón le venía como anillo al dedo. Pero tendría que esperar que la morena volviera de su turno en san mungo, esperaba que no tardara mucho.
- La tienes al lado, Granger- dijo Draco observando como a la castaña se le arrugaba la frente.
Hermione miró a su derecha, y ahí en efecto, estaba el salero. No le costaría nada estirar su mano para pasárselo a Malfoy, pero no le daba la gana. Así de simple. Si quería algo, que lo pidiera por favor como las personas normales, no ordenando como estaba acostumbrando.
Clavó la mirada en el salero, intimidante, como si el objeto inanimado le hubiera ofendido profundamente. El pinchazo en su sien se intensificó. Este salió disparado, por arte de magia, hacia las manos del rubio, y cuando lo atrapó confundido, estalló en mil pedazos, desperdigando la sal por la mesa y su plato de sopa.
- Ahí tienes la sal, Malfoy- dijo con la voz entrecortada por lo que acababa de provocar.
Un silencio se formó en torno a la mesa. Todos miraban anonadados a Hermione, incapaces de creer lo que acababa de hacer. De ella pasaban la mirada a Draco, que apretando los puños, la miraba furioso. Hermione tampoco dejaba de mirarlo. De los ojos de ambos magos, pareciera que en cualquier segundo fueran a salta chispas capaces de provocar una súpernova.
La mesa comenzó a temblar. Los vasos tintineaban avisando que se romperían en breves. Harry fue el primero en levantarse, impactado por lo que estaba ocurriendo. Se acercó hacia donde estaba sentada Hermione y corrió su silla hacia atrás con ella sentada.
- Hermione, para- le dijo Harry-. Acabarás volando la casa. Para.
Pero Hermione no lo escuchaba, su mirada seguía clavada en el rubio que tenía en frente, como si de un imán se tratase. Imposible despegarse de él. Como un hechizo, un hechizo que los obligaban a no dejar de mirarse.
Luna los miraba divertida, desde luego cada comida con sus amigos era todo un espectáculo. Theo miraba a Hermione con una mezcla de miedo y admiración ¿Cómo podía hacer qué se movieran las cosas sin varita? Apartó las manos de la mesa, pues está hacía que le temblara todo el cuerpo. Zabinni estaba extasiado, le encantaban las reuniones familiares con sus nuevos amigos, era mejor que los culebrones que veía en la tele de Harry.
Ginny se arrodilló frente a Hermione justo al lado de donde estaba su marido. Colocó ambas manos en los hombros de su amiga y la sacudió con fuerza, pero la castaña seguía sin reaccionar. Los temblores de la mesa se intensificaban a cada segundo que pasaba y a ella se le unían el continuo parpadeo de las luces.
Una bombilla explotó.
- Vamos, Hermione ya es suficiente- insistía Harry cada vez más asustado.
- Déjame a mi- dijo Ginny-. Espero que no me odies por esto.
Un bofetón, seguido de un ruido ensordecedor, cruzó la cara de la castaña bajo la atenta mirada de todos los presentes. Hermione cerró los ojos con fuerza. El hechizo pareció desvanecerse y los temblores y juegos de luces cesaron de inmediato.
Hermione se sujetó las sienes y comenzó a balancearse sentada en la silla. Le iba a reventar la cabeza. Sentía un dolor atroz, indescriptible. No podía prestar atención a nada de lo que tenía a su alrededor, era meramente imposible. Sentía que la llamaban, la balanceaban, pero no sabía como, quien, ni porque. Veía todo oscuro, aunque ese echo lo más seguro se tratara porque mantenía los ojos fuertemente cerrados, no lo sabía a ciencia cierta. No se sentía capaz de abrirlos para comprobarlo. Entonces a sus oídos llegó una voz. Una voz que reconocería en cualquier parte. Una voz que llevaba años escuchando. Una voz que la tranquilizó. Una voz que la sacó de su letargo.
- Controla tus poderes, Granger- dijo Malfoy intentando ocultar su irritación sin éxito-. O acabarás matándonos a todos.
Hermione le miró entre agradecida e indignada. El solo hecho de escuchar su voz la había liberado del dolor que la consumía por dentro. Ahora podía pensar con claridad, volvía a ser dueña de si misma, podía respirar con normalidad.
Una lágrima rodó por su mejilla. ¿Cómo se atrevía a tratarla así? No era su culpa que acabara de pasar lo que acababa de pasar. Bueno, tal vez sí. Pero ella solo había mirado el salero enfadada y todo había comenzado, sin poder evitarlo, sin poder hacer nada porque aquel tormento diera a su fin. Ni siquiera sabía que podía a hacer eso. ¿Cómo quería Malfoy que controlara sus poderes si no sabía siquiera la profundidad de ellos?
¿Qué sería capad de hacer? Esa pregunta le empezaba a atormentar sin remedio. ¿Cuál sería el límite que lograría alcanzar? ¿Podría usarlo a su antojo? ¿Cuándo le apeteciera? Tendría que practicarlo, pero ahora no era el momento. Estaba exhausta, agotada.
Despegó la mirada del rubio. No quería mirarlo y que volviera a ocurrir nuevamente lo mismo. No quería ser el objetivo de la indiferencia que le transmitían sus ojos, o la irritación hacia ella que estos profesaban. No sabía cual era peor de las dos. Solo Merlín sabía que ella no había querido ocasionar tal desastre.
- No te preocupes, Malfoy- dijo con sarcasmo-. La próxima vez que tenga un brote involuntario de poderes que desconozco tendré la cortesía de avisarte antes.
Miró a su alrededor para contemplar su obra de arte. La sopa que debería de quedar en el fondo de los platos, estaba desperdigada, haciendo dibujos irregulares, por el mantel que hasta hace un par de minutos permanecía impecable. La mesa había cambiado de posición, ahora se encontraba situada unos sesenta centímetros a la izquierda de su lugar habitual. Casquillos de una bombilla descansaban inocentemente por el suelo. ¿Todo eso lo había echo ella sin darse cuenta?
No se atrevía a mirar a sus amigos y descubrir en sus miradas lo mismo que en la de Malfoy. No podría soportarlo. Sabía que Harry y Ginny estaban delante suyo, pero no quería ver nada. Nada.
Volvió a cerrar los ojos. Sabía que estaba actuando indebidamente, pero no le quedaban fuerzas para enfrentar a todos.
Ginny clavó la mirada poco a poco en todos y cada uno de los que permanecían en el salón, dándoles a entender que se esfumaran cuanto antes.
- Vámonos, Blaise- dijo Theo dando media vuelta.
Blaise hizo caso a Nott, comprendiendo la gravedad de la situación por una vez en su vida. Luna, haciendo un ruido innecesario con la silla al arrastrarla, se sentó al lado de sus amigas. Harry permanecía arrodillado en frente de Hermione sujetándole la mano con suavidad. Ginny le dirigió a su marido una mirada significativa que el moreno cazó al vuelo. No le hacía mucha gracia dejarlas solas en el estado en el que se encontraba la castaña, lo único que Hermione necesitaba en ese momento era descanso.
- Estaré en mi despacho. Si necesitáis algo, lo que sea, no dudéis en avisarme.
Malfoy, que había salido ya sin que nadie se diera cuenta y, estaba sentado al comienzo de las escaleras con su hijo en brazod, se levantó en cuanto escuchó que el moreno llegaba hacia donde el se encontraba.
- Potter, tenemos que hablar- informó mientras se dirigía al despacho del moreno.
Daba igual que el no le hubiera invitado a entrar, lo que tenía que decirle era de vital importancia y no podía darse el lujo de esperar más de lo que ya lo había echo. Subieron las escaleras, ambos en silencio sumidos en sus pensamientos, en el primer piso giraron a la izquierda y entraron por la segunda puerta a su derecha. Harry se sentó en el sofá de cuero que estaba pegado a la pared, justo a la izquierda de la mesa que estaba en el centro de la habitación, y le hizo una seña a Draco para que hiciera lo mismo.
- ¿Algo de beber?- preguntó el moreno. Malfoy no contestó, simplemente se sentó a su lado-. ¡Kreacher! - un sonoro plof inundó la habitación, el elfo menudo hizo tal reverencia que amenazaba con partirse la columna vertebral por la mitad-. Traenos dos vasos y una botella del mejor wisky que poseamos, luego recoge el desastre del comedor.
- Sí, mi amo- y de nuevo con un plaf desapareció.
Malfoy se sentó al lado del moreno y apoyó una de sus piernas en la otra en un gesto despreocupado. Kreacher apareció con la botella del mejor wisky de fuego que poseían y dos copas. Les sirvió una cantidad razonable en cada vaso y se marchó.
- Tu amigo, el comadreja, ha estado visitando a mi madre- y lo suelta así, sin anestesia. Harry se atraganta con el wisky-. Quiero que la pongas bajo vigilancia las veinticuatro horas del día.
- ¿Cómo qué ha estado visitando a tu madre?
- No me hagas repetírtelo, ¿ahora eres sordo?- preguntó el rubio malhumorado.
- Pondré a Seamus a trabajar de inmediato. ¿Te lo ha dicho ella?
- Por supuesto que me lo ha dicho ella, no soy adivino- dijo mientras se echaba el pelo hacia atrás-. No se como se te ocurrió hacerlo antes, ¿y tú te haces llamar el jefe de los aurores?
- Relájate, Malfoy. Que yo no tengo la culpa de ese inconveniente.
- Nadie ha dicho que la tengas, Potter, así que no me mandes relajarme- gruñó mientras se levantaba-. Más vale que Finnigan sea bueno en su trabajo o yo mismo me encargaré de él y, no me importará que tenga algo que ver con Blancanieves o con Granger- se dirigió a la salida-. Solo quería a avisarte.
- ¡Malfoy!- llamó Harry antes de que el rubio saliera-. No seas tan duro con ella. Tu mejor que nadie sabes que no está pasando por un buen momento.
El rubio paró, para escuchar las palabras que le estaba dirigiendo Harry, sin siquiera darse la vuelta. Una sonrisa asomó por su rostro. Que manía tenía la gente con meterse en sus asuntos. El odiaba que hicieran eso.
- Lo que haga o deje de hacer no es asunto tuyo- y dicho esto se marchó hacia su habitación con un portazo seco y su hijo en brazos.
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Seguía con los ojos cerrados, sin ganas de abrirlos, fuerzas para afrontar lo que vería, ni ánimos para convatir la situación. Solo quería dormir. Dormir hasta que su cuerpo dijera basta o su hija necesitara algún cuidado. No tenía ni interés en seguir indagando en las memorias de Blancanieves. No quería hacer nada.
- Hermione, mirame- pidió Luna con su melodiosa voz-. No ha pasado nada, a Rose le ha echo gracia el terremoto- informó mientras mecía a su hija, que no dejaba de reir, ajena a todo.
La castaña abrió los ojos, pero no la miró. Sus ojos estaban clavados en el bolsillo derecho de su pantalón de chandal.
- Ya vale, Hermione. ¡Me estas hartando!- dijo Ginny levantándose-. Ya que no te lo dice nadie, te lo diré yo. Te estas comportando como una estúpida niña pequeña, incapaz de controlar los berrinches infantiles que estas teniendo últimamente. Nos contestas mal a todos, siendo tu el único motivo por el que permanecemos aquí, nos haces desplantes a todos siendo que lo único que hacemos es preocuparnos por ti- se paró en seco y la miró, a estas alturas Hermione ya le devolvía la mirada-. Deberías de dejar de preocuparte tanto por ti y mirar un poco por los demás. No me extraña que Malfoy se haya cansado y te trate ahora así, no lo vas tener siempre a tus pies. Espabila, Hermione, o lo acabarás perdiendo.
La castaña meditó en sus palabras, tenía razón en la mayor parte de lo que decían. No tenía derecho a tratarlos así cuando lo único que hacían era preocuparse por ella. Una protección que no había pedido, pero que agradecía con todo su ser. No se entendía ni a si misma: no quería estar sola, pero rechazaba cualquier acercamiento de sus amigos cuando intentaban ayudarla.
- Malfoy no tiene nada que ver en esto- se atrevió a decir.
Ginny se relajó imperceptiblemente, por fin había conseguido que su amiga estuviera receptiva.
- Claro que tiene que ver. No te engañes a ti misma- cogió a Rose de los brazos de Luna y la dejó en el suelo del parque donde estaban James y Albus. Se volvió a sentar al lado de sus amigas-. Estar enfadada con el hurón te amarga el carácter.
- En eso Ginny tiene toda la razón. Ya no sonríes igual y a él se lo ve más decaído aunque lo intenta disimular. Creo que estoy empezando a coger cariño a las serpientes, ¿eso es algo malo?- preguntó Luna inocentemente.
- Hace tiempo que dejé de sonreír- dijo Hermione honestamente intentando, en vano, forzar una sonrisa a salir a su cara.
Un ruido conocido por las tres, como el sonido de las llamas de la chimenea, llegó a sus oídos, seguido del sonido de unos tacones retumbando por el suelo dirigiéndose hacia ellas.
- ¡Por Merlín!- exclamó Pansy llevándose una mano a la boca-. ¿Qué ha ocurrido aquí? Ni que hubiera pasado por aquí un huracán.
- En realidad eso es lo que ha pasado. El huracán Hermione se ha manifestado- informó Ginny sarcástica.
- ¿Esto lo has hecho tú, Granger?
- Ha sido muy interesante- explicó Luna-. Ella y Malfoy estaban jugando a ver quien aguantaba más sin dejar de mirarse y de repente el desastre hizo su aparición sin piedad.
- Sabéis que no quise que esto sucediera- se defendió Hermione-. No se que paso.
- Eso no quita para que casi volaras la casa- contraatacó Ginny, pinchándola.
- Estábamos llegando a la conclusión de que todo es por culpa de Malfoy- dijo Luna-, por enfadar a Hermione, ¿verdad Ginny?
Ginny asintió con la cabeza.
- Pero, ¿aún seguís con eso?- preguntó Pansy cogiendo una silla y colocándose al lado de las gryffindorianas-. Deberíais arreglarlo ya, no podéis seguir así.
- El no querrá hablar. Si lo intentó será capaz de maldecirme a cruciatus antes de dejarme abrir la boca.
- Antes de hacer eso, se los lanzaría a si mismo- dijo la morena quitándose los zapatos con la ayuda de los pies-. Creemé cuando te digo que a Draco le importas. ¡Si se enfada con solo verte!- añadió como si eso lo explicara todo-. Eso significa que eres alguien especial para él, si no, no malgastaría ni un segundo de su preciado tiempo en pesar mal de ti.
- Gracias... supongo- agradeció Hermione, no muy convencida.
- Lo que quiero decir es, que estas ciega si no ves lo que Draco siente por ti. Nunca le había visto tan preocupado por otra persona que no fuera él, sus padres o Scorpius- Pansy le dirigió una sonrisa-. Siéntete afortunada, Granger, nunca encontrarás a otro como Draco.
Hermione se ruborizó por la confesión que le acababan de lanzar, como si de una granada se tratase. Su corazón no pudo más que alegrarse en contra de su voluntad.
No debía sentir. No podía sentir.
- ¡Olvidarlo! Eso nunca va a pasar- dijo mientras se cruzaba de brazos-. Además, para que tal desgracia sucediese, yo debería sentir algo por él.
La rubia, la morena y la pelirroja se miraron entre ellas, como si no hubiesen escuchado las últimas palabras dichas por la castaña.
- ¡Oh, vamos, Hermione! Podrás engañarte a ti, pero no nos mentiras a nosotras, te conocemos- Ginny miró a Pansy-. Buena ella no, pero Luna y yo sí. No lo reconozcas si no quieres, pero no te atrevas a engañarnos.
- ¿Y qué se supone que debo reconocer exactamente, Ginny?- preguntó Hermione levantándose de la silla-. ¿Qué me estoy enamorando de Malfoy?, ¿o qué no consigo imaginar un solo segundo en el que no esté a mi lado?- esas preguntas, dejó a sus amigas con la palabra en la boca-. ¿No os dais cuenta lo peligroso que es que sienta algo por él? Becka me quiere muerta y no parará hasta conseguirlo. Y si para llegar a mi, tiene que hacer daño a las personas que permanezcan a mi lado, lo hará. Empezando por vosotras. ¿Pero que hará cuando de descubra que Draco, al igual que Fernando, es el amor de vida? No tendrá compasión, lo atacará sin piedad.
Pansy se mordió las uñas nerviosa.
- De echo ya ha empezado.
Ginny giró la cabeza hacia ella, en un movimiento demasiado veloz. Luna la observó con una expresión que irradiaba curiosidad. Hermione elevó la mirada poco a poco, temerosa de lo que podría llegar a escuchar.
- Weasley ha estado visitando a Narcisa- informó con entrecortada voz-. No os preocupéis, no le ha echo nada. Está bien. De echo ahora mismo Finnigan la está vigilando.
Ginny bajó la mirada avergonzada. No reconocía a su hermano, jamás se había sentido tan avergonzada de tener algún tipo de unión con alguien. Le asqueaba saber en que clase de persona se había convertido bajo sus ojos.
- Eso es exactamente a lo que me refiero. Está yendo a por él sin siquiera saber lo que siento.
- No te puedes culpar por eso, Hermione Granger. Tu no decidiste ser el recipiente del espíritu de Blancanieves- ánimo Luna con su siempre, dulce voz.
- No. Tienes razón Luna. Yo no lo decidí- afirmó la castaña-. Pero es lo que me ha tocado. Es mi destino. Y no me queda más remedio que afrontarlo lo mejor que pueda. Solo pido que no insistais más en el tema. Aceptad mi decisión.
Hermione cogió a Rose en brazos y se dirigió hacia las escaleras. Una voz la detuvo a escasos centímetros de su destino.
- Te acabarás arrepintiendo de tu decisión, Hermione- dijo Ginny con la voz alta para que la escuchara a la perfección, a pesar de la distancia-. Si vamos a morir de todas maneras, que menos que estando junto a la persona que más te importe.
- Esa persona es Rose- dijo Hermione comenzando a subir-. Y ya estoy junto a ella.
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Había arreglado todo el destrozo que había echo en su habitación y ahora se dedicaba a dar vueltas, sin cesar, de un lado a otro. Ya estaba comenzando: Hermione empezaba a tener brotes magia involuntaria como Blancanieves. Tenía que aprender a controlarlos pronto y hacerse dueña de ellos cuanto antes, para así poder hacer frente a su prima y vencer en una batalla a muerte contra ella.
Si tan solo fuera tan fácil como sonaba.
Cuando la vio, tan indefensa en la cena, deseó poder decirle, que no se preocupara, que él permanecería pasara lo que pasara junto a ella, que no se separaría un solo segundo de su lado. Pero no podía. Debía mantenerse lo más alejado de ella que pudiese, aunque con ello enterrara sus sentimientos en lo más profundo de su alma, muy lentamente. Por eso se había comportado como lo habría hecho el antiguo Draco Malfoy, aquel que en su día, no soportaba su sola presencia, como un verdadero capullo.
Unos golpes, en la puerta de su habitación, anunciaron que alguien deseaba hablar con él. Sin esperar contestación, Pansy entró y cerró tras ella.
- Dime que me traes buenas noticias, Pansy- dijo Draco sin ánimos-. ¿Qué tal está mi madre?
- Ella está bien. Todas las pruebas que le hemos llevado a cabo lo han confirmado. Weasley no le ha tocado ni un solo pelo, puedes respirar tranquilo.
Draco expulsó el aire que llevaba guardando ligeramente aliviado. La presión en torno a su garganta pareció ceder y aliviarle momentáneamente la carga.
- Cuando me he venido, Finnigan se quedaba vigilándola.
- Espero que ese incompetente sepa hacer bien su trabajo.
- No te preocupes, es uno de los mejores hombres de Potter. Sabe lo que hace- Pansy esbozó una sonrisa-. Tu mismo lo comprobaste cuando se encargó de proteger a tu princesa.
- Pansy- Draco respiró hondo, ya cansado, incapaz de enfadarse con su mejor amiga-. Dime lo que quieres y lárgate.
La morena llevó sus manos a la cabeza para desprenderse, con su ayuda, del molesto coletero que agarraba su cabello. Su pelo negro calló, como dos suaves cortinas, alrededor de su cabeza.
- No te pienso decir nada que no sepas ya- se sentó en la orilla de cama, volviéndose a quitar los incómodos zapatos de tacón que llevaba-. Estoy segura de que no dejas de repetírtelo a ti mismo. Te conozco, Draco- dijo agarrando entre sus manos, una de la del ex-slytherine-. No dejes que esto te supere.
- Que cosas tienes- dijo Malfoy con una sonrisa. Eso es lo bueno que tenía el ser amigo de Pansy: con ella no hacía falta algo tan vacuo como las palabras-. ¿Desde cuándo has visto a Draco Malfoy superado por algo?
- ¡Creemé!, te he visto de muchas formas y no todas son dignas de recordar. ¿O te has olvidado de que sé todos y cada uno de tus secretos? Si quisiera abrir la boca, acabaría con la reputación impecable que tanto te esfuerzas en mantener, arrastrándose por los suelos.
- A veces me das verdadero miedo, ¿lo sabías?
- Déjame que lo dude. Lo único que te da miedo es perder a Granger- Draco le dirigió una mirada exasperante-. Vale, vale. Ya me callo. Pero los dos estáis cometiendo el mayor error de vuestras vidas. No solucionaréis nada ocultando vuestros sentimientos. Por mucho que lo intentéis disimular es imposible no darse cuenta de lo que sentís por el otro.
- ¿Ahora eres una experta en el amor?- preguntó irónico el rubio-. Me imagino que por eso te ha ido tan bien a ti y estas tan acompañada.
Pansy le lanzó el almohadón a la cabeza. Justo en ese momento, entró Blaise en la habitación.
- No sabía que estábais montando una fiesta de pijamas, yo también quiero pelear- dijo haciendo un puchero-. ¿Es qué ya no me consideráis vuestro amigo?
- ¿Dónde has dejado a Theo?- preguntó Pansy lanzándole al moreno el mismo almohadón que segundos antes le había lanzado a Draco.
- ¡Oh Theo!- dijo frunciendo el ceño mientras hacia aspavientos con las manos para quitarle importancia-. Me ha despachado de su habitación. Creo que tenía intenciones de ir a buscar a la rubia que huele a coco.
Draco ahogó una carcajada, Pansy la miro extrañada.
- ¿A Lovegood? ¿Qué puede querer Theo de Lovegood?
- Tal vez que le diga como poder quitarse el color rosa de las uñas- intuyó Malfoy.
- O que deje de oler a rábano y saber a cebolla- afirmó Blaise divertido-. Ha sido un momento que jamás olvidaré.
Pansy les miró anonadada. No tenía ni la menor idea de que diantres le estaban hablando. ¿Color rosa? ¿Olor a rábano y sabor a cebolla? No estaba segura de querer saber a que se referían.
- No digáis nada. No quiero saberlo. Viniendo de vosotros podría traumatizarme.
- Mi querida Pansy- Blaise la agarró del brazo y la obligó a sentarse en sus piernas-. Duele que pienses así de nosotros.
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Los días fueron pasando, tan rápido, que la llegada del invierno les acabó sorprendiendo. Las calles de Londres se sepultaron bajo una fina capa de nieve, enterrándolo todo a su paso. Las personas parecían más alegres de lo habitual. Los adultos andaban de lado a lado sin dejar de hacer compras, tanto caprichos como una gran cantidad de comida que terminaría con el hambre en el mundo. Los niños, saltaban y brincaban de alegría, mientras unos hacían muñecos de nieve, otros hacían peleas entre ellos con bolas de nieve.
Pero solo había una persona que no podía disfrutar de esos maravillosos momentos, porque aunque todos sus "enanitos" y su "príncipe azul" permanecían junto a ella, ellos salían de casa al menos una vez al día, mientras que ella estaba encerrada en la enorme Mansión Black, propiedad de Harry, que a cada segundo que pasaba se le iba haciendo más y más pequeña.
Hermione empleaba las horas, sin descanso, en ejercitar sus nuevos poderes. Desde aquel día, que montó semejante alboroto en la hora de la comida, se descontrolaba cada dos por tres. Ginny se llevó a Rose a la habitación de James y Albus por miedo a que cuando ella durmiera algo malo le ocurriera a ella. La castaña, permanecía encerrada día y noche en las profundidades de su habitación, no permitía que nadie se le acercara por miedo a que se descontrolara nuevamente y acabar haciendo daño a cualquiera de ellos.
Nunca le gustó la meditación, pero reconoció que poner la mente en blanco era una buena ayuda para relajarse y no pensar en nada que la alterara. Poco a poco, se fue haciendo dueña de la situación. Había descubierto que si no pensaba en Malfoy apenas ocurrían sucesos extraños a su alrededor, así que optó por no pensar en él, aunque resultó ser más difícil de lo que llegó a pensar en un principio.
Con muchísimo esfuerzo, consiguió que sus poderes la obedecieran, más o menos. De tantas semanas, días y horas ejercitando su mente, se le olvidó por completo el tema del diario, era más urgente saber como no volar la casa por los aires. Pero ahora, ahí estaba. Sentada en su cama con las piernas cruzadas y los pergaminos en sus delicadas manos, dispuesta a leerlo, exactamente en la misma postura en la que lo hizo por primera vez. Un bostezo la hizo retrasarse de su comienzo de la lectura. Estaba demasiado cansada, agotada después de exigirse el máximo sin descanso.
Los ojos marrones de la castaña por fin se centraron en su trabajo. Leía línea tras línea a una velocidad increíble. Devoraba las palabras como si su vida dependiera de ello, como en realidad ocurría.
Sin siquiera darse cuenta se encontraba sumida en el profundo sueño de Blancanieves.
# Lectura 2 #
Martha, entró en la habitación y descorrió las cortinas. La cegadora luz del sol, inundó la habitación, iluminando todo lo que en ella se encontraba. Blancanieves bostezó mientras se estiraba, revolviéndose por la cama.
- Mi lady, es hora de que os levantéis- Martha se acercó y la agito con suavidad-. Tenéis el baño ya preparado.
Habían pasado, al menos unas tres semanas. Por lo que podía comprobar, a Martha, la ayudante de cocinera, la habían ascendido, y ahora trabajaba como ayudante personal de Blancanieves, su deber era no separarse de su lado, ni dentro ni fuera del castillo, a parte de ayudarla en todo lo que pudiera, claro está.
La joven rubia de pelo corto, frotaba una suave esponja sobre el blanco cuerpo de la princesa. Una vez la ayudó a vestirse y a recogerse el pelo, ambas salieron cabalgando del castillo con la compañía de Bénjamin.
Había algo en la cara de Martha, que a Hermione le resultaba terriblemente familiar. Tal vez era el rubio dorado de su pelo, o las ondas que este hacían. Tal vez eran sus marrones ojos, o las pocas pecas que asaltaban su respingada nariz. ¿Sería posible qué Lavender Brown formara parte también de su pasado?
- Lo se, lo se. Llego tarde- dijo Blancanieves a modo de saludo-. Aunque la culpa ha sido de ella- señaló a Martha.
- Si no os pasárais toda la noche pensando en quien sabe quien, tal vez os levantaríais la primera vez que os llamase y no se os pegarían las sábanas- rebatió Martha con una sonrisa.
- La realeza nunca llega tarde, deberíais de saberlo ya- dijo Humbert, tomó su mano y le dio un beso-. Son las demás personas las que llegan antes de tiempo.
Pasaron toda la mañana charlando sobre trivialidades sin sentido, simplemente por el mero echo de escuchar la voz del otro, mientras que Martha recogía flores para darles un poco de intimidad. Desde el día que se dieron su primer beso, no había vuelto a ocurrir nada parecido. Se seguían reuniendo todas las semanas, hablaban durante horas, conociéndose poco a poco, aprendiendo a comprender sus gestos e interpretar sus miradas. En alguna ocasión, sus manos se rozaban, pero la apartaban rápidamente como si nada hubiese ocurrido.
Sus mañanas se basaban en eso, no les hacía falta nada más.
De lo que ninguno de los tres se dio cuenta de tan abstraídos en lo que hacían estaban, era de un cuervo, que con su plumaje envidiable, reposaba expectante en una de las ramas más bajas del árbol que tenían más cercano, sin perderse ni un mísero detalle de lo que allí ocurría. Cuando creyó que ya había visto suficiente, agitó sus gráciles alas y comenzó a volar, dirigiéndose de vuelta al castillo.
Blancanieves y su sirvienta volvían al castillo junto a Benjamin, que las flanqueaba. Lo primero que hicieron nada más llegar fue cambiarse de ropajes, al menos la princesa, puesto que sus zapatos y los bajos de su vestido estaban embarrados a más no poder.
Cuando terminaron de comer, ambas jóvenes se sumieron en la profundidad del estudio de la castaña, que contaba con una gran cantidad de novelas de todo tipo, a parte, claro está, de libros de historia. Martha, se quedó boquiabierta cuando traspaso el umbral, jamás había visto tantos libros juntos, a sus dieciséis años, creía recordar que solo había leído uno, de letras grandes y estrambóticas, con mucho esfuerzo. Nunca pudo asistir a la escuela, provenía de una familia demasiado humilde que vivían de lo que ganaban día tras día, que apenas les daba para comer. Y aunque ahora el dinero no les faltase, ya era demasiado mayor para ponerse a estudiar, además con su trabajo no le quedaba tiempo de nada.
- Podéis leer todo cuanto queráis, Martha. Sois libre de entrar aquí siempre que os plazca.
- Mi lady, apenas se leer- dijo no sin vergüenza.
- No debéis preocuparos por eso: yo os enseñaré con sumo gusto.
Las horas fueron pasando, ninguna de las dos chicas se aburría. Martha estaba eufórica por perfeccionar su lectura y Blancanieves se sentía satisfecha por poder transmitir sus dotes a alguien más que no fuera ella misma. Serían hacia las seis de la tarde, cuando el exterior iba oscureciendo debido a la partida del sol y la llegada de la luna, cuando a la princesa le entró el apetito. Un rugido proveniente de sus tripas, la delató.
- ¡Oh, disculparme! Estaba tan concentrada que no me he dado cuenta de la hora- dijo Martha-. Iré a prepararos algo para picar.
Se intentó levantar de la silla en la que se encontraba, pero la mano de Blancanieves sobre su hombro se lo impidió.
- No os levantéis. Iré yo misma por algo de comer.
- No digáis bobadas, mi lady. Ese no es un trabajo digno de vos.
- Vos si que decís bobadas- dijo Blancanieves riendo-. Ni que se me fueran a caer los anillos. En seguida vuelvo.
Martha dejó el libro sobre la mesa, dispuesta a seguir a su princesa, pero la insistencia de ésta, por ir ella misma y el pasaje tan emocionante, del libro que estaba leyendo a duras penas, se lo hicieron pensar mejor.
Los rizos de su melena, que seguía en el medio recogido que su sirvienta le había echo aquella mañana, chocaban contra su espalda en una leve caricia, producida por los vaivenes que hacía su cuerpo al caminar. En menos de lo que canta un gallo, ya se encontraba en las cocinas. Sacó todo lo que consideraba necesario, y se dispuso a preparar un tentempié para que se acallaran sus tripas. No estaba muy familiarizada con que utensilios se untaba el queso en el pan, pues siempre se los daban ya untados, pero se las apaño bastante bien.
Preparó cuatro tostadas untadas con queso: dos para ella y dos para Martha, las colocó en una bandeja y salió presurosa por llegar cuanto antes y probar bocado. Antes de abandonar la planta baja, donde estaban las cocinas, escoberos y las habitaciones de los sirvientes, vio como Humbert, se dirigía hacia donde ella estaba. En el trayecto que les unía, sus ojos no dejaron de mirarse ni por un breve instante. Cuando ya casi tenía al pelirrojo a su altura, por el rabillo del ojo, observó como Grimhilde aparecía al final del pasillo. La sonrisa se le borró de inmediato. No se podía permitir hablar con el en compañía. Y menos con una tan indeseada como aquella.
Humbert se percató de la mirada ausente de ella. Dedujo correctamente a que se debía. La tenía ya tan cerca que dolía no poder dirigirle si quiera la palabra. Dio un paso a la derecha cuando ya casi la tenía a su altura y rozó su hombro con el suyo, solo con la escusa de tocarla.
Ese contacto pilló desprevenida a la princesa, tanto que por el escalofrío que la recorrió tropezó con los bajos de su vestido. Humbert la pilló al vuelo, antes de que ella o la bandeja que portaba, quedaran desparramadas por el suelo. La giró 180 grados cuando la tuvo sujeta, quedando así, dándole la espalda a la reina ocultando de su punto de mira a la castaña.
- Disculpe, mi lady. ¿Se ha echo daño?
Blancanieves levantó la mirada lentamente y le miró con las mejillas encendidas. Se alegraba de que la espalda de Humbert la encubriera ante su madrastra y delatarse ella misma.
Se aclaró la garganta antes de hablar.
- Deberíais tener más cuidado, leñador- una sonrisa enternecedora asaltó su rostro-. Podría castigaros por su torpeza.
- No volverá a ocurrir, alteza.
- Eso os lo aseguró- concluyó ella con el mentón ligeramente elevado.
Antes de retomar cada uno su camino, sus manos se rozaron un breve instante. Está vez, la princesa estaba preparada, y su escalofrío no fue tan llamativo. El sonido de sus zapatos les avisaba que cada vez era mayor la distancia entre ellos.
- Alguien debería enseñarle modales a ese plebeyo, ¿no crees, Blancanieves?- inquirió su madrastra.
- Por supuesto, alteza. Lo que vos digáis- respondió la princesa pasando de largo.
Lo que Blancanieves no pudo ver fue la maquiavélica sonrisa que se adueñó de las hermosas facciones de Grimhilde.
Mientras la joven subía las escaleras que la conducían de vuelta a su estudio, abrió su mano derecha, que se encontraba cerrada en un puño desde que ésta se había rozado con la del pelirrojo. Un trozo de pergamino rasgado reposaba en su palma. Dejó la bandeja en uno de los alfeizares de la ventana que se encontraban en su camino. Se acercó cuidadosa a una antorcha y desdobló el pergamino.
Os espero donde siempre a las doce. No faltéis.
Blancanieves se mordió el labio dubitativa. ¿Qué querría Humbert que no podía esperar al día siguiente? ¿Debería acudir al encuentro? Una cosa tenía segura y esa era que ella nunca se quedaba con la curiosidad, sus ansias de saber se lo impedían.
Desde las nueve de la noche que se había acostado no hizo más que dar vueltas entre las sábanas, esperando el momento adecuado para partir. Cuando lo creyó conveniente, se destapó y poso sus pies descalzos sobre el frío suelo mientras alcanzaba sus zapatos.
Salió sin hacer el menor ruido de su habitación, con una capa que le llegaba hasta los pies, cubriéndole gran parte del rostro y comenzó a caminar, siempre tomando todos los pasadizos, que había descubierto con el paso de los años, que la llevaran a su destino cuanto antes.
Cuando casi estaba alcanzando el final del pasadizo, decidió que no se arriesgaría a tomar su caballo, puesto que sabía que los establos siempre estaban vigilados. Lo que no sabía, era que la salida que la conducía a las afueras del castillo por el pasadizo que ella había tomado, también lo estaban. Por eso, grande fue su sorpresa, cuando al llegar al final, se tuvo que esconder velozmente para que Benjamin no la descubriera.
Blancanieves se llevó las manos a la boca para no proferir un grito que la delatara. Jamás se imaginó que alguien más supiera la ubicación de ese pasadizo. Fue el que más le costó descubrir debido a lo difícil que le resultó hacerlo. Tenía que pensar como deshacerse de él para poder escapar, y rápido.
Se asomó por la esquina y vio nuevamente a Benjamin de espaldas a la salida. Tenía que reconocer, que en sus escasas posibilidades de lograr escapar, ese era un punto a favor.
Se fijó más detalladamente en lo que veía. Matorrales, hierbajos, piedras. Fabuloso. Seguro que si conseguía salir se tropezaba con alguna. Su mirada se ancló en las piedras mientras seguía discurriendo en sus posibilidades.
Una piedra se movió sin motivo aparente, ocasionando un tenue ruido que fue escuchado por los agudizados tímpanos del guardia. A las milésimas de segundo una nueva piedra se movió unos centímetros más allá. Benjamin desenfundó la espada que portaba y avanzó unos pasos.
Blancanieves, aguantando la respiración, también lo hizo.
Unos metros más lejos, otra piedra hizo su particular sonido al moverse, seguido de otra y otra más. Benjamin, daba pasos cautelosos, guiado por aquella extraña situación. Blancanieves, aprovechando la confusión del guardia, salio veloz y se internó rauda en el bosque.
Una vez allí, respiró tranquila, sin pararse a pensar en lo que intuía que ella había ocasionado.
Corrió como si su vida le fuera en ello, hasta que no pudo más y se tuvo que detener para sujetarse el costado. Aquel recorrido en caballo le parecía mucho más corto. Cuando se repuso volvió a correr hasta llegar a su destino.
Por lo que podía comprobar, Humbert todavía no había llegado ya que no veía rastro alguno de él. Se sentó en el tronco en el que el pelirrojo solía cortar la madera. Un escalofrío la estremeció cuando sintió un dedo recorrer su descubierta nuca. Cerró los ojos disfrutando del contacto.
- Ya pensaba que no vendríais, leñador.
- Lo que me asombra, es que vos hayáis sido tan necia como para salir del castillo sin escolta, mi lady- dijo Humbert en tono serio-. ¿Nunca os han dicho que no deberíais fiaros de nadie?
Blancanieves se tensó. Más asustada por el tono de voz que su amigo le transmitía que por sus palabras en sí.
- ¿Os encontráis bien, Humbert?- preguntó con tono inocente.
- ¿A caso estáis sorda? ¿O es qué debo ser más específico en mis palabras para que lo entendáis?- hizo una breve pausa rodeándola, la hizo levantar de donde estaba sentada y le sujetó los brazos cada vez ejerciendo más fuerza, lastimándola en el proceso-. ¡Marchaos! Marchaos antes de que sea demasiado tarde.
Y entonces ambas cosas sucedieron a la vez. Las campanas del campanario del pueblo cercano, anunciaron que ya eran la medianoche, entonces, todavía sintiéndola entre sus brazos, Humbert la beso.
Blancanieves recibió aquel beso parpadeando confusamente. No sabía a que se debía aquel acto tan fuera de lugar. Intentó soltarse sin éxito. Entonces, justo cuando comenzó a rendirse, que cerró los ojos y entre abrió la boca dejando paso a la lengua del pelirrojo, que acariciaba en un movimiento singular la suya con urgencia, un sonido de pasos que la alertaban que alguien se acercaba, la alarmó. Intentó nuevamente soltarse con el mismo resultado que anteriormente, lo único que consiguió fue que Humbert, ejerciera mayor presión.
Los pasos se acercaron.
- ¿Me creéis ahora, querido?- preguntó Grimhilde con un tono de voz muy parecido al de las sirenas que embaucaban a los marineros, que Blancanieves solo le había escuchado cuando se dirigía a su marido.
Blancanieves logró soltarse.
- Padre, no es lo que parece- dijo la princesa avanzando cautelosa hacia él.
Craso error. Esa respuesta fue la gota que colmó el vaso. El rey respiró un par de veces tragándose la traición que le acababa de hacer su querida hija al tener la deshonra de haber besado a aquel sirviente.
- ¡Silencio! No quiero escucharos- su tono de voz, suave pero firme, casi amenazante hizo que Blancanieves diera un respingo en su sitio: su padre nunca le había hablado así. Jamás.
- ¿Me creéis ahora cuando os digo que vuestra hija debería de aprender modales? Su comportamiento es el de una ramera del pueblo.
El rey suspiró, notablemente cansado.
- Muy a mi pesar, tenéis razón querida-. Blancanieves fue a replicar-. ¡He dicho que no quiero escucharos!- gritó.
Blancanieves cerró los ojos de la impresión al ver a su padre tan enfadado.
- Me decepcionais, Blancanieves. No os he criado para que tengáis este comportamiento tan fuera de lugar. No se que voy a hacer con vos, pero hasta ese entonces permanecereís encerrada en vuestros aposentos, no saldreís día ni noche. ¡Benjamin!
El guardia salió de entre las sombras en las que estaba agazapado, y la sujetó escoltándola entre sus brazos. Al pasar junto a Grimhilde, ésta le dirigió una mirada cargada de desprecio.
- En cuanto a vos...- comenzó el rey dirigiéndose al pelirrojo.
- Querido, deberíais iros a descansar- intervino Grimhilde apoyando una de sus pequeñas manos en el hombro del rey-. La actitud de vuestra hija logrará acabar cualquier día con vos. Dejadme a mi buscar un castigo ejemplar para este hombre por la desfachatez cometida.
El rey asintió.
La mañana del quinceavo día, Blancanieves abrió los ojos, cuando escuchó que Martha se internaba en sus aposentos con el desayuno ya preparado en la bandeja que sus manos portaban, pero no se levantó.
- Mi lady, deberíais levantaros. El desayuno la espera.
- No veo porque. Levantarme para permanecer encerrada no es algo que motive mis ánimos.
Martha la destapó en contra de su voluntad.
- Humbert está bien, si es lo que os preocupa.
Blancanieves se levantó, quedando de espaldas a su sirvienta.
- No quiero oír hablar de ese traidor- dijo con un deje de dolor-. Os prohíbo que me menteis ese nombre.
Martha le colocó una bata para protegerla del frío que se adueñó de aquella mañana de diciembre. Blancanieves se sentó en la mesilla donde descansaba su desayuno esperándola. Cogió entre sus manos la taza del humeante chocolate, sopló suavemente repetidas ocasiones y se la llevó a los labios.
- Os traigo noticias nada alentadoras, mi lady- dijo Martha nerviosa.
El brazo de Blancanieves se quedó estático a mitad de camino hasta su boca.
- ¡Desembuchad!- ordenó
La rubia cogió una cantidad considerable de aire, influyéndose valor. Cuanto antes lo dijera mejor.
- El rey va a casaros.
Blancanieves se atragantó.
- ¿Cómo habéis dicho? Eso es imposible.
En ese momento las puertas de su habitación, empujadas por Benjamin se abrieron. El rey entró detrás.
- Me alegra veros levantada en un día tan maravilloso como este, Blancanieves.
El miedo se apoderó de los ojos de la castaña. En el tiempo que llevaba encerrada, su padre no se había dignado en visitarla ni una sola vez. Y eso solo podía significar una cosa.
- No veo porque esta mañana es tan maravillosa, padre, cuando a mis oídos llega la cruel noticia de que habéis decidido libraros de mi presencia de la peor de las maneras posibles.
El rey miró a Martha, que temerosa miró al suelo.
- Prefería ser yo quien os contara las buenas nuevas, pero visto que ya os han informado, no hace falta que os diga que el príncipe Fernando viene en camino para perdirme vuestra mano en matrimonio.
Blancanieves dio un paso atrás impactada por la magnitud de las palabras.
- No pienso casarme con alguien a quien no amo, padre. No podéis obligarme- dijo con rabia.
- Puedo y lo haré. No colmeís mi paciencia, Blancanieves, es muy escasa.
- ¿No os dais cuenta, padre? Grimhilde os ha convertido en una marioneta, vuestras acciones son los hilos de sus órdenes. Estáis tan ciego que no podéis ver como os manipula a su antojo. Solo quiere librarse de mi- Blancanieves avanzó hasta llegar a la altura en la que se encontraba su padre-. No pienso casarme.
Una bofetada producida por el contacto de la mano del rey contra la mejilla de su hija, sacudió a Blancanieves. La castaña se llevó ambas manos al cachete izquierdo, sorprendida.
- La mujer de la que habláis incoherencias es mi esposa. No olvidéis en ningún momento de que a parte de vuestro padre soy vuestro rey y como tal me obedecereís. Debéis aprender a tener el comportamiento de una princesa.
El rey dirigió su mirada al rostro de la joven que le devolvía la mirada asustada.
- El príncipe Fernando llegará en dos días. No oséis ponerme en evidencia, Blancanieves.
Y sin más salió de la habitación, dolido por tener que ser tan rudo con ella, pero su esposa tenía razón. Ya era hora de que su hija cumpliera con sus funciones, y la primera que encabezaba su lista era la de unirse en matrimonio con el mejor candidato, y ese era Fernando, hijo de Ibrahim, rey de un reino lejano.
En cuanto las puertas se cerraron tras la salida de su padre, Blancanieves se lanzó a la cama y lloró como nunca antes lo había echo. Lloró hasta que se quedo totalmente exhausta, sin una sola lágrima que derramar, ni siquiera se enteró cuando Martha la cubrió con una manta antes de salir de la habitación y dejarla en la más profunda soledad.
El sol caía anunciando la llegada de la noche. Blancanieves seguía en la misma posición en la que se encontraba desde hace horas. No se había movido ni un solo centímetro.
Las puertas fueron abiertas nuevamente por Benjamin para dejar entrar a la reina, que portaba una sonrisa radiante, haciendo resaltar sus perfectas facciones.
- Veo que ya os habéis enterado de los deseos de vuestro padre. Será una pena cuando tengáis que marcharos para no volver.
Blancanieves no se inmutó.
- Una verdadera pena para todos excepto para vos, ¿o decirme si me equivoco?
- Siempre tan observadora, querida. Sois el único estorbo que se interpone en mi camino, después de vuestro padre, por supuesto- Blancanieves se levantó impulsada por las amenazas-. Pero que quede entre nosotras- susurró Grimhilde-, de él me encargaré en cuanto marchéis y no podáis hacer nada por evitarlo.
- Sois la peor persona que existe bajo la faz de la tierra. No me conocéis en absoluto, jamás os saldreís con la vuestra.
- Si hacéis algo en contra de vuestro inminente enlace lo pagaréis caro- Grimhilde calló unos segundos-. ¿Qué pensaría el pueblo cuando se enterase de que su princesa acabó con la vida de su propio padre porque no quería casarse? Se os echarán encima como hienas.
- No os atrevaís a ponerle un solo dedo encima a mi padre.
- No estáis en condiciones de exigir nada, Blancanieves. Hacer lo que se os ordena, marchaos bien lejos y no volváis jamás. Solo entonces vuestro padre permanecerá con vida.
- No puedo confiar en vuestra palabra.
- Es cierto, no podéis. De todas maneras, yo que vos, no me arriesgaría a contradecir a quien me tiene entre sus garras. Sois vos la que no se da cuenta de que sois mi marioneta predilecta.
Salió de la habitación con la misma sonrisa radiante, cargada de victoria, con la que había entrado.
"""""
Hermione despertó con la misma angustia que ahogaba a Blancanieves, era como si una mano invisible para los ojos humanos le aprisionara el corazón, retorciéndoselo, impidiéndole respirar. La sensación no le abandonó en toda la mañana, mientras veía como sus amigos entraban y salían durante el día, no pudo evitar sentirse igual que Blancanieves, encerrada entre cuatro paredes.
- No tardaremos, Hermione- le dijo Luna antes de marchar acompañada por tres serpientes.
- Vamos a comprar los regalos para el día de Navidad, Blaise ha escuchado por la televisión que los muggles dicen que mañana por la noche viene un tal Papa Noel y al parecer es la tradición hacer compras- explicó Theo.
- ¿Quieres algo en particular, Granger?- le preguntó Pansy.
- ¿Un poco de libertad sería mucho pedir?- dijo Hermione sonriendo mientras acunaba a Rose.
Pansy le devolvió la sonrisa.
- Si te dejáramos salir, Draco nos mataría- confesó Blaise susurrando mientras pasaba por su lado para que solo ella lo escuchara.
Aquella confesión pillo a Hermione completamente desprevenida.
- Traeremos algo que te guste- le dijo Luna con ojos soñadores.
La puerta al cerrar, provocó que una volada de aire se calará en sus huesos, debía de hacer mucho frío a fuera. Se sentó en el sofá del salón, justo enfrente de la chimenea.
- Date prisa, Harry, mi madre nos lleva esperando horas.
- No es mi culpa que James haya manchado la ropa y le haya tenido que volver a cambiar- dijo Harry notablemente cansado.
- Lo es, si le hubieras detenido antes de que hiciera explotar el bote de kétchup que le habías dado para jugar. A veces pienso que tu inteligencia murió junto a Voldemort.
Ambos se detuvieron cuando vieron a Hermione observándolos. Ginny llevaba en brazos a Albus y a los pies de Harry, James y Scorpius les seguían.
- No sabíamos que estabas aquí, Hermione- dijo Harry.
- ¿Dónde más podría estar? Mis opciones son escasas.
Ginny resopló.
- Lo hemos hablado ya, Herm. Es por tu propio bien, si sales tanto Ron como Becka podrían encontrarte.
- Eso no lo sabéis.
- Te encontró en el hospital- contradijo el moreno.
- Pudo ser un caso aislado, Harry. Me asfixió aquí dentro. Necesito salir, y ayudarte en tus investigaciones. Sentirme útil.
- ¿Y si no lo fue, Hermione? ¿No te das cuenta del peligro que corres si pones uno solo de tus pies fuera de esta casa? No pienso arriesgarme a que nada malo te ocurra. Eres más útil aquí dentro que muerta. Todas las salidas están bloqueadas para ti, así que ni lo intentes.
- Yo estuve de tu lado en tu lucha contra Voldemort. No lo olvides, Potter- susurró la castaña.
Harry aguantó la respiración impactado por las duras palabras que su amiga le dedicaba.
- Y yo estoy del tuyo en tu lucha contra Rebecka, Granger. Pero las cosas hay que hacerlas bien, ya no somos los mismos que éramos hace años.
- En eso tienes razón, Ron no está de nuestro lado- intervino Ginny-. Pero no por eso nos vamos a dar por vencidos. Esto debería unirnos más, no separarnos.
- Nos vamos a la Madriguera, si quieres podemos llevarnos a Rose para que la vean.
- Mis padres se alegrarán si lo hacemos.
- Está bien- Harry cogió a la pequeña pelirroja-. Dar recuerdos de mi parte.
- Lo haremos- y así, los seis, en dos veces, desaparecieron por la chimenea.
"""""
- Así que esto es un centro comercial- dijo Pansy en cuanto llegaron.
Un empujón, producido por la cantidad de gente que allí se encontraba y caminaba en todas direcciones sin mirar, hizo desequilibrar a Luna.
- Un poco concurrido en mi opinión- dijo Theo sujetándola-. No tendríamos que haberlo dejado para última hora.
- ¿Estás de broma?- preguntó Blaise anonadado-. Esto es lo mejor que he visto en mi vida.
Sus ojos no daban a basto para retener todos los nombres de las tiendas que allí había.
- ¿Qué tal si empezamos por lo sencillo?- preguntó Luna dulcemente-. Los regalos de los niños.
Les costó cerca de dos horas escoger todos los regalos para los pequeños de la casa, que consistían en una cantidad infinita de juguetes para cada uno. A Blaise le parecían aburridos y nada útiles, pero ya se encargaría el de eso dándoles un toque de magia cuando nadie mirara. Para Potter y Weasley no supieron muy bien que elegir, pero Luna que los conocía más, les ayudó. Acabaron escogiendo, para el moreno, un reloj de bolsillo, bastante caro pero realmente hermoso, que mandaron grabar la siguiente frase, producto de la mente de Zabinni: El sabio león siempre a las órdenes del principe de las serpientes, no lo olvides, Potter; algo de ropa, que se probó Theo primero, pues tenían más o menos la misma talla, que consistían en un par de trajes y varias americanas, y un casco nuevo para su moto. Para Ginny compraron un relicario para que pusiera las fotos de sus hijos, un vestido de fiesta, que esta vez Pansy se probó antes de que Blaise se le adelantara, pues decía que le hacía ilusión sentirse una mujer hermosa por una vez en su vida y, ya que allí no encontrarían ningún artículo de quidditch, decidieron cambiar de deporte y comprarle la equipación completa de baseboll, que a las serpientes les llamo la atención por el bate, muy parecido al de los golpeadores. Los regalos de Hermione, a parte de otro vestido de fiesta, fue en su mayoría libros. Y a Draco, que tenía trajes de sobra y no le faltaba de nada, le regalaron algo que a Theo y Blaise les llamó muchísimo la atención, una playstation 5, recién salida al mercado, con una infinidad de juegos, no sabían si le iba a gustar, pero si no, ya la aprovecharían ellos.
Solo quedaban los regalos que se harían entre ellos. Blaise fue el primero en escabullirse llamado por las luces navideñas de los escaparates que le rodeaban.
No le costó nada encontrar lo que le regalaría a Theo, una fragancia de coco y esmaltes de uñas de todos los colores que existen, a parte de un libro que el castaño encontraría muy interesante, o al menos eso pensaba Blaise. Como declararse: manual de principiantes, rezaba el título. Mientras se lo envolvían, una sonrisa se hizo dueña de sus labios. Para Luna fue algo más complicado, no sabía que regalarle a la estrambótica ravenclaw. La solución llegó a su mente en un fugaz pensamiento, se metió en una tienda hippie y le compró un poco de todo. Para su mejor amiga lo tenía bien fácil, pues la conocía desde que tenía memoria, le volvían loca las joyas.
Cuando se volvieron a reunir, con los encargos ya terminados y salieron del centro comercial plagados de bolsas e ilusión a Blaise se le cayó la mandíbula hasta los pies.
- ¿Qué es eso?- preguntó señalando el techo de un coche.
Todos miraron hacia donde señalaba el moreno dedo de Zabinni.
- Eso, Blaise, es un árbol- explicó Theo, también sorprendido.
- ¡No me digas! Lo que me refiero es porque lo llevan en el techo de esa cosa con ruedas.
- Hermione una vez me comentó que en las familias muggles es la tradicción colocar árboles en el interior de los hogares y adornarlos todos juntos mientras se canta villancicos. Por lo que dijo debe de ser muy divertido- explico Luna mirando al árbol también curiosa.
Al moreno le brillaron los ojos.
- ¡No! ¡Ni se te ocurra, Zabinni! No nos quedan manos para cargar con un árbol- Pansy elevó sus manos para que las viera repletas de bolsas.
- A veces me pregunto si eres bruja, Pansy.
La morena bufó.
- ¿A sí? ¿Y qué le vas a decir al dueño de la tienda de árboles? Quiero el más grande, el más bonito y el más elegante árbol que poseas, no hace falta que me lo carges en el trasto con ruedas porque no tengo y no se como funciona, pero no se preocupe porque acabemos sufriendo de lumbago, que lo encogere con magia y mi amiga se lo echará al bolso.
- Exactamente eso- afirmó el moreno de la piel de ébano.
- ¡Estas loco! No pienso participar en tus locuras seniles.
- No puedes usar magia en presencia de muggles- Theo se pasó una mano por la cara, su amigo lo exasperaba.
- Yo estoy con Zabinni- dijo Luna sorprendiéndolos-. Ya que visto lo visto vamos a celebrar una Navidad cien por cien muggle no nos puede faltar el árbol. Eso sería como ir a Hogwarts sin varita.
Pansy resopló cansada de todos, no le importaba celebrar una Navidad muggle, lo que si que le importaba eran sus dedos, que comenzaban a adormecerse por el peso de las bolsas que cargaba. Theo miró a Luna con una súplica pintada en la cara, ésta le sonrió, y él supo en ese momento, que estaba perdido.
Blaise pasó uno de sus brazos por los hombros de Luna.
- En verdad, Lovegood. No entiendo porque no fuimos amigos en Hogwarts.
- Si no me equivoco, me considerabáis una traidora a la sangre- dijo sin importancia.
- ¡Oh si! La peor de las traicciones- dijo esceníficando con sus manos como si se tratase de una obra de teatro-. Pero no te preocupes, quedas perdonada.
- Es todo un alivio escuchar eso- dijo Luna siguiéndole el juego.
Theo y Pansy los miraban como si se tratasen de unos feroces mounstruos, nunca llegarían a comprender la mentalidad de esos dos.
- ¿Vamos a por el dichoso árbol o no?- preguntó la morena dando una patada en el suelo-. Pero una cosa os digo, no pienso cantar villandicicos.
- Villancicos- corrigió Luna.
- Lo que sea.
Media hora después.
Luego de preguntar al dueño del vehículo que portaba el árbol que dónde lo habían comprado, caminaron a pauso raudo al lugar.
- No es que haya mucho en donde elegir- comentó el castaño paseando la mirada por el desolado lugar.
Y en efecto, no tenían apenas opciones. Un árbol que le llegaba a Luna a la altura de las rodillas y le faltaban la mayoría de las ramas, uno de dos metros y medio de alto y otro de una altura más normal que se doblaba hacia un lado, haciendo que la copa tocara el suelo. Pansy cogió la copa de este último y la intentó poner recta. El árbol volvió a la posición en la que estaba haciendo que la nieve que sujetaban sus ramas cayeran en sus pies.
- ¡Genial!- exclamó hastiada-. ¿Y ahora, qué?
- A mi me gusta este- dijo Luna agachándose junto al más pequeño.
- Este es mejor- dijo Blaise elevándo la mirada hacia el más alto.
Pansy y Theo corrieron junto a la rubia y se cruzaron de brazos, mirando desafiantes a su amigo.
Blaise se indignó.
- ¡Oh, vamos! Ahora ireís a decirme que el tamaño no importa.
"""""
Draco, sentado en la biblioteca, leía un libro, Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne. Le asombraba que un libro como aquel estuviera entre los estantes de la biblioteca de la casa de los Black. Quedó prendado de los primeros párrafos, y continuó leyendo, quien sabe durante cuanto tiempo. El ruido de la puerta al abrirse le hizo levantar la mirada.
Hermione entró, sin percatarse de que la biblioteca ya estaba ocupada. El rubio se levantó del sillón con el libro en la mano.
- No sabía que estabas aquí- dijo Hermione dando la vuelta para marcharse.
- Espera- dijo Draco acercándose-. Será mejor que me marche yo, llevo aquí demasiado rato. Es tu turno.
La castaña suspiró, ya era hora de aclarar las cosas.
- ¿Podemos hablar, Malfoy?
Draco se giró y avanzó hacia ella, haciendo que esta retrocediera hasta chocar de espaldas con una de las estanterías.
- No veo de que podríamos hacerlo, Granger- posó ambas manos en el mueble plagado de libros, arrinconándola-. Dejaste muy claro que no quieres saber nada más de mi.
- No me hagas esto más difícil, Malfoy- suplicó Hermione-. Quería disculparme por mi comportamiento de los últimos meses.
- Desde luego te ha dado tiempo para recapacitarlo con calma- Draco acercó su rostro al cabello de ella, aspirando su dulce fragancia. Ella ladeó la cabeza, dándole el perfil-. ¿Qué te hace pensar que quiero tus disculpas?
- No las aceptes si no quieres- dijo Hermione elevando el mentón para mirarlo y ahí fue cuando se dio cuenta que estaban demasiado cerca-. Solo quiero que volvamos a la normalidad.
- ¿Y cuál es esa normalidad para ti, Granger?- preguntó Draco haciendo que sus labios se rozaran en el proceso-. ¿Antes o después de que te besara?
Hermione cerró los ojos, a la espera de un beso que nunca llegó.
- No puede ser y lo sabes, Malfoy. No puedo permitirme el llegar a sentir algo por ti- al mantener los ojos cerrados no pudo observar la punzada de dolor que recorrió al rubio por una milésima de segundo.
Draco apoyó su frente contra la de ella, sin ejercer demasiada presión. Los corazones de ambos palpitaban por el mismo motivo, guiados a contracorriente por lo que deseaban y no por lo que debían hacer. Sus respiraciones se entremezclaban, embriagándolos a ambos por igual, obnuvilandoles el sentido.
- Disculpas aceptadas, Granger. Pero no se si conseguiré controlarme cada vez que pases por mi lado, o cada vez que permanezcamos juntos en una habitación.
Hermione parpadeó repetidas veces, en un gesto que enterneció al rubio.
- No quiero que lo hagas- dijo en un tono de voz demasiado tentador.
Y aquellas sencillas palabras, fueron la gota que colmó el vaso de la fuerza de voluntad que Draco poseía. Se hizo dueño de sus labios en menos que se dice quidditch. Sus manos, que hasta ese entonces permanecían apoyadas en la estantería se movieron para ocupar su nuevo lugar: las caderas de la gryffindor. Su lengua acariciaba hábilmente la de ella en un movimiento constante.
Hermione suspiró entre sus labios, y él no pudo evitar morderlos levemente, otorgándoles a ambos una sensación de infinito placer. La castaña elevó sus brazos hasta posarlos en la nuca de Draco. Una de las manos del rubio, se coló por debajo de la blusa que ella llevaba, acariciando la suave piel de su espalda, haciendo que Hermione diera un respingo sorprendida que Draco aprovechó para pegarla más a él.
Draco dejó de abusar de sus labios para centrarse en el cuello que su pelo se empeñaba en ocultar. Lo apartó de su camino con urgencia, haciéndolo a un lado, y besó su tersa piel.
- Draco...- se estremeció Hermione cuando la cordura volvió a su mente.
El rubio la acalló con un nuevo beso.
- No digas nada, Granger- susurró en su oído haciéndole cosquillas mientras uno de sus dedos se posaba en sus labios-. Solo disfruta del momento. Ya tendremos tiempo de arrepentirnos más tarde.
Hermione dejó de luchar contra si misma. ¿Cómo combates contra un sentimiento que no puedes controlar? Sus amigas tenían razón, todos la tenían. No podía negarse sus sentimientos durante más tiempo. No podía imaginar nada mejor que estar junto a Draco.
Se rindió completamente cuando sintió como el rubio le mordía el lóbulo de su oreja izquierda, haciendo que casi perdiese el sentido.
Al diablo con todo. Aquello era demasiado gratificante para darse el lujo de no sentirlo.
Draco la condujo de vuelta al sillón, que él ocupaba antes y se sentó, haciendo que ella lo hiciera también, colocando sus piernas a ambos lados de las suyas. La sujetó de la nuca y la atrajo hacia sí, guiado por la urgencia de no poder dejar sus labios en paz. Su mano volvió a la espalda de ella. Hermione impulsada por tantas sensaciones que la recorrían, le fue desabrochando los botones de su camisa. Cuando terminó su trabajo, acarició sus pectorales con manos temblorosas. Aquel contacto hizo que Draco perdiera todo rastro de cordura que le quedaba.
Ellos se complementaban mutuamente. Eran el uno para el otro, y ellos poco a poco se iban dando cuenta de ello.
Nunca supieron cuanto tiempo estuvieron así, de momento no les hacía falta llegar a más, pudieron ser minutos como horas, por eso cuando escucharon la puerta principal cerrarse, ambos se sobresaltaron. Hermione se levantó a la velocidad del rayo y se alisó la blusa con las manos.
Draco sonreía desde el sofá, como hace mucho tiempo no lo hacía.
- Iré a ayudar a los chicos con los regalos- dijo señalando la puerta dispuesta a marcharse.
- Granger- llamó Draco.
- Dime, Malfoy.
- No olvides que eres mía.
Hermione sonrío. Suya. Sonaba demasiado tentador.
- No lo haré.
