Todo estaba oscuro, gélido y con un insoportable olor a podredumbre. Grité al querer mover mi brazo izquierdo, de inmediato me dolió todo el cuerpo y mi cabeza empezó a dar vueltas, los rayos de luna se infiltraban alumbrando levemente ese lugar que parecía sacado de las peores pesadillas de cualquiera.

Estaba en el fondo del 'Claro'.

Intenté levantarme y mis manos resbalaron en algo baboso, no podía ver con exactitud lo que era, pero creo que no estaría tan interesado en averiguarlo.

Respiraba con dificultad, algo en mi abdomen me dolía y aprisionaba por dentro, de seguro me había quebrado un par de costillas. Todo era oscuro, permanecí sin moverme hasta que mis ojos se acostumbraron a toda esa negrura.

Joder, ¿por qué, por qué mierdas me hicieron esto?

Recordé las palabras de Johansson, el dolor de sus golpes, mis últimos recuerdos con Bill. Todo se volvió en mi contra e intensificó el dolor sentido en cada rincón de mi cuerpo.

¡Malditos todos! El dolor aumentaba mi rabia, ¿cómo pude haber confiado en ellos?

«En Bill».

Entre la poca luz que había, noté mis manos raspadas y llenas de sangre, el barranco que se levantaba a pocos metros de mí era iluminado en la cima ya que los pocos metros antes de llegar al barranco, el 'Claro' carecía de árboles, lo que permitía que los rayos de luna pasaran mucho mejor y alumbraran mejor el último camino hasta la muerte.

Me llené de valor para levantarme. Tambaleante lo intenté un par de veces hasta que lo conseguí, me sostuve de un tronco viejo que había a pocos pasos. Escuché el ruido de los grillos y el quebrar de las hojas por los pasos de los animales.

Joder. No sabía la clase de "cosas" que estuviesen acechando ahí, la oscuridad acrecentaba mi miedo, mi terror a ser devorado por cualquier bestia. Yo no podía terminar así.

El dolor me impedía pensar con claridad, no podía mantenerme de pie y el sólo movimiento al respirar me lastimaba de peor manera. Intenté avanzar hacia el barranco, las sombras de los matorrales se movían ante mis ojos y todo lo que podía observar era completamente engañoso.

Caí, mis manos aplastaron algo que reventó soltando el peor olor a podredumbre que pude haber sentido en mi vida. De inmediato me alejé y me puse de pie, intentaba ignorar el dolor en mi muslo derecho por el disparo, sujetaba mi abdomen y claramente podía sentir la sangre escurrir por mi espalda. El hedor era insoportable y el caminar en ese sitio era cada vez más difícil. Creo que agradezco a la oscuridad. Quizá la imagen de este lugar sea peor a mi imaginación.

Los escasos rayos de luz alumbraban levemente el fondo de tan terrible infierno, con la respiración entre cortada llegué al final del barranco, estaba sumamente agitado, no sabía cuánto tiempo había estado ahí, pero sabía que había estado lo necesario como para perder la sangre suficiente.

Mi cuerpo temblaba por el frío y por el dolor; me sentí observado por tantos y por nadie a la vez, esto era una maldita pesadilla. Esto no me puede estar pasando a mí.

En este lugar habían tantos hombres y mujeres arrojados como basura, como algo sin valor, sin sentido. Ellos fueron torturados, asesinados…, algunos, muchos, habían perecido en mis manos. ¡Joder!

Por primera vez tenía un miedo que superaba mi propio ser.

Vomité. Mis manos, toda mi ropa estaban impregnados de ese olor que me recordaba lo infeliz que había sido. Tan infeliz como Dante.

«Tan parecido a él».

—No, no, no. Joder. No.

Dije en medio de todo ese silencio, quise gritar pero la voz no me alcanzó a más que un quejido que se fundió con el sonido de las hojas de los árboles moverse ante el viento. Estaba perdido, iba a morir, podía sentir incluso el cómo mi cuerpo iba poniéndose frío y torpe mientras más tiempo pasara ahí. Las palabras de Johansson seguían repitiéndose una y otra vez.

Esta sangre…, la sangre de Dante.

El mismo hombre que me había enviado a este lugar, el mismo que se creyó con el poder suficiente para darme y luego arrebatarme la vida. No, ese maldito no pudo ser.

Miré hacia arriba, el barranco se levantaba ante mí y yo lo sentí infinito. Detrás de mí estaba toda esa oscuridad y muerte que seguro me iba a envolver sino salía de ahí.

No quería terminar como todos ellos, yo…, yo tenía que salir de ahí.

De nuevo el silbido del viento alertó mis sentidos, mis manos temblorosas se aferraron a la firme superficie de tierra, mis pocas fuerzas me indicaron lo que debía hacer a continuación. Si iba a morir, moriría intentándolo, moriría del otro lado, moriría lejos de ellos.

No iba a ser uno más en el fondo de ese infierno.

Palpé la superficie, me acerqué para subir pero el dolor en el muslo me hizo caer y rodar unos cuantos centímetros, el crujir en los matorrales me asustó y sobre explotando mis fuerzas me puse de pie sólo para volver a intentarlo.

El mismo dolor en mi abdomen me torturaba y la quemazón en mi pierna me estorbaba para poder impulsarme. Caminé intentando mantener el equilibrio, la inclinación no era demasiado pronunciada en un principio, sin embargo mientras más avanzaba todo se complicaba pues mi propio peso me impulsaba a caer. Me sujeté de las raíces que sobresalían de la enorme montaña de tierra y piedras. Me aferraba de cualquier cosa para poder avanzar cada centímetro más a la superficie. Caí dos, tres, cuatro veces, sentía mi cabeza ceder, estaba al borde de un colapso, mis fuerzas se estaban yendo, pero mi mente me forzaba una y otra vez.

«No, tú no puedes morir aquí».

Enterré los dedos donde pude, traté de ignorar el dolor, gimoteaba por cada movimiento que hacía, mi propio peso me hacía daño, pero el terror, la culpa, el dolor me impulsaban a ir más allá de lo que alguna vez creí poder soportar.

Sentía que si caía, si lo hacía ahora, mi cuerpo, todo mi ser sería preso de mi propio infierno. Mis víctimas esperarían, como buitres ante la muerte, y yo, yo dejaría de existir en ese instante en el que cayera entre ellos y sintiera sus frías extremidades debajo de mi peso.

No me hacía falta más. Ya había sido traicionado, humillado, desterrado. La muerte era lo único que podría esperar ahora.

Ahora, pero no aquí.

La sangre escurría por mi cara, mis ojos ardían y yo no podía distinguir si lo que salía de ellos eran lágrimas o sangre. Enterraba los dedos en la firmeza de la tierra. Algunos arbustos se rompían en cuanto intentaba sujetarme de ellos, el camino me parecía interminable. La luz me guió a sujetarme de manera precisa, mis piernas pataleaban con desesperación, casi caigo de nuevo, sin embargo mis manos se negaron a abrirse, me sujeté tan fuerte como mi cuerpo podía y con un último empujón logré salir a la superficie. Me arrastré por la tierra, ya no podía más. La pestilencia permanecía en mis sentidos, el pavor aún circulaba en mi cuerpo, me impulsé solo para tropezar de nuevo. Podía ver las sombras de los árboles y la negrura de ese pasaje que conducía al camino en donde Johansson había soltado toda su mierda.

«—¿Qué se siente saber que la persona que más odias en este mundo te hizo ser lo que eres ahora? ¿Qué se siente saber que eres hijo de una mierda como Dante?».

El eco de su voz me susurraba como un fantasma maldito. Volví a ponerme de pie y caminé hacia donde recordaba, era el inicio del 'Claro', arrastraba la pierna y me sujetaba de los árboles, caí de nuevo, todo era oscuridad, miedo, terror.

Avancé un poco más, algunos árboles eran delgados y otros más raspaban mis manos ensangrentadas, había olvidado el dolor, aunque por momentos pensaba en que me desmallaría y moriría ahí mismo. No podía ver nada, a pesar de que los árboles no estaban tan cercanos los unos de los otros, la negrura de la noche me cubría celosamente.

Mi respiración era demasiado agitada, sentía mi cuerpo agitarse como si hubiese consumido una gran cantidad de cocaína o alguna otra droga; estaba ansioso, desesperado, quería salir de esa oscuridad. Yo…, en realidad…, en realidad no sabía lo que tenía qué hacer a continuación.

Iba a morir.


Una luz cegadora impactó mis ojos, quise mover los brazos pero estos me dolieron provocando un calambre terrible que se esparció hasta mis hombros y espalda. Quise hablar pero las palabras salieron en un conjunto de balbuceos casi inentendibles. ¿Dónde estaba, qué me había pasado?


—Tu celular sobrevivió porque lo guardaste en la bolsa interior de tu chamarra, esa que tenía la cremallera. Me llamaste muy tarde, no recuerdo la hora —comentó Fénix, de pie, a mi lado, con mucha preocupación—. Casi no entendí nada, sólo que tenía que llegar a donde te encontrabas, me fue difícil pues tú no sabías ni siquiera darme indicaciones. Opté por el GPS…, y llegué hasta ti en medio de la nada. ¡Casi te arrollo! Estabas inconsciente en medio de la carretera.

«¿En medio de la carretera? ¿Cómo diablos llegué ahí?»

Para llegar a la carretera tienes que salir del camino del 'Claro', yo no pude haber hecho eso… ¿o sí?

Giré la cabeza hacia su dirección, el dolor volvió a recorrerme, Fénix acomodó sus lentes en el puente de su nariz y continuó:

—¡Estabas hecho la mierda y apestabas terrible! Ya olías a muerto, sin serlo.

Vaya, su humor no había cambiado nada.

No quise hablar, ni siquiera intentarlo. Sólo lo miré insistente, él supo que tenía que continuar.

—El "doc", dice que todo lo que hiciste fue por un intenso ataque de adrenalina. A causa de eso, casi te perdemos en un paro cardiaco.

¿Por qué lo que me decía no me emocionaba? Estar vivo, ¿qué debería hacer ahora? Mi mente parecía un papel en blanco dispuesto a ser escrito o arrojado a la basura.

—Estoy endeudado hasta el culo por tu "travesura", pero me alegra que estés vivo… Aunque que quizá no me recuerdes.

Me miró dubitativamente y yo intenté sonreír, la cabeza me dolía pero al menos en ese lugar frío con olor a creolina y alcohol, podía sentirme un poco tranquilo de todo lo que era mi realidad.

—Te recuerdo…, idiota.

Hablé lo más claro y pausado posible, Fénix sonrió, aliviado. No tenía a nadie más en quien confiar, no ahora. Pero él, en estos momentos, me demostraba que al menos alguien, puede ser digno de ello.

«Esa palabra…, confianza».

¿En quién debería confiar ahora? O más bien, ¿en quién jamás debí haber confiado?

El dolor en mi cuerpo me distrajo, los recuerdos de aquella noche aún eran borrosos, mi memoria era poco clara para ciertas cosas. Según Fénix, eso fue provocado por un fuerte golpe en la cabeza, que si bien no me partió el cráneo, estuvo cerca de ello. Los médicos suturaron de inmediato pues la condición en la que había llegado era totalmente alarmante.

Toqué mi cabeza y estaba vendado completamente, eso sólo significaba una cosa.

Sin cabello.

«Joder».

—Pasaste dos semanas dormido. Hasta hace unos días despertaste, sólo que no recordabas absolutamente nada —comentó paseando de un lado a otro de la habitación.

«Quizás hubiese sido mejor no recordar nada».

Según sus palabras, al llegar al hospital tuvieron que intervenirme de inmediato, pues había perdido demasiada sangre y una de las balas aún se alojaba en mí y, que por escasos centímetros perforaba uno de mis pulmones.

El recuento total: dos costillas rotas, un hombro dislocado, pérdida parcial de la memoria, mucha sangre perdida y demasiadas, demasiadas raspaduras esparcidas por mi cuerpo.

¿Demasiada suerte o demasiada desgracia?

Para mí, podrían ser ambas.

Estando ahí dentro perdí la noción del tiempo, más bien, de todo a mi alrededor. Los días, las semanas, los meses pasaron. Las heridas cerraron poco a poco, los recuerdos se materializaron lentamente en mi memoria. Con el dinero robado pude pagar todo lo que necesité para rehabilitarme lo más pronto posible. Tan pronto, que los médicos mismos se sorprendieron de todos los avances, incluso, de que hubiese llegado vivo a ese lugar.

No era posible, lógicamente no era posible.

Haber sobrevivido al 'Claro', haber estado dentro de ese infierno y haber logrado salir. Todo eso era lógicamente imposible, más para mí mismo que jamás presencié algún tipo de huida de ese lugar.

Sólo algo me movía, ese algo que aunque no hubiese estado constante en mi mente, siempre estuvo presente en mí, desde ese instante en el que Johansson decidió matarme. Eso mismo que explotó en mí al descubrir que estaba en el fondo de ese lugar, rodeado de muerte, sin esperanzas, casi sin vida. Esas ansias que ahora mismo me hacían aferrarme a una vida que había quedado hecha pedazos.

Las palabras de Johansson seguían ahí, permanecían tal cual las había escupido. Ahora, frente a la pequeña ventana de la sala, mi mente no pudo evitar imaginar el bello rostro de Amber, mirándome…, mirándolo, mirando a Dante, besándolo, entregándole mi vida en ese beso.

Apreté los puños mientras observaba el atardecer. A mi alrededor estaban las cajas de repuestos tecnológicos que Fénix traficaba y utilizaba en sus propias máquinas. El silencio era inquietante, el olor a aromatizante barato de vainilla no disipaba el de podredumbre que aún sentía en mi nariz como algo constante.

«—Amber fue quien le soltó todo al jefe. Dijo todo sobre ti y me ayudó a fabricar las pruebas necesarias para poder inculparte de la mayoría de los fraudes con la droga. Él prefirió mandarte a la muerte, ¿sabes por qué?, porque ya le habías cansado…».

Ese maldito farsante. Sus palabras, sus lágrimas…, prefería no recordarlas. Todo había sido un completo engaño producto de su rato de diversión. Él le dijo todo a Johansson. Bill…, Amber, ambos fueron una mentira, todo lo dicho, lo hecho, lo prometido, todo fue mentira.

La mentira más grande, digna del traidor más grande.

Traicionando a Dante, entregándome a mí.

Yo, en realidad no pude haber creído en sus palabras. Él y Dante. Verdaderamente podría vomitar sobre ellos con sólo pensarlo. Incluso ahora podría comprender aún más su relación. Ambos estaban cubiertos en la misma mierda, ambos eran esa misma mierda. Traidores, oportunistas, insolentes. Sí, ambos eran similares, tan similares que no podrían dañarse.

Dante no podía dañar a Amber, ni Amber a Dante.

Joder. ¿Por qué no lo pensé antes?

Johansson sólo me tendió una trampa por medio de Amber, y caí, caí como un idiota que se deslumbra por un espejismo barato.

Porque eso fue Amber, una mentira barata y muy bien construida.

¿Qué dolía más?, que el hombre al que tanto había admirado terminara siendo el mismo infeliz que tanto dañó a mi madre o, el haber sido traicionado por…, por una persona en la que tanto había confiado. Ese alguien con quien pensé, podría salir de ese mundo.

Ser odiado por el tipo que se encargó de mí por tanto tiempo y luego saber que Dante…, no, eso no podía ser verdad, nada de lo que Johansson dijo ahí podía ser verdad.

Pero, entonces ¿cómo diablos se enteró de lo que pasaba con Amber? ¡Mierda! Tanto Johansson como él sabían los secretos de Dante, eso quiere decir que ambos siempre supieron todo. Absolutamente todo.

¿Fueron cómplices desde un principio?

Johansson iba por algo más, estaba más que seguro. Él no sólo me apartó de su camino por órdenes de Dante. Ahí habían intereses, intereses propios.

Y los de Amber, por su puesto.

Pero ya nada de eso me importaba ahora. Estaba vivo, y saber todo eso sólo me servía para una cosa: cambiar de planes.

Antes de ese día, mí único cometido era renunciar a ese mundo que poco a poco estaba convirtiéndome en un monstruo, un maldito engendro similar a Dante.

Ellos quisieron un monstruo. Pues bien, eso tendrán.

Después de cuatro meses, mi desprecio fue en aumento, al igual que mis fuerzas y mis ganas de matar a esos malditos. Aferré las manos al volante del viejo auto de Fénix, esta carcacha de cuatro ruedas podría cubrirme mejor que cualquier escudo, más ahora cuando vigilaba el departamento de Amber.

Miraba el edificio frente a mí, me di cuenta que la vigilancia sobre él aún permanecía, al verlo descender de una camioneta negra, de inmediato supe que sus tratos con Dante iban empeorando, cosa que para ellos, sería algo maravilloso.

Vi su rostro en la lejanía y las ansias volvieron a mí, como cuando anteriormente pasaba semanas sin consumir y buscaba urgentemente algún sobre de cocaína.

Estaba lleno de rabia, con miles de emociones encontradas. Quería salir, golpearlo, hacerle sentir lo que yo en el 'Claro', sin embargo, también quería…, no, no. No podía ser posible.

Amber era esa droga que te hiere, que te mata, pero que no puedes dejarlo, al menos no a la primera. Lo ves, lo hueles, incluso hasta lo sientes en tu sistema sin necesidad de tocarlo. La necesidad te hace proyectarte en miles de sensaciones familiares que sólo pasaban cuando "aquello" estaba en tu sistema.

Así era Amber en esos momentos.

«Mierda».

No podía ser débil ante él, si quería continuar con esto debía avanzar y enfrentar a ese maldito ser que ahora mismo desaparecía entre el edificio mientras la camioneta se alejaba.

Me las iba a pagar. Ese maldito traidor se arrepentirá de lo que hizo junto con Johansson y Dante.

Ahora era mi turno de arrojar los dados, iba a tomar las riendas de la situación, y Amber iba a ayudarme.

Su estúpido juego de manipulación no iba a funcionar conmigo, no de nuevo.

Iba a acabar con Dante y toda su mierda, incluido…, incluido a él.