¡Que Viva Nicaragua!

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Capítulo 28

Sin duda lo más destacado de las vacaciones fue el viaje a Monflanquin, situado a una hora de coche de la casita. Monflanquin, construido en 1252 por Alfonso de Poitiers, era uno de los numerosos pueblos amurallados o bastiones de esa zona de Francia. Disputado por los franceses y los ingleses en la Edad Media, su posición protegida, que cubre una colina en medio de una amplia llanura agrícola, lo convirtió en un formidable reto. En la actualidad, es uno de los pueblos más hermosos de Francia. Cuando Elsa se aproximó con el coche por la llana campiña, los ejércitos de girasoles creaban la sensación de un mar amarillo que rodeaba una isla emergente. Era un día lleno de color; cuando llegaron al pueblo, encontraron las calles engalanadas con estandartes y enseñas de señores medievales, caballeros con armadura a caballo luciendo vívidos escudos de armas y vibrantes tropas de músicos con acompañamiento de bufones.

Siguieron la tortuosa calle que ascendía por la colina hasta la plaza principal. Apenas había nubes en el cielo y el sol brillaba implacable. Por suerte, las calles eran estrechas y la sombra de los edificios ofrecía una buena protección. La gente estaba contenta, y las naciones que habían luchado tan enconadamente en la Guerra de los Cien Años se reían y bromeaban juntas en las recreaciones modernas. Los restaurantes de dos lados de la plaza habían colocado mesas fuera para que los comensales no se perdieran los espectáculos. En los otros dos lados había artesanos y joyas. En el medio de la plaza se representaban estampas con trajes de época, mientras los trovadores y los troveros bailaban con entusiasmo y tocaban instrumentos auténticos de la época. Las calles que desembocaban en la plaza ofrecían un despliegue de talla de piedra, tiro con arco, exhibiciones de jinetes, caligrafía y juegos infantiles. Aunque el ambiente estaba lleno de melodías mezcladas y voces multilingües, no existía la claustrofobia de las multitudes que avanzan lentamente en lugares atestados.

En cuanto llegaron a la plaza, las rodearon dos campesinas de un grupo de baile, a cuyos giros y vueltas se unieron, imitando sus exagerados movimientos de cabeza, con el pelo ondeando. La música de las gaitas resultaba fascinante, como si tirasen de sus miembros con cuerdas invisibles al son de sus roncas cadencias. Cuando los trovadores las animaron con gritos de «Magnifique!», Anna y Elsa cayeron exhaustas una en brazos de la otra, riéndose ante su osadía de bailar de aquella forma delante de extraños.

—¡Cielos! Estoy ardiendo —exclamó Elsa—. Será mejor que bebamos algo.

—No sé cómo esas mujeres pueden bailar tanto tiempo con esos trajes — comentó Anna—. Pobrecillas, deben de estar derretidas.

Los restaurantes empezaban a llenarse, así que decidieron comer para poder disfrutar del resto del día sin preocuparse por las colas. Por la tarde casi habían regresado a la adolescencia. Tras presenciar una impresionante exhibición de jinetes que montaban a pelo, Elsa se apasionó con el tiro al arco y probó una y otra vez. Como Anna sólo podía utilizar un brazo, el tiro al arco quedaba descartado, pero se lo pasó muy bien sentada en un fardo de paja observando cómo Elsa se divertía.

—Anna, cuando tengas el brazo bien, debes probar. Sé que tienes los brazos fuertes de nadar.

—Sí que me gustaría intentarlo. Si ya has acabado con el tiro al arco, vamos a ver la talla de piedra. Puedes unirte a los niños y tallar algo especial para mí.

Cuando caminaban por una de las calles más tranquilas, encontraron un estudio en el que el fotógrafo hacía fotos con trajes medievales. Como tenía una cámara digital, mostraba la imagen en el ordenador e imprimía la foto en papel de calidad al momento.

—¿Sabes? Aún no tenemos una fotografía juntas —dijo Elsa fijándose en una joven pareja con llamativos trajes de corte a la que estaban fotografiando—. ¿Probamos? Te ayudaré con el vestido.

—¿Por qué no? Pero debe ser una foto de las dos juntas, no separadas.

—Estoy segura de que el fotógrafo accederá, cariño. Tendrás que hablar tú, porque mi francés no está a la altura.

Anna lo hizo lo mejor que pudo.

—Est-ce que vous pourriez nous prendre une photo, s'il vous plaît ? —Como solía ocurrir, el fotógrafo sabía hablar inglés, aunque con expresiones extrañas. Tras señalar unos trajes de estilo lady Ginebra y explicarle que querían posar juntas en una foto, el fotógrafo se hizo cargo de la situación enseguida. Las guió hasta un probador en el que se pusieron los vestidos largos con mangas acanaladas. Los trajes eran de terciopelo, así que ambas agradecieron el ventilador de la habitación. Tras colocarse complejos cinturones llenos de adornos y joyas variadas regresaron al estudio.

—Se me ocurre una idea —dijo el fotógrafo, que tenía un pedazo de tejido sedoso en la mano. Se volvió hacia Anna y le puso la tela sobre el hombro, a modo de capa, dejando que cayese sobre el brazo y cubriese así la escayola.

—Voilà, ¿está bien? —preguntó, obviamente satisfecho de su idea.

—C'est bon! —exclamó Anna riéndose.

—¿Cómo quieren la foto? —preguntó, indicando una serie de opciones en unas fotografías pegadas a un tablón de anuncios.

Anna le dedicó una traviesa sonrisa a Elsa antes de responder.

—Queremos posar como el hombre y la mujer que lo han hecho antes. — Habían posado uno al lado del otro, el hombre sosteniendo la mano de la mujer como si estuviera a punto de llevársela a los labios y besarla.

—Vraiment. Claro. No hay problema. Por favor... —Señaló el lugar donde debían situarse, y luego, cogiendo la mano de Elsa, la puso sobre la de Anna—. ¿Prefieren mirarse a los ojos o mirar a la cámara? —preguntó. Eligieron las dos cosas, pues se trataba de una ocasión especial.

Después de hacerles las fotos, les dejó ver el resultado en la pantalla del ordenador antes de imprimirlas. Ambas se asombraron al ver la facilidad con que se habían adaptado al papel, sobre todo Anna, con sus largos y flotantes cabellos rojos y una sobria sensualidad. Habría podido servir de modelo al pintor Rossetti. El fotógrafo también estaba impresionado con las fotos, pues les ofreció una más gratis si querían, siempre que pudiese colocar una copia en el tablón.

—Las dos son muy hermosas. Me viene bien tener femmes hermosas para la publicidad de mi estudio, comprenez?

—Oui. Sí, claro. —Anna sonrió, disipando la vergüenza que evidentemente sentía el fotógrafo al pedirles la foto.

—Si dicen que sí, les haré seulement ésta. Si les asusta, pararé la cámara — declaró el fotógrafo.

—Très bon. Nous sommes contentes —repuso Anna. El hombre había seleccionado la foto en la que ambas miraban a la cámara. Para la foto extra, adoptaron las posturas de la fotografía anterior, pero Anna, sin soltar la mano de Elsa, se inclinó hacia delante de forma que sus labios besaron los de su amante. La cámara hizo clic antes de que Elsa pudiese mostrar su sorpresa.

—¡Anna, eres una granuja! Estás comprometiendo a ese pobre hombre — protestó Elsa débilmente.

—Tonterías. Habría escogido esta fotografía para exhibirla si hubiera tenido oportunidad —susurró Anna. La fotografía era excelente, lo cual disculpaba el descaro de Anna. El fotógrafo trató de mostrarse despreocupado mientras revelaba las fotografías en su presencia. Anna se fijó en que al hombre le temblaban levemente las manos cuando les entregó sus copias. Cuando se quitaron los trajes, el fotógrafo había arreglado el tablón de anuncios y la fotografía de ellas ocupaba el lugar de honor en el centro del mismo.

—Voilà, mademoiselles! Gracias por venir a mi tienda —dijo con una sonrisa.

—C'est rien. Au revoir et merci, monsieur —repuso Anna.

—Au revoir —repitió Elsa, tímida a la hora de pronunciar sus limitadas frases en francés.

Ya no hacía tanto calor cuando salieron del estudio y se encaminaron a la plaza. Un bufón se acercó a ellas dando saltos, hablando un francés demasiado rápido para que Anna lo entendiese. Al ver su expresión confundida, el bufón preguntó:

—¿Inglesas? —Sonrió ante sus gestos de asentimiento y continuó—: Hay un espectáculo de ah... oiseaux...

—¿Pájaros? —aventuró Anna.

—Sí, pájaros —confirmó el bufón—, pero no pajaritos, sino les grands pájaros.

—¡Oh! ¡Aves de rapiña! —exclamó

Elsa, encantada de participar en la conversación.

—Sí, mademoiselles. Aves de rapiña. Voilà. El espectáculo va a empezar. —Señaló el ruedo donde antes habían visto a los caballos.

—Gracias. Merci —dijo Elsa.

El bufón hizo una exagerada reverencia y continuó su camino, sin duda pregonando el espectáculo. Las chicas se unieron a la multitud concentrada en torno al ruedo después de comprar agua embotellada.

Aunque resultaba entretenido, el ruedo no estaba cubierto y al cabo de un rato el calor se volvió intenso, más aún por la proximidad de tanta gente. Se sintieron aliviadas al encontrar refugio bajo la sombra de un árbol en la plaza principal. Un grupo de juglares cantaba baladas de amor cerca, así que disfrutaron de las divagantes melodías mientras contemplaban cómo los niños saltaban el cepo mientras otros les lanzaban esponjas mojadas.

—Incluso yo me atrevería a saltar el cepo si me lanzaras esponjas mojadas. Hace un calor de justicia —se quejó Anna.

—No te atrevas —amenazó Elsa dándole una palmadita de broma en el brazo—. Hoy ya me has puesto en evidencia.

Anna sacó la lengua. —¿No lo has pasado bien?

Elsa le pellizcó el brazo sano en respuesta.

—De maravilla. Gracias por tus sugerencias.

Al final de la primera semana habían establecido una rutina. Por las tardes hacía demasiado calor para hacer nada, así que se tumbaban junto a la piscina en medio de una letárgica felicidad. Las mañanas, después de darse un chapuzón, las reservaban para ver los alrededores, y los tranquilos y larguísimos atardeceres para pasear y tomar luego una botella de vino en el patio mientras charlaban bajo el impresionante sol poniente. Así entraron en la segunda semana, adaptadas a su rutina y aliviadas tras resolver el inmediato futuro que seguiría a su regreso a casa.

El que dijo que la familiaridad genera desprecio seguro que no conoció el verdadero amor en su vida; cada día que pasaban, su amor recíproco se ensanchaba y ahondaba. Disfrutaban de la familiaridad de su mutua compañía, lo cual no quería decir que no aportasen individualidad a su relación. Como suele ocurrir, tenían personalidades muy diferentes que surgieron en el curso de su relación, pero esas diferencias eran como los campos opuestos de un imán: cuando se juntaban, permanecían fuertemente unidas.

Una tarde, Elsa estaba echada en una tumbona, bronceándose la espalda bajo los rayos del sol. Anna se había sentado bajo una sombrilla. Su piel pálida y sus cabellos rubí no admitían el sol directo; se quemaba y se irritaba con mucha facilidad. Además, sudaba demasiado con la escayola. Para evitar el mal olor, había diseñado un método a base de un palillo y agua de colonia para limpiar el brazo y que oliese bien. ¡Sólo de pensar que olía mal sudaba aún más! Como siempre, había estado admirando a Elsa, deslizando los ojos sobre la fluidez de la hipnótica espalda de su amante. Quería aprender sus contornos, sus texturas, como un soldado que aprende a interpretar un mapa de reconocimiento. Mientras culminaba su aprendizaje, escribió:

Está recostada...

envuelta en intensos aceites,

y situada bajo la ardiente parrilla, chisporrotea...

y se mueve para obtener el bronceado uniforme,

el toque final dorado.

Y yo la miro, con los ojos

ocultos tras gafas oscuras

mientras las sutiles y sedosas brisas

acarician, refrescantes, su cuerpo,

y como dedos levantan los pelos dormidos.

Y estoy hambrienta...

Después de escribir, trazó su ruta. Se levantó silenciosamente, se acercó de puntillas a la tumbona de Elsa y se arrodilló a su lado. Luego, inclinándose sobre los omóplatos de Elsa, siguió con la lengua la senda natural de su columna, recogiendo las perlas de sudor y saboreando la sal de Elsa. Oyó un vago gemido de lánguida satisfacción que escapó de los labios de Elsa mientras su lengua bordeaba, tentadora, el biquini. Sin detenerse ante el obstáculo de lycra, Anna bajó la prenda mientras Elsa movía las caderas para acomodarse. Una vez retirada la obstrucción, la lengua de Anna reclamó de nuevo el derecho de paso, hundiéndose en la parte inferior de la espalda antes de ascender la elevación del increíble culo.

La lengua y la boca de Anna continuaron recorriendo aquellas curvas, incansables, y percibieron la tensión de las piernas de Elsa cuando el creciente deseo le agarrotó los músculos. Anna chupó, lamió y degustó hasta que llegó a la hendidura natural que conducía a los tesoros de Elsa; allí su lengua describió circulitos en torno a cada rincón, valiéndose de los sentidos del gusto, el tacto y el olfato antes de penetrar en todos los pliegues. Mientras sus dedos exploraban el interior de Elsa, sus labios se abalanzaron sobre el vibrante clítoris de Elsa, inhalándola, bebiéndola, mientras una Elsa bañada en sudor se encogía y se retorcía en la rapsódica embriaguez de un inminente orgasmo. Los dedos de Anna la penetraron cada vez más rápido, acentuando las urgencias de Elsa hasta que, tras un éxtasis parejo al de un cable tenso, estalló en una plétora de gemidos y fluidos.

Anna se arrodilló para ver los ojos de Elsa, que se deleitaron con una soñadora mirada ahíta de sexo antes de llenarse de amor y volverse lentamente hacia ella.

—Anna. Eso ha sido cosa de otro mundo, así que debes de ser mi ángel. ¡Cómo te amo!

Anna no respondió, se limitó a sonreír ante la evidente satisfacción de Elsa. Rozó sus labios con su boca hinchada y un leve escalofrío de excitación hizo que le temblasen las piernas cuando se dio cuenta de que Elsa estaba saboreando su propia pasión almibarada mientras se besaban.

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—Daría lo que fuera por conocer tus pensamientos —dijo Elsa cuando se encontraban en el patio a la luz de las velas, escuchando los extraños sonidos nocturnos de la naturaleza que llenaban el valle.

—No te enfades —pidió Anna—, pero me preocupa no aportar demasiado económicamente a nuestra relación. Como no tengo trabajo, carezco de ingresos. Quiero que estemos al mismo nivel, aunque me doy cuenta de que nunca voy a ganar tanto como tú. No deseo depender de ti. ¿Lo comprendes?

—Claro que sí —afirmó Elsa—. Parafraseando a George Fox, «No camines delante de mí, no puedo seguirte. No camines detrás de mí, no puedo guiarte. Camina a mi lado y sé mi amante siempre». Muy pocas relaciones se construyen sobre una base económica igualitaria y sé, además, que no tardarás mucho en conseguir trabajo, sobre todo si Jasmín toma cartas en el asunto. Si decides vivir conmigo de forma permanente, no te interesará mantener tu piso, y así podrás contribuir a nuestra relación con lo que ahorres. No me parece poca contribución. Por favor, no le des vueltas a eso, cariño, pues nuestra relación va mucho más allá de lo económico.

Anna se quedó callada unos momentos.

—Tienes razón. No lo he pensado bien. Seguramente obtendré un buen precio por el piso, pues el mercado se ha disparado desde que lo compré. Sin embargo, ¿estás segura de que quieres que viva contigo de forma permanente? Hace poco que nos conocemos y a lo mejor descubres, después de tanto tiempo sola, que mis costumbres te irritan.

—Has estado en mi casa, y supongo que esas irritantes costumbres ya deberían haber surgido. En cuanto a estar habituada a vivir sola, no soy solitaria por naturaleza. En realidad, odio la soledad, pero Hans me ha fastidiado tanto la vida que no confío en casi nadie. Me he sumergido en mi trabajo de forma muy independiente. No podría pedir más que tener a una hermosa mujer para compartir mi amor y mi casa. Además, lo mismo se puede decir a la inversa. También tú has vivido sola bastante tiempo, así que tal vez te resulte difícil adaptarte a mí — repuso Elsa.

—No se me ocurre nada mejor que trasladarme a tu casa y vivir contigo de forma permanente. Me ha encantado el tiempo que he pasado contigo antes de las vacaciones y durante las vacaciones, y pensar que no acabará después de las vacaciones es la dicha absoluta.

—Por mi parte, me gustaría demostrarte mi nivel de compromiso. Si vas a aportar el dinero de tu casa a nuestra economía, mi compromiso consistirá en poner las escrituras de la torre a nombre de las dos. Me sentiría mucho mejor así.

—¡Oh, Elsa! ¡Qué detalle! ¿Estás segura de que quieres hacerlo tan pronto? Sé que me amas como yo a ti, pero es un gran compromiso. ¿No prefieres darle un tiempo a nuestra relación para asegurarte? —Anna, sin poder evitarlo, le dio la mano en un gesto de gratitud por su fe.

Elsa se mostró firme en su decisión.

—No, nunca he estado tan segura de algo como de lo nuestro. Si, Dios no lo quiera, le ocurre algo a cualquiera de las dos, la otra no debe verse en situación de pedir. Quiero compartir mi vida contigo y eso incluye mis bienes terrenales, Anna Swanson, así que no hay más que hablar.

—¡Elsa, eres un encanto! En ese caso, podemos abrir una cuenta conjunta a interés elevado e ingresar en ella el dinero de mi piso. Me gusta la idea de compartir las cosas contigo. Resulta increíble que tengamos la misma talla, porque así incluso podemos compartir la ropa, aunque el biquini rojo nunca me sentaría tan bien como a ti.

—Eso es por tu color. Pero me parece estupendo que conservemos la individualidad en la ropa. Tú puedes ponerte colores que a mí me sientan fatal y viceversa. Con tus ojos turquesa, te favorecen unas combinaciones de verdes con las que yo no podría ni soñar. En realidad, me da tanta envidia ver lo bien que te sientan algunas cosas que será un placer quitártelas —dijo en tono travieso.

Permanecieron unos momentos escuchando el sonido de una lechuza que alertaba a los mamíferos que correteaban por allí. La oscuridad las rodeaba y limitaba su visión al charco de luz proyectado por las parpadeantes velas.

—Hablando de ropa, ¿tienes idea de lo que vas a llevar a la boda? — preguntó Elsa—. Me sorprendió mucho que no seas dama de honor.

—¡Cielos, no! —exclamó Anna—. No estoy hecha para ser dama de honor, aunque Fiona me lo pidió. Prefiero mirar, resulta mucho más divertido. Además, demasiadas primas se pelean por el bocado de dama de honor y no puedo arruinar sus sueños. Ni siquiera sé si aún tendré la escayola entonces, pero, de cualquier manera, tal y como tengo el brazo no valdría de mucho.

—¡Hum! Ya te entiendo, aunque estarías monísima de dama de honor, arreando a todas esas pequeñajas —se rió Elsa.

—Ten por seguro que, si tuviera que ir de dama de honor, procuraría que tú me acompañaras. Sobornaría a Fiona, y entonces estaríamos monísimas las dos.

—¡Pobre Fiona! Lo último que necesita en su gran día es a dos lesbianas muertas de risa siguiéndola por la iglesia —bromeó Elsa. Al pensarlo, no pudieron contener la risa—. Aún no has respondido a mi pregunta inicial sobre qué vas a llevar —recordó Elsa.

—A decir verdad, intentaba ganar tiempo, pues no lo he pensado últimamente. Creo que tendremos que ir de compras en serio cuando regresemos. A menos que vayamos a Villenueve a ver qué hay en las tiendas. Según el folleto, en el centro del pueblo había mucha elegancia.

—Buena idea —admitió Elsa—. ¿Vamos mañana? Me parece que no habíamos planeado nada.

—De acuerdo, entonces. ¿Y tú qué? ¿Ya has pensado en lo que vas a llevar?

—Bueno, me inclinaba por un traje rojo, pero tal vez no sea apropiado para una boda, así que estaba pensando en algo negro o morado fuerte. La elección depende del sombrero que encuentre.

Anna juntó las manos como si quisiera confirmar el buen criterio de Elsa.

—Sí, tesoro. El morado seguro que te sienta de maravilla. Estás estupenda con el top violeta sin mangas, así que con algo morado irás sensacional.

—Bueno, lo que una imagina y lo que acaba llevando no siempre son la misma cosa. Pero estoy segura de que encontraremos algo adecuado. Con tus antepasados, debes lucir cuadros escoceses.

—No. Mi madre siempre insiste. Ha convencido a mi hermano Arturo para que lleve una falda escocesa y cree que sería la ocasión ideal para que yo me pusiese un vestido largo de la misma tela. Estoy muy orgullosa de mi ascendencia escocesa, pero no me gusta esa moda consistente en envolver las bodas en tartán —declaró Anna con vehemencia.

—Supongo que no se puede culpar a nadie por querer que su boda sea especial, y tienes que admitir que las faldas escocesas son lo máximo. De todas formas, me alegra saber que al fin voy a conocer a ese escurridizo hermano tuyo. Háblame de él.

—Arturo es un Summer de los pies a la cabeza pero, a diferencia de Fiona y de mí, Tiene los cabellos muy rubios, casi desteñidos por el tiempo que pasa al sol. Trabaja en los emiratos árabes, pero no sé si te he explicado lo que hace. Con unos amigos árabes tiene un negocio de viajes de aventura y lleva a los turistas al desierto, a yacimientos arqueológicos, a entornos naturales, etc. Como le encanta la gente, casi siempre conduce él uno de los Land Cruisers, así que se expone a los elementos y, en consecuencia, está muy moreno. Te lo habrás imaginado robusto, pero es más bien delgado y alto, debe de medir uno ochenta.

—Seguro que le ha roto el corazón a unas cuantas chicas. ¿Cómo te llevas con él? —quiso saber Elsa.

—Seguro que sí, que rompe muchos corazones. No le gusta el compromiso. En cuanto una novia se vuelve demasiado hogareña o cómoda, la deja y busca otra. Personalmente, creo que le gusta la idea de enamorarse y la novedad, pero todo lo que vaya más allá de eso le incomoda. En cuanto a Arturo y yo... parecemos muy unidos, pero no sabemos gran cosa el uno del otro. Al ser chicas, crecer juntas e ir a los mismos colegios, Fiona y yo estábamos más próximas. Lo quiero porque es mi hermano, pero, si no lo fuera, no sabría decirte. Tenemos personalidades muy diferentes y prioridades opuestas. Somos las dos caras de una moneda.

—¿Cómo crees que reaccionará ante lo nuestro? —preguntó Elsa.

—Imagino que de forma educada, y seguro que no me equivoco mucho. Supongo que no estará muy en la onda de nuestra relación, pero cuando vea lo hermosa que eres, no tendrá inconveniente en intentar seducirte. No lo consideraría un insulto, pues no piensa con sensatez. Te verá como juego justo y reclamará su derecho a ganarte, si entiendes lo que quiero decir. — Elsa leyó entre líneas y se dio cuenta de que la perspectiva perturbaba a Anna.

Elsa puso una mano reconfortante sobre el brazo de Anna.

—No te preocupes, cariño. Mi amor imperecedero sólo abarca a un miembro de la familia Summer, que sabe muy bien quién es. Si ya hemos acabado, vamos a la cama y le demostraré a esa Summer a qué me refiero.

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Villeneuve-sur-Lot se reveló como un tesoro oculto, sobre todo una luminosa y alegre tienda de ropa de la Rue Des Cieutats que, irónicamente, se llamaba «Ma Cherie». En las presentaciones, resultó que la propietaria, Mlle. Gervais, había trabajado varios años en una serie de grandes almacenes londinenses antes de regresar a Villeneuve y abrir su propio establecimiento. Eso no sólo le daba un gran dominio del inglés, lo cual tranquilizó a las chicas, sino también muy buen ojo para la ropa clásica bien confeccionada, ideal para ocasiones formales. Elsa empujó a Anna, poniéndole las manos en las caderas.

—Mlle. Gervais, ocúpese primero de Anna. Habíamos pensado en algo verde a juego con sus ojos.

—Vert. Sí, algo verde iría muy bien con sus ojos y creo que también con su pelo. Tengo un vestido. —Se acercó a un perchero con vestidos, situado al fondo de la boutique, sacó un vestido de cambrai fucsia sobre fondo blanco adornado con hojas y se lo ofreció a Anna con una reverencia.

—¡Oh, Elsa! Es precioso — exclamó Anna—. ¿Qué te parece?

—Estoy de acuerdo. Es muy bonito. Me gusta que no sea todo verde, sólo las hojas. Te ayudo a ponértelo.

Parecía hecho a medida para la esbelta figura de Anna. Como tenía el fondo blanco, resultaría más fácil encontrar un sombrero y un bolso para complementarlo. Mientras tanto, Mlle. Gervais no perdía el tiempo y apareció en el probador con un vestido largo de mezcla de algodón azul real y chaqueta a juego.

—Creo que éste le sentará bien a usted —dijo ofreciéndoselo a Elsa—. El color me parece perfecto para su piel y sus cabello rubio.

—¡Mlle. Gervais, es usted maravillosa! —exclamó Anna—. Seguro que estás espectacular, Elsa. Vamos, te toca a ti desnudarte.

Anna no paraba de dar vueltas, admirando su vestido, mientras Elsa se enfundaba el suyo. Anna tenía razón, estaba espectacular y, además, era un vestido muy cómodo.

—Anna, esto no me parece justo —dijo Elsa—. No puede ser que entre en una tienda y encuentre un traje como éste, bueno dos, contando el tuyo. Y no hemos tenido que trabajar duro, ni que sudar ni que maldecir.

—Sé a lo que te refieres, pero, si te molestas en mirar la etiqueta del precio, tendrás ocasión de maldecir —susurró Anna.

Elsa miró la etiqueta de su vestido. —¡Caramba! Ya entiendo a que te refieres. Aun así, si solucionamos esto ahora, podremos concentrarnos en el traslado cuando estemos en casa. Además, si compramos los trajes aquí, en Francia, nos evitaremos chocar con alguien que lleve el mismo vestido ese día. Estoy dispuesta a pagar por evitar esa vergüenza.

Estaban pagando sus carísimos, aunque soberbios, vestidos cuando Mlle. Gervais les preguntó:

—¿No necesitarán un sombrero para la boda?

—Sí, creo que nos vendría bien, sobre todo si hace calor —respondió Anna.

—Entonces, tal vez pueda ayudarlas, mademoiselles —repuso Mlle. Gervaiscon una sonrisa—. Una amiga mía tiene una tienda cerca de aquí, una sombrerería de señoras, como dicen ustedes. Puedo llevarlas si lo desean.

—Sería muy amable de su parte — dijo Elsa.

—También vende bolsos a juego. Ya verán.

Y lo vieron. Mlle. Gervais cerró la boutique, las condujo por unas estrechas calles históricas hasta que desembocaron en otra calle importante, el Boulevard de la Republique. La sombrerería se encontraba, como algo incongruente, entre varios cafés que ocupaban la calle, pero parecía muy bien surtida.

—Ésta debe de ser su hermana, la tienda de Madeleine —le comentó alegremente Anna a Elsa mientras Mlle. Gervais saludaba a la dueña de la sombrerería—. Su prima Adele tiene la zapatería y su sobrina Giselle la corsetería.

Elsa le dio un codazo.

—¡Chiss! ¡A veces eres incorregible! —Forma parte de mis excelentes servicios —se burló Anna, que en ese momento reparó en un sombrero—. ¡Oh! ¡Fíjate en esto, cariño! Siempre quise tener uno igual desde que vi El Gran Gatsby. —Arrastró a Elsa hasta unsombrero de estilo años veinte que estaba junto al mostrador.

—Le quedaría muy bien con su vestido —aseguró Mlle. Gervais, a su espalda—. El blanco hace juego con el fondo del vestido y las hojas verdes de la flor también se conjuntan. —Habló con su amiga en un rápido francés—. Ésta es mi amiga, Madame Dupres. No habla inglés, así que les traduciré lo que diga.

De nuevo intercambiaron un chorro de palabras en francés.

—Dice que es un casquete de paja y sisal con ala de doble pliegue y copa arrugada. La cinta de terciopelo aplastado y la flor se han teñido para hacer juego con la paja del sombrero, y luego se han coloreado las hojas. ¿Quiere probárselo, por favor?

Sin darle tiempo a aceptar, Madame Dupres intervino con unas cuantas frases pronunciadas a toda velocidad. Mlle. Gervais asintió y se volvió hacia ellas.

—Mi amiga sugiere que se cambie si lo desea, para ver así el efecto del conjunto.

—Muy amable de su parte —dijo Anna, que se dirigió a un probador situado al fondo del establecimiento—. Lo siento, Elsa. Debes de estar harta de vestirme y desvestirme.

—Nunca me cansaré de desvestirte —bromeó Elsa—, pero tener que contemplar ese cuerpo tuyo y volver a vestirte sin poder hacer travesuras es demasiado duro para una pobre chica sujeta a tentaciones como yo.

—Sé buena y haremos travesuras después —se rió Anna, que añadió bajando la voz—: Vas a tener suerte. Seguro que Mlle. Gervais encuentra algún conjunto de camisa y bragas que tendremos que probar.

Tras ponerse de nuevo los vestidos de boda, Madame Dupres situó a Anna delante de un espejo de cuerpo entero y le colocó el sombrero sobre el maleable cabello rojo. Elsa se quedó boquiabierta. Anna estaba espectacular. Mientras absorbía la visión de aquella mujer con aspecto de sílfide, le costó trabajo asimilar que Anna fuese su amante, algo muy íntimo. De pronto, la invadió una calidez interior y tuvo que esforzarse para no dar rienda suelta a la emoción y bañar su rostro con lágrimas de gratitud. Anna debió de percibir el sonido de sus contenidos sollozos, pues su alegre gesto se transformó en preocupación mientras miraba a Elsa.

—¿Qué pasa, cariño? ¿Te encuentras bien? —preguntó, llena de ansiedad.

—No es nada... Soy una tonta — respondió Elsa intentando sonreír. Anna utilizó el pulgar para limpiar con delicadeza las pocas lágrimas que habían superado las defensas de Elsa y que relucían en sus ojos.

—Cuéntame, ¿qué te preocupa, tesoro? ¿Te he molestado en algo? — Anna hablaba con voz amable y reconfortante.

—¡Oh! Lo siento, cielo. Te veo tan hermosa... y pienso que podía haberte perdido después del ataque... Se me ha echado encima el recuerdo. No soportaría perderte —confesó Elsa con acento tembloroso.

—Sécate esos preciosos ojos azules, pues no tengo intención de dejarte. ¡Soy tu adorable lapa! Deduzco por tu reacción que te gusta mi sombrero — dijo girando como una modelo exclusivamente para Elsa.

—Me encanta el sombrero y me encantas tú con ese sombrero —repuso esbozando una sonrisa.

—Muy bien, entonces busquemos algo para ti y seré yo la que llore al verte.

Mlle. Gervais y Madame Dupres no descuidaban sus tareas. Mientras las chicas hablaban, buscaron un bolso para Anna y un sombrero y un bolso para Elsa. Se tomaron el trabajo muy en serio, pues los artículos que presentaron eran ideales: un discreto bolso blanco de tira larga, en el que cabían sólo el maquillaje esencial y la cámara obligatoria. El de Elsa era parecido, de color azul real, pero el punto fuerte estaba en el sombrero, también azul real, a juego con el vestido; tenía la copa alta y plana, grandes lazos de seda salvaje, una cinta plegada y el toque de una gardenia de algodón. Cuando Madame Dupres lo puso sobre la cabeza de Elsa, quedó claro que ya no había que seguir buscando sombreros.

Anna se acercó a Elsa: ambas entrelazaron los dedos y se miraron juntas al espejo.

—Ojalá fuera nuestra boda —suspiró Elsa—. Estamos hechas la una para la otra. Quien nos vea, no pensará otra cosa. ¿Y si hacemos un simulacro de boda algún día?

—Por suerte, no tendrá que ser un simulacro. En el ferry leí en el periódico que el gobierno va a aprobar una ley que legalizará las ceremonias entre parejas del mismo sexo y les concederá un certificado oficial, lo cual equivale a tener los mismos derechos que una pareja heterosexual. Así que no tendremos que esperar mucho, cariño.

—Sería fantástico. Casarme contigo será la culminación —dijo Anna con una sonrisa.

Elsa se volvió hacia las pacientes Mlle. Gervais y Madame Dupres, que esperaban su decisión.

—Señoras, son ustedes una maravilla. Ojalá pudiéramos llevárnoslo todo — declaró señalando los sombreros y los bolsos—. ¿Saben de una buena zapatería por aquí cerca?

Una mañana, Elsa fue al pueblo a comprar leche, huevos y cruasanes frescos. Cuando regresó, se sorprendió al ver un sobre pegado a la puerta principal con su nombre. Reconoció la letra de Anna, así que se apresuró a abrirlo con una ligera sensación de aprensión en el estómago. Dentro había un billete de ferry, muy parecido a los de las líneas aéreas. «¡Qué raro!», pensó dando la vuelta a la página con aire distraído. En vez de los detalles del viaje, en el interior había una nota:

A LA PORTADORA DE ESTE BILLETE

Este billete concede a la portadora derecho de tránsito dentro de su ámbito. Cuando acceda al recinto, la portadora debe depositar su equipaje en el compartimento adecuado y dirigirse inmediatamente a su camarote. Tendrá que ir directamente, evitando cualquier distracción. Esto no es un simulacro.

Elsa se rió y siguió las instrucciones, dejando la leche y los huevos en el frigorífico antes de subir las escaleras y dirigirse a su habitación. Entonces entendió a qué se referían las «distracciones». La ropa de Anna estaba diseminada por las escaleras, empezando por una blusa y acabando por un provocativo sujetador colgado en el pasamanos superior. Elsa, que se derretía al pensar en el juego de Anna, abrió la puerta del dormitorio con mano temblorosa. Esperaba encontrar a Anna en posición seductora en la cama, así que la sorprendió ver la cama hecha y otra nota sobre la almohada. Elsa esbozó una gran sonrisa mientras la leía:

Por razones de higiene, la dirección solicita a la portadora del billete que se despoje de toda la ropa. Luego, se dirigirá a nuestra sauna (cuarto de baño) y enseñará su tarjeta de embarque a la empleada. Recibirá entonces un tratamiento especial a cargo de una de nuestras expertas esteticistas. Esto es sólo para la portadora de la tarjeta, que no puede cambiarla ni venderla, sobre todo a la señora Martins.

Elsa se despojó de su ropa rápidamente y, tras coger su «tarjeta de embarque», se dirigió al cuarto de baño del dormitorio.

Se detuvo ante la puerta y llamó educadamente.

—Hola, soy la pasajera Elsa Winter y vengo a recibir mi tratamiento especial —dijo entre risitas. La puerta se abrió, Anna extendió una mano y habló imitando el acento de Europa del este.

—Por favor, ¿tiene su tarjeta de embarque a mano? —Los dedos de Anna chasquearon, impacientes—. Deprisa, por favor. Viajes Vulgar Volga está a punto de partir y desea que todos los pasajeros estén relajados y cómodos —. Elsa le entregó la tarjeta de embarque a Anna, que retiró la mano. A los pocos segundos, la puerta se abrió completamente y apareció Anna con su albornoz verde menta.

—Su tarjeta de embarque está en orden, madame, pero la KGB me exige, quiero decir Viajes Vulgar Volga, que compruebe que no lleva usted cámaras secretas ocultas en su persona. La dirección protege con gran cuidado los tratamientos especiales.

—Pero ¿dónde iba a esconder una cámara? —preguntó Elsa inocentemente, señalando su desnudez con un expresivo gesto de la mano.

—Nuestros competidores tienen sus métodos, señorita Winter. Por favor, si se echa sobre esas toallas, la registraré. Como me he roto un brazo defendiendo a mi patria, el registro será con una mano. Una profesional como yo no tendrá problemas para hacerlo.

Elsa se tumbó sobre las mullidas toallas extendidas en el suelo.

—Por favor, hágame cualquier cosa, Olga. Estoy preparada —se rindió Elsa.

Los ojos de Anna se iluminaron. —¡Ah, señorita Winter ! Está usted, como diría, descubriéndose. Sólo una espía puede saber que me llamo Olga. ¡Veo que tendré que utilizar mis métodos más convincentes para arrancarle una confesión!

Anna se colocó sobre Elsa, con un pie a cada lado de las caderas, y con gesto sugerente se aflojó el albornoz, que dejó caer en un montón junto a la bañera.

Luego se puso encima de Elsa, separando sus muslos con una rodilla para establecer un íntimo contacto con ella.

—Creo que investigaré primero su boca para buscar cápsulas de cianuro — dijo con voz ronca.

Anna se apretó contra Elsa y se inclinó sobre su boca, deslizando la lengua por su labio inferior. Los cabellos rubíes de Anna caían como una delgada cortina sobre las caras de ambas hasta que Anna, apoyándose en su codo sano, sostuvo la cara de Elsa entre las manos. Durante un rato escudriñó los adorables y confiados ojos azules como la gloria de la mañana, antes de hundirse en los húmedos y ávidos labios de Elsa, quien probó y saboreó su lengua. Elsa alzó el rostro hacia Anna, buscó sus labios y los selló con un frenético beso. Anna se apartó y salpicó de besos el cuello y la garganta de Elsa, escuchando y percibiendo al mismo tiempo los gemidos que se escapaban de la boca de su amante. A continuación, se inclinó sobre los pechos llenos de Elsa, tomó un pezón erecto en su boca y lo rodeó con su cariñosa lengua mientras Elsa gemía y arqueaba la espalda para introducir el hinchado pezón en la boca de Anna. Los suaves lametazos acrecentaban el deseo de Elsa. Anna saboreó ambos pezones y disfrutó del intenso placer que aquélla estaba experimentando.

Anna se arrodilló entre las piernas separadas de Elsa y se echó hacia delante, mientras su cálida lengua rastreaba los pechos mojados de saliva de Elsa y descendía por el vientre, de suaves curvas, dibujando una línea sobre su dulce ombligo. Al hacerlo, los pechos de Anna rozaron el montículo de Elsa y la sensación hizo cosquillear sus salientes pezones. Tras la breve incursión en el ombligo de Elsa, la lengua de Anna continuó, deslizándose sobre el rubio vello púbico de Elsa y por el interior de su muslo. Ésta extendió las manos y los dedos se le enredaron en los cabellos de Anna, arrastrándola hacía sí mientras separaba más las piernas. Anna acarició con la boca el pubis rubio de Elsa y la miró con una sonrisa de éxtasis.

—Me temo que tendré que registrarla muy, muy a fondo —dijo con voz gutural y ronca.

Anna lamió los muslos de Elsa y deslizó los dedos sobre su nido de vello rubio, acariciando los relucientes pliegues y penetrando luego en su humedad. Elsa se arqueó mientras Anna descendía entre sus piernas, inhalando su aroma increíblemente femenino. Sin dejar de respirarlo, posó la lengua sobre el clítoris de Elsa, deleitándose en su humedad y sabor mientras recorría la sensible glándula. El cuerpo de Elsa se adaptó al ritmo de la osada lengua de Anna, que lamía, la rodeaba y la saboreaba. Una pasión ciega envolvió los sentidos de Elsa, y su cuerpo se agitó en espasmos y saltos al sentir la embestida de los dedos y el levísimo toque de la lengua danzarina. De pronto, los dedos de Elsa se crisparon entre los cabellos de Anna y sus muslos se tensaron sobre los hombros de la joven pelirroja, apretándose y aflojándose, y dando un último salto contra la boca de Anna antes de que un explosivo estremecimiento envolviese su cuerpo en los espasmos de un hipersensible orgasmo como una oleada. Mientras Anna compartía el orgasmo, la oyó repetir:

—¡Oh, Anna, mi amor! ¡Oh, Anna!

Anna besó el resplandeciente montículo de Elsa y se tendió sobre las toallas al lado de ella, exhausta, retirando los húmedos mechones de pelo rubio de su frente. Elsa abrió los ojos poco a poco y una cálida sonrisa iluminó su rostro cubierto de rubor mientras contemplaba los ojos verde absenta de Anna.

—¡Oh, Anna! Ha sido el momento más apasionado de mi vida. Gracias, cariño, por todo esto. Te amo. —La sonrisa de Elsa acarició el corazón de Anna; luego acercó la cara y besó con delicadeza los labios hinchados de Anna.

—Señorita Winter, creo que tiene usted un arma secreta muy poderosa. No tengo respuesta para ella, salvo la de pasarme a su lado. Sin embargo, como última manifestación de cortesía de la madre patria, la bañera está llena de agua caliente y recibirá usted el tratamiento especial.

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miguel.puentedejesus, Deartod. Gracias por sus cometarios, ya pronto alcanzamos el final de esta hermosa historia.

Cuídense mucho y nos veremos pronto.

Que La Fuerza Los Acompañe...