Capítulo [28]


Aquí otro capítulo de tipo transitorio pero no por ello escaso de importancia.

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DISCLAIMER:

La serie de Xena: Warrior Princess o como comúnmente le oíamos mencionar en nuestra lengua castellana, Xena: La Princesa Guerrera, fue creada para el año 1995 por los ingeniosos directores y productores Robert Tapert y John Schulian, con el respaldo de los igualmente productores Sam Raimi y R.J. Stewart. Por lo que no se necesita comentar que tal memorable producción, junto con todos los personajes que presentó en su trama, no han de pertenecerme. Que yo en este fanfic sólo les tomo para la elaboración de una secuela sin fines de lucro.


~Eterna Obsesión~

~o~

Sentido de benevolencia

Y una vez más que la suerte le restaba el terreno ganado. A él, a Ares. De que esperaba retornar a Tracia, a su actual glorioso templo y realizar todo un brindis en copas de oro por los avances obtenidos entre su ejército; llegaba la fortuna y le cambiaba los planes. Brindar junto a su adorada Princesa Guerrera por su unión y por el poder que han ido alcanzando mas por todo el que aún deseaban obtener. Colmándose de gloria y sumos honores. En especial ella, que tanto se decía desear. Deseos que con los de Ares y todo lo que se pudo haber celebrado, se hubo de dejar en la nada dado a la manía que tenía el destino en dificultarle a este dios de la guerra sus planes con su guerrera. No quedándole de otra que armarse de paciencia y darle espacio a ella en no que cada quien digería lo que le había tocado en las últimas semanas. Posponiéndose hasta nuevo aviso todo cuanto a laboral se refiriera, como a personal también.

―Avísame cuando se te quite lo que sea que se te metió para esta vez. Que en no que tú te quedas guardándole luto a tu memorable pasado, yo en cambio sigo consciente que es en el presente en el que me encuentro. En el cual es bastante lo que tengo por hacer como para quedarme sentado con una misma cara de muerto en vida mientras bien sé lo vivo que me encuentro y todo lo que la maravillosa vida tiene para ofrecerme. Así uno de esos mismos ofrecimientos aún viene siendo la hora que no sede del todo entre mis manos.

―Ve entonces a atender todo eso que esa maravillosa vida de la que hablas te ofrece. Que yo no te estoy aguantando, Ares.

Xena se levantó del asiento en el cual minutos atrás leía tranquilamente un viejo pergamino con algún poema o corto relato. Desde que había partido con Ares para liderar tropas más al norte, no tocaba nada relativo a una entretenida lectura. Sólo numerosos rollos con informes militares y mapas sobre el territorio por el que se desplazaba de campamento a campamento. Trabajo de liderazgo que se mantuvo en toda su perfección hasta que sucedió el pasado incidente con las amazonas. En la tierra para ella, y con casi el Olimpo entero para el dios de la guerra.

Viendo que se proponía a huir de su lado como en tantas ocasiones, Ares que con un mero chasquido de sus dedos le cierra las puertas de la biblioteca en la que se hallaban cuando Xena estaba a sólo un paso de cruzarlas. Estando la dura madera de una de tales a puertas a meros centímetros de haberle impactado contra su propia cara.

―Entiendo que lo sucedido con las salvajes te haya resultado bastante chocante y que por unos dos o tres días tuvieses esa cara de desganada. Pero como que ya va más de una semana de eso y tú aún sigues como si tu alma continuase enganchada a ese mundo de espíritus y fantasmas de la cripta del que por puro milagro escapaste. Como en todos tus puros chivos de suerte.

―Abre las puertas.

Por más que tiraba de la manija, o Ares había fundido el seguro en el interior o lo mantenía bien cerrado con su poder mental.

―¿Para qué? Para que te vayas y continúes con ese semblante de sonámbula por todo mi templo y campos mientras que mis hombres se preguntan cuándo volverá a liderarlos la legendaria Princesa Guerrera.

―Que abras la maldita puerta ―insistió con un lánguido tono no acorde a sus palabras―. O es que no entiendes que me eres igual a un apestoso ajo en estos momentos.

Con sumo enojo, Ares le giró por uno de sus brazos para que le mirase a los ojos por vez primera. Como ella, odiaba que le ignorasen.

―Y tú no entiendes que ya te has pasado más que de exagerada con el choque que tuviste con todas esas amazonas. Tanto vivas como muertas, según me contaste. ¿Cómo quieres que te lo diga? Olvídate de esas salvajes al borde de la extinción.

―¿Cómo quieres que haga semejante cosa cuando mi pasado y mi presente han estado ligado a ellas? En los cuales tiendo a ser una y otra sin que…

―¿Sin que qué?

―Nada. Solamente que una cosa es ser una guerrera, una líder de un ejército, levantar la espada contra quien de igual modo la levantaría contra ti; y otra muy diferente es la traición hacia quien o quienes te tendieron la mano. Algo como lo que yo hice.

Ares se cruzó de brazos con algo de hastío. Al parecer aquel punto era algo que ya venía detestando.

―Mira Xena. Deja ya de…

―¿Aún no me contestas si conocías a fondo mi pasado con esas amazonas del norte? ¿Sabías sobre esa masacre que hice en su clan luego de confabularme con la chamán Alti? La enemiga más grande que por lo visto, ni el margen divisorio de la muerte impide que deje de tenerle.

―¿Qué? Me vas a venir como en otras veces. A reclamarme por no haberte narrado otro de los sucesitos colados en tu memoria.

―Sólo contesta ―le pidió con sus ojos fijos en los de él en medio de una exigencia acompañaba de la necesidad y la súplica.

―Fue algo que sucedió cuando estabas en el carajo del mundo. Luego de que terminaras de plantar tus pies y pisadas en cada punto de extremo oriente. Y yo, yo soy dios griego, querida. De tus años de adolecente rebelde y ambiciosa mujer, sólo pregúntame cuanto a tierras del mediterráneo se refiera y puede que un poco más al norte de Tracia.

―No seas ridículo, Ares. Como si no supiera que los dioses pudiesen meter sus narices en lo que se les de la regalada gana. Si conociste sobre mi pasado con Borias, de algo te tuviste que haber enterado. Porque esa masacre que hice con ese clan de norteñas amazonas fue durante mi tiempo con él. Además, no que estén donde estén, las amazonas siempre vinculadas a tu divinidad estarán les guste o no. ¡Contéstame ahora!

Se encontraba en uno de esos típicos casos en los que necesitaba la compañía de una buena copa de vino para poder bajar las exigencias de su querida guerrera. Allí en aquella biblioteca habría de echar de menos tan deleitante extracto de la uva.

―Como quieras. Sí. Sí me di por enterado en aquel momento. No de toda la historia y el drama desde un principio, pero sí del atrayente final que me hizo volver a posar mi interés en ti una vez más luego de que te diera por causa perdida tras tu caída con César y tus otros fracasos en Oriente con el salvaje de Borias. Tu combate con esas amazonas me hizo recapacitar sobre ti y quererte de regreso en Grecia.

―¿Qué diablos dices?

Sin darse cuenta, una vez más, a Ares se le aflojaba la lengua demás. «¿Por qué diablos nunca puedo limitarme a sólo lo que se me pregunta?»

―Eh, que sí. Que sí supe de tu batalla contra esas salvajes. Lo vi todo en vivo y a todo color desde mi miradero. Un día en el que me preguntaba qué sería de esa posible discípula mía de las batallas que le había dado con largarse a Oriente ―confesó ya sin importarle el tener que retractarse de lo ya dicho―. No era que te estuviese siguiendo todo el tiempo, mis propios asuntos tenía, pero admito que par de cosas en tus andanzas con el búlgaro de Borias vi. Algunas dignas de mi atención como invasiones, combates, saqueos, botines, poder; y otras… Otras que ya es tiempo que me las vaya borrando de la memoria ―se aconsejó con mandíbula apretada y puños cerrados al pensar en los desates de pura pasión con los que su guerrera celebraba junto a Borias tras cada triunfo o botín obtenido en las tierras que arrasaban.

―Entonces desde todo un comienzo estuviste más que enterado.

―Así es. ¿Y qué? Vas a pasar a reclamarme por no haberte contado. Como si yo supiese a la perfección que cosas has recordado y que cosas no.

―No, Ares. Nada más te quería hacer una pregunta. ¿Por qué si conocías sobre mi pasado con esas amazonas, se te metió la "gran" idea en la cabeza de que fuese criada en mi segunda vida en un clan de éstas en el presente?

―¿Te afecta mental y emocionalmente? No me digas.

―Sólo digo que todo lo que me pasa, me sucede por tener la suerte de tocarme el más odioso y retorcido de todos los dioses.

―Como si tú no fueras igual, Xena. O es que te hace falta cometer otra masacre como la que hiciste con esas amazonas para poder creértelo.

―No, lo que me hace falta es mirar bien por donde llevo mis pasos a tu lado. Porque como según actué tan sádicamente en mi pasado, también me veo remendando semejantes actos. Las almas de esas amazonas de las que te hablé. Sé que varias de ellas jamás me hubiesen ayudado en medio del oscuro plano espiritual en el que arribé de no ser porque antes de morir, mis deudas con ellas hube de haber saldado. Como también muchas otras en el mundo entero.

―¿Deudas con ellas? ¿Deudas con el mundo? ¡Pero que diablos te sucede! Ya olvidas que siempre ha sido el mundo el que primero ha arremetido contra ti. Deja de sentir míseros cargos contra esas salvajes de tu pasado. Que cuando decidiste atacarlas, nada de indefensas que eran. Como tan poco, al igual que tú, les tembló la mano al momento de querer acabar con tu vida. O eran sus vidas o la tuya. Y tu fuerza te ayudó a conservar tu alma en tu cuerpo. Si viviste, es gracias a la guerrera que fuiste. Y si hoy estás aquí, es gracias también a la guerrera que sigues siendo. Por lo que deja ya los estúpidos remordimientos de alma arrepentida que eso es otra cosa que no te queda. ¿O qué? Me vas a salir con que por haber recordado hasta el fondo la sangrienta y diabólica mujer que fuiste, como también tus voluntariosos pagos de deudas y supuestos arrepentimientos, has de dejarme a mí y a la misma guerra en este presente en el que te he traído a la vida. ¿Piensas hacer eso por tu maldito choque espiritual con todas esas aún más malditas amazonas?

Remordimientos, arrepentimientos, deudas y reflexiones sobre el camino… A eso a Ares sólo le recordaba al maldito día ante su suerte en el que su preciada arma de guerra se decidió por encaminarse por el camino del bien de una manera definitiva. Adentrarse para él en no otra cosa que en el camino de los débiles para no salir hasta el día de su segura muerte en aquella primera vida que tuvo. No estaba seguro a su vez él del día y la hora exacta, pero sí de que poco faltaba para que el ingrediente final en aquella sopa de recuerdos se arrojase al burbujeante caldero que constituía la memoria de su guerrera. Revelando su contenido cada vez que se removía su interior como se remueve dicha sopa con un cucharón. En la espera de que el elemento faltante con reconocido nombre le hiciese estar completa. El recuerdo de Gabrielle.

―El alejarme de lo que tu espíritu inculca sería como alejarme de la lucha misma. Algo que si mal no recuerdo, jamás hice. Todavía no lo tengo del todo en claro, pero sé que morí luchando. Y algo me dice que por un ideal muy poderoso. Ese que te dicta que es lo que realmente debes hacer y lo que no. Pareciéndome que una vez más debo de prestarle atención eligiendo correctamente mis pasos.

―Me está que tendré que encomendarte a Jacob para que te exorcice de cual sea el maldito espíritu que logró meterse en tu cabeza.

―No estoy bromeando, Ares. En ese plano espiritual vi y recordé muchas cosas. Tanto de mi primera vida como esta segunda que vivo. Y aunque fue sumamente riesgoso y completamente tormentoso estar ahí por la vengativa de Alti, creo que por otra parte me fue grato porque pude reencontrarme con todas esas amazonas que en vida conocí y traté. Tanto las que una vez asesiné y me perdonaron tras salvarlas de la oscuridad para las que habían sido condenadas desde antes, como las que desde un principio siempre ayudé cuando en mi camino se cruzaban. Sin olvidar, aunque en menor cantidad dado al presente en el que vivo, a las que también traté en esta nueva vida que dices haberme dado. Mi segunda madre Mirina y gran amiga Vera. De las que me pude despedir como venía deseando.

Al escuchar los nombres de estas amazonas, a Ares se le brotó un poco la manzana de su garganta al tragar hondo. Es que no se borraba de una vez del mapa a todas las amazonas ahora mismo porque su conversación con Xena le era mucho más importante.

―¿Con ellas, dices? ¿Y te dijeron algo? ―preguntó tratando de no parecer preocupado.

―¿Qué otra cosa podría haberme dicho una madre y una amiga fallecidas a parte del amor que en vida me tuvieron y el que se han llevado después de la muerte? Como también sobre el tiempo que en vida conmigo compartieron como sus deseos después de muertas han de tener.

―No, yo sólo…

―¿Crees que podían haberme hablado de otra cosa? ―se interesó levantando una ceja. Conocía a su dios. Y éste nunca preguntaba porque sí.

―Para nada. Sólo pregunté por preguntar. Y bueno, sí así están las cosas… Si así vas a pensar de ahora en adelante, no me queda más que esperar a que la vida te vuelva a azotar duramente para que recuerdes lo cruel que es y las pocas probabilidades que tienen los débiles de durar en ella.

―No se trata de debilidad. Sino de no dejar que la ira, la avaricia y el deseo de poder me controlen. Que para obtener la gloria y ese mismo poder que siempre he querido, primero tengo que tener control sobre mí misma y todo aquello que pretenda arrebatármelo ―indicó con cierta mirada hacia su receptor―. Seguiré luchando porque la vida no es más que eso, una lucha. Pero ya no pretendas que actúe como esa desquiciada mujer que fui porque hoy en día sé perfectamente bien cuales fueron mis fallas durante mi primera vida. Y esas fueron el dejarme envolver por todo el violento poder que emanas, Ares. Poder que seguiré usando, pero a mi modo. No al tuyo. A quien lo único que parece importarle es la sangre que se derrama.

Por un medio minuto entero no pareció querer responderle algo respecto a sus palabras. No hasta que se echó a todas carcajadas y aplaudiendo como el maniaco que era ante los ojos de su guerrera, le dijo:

―¡Bravo! Podría decirse que ésta ha sido la decisión de tú vida. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Poner ahora a mis hombres a recoger las flores de la primavera? Tan sólo porque te acordaste de una masacre que hiciste en tu pasado y ahora no dejes de verte bañada en sangre cada vez que te miras en un espejo. ¿Eh? Como si fuese la única que hubieses provocado. El número de esas amazonas muertas se reduce a nada en comparación a otros cientos de combates que tuviste.

―Creo conocer ya perfectamente mis antiguas batallas. Y sobre lo que yo haga o deje de hacer no es tu problema. Ahora, abre las puertas. Pensaba ir a ver a Damyan y a sus primos dentro de poco y tú no has hecho más que retrasarme tal plan.

―Adelante ―le permitió antes de abrir las puertas de sopetón con un brusco movimiento de sus manos. Dando la impresión que de éstas se hubo producido una fuerte ventisca que mandó a chocar ambas puertas contra la pared―. Ve y haz lo que te de la regalada gana. Pon a mis guerreros a cultivar flores si quieres. Usa tu espada sólo para cortar leña o hasta para verduras en la cocina. Y aún más, sigue perdiendo tu valioso tiempo con cosas de tu pasado. Continúa estancada en la que fuiste o dejaste de ser como si en este presente no te encontraras. Y de paso, acaba por echar a perder esta segunda vida que te he dado con chusmas como los descendientes de tu querido Borias. Que yo mientras tanto esperaré hasta que te vuelvas a dar contra el piso y retornes a mis brazos como una niña con sus manos y rodillas peladas.

Sin tener o querer decirle palabra alguna, Xena atravesó el marco de la puerta.

Esperaba poder distraerse con lo que fuese para hacer a un lado cuanto recuerdo de su pasado. Tanto los de su primera vida como los de la segunda que vivía. Si en algo le daba razón a Ares, aunque fuese en lo más profundo de su ser, era que debía de concentrarse en el presente. Y que si sólo pensaba en su pasado era para aprender de él. Para así poder construir un futuro grato para su vida. El problema radicaba que la balanza que nivelaba sus pensamientos, ideales y decisiones todavía era siendo la hora que no se inclinaba con todo su peso hacia un lado en específico. Meciéndose de entre esos mismos lados según las emociones de su aturdida y confusa mente le indicasen.

«Maldita sea mi vida ―se decía mentalmente mientras cabalgaba hacia donde Damyan y sus primos tenían una pequeña choza en el margen divisorio entre el bosque y el claro de un campo al norte del aresiano territorio. A una media hora a caballo del templo palaciego―. No sé por qué demonios me siento tan dividida. Por un lado quiero ser la poderosa, temida y respetable guerrera que fui. Para que así nadie ni nada se atreva a dañarme como tantas veces la vida permitió que sucediese. Pero por otro… Por otro temo convertirme en un mismo monstruo sin razón o consciencia alguna. Un diabólico ser sediento de sangre que no recuerde ni su nombre. Aunque, si permanezco en control, puede que sí pueda tener lo que deseo sin llegar a perder el juicio. Siendo siempre yo misma para no caer en las tentadoras trampas de la vida. Como mi crimen con esas amazonas bajo la influencia de Alti. Maldita bruja que espero que esté más que hundida en ese mundo de pesadillas. Ni que hubiese podido ser cierto lo que me prometió. ¿Destructora de las Naciones? Claro, por mi misma pude alcanzar ese título. Y si es que pienso volver a revivirlo, esta vez será con el honor y la gloria que apenas llegué a alcanzar. Porque tal vez deba obtenerlo como una guerrera que luche contra las opresiones de la vida para no dejarse pisotear por ésta. Teniendo nuevamente miles de seguidores, inculcarles en este sentir y protegerlos de los estragos de la debilidad, tal vez sea el medio más apropiado para obtener mi triunfo. Me llamen luego como decidan llamarme.»

―¡Arggg! ¿A quién quiero engañar? ―se preguntó con enojo―. Tal vez no esté haciendo otra cosa más que justificándome. Pareciéndome a Ares más de lo que ya de por sí, aunque me duela, me parezco. Y no, ser igual que él en todos los aspectos podría ser una buena arma como también cumplirle uno de sus mejores sueños. El influenciarme y tenerme completamente en sus manos. Para nada. Llevarle la contraria lo más que pueda es algo que no debo de olvidar.

―¿Hablando sola o con tu caballo?

Llevaba una marcha lenta al saberse cerca de la cabaña. Y al escuchar la reconocida voz de Damyan entre unos arbustos, se detuvo en seguida. El moreno al parecer venía de recoger leña según la que traía cargando en un bolso de piel. Igual que con la cena de la noche que colgaba de su cinto. Dos conejos cazados por medio de un arco y sus flechas que también llevaba a su espalda.

―Al menos yo si lo monto ―le respondió la guerrera al ver que un corcel sin riendas y asiento seguía a Damyan a sus espalda―. ¿Para qué tener un caballo si no lo vas a usar? ―preguntó curiosa bajándose del suyo.

―Porque Ixión es más que un caballo para mí. Es un amigo ―le contestó sonriente.

Con cara de "como digas y quieras", Xena no se molestó en entrometerse entre esa denominada amistad. Que para ella cada quien era libre de hacer y tener lo que quisiera. Aunque por una parte, creía entenderlo. Porque si bien recordaba, en su primera vida una poderosa yegua ella tuvo.

―Ya veo. Tiene el porte de una yegua que en mi… ―se cayó antes de decir primera vida―. A una yegua que hace mucho tiempo tuve ―finalizó en vista de que Damyan era alguien que no creía que hubiese existido en el pasado―. Se llamaba Argo.

―Argo, como la ciudad de Argos ―se fijó Damyan―. Tierra de bastos prados en donde se criaban los mejores caballos.

―Sí, creo que a los dos nos gustan los nombres representativos. Ixión, el nombre de quien dio origen a todos los centauros.

Ambos sonrieron.

―Así es. En cuanto vi hace unas semanas a este hermoso semental galopando por los campos, supe que era el que siempre anduve deseando.

Xena observó entonces el caballo de brilloso achocolatado pelaje y crin tan negra como el ónix. Pareciéndole un tipo de corcel de costoso valor que se hallaría más bien en un mercado o rancho.

―Pensaba que le habías obtenido en algún pueblo de aquí.

―No, no me acerco tanto a tu gente para esas cosas. Sólo trato con algunos campesinos con los que intercambio caza por verduras u objetos que en este bosque no conseguiría jamás. ―Con esto, que mueve uno de sus pies para exhibir unas nuevas y lustrosas botas de piel de buey.

―Ya veo. Y entre esas cosas, les has conseguido ropas nuevas a tus primos. No me quiero imaginar que habitando aquí, estén usando los mismos harapos raídos de siempre. Los tres bien que saben que cuanto deseen o quieran, sólo tienen que pedirlo y lo tendrán en sus manos.

―Umm, cuando los veas por ti misma notarás cuánto han aceptado lo que esta nueva tierra les ofrece. Apenas comen lo que se caza porque no les queda de otra. Y en cuanto a tener todo lo que queramos en nuestras manos con tan sólo pedirlo, dudo mucho que nuestras antiguas vidas regresen de nuevo.

―La vida propia no la hace lo que te rodeaba, sino uno mismo.

―Es fácil decirlo para quien siempre ha vivido como una reina. Con poder y respeto.

―Estás equivocado. Soy el vivo ejemplo de alguien que ha vivido de las mil y una formas. Sé perfectamente lo que es el hambre, el dolor, el miedo, la desesperación y la pérdida de toda esperanza. ―Toma una momentánea pausa en la que mira hacia las ramas de un árbol―. Pero bueno, no he venido para hablarte de mi vida. Sino para saber cómo van las de ustedes. Aunque continúen en su negativa, siempre les dejaré saber que las puertas del palacio están abiertas para los tres.

Continuaron con el lento andar que llevaban desde que comenzaron a hablar. Damyan continuando sus pasos hacia la cabaña donde le esperaban sus primos, y Xena siguiéndole hasta donde su conversación durase.

―Nos sentimos mucho más cómodos aquí. Pero gracias por el recordatorio de todas formas.

―Algún día tendrán que cambiar de parecer respecto a socializar. Se hallen aquí, o en otro lugar. La necesidad de compañía siempre toca la puerta. Y tus dos primos pronto se percatarán que necesitarán a alguien más aparte de tenerse el uno al otro. Una pareja. Una familia. Al igual que tú. Sé que a Darina donde sea que se encuentre, le gustaría verte feliz de nuevo. Es lo más natural. Y sería una lástima que tras provenir de una familia, de un linaje que luchó para prevalecer y llegar hasta ustedes, en este presente marquen la extinción de su sangre por huir siempre del mundo.

―A veces es mejor quedarse con lo que se tiene que ir en busca de más y perderlo todo.

―El que no arriesga nunca gana.

―¿Eso es lo que te encuentras haciendo tú? Poniendo en juego tu futuro como una guerrera y líder de guerra por algo que esperas hallar cuando éste llegue. ¿Es eso?

―La vida de por sí es un riesgo. No hay mayor peligro que el estar vivo.

Se habían detenido a la entrada de un claro en donde la cabaña se hallaba situada y se permitía el paso hacia un abierto llano. Y en algún momento que no importaba precisar en medio de su conversación, se encontraban ahora a sólo pulgadas de separación. Siendo Xena quien se aplicaba eso de arriesgar para ganar al convertir esas pulgadas en escasos centímetros.

―Te pareces tanto él.

―¿A quién?

―A Borias.

Escuchando el nombre de ese antecesor suyo, y comprendiendo que se trataba del antiguo dueño de la espada que se le había legado, Damyan se separó de Xena con algo de disgusto. No quitándosele de la cabeza que ésta, si no pretendía tomarles el pelo con eso de que había vivido en el pasado, de veras que a su pensar estaba más que loca.

―Lo tomaré como alguien que vio a semejante muerto en uno de esos grabados o dibujos.

―¿Hasta cuándo vas a permanecer sin creerme que todo lo que te he dicho es cierto?

―Hasta que me vuelva igual de loco que tú. ―Y no queriendo continuar en el tema, Damyan que llama a su corcel por medio de tres chasquidos con sus dedos, y el animal que le sigue hasta lo que parecía ser su sitio de descanso. Un suelo repleto de heno y protegido por un techo de igual material sobre maderos. Apoyado sobre dos troncos de árboles y dos postes de dicha madera posicionados en un derecho rectángulo. Un cubo con agua fue llenado con la que almacenada en una tinaja de barro se hallaba. Lo mismo que un comedero con base. Unos granos y purina endulzada con melaza, miel y algo de jugo de remolacha, fueron derramados por Damyan en dicho comedero ante un impaciente cuadrúpedo que se acercó para comer―. Buen provecho, amigo. Te lo mereces.

―¿Y lo dejas así? ¿No lo atas o encierras? ― preguntó extrañada la guerrera al observar que aunque aquel pequeño rancho su cerco tenía, de una puerta carecía.

―Ixión es libre. Puede ir a donde le plazca. Lo mismo puede pasar el día por los alrededores de la cabaña, como también ir a galopar a los abiertos llanos. A, pero eso sí. Desde que le hice su lecho, es raro que no pase una noche en él. Como también que no responda ante mi llamado.

―Ya veo. Por eso no le tienes silla y riendas.

―Los caballos odian esas cosas. ¿Cómo te sentirías con unas correas entre tu boca y que de cada rato estén tirando de ellas para que te detengas o marches cuando bien podrían indicártelo de otro modo más pasable?

―No sabía que eras todo un amante de los animales.

―No, sólo soy de los pocos que pueden ponerse en los zapatos de otros. En este caso, las pesuñas ―explica riéndose. Xena, sin ver como contradecirle, igual le sonríe un poco.

Un silencio de esos que llegan cuando ya no se sabe qué más decir o hacer, invadió la atmósfera que los acogía a ambos. Y entre el qué se dice o se hace, entre el despedirse o continuar charlando, unas voces se escucharon desde el llano junto con los pasos entre los pastizales.

―Deja que Damyan vea nuestro venado. No encontrará donde esconder sus flacuchos conejos de siempre por el bochorno.

―Que cruel eres, Boyan. El pobre no más se toma muy en serio su papel de primo mayor. Cuando bien que sabe que somos capaces de cuidarnos muchísimo mejor que él mismo.

―Sí, él no es más que un domesticado…

Al ver que el protagonista de su charla se hallaba a pocos metros de ellos, se callaron. Y no precisamente por haber estado hablando de él. Sino porque aparte de los dos típicos conejos de siempre, había traído una nueva compañía adicional.

―Lo que nos faltaba ―murmura Boyana―. La bruja del bosque.

No era que se sorprendiese de que le repelieran así, pero de todas formas a Xena le causaba algo de pena el que no la aceptasen. Más cuando eran muchas de las cosas de las que quería hablarles. Una de las más recientes por ejemplo, el mensaje que le dictó el alma de Ephiny en el Camino de la Eterna Pena.

«Lo siento, Ephiny ―se dijo en sus pensamientos―, pero por el momento veo lejos el que pueda hablarles de ti a tus descendientes como me pediste. Menos transmitir tu deseo respecto a Boyana.»

―¿Qué hace ella aquí? ―preguntó con sequedad y sumo enojo la rubia de Boyana al bajar de un tirón el pesado ciervo del lomo de su hermano para colgarlo con su ayuda de vientre entre unas gruesas ramas.

―¿Ella? Pues si se les olvida es así como que la reina de todo este territorio ―le responde Damyan arrojándole los conejos para que le hiciesen compañía al ciervo―. Serán flacuchos y todo pero bien que la piel les sirve para sus mantitas de dormir ―les devolvió la burla refiriéndose a los pobres conejos.

Enganchando de mala gana los roedores, Boyana que tira del brazo de su hermano, que no duda en seguirle, diciendo:

―Bien, avísanos cuando se largue. Que suficiente tenemos con verte pasear con la castaña ésa por el bosque como para que ahora vengas a colmarnos con la realeza de ésta tierra.

―Boyana, deberías ser menos…

―No importa ―le detuvo Xena notando como éste subía el tono de voz. Lo menos que quería era provocar problemas entre ellos―. Yo sólo vine para ver cómo estaban. Y algo tranquila porque han sabido sobrellevar su estadía entre estos campos, he de retirarme.

―Espera, no tienes por qué irte sólo porque…

―Charlaremos otro día, Damyan ―marcó su definitiva despedida con una sonrisa―. Que tengan buen provecho. Y, ah. ¿Quién es la castaña? ―le dio con saber con algo de picaría tras dar alcance a su caballo que engullía las sobras de Ixión y montar sobre él.

―Una habitante entre tú gente. ¿Quién más podría ser?

Sin querer meterse o averiguar más de lo obvio, la guerrera que le sonríe aún más abiertamente y arranca con su caballo de regreso al templo.

Al día siguiente de no haber hecho otra cosa más que pensar que hacer con su vida, se decidió por reconocer el presente en el que vivía. Retornando a sus actividades militares ante unos sorprendidos ojos de Ares.

―No sabía que ya te habías estampado contra el piso como para que tu cabeza volviese a funcionar correctamente.

―No me he estampado ni con ningún piso, ni con ninguna pared ni con ninguna otra cosa que tú quisieras ―le dejó en claro al dios de la guerra en cuanto le asaltó con su comentario en el interior de la misma tienda de siempre.

―Pues entonces dime qué rayo divino te despejó la mente como para que estés siendo tú misma nuevamente.

―¿Tú qué sabes cómo soy realmente?

―Te conozco más que la palma de mi mano.

―Si tan así es… No ha de sorprenderte entonces que me decida por hacer lo que he venido teniendo en mente desde que me relacioné con tus guerreros. Voy a hacer que obtengan lo que quieren a como de lugar. Sus tierras, su libertad. Voy a arremeter contra el yugo romano y su maldita nación entera. Como también voy a sumar más y más seguidores a la causa. Para que no quede ni un solo pueblo desvalido o hundido en el temor. Voy a hacer que vean que en la unión está la fuerza y que crean en mí y en lo que les digo.

―Eso me suena estupendo. ¡De maravilla! ¿Qué fue lo que desayunaste hoy?

―Sí, Ares. Voy a hacer todo eso. Pero si te fijas bien. Todos trabajaran duramente por lo que desean, la libertad. Guiándoles en el proceso al mismo tiempo que les inculco el sentido de lucha contra lo injusto y lo tirano. Manteniendo siempre mi honor a través de un sentido de benevolencia. Pudiendo así tal vez alcanzar esa ansiada gloria que deseo. Para que sí algún día dejo de existir nuevamente, quede en claro que hasta el último momento fui alguien que supo responder ante todas las injusticias de la vida. Actuando con moralidad y no permitiendo que ciertas manos de perfectos interesados me envuelvan en su telaraña y me arrojen a un oscuro poso y acabe yo más hundida de lo que por sí ya he estado.

―¿A dónde quieres llegar, Xena? ―le inquirió tras un resoplido harto de sus frecuentes discursos.

―A ningún lado en donde tú te encuentres. Porque si no te has fijado, en esta trama tú sales sobrando. A fin de cuentas, el mundo de hoy, es sólo el mundo de los hombres y mujeres que construyen la historia. Y cosas como ustedes, los míticos dioses, se han quedado en eso precisamente. En el mito.

―Déjate de estupideces. Como si no supieras cuanto me necesitas.

―Como si no supieras tú tan poco cuanto me necesitas a mí.

―Vaya que esos días del mes te dejan muy alterada. Hasta ayer parecías un mismo gusano acomplejado de su vida, y hoy amaneces como una orgullosa mariposa revoleteando audazmente ante el dios al que le debe la existencia. ¿En qué momento de la noche llevaste acabo tal metamorfosis de gusano a mariposa?

―De orugas. Las mariposas se desarrollan a partir de larvas como las orugas ―le corrigió valiéndole poco su comentario sobre su cambio de ánimos―. No de gusanos.

―Como sea. Igual me entendiste. Y hablando de tu ciclo de mujer, ni creas que he dejado en el aire la última discusión que tuvimos antes de que ocurriera todo ese maldito rollo con las amazonas. Dime, ¿para cuándo se te piensa inflar esa pansa y darme un hijo? Creo que ya hemos estados más que juntos como para que quedaras embarazada hasta de trillizos.

―Vete al diablo, Ares ―le dijo furiosamente al pasar por su lado para abandonar la tienda―. Si por algún milagro vuelvo a tener hijos, me gustaría que carecieran de problemas mentales. Y contigo eso estaría por verse.

―Muy graciosa. Te estoy hablando en serio. ¡Ey!

Si quería seguir con el tema de la maternidad, tenía que seguirla hasta los campos de entrenamiento en donde su guerrera ya se había adentrado. Cosa en la que no tenía el más mínimo problema y que pudo haber hecho a no ser porque otra rebeldía de ésta le hizo ir no por una copa, sino por una botella entera de vino.

Cuando divisó a su princesa entre sus guerreros tras sacudir de mala gana la cortina de gruesa piel que cubría la entrada de la tienda, vio también que ésta se hallaba solucionado alguna problemática caída de la nada. Unos guerreros daban sus informes mientras que otros acusaciones.

―Deberíamos de mandarlos por donde mismo vinieron o exterminarlos aquí y ahora. No son más que unos cobardes ―argumentaba un guerrero aresio.

―Sí, cuando una vez fuimos a su pueblo, no nos impidieron el paso pero tan poco se unieron a nuestra causa. ―narró otro―. Y bien claro que tiene dicho nuestro dios, que quien no está con nosotros, está en nuestra contra.

―Cierto es. Si estos cobardes se dejaron arropar por el temor romano, y no pensaron que el de un dios como Ares sería mucho peor si no le rindes su debido respeto, que vayan entonces a buscar refugio en Roma. A ver por cual puerta les reciben.

―¡Silencio todos! ―bramó Xena cansada de sus cotorreos―. La decisión que sea, la tomaré yo respecto a ésta gente. ¡¿Entendido?! ―No hizo falta que afirmaran con palabras. Sus rostros decían que comprendían perfectamente―. Ahora, muévanseme.

Haciendo a un lado a los que le estorbaban el camino, Xena llegó hasta la masa de apresados que venía viendo a espaldas de los amotinados guerreros. Descubriendo que más de la mitad sólo se trataban de madres con sus hijos en brazos, frágiles doncellas y algunos ancianos. Confiados a la protección de los hombres que lograron sobrevivir ―a cualquiera que fuese la desgracia vivida― para guiarles por nuevo camino.

La primera pregunta que a todos en general iba a hacerles era que de qué pueblo o aldea provenían. Decidiéndose por otra un tanto más directa en cuanto reconoció el rostro de un joven entre la masa de esposados varones.

―¡Tú! ―se le dirigió al reconocido acercándose con ojos sorpresivos―. El muchacho al que le extraje la flecha.

El joven de claros cabellos rizados y ojos azulados rato era el que llevaba de haberle reconocido primeramente. Porque nadie nunca olvidaba el rostro de quien te salva la vida. Mucho menos si era poseedor de tan penetrantes ojos azules.

―Usted ―se dirigió el joven a quien le debía la vida sin saber más que poder decirle. Lo menos que se imaginó era que iba a volver a toparse con tan misteriosa mujer y menos en un sitio en el que se encontraba. Toda una región levantada en campamentos de guerra.

―¿Qué le pasó a tú pueblo?

―De mi pueblo sólo quedamos los que aquí nos hallamos. De trescientos habitantes, fuimos reducidos a treinta y tres personas en búsqueda de una tierra en la qué rehacer nuestras vidas tras ser atacados por los romanos.

―¿Ustedes atacados por los romanos? Pero si eran toda una colonia de ellos ―se extrañó Xena recordando lo bien vigilada y dirigida que estaba por soldados romanos. Porque raro era que se atacara lo propio y común lo ajeno.

―Así es. Pero en los últimos meses los romanos nos aumentaron los impuestos. Familias enteras fueron sacadas de sus casas directo a las carrozas de esclavos si no podían dar su pago completo. Eso si suerte tenían y no terminaban siendo quemadas con todo y dichas casas.

Sus profundos ojos azules se agrandaron. No podía creer que tal horrible suceso pudiese haber ocurrido en Tracia, tan cerca de Aresia, y ninguna tropa entre los seguidores de Ares hubiese podido hacer algo al respecto.

―Bien merecido que se lo tienen ―gruñó un guerrero a espaldas de Xena―. Eso les pasa por no habérsenos unidos cuando…

El entrometido hombre se tragó sus palabras luego de que Xena se girara con sumo hastío y le pasara a dar su merecido a él también. Un buen puñetazo en su ganchuda nariz. Dejándole con el tabique roto al juzgar por la sangre que brotaba. Tras eso, al resto de los guerreros les quedó sumamente claro que no debían de entrometerse más en la situación.

―¿Tú madre, tú hermana y padre?

―Mi padre tiene lo que se merece por lo traidor y cobarde que fue.

―Hijo, respeta la memoria de tu padre ―se le escuchó decir a la presunta madre bajo un oscuro velo entre las apegadas mujeres en el centro del grupo.

―Reconocer una verdad nunca ha sido una falta. Tú hijo hace bien aceptándola así sea su padre ―comentó un maduro hombre entre el grupo antes de ser apoyado por el resto.

―Creo que ya puedo imaginarme lo que sucedió ―retomó la palabra una pensativa de Xena―. Decidieron revelarse, pero no todos en el pueblo estuvieron de acuerdo.

―Mi padre estuvo entre esos que no apoyaron. Permitiendo la entrada de las tropas al pueblo tras abrirle las puertas ―pasó a contar el joven―. Nos habíamos levantado para impedir que tomaran como esclavos a otra familia. ―Y dicho esto, que con un ademán de su cabeza señala a lo que quedaba de dicha familia. Una madre con sus dos hijos―. Corriéndose la voz de nuestra rebeldía. Supimos desde entonces que no podíamos permanecer en el pueblo. No obstante, cometimos el error de retrasar nuestra huída mientras reuníamos las provisiones. Lamentablemente aquellos que preferían quedarse, creyeron en la promesa de los romanos escrita en una mísera carta. El supuesto perdón de nuestras vidas si optábamos la rendición. Y ya se ha de imaginar el perfecto idiota que fue mi padre junto con otros tantos más al creer en ello. Por su cobardía y traición, fueron los primeros en ser asesinados.

―Desde entonces ―prosiguió a narrar el sujeto anterior―, no hemos hecho otra cosa que intentar mantenernos con vida por semanas mientras hallábamos a algún pueblo cercano libre del poderío romano. O al menos obtener nuevas provisiones con las que continuar nuestra búsqueda. No nos queda mucho oro, pero si nos dan aunque sea harina, y nos dejan seguir nuestro camino, ha de ser todo de ustedes.

―Sabemos dónde nos hallamos, a la deidad a la que se le rinde culto y quien los dirige ―retomó la palabra el hijo del traidor―. Usted, la reconocida Princesa Guerrera. La líder de todo un ejército de guerreros y la que se molestó un día en salvarme la vida. La que muchos acusaron injustamente en mi pueblo luego de que nos librara de la pesadilla de aquellos saqueadores. Por eso y por más es que entenderemos perfectamente el que no le seamos gratos a usted y a toda su gente. Desconocíamos que nos hallábamos en su territorio y deseamos que nuestra intromisión sea perdonada.

Tras escucharles, los observó a todos nuevamente. Deteniéndose a lo último en la madre y la hija que por conocidas daba. La ahora viuda y la ahora huérfana de padre. Ahí se voltea hacia los guerreros diciéndoles:

―Soldados, a partir de ahora quiero que se hagan rondas por toda Tracia. Con el propósito de interceptar cualquier tropa romana o ataques de éstos en algún pueblo desguarnecido. Y me importa un carajo si se trata de uno que se nos ha unido o uno que no. No voy a permitir que el enemigo que todos compartimos se llene cada vez más de poder o haga de las suyas. Que por lo que ya hemos visto, Roma se está valiendo del pretexto de los famosos impuestos para reducir a los pueblos sometidos a puras cenizas.

Nadie se atrevió a objetar nada. Una orden de la futura reina, era una orden.

―Y en cuanto a ustedes ―regresó Xena su atención en los sobrevivientes―, tendrán toda la harina que necesiten. Como también verduras, carne y una tierra en donde vivir. Que yo siempre he de darle la bienvenida a cualquier valiente que luche por su existencia. Para ustedes, el territorio de Aresia les tiene las puertas abiertas.

La sorpresa seguida de una inmensa alegría invadió los rostros de los sobrevivientes. Todos menos la madre y la hija misma. O aún no dirigían la buena noticia o preferían continuar vagando hacia otro lugar.

Dejando en claro con gestos o palabras que no era necesario que le ofreciesen tributos o alabanzas y hasta que intentase besarle los pies, Xena pasó a darle una nueva orden a los guerreros allí presentes.

―Para el atardecer espero que toda esta gente se halle con un techo propio en el cual guarecerse y una mesa que prometa estar siempre servida con alimentos. Que se instalen entre el pueblo de Tracia del sur para que compartan cultura.

Con esta nueva orden, un receptor que llevaba rato siendo todo oídos le dio con ser ahora todo palabras. Apareciéndose al lado de Xena, dándole un susto casi mortal a los recién proclamados nuevos habitantes de Aresia, y pasando a dejar una serie de puntos en claro.

―De ninguna manera. Entre mi pueblo de fiel seguidores y poderosos guerreros no quiero escorias o miserables mugres como éstas. Que sigan de largo y si las vida los quiere, que los conserve o que se los entregue a los brazos de la muerte si es que demasiado peso le causan en los suyos.

―¿Cómo puedes ser siempre tan bruto y aparecerte así? En su mayoría jamás han visto a una anormalidad como tú.

Xena no se equivocaba en lo que decía. Entre los sobrevivientes, una anciana bien parecía haber sufrido un infarto o bien alguna parálisis facial. Una mujer más joven se hallaba en medio de un mareo siendo sostenida apenas por los que le rodeaban, mientras que el resto o se agachaba con rezos o se echaba hacia atrás con una o las dos manos sobre el pecho.

―¡Me vale! Ahora quiero que todos se larguen de ésta tierra o…

Las muy bien conocidas esferas de fuego comenzaron a producirse entre las manos de Ares. Quien ya tenía su blanco perfectamente elegido y no necesitaba de más palabras para dejar en claro su amenaza.

―¡No te atrevas, Ares!

Antes de que Ares pretendiera reducir más de la cuenta el número de aquellos sobrevivientes, ya Xena la había propinado tremendo empujón seguido de un golpe en su cretina cara.

―He dicho que se quedan y no veo razón para que eso no pueda ser posible. ¿O acaso es que existe algún inconveniente para ti en ello? ¿Ah? ¿En qué podrían afectarte a ti unas escorias o miserables mugres ante tus ojos? ¿No que siempre andas en busca de más y más seguidores?

Ares no le devolvió el golpe a su querida guerrera porque estaba seguro que la mataría si lo hacía. Dejarlo en ridículo frente a sus propios hombres y perfectos extraños, más alzarse sobre él como una sombra que se expande era algo que no estaba para aguantarse. Y que se le fuese en contra de sus órdenes, ni se diga. Mirando con odio a los sobrevivientes por haberse colado en ese día en el territorio de Aresia. Pareciendo que con sus orbes le lanzaba alguna mortal maldición a cada uno. En especial a la viuda y a sus dos hijos. Observando a estos últimos al grado de que Calantha buscó una inútil protección bajo el manto que le colgaba de los hombros. Su hermano mayor, ajeno a lo que aquella mirada realmente pudiese significar, se mantuvo con la frente en alto y el valor siempre presente. Que si el dios de la guerra decidía cortarle la cabeza de un solo zarpazo allí mismo, se diría que al menos murió como un hombre y no como el cobarde de su padre. La madre, ésa igualmente mostró su frente en alto mientras abrazaba a su hija. Con la única diferencia que era capaz de mantenerle la mirada a Ares con un serio y digno semblante. Dando a entender que a su edad ya se encontraba curada de espantos. Así fuesen producidos por el propio dios de la guerra.

―Te hice una pregunta, Ares. ¿En qué podrían molestarte éstas personas? Si es que les ves pinta de ineptos, algo aprenderán hacer aquí para mantenerse a sí mismos y de paso contribuir al desarrollo de Aresia. Que si hay algo en lo que estoy de acuerdo es que la gente con manos desocupadas tienden a maquinar perjuicios que aquellos que trabajan y sólo producen beneficios.

―Sí, trabajaremos ―aseguró con desespero el anterior hombre que contribuyó en la narración. Lanzándose al suelo y exhortando a los que le rodeaban para que al menos se encorvaran―. Todos los días con tal de tener una tierra donde vivir―. Pero por favor, gran dios de la guerra, tenga piedad y misericordia de nosotros. Impónganos penitencia alguna si en el trayecto de nuestras vidas, en medio de la ignorancia y la cambiante cultura, le hemos ofendido.

―Le seremos más útil vivos que muertos. Como ha dicho su mano derecha ―dijo otro refiriéndose a Xena y también hincándose al suelo―, podremos contribuir en su pueblo. De agricultores o mercaderes. Sin hacer a un lado los talentos de nuestras mujeres como costureras. Y tal vez no dominemos las artes de la guerra pero…

―Pero hay quienes desean aprender de ellas.

Xena y Ares movieron sus caras como si fuesen uno solo ante el joven hermano de Calantha. En cuanto a la madre, se le vio llevarse ambas manos al pecho.

―¿Tú?, mequetrefe hincho ―dudó un Ares al que el coraje se le olvidaba por unos segundos para darle paso a la gracia del asunto―. ¿Tú, servir entre mis tropas?

―De algún modo tengo que recuperar el honor que mi padre le arrebató a mi familia ―comentó el joven antes de tragar hondo e intentar mantener a como dé lugar esa valentía en la que se había amparado.

―A mí me parece que con esa ideología tiene buena madera para llegar a ser todo un guerrero, Ares. No todo siempre está en la fuerza bruta, sino también en la cabeza. ―Y dictado este recordatorio, Xena que no pudo dejar a un lado sus características artes de seducción. Aproximándose a Ares para depositarle una caricia en la mejilla que minutos atrás había recibido uno de sus puños. Descendiendo luego la mano por el descubierto pecho de éste sin nunca dejar de transmitirle una pícara sonrisa en la que se mordía un poco el labio inferior.

―Bien ―cedió Ares―. El chico quiere recuperar su honor muriendo en la primera batalla en la que se enfrente. Como desee. ―Con esta aceptación que igual le daba, se dio la espalda Y extendió de golpe una de sus manos hacia los expectantes guerreros de ese día. Siendo su real objetivo una distanciadas y abiertas tinajas al fondo de éstos que espadas contenían. Eligiendo una entre ellas para atraerla como un rayo y pasarla sin la menor precaución posible entre los soldados. Que a no ser porque el tintinar de los metales de la hoja les hizo imaginar de qué se trababa y se hubiesen hecho a un lado, varios serían los que hubiesen sido atravesados.

―Toma ―le dijo al tenderle la espada al valiente y ahora recién enlistado guerrero―. Para que mientras te llega la hora de tu muerte, revivas el espíritu de guerra y la constitución de un verdadero guerrero que siempre anduvo presente en tus antecesores y que la sangre de tu padre se encargó en opacar.

Con mano temblorosa, pero seguridad en su mente, el joven aceptó la espada que el propio dios de la guerra le otorgaba.

―Hijo…

―¿Quieres que sea igual que mi padre? ―La madre no dijo nada más. Limitándose a abrazar a su hija. Ante su ver, lo único que le quedaba completamente seguro―. Gracias, dios de la guerra ―regresó ante Ares agachando la cabeza al dictar sus palabras―. Llevaré siempre esta espada a mi lado como igualmente llevaré ese espíritu de guerra que su divinidad emana.

Mostrar una hipócrita sonrisa, o tal vez una burlona, expandir sus brazos por un momento y luego dejarlos caer; tales fueron los gestos de Ares. A quien la escenita ya le estaba sobrando en su tiempo.

―Perfecto, ahora que todos están como quieren, yo, su gran dios de la guerrea, y su futura reina, la Princesa Guerrera, tenemos un tanto de cosas de qué hablar.

Y sin que Xena tuviese tiempo de preguntar qué rayos era eso que se supone que tenía que hablar con Ares, éste que la sujeta por uno de sus brazos y desaparece de allí con ella.

Dos días le siguieron a la típica discusión de siempre. En donde Ares no conseguía otra cosa que acabar de echar las arrugas que no había echado jamás, mientras que Xena lo más que quería para con él en esos días como en muchos anteriores, era llevarle la rotunda contraria en todo cuanto pudiese. Por más insignificante que pareciera.

―Ya lo decidí así y ya se va así. Si no te gusta, búscate a otro que dirija tus ejércitos a ver si los puede mantener de pie igual o mejor que yo. A la primera que comience a obedecer todo cuanto a ti te plazca, no quedará nadie que se dedique a escribir la historia de cómo el mundo estalló en mil pedazos.

―Eso sería sensacional. Hasta el momento, ningún dios a logrado tal cosa.

―Sí. Porque al menos los dioses que sí tienen cerebro, saben que no tendrían ni donde sostener sus propias existencias si eso pasara.

―Podríamos crear un nuevo mundo como según hemos venido creando parte a parte todo cuanto existe.

―Lo que digas, Ares. Mientras eso se hace una realidad o no, yo prefiero mantener seguro lo que se tiene ahora. Y entre eso se hallan las tropas que marchan hacia Roma. No se hará ningún ataque a la nación hasta que se le hayan unido las restantes que aún van en marcha, como también hasta que se tenga la seguridad de que los últimos territorios elegidos se nos hayan unido. Recuerda que debemos de tener a la nación acorralada para vencerla. Y no voy a entrar en el riesgo de perder una gran cantidad de hombres sólo por complacer tus ansias de ver estallar la primera y gran batalla a fin de mes.

―Que aburrida te estás poniendo.

―Prefiero aburrirme que luego no dar abasto con tantos problemas. En estos momentos Aresia se encuentran con más de la mitad de sus guerreros en otras tierras. Contando sólo con dos generales. Tarkan y Sóstenes. Porque Valeriu aún sigue desplazando sus correspondientes tropas por Dacia con la ayuda de Plamen. Y aunque los enviados a Esparta ya vienen de vuelta con la segura alianza de todo el Peloponeso, no estarían a tiempo en caso de que aquí sucediese una…

―Esta bien, Xena. Pero deja la paranoia. Que me enferma. Me enferma.

―Del mismo modo que a mí me enferma tu presencia ―dictó soltando cuanto documento tenía en sus manos y que esta vez estudiaba sobre el escritorio del despacho de Ares o sala privada en el ya indicado cuarto piso.

―¿A dónde vas? No hemos terminado aquí.

―Yo sí.

Una vez más que le dejaba como si no se tratase de otra cosa que un mísero muñeco de trapo. Dirigiéndose a zancadas a la habitación que le venía correspondiendo, y cerrando las puertas en vano porque a Ares no le costó nada en atravesarlas.

―Pues yo no, fíjate. Y la única manera en la que puedes lograr que interrumpa nuestra labor de trabajo es porque decidas invitarme a una de índole personal. ―Dicho esto que mueve su dedo índice en círculos para abarcar la habitación misma y luego detenerse sobre el lecho de cama.

―Ya sabes a donde te puede ir, Ares ―le dijo Xena colocándose una fina toga de seda azul cobalto sobre el vestido color arena que tenía de igual material. Iba a salir y poco le importaba complacer la segunda petición que Ares le pedía.

―¿Y que tal si nos vamos juntos? ―le propone con toda su cara de cretino. Podríamos…

Tun, tun, tun.

―Adelante ―dicta Xena antes de que Ares comenzara a expresar sus desesperadas fantasías.

―Disculpe, Princesa Guerrera. Sólo vine a traerle su té ―explicó Maya algo cohibida por la presencia de Ares―. El que le dejé junto con su desayuno a parecer olvidó tomárselo y por eso le…

―Gracias, Maya ―le cortó antes de que siguiera soltando palabras. Limitándose la chica a colocar la humeante taza sobre una mesa.

―Últimamente como que te has puesto adictiva al tesesito ese ―comentó Ares con una ceja alzada y cruzado de brazos―. Se puede saber qué diablos es.

―Nada que te importe ―dejó en claro Xena acudiendo ante la taza antes de que Ares le diese alcance tras sentir curiosidad por su contenido. Brindándole una dura mirada a Maya por haber traído la bebida cuando justamente se encontraba Ares presente.

―Bien, lo que sea, quiero que dejes de tomarlo.

Y como si sus palabras le valiesen tanto como el polvo que pisaba, Xena que se toma el contenido en el preciso instante en que Ares estiraba su mano para quitársela.

―Vámonos, Maya. Tengo que ir a los mercados por varias cosas. Y de paso, de camino te iré recordando ciertos puntos que creí haber dejado en claro contigo ―le dejó saber a la pobre al empujarla hacia la puerta de la habitación. Dejando atrás a un Ares que le echaba un ojo al interior de la taza y olisqueaba luego los residuos de la bebida con suma intriga.

Ya entre los mercados tracios ―los más cercanos al templo― con varias cosas ya adquiridas sobre canastas y con los dichos puntos vueltos a dejar en claro en Maya, en donde debía de ser más discreta y aplicada; Xena se dedica a meramente vagar por no querer encontrarse con Ares en el templo. Aunque conociéndolo, no le extrañaría que estuviese sobre su cabeza en esos momentos siguiéndole pies y pisada. Pero notando que Maya ya no podía con toda la cargazón que llevaba en su canasta (la mayoría extraños objetos para la muchacha), Xena pasó a pensar si la mandaba sola de vuelta al templo en la carreta en la que vinieron con las cosas compradas, o si igual se iba con ella y luego la ponía a trabajar en otra tarea.

Optando con regresarse al templo ella también, dio el aviso a Maya para que le siguiese de vuelta con todas las cosas compradas. Cuando entonces…

―Lo siento, pero este negocio sólo es para miembros de familia y no para extraños. Mucho más si son de a saber dónde.

―Y en el nuestro sólo se admite gente con experiencia. Busquen otro trabajo que sí les quede.

Dirigiendo su vista hacia quienes les eran transmitidas tales palabras llenas de rechazo, Xena reconoció de inmediato a Calantha y a su fatigada madre. Ambas con el desánimo en sus miradas tras haberse pasado toda la mañana en búsqueda de algún trabajo. Por lo visto, Aresia aún no les abría las puertas a sus nuevos habitantes como Xena había requerido.

―¿Con lo que gane su hijo en el servicio militar no les sería suficiente para sobrellevar sus vidas? ―les asaltó Xena con tal pregunta a sus espaldas en cuanto se aproximó a ellas.

Madre e hija de giraron con un leve brinco de hombros al reconocer la voz de quien se les dirigía. Girándose para verle y brindarle el respeto que venían entendiendo que se merecía la persona de Xena en esa tierra como en cualquier otra en la que seguidores tuviese.

―Buen día, su alteza ―se le dirigió la madre con una seria mirada que no parecía ir a juego con sus palabras.

―Gusto en verle, Princesa Guerrera ―mostró un poco más de agrado Calantha―. Queríamos darle las gracias por haber permitido que nos quedásemos en estas tierras.

―De nada. Y bueno, no me contestan lo que les pregunté.

―No podemos depender siempre de mi hijo. Ya es todo un hombre que ha de hacer su vida muy pronto con una mujer y será la familia que forme con ésta a la que deba de dedicarse totalmente.

―Comprendo. Siendo tan importante hallar un seguro sustento para ambas, ¿qué le parecería si su hija trabajase en el templo? Específicamente para mí, como mi segunda doncella. Realmente creo que me hace falta otra joven de servicio. De ese modo se le aliviaría la carga a Maya aquí presente ―culminó invitando a pasar al frente a la tímida nombrada que de inmediato le sonrió a las mujeres para ser correspondida sólo por Calantha. Última que rápido miró con vivo entusiasmo a su madre en indicación de que le parecía estupenda la idea. En cambio, dicha madre no le agradaba del todo. Pero antes de que pronunciara objeción alguna, Calantha que se apresura en aceptar.

―A mí me parece bien. Pura suerte el trabajar en el templo y más para usted.

―Calantha ―le nombró la madre a lo bajito atrayéndola a su lado―, creo que ya habíamos hablado sobre ésta mujer y…

―Sé muy bien lo que hablamos, madre. Pero también sé que no existe la casualidad. Y que por alguna razón el destino nos ha venido conduciendo hacia esto ―le transmitía a su vez en los mismos susurros Calantha. Percatándose entonces que era de muy mala cortesía y falta de respeto dejar a fuera a otros en una conversación, pasó a proseguir con sus palabras en voz alta―. Además, estamos hablando de quien salvó a mi hermano de una muerte y a mí de una muy posible vida como prostituta, y de quien luego nos provee un lugar en el qué vivir. Creo que para mí sería un honor servirle a esa persona y de paso pagar mi deuda con ella. Así que acepto. ¿Cuándo comienzo?

―Mañana mismo ―le respondió Xena―. Maya te recogerá en la entrada de este mismo mercado a la salida del sol. Y despreocúpense, mi carácter severo lo tengo reservado generalmente para la milicia y para cierto pasado de cínico y cretino. No te esclavizaré o fatigaré si por algo así llegase a ser motivo de preocupación. Y en caso de que se haga de tarde para regresar a casa, una segura y correspondiente habitación en el templo podrá ser utilizada. Además, con lo que se pague no habrá necesidad de que usted ―se refirió a la madre― continúe en la obligación de conseguir un trabajo. ¿Te parece bien, Calantha? ―preguntó recibiendo una completa afirmación con la cabeza por parte de la chica―. ¿Le parece bien señora?

―Rebeca ―se presentó por vez primera la madre.

―Umm, un nombre hebreo.

―Es el tipo de nombre que mi familia viene usando desde hace un siglo. De no haberme casado con un hombre tan autoritario como mi esposo, la costumbre se hubiese transmitido en mis hijos.

―Interesante. Pero aún no me contesta.

―Mi opinión al respeto ya ha salido sobrando. Está claro que Calantha ya está en edad de comenzar a tomar sus propias decisiones. Así ocasionen el disgusto que ocasionen a una madre como yo ―dio su opinión de todos modos.

Alzando una ceja, Xena indicó que daba por bien recibida aquella indirecta. Pero sin entrar en algún argumento sobre ella, pasó a dar su retirada.

―Perfecto. Que tengan buen día entonces.

Le daba vueltas al asunto. Todo había servido más que para una cosa, para saber que no había servido de nada. Porque lo que andaba buscando realmente se daba por desaparecido. Y con tantos problemas, si no le ponía el interés necesario, ese estado seguiría sin cambiar.

―Por lo menos me sirvió el mal rato para saber que esa mustia no la tiene y que no está en ningún lado del Olimpo.

―¿Dijiste algo? ―preguntó una Xena que como normalmente ya era a esas horas de la mañana, examinaba y respondía a informes o correspondencias militares.

―Sí, pienso en la maldita Copa de Higía. Ni la muy imbécil sabe dónde diablos la dejó tirada hace más de mil años.

Una vez más, como lo requería la vida que llevaban, se encontraban en la gran tienda militar tras anunciarse nuevas órdenes.

―Umm, ese objeto. Ese objeto junto con todo el melodramático plan en el que está implicado. Que si las ramas del olivo más antiguo, que si la esencia de Hebe y la grata sangre divina de un dios. ¿No te parece todo unas líneas de alguna obra teatral? ¿De una de las tantas tragedias griegas? Más fácil se te haría robar algo de ambrosía o una de esas manzanas doradas. Eso si tanto quieres convertirme en una inmortal como dices. ¿O es que con ese embrollo te la copa de traes algo más?

―Ahí vas con tu imaginación.

―No me extrañaría. Algo me dice que con ese medio lograrías algo más. Nada más con hallarse entre los "ingredientes" tu preciada sangre divina… No harías con eso alguna especie de atadura. Digo, por qué no entonces la ambrosía o las manzanas. Ah, claro. Toda persona que come de ellas no se convierte del todo en un dios verdadero. No obstante, no he sabido que tengan que permanecer atados a alguien tras ingerir de su alimento.

―Ya me han dejado en claro que la ambrosía y las manzanas doradas pasaron a ser historia al momento de inmortalizar a humanos. Zeus y Hera han alterado estos alimentos para que resulten venenosos a los mortales. ¿No te lo había dicho? En fin, piensa y maquina lo que se te venga en gana. Que cuando tenga a tus pies todo cuanto te he prometido, no te quedará de otra que pagarme quedándote eternamente a mi lado. Tus ahora más sensibles cargos de consciencia no te permitirían hacer otra cosa ―le aseguró con su cretina sonrisa.

―Eso aún está por verse.

―Y se verá.

No queriendo continuar discutiendo con el más cínico y cretino de todos los dioses, como ya se diría por siempre y para siempre, Xena se limitó a transmitirle una leve mueca de fastidio para pasar a sentarse ante la mesa y continuar con los rollos de pergaminos como si Ares no existiera.

―Una carta de Alcander, el general de los tracios sureños ―le identificó―. Ya era tiempo que llegasen noticias de sus tropas. Desde que los mandaste a él y sus hombres hacia territorio itálico luego de que permitieses el regreso de tu gente a Aresia, poco se ha sabido de ellos. O mejor dicho, he sabido. Porque a lo que a ti respecta, supongo que cada uno de sus pasos debes de haber visto. Importándote poco si se extingue ahora mismo pues ya tienen su labor cumplida. El haber abierto una ruta para las tropas faltantes.

―¿Qué quieres que te diga? Así son las cosas de la guerra. Si se extinguen como dices, sería con honor y fidelidad por haber cumplido su trabajo.

―Un honor y una fidelidad que tú te la pasas por donde no te entra la luz.

Ares tardó unos segundos en procesar lo señalado para entonces reírse de ello. Aproximándose a su deseable guerrera e intentar acariciarle los hombros.

―Lo que me imaginaba ―habló Xena quitándose los tentáculos de Ares de encima―. Alcander notifica que no puede continuar en avanzada con sus tropas si no se le presta ayuda de un considerable número de arqueros. Toda la tropa necesita que les cubran mientras cruzan un desfiladero en…

―Los arqueros más cercanos tienen ya sus deberes en sus correspondientes campamentos. No voy a dejar desprotegidos a unos de esas tropas porque a Alcander le da miedo poner de una vez un pie en Roma. Por lo que va a tener que rogarle a los elfos si quiere tener flechas que le defiendan porque…

―Si ese es el problema, que cada campamento ceda cierto número de arqueros que al unirlos, formen toda una tropa. Tenemos varias tropas serbias activas que ya se desplazan por el mar Adriático hacia Italia. Como otras que ya han arribado en sus costas y se encuentran ahí instaladas junto con unas tracias sureñas que se dejaron posicionadas para mantener tales puntos de desembarco despejados. No estaría mal que un número de arqueros de estas zonas se adelantasen primero con la ventaja que tienen de ser portadores de armas livianas. Los territorios aliados también podrían colaborar prestando a los suyos. Toda Galia y los pueblos de Panonia del sur ya nos habían confirmado su unión y hasta ya habían enviado sus propios batallones hacia el norte de Italia en donde aguardan a que se dé el primer levantamiento en masa. Sé que no nos negarían refuerzos antes de…

―Xena, Xena. Te tomas esto muchísimo más enserio de lo que me podía llegar a imaginar. Porque mejor no nos olvidamos de los asuntos de la guerra por lo que resta del día, y nos concentramos en los placenteros que resultan los de la pasión. ¿Um? Si mal no recuerdo, me dejaste con una pregunta en el aire aquí, la última vez. Pienso que podríamos darle una contestación con más que palabras. Con hechos. ¿Qué dices?

Ya casi la tiraba contra la mesa. Por querer alejarse de él y sus fastidiosos deseos, se puso de pie para no terminar de otro modo que empujada contra el borde de la tal mesa, sentada en ésta misma y con un prometedor destino encima de su madera si Ares no dejaba de inclinarse con todo su peso sobre ella.

―Se me olvidaba decirte que un cuervo arribó esta mañana con un telegrama. La tropa que fue enviada a Esparta, bajo el mando del general de Tesalia, está ya ha pocos días de regreso junto con un general espartano que fue elegido entre sus compatriotas y junto también a la divinidad que les enviaste como protección e impresionismo. Tu querida consentida de antaño, Eris. Supongo que ésta querrá su merecido premio por el maratón que le hiciste dar a paso de mortales hacia Esparta y luego de vuelta a Aresia. A ver si se lo das y me dejas en paz a mí ―culminó sacándoselo de encima con un sorpresivo empujón.

―Como si a ti te placiera que entre Eris y yo, o cualquier otra mujer, sucediera algo.

―Si no vas a colaborar en nada más respecto a la milicia, déjame a mí al menos trabajar. Que un consentimiento de refuerzos hacia las tropas de Alcander debe ser enviado te parezca a ti como te parezca ―anunció regresando a su silla para dar inicio a la redacción de una carta.

Al escribir las primeras palabras, pensó que Ares entendería que ya no estaba para continuar regalándole su tiempo. Mas cuando éste le arrebata el papiro en el que escribía, lo hace una bola arrugada y le gira con todo y silla bruscamente para entonces sentarse sobre su regazo y mantenerla atrapada con la cárcel que su varonil cuerpo en esos momentos representaba; Xena entonces se dio cuenta que le estaría difícil una vez más zafarse de él.

―Ya me están cansando tus sí y tus no. Ya me está cansando que me des de comer sólo cuando te acuerdes o quieras. O me mantienes vivo, o me dejas morir de hambre pero no me tengas a dieta cada cierto tiempo que me fastidia. Como me fastidia esa indecisa balanza que tienes respecto a nosotros y todo cuanto a nosotros implique.

Ante estas palabras, Xena no dudó en salir en su defensa cuando una reconocida voz pidió consentimiento para entrar a la tienda.

―Adelante, Maya ―permitió Xena tras quitarse de encima a Ares por segunda vez con otro fuerte empujón. Dios que rotó los ojos de enojo más por lo inoportuna que estaba comenzándole a ser la criada de Maya, que por el golpe mismo que se dio al caer. Levantándose como un resorte como si en el piso nunca hubiese estado.

―Buenos días, princesa ―saludó con cortesía Maya tras entrar seguida de una joven más que acabó de arrugarle más de la cuenta el rostro a Ares―. Calantha y yo hemos terminado con los deberes que nos asignó luego de que la recogiese temprano en la mañana como nos dijo. Y bueno, ya que se acerca la hora del almuerzo, le hemos traído algo de comer.

―Muchas, gracias. Pónganlo ahí y regresen al templo sin distracciones. Esta zona aquí está más llena de hambrientos lobos que un mismo bosque ―comentó haciendo referencia a los guerreros que entrenaban afuera y mirando también al dios que tenía delante.

Haciendo lo pedido, las dos jóvenes se marcharon tras una reverencia.

―¿Acaso la mocosa esa de los refugiados es tu nueva chacha?

―Se llama, Calantha. ¿Y qué, tienes algún problema con ella?

―Lo que me faltaba ―murmuró.

―¿Qué?

―Nada. Sólo que las despidas a las dos. Te conseguiré mejor unas ninfas para que te atiendan las veinticuatro horas del día.

―Guárdate tus ninfas y déjame trabajar, Ares.

Preparado Ares para responderle a su princesa, otra interrupción que llega a la tienda.

―Soy todo un servidor, mi princesa ―dijo entrando con toda su confianza, libertad y sobrada cara un general al que Ares poco ya le faltaba por decidirse a darle su descanso eterno. El insoportable ante sus ojos de Tarkan.

―¿Se puede saber qué se te ha perdido en esta tienda, carajete?

―Yo lo mandé a llamar, Ares. Hay una misión al este de Tracia que pienso que puede…

―Pues yo creo que le tengo una mejor. Y esa sería en su propio y natal territorio. A ver si cruzando el mar Egeo deja de estar oliéndote la falda, Xena ―se dirigió a ésta―. Sí, ya es tiempo que te ponga a trabajar en la principal razón por la que traté con tu familia. Para abrirme paso hacia la baja Asia. Si Baco una vez lo hizo, llegando hasta la India, que lo haga yo no viene siendo nada. Lo mismo para Alejandro Magno y su sueño unificador. Sí el muy soñador hasta allí arribó con todas sus tropas, que lo logre la Princesa Guerrera viene siendo poco menos.

Xena rotó los ojos.

―Como desee, Ares. Usted ordene y nosotros sus fieles le cumplimos ―entonó el anatoliano con algo de sarcasmo.

―¿Fieles? Sí, claro. Pues a ver qué tanta fidelidad hay. Ve formando entonces una buena tropa directo al monte Ida. Misma con la que cruzarás el paso del Gárgaro, la más alta de sus cimas.

―¿Qué cruce qué? ―cuestionó con algo de espanto―. ¿El Gárgaro? ¡Ja! ¿Se ha vuelto loco? Ese lugar lo cruzará usted y su madre.

―¿Qué dices mamarracho?

―Quienes pisan ese suelo son hombres muertos. Desde hace siglos que se cuenta que el lugar está maldito.

Entre ambos hombres, Xena levantó una ceja con incredulidad. Ares igualmente le imitó.

―No sabía que te espantaban las supersticiones, Tarkan ―se burla Ares.

―No es a los mitos a lo que le temo, sino a lo real. Y si algo allí es tan real como que ahora mismo le hablo a usted, un dios, es que la gente no vive para contar lo que sea que les sucede. Porque sea lo que sea que les desaparece, no deja ni sus huesos. Allá usted si quiere que se cruce por ese paso. Pero le advierto que sería un suicidio.

―Y se puede saber de dónde sacas tal cuento de…

Una tercera interrupción más le cortó las palabras a Ares.

―¡Dios nuestro, Princesa Guerrera! ―exclamó con fatiga el general de Macedonia tras penetrar en la tienda abruptamente.

―¿A ti también se te están pegando las malas costumbres, Sóstenes?

―Disculpe, señor. Pero le buscan. Se han aparecido aquí apenas unos minutos y…

―¿Me buscan? Y que no saben aquí que…

Ares se cayó con una expresión que pasó de lo sorprendido a lo enojado. No creía lo próximo a ver que ya acababa de presentir. Saliendo a toda prisa de la tienda para ver en la bajada de la loma de ésta a una figura alada.

―¡¿Se puede saber qué demonios haces en mis dominios, Eros?! ―exigió saber a la reconocida figura del dios del amor. Dios que se voltea para mostrar entre sus brazos la razón por la que visitaba a su padre―. ¿Afrodita? ―nombró más que por preguntar. Le estaba claro que el cuerpo que cargaba su hijo era el de la diosa de la belleza. Sólo que el estado en el que se encontraba no cuadraba para nada con la imagen vivaz y resplandeciente por la que todos la conocían.

A espaldas de Ares, Xena y los dos generales que se acercan para hacerse partícipes del inesperado momento.

―Espero que no estés muy ocupado para brindar un poco de ayuda a la mujer que una vez amaste ―le dijo el hijo a su padre.


REVIEWS


Antes de irme… ¿Se ha preguntado alguien por qué Xena consume tanto ese misterioso té?


Respuestas a REVIEWS

~Marina Pérez

Saludos, Marina. Gracias por comentar nuevamente en este fic. Digo, asumo que eres la Marina anterior que comentó en el cap.24 para 23-Feb-2014. Como sea, me alegra que te haya gustado el pasado cap.27. Como otros, me causó serios dolores de cabeza su montaje, pero si fue de tu agrado, entonces valió la pena. Y eso de monos, supongo que te refieres a tiernos. Ciertamente, no es fácil poner a Xena y a Ares en semejante estado. Pero eso todos lo sabemos. Por lo que tal vez sorprenda un poco en venideros capítulos. Ya me dirás que tal si decides comentar algún otro día. Entre tanto, me despido con un gran abrazo enviado por el viento. Bye, y gracias nuevamente por tener la molestia de dejarme un review.