N/A: Creo que va a ser la última viñeta que publico por ahora. La tenía ya escrita, pero siempre que la leía le encontraba algo y aunque, es una de las viñetas de la que estoy más orgullosa, sigo pensando que sigue sin estar perfecta. Pero tenía que publicarla, avisar de que dejaba esta historia porque llevo tiempo sin escribir, porque no hay Sakura ni Sai, ni aún menos Saku/Sai en el manga, porque he encontrado otros intereses y porque tampoco tengo tanto tiempo como para hacerlo todo. De todas formas, me siento muy agradecida por la gente que ha ido comentando, ya que era eso lo que me hacía continuar así que para darles las gracias, SOLO a la gente que ha dejado algún review en la historia, pueden pedir, dándome al menos dos temas (elegiré el que me inspire más), una viñeta. Eso sí, tienes que estar logueado para pedir para asegurarme de que realmente sois esa persona. Y solo acepto peticiones hasta el último día de Septiembre, así que como antes lo hagáis, mejor.

Por último, disfrutad de la/las viñetas.

28. Sentidos

GUSTO
Él sabía a menta.
O eso creía la joven memoria de la chica que no se acuerda si era el mismo gusto que los helados de menta. Tenían un toque parecido, los helados de menta y él, pero no era lo mismo.
Quizá era una mezcla de menta más su propio sabor. Quizá sería eso.

Quizá sabían a una mezcla de los dos, menta y fresa, porque él cree que ella sabe a fresa pero tampoco está seguro por la misma razón. Quizá ni sabían a menta y fresa y solo notaban el gusto del otro, o de los dos, y quizá los dos notaban el mismo gusto.
O quizá eran lenguas demasiado ocupadas como para pararse a notar el real gusto de la otra boca.

Porque no piensan que quizá saben a melodía de latidos, nervios perfumados, miradas ciegas o manos enamoradizas.

OLFATO
Olía a madera. A madera y a bosque y a lluvia y a flores y a un aroma indescriptible. Y olía tan bien que a veces se quedaba cegado, perdía el sentido y lo único que había era ese aroma.

Olía a madera y esas sonrisas dedicadas especialmente a él, solo a él, olían a latidos de corazón loco de felicidad. Y esas sonrisas con olor a latidos se merecían su reconocimiento y por eso ese corazón loco siempre estaba dispuesto a demostrar lo que podía hacer por esas sonrisas. Esperarla a la biblioteca leyendo algún libro del cual no entendía mucho pero que seguramente ella, solo ella, lo vería más intelectual, acompañarla a la puerta de su casa por mucha queja que tenga, mirarla a los ojos, a sus ojos esmeraldas, cuando le hable, cuando le grite y cuando le susurre. Su mirada olía a sentimientos.

Enseñarle una nueva expresión, una nueva palabra, un nuevo gesto. Enseñarle su alma, si puede, y cerrar los ojos dejando que los aromas sean lo que hablen por él.

VISTA
Inquieto lo tenía, cuando lo miraba con esos ojos quizá en busca de alguna palabra sin pronunciar, quizá desnudándolo solo con el poder de sus ojos.

Tan inquieto lo tenía que cuando notaba esos ojos en él, cuando ella solo lo miraba a él, apartaba su mirada, la escondía debajo de sus párpados o descubría algo demasiado interesante como el mundo de las hormigas.

Inquieto lo tenía, cuando a través de sus ojos olía a amor y pánico le entraba pensando que no sería capaz de evitar el deseo de contacto. Porque las personas transmiten más por los ojos, por sus expresiones que por sus palabras y porque ella parecía querer darlo todo para él, solo para él, y a él le da miedo, siente que huele a miedo, a haber malentendido las miradas, a no ser capaz de controlarse o a que le devuelva la mirada con el mismo significado.

OÍDA
Oía los nervios a través de los golpes constantes de uno de sus talones al suelo y los oía también a través de la respiración agitada del chico. Oía a sus propios nervios, o quizá los sentía, o quizá los saboreaba, los notaba a través de su corazón, nervios luchando por salir de ese refugio que era su cuerpo y explotar.

Oía la lluvia, la tormenta, las gotas cayendo en todo, las quejas de los cuatro pájaros que quedaban perdidos en el aire totalmente empapados, oía el silencio, oía el silencio que los rodeaba, que dedicaba su canción más silenciosa para ellos, solo para ellos.

Y todo el sonido, entraba en ella, en su cabeza y se reproducía continuamente, como un disco rayado, sin saber cuándo dejaría de sonar hasta que una parte de ella se cansa y hace que el silencio sea silencio o que quizá el silencio se quede en silencio.
Todo en silencio, excepto los corazones, sus corazones.

TACTO
Sus dedos, por propia voluntad, se movían lentamente, tan lentamente que ellos mismos sentían que se estaban matando ante la lentitud. Una lentitud que los hace perder el juicio, manteniendo durante unos segundos contacto con otra mano que no era su mano y que estaba fría, tan fría como la roca por donde había estado caminando, tan fría que cree, la cabeza que involuntariamente ordena a esos dedos, que se ha equivocado de dirección y los dedos se encogen, se esconden a través del puño que la mano forma al cerrarse.

Quizá la otra mano desconocida, conocida por la cabeza pero desconocida para la mano, esta rechazando todo contacto con ella. Y si es rechazada ya no puede volver por ese camino aún cuando solo se acuerda, el cerebro, del contacto con esa piel suave y fría.

Y si los dedos tuvieran ojos llorarían por tal rechazo, y llorarían por haber tenido contacto con algo que no querían dejar de acariciar y llorarían pero la mano desconocida, o no tan desconocida, se acerca a ella y los dedos no tan desconocidos se encuentran con los dedos que hicieron el primer viaje y se tocan y se acarician y se dicen todo lo que se tenían que decir.
Porque así eran las confesiones de amor.