NOTAS

No se preocupen. Seré breve.
Este capítulo tiene varias aristas que ayudarán a que la historia cierre poco a poco. Especialmente con el final, que conllevará a que el desenlace se desencadene a partir de ahora.
Es un capítulo más profundo sicológicamente hablando y escarba profundamente en las emociones de America.
Hay una escena en particular que tiene que ver con los sentimientos y las emociones humanas. Quise hacer hincapié en eso para que se entienda que una historia de amor no es superficial, tiene muchas capas y muchos caminos. No es como la pintan los cuentos ni las películas, son mucho más profundas y es normal cuestionarse ciertas cosas.
Y eso es lo que verán a continuación.
¡Gracias por seguir aquí!

¡Disfrútenlo!

XXVII

No desayuné y le pedí a Paige que no viniera a mi habitación.
Volví a darme otra ducha fría al levantarme y me apoyé en el balcón de mi habitación para poder refrescarme con la brisa de la mañana.
Admitir que dormí bien habría sido una mentira monumental.
Cuando Maxon se marchó apenas tuve cerebro para procesar lo que había ocurrido. Todo mi cuerpo temblaba, y un cosquilleo poco usual había invadido hasta el rincón más pequeño de mi piel.

Tenía muchas cosas en qué pensar, aunque no sabía si quería hacerlo.
Cerré los ojos dejándome llevar por la corriente de aire. Seguía pareciéndome extraño que en Ángeles no nevara para navidad, pero el clima se había tornado un poco más frío de lo habitual. Me cubrí los hombros con el chal que llevaba encima y me encogí bajo él abrazándome. La brisa era suave y remecía algunos mechones de cabello como una caricia contra mi rostro.

Después de la fiesta parecía que los ánimos se habían calmado un poco. Ya no había tanto barullo como los últimos días. Lo que me llevó a recordar a Philippo y a Celeste.
¿Dónde se habrían metido? ¿Dónde andarían?
Reí para mí misma. Necesitaba explicaciones. Quería saber qué había ocurrido con ellos.

Me alejé del balcón cuando el viento se tornó un poco más helado. Cerré la puerta de vidrio y me encaminé hacia la salida dejando el chal sobre un sofá.

Cuando abrí la puerta, Roger y Valiant se estaban abrazando con una sonrisa. Valiant andaba de civil como de costumbre, pero mucho más desordenado que en otras ocasiones. Lo noté por el pantalón de mezclilla y la camiseta blanca. Llevaba una mochila en su hombro derecho.

Sentí como si algo tirara de mi estómago hacia abajo, el cuello se me calentó.

—¿Me perdí de algo? —quise saber. Los dos se separaron. Valiant estaba realmente muy contento. Alcé una ceja con curiosidad.

—Me estaba despidiendo —sonrió. Abrí los ojos sorpresa—. Adventure Land, ¿recuerdas?

Por un momento me sentí aturdida, luego sonreí.

—Cierto, es esta semana —recordé. Movió la cabeza animado.

—Maya no ha dejado de llamar en toda la mañana —rodó los ojos—. Desde las cinco que está despierta.

Reí. Roger le pasó una mano por los hombros.

—No sé cómo lo consigues, pero me volverás a dejar con doble turno, te lo cobraré ¿eh? —se quejó bromeando—. Serán noches largas.

—Hace años que no me tomaba unas vacaciones ¡será solo una semana! —dijo el otro riendo—. Mejor búscame un reemplazo.

Cuando Valiant me miró al decir eso sentí algo que no me gustó. Sacudí la cabeza y miré a Roger intentando sonreír.

—No es necesario que te quedes todas las noches resguardando la puerta —dije—. Puedes irte a dormir. Con Philippo en el palacio creo que hay suficientes guardias vigilando los pasillos.

Los dos asintieron.

—Lo pensaré —acotó Roger—. No me gusta dejar mi puesto de trabajo.

—Te lo estoy pidiendo —sonreí—. Realmente no creo que necesite protección estos días. Especialmente cuando llegue el primer ministro.

—Qué suerte que no estaré para su llegada —dijo Valiant haciendo una mueca, con Roger lo miramos—. Basta con tener a una bestia gobernando, pero dos…—masculló mirando el techo. Por un instante me invadió el temor.

—¡Controla esa lengua! —lo atajó Roger apretando los dientes—. Estás en medio del pasillo.

Valiant se encogió de hombros.

—Es la verdad —dijo con un gesto despreocupado. Se reacomodó la mochila y luego volvió a sonreír—. Bien, creo que es hora de partir —le dio la mano a Roger y luego se volvieron a abrazar entre risas y bromas.

Cuando se dirigió a mí el beso de la noche anterior repercutió en mi memoria con fuerza, y también sus palabras. Pero se veía tan animado que parecía como si jamás hubiera ocurrido.
Me invadió un vago sentimiento de tristeza.

—Nos vemos en una semana —sonrió. Le devolví la sonrisa y nos abrazamos. Volví a sentir ese cosquilleo suave en el estómago, pero también había una pesada sensación de culpa, porque me sentía terrible al no poder corresponderle como hubiera querido.

—Disfrútenlo—me despedí. Cuando se separó amplió aún más su sonrisa.

—Gracias por haber hecho esto —sabía que se refería a las entradas y a los pasajes. Me dio un beso en la mejilla ante la mirada atónita de Roger— nos vemos— y se alejó por el pasillo con rapidez.

Cuando nos quedamos solos Roger no sabía dónde poner los ojos, miraba hacia todos lados visiblemente incómodo.

—¿Has sabido de Celeste? —le pregunté para relajarlo. Cuando me volvió a ver hizo una mueca.

—¿De Lady Celeste? —preguntó frunciendo el ceño, asentí—. No, nada. ¿No debería estar en su habitación? —acotó pensativo.

—No lo sé, no la he visto desde anoche —me encogí de hombros—. ¿Y sabes dónde se está alojando el príncipe?

—¿El italiano? —parecía divertido, como si le hiciera gracia responderme con evasivas, fruncí los labios asintiendo—. Sé que es en algún ala del cuarto piso.

Me rasqué la cabeza. Roger no me daría las respuestas que necesitaba así que tendría que ir por ellas.

—Gracias Roger, puedes retirarte si lo deseas —Me hizo una inclinación de cabeza y se alejó por el pasillo en dirección opuesta a la mía.

Me quedé pensando en dónde ir primero. Por supuesto no me aparecería ni loca en la habitación de Philippo, así que marché por la derecha hacia el segundo piso, donde se alojaba Celeste.

La sorpresa fue mayúscula cuando la vi desayunando cómodamente en una coqueta mesita colocada en el balcón de su terraza.
Una de las doncellas aseaba la habitación y ordenaba la cama. No parecía que nada fuera de lo normal hubiese ocurrido dentro de aquellas paredes. Estaba todo muy ordenado.

—¿Quieres una taza de café? —me ofreció animada. La observé atentamente mientras me sentaba frente a ella. Asentí de forma mecánica.

No parecía haber nada raro en su comportamiento. En realidad, sí, estaba demasiado tranquila, pero no había nada… extraño que insinuara alguna otra cosa.
Me quería comer las uñas de la ansiedad.
Tenía el cabello suelto cayendo ordenadamente sobre sus hombros y sus ojos estaban fijos en el bosque al horizonte.
La bata abierta era de encaje y revelaba su camisón rojo, la mano que cargaba la taza de café tenía la muñeca decorada con una cadena de oro muy delgada y sencilla.
Bebí de mi café con aburrimiento, me mordí el labio y agité las piernas bajo la mesa. Celeste había cogido una galletita humedeciéndola en su propia bebida.
No aguanté más.

—¿No me dirás qué diablos ocurrió anoche?

Sus ojos se giraron hacia mí, sonrió con malicia alzando una ceja.

—Solo si tú me cuentas qué hacías con el soldado arrinconada en la pared del balcón.

Me atoré con el café.

—¿Qué…? ¿Cómo…?

—Oh vamos —rió—. El chico andaba con una capa verde ¡verde! ¿Realmente creíste que no los iba a notar?, además, hablas demasiado alto cuando estás emocionada.

Sentí mis mejillas acalorarse. Giré la cara hacia otro lado.

—Está prohibido exponerse en los jardines desde el último ataque —respondí avergonzada—. Creímos que sería alguien que podría meternos en problemas si nos veía por ahí.

Celeste curvó la boca hacia el costado.

—Ajá… sí, claro —volvió a comerse otra galletita con extremada calma—. Por eso gritaste emocionada cuando me viste con Philippo en el balcón, para protegernos, ¿cierto?

Tragué saliva, el café me supo demasiado amargo.

—Yo…yo…

Finalmente estalló en una carcajada.

—¡Dios, America! No te avergüences, no tiene nada de malo estar con un chico a solas en un balcón.

De repente quise arrancar de ahí. ¿Qué poder tenía Celeste para voltear todo a su favor?

—¡Realmente me emocioné cuando te vi con Philippo! ¡No seas mal pensada! —me defendí—. No estaba exclamando porque…porque…

Repentinamente recordé los besos de Maxon y la irrupción de la doncella. No podía sentir la cara más caliente. ¿Realmente me había escuchado desde el otro lado de las paredes? ¿Era broma?

—Ya sí, déjalo —agitó la mano en el aire apiadándose de mi lengua muerta. No sabía qué decirle—. ¿Y bien? No sabía que te andabas con los soldados por los rincones, ¿es ése que anda de infiltrado? Es lindo.

Las palabras de Valiant invadieron mi memoria y me sentí fatal. De la vergüenza pasé a la pesadumbre. Agaché la mirada.

—Es… somos amigos, de los pocos que tengo aquí adentro —acoté sintiendo la acidez expandirse por mi abdomen. ¿Por qué aún me costaba aceptar aquella idea? Celeste alzó una ceja y yo me llevé una mano al pelo recogiéndolo hacia el otro lado—. ¡Deja de cambiar el tema! Quiero saber qué ocurrió, ¿no me lo piensas contar?

Celeste se llevó una mano a la barbilla y sonrió seductoramente. Cruzó una pierna y el camisón dejó ver su muslo. Rodé los ojos. Aunque en realidad, de haber tenido una cámara fotográfica habría sido una gran imagen para un catálogo de lencería.

—Si quieres saber si me acosté con él, no America, no soy así de fácil —dijo como si hablara del clima, yo me sonrojé. De repente sus ojos se veían lejanos y tristes, perdidos al horizonte—. No sé qué ocurrió conmigo —confesó—. ¿Sabes? Una vez traté de seducir así a Maxon —algo pesado me golpeó el estómago, recordé cuando los había descubierto besándose en medio de un pasillo, fingí que no lo sabía.

—¿Cómo? —pregunté lacónica.

Ella suspiró y agitó su cabello. ¿Cómo podía seguir viéndose tan… seductora sin hacer absolutamente nada? Ciertamente los genes hacían mucho, porque yo recién levantada parecía una bestia saliendo de su cueva.

—Lo que escuchas —me sonrió divertida—. No te pongas celosa, lo hice para poder ganar puntos, pretendía seducirlo y que las hormonas hicieran lo suyo —suspiró—. Los hombres reaccionan fácilmente, nosotras necesitamos emoción, a ellos les basta con que los roces suavemente y ya están en tus manos —ladeó la cabeza y fijó sus ojos en otro sector del bosque a nuestros pies—. Pero luego descubrí que perdía mi tiempo. No sentía nada por Maxon y me estaba regalando como una cualquiera. No quería eso para mí —me miró—. Deseo a alguien que me mire como él lo hace contigo. Siempre lo quise.

Sonreí con tristeza.

—Y no dudo que lo vayas a conseguir —intenté animarla. Soltó una risa suave.

—Desde que llegué me has insinuado a Philippo constantemente, me hice una idea de él que fue superada con creces cuando lo conocí —contó—. Investigué un poco sobre él todos estos meses, y tengo que admitir que cada vez que aparecía en alguna de las revistas contigo doblaba la hoja y me quedaba solo con su imagen —reímos juntas—. Él es mi tipo de hombre, pero…

Se quedó callada un segundo. La miré, ansiosa.

—¿Pero…?

—Pero no creo que resulte —se puso de pie de un solo golpe y la seguí al interior de la habitación. La bata se arrastraba a sus pies con una cola sutil. El camisón le llegaba hasta la mitad del muslo.

—¿Qué? Pero… —me detuve en medio de la habitación—. ¿Cómo que no? ¡Pero si los vi besándose!

—¿Y acaso eso es suficiente para que una relación prospere? —preguntó mirándome fijamente. Parecía que un torbellino invadía sus emociones porque sus ojos temblaban—. Dímelo tú, America. ¿Fue un beso suficiente para ti, o necesitaste más?

Su pregunta me dejó congelada. No solo porque era una muy buena pregunta, sino porque mi cabeza trajo a flote los recuerdos de los besos que me había dado con Aspen, con Maxon y con Valiant.
Cada una de aquellas muestras de afecto me llevó un paso más lejos, con excepción de Valiant, a quién le corté las alas antes siquiera de poder volar, solo porque temía hacerle lo mismo que a Aspen.

—Claro que no —respondí con un nudo en la garganta—. Hay muchas más cosas que hacen que te enamores de alguien.

—Y es por eso que dejé que Philippo creyera que me tenía en sus manos, pero lo corté en último segundo —dijo con rapidez agitando los brazos—. Yo no soy así, estoy harta de tener que jugar a la seductora, a la mujer fácil, ¡esa no soy yo! Anoche me dejé llevar, bebí y quise jugar su juego, porque sí, ¡me gusta! Pero no quiero estar con él para ser reina y tampoco quiero ser su juguete —se llevó una mano a la cabeza—. Es divertido, carismático, baila bien y besa… Dios, ¡cómo besa! Pero él no es de los que busca una relación seria. ¿Sabes? A mitad del beso cambió mi nombre cinco veces, ¡cinco veces! Y solo para jugar, también lo llamé de diferentes formas —agitó la cabeza y se llevó las manos a las caderas—. Sé que tengo algo a mi favor y es que sé que soy hermosa —curvé una sonrisa, ¡era una creída! —, sabía que él caería, porque lo logré con Maxon que es bastante despistado —reí y asentí a pesar de la acidez en mi estómago—. Y cuando vi lo que podía conseguir con solo chasquear mis dedos… cuando…. —la vi avergonzarse—, cuando descubrí que podía volverlo loco…que… lo tenía en mis manos… arranqué. Huí… —me sonrió con malicia—. Quiero que tenga un poco de su propia medicina. Si quiere algo serio, me buscará, si ya se olvidó, tal vez anda con otra revolcándose por ahí.

No parecía afectarle decir aquello y lo entendía. Apenas llevaba un día de conocerlo. Pero había algo más en su mirada, algo que no había visto antes.

—Pero… —insistí. Ella suspiró y se arrojó sobre la cama mirando el cielo de tul de su dosel.

—Pero… si llegara a buscarme, no sabría qué hacer…—levantó la cabeza y me miró asustada. Era tan inverosímil verla insegura que me sentí mal por ella—. Nunca esperé que Maxon lo hiciera y no lo hizo, pero… ¿y si Philippo viene por mí?

Me acerqué hasta la cama y me senté en el borde, ella volvió a apoyar la cabeza contra las almohadas.

—Tienes todo el derecho de cerrar la puerta si no te interesa —sonreí. Me encogí de hombros—. Nadie te obliga a tener algo con él, salvo…

Ella suspiró.

—Salvo que me guste…—se sentó en la cama y me miró asustada—. No puede gustarme, apenas lo conozco. Anoche fue un juego, quería saber qué tan lejos podía llegar…—Gateó sobre la cama y me agarró una mano—. America…—tragó salva—. Tengo terror de salir lastimada. Con Maxon no me sucedió esto porque no lo quería y no me gustaba, de verdad tengo miedo… ¿y si quiere intentar algo? ¿Y si lo espero eternamente a que me busque y no lo hace? No quiero convertirme en una mártir, no puedo estar sintiendo esto después de una sola noche…

Sonreí y le tomé los dedos.

—Creo que de verdad son tal para cual —admití—. No los habría presentado si no lo hubiera creído así…—me mordí el labio—¸ pero no quiero que te obligues a estar con él si no estás segura y tampoco quiero que salgas lastimada si Philippo decide ampliar sus opciones.

Se llevó la otra mano al tabique de la nariz y cerró los ojos.

—Philippo no solo será rey de toda Italia, sino que de Europa… el mundo entero tendrá los ojos sobre él, no es como aquí que somos un país relativamente joven —suspiró—. Aunque la monarquía italiana es mucho más nueva que la nuestra, es mil veces más importante…—se mordió el labio—. Sé que cuando entré aquí quería la corona para no perder la atención de los medios, pero… si las cosas resultan con él todos tendrán sus ojos en mí, pero es una exposición diferente —suspiró—. Como modelo no tengo que cuidar mis pasos, puedo hacer lo que quiera, pero como reina…

Sonreí y apreté aún más su mano. Me miró, jamás creí ver a Celeste tan preocupada.

—Aunque no lo creas es justamente por eso que necesita a alguien como tú —la animé—. Ambos adoran la exposición, pero Philippo está tan aterrado con convertirse en rey que teme dejar de lado aquella libertad. Tiene que obligarse a sí mismo a comportarse para no dejar en vergüenza a su familia, y es ahí donde entras tú, a equilibrar ese mundo con tu lengua filosa y tus garras de diva al acecho.

Ambas reímos y ella pareció relajarse un segundo. Nos miramos y me sorprendió con un abrazo.

—Gracias…—susurró.

—¿Por qué?

—Por haber pensado en mí —sonrió alejándose. Se puso de pie de un salto bajándose de la cama y se sacudió el cabello—. No pretendo esperarlo, así que… ¿qué haremos? ¿Algún plan?

Amplié la sonrisa.

—Tenía pensado ir a visitar a las chicas a las cocinas —dije, Celeste hizo una mueca.

—¡Aburrido! —cantó—. Creo que iré a la sala de mujeres, necesito estar en algún lado donde no me tope con él. Al menos por ahora.

Sonreí.

—¿Se lo harás difícil, eh?

Encogió un hombro y guiñó el ojo antes de entrar al baño.

—Mis labios, mis reglas.

Y se metió al baño cerrando la puerta.
Celeste estaba preocupada. No era la exposición o la falta de ella lo que le importaba. Estaba aterrada de salir herida o ser usada.
Si Philippo le hacía daño se las vería conmigo. Pero por alguna razón estaba segura que las cosas saldrían mejor de lo que esperaba.

Llegué a las cocinas con hambre. Tuve suerte que Marlee hubiera cocinado pan de queso—era muy buena en eso y desconocía que tuviera tan buena mano para la masa—. Mera preparó unas tazas de té y mi mente volvió a viajar por el mundo al probar una nueva mezcla de hierbas y frutas.
Últimamente me había visto poco con ellas y las extrañaba. Aquel rinconcito oculto entre las cocinas era tan placido y acogedor que pasar mucho tiempo lejos me hacía sentir como si me hubiera ido de casa.
Nos sentamos las tres en la mesa de madera disfrutando del pan recién horneado y del té. Marlee me miró.

—¿Y? ¿Cómo estuvo la recepción?
Me sonrojé de golpe y no levanté la mirada. Bebí de mi té ocultando los ojos debajo de la taza.

—Genial —respondí carraspeando. Dejé la taza sobre la mesa y miré a otro lado.

—¿Estás bien? —preguntó Mera con tono divertido. La miré de costado—. Te ves nerviosa.

Comencé a reír y me llevé una mano a los ojos.

—Si supieran…—mascullé.

—Si no nos cuentas, claro, no lo sabemos —dijo Marlee riendo—. ¿Qué ocurrió?

—Les diré, pero… —me mordí el labio y las miré elevando la mirada igual que un cachorro asustado—, no me interrumpan hasta que acabe…

Las dos se miraron curiosas y luego asintieron.

Me mordí la boca con fuerza. Respiré hondo y… les dije todo. Intenté no entrar en detalles demasiado específicos, aunque en realidad había algunas cosas que necesitaba contar, especialmente porque hasta ese momento no me había dado cuenta de lo perdida que me sentía.

Tenía demasiados sentimientos encontrados e ideas enredadas en mi cabeza. Ya no sabía qué estaba bien y qué no.
Ante cada relato Marlee abría mucho los ojos, como si le costara creer lo que le estaba narrando. Pero Mera se mantenía impávida, sus ojos solo me miraban, no se reía ni hacía ningún gesto.
Intenté ser breve al narrar el encuentro con Maxon en mi habitación. Solo ahí la vi alzar la ceja por un momento, pero luego volvió a enfocarse en su té.

Para cuando terminé tenía un revoltijo de emociones en el pecho que no podía digerir. Analizar punto por punto todas las cosas que habían sucedido la noche anterior más que ayudarme a ver con claridad me confundieron el doble.

—Vaya…—suspiró Marlee cuando terminé—. Qué historia…

—Interesante —dijo Mera mirándome con los ojos levemente cerrados—. Bien por ti, al parecer te divertiste —se puso de pie repentinamente y se dirigió hacia el mesón que estaba tras de mí para servirse más té.

—¿Divertirme? —me volteé angustiada—. No sé qué diablos estoy haciendo… yo… lo que sucedió con Maxon fue…

—¿Intenso? ¿Lo disfrutaste? —me sonrojé—. Entonces no te quejes. No hiciste nada malo.

Sacudí la cabeza, ella se apoyó contra la encimera bebiendo de su té con un pie cruzado sobre el otro. Se veía relajada, pero sabía que me estaba analizando.

—Eso es cierto —dijo Marlee. Me giré hacia ella que seguía sentada a mi lado—. Si alguien hizo algo malo fue él que sigue comprometido —abrí la boca para protestar, pero Marlee alzó una mano—, déjame terminar —pidió—. Todos sabemos que sigue enamorado de ti y al parecer se está aprovechando de la cercanía que están teniendo. Como mujer soltera tienes derecho a hacer lo que quieras, pero cuídate ¿sí? Y me refiero a tu corazón —me sonrió comprensiva—. Creo que es genial que con Maxon hayan dado un paso adelante pero recuerda que aún no termina con el compromiso. ¿Estás segura que quieres seguir jugando a esto aunque al final tal vez no terminen juntos?

Ellas no sabían lo que yo sabía y tampoco se los iba a decir. El secreto de Kriss solo podía ser revelado por ella misma. Sabía que no acabarían con el compromiso porque por ambos lados estaban amenazados. Kriss por el rey y Maxon por su deber como príncipe.
No obstante sus últimas palabras repercutieron en mi corazón con acidez. ¿Y si finalmente terminaban cansándose a la fuerza? Entonces a pesar de su infelicidad por estar con alguien a quien no amaban yo de todos modos habría perdido al hombre que quería.
Me llevé las manos a los ojos y apoyé los codos sobre la mesa.

—¿Qué estoy haciendo…? Cielos… No puedo seguir así…—jadeé—. Esto tiene que parar, tiene que haber una solución o le haré daño a todos los que se crucen por mi camino…—dije bajito. Vi de costado que Marlee intercambiaba una mirada con Mera.

—¿Lo dices por Valiant? Porque dudo que Maxon esté sufriendo en este momento —dijo con suspicacia. Cerré los ojos y el dolor en el pecho se intensificó. ¿Qué era ese dolor?

—Eso no puede ser… no va a llegar a ningún lado. Él tiene a una chica que quiere y aún sufre por ella, lo sé… tampoco quiero ser un parche en su vida así como yo no quiero convertirlo en uno para la mía…

Se hizo el silencio sobre nosotras y Mera me sorprendió sentándose frente a mí otra vez. Sus ojos se entornaron bajo sus cejas oscuras. Su sonrisa torcida me incomodó.

—Se besaron, ¿y qué? —me miró como si le hubiera contado alguna estupidez—. No entiendo qué es lo complicado. No hay nada de malo en besarlo a él u a otro. Deja de pensar tanto.

—¿Qué no hay…? ¿Es que no escuchaste? ¡No puedo andar besando a Valiant si mi corazón late por Maxon!

Mera suspiró con paciencia.

—Si fuera algo sin importancia no estarías tan agobiada linda —dijo frunciendo los labios. Cruzó los brazos sobre la mesa y se empinó un poco hacia delante—. Si hubieras besado a alguien porque te pareció lindo no estarías cuestionándote si estuvo bien o mal. Pero lo estás haciendo, te estás comiendo las neuronas intentando comprender lo que te sucede o si lo que hiciste fue correcto. ¿Y sabes por qué te pasa eso? Porque Rutledge no solo te atrae. Lo siento cariño, cruda verdad. La tomas o la dejas.

Su sentencia me heló el pecho. Me miré las manos.

—No puede ser… yo amo a Maxon.

—¿Y por eso no puedes sentirte atraída por otro? —miró a Marlee, mi amiga se mantenía pensativa y en silencio.

—No puedo hacerle eso a Valiant…—me quejé—. No puedo… no se lo merece.

—¿Qué no se merece? Le respondiste un beso a un chico lindo que tiene interés por ti, no veo lo malo —puntualizó. Me llevé las manos a la cara.

—No quiero darle esperanzas —Sentí un nudo en el pecho. Algo me decía que era lo correcto pero al mismo tiempo sentía que no estaba bien—. Él está luchando para olvidar a otra chica, si llegara a dar pie para que algo suceda no quiero convertirme en el clavo que sacará a esa chica de su vida ni yo quiero convertirlo a él en lo mismo para olvidarme de Maxon. ¡No es correcto!

Marlee me miró fijamente y se mordió el labio. Al cabo de un rato rompió el silencio.

—Yo tampoco le veo lo malo —dijo inclinando la cabeza avergonzada. Las quedé viendo como si les hubiera salido un cuerno en mitad de la frente.

—¡Es que amo a otro! ¡Valiant no se merece que le haga esto!... No debí hacerlo… no debió pasar…

Meridia suspiró y bebió de su té con extremada calma. Una sonrisa dulce cruzó por su rostro, algo que me sorprendió.

—¿Qué sería de la vida sin los "No debí hacerlo" y "no debió pasar"?… no habrían historias qué contar —rió—. America, no hiciste nada malo, deja de martirizarte.

—Pero…

Suspiró y dejó la taza sobre la mesa.

—Escucha…—pausó—. No puedo decir que soy la voz de la experiencia porque tengo solo veintiocho años, me queda demasiado tiempo para poder aprender sobre la vida y dar un buen consejo, pero… sí tengo más experiencia que tú. Así que te diré lo que pienso —pausó y sonrió para sí misma—: Tienes dieciocho años. A tú edad yo ya había estado con cuatro chicos. He tenido novios desde que era más joven que tú. Chicos de por aquí, de por allá… da igual. A cada uno lo quise a mi manera y cada uno me quiso a la suya…—pausó nuevamente y suspiró elevando los ojos con la mirada cargada de emociones—, y al único al que realmente amé, murió hace un mes.

El dolor en sus ojos fue tan intenso que sentí que mi problema era una estupidez. Me sentí igual que una niña pequeña.

—Mera, no…

—Calla y escucha —pidió con autoridad, sin embargo su voz era dulce—. Nadie te está diciendo que te enamores de Rutledge, nadie te está pidiendo que te cases con él ni que vayan a vivir a una casita repleta de críos. Entiendo que estés enamorada de un chico que le prometió su corazón a otra. Enamorado o no de ella, sigue estando bajo palabra su compromiso. Con Maxon no tienes chance hasta que decida acabar con Kriss, si es que acaba —dijo con vehemencia, mis entrañas se retorcieron—. Y aún así lo sigues esperando en lugar de disfrutar lo que la vida te ofrece. ¿Por qué no comenzar ahora? Eres joven, bonita, talentosa, inteligente… un chico bueno, guapo, honesto y valiente te está cortejando, ¿por qué no darle una oportunidad?

Temblé. Recordé el beso en el balcón y las mariposas me invadieron, quise sonreír, pero mi conciencia no me dejaba. No podía.

—Estás ahogándote en un vaso de agua, cariño —dijo con aquella misma expresión dulce—. No tienes que enamorarte de él para disfrutar de una relación. Si te hace reír y te sientes bien y segura a su lado es lo único que necesitas. Si dura un día, una semana, un mes o varios años, la vida dirá si acaba o continua. Pero no te niegues a sentir eso que sientes por miedo a hacerle daño.

Aunque sus palabras no podían ser más veraces seguía sintiendo que algo no cuadraba, algo aún me dolía profundamente.

—Es que no puedo hacerle esto… no quiero que se enamore de mí, no quiero que sufra más, de eso él ha tenido bastante, no quiero ser responsable de más dolor en su vida por mi culpa —jadeé sintiendo mis ojos lloros. Los sentimientos dentro de mí se arremolinaron con la fuerza de un torbellino. Jamás había sentido algo tan angustiante.

—Él es un adulto, sabe a lo que se atiene, no tomes las decisiones por los demás —tomó mi mano sobre la mesa y apretó con cariño—. America, nadie puede asegurarte que él no se va a enamorar de ti o que tú no te enamorarás de él. Si alguien termina herido es parte de la vida. Por eso existen las historias de amor —dijo mirándome fijamente a los ojos, los suyos estaban igual de brillantes—. El sufrimiento es parte del amor… no puedes impedir darte una oportunidad con Rutledge por miedo a que uno salga herido. ¿No fue así como sucedió contigo y con Maxon? —asentí lentamente—. Y ahora los dos sufren por no tener lo que quieren. Podría ser todo más fácil, pero si él no da su brazo a torcer con Kriss, ¿por qué tú deberías hacerlo con Valiant?

Respiré por la boca cuando el oxigeno que entraba por mi nariz no fue suficiente. Marlee asintió a su lado.

—Tiene razón Mer…—y también tomó mi mano—. Sabes que los quiero ver a los dos felices, pero más quiero verte a ti.

Temblé conteniendo un espasmo.

—Te queda tanta vida por delante, linda—dijo Meridia con una sonrisa afable—. Mírame a mí, conocí al amor de mi vida y lo perdí antes de parpadear, y sigo aquí, de pie, viva. El sufrir por amor no nos mata, nos hace más fuertes —apretó el agarre y habló con fuerza—. Arriésgate. El amor es riesgo. Nada te va a asegurar un final feliz, pero al menos el tiempo que dure lo serás, y cuando mires hacia atrás te habrás dado cuenta de que cada uno de los amores que pasaron por tu vida valieron la pena.

Sonreí finalmente liberando las lágrimas. Ella también lo hizo. Recordé lo que tuve con Aspen, que mientras estuvimos juntos lo creí el amor de mi vida. Ahora miraba hacia atrás y me daba cuenta que había sido una gran historia y no me arrepentía de haberla vivido, incluso aunque nuestras vidas hubieran tomado caminos diferentes.

—Fue solo un beso —susurró curvando los labios en una sonrisa pícara—. No te angusties. Si te hubieras ido a la cama con él la conversación sería diferente —me sonrojé—. Pero como fue solo un beso… Dios, no es nada. Fue solo una muestra de afecto. A todos nos gustan que nos besen, si no hay una promesa intrínseca entonces deja de preocuparte—me dio unas palmaditas en el dorso de la mano y se puso de pie—. Si cada uno lo está haciendo para olvidar, ¿qué tiene? Algunos beben para olvidar, otros se drogan, otros se consumen en algún vicio o en su soledad… al menos un beso es saludable y ayuda a los dientes —rió divertida, le sonreí de regreso—. Date una oportunidad. Arriésgate, si sale bien, genial, y si no… tendrás una historia para contar.

La miré con tristeza.

—Gracias por el consejo, pero me quedaré donde estoy, no creo que sea el mejor momento para complicar las cosas —respiré hondo—. Además, Valiant acaba de marcharse con su hermana a Adventure Land —Miré a Mera fijamente—. Tendré una semana para poder pensar sin que su sonrisa me confunda —Marlee alzó una ceja en dirección a ella—. Sé lo que me quisiste decir y tienes razón en absolutamente todo… pero no quiero dejar de luchar por Maxon, él aún gobierna gran parte de mis sentimientos y no quiero perder eso si aún sigue vivo. Si al final termina casándose con Kriss porque… porque no pudieron acabar con la relación, entonces lo más sensato será volver por donde vine. Comenzar una nueva vida, sin darle esperanzas a nadie ni a nada.

—Es lo más triste que he escuchado decir nunca a nadie —dijo Mera encogiéndose de hombros sin ninguna pizca de remordimiento, más bien se escuchaba como un sarcasmo—. Es lo que sucede cuando aún eres muy joven. Te hundes en un vaso de agua. Míralo desde afuera America y lucha en lugar de estar martirizándote —Aquello sonó casi como la regañina de una madre, Marlee apretó la boca y asintió en mi dirección.

—También tiene razón —hizo una mueca con la boca—. Si las cosas no salen como las tenías pensadas ¿realmente te marcharás? Es como huir de los problemas, del dolor que te causaría ver a Maxon casado con otra. Piensa bien lo que dices amiga.

De repente me sentí pequeña e insignificante. Sabía que tenían razón en todo, Dios… en cada una de sus palabras. ¿Acaso no había hecho eso cuando Nicoletta me había ofrecido viajar a Italia? Había escapado para no ver a Maxon casado, para no verlo feliz con Kriss en todos lados.

Tenía que ser honesta conmigo. Hubiera deseado que todo se diera fácil. Que él acabara con ella, que se enfrentara a su padre, que me pidiera perdón ante el país y finalmente matrimonio.
Pero eso no iba a ocurrir, las cosas eran más complicadas de lo que parecían y tenía terror de los cambios que podían suceder si no hacía algo al respecto.

—Tengo que ir al jardín, si me necesitan estaré en el huerto —anunció Meridia dejando la taza en la mesa, me miró una vez más y me colocó una mano en el hombro—. No pienses tanto linda, siente. Actúa. No vivas tu juventud cuestionándote por cosas que harán que te arrepientas en algunos años por no haber hecho algo a tiempo.

Y se marchó. La puerta se balanceó a su espalda con suavidad.

—Tengo miedo de perder a Maxon…—susurré luego de un segundo de silencio. Marlee me miró—. No quiero usar a Valiant como tabla de salvación, pero… Mera tiene razón… siento algo por él, solo que no quiero permitir que ese sentimiento vaya más lejos. No quiero olvidarme de Maxon hasta haber solucionado lo que sucede entre nosotros, aún conservo la esperanza de que… podamos estar juntos… —suspiré sintiendo el nudo en el pecho cada vez más pesado—. Si me diera una oportunidad con Valiant y luego sucede que él también me usó para olvidar a otra chica, ¿qué ocurrirá conmigo?... ¿Tan mal estoy haciendo las cosas?

Marlee apoyó la cabeza en mi hombro, la miré y vi que su barriguita se notaba un poco más. Sonreí con nostalgia.

—No, no las estás haciendo mal, solo que Mera tiene razón, piensas demasiado…—rió suavemente—. Cuando conocí a Carter ni siquiera me di un segundo para pensar, seguí mis instintos y mis sentimientos sin importar las consecuencias.

—¿Y nunca tuviste miedo?

—¿La verdad? —pregunto, asentí lentamente. Levantó la cabeza y me miró sonriente—. Nunca. No puedo explicarlo, pero jamás sentí miedo. Porque sabía que estaba haciendo lo correcto —me quitó un mechón de pelo que me cubría un ojo del mismo modo que lo haría una madre, reí con un dejo de ternura—. Si temes es solo porque no estás segura de tus sentimientos, o bien, tientes tanto miedo de salir herida y herir a otros que prefieres mantenerte aislada. El problema es que las cosas de las que arrancas siempre volverán a ti, es inevitable. Hasta que las enfrentes no dejarán de perseguirte, no importa qué tan lejos escapes. Siempre te encontrarán —sonrió ampliamente—. Es como lo mío con Carter. Podría haberme negado al principio pero como ya sabes, no pude arrancar de él, ¡y mira cómo terminamos! Heridos, degradados, maltratados y humillados públicamente. Pero estamos juntos, casados y esperamos un hijo…—parpadeó varias veces—. Es lo mejor que me ocurrió en la vida, pero tuve que sufrir un poco en el proceso y no me arrepiento por un segundo de ello —sonrió—. Ah, sí, por cierto, es un varoncito.

No comprendí a qué se refería al principio hasta que miré cómo se acariciaba el vientre.

—¿Es un niño?

Asintió contenta.

—Mera lo descubrió hace unos días, no había tenido tiempo de contarte —alcé una ceja suspicaz—. Sé lo que piensas, pero no puedo presentarme ante Asher para que me revise, así que ella lo descubrió mirándome los ojos. No sé cómo lo hizo, pero sé que tiene razón. Siempre he creído que será un niño.

Agradecí que cambiara el tema. Coloqué una mano en el pequeño bulto que sobresalía por debajo de su vestido.

—¿Y nombre? ¿Ya pensaron en algo?

Hizo una mueca graciosa.

—A Carter le gusta Ethan, a mí Kile —se encogió de hombros—. Tenemos tiempo para decidirlo.

—Me gustan, ambos —sonreí y achiqué los ojos—. ¿Y como madrina no tengo opción de elegir?

Rió divertida.

—Lo siento, el nombre corre por cuenta de los padres —dijo y luego miró pensativa hacia el techo—. Pero podrías regalarle algo que le recuerde para siempre que eres su madrina.

—Entonces pensaré en algo genial —nos miramos y al cabo de un segundo nos abrazamos con fuerza y dejé que salieran algunas lágrimas—. Gracias por estar aquí…—dije suavecito—. Gracias por ser parte de mi vida.

—No te hundas Mer… deja de pensar y siente, solo siente —me susurró.

Quería creer que tenía razón, pero vaya qué costaba dejar fluir las emociones.

Los días pasaron más rápido de lo que hubiera deseado. Sabía que Celeste y Philippo habían seguido teniendo encuentros secretos pero no me decían nada. Especialmente porque las últimas veces que me había topado con él andaba sumamente despistado buscándola por los rincones.
Celeste había cumplido con su palabra. Era él quien la buscaba y quién me preguntaba —intentando sonar casual—, si la había visto.

Lamentaba tener que negarle una respuesta porque desconocía donde se había metido mi amiga, aunque en cierta forma era gracioso verlo tan inseguro por primera vez.
No obstante, ante la inminente llegada del ministro Cheng, los ánimos dentro del palacio cambiaron como si una nube densa se hubiera apoderado de las instalaciones.

Aquello llevó a que tanto Philippo como Maxon pasarán encerrados por horas junto al rey y sus asesores planificando alternativas de negociación con el primer ministro de Nueva Asia.
Apenas los veía para la cena o con suerte caminando rápido por los pasillos.
Creí que después del encuentro furtivo en mi habitación las cosas con Maxon serían diferentes, y efectivamente algo había cambiado en la forma en la que nos mirábamos, pero ante la cantidad de deberes que implicaban el cierre del año más la llegada de aquel hombre apenas podíamos conversar sobre lo que nos sucedía.
Al menos Philippo tenía uno que otro rato libre para perseguir a Celeste, aunque ella desapareciera magistralmente dejándolo con la incertidumbre… y las ganas de otro encuentro.

La mañana previa a Noche Buena fue un día intenso. Especialmente ante la llegada de Cheng.
Estábamos todos reunidos ante la ventana del quinto piso mirando cómo un auto negro y pequeño circulaba sobre el camino de piedra. Cheng era alguien que le gustaba pasar desapercibido. Al parecer nadie en Illea sabía de su llegada.
Clarkson y Maxon eran los únicos a los pies de las escaleras. Ni siquiera la reina estaba presente, tal vez para hacerlo justamente menos llamativo. Incluso había pocos guardias. Es más, hasta Aspen estaba con nosotros, mirando por la ventana.

—¿Cómo puede ser posible que la llegada del ministro sea más estresante que la tuya o la de usted, alteza? —preguntó Aspen. Philippo también estaba pendiente de lo que pasaba en el jardín. Miraba con el ceño fruncido a un lado de todos los demás.

Había más grupos de doncellas y mayordomos apoyados en el resto de las ventanas intentando pasar desapercibidos al esconderse detrás de las cortinas.

—Es porque sabemos qué significa la llegada del ministro —susurró Kriss asustada. La miré. Desde nuestra última conversación la había involucrado poco a poco con el resto de los chicos para que no se sintiera tan sola. La única con la que aún no tenía contacto era Marlee, que prefería que su identidad siguiera en secreto delante de ella por si acaso.
Después de la advertencia de Elise ya todos sabían qué podía significar que ese hombre anduviera cerca.

Mis ojos no se movieron de aquel pequeño auto negro. Mary, Lucy, Roger y Paige estaban a mi lado, mirando al jardín con la misma preocupación que yo.

Fue el mismo Clarkson quien se acercó a abrirle la puerta al ministro. Aguantamos la respiración, no volaba ni una mosca.

De la puerta delantera se bajó un hombre… parpadeé mil veces, todos exhalaron una exclamación de sorpresa.

—¿Ese es el Ministro? —preguntó Roger impresionado.

—No puede ser…—jadeé asustada.

Siempre creí que los asiáticos eran menudos, elegantes y tal vez esbeltos, pero nunca los imaginé… gigantes.
Ese hombre pasaba a Clarkson por una cabeza y tenía los brazos y el torso enorme. Tragué saliva asustada, Kriss a mi otro lado tembló.

Le tomé la mano.

—¿Sabían que era… así? —preguntó Paige nerviosa.

—Ni nosotros que fuimos inyectados nos vemos así —observó Aspen. Roger asintió dándole la razón.

Los soldados al momento de ser instruidos eran inyectados con dosis de vitaminas y otras cosas para desarrollar musculatura y agilidad mental. Era una de las razones por la cual un solo soldado podía percibir movimientos sospechosos en un grupo grande personas sin que otros lo notaran.
Pero lo de Cheng no era normal.

Temblé de solo mirarlo. Me invadió un terror brutal cuando recordé al rebelde que nos había atacado con Valiant.

Los brazos, el torso… era tan gigante como Cheng.

Desde arriba no podía ver sus facciones, pero bastaba con ver su cuerpo para temer. Incluso Clarkson se veía nervioso, y si el rey tenía miedo no sabía a qué podíamos atenernos los demás.

Cuando entraron al palacio y desaparecieron de nuestra vista todos arrancaron a sus quehaceres habituales a pesar que ni el rey ni el ministro subirían al quinto piso.
Me quedé sola con Aspen, no pude quitar los ojos del pequeño auto negro que se alejaba por dónde había venido.

—¿Mer? —llamó— ¿Estás…?

—¿Le viste los brazos? —susurré aterrada—. Podría aplastar una vaca con ellos si quisiera.

—Mer, no dejaremos que te haga daño… sea cual sea su plan…

—Y yo soy mucho más menuda que una vaca —lo miré aterrada—. ¿Qué quieren conmigo?

Aspen me agarró por los hombros y apretó con fuerza obligándome a mirarlo.

—No lo sabremos hasta que te reúnas con él y cuando lo sepas nos dirás y hallaremos un modo de protegerte —dijo mirándome a los ojos—. No estás sola Mer, pero vas a tener que hacerte de fuerzas para poder presentarte ante ese hombre.

Me llevé una mano a los labios.

—A veces pienso que jamás debí aceptar ser embajadora —susurré bajito mirando por la ventana, sentí la mirada de Aspen sobre mí—. ¿Crees… crees que soy una cobarde?

Su ceño se frunció cuando lo miré abatida.

—¿Por qué crees eso? —preguntó preocupado. Las palabras de Marlee vibraron en mi cabeza. Suspiré y me crucé de brazos apoyándome contra el vidrio, mantuve los ojos en el horizonte, al otro lado del muro, donde se podía ver un pedazo de la ciudad.

—Cuando estábamos juntos y decidiste terminar conmigo creí que era buena idea venir al palacio cuando fui elegida como seleccionadas. Así no podría verte y no me dolería tu ausencia día tras día. Sería bueno para escapar de ti —expliqué con tristeza—. Luego conocí a Maxon y todo lo que conllevó conocerlo y enamorarme de él me hizo arrancar cuando eligió a Kriss, porque, tal como sucedió contigo, no quería verlo feliz con otra chica… —suspiré—. Acepté ser embajadora solo para arrancar de Illea —mis brazos se apretaron aún más contra mi cuerpo. Reconocer la verdad en voz alta era brutal—. A pesar de que el rey Marco Antonio me quería de regreso cuanto antes por aquí creí que convirtiéndome en embajadora podría deslumbrar a Maxon y que se arrepintiera de su decisión —sorbí i nariz al sentirla húmeda—. Y ahora… —me mordí el labio e hice una mueca—. Tal vez, solo tal vez pueda existir alguien más y… quiero alejarme lo más pronto posible de aquí para no tener que verlo a la cara y enfrentar esas emociones, porque no quiero olvidarme de Maxon…

Aspen se mantuvo en silencio por largo rato y luego suspiró con fuerza. Su mano alcanzó mi barbilla y me levantó la cara para mirarlo.

—No es "cobarde" la palabra que estás buscando Mer —sonrió con dulzura—. Creo que es "madurez", y tú eres demasiado cabezota e impulsiva, eso no va a cambiar ni en mil años —sonreí—. Sin embargo creo que es un gran avance que reconozcas aquellos aspectos negativos de ti, porque te ayuda a ver las cosas con más claridad —me secó una lágrima y me sonrió como cuando le contaba un secreto—. Lo que más duele y cuesta es enfrentarnos a cosas que nosotros mismos hemos causado, lo sé por experiencia —sus ojos brillaron con un halo de nostalgia—. Cuando te perdí no toleré verte semana a semana en el Report sonriéndole a Maxon, compartiendo chistes internos con gestos que antes solías compartir solo conmigo… pero aprendí que tarde o temprano te iba a perder producto de mis malas decisiones. No arranqué porque arrancando de ti viviría con aquel vacío toda mi vida, esperando a entender por qué lo elegiste a él antes que a mí. Por eso cuando fui llamado y me trajeron al palacio intenté luchar de nuevo, y cuando me vi perdido y tuve el panorama de tus sentimientos más claro y nítido, conocí a Lucy —sonrió con ternura y se llevó las manos a los bolsillos—. Si hubiera arrancado de ti jamás la habría conocido. Así que resultó que al enfrentarme a mis problemas la vida me hizo encontrar a la mujer de mi vida —sus palabras se parecían tanto a las de Mera y Marlee que comenzaba a comprender que la que estaba equivocada de muchas formas era yo—. Sé a quién te refieres y la verdad es que es probable que él también esté arrancando de una historia parecida a la tuya con Maxon —se encogió de hombros y luego rió—. Tardaste en darte cuenta, pero ya todos lo sabíamos.

Me sonrojé.

—¿Qué? —jadeé. Aspen me sonrió divertido.

—Eres sumamente despistada, solo sabes reconocer tus propias emociones, y yo que soy hombre lo descubrí antes que tú —volvió a reír—. Pero si quieres un consejo de amigo y ex novio, simplemente deja que las cosas sucedan, no las controles —me colocó una mano en el hombro—. Todavía amas a Maxon, así que sigue luchando por él, y si al final él se casa con Kriss, aprenderás a vivir con eso. Después de todo se abrirán más puertas para tu vida tal y cómo sucedió conmigo y con muchas otras personas.

Era la segunda vez esa semana que me decían algo parecido y comenzaba a agotarme de pelear conmigo misma.

—Gracias Aspen —lo miré —. Pero eso no responde a lo que te pregunté. ¿Crees que soy una cobarde?

Me miró con dulzura y negó con la cabeza. Luego me sorprendió besando mi frente.

—No, no lo eres —contestó—. Si lo fueras no habrías regresado enfrentando a todo el mundo como lo has hecho hasta ahora.

Asentí con un suspiro.

—Gracias por los consejos.

—No fue un consejo —dijo encogiéndose de hombros—, fue una observación. Si quieres lo tomas o lo dejas —miró el reloj en su muñeca—. Será mejor que vuelva a mi puesto de trabajo, no es bueno que alguien cercano al rey nos vea juntos.

Asentí y se alejó por el pasillo con una sonrisa. Cuando iba por la mitad, se detuvo.

—Ah, y Mer —me llamó—. Buena suerte con Cheng.

Asentí tragando saliva.

Tenía terror de solo pensar cómo acabaría ese día, pero era mejor salir del problema lo antes posible. Si es que mi cabeza me lo permitía.

Esperaba que Philippo también atendiera la reunión con Cheng, para eso me habían instruido en Montecarlo, para negociar con otras naciones. Pero después de ver el tamaño del hombre con el que me iba a enfrentar mis agallas habían desaparecido.

Me detuve a pocos pasos de la oficina donde el rey y el primer ministro de Nueva Asia estaban reunidos. Se escuchaban conversaciones más elevadas de lo habitual. Tragué saliva y miré por el pasillo.

¿Dónde diablos estaba Philippo?

Pero entonces Maxon apareció justo doblando por una esquina. Respiré aliviada y me acerqué hasta cruzarnos justo frente a la oficina. Se veía más nervioso y preocupado de lo que esperaba.
Aunque hubiera querido rememorar las sensaciones de la noche de nuestro encuentro ninguno tenía la cabeza para pensar en aquello con la tremenda amenaza que estaba al otro lado de la puerta.

Respiré hondo.

—¿Philippo no viene contigo? —pregunté. Creí que la pregunta lo molestaría, pero por el contrario sus ojos se apagaron levemente.

—Mi padre lo envió a tratar el tema del sistema de correo electrónico con los asesores —dijo con calma, sus ojos estaban ausentes de cualquier brillo, el corazón me latió con tanta fuerza que me dolió el pecho.

—¿Qué? —jadeé—. ¿Y por qué no me envió a mí a hacer eso y a Philippo a la reunión con Cheng?

Por primera vez de lo que llevaba conociendo a Maxon lo vi dudar. Sus ojos estaban apagados y su mandíbula tensa.

—Creo que como Philippo es hijo del rey italiano mi padre quiere mantenerlo protegido, lejos de Cheng —dijo bajito, parecía avergonzado de solo mencionarlo, como si se sintiera culpable de las decisiones que tomaba su padre—. Vas a tener que negociar tú, sea lo que sea que quiera este hombre.

Comencé a temblar. A entrar en pánico. ¿Era correcto huir, cierto? No me importaba quedar como una gallina si podía salvar mi pescuezo de las garras de esa bestia.

—No, no… no puedo —me hiperventilé y di media vuelta para salir arrancando, pero Maxon me agarró por la muñeca y antes de que pudiera hacer nada me jaló hacia él y me abrazó.

—Nada te va a suceder, no dejaré que ese hombre te toque un solo pelo —nos separamos y lo miré, Dios, no podía controlar los temblores, estaba aterrada—. America, cálmate, no te hará daño. Confía en mí.

—¿Cómo estás tan seguro? —tragué saliva. Podría haber sido un momento sutilmente romántico si no fuera porque el miedo estaba colado en cada una de mis células.

Nos separamos y me sujetó por los hombros. Por un segundo me calmé al verlo a los ojos, y cuando subió sus manos a mis mejillas el miedo poco a poco comenzó a desaparecer. Pero por el solo hecho de ver que su expresión estaba cargada de preocupación el temor volvió a atenazarme.

—Aunque no estés directamente relacionada con la corona italiana mi padre te protegerá porque no le conviene que a la consentida de Marco Antonio le suceda algo. Al menos en eso papá tiene cuidado —suspiró con pesadumbre. Estábamos los dos solos en aquel pasillo con excepción de las voces que venían del despacho. Y fue así como sin previo aviso sus labios se juntaron con los míos en un roce tan sutil que apenas logré asimilarlo cuando ya estábamos separados.

—¿Maxon, qué haces? —susurré mirando hacia todos lados.

—Para que entiendas que no estás sola —me sonrió y logré ver un leve rubor en sus mejillas.

Bajó los brazos y la mano derecha enredó sutilmente sus dedos con mi mano izquierda. Nos acercamos hasta la puerta, la caricia de sus dedos sobre los míos fue suficiente para darme un poco más de fuerza.

Cuando la abrí, él me soltó. Y entramos.

El despacho estaba iluminado solo por la luz que entraba por la ventana. Clarkson estaba en su silla de siempre y a su derecha, Cheng.
Me detuve ante la puerta e hice una reverencia sutil. ¿Dónde estaba el resto de la gente?

Maxon hizo una inclinación hacia el Ministro, el hombre no hizo ningún gesto.

—Siéntense, por favor —pidió Clarkson.

Cuando nos acercamos noté gotas de sudor bañando su frente y no dudaba que en la mía tardaran en aparecer. Ya tenía las manos sudadas solo del miedo.

Maxon se sentó a un lado de Cheng y yo frente a él. Intenté no mirarlo fijamente, pero como en su llegada fue imposible no fijarme en su tremenda composición ósea.

El hombre tenía todo grande, hasta la cabeza. Sus ojos rasgados eran más abiertos de lo que esperaba y un grueso bigote decoraba su nariz. No tenía cabello, iba totalmente rapado, y varias cicatrices surcaban su cráneo.

A la luz de la ventana pude ver que vestía una túnica de terciopelo rojo con entramados dorados que podían ser hilos de oro.

Sus dedos eran grandes y gruesos y había un anillo decorando cada uno de ellos. Juntó las manos sobre la mesa y sonrió.

—¿Comenzamos, Clarkson? —preguntó. Su inglés era arrastrado, poco modulado, como si se burlara. El rey asintió.

—Quiero poner al tanto a mi hijo y a la embajadora italiana sobre sus planes para negociar la paz en Illea que se ha mantenido durante todas estas generaciones —dijo Clarkson a la defensiva. Cheng lo miró de costado y asintió rodando los ojos al cielo, como si lo hiciera perder el tiempo.

Estaba tan concentrada en lo que estaba ocurriendo que no había notado que un sutil mareo me había invadido, lo descubrí cuando me di cuenta que era producto del aroma que Cheng expedía, algo ácido y picante.

Me llevé una mano a la nariz intentando sentir el aroma del perfume que me había aplicado en las muñecas.

Maxon frunció la nariz cuando entendió que a ambos nos molestaba el hedor del sujeto.

—Por supuesto, que sea breve —dijo sin hacer ninguna mueca. Se movió un poco y la silla crujió.

Por primera vez de lo que llevaba conociendo a Clarkson sus ojos me vieron con preocupación.

—Como saben, desde mucho antes de la existencia de Illea existen terrenos en el país que pertenecen a diferentes naciones. Dichos terrenos sirven para poder mantener negociaciones con otros países —explicó, con Maxon asentimos—. Hace tres días Philippo Volutto firmó un tratado que deja al sur de Carolina como propiedad del Tratado de los Alpes para establecer un nexo con su país, en pocas palabras, esa zona ahora pertenece a Italia —aquello no lo sabía, me sorprendió gratamente saber que una de las zonas más pobres de Carolina ahora estuviera bajo el cuidado del mando italiano, sin embargo la mirada de Clarkson hacia Cheng fue preocupante—. No obstante, ahora, gracias al Ministro Cheng, me he enterado que el sur de Carolina tiene afluentes subterráneos de agua purificada.

Cheng hizo un sonido con la boca y se reacomodó en su silla mirándome fijamente. Mi espalda se tensó.

—Lo que el rey quiere decir, es que ahora que esa zona pertenece a Italia necesito del permiso de un representante de la corona para explotarla —dijo sin titubear, con Maxon nos miramos sin entender nada—. Por lo que tengo entendido es una zona de bajos recursos humanos donde habitan en su mayoría sietes y ochos —miró a Clarkson—, ¿me equivoco?—. El rey negó con la cabeza—. Es decir, gente prescindible, imagino que mientras menos vagos anden sueltos mejor para tu reino, ¿no Clarkson? —el otro apretó una mueca, lucía molesto por estar a la merced de Cheng. Mis entrañas rugieron ante sus palabras—. Sabíamos que el príncipe no daría su brazo a torcer así que quedas solo tú, niña.

El frío me invadió de pies a cabeza. Maxon no me quitaba los ojos de encima. Miré a Cheng con miedo intentando camuflarlo con falsa confianza.

—¿Señor? —pregunté insegura—. Temo que no comprendo.

Cheng lanzó una risotada que reveló sus dientes amarillos.

—Necesito lanzar una bomba a terreno italiano —dijo sin más, todo mi cuerpo se tensó—. Para asegurar otro año más de paz con Illea quiero apropiarme de esas aguas tal y como hice el año pasado en Bankston con el petróleo —se inclinó hacia delante, Clarkson parecía un cachorro a su lado, lo sentí apretar los puños.

—¡No puedes arrojar una bomba en Carolina, Cheng! —interrumpió, el ministro lo miró—. Sin importar las castas que vivan en el sector el terreno sigue siendo Italiano, tendríamos que romper con un tratado importante que acabamos de firmar.

Cheng lo quedó mirando y se apoyó en la silla. Pude ver la tensión de los enormes brazos del hombre bajo el terciopelo.

—Por eso ella está aquí —me apuntó con la barbilla, abrí la boca para poder respirar—. Sabes que nosotros aún dominamos gran parte de tu país Clarkson, y sabes de quienes soy socio —el rey pareció intimidarse—. ¿Qué prefieres? ¿Un acuerdo conmigo o con los afeminados de Italia? Sabes lo que te conviene, ambos estamos cortados con la misma tijera. No te vengas a hacer el santo ahora.

Por un segundo el rey intercambió una mirada conmigo y sentí que me quería decir algo, pero entonces bajó los ojos sobre la mesa.

—Necesitamos mantener la paz con Nueva Asia, Lady America —dijo sin mirarme—. Si es el único modo…

Entonces el miedo pasó a la rabia, mi estómago se calentó y me puse de pie de golpe.

—¡No pienso ceder ese terreno! —exclamé—. ¡Gente inocente vive ahí! ¡Esas aguas le pertenecen a su gente y al tratado que le corresponde! Si de mi depende, le anuncio ahora ya, Ministro Cheng, que esta misma noche le pediré al príncipe Philippo que Italia haga resguardo de esas aguas para las personas que ahora viven bajo su propiedad —tenía tanta rabia que apenas pude ver cómo me miraban Maxon y el rey. Cheng achicó sus ojos haciéndolo ver mucho más amenazador—. Si quiere negociar la paz tendrá que ver otro modo.

El rey me quedó viendo con espanto, tenía dos hombres al frente que de haber tenido el poder para matarme con la mente no dudo de que lo hubieran hecho.
Respiré hondo. Recordé la carta de Elise. La trampa no era del rey, era de Cheng. Cheng no quería que Italia llegara a un acuerdo con Illea porque sería un nuevo aliado y no le convenía a Nueva Asia. Necesitaban que nuestro país permaneciera indefenso, y el Tratado de los Alpes era demasiado poderoso.
No iba romper el trato que Philippo había hecho, eso era desmerecer su palabra como futuro rey y yo era solo una embajadora.

—Lo lamento señor, pero tendrá que buscar otra alternativa, con terreno italiano nadie se inmiscuye —y sin más abandoné el despacho sacando las agallas que habían estado ocultas en algún lado.

Jamás debí abandonar así la oficina pero tenía tanta rabia que no sabía cuánto más podía aguantar ahí adentro.
El solo imaginarme la felicidad de aquellas familias al enterarse que Italia los protegería debía ser lo más esperanzador que les había ocurrido en años.
Pero si luego se enteraban que la misma corona italiana les quitaba sus terrenos y no solo eso, sino que para desalojarlos iban a lanzar una bomba matando a decenas de personas para cedérselos a Nueva Asia… aquello solo podía significar la ruptura de cualquier alianza con el Tratado.
Clarkson necesitaba que tanto Italia como Nueva Asia fueran aliados, pero la diferencia era, tal como Cheng había dicho, que uno parecía ser más peligroso que el otro, y no me extrañaba si de repente Clarkson accedía a romper con el Tratado de los Alpes con tal de mantener la paz con un país que tenía dinero para bombas.

Bombas… ¿era en serio?

Me alejé por el pasillo sudando a mares. Todo el mundo daba vueltas, giraba como loco.
Apenas puse un pie en el corredor que daba a mi habitación me agarraron por la muñeca.

Me volteé asustada y la quité con fuerza. Pero era Maxon.

—¡Dios, cómo corres! —dijo agitado—. Te vengo siguiendo desde arriba —respiró apoyándose en la pared. Lo miré apretando los labios.

—Dime que no me forzarán a firmar eso…—pedí angustiada—. No puedo hacerlo, no puedo ir contra la palabra de Philippo, y no quiero dejar a esa gente desprotegida, no puedo… no….

—Calma, cálmate —me volvió a abrazar y apoyé la cabeza en su pecho con angustia, su corazón latía muy rápido—. Veremos otra solución, no te forzarán a nada —me separó de él, mi respiración era errática, sus manos secaron mis lágrimas de rabia y miedo—. Estoy muy orgulloso de ti ¿sabes? —lo miré sorprendida—. Ni yo lo hubiera dicho mejor —me sonrió con cariño y luego una sombra de tristeza invadió sus ojos—. No dudaría por un segundo que serías una magnifica reina.

Me sonrojé y bajé la mirada.

—¿Cómo puede ser que tu padre acceda a esto? ¿Acaso lo sabías? —negó con la cabeza, preocupado.

—Nueva Asia siempre nos ha amenazado y después de lo que me contaste sobre la carta de Elise… —suspiró y se separó llevándose una mano a la cabeza—. Jamás creí que Cheng confesaría que tiene bombas bajo su poder.

Temblé.

—¿Crees que sea capaz de represalias por mi culpa? —me llevé las manos a la boca—. ¡Soy una simple embajadora! ¿Crees que…?

—No, no America —me sujetó por los brazos—. Illea está en la mira de Italia desde que te convertiste en su embajadora —sonrió—. Gracias a ti estamos protegidos de cualquier ataque. Italia tiene más dinero que Nueva Asia, por eso quieren nuestros insumos. Ante una guerra, si nos aliamos con El Tratado, saldríamos ganando. Por eso Cheng quiere que cortemos lazos con Europa.

—Pero si estamos protegidos por los italianos, ¿por qué insiste?

Los ojos de Maxon se oscurecieron y me acarreó hacia un rincón de la pared.

—Porque aunque no nos guste admitirlo Nueva Asia aún tiene mucha información y papeles que le pertenecen a Illea —dijo preocupado— Cuando Estados Unidos fue invadido por China se apoderaron de muchas cosas, y si mi padre quiere recuperar la dignidad histórica del país tiene que ceder ante la presión de Cheng.

—El pasado es historia, no debería preocuparle por lo que pasó antes, sino por lo que va a suceder ahora —dije angustiada—. Tal vez ellos tengan información que atenga a los antiguos gobiernos, pero si tu padre cede ante cada capricho de Cheng será recordado eternamente como el rey que llevó a Illea a la esclavitud, ¿acaso quiere eso?

Maxon inclinó la cabeza hacia un lado.

—Bien pensado, no lo había visto de ese modo —dijo pensativo—. ¿Ves? Por eso serías una perfecta reina —sonrió. La cabeza comenzó a dolerme.

—Maxon, enfócate ¿quieres? —Le pedí. Carraspeó.

—Lo siento —murmuró moviendo la boca. Miré hacia el techo como si de esa forma pudiera entrarme más oxigeno a los pulmones.

—Será mejor que vaya a descansar, si esta noche para la cena de Navidad Cheng está presente, no quiero que me vea destruida.

Maxon asintió pero sus ojos de repente me veían con tristeza. Solo ahí me di cuenta que un año había pasado demasiado rápido.

Me llevé una mano al pecho.

—Cielos…—susurré. La imagen de mi padre apareció súbitamente en mi cabeza. Fue un día que sucedieron demasiadas cosas. Los días previos y los días posteriores.

—Debería haber invitado a tu familia —dijo apenado, negué con la cabeza.

—Es mejor así, con Cheng por estos lados nada es seguro…—murmuré respirando hondo para alejar la tristeza que evocaba el recuerdo de mi padre.

Una de sus manos acarició mi brazo. Todavía seguíamos en medio de aquel pasillo a pocos pasos de mi habitación.

—¿Estarás bien si te dejo sola hasta esta noche? ¿No quieres…? —se detuvo como si recordara algo y luego hizo una mueca de fastidio. Lo miré curiosa—. Nada, nada…—suspiró—. Nos vemos en la cena.

—Claro —asentí. La tristeza se había colado ya por todos lados. Súbitamente un día que en mi pasado era solo alegría se había convertido en un momento de terrible angustia.

Al parecer nunca volvería a ver a la Navidad del mismo modo de nuevo.

—Bien… —nos miramos y esperé por algún motivo que lo llevara a hacer lo mismo que en el otro pasillo, pero sin embargo se alejó lentamente, como si algo le hubiese hecho arrepentirse de sus acciones—. Nos vemos esta noche.

—Nos vemos —suspiré.

Cuando se alejó el frío se coló por mi pecho. Últimamente todo iba de mal en peor. Parecía que en la Selección todo había sido más fácil, pero a medida que adquiría nuevas responsabilidades y comprendía poco a poco cómo funcionaba la vida pronto me daba cuenta de que nada era tan simple como parecía.

Ser embajadora en algún momento me pareció divertido, ahora solo creía que me estaba convirtiendo en una moneda de cambio para que los poderosos no se ensuciaran las manos.

¿Por qué Maxon se había marchado? Me abracé a mí misma y me alejé hasta mi habitación. Dormiría una siesta o al menos intentaría descansar sin pensar en nada.
Necesitaba quitarme la angustia del pecho.

La fiesta de Navidad podría haber sido un lindo acontecimiento. Especialmente por cómo estaba decorado el salón.
Mamá me había enviado de regalo unos lindos brazaletes que le había comprado a una artesana y May una fotografía de ella, Gerad, Kenna, Astra y James.
Kota era el único que no aparecía en la imagen, y por las cartas que mamá me enviaba había descubierto que estaba muy enojado con la familia por no haberlo inmiscuido en mi vida como embajadora Italiana. May me envió otro mensaje diciendo que era probable que utilizara mi nombre para darse influencia.
La casa la había vendido y con ello compró un ascenso de casta. A mi madre no le importó mucho, solo le importaba que sus hijos fueran felices, y si para Kota ser feliz era un ascenso en la escala de la elite de Illea, lo aceptaría tal cual. Aunque sabía que le dolía no tener cerca a su hijo mayor.
Cuando entré al salón me deslumbré con el tremendo árbol de Navidad que estaba justo a un lado de los tronos. Había varias mesas redondas y un montón de regalos esparcidos sobre una mesa rectangular.

Sabía que muchos de esos correspondían al rey, Maxon, Amberly y Kriss, quién también se veía muy triste. Tal vez porque sus padres no estaban ahí con ella.

Un cuarteto de cuerdas tocaba en una esquina villancicos navideños y vi a Aspen con Eighton conversando, sentados en una mesa acompañados de Lucy y la mujer del general.

Miré a los soldados alrededor. Muchos tenían expresiones distantes y tristes, sabía que debían de extrañar a sus familias. Por eso había enviado a Roger a reunirse con su mujer y sus hijos. No esperaba que me protegiera esa noche. Nada malo había sucedido los últimos meses. Creía poder prescindir de su resguardo al menos para Navidad.

Caminé hasta Kriss para poder conversar con ella cuando la voz de Cheng me detuvo congelándome la espina.

—Linda noche ¿eh? —preguntó. Asentí volteándome. Vi a Maxon hablando con su madre desde el otro extremo del salón. Nuestros ojos se encontraron y lo vi erguir la espalda, alerta—. Lamento que hayamos tenido un mal entendido en la reunión de esta tarde.

Tragué saliva. En sus manos llevaba dos copas de vino. Me ofreció una y la acepté solo por ser cordial.

—¿Mal entendido? Yo creo que fui muy clara —dije intentando mantener la calma. Elevé un poco la voz para que nadie me quitara los ojos de encima. Cheng rió. Sus músculos se tensaron y chocó su copa con la mía, obligándome a beber.
¿Cómo podía ser tan enorme? ¿Qué comía? ¿Toros?

—Es muy joven Mi Lady, al parecer aún no comprende cómo funcionan las negociaciones —dijo inclinando la cabeza hacia delante. Bajé el mentón y alcé la mirada.

—Lo comprendo perfectamente, señor —no me importaba que fuera el ministro, yo estaba protegida por Italia, debía recordarme eso. En aquel instante la puerta principal se abrió y para mi alivio ingresó Philippo—. Si no le importa, tengo algo que tratar con el príncipe italiano.

Bebí un trago de vino y dejé la copa sobre una mesa, alejándome de ahí. Sabía que Cheng me estaba mirando, pero no iba a darme vuelta para comprobarlo.

Cuando me acerque hasta Philippo éste me recibió con un gran abrazo fingiendo que estaba feliz de verme, pero en realidad aprovechó el momento para susurrarme algo al oído.

—No firmes nada, es una trampa —me dijo. Cuando nos separamos lo miré y asentí.

—Lo sé, no te preocupes.

—Esa es mi chica —dijo guiñándome un ojo. Sin embargo a pesar de la semana que llevaba en Illea se veía cansado, como si el trabajo de mi país fuera mucho más exhaustivo que en Italia.

De repente el Philippo alegre y fiestero desaparecía por ratos.

Por suerte Celeste llegó al cabo de un rato y cuando ella estaba presente las cosas se tornaban diferentes. El cansancio desaparecía de los ojos de Philippo dando paso a la… ¿incertidumbre?
A veces me reía, porque era como si él no supiera cómo actuar con ella estando presente.
Estaba segura que algo más había ocurrido entre ellos pero Celeste no me lo había querido decir.
Cuando ella se acercó hasta mí me entregó una cajita.

—Feliz Navidad —sonrió. La recibí conmovida. La abrí y descubrí una delgada cadena de plata con un dije de cristal con forma de manzana roja.

—Celeste, es hermoso, gracias —dije anonadada. Ella sonrió.

—Sabía que te gustaría —dijo ayudándome con la cadena—. Quería que fuera una fresa, pero era lo único rojo que encontré.

Cuando sentí el contacto frío del cristal contra mi piel me llevé una mano al cuello y le sonreí agradecida.

—También te tengo algo —la invité hacia el sector donde estaban los regalos amontonados y le entregué un sobre—. Tal vez es algo precipitado, pero siempre puedes cancelar si no lo quieres.

Con curiosidad abrió el sobre y sonreí al ver su mueca de sorpresa. Miró hacia todos lados y luego volvió sus ojos hacia mí.

—¿Es una broma?

—Para nada —reí—. Espero que lo disfrutes.

—America…

—Dijiste que querías comenzar una nueva vida fuera de Illea, ¿por qué no hacerlo en Italia? —miré el salón y descubrí a Philippo hablando con Aspen y el general—. Además, siempre tendrás dónde llegar.

Su boca se abrió y la vi ruborizarse, algo que era poco habitual en ella. Sabía que en algo le había atinado.

—No sé qué…—pero se quedó callada de golpe y su mueca de sorpresa se ladeó en una sonrisa pícara. Cuando me volteé vi a Maxon sonriéndonos.

—Feliz Navidad señoritas —saludó. Celeste se abanicó con el sobre.

—Feliz Navidad, alteza —respondió mirando hacia Philippo—. Si me disculpan, tengo que hacer entrega de otros regalos.

Me giré hacia Maxon intentando sonreír, pero entonces sentí una fuerte punzada en la frente que intenté camuflar apretando los ojos.

—¿Estás bien? —preguntó. Asentí.

—Solo cansada… hoy no fue un día muy amigable…

—Cierto…—miró alrededor y sus ojos se enfocaron en Kriss que hablaba con una mujer que al parecer era esposa de uno de los asesores. Maxon llevó las manos a la espalda—. No sabía qué regalarte, así que… espero que te guste.

Y me entregó una caja pequeña. Sonreí algo desganada, solo porque sabía que aquel momento podía haber ser mucho más lindo sin tantos problemas.
Cuando abrí la caja y saqué su contenido lo miré sin comprender: era una medalla de honor.

—Perteneció a una presidenta de la antigua Estados Unidos llamada Elizabeth Thumpskey* por el año dos mil treinta—explicó—. Fue una revolucionaria que dejó de lado su uniforme de presidenta y se unió a su país para ayudarlos con la hambruna de la época. Se enfermó muchas veces por compartir con gente que acarreaba virus mortales, pero siempre salió adelante. Incluso salvó animales de la extinción por apelar leyes estrictas de protección al medio ambiente que le causaron más de una amenaza de muerte y varios intentos de homicidio en su contra —explicó—. Es una de las líderes más queridas que quedó en la historia del país y del mundo. Creí que te gustaría tenerlo.

Miré la medalla, era de plata y tenía grabado un mensaje en el dorso: "Por el valor y la integridad".

—Cielos… gracias, no sé qué decir…—susurré emocionada. Su mano se cerró sobre la mía con la medalla entre mis dedos.

—Para que recuerdes que eres tan poderosa como ella—me sonrió de una forma especial. Quise abrazarlo, de verdad, pero tuve que controlar el impulso—. Por cierto, ¿qué te dijo Cheng?

Alcé los hombros, la cabeza me palpitó un poco más fuerte.

—Nada importante —aunque en realidad ya lo había olvidado, pero no a propósito. ¿Qué había hablado con Cheng?
De repente me sentí muy cansada. Maxon me miró preocupado.

—¿Segura que estás bien? —asentí.

—Creo que el cansancio me está cobrando factura…—suspiré aguantando un mareo repentino. Cuando me compuse lo miré fijamente.

Había pensado durante todos esos días qué le podría regalar a Maxon especialmente después de la conversación con Meridia. Así que decidí entregárselo antes de arrepentirme.

—¿Vienes? —le pregunté, me miró curioso. El rey conversaba con Cheng, Kriss hablaba con Lucy y la reina parecía divertida con algo que la esposa de Eighton le había dicho.

—Claro…—dijo animado.

Me escabullí detrás de la mesa, rodeé el árbol de Navidad por atrás y salimos por una puerta contigua que usaban los mayordomos para entrar a las cocinas superiores.
Nos detuvimos en un pasillo iluminado con una luz blanca, el aroma de las especias nos envolvió por un segundo.

Lo miré y tomé sus manos, lo percibí nervioso.

—¿Qué ocurre?

Apreté los labios y cerré los ojos. Las palabras de Meridia hicieron eco en mi mente: "Si dura un día, una semana, un mes o varios años, la vida dirá si acaba o continua".
En aquel momento hablábamos de Valiant, pero se podía aplicar a cualquier momento de mi vida. Y ése era uno de esos momentos.

—Mi regalo de Navidad…—susurré. Me puse de puntillas, llevé una mano a su nuca y lo acerqué a mi boca. Sus manos se aferraron a mi cintura, fue un beso corto, pero suficiente para los dos. Cuando corté el beso nos abrazamos—. Quisiera que me perdonaras…—susurré. Nos separamos y me miró sin entender.

—¿Perdonarte qué?

—Por no haberte contado lo de Aspen…—sentí un nudo en el pecho y el mareo se intensificó. No, necesitaba estar con todos mis sentidos puestos en la tierra. La mano de Maxon me acarició la mejilla.

—America, no pienses en eso… si alguien tiene que pedirte disculpas soy yo, que lo arruinó todo para ambos…

—No. Lo arruinamos los dos —lo miré fijamente—. No quiero que hayan más mentiras, quiero decirte la verdad —parpadeó varias veces y asintió lentamente. Intenté controlar mi respiración—. Yo te quiero. De verdad. Y odiaría verte casado con Kriss, por eso huí del país, para no verte con ella. Pero si por alguna razón… —apreté los ojos—. Si por alguna razón debes hacerlo, yo… yo… le daré la oportunidad a alguien más y continuaré con mi vida. Porque no te esperaré para siempre.

Asintió lentamente y me secó las mejillas. Un cosquilleo extraño subió por mis pantorrillas y por un segundo dejé de sentir el suelo. Pero no era una sensación armoniosa, no la estaba causando Maxon, era algo físico. ¿Qué me ocurría?

Me apoyé en él mientras intentaba volver a sentir el suelo a mis pies.

—Y tienes todo el derecho de rehacer tu vida como te plazca —me susurró chocando su frente con la mía—, pero mientras no me case con Kriss quiero que sepas que no dejaré de luchar por nosotros…

Quería decirle lo de Kriss, me mordía la lengua por soltarle la verdad. Pero eso tenía que hacerlo ella. No yo. Así al menos los tres podríamos buscar una solución a este conflicto.

Suspiré y me apoyé en su hombro cuando perdí el equilibrio.

—¡America! ¿Qué te ocurre?

Intenté levantarme pero el cuerpo comenzaba a pesarme.

—No lo sé…—jadeé.

—Estás demasiado sobre exigida, necesitas descansar —lo sentí tomarme en brazos, apoyé la cabeza en el hueco de su cuello y me concentré en su perfume.

Quise pensar en algo, intenté contar, pero los números los había olvidado. ¿O eran letras? ¿Qué ocurría conmigo?

—Te llevaré a tu habitación y buscaré a Asher para que te vea.

—No…—murmuré sintiendo la lengua adormecida—. Merrrraaa…

No podía pronunciar las letras y lo peor era que mi cabeza estaba despierta, era mi cuerpo el que no reaccionaba.

—Está bien, intentaré encontrar a Mera… Aguanta.

Y se movió por el pasillo, o al menos, eso creí, porque el tiempo y el espacio cada vez me eran más inverosímiles.

Abrí los ojos cuando sentí la colcha de la cama bajo mi espalda. Estaba cubierta con una manta. Maxon se había marchado hacía cinco minutos ¿o más? ¿O menos?
No lo sabía. Recordaba que me había dicho algo, que me preguntaba cosas. Pero no podía asimilarlas. Era como si mi memoria hubiera decidido funcionar a corto plazo.
Me levanté al sentir calor. Necesitaba aire fresco.

Trastabillé hasta el balcón y abrí las puertas para apoyarme en el barandal.
El aire era fresco, lo sabía, pero mi piel no lo sentía. Comencé a asustarme.
Tenía la piel caliente pero el aire no la refrescaba. Y el pánico fue aún más grande cuando llevé las manos a mi cara y no sentí la piel, ni mis dedos.

En menos de un segundo caí al suelo de golpe víctima de mis piernas adormecidas. No sentía los pies, no sentía el suelo.

Intenté gritar, pero mi boca apenas se abría. Mi lengua no reaccionaba.

Debí quedarme en la cama.

¿Qué era esto?

Me arrastre como pude al interior de la habitación, y fue cuando la puerta se abrió.

Aliviada gemí como pude para pedir ayuda, y ahí fue cuando todo se puso peor.
La puerta se cerró, la luz del pasillo desapareció y escuché risas.

—Así que esta es la embajadora…

—Cheng la dejó lista para nosotros.

—¿Solo tenemos que hacerle lo que nos pidió? —preguntó una voz áspera, sabía que aquel sujeto me estaba tocando las piernas, pero al no sentir sus manos no podía asimilar la realidad—. ¿No podemos hacer algo más?

—Coil fue claro al respecto, solo hay que asustarla.

—Lástima.

Alguien me agarró por el cabello, las caras eran borrosas.

—La droga solo te dejará insensible por unos segundos, preciosa —me susurró—. Así que, si no quieres terminar peor, mañana mismo firmarás el acuerdo para las aguas, ¿escuchaste?

Jadeé. ¿Dónde estaba Mera, dónde estaba Maxon? ¿Quiénes eran esos hombres?

—Nun…ca —gemí.

—Linda y con agallas —dijo el otro—. Pero no es la respuesta que buscamos.

Y sin esperármelo sentí un fuerte golpe en el estómago, luego otro en la cara y luego otro más en el abdomen.

Me quedé sin aire y lo peor era que no podía defenderme, ni gritar.

—Te lo preguntaré de nuevo mocosa, ¿firmarás mañana los papeles?

—¡No! —grité con la voz gutural.

—Tú lo pediste.

Volví a caer al suelo antes las patadas y los golpes de un hombre que no medía su fuerza contra mis costillas. Podía no mover mis manos y mis piernas, pero el sabor a sangre y el dolor de los huesos superaban cualquier barrera.

¿Quiénes eran esos hombres? Quería gritar pero mi cuerpo no reaccionaba.

—Una vez más primor…—susurró uno de ellos agarrándome por el pelo, su boca fue a parar directo a mi mejilla, sentí su aliento pútrido, como Cheng—. Te conviene firmar mañana o todos tus amigos pagarán las consecuencias. ¿No quieres eso verdad? ¿O qué tal tu familia? ¿Sabes? ¿Tenemos muchas armas a nuestra disposición que pueden acabar con el lago Lakedon? Hacerlo desaparecer del mapa —gemí cuando puso una mano sobre mi boca—. ¿No? ¿Sí? ¿Qué opinas? ¿Firmarás?

Comencé a llorar, el dolor me estaba matando.

—¿Y si usamos esto? —escuché tras de mí. El que me tenía la boca agarrada sonrió de oreja a oreja.

—Depende de ti, preciosa.

De repente fue como si hubiera recobrado algo del control de mi cuerpo, no pensé en lo que hice, simplemente actué. Le mordí la mano que mantenía mi boca cerrada.

El tipo gritó, mis piernas volvieron a sentir el suelo y comencé a gritar pidiendo ayuda. Entonces sentí un dolor agudo en el muslo derecho.

Me encogí igual que un cachorro. El dolor era agudo, tanto, que cruzó por toda mi espalda hasta mi pecho. Apenas se estaba aliviando cuando volví a sentir un nuevo golpe.

—Detente Burk —dijo el que me tenía agarrada—. ¿Duele, cierto? Bien, si no quieres que tus amados seres queridos pasen por esto, ¡firmarás mañana!

—Coil no tendría piedad de ella Terrence —dijo el otro con la voz contenida de rabia—. Démosle una más para que aprenda.

Gemí suplicando piedad y entonces el golpe volvió a atenazarme el cuerpo.

Los sentí situarse sobre mí. A la escasa luz que provenía de debajo de la puerta y de las luces del jardín pude ver que los dos sujetos eran tan enormes como Cheng.

¿Eran sureños? Pero… No podía ser… ¿nadie los había visto?

—No dirás ni una palabra de esto bonita —susurró el que daba las órdenes, Terrence—. Mañana te presentaras intacta, sin una queja y firmarás el nuevo tratado. O ya sabes qué ocurrirá…

Apenas logré alzar la mirada y ver que el otro hombre, Burk, tenía una vara metálica en sus manos que chorreaba sangre. Mi sangre.

¿Dios, qué me había hecho?

Los hombres desaparecieron por el balcón sin dejar huella. A medida que el efecto de aquella droga o lo que fuera que me habían dado iba desapareciendo, el dolor en mi abdomen se hizo más fuerte y me costó respirar.
Me arrastré como pude hasta el velador donde colgaba el cable del teléfono y tiré de él. El aparato cayó al suelo con el auricular hacia arriba.

Marqué el "5".

Nunca supe quién respondió.
Solo sé lo último que dije antes de desvanecerme y me consumiera la oscuridad:

"Ayuda".

NOTAS

Me gustaría ir parte por parte, pero quiero ver lo que ustedes piensan sobre lo que acaban de leer.
Insisto que Cheng no es el enemigo supremo, pero ese "villano" ya fue mencionado en este capítulo y en el próximo sabrán quién es.

Aunque al lado de Cheng, Clarkson parece una ovejita, ¿no?

A partir de ahora comenzará la historia "política". Es decir, los secretos del país, lo que ocultan sus ciudadanos y cosas así.
A mi entender es lo más entretenido porque los personajes comenzarán a resolver cabos sueltos.
Pero, por supuesto no dejaré de lado el lado romántico, que, como ya vieron, tuvo su cuota de ternura en este capítulo.
America y Maxon están "juntos" por decirlo de alguna manera pero no hay nada tácito que confirme esa unión aún.
Sobre la conversación con Meridia, bueno, la verdad es que aunque pareciera que las relaciones son complicadas, pues no. No lo son. Uno complica todo porque somos demasiado pensantes, especialmente las mujeres.
Nos preocupamos demasiado por todo lo que conlleva una respuesta o un rechazo y nos olvidamos que nuestra felicidad es primero. Ese es el instinto maternal que viene de hace cientos y miles de generaciones.
La verdad es que está historia rema para un solo lado. Como es un fanfiction de La Selección tengo que ordenar su argumento para que la historia con Maxon y America tenga un final feliz. Pero si los personajes fueran otros y el contexto otro, créanme que le habría dado una oportunidad al "otro chico", porque es lo normal en una situación así, aunque no lo parezca, pero es la verdad. Así funcionan las emociones cuando uno las empieza a filtrar y a ordenar. La página se da vuelta, la vida continúa y el final es igualmente feliz.

Pero ya que estamos hablando de Maxon… ¿qué les pareció el regalo de la medalla? Inventé una presidenta para que fuera como un símbolo de poder femenino, de ese modo America podría sentirse identificada.
Y el regalo de ella para Maxon, por supuesto el beso con el "te quiero".

No quiero ponerme a analizar mucho cada escena, porque quiero que eso lo hagan ustedes. ¿Qué sospechan? ¿Qué creen que vaya a pasar?

El próximo capítulo será narrado por Maxon y se enterará de los secretos de su padre. Y sí, cada vez queda menos para que esta historia termine. Pero quiero darle un muy buen final.

En fin, espero que les haya gustado.

Casi 25 páginas… el más largo hasta ahora. Espero que los demás salgan cortitos.

¡Gracias por la espera!

¡Nos leemos la semana que viene!

Y recuerden que ya no se actualiza los lunes.

Kate.-