Saludos, espero se encuentren muy bien en este fin de mes, lectores. Dejo a su consideración este último capítulo dedicado al bibliotecario favorito de muchos, Degel de Acuario. Geminisnocris, amiga, gracias por seguir esta historia, espero que te siga gustando. Pobre Degel, tuvo que aceptar unirse al enemigo para que no fueran tras el librero, y pues ahora debió poner su fuerza al servicio del Tribunal. A ver qué te parece este nuevo capítulo.
Copyright a Shiori Teshiroji y sus torturables personajes. Ya pueden pasar a leer.
28.- 1748, junio 15, Degel, hacia Italia
–Van a trasladarme a Italia–, susurra Degel entre las mantas.
–Entonces hay que aprovechar el tiempo–, sonríe la joven a su lado, mientras entierra los dedos en la mata de cabellos verdes, larguísimos, de su compañero. El francés la mira, los labios llenos de la seriedad de casi siempre, y acaricia sus hombros, sus brazos. Estando ahí, es como si todos estos meses no hubieran acabado: tomarse un descanso del Tribunal, llegar al portón donde hace tanto llamara para comprar tinta y pliegos, hundirse en los labios de Madeleine, en su cabello negro, dormir olvidándose de las mazmorras y despertar para volver a los potros, a las preguntas hechas a gritos, a los patrullajes por callejones donde sería preferible encontrarse con un fantasma… Los días parecen idénticos en esa rutina.
El viejo aprendiz del caballero de Acuario sigue viendo a su amante como el primer día. Hacía poco que era familiar en el Tribunal Subalterno de la Santa Inquisición. El dolor en las articulaciones se había apagado, era menos el recelo en la mirada de los otros celadores, y las autoridades comenzaban a confiarle rondas cada vez más alejadas del edificio gris. Entonces, por primera vez, participó en un interrogatorio.
El proceso era idéntico a los anteriores y a los venideros: había una mazmorra, instrumentos de tortura y autoridades como sombras. Había alguien con dudas en la mente, con el alma sucia de pecados, con la obligación de decir todo a los representantes del único dios verdadero. Ese prisionero era apenas unos cuantos trazos en la penumbra, un nudo de músculos colgando de una argolla, voces que clamaban por benevolencia y por libertad, gritos de inocencia. Degel aferró un látigo. Mientras el francés sentía las fibrillas de aquel instrumento en la palma de su mano derecha, cerrada en un puño en torno al mango, uno de los celadores cubrió el crucifijo para evitarle el dolor de presenciar lo que en su nombre se haría.
El notario, a la luz de una tea, leyó en el acta la fecha, el nombre del procesado, el cargo de judaización; el fiscal comenzó a lanzar preguntas que parecían puñetazos al oído del francés. Quién participa contigo. Los vecinos dicen que guardas el sábado. No comes carne de cerdo. Mientras, el prisionero balbuceaba. No, no es cierto, por favor, no, quién les dijo eso, no es cierto, están mintiendo, esas gentes me odian, son mis enemigos, no les crean, repitió ante cada pregunta. En ningún momento el escribano dejó de registrar sus palabras. Lamentaciones vanas, pensó Degel, el látigo entre sus manos, convirtiéndose en un brazo más, uno sin articulaciones.
El antiguo aspirante a caballero dorado, de pronto, se descubrió deseando que aquella basura guardara silencio. Estoy harto, susurró, ya no quiero oírlo. El fiscal le ordenó proceder y el francés no dudó. El látigo hirió el cuerpo de aquel reo mientras el nuevo familiar se imaginaba devolviendo su propia sesión de tortura a quienes antes giraran los engranes del potro.
–¡Basta!
El golpe de voz del fiscal lo detuvo. El prisionero colgaba de los grilletes pidiendo piedad, sosteniendo que su devoción se mantenía fiel a Jesús, que si antes se rindió a la fe de Moisés fue por ignorancia. Apenas consciente, escuchó decir al escribano que reanudarían más tarde el interrogatorio.
–Retírale el velo, Degel–, ordenó uno de los celadores.
El francés soltó el látigo, caminó hacia el fondo, tomó la traslúcida tela gris y descubrió el crucifijo. Después, a solas en el dormitorio común, la noche en las ventilas, escribió en un pliego que entregaría a las llamas del hogar de la posada cercana. Al terminar leyó, acercando sus confidencias aún más al quinqué:
"No hubiera sido capaz de creerlo, no antes, en el Santuario. ¿Dónde está la sinceridad de estos hombres, dónde el espíritu puro que presumen poner a los pies de su dios? Un caballero dorado preferiría suicidarse antes que entregarle un cosmos podrido a Athena, estoy seguro. Y ese prisionero. Y yo mismo. ¿Qué les hace este lugar a los hombres? Los convierte en ratas, cunde sus espíritus de la suciedad más espantosa, si es que en serio poseemos un espíritu. Quizá sea el aire de estos rincones, el polvo de las mazmorras. Pero no importa; ya no hay remedio, no para mí. De mi mano ha nacido la muerte como antes naciera la protección y el cosmos helado de los caballeros de Acuario. Y en este punto la bruma cubre el camino de retorno; ¿cómo volver, siquiera, con ese buen librero sin culpa en mi frente? Soy tan odioso a otros como lo fueran para mí esos tripulantes del Nuevo Mundo".
Por un instante, Degel pensó en quemar ahí mismo ese papel; sin embargo se lo guardó en un bolsillo oculto del pantalón y salió, luego de cubrirse con un sobretodo, como poco antes hiciera el resto de los familiares. En la posada más próxima quemaría su escrito para luego cenar y beber un vaso de vino.
La luna brillaba en los adoquines y el aire, fresco, dibujaba un leve vaho sobre los labios del joven francés, delatando su respiración agitada. En la callejuela de puertas cerradas, al fondo, distinguió un rectángulo amarillo. Se acercó con un andar pesado, entró. Dos familiares lo saludaron desde la mesa del fondo y él apenas respondió. Fue a acodarse en la mesa más cercana al fuego.
–Sopa y carne–, pidió a una mujer que se acercó limpiándose las manos en una falda amplia, sucia. –También vino.
La mujer se retiró. Degel, fingiendo calentarse las manos, arrojó el papel al hogar y lo vio hacerse negro. Nadie conocería sus palabras; nadie, sólo las llamas, y el crujir era su único idioma. Su pensamiento estaba a salvo.
Regresó la mujer con una charola. Un par de platos un vaso lleno de la suciedad de otras manos. El francés probó apenas la comida, el vino lo apuró de un par de sorbos y pidió más, sí la jarra completa, mientras seguía escuchando los gritos del interrogatorio.
–Fui yo… el látigo… el hombre… un delito que quizá todos en la sala ignoraban… sobre todo él.
Con la espalda de ese prisionero se enredaron sus recuerdos, aquellos dos días atado al potro, vuelto de espaldas y casi de pie el segundo, soportando los golpes de una fusta en los glúteos. Varias preguntas se confundieron también con esas escenas: ¿su verdugo habría sentido lo mismo que él pese a su desprecio por los demás, habría pensado en su mano como una proveedora de muerte, seca de cualquier esperanza, de la más pequeña gota de piedad? El discípulo de Krest no supo qué responder. En todo caso no debería importarme, dijo mientras el líquido oscuro se deslizaba, dulce, a lo largo de su garganta, mientras veía cómo una mesera de cabellos negrísimos y profundo escote recorría la posada llenando vasos y limpiando.
Un deseo caliente comenzó a abultarse entre las piernas del nuevo familiar del Tribunal Subalterno en Francia. Quiso el cuerpo de la mesera junto a él, desnudo de toda esa ropa, de esas amplias faldas polvosas; quiso averiguar si su mano era también capaz de avivar a un otro, si en él no nada más vivía el emisario de una muerte dolorosísima.
Después, lleno de alcohol hasta más allá de su resistencia, se levantó y, tambaleante, fue hacia donde la mesera aguardaba por una botella y tres vasos y sin decir nada, la empujó hasta una puerta entornada, hasta una habitación en la que dos o tres barricas liberaban un dejo a uva.
–Señor…
Los dos terminaron en el muro del fondo, la muchacha de cara al yeso sin pintar, presa entre la pared y Degel, suspirando bajo el toque de esos dedos que desabrocharon su corpiño y deslizaron el amplio escote de su blusa hacia su torso, hasta descubrir sus hombros y dejar sus senos desnudos, expuestos a la mano de ese cliente, quien nunca había acudido a esa taberna y ahora, con manos diestras, buscaba entre los pliegues de una falda el camino hacia los muslos de una joven, hacia la tibia humedad de su entrepierna.
–Ssshhhttt…
El pedido de silencio no fue necesario, pues la mesera, cómplice, saboreando una primera mano que se metió dentro de su ropa interior y la penetró a dos dedos, así como una segunda, que dibujó círculos en su seno izquierdo, empezó a hundir su propia palma entre los cabellos verdes de ese hombre con el aliento cundido de alcohol.
Después, cuando sus suspiros se hicieron más hondos, más largos, se volvió para quedar frente al parroquiano. Observó sus ojos color púrpura, su palidez incapaz de disimular esa sombra en sus sienes, y sonriendo, deslizó una mano en el pantalón del joven para descubrir sus caderas desnudas bajo esa tela tosca.
–Ámame, librero… Carcelero…
Degel pareció no escuchar; con una rodilla se abrió paso entre las piernas de la mesera mientras deslizaba la lengua a lo largo de su cuello, sudoroso después de varias horas de servir bebidas, de pasar lienzos cuya tarea era retirar el polvo de las mesas antes de la llegada de un nuevo cliente.
Y aunque la puerta se encontraba entornada, nadie los interrumpió. El más reciente familiar del Tribunal mordió un pecho femenino y la joven acarició una espalda firme sin sobresaltos. Afuera otras mujeres acarreaban charolas y botellas y hombres distintos bebían el contenido de un vaso para olvidar que en las calles infinidad de sombras anónimas, enormes, tenían autoridad para llevarlos a un interrogatorio y preguntarles si comían cerdo, si guardaban la ley del Antiguo Testamento, qué era lo último que habían leído, en dónde lo habían comprado y si en ese local notaron movimientos sospechosos. El mundo transcurría, giraba el tiempo, ajenos ambos a la pareja oculta en la bodega de vinos, al joven que se inclinó delante de la mesera y que, sin importarle terminar cubierto por un encaje casi deshilachado a fuerza de jabonar, tallar y enjuagar, se deshizo de una estorbosa ropa interior, hundió el rostro entre esos muslos morenos y probó lo cálido de un rincón que parecía contener, completa, la vida futura y pasada.
La joven volvió a suspirar y se mordió los labios, aferrando con ambas manos la cabeza de Degel. No quería que se separara de ella, tampoco que se detuviera. Quería seguir sintiendo el vaivén húmedo de esa lengua entre las piernas, el cosquilleo sutil en un principio, después violento, cada vez más, cosquilleo que le entrecortaba la respiración.
En un momento, el antiguo discípulo de Krest se liberó de los débiles dedos de la mesera y, ya erguido, se desató la camisa casi con desesperación mientras sus pantalones quedaban en desorden alrededor de sus tobillos. Después besó a su compañera explorando con la lengua su paladar, como antes lo hiciera con su entrepierna. Carcelero, le gritó su mente, repitiendo una de las palabras de la joven. Me dijo carcelero, pensó el francés, una sonrisa, y mordió el labio inferior de la muchacha como si de un castigo se tratara.
La mesera respondió mordiéndolo a su vez, rodeando con sus piernas esas caderas tan fuertes, las de alguien que renunciara a una armadura, y diciéndole, sin intenciones de irse, que debía volver al trabajo o la despedirían. Degel ignoró esas palabras y le alzó la falda, siguió besándola, aprisionando su cuerpo contra la pared.
Luego, viendo los ojos cerrados de la joven y su boca entreabierta y ansiosa, teniendo sus muñecas en alto, inmovilizadas entre sus manos, a la manera de unos grilletes, otra de las palabras de ella lo hizo detenerse. Librero. Ámame, librero, había pedido. Entonces me conoce, entonces sabe, pensó Degel, curado de embriaguez, liberándola, acomodándose la ropa. Debí tener cuidado, se dijo y salió de prisa de la posada, sin pagar. Y mientras un hombre hizo el amago de seguirlo con los puños apretados, la mesera se quedó en la bodega, con el sabor de ese familiar todavía en los labios y la tibieza de su tacto en el cuerpo, a punto de extinguirse pero prolongada por sus propias manos, que se deslizaron sobre su pecho siguiendo la ruta que trazaran los dedos de Degel.
Pronto, los interrogatorios comenzaron a borrar las palabras de la mesera, su propio rostro. Fue una de tantas, pero al término de algunas semanas volvió. Junto a un pequeño grupo de familiares, el francés recorrió la zona donde su antiguo benefactor lo enviara a comprar tinta y papel. Se llamó a más de una puerta, las preguntas de siempre comenzaron a pronunciarse frente a oídos asustados. A Degel correspondió llamar al portón donde tocara hace tiempo, inmerso en la soledad de la calle y en el anonimato que el sobretodo le confería. La mesera abrió. No, aquí no conocemos a ningún impresor, a veces venían los notarios por materiales, pero ya no tenemos, sí nada más, pueden pasar a revisar en cuanto así lo dispongan, señores.
–Librero, adelante–, le franqueó la muchacha la puerta.
Entonces era por eso. Después, al anochecer, cuando muchos salieron a tabernas y a algún prostíbulo, Degel volvió a ser el empleado del señor Bernard. Tocó apenas en el roble, una sombra le abrió, y la oscuridad volvió a cubrirlo todo.
Dentro de la casona, en la habitación del fondo, el joven volvió a trazar rutas de saliva en el cuerpo de aquella mesera, Madeleine.
–¿Siguen vendiendo tinta?
–Mi padre murió, desde entonces trabajo.
–Lo siento… ¿Y…?
–¿El señor Jacques? Hace tiempo que no lo veo. Estuvo buscando a su aprendiz, vino a preguntarnos. Nadie supo decirle nada.
Degel aguantó la respiración. Temió lo peor.
–Nunca pudo encontrarte.
El francés la miró. Cómo sabes quién soy, le preguntó con los ojos. La mesera, adivinándolo, le dijo que era ella quien a veces le alcanzaba los pliegos y la tinta a través de la rendija.
–Espero que se encuentre bien…
Para honrarlo, a él y a su maestro en el Santuario, Degel decidió que le llevaría a Madeleine algunos de los libros prohibidos que encontrara. Los más breves, para poder ocultarlos. Quizás uno voluminoso obtenido durante un cateo en solitario. Los leerían durante sus encuentros. Como ahora.
–¿Trajiste algo nuevo?–, pregunta ella interrumpiendo sus caricias. Degel sonríe pero niega. –Lástima.
–Podríamos ver otra vez lo de hace días.
Madeleine saca del cajón más pequeño de la cómoda un par de páginas dobladas a la mitad y se las extiende a Degel. Se trata de un escrito más del filósofo Voltaire. El familiar tropezó con él en una imprenta, durante una de tantas rondas de rutina, cuando estaban a punto de reproducirlo. Me llevaré esto, si lo ve el Tribunal te echarán en prisión y cerrarán este lugar, le dijo a un muchacho, seguramente el aprendiz, pues se quedó en silencio, con la palidez y la inmovilidad de quien no sabe cómo actuar frente a un acontecimiento inesperado.
Esa misma noche el francés le dio a guardar el escrito a Madeleine. Ella lo puso en su cajón después de leerlo.
–Es un muy buen ejemplo, sitúa en un tiempo más actual lo que pasó con ella. Hypatia…
–Demasiado comprometedor, ¿un santo de la Iglesia azuzando al populacho para ejecutar a alguien?, ¿una mujer enseñando? Por favor, si ni siquiera saben pensar–, bromeó él. La joven lo tumbó sobre el camastro, lo aprisionó entre sus piernas, aferró sus manos, colocadas a cada lado de la cabeza, y le susurró al oído:
–Mejor debería poner en práctica la otra parte, monsieur familiar: "que cuando se ponen desnudas a las damas hermosas no es para asesinarlas".
Degel torció la boca en una sonrisa burlona, el roce de aquellos senos sobre su pecho.
–¿Y quién te ha engañado diciéndote que eres una dama hermosa?
Los dos rieron, el francés se liberó del agarre de ella, la obligó a recostarse y le acarició el rostro, cansado luego de dos turnos limpiando y sirviendo vino. Madeleine lo besó. Degel volvió a hundir los dedos y después la lengua en su entrepierna, igual que cuando se conocieron. Igual que ahora.
–No te vayas–, pide la joven entre jadeos.
–No quiero.
–Salva libros, hazlo por mí, pensaré que vendrás a traérmelos…
–Se lo prometo, mademoiselle Hypatia–, susurra Degel mientras la abraza, mordisquea su cuello y bebe su respiración agitada. Dentro de poco partirá, y no como hace unos días, cuando lo enviaron a buscar traficantes a Grecia, o como cuando fue a las islas Británicas y volvió con un aria en la cabeza, aria que Madeleine le pidió cantar en susurros, para después transcribirla en un italiano lleno de faltas de ortografía y repetirla hasta aprendérsela, con los ojos anegados en lágrimas, tal como ocurría con Almirena, el personaje de la ópera a la cual pertenecía esa aria, una mujer cautiva quien, a través del llanto, suspiraba por su libertad perdida. No. Esta vez Degel no volverá.
…Continúa…
