El lobo y el cordero

Por: Kida Luna

Capítulo XXVII

De pie

Los pelillos de pasto que se levantaban hacia el sol, débilmente, fueron encorvados más; el peso de las gotas que resbalaban sobre ellos, recorriendo sus venas vegetativas hasta tocar la tierra suavemente.

Una tras otra.

Viniendo todas de la misma fuente…

-"¿Hayate?"

La expresión en Carim se convirtió en una de suma preocupación mientras contemplaba los ojos azules, ausentes; pegados a la hierba que no paraba de recibir sus lágrimas lentas y escurridizas.

Hayate no dijo nada. Como si estuviese en un trance muy profundo, en una quimérica situación que pronto desaparecería para dar paso a la realidad.

Ésa donde ella corría y Rein le gritaba desde el cielo que habían hallado su comida, la emoción abandonando el pico amarillo pálido para alcanzar sus orejuelas blancas.

"-Debiste verte allá afuera, ¡tenías una cara de espanto!"

"-Están vigilando. El otro día casi me topo con una bandada de buitres, ¿sabes lo grande que es un buitre comparado conmigo?"

"-¡Claro! ¡Ningún halcónzucho feo me va asustar!"

"-¡Hayate! ¡No te burles de mí!"

"-Está bien… Está bien, Hayate, porque yo estoy aquí."

"-¿Y yo soy diferente también? ¿A mí igual vas a decirme todas esas cosas que te dicen aquí? Hayate, no los dejes hacerte esto…"

La boca del licaón se separó, pronunciando en un llamado mudo el nombre de la única amiga que había permanecido a su lado desde que fuese tan sólo un cachorro.

Más gotas cayeron sobre la verde pradera, con el cuerpo moteado empezándole a temblar. ¿Cómo pudo ser tan estúpida?

Quejándose porque estarían distanciadas una de la otra, en vez de tener en cuenta todas las veces que Rein se llegó a exponer por su culpa. ¿Y cuántas veces había ella arriesgado el pellejo por su amiga gaviota?

Ninguna.

No desde que pisase Colmillo Brillante…

-"Hayate –gimió Carim, observando los párpados oscuros cerrarse con pesar-, basta, deja de llorar…" –suplicó.

La aludida entreabrió los ojos, con la respiración bloqueándose cada vez más conforme su estado empeoraba. La cabeza sembrándole una jaqueca que más tarde lamentaría.

Y el corazón, achicharrándose cual papel frágil al ardor de una fogata.

-"¡Lo siento tanto!" –chilló, ahogando un sollozo mientras sus orejas caían por completo.

"-No, Hayate. Yo lo siento más…"

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-"¡Agito!"

Las patas rosáceas rodearon con rapidez el pantano hasta alcanzar el otro lado, cambiando luego a un trote más calmado pero con la misma expresión afectada en su cara. Se detuvo enfrente de su compañera.

El halcón pigmeo permanecía desmayado, a pesar de que la faz tranquila hacía pensar que dormía una siesta.

Signum agachó el cuello dispuesta a recogerla con su boca, hasta que un latigazo fuerte la hizo alejar el hocico con un chillido de sorpresa.

-"¡Es mi colega de cazas! –exclamó, tratando de acercarse de nuevo, solamente para volver a sentir tres latigazos rozarle el cuello-. ¡Basta!"

Un rugido feroz emergió desde su diafragma. Sin embargo, aquello no intimidó en absoluto a los tres dragones de Komodo que rodeaban al cernícalo inconsciente; cada delgada cola escamada, lista y atenta para asestarle un golpe preciso a la ojiazul de ser necesario.

Muy por el contrario, el comportamiento hosco de la felina tan sólo había provocado que uno de ellos se pusiese en dos patas; mostrando así la altura superior y el buen peso con el que su cuerpo verdoso estaba proporcionado.

-"No me importa si es su camarada o no –siseó, los ojos negros, con las irises apenas visibles, fríos como el acero-. Esta criatura acaba de romper con el código de Colmillo al interponerse en la captura de la intrusa; por ello, debe ser castigada."

-"A menos que quieras compartir su destino, claro está" –agregó otro antes de sujetar con sus colmillos al cernícalo por el cuello, cual si fuese un simple muñeco de trapo.

Signum quiso gritarle que apartara sus mandíbulas sucias del cuerpo de su amiga, mas se contuvo en el último momento. Estaba totalmente consciente que las sanciones por algo así no serían para nada flexibles, mucho menos cuando ella misma era de una especie fuerte y resistente.

Apretó los dientes con fuerza.

Lo último que faltaba para sumar a la lista de atrocidades, era que ahora ambas fuesen enviadas a cumplir una sentencia por demás pesada. Y no estaba muy segura que con el estado de Hayate, y las recientes dudas atemorizando la cabeza de Fate, aquello fuese lo mejor…

-"Entonces quítate del camino y vuelve a tus clases" –concluyó el tercer dragón.

La leona les siguió con la mirada, tragándose las palabras y haciéndose a un lado. Vio a Agito ser cargada como costal mientras los tres varanos reptaban de vuelta al colegio.

Del otro lado de la ciénaga, los cocodrilos lanzaban mordidas al aire, cerca de las orillas del agua; ahuyentando así a los alumnos que quedaban e incitándoles a regresar a sus deberes.

Por último, sus orbes cerúleos observaron al dingo dorado guiar a una Hayate perdida de regreso a Colmillo. Antes de que pudiese seguirlas también, se topó con los ópalos borgoñas de Fate, que la veía cual lobato asustado.

La cánida suspiró pesarosamente y agachó la cabeza al tiempo que empezaba su marcha.

Signum no necesitaba pensárselo mucho para tener una idea clara del tipo de cosas que estaban pasando por la cabeza de la lupina. Mucho menos, cuando ella ya conocía de primera mano las consecuencias de mezclar territorios.

Porque, a la postre, en ese mundo solamente existían dos clases de criaturas:

El depredador y la presa.

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Cuanto más crece uno, más real e injusto suele parecer el mundo alrededor. Aquello que solía brillar del otro lado la ventana, los campos dorados de trigo, rebosantes de mariposas y sueños…

"No es verdad."

Cambian.

Sucede lentamente. Los rayos del sol son consumidos por las nubes, apenas y es posible darse cuenta. El viento sopla cada vez más. Todo está bien, la frescura es maravillosa y los sembrados de oro están intactos.

Así que uno se deja vencer por el cansancio. Los ojos se cierran y la cabeza descansa sobre los brazos, encima del alféizar.

El miedo no existe.

"El miedo sí existe."

Y entonces… despiertas. No sabes cuánto tiempo ha pasado, no sabes qué ha pasado, no sabes dónde están los demás y por qué nadie puede ver lo que tú ahora estás viendo.

Las nubes se vuelven cenizas, deshaciéndose en polvo mientras el firmamento se pinta de rojo; los sembradíos, que tan preciosos resultaron en un principio, ahora son sólo plantas marchitas, oscuras, iluminadas por las llamas que arrasan velozmente el campo.

"Detente. Detente, por favor…"

Estupidez. La primera reacción siempre es la misma, la sensación de que todo puede cambiar y se "debe" cambiar ataca todos los nervios del sistema. Empieza cuando el humo sofoca la garganta; las paredes de la casa desde donde se disfrutaba el paisaje, se encogen cada vez más.

Las contraventanas se azotan furiosamente. El viento ya no es fresco.

"Frío. Muy frío…"

Algo se rompe. Las cosas que se rompen fueron hechas para romperse; sin embargo, como la mente es joven, le dice al cuerpo que no hay nada que no pueda ser reparado. Le engaña.

"Y tú le crees."

En el momento en que el fuego toca la piel, el corazón aprende. Por primera vez, la alegría mundana se transforma en un sentimiento que descuartiza las venas, hierve la sangre y ennegrece los ojos; no se sabe qué hacer. No sé sabe por qué el trigo muere y por qué los pies allá afuera ahora parecen querer hacerse trizas.

Respirar se vuelve imposible. La idea de que un pulmón se ha salido de su lugar y se ha atorado en la garganta provoca pánico; la voz que nunca se había alzado, se torna alta y ronca. Se desfigura en un alarido que dentro de poco, en ése y muchos campos dorados venideros, será seguido de muchos más –en el momento no lo sabes, pero más adelante volverás a vivirlo-.

Y cae el cuerpo, después la mente, luego el alma y los sueños y las mariposas ya arden también entre las lenguas de fuego.

Se levanta el corazón y se huye con pavor. Se cree que está intacto, mas no es así. Una nueva emoción ha nacido, una que ahora te perseguirá por toda la eternidad.

"Se llama Dolor."

Porque cuanto más crece uno, más real e injusto suele parecer el mundo alrededor…

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-"¿Fate-san?"

La aludida no se molestó en alzar la cabeza, sentada en la cama de su habitación donde estaba y con el cuerpo totalmente drenado de energías. Pasó una mano por sus mechones dorados y sonrió.

Sonrió un poco solamente.

-"¿Qué pasa, Tía?"

La tigrilla, que asomaba la cabeza por la puerta entreabierta, guardó silencio por unos segundos; se dedicó a contemplar cómo las pupilas borgoñas se mantenían pegadas al suelo.

Como si miles de cosas pasaran por la cabeza de la rubia, y a la vez, ninguna.

Teana empujó con su cuerpo el tablón de madera y entró al cuarto. Caminó hasta quedar frente a frente con Fate, cuyos ojos se debatían entre congelarse o permitir a la humedad por fin salir.

En cuanto el hocico suave tocó los dedos de la más grande, ésta cerró los párpados y se llevó las manos a la cara. Suspiró, negando con la cabeza mientras su sonrisa vacilaba cada vez más, hasta perderse en el mar de confusión que era ella misma.

-"Vi lo que sucedió allá afuera –habló con cuidado, sus bigotes blancos pudiendo sentir el estremecimiento que recorrió el cuerpo de la rubia-. Fate-san, ¿por qué trata de ocultar el dolor que siente?"

-"No lo sé… ¿Por qué el dolor insiste en quedarse conmigo?"

Las pupilas borgoñas se dejaron ver, repletas de una inseguridad que casi consigue contagiar a la felina rayada. Mas Tía se mantuvo en su lugar, apoyando la cabeza sobre el regazo de la lupina y mirándole desde abajo con sus gentiles ojos azules.

-"¿Está pensando en Nanoha, cierto?"

-"Sé que debería estar apoyando a Hayate –murmuró, cual si en cualquier momento la voz se le fuese a escapar-, pero no puedo evitar pensar en ella. Luego de todo lo que ha pasado aquí… Si algo llegase a ocurrirle, jamás me lo perdonaría."

Las manos acariciaron la cabeza redonda y anaranjada, en una mímica de distracción mientras la dueña intentaba poner en orden sus pensamientos; las caras de Rein, Precia, Linith o Alicia –aún cuando sólo pudiese imaginarse las últimas tres- parpadearon ante ella como advertencias funestas.

Pronto, Tía pudo sentir el agarre en sus orejas intensificarse. La rubia en la cama se encorvó hacia delante todavía más y sus largos cabellos dorados cayeron al frente, rozando sus hombros.

Un suspiro ahogado salió de su boca.

-"¿Qué debería hacer…? –gimió en pena-. ¿Qué es lo mejor para Nanoha?"

-"¿Qué le dice el corazón, Fate-san? –movió los labios, los dedos largos ahora afianzados a sus mejillas níveas-. ¿No le susurra que es en estos momentos, cuando todo parece querer hundirla, justo cuando debe luchar más?"

-"Sí quiero –respondió con tono trémulo, haciendo contacto visual con el tigre-. Por supuesto que quiero, Nanoha es todo lo que alguna vez pude haber deseado en esta vida; no obstante, la idea de perderla… Que lo que pasó con las hienas o con Signum se vuelva a repetir y acabe mal esta vez…"

Fate se mordió los labios.

La tigrilla, entonces, dirigió la mirada a los mosaicos blancos. Los recuerdos de la noche en que ella y Subaru hubiesen intercedido por la lobezna ante su guardiana, regresaron.

Así como el rostro sucio, empapado y angustiado de la lupina; el cuerpo hecho un manojo de temblores, con el pelaje enredado y las patas llenas de lodo.

Muerta de miedo.

-"Tal vez –interrumpió la pausa de Lanster-, lo mejor sería disminuir cualquier contacto con Colmillo; no sé, evitar que se acerque acá."

-"¿Alejarla de ti?" –inquirió, retornando la vista a ella.

-"No –negó suavemente-. En realidad, me refería al resto, Tía. Entre menos se involucre con los demás, mejor."

-"Fate-san, eso es muy injusto –sonrió condescendientemente, sentándose y apartándose de las manos que le acariciaban-. ¿No crees que tus amigas se preocuparían? ¿Hayate, Arf? ¿Acaso ya has pensado en lo que sentirían Erio y Caro?"

La rubia parpadeó, azorada. Por unos momentos no entendió qué es lo que la félida quiso decir; si bien no había problemas entre todas ellas, estando juntas, por qué debería de haberlos al no estarlo.

-"Tienes una familia aquí, y tú quieres enfrentar las cosas sola –explicó el gato rayado-. Puede que represente un peligro para Nanoha venir a vernos, o siquiera el estar cerca de nosotras; pero no estás pensando en que eso también podría ser una ventaja más adelante."

Fate abrió la boca, mas al no hallar nada qué decir volvió a cerrarla. Tenía que meditar muy bien sobre lo que haría a partir de ahora, antes de que el asunto se tornase más peligroso; entonces, ya no habría marcha atrás.

Lo que le sucedió a Rein, podía acabar sucediéndole al cordero también. Estaban jugando a las escondidillas, y ella misma sabía perfectamente que hasta todo juego tenía un final.

Le gustase o no el resultado.

-"El otro día Erio y Caro me contaron que por fin conocieron a la persona que hace tan feliz a su guardiana –revoloteó las orejas, atrayendo la atención de la ojirubí-. Dijeron que, era maravilloso ver a Fate-san sonreír tanto, y que era todavía mucho mejor porque al parecer ambos le habían caído bien a Nanoha-san."

-"Tiene un corazón amable y una sonrisa sincera –sus labios se curvearon, los ojos borgoñas abandonando los malos sentimientos por un instante-. A veces, al despertar, no puedo terminar de creerme lo lejos que hemos llegado."

-"Ninguna de nosotras, igual –maulló, haciendo que su cola se enroscase y desenroscase-. Sé que ahora la situación no es favorable, pero, ¿no se ha preguntado usted por qué Signum-san aún se mantiene en contacto con Shamal-san?"

La rubia la miró como si una pequeña esperanza se hubiese encendido en su pecho. Teana tenía un buen punto ahí. Si relacionarse con criaturas del otro lado era tan delicado, si su amiga –que tan apegada a las reglas en Colmillo era- continuaba aquella amistad con la pastora… entonces…

¿…había alguna posibilidad…?

-"No estoy diciendo que deban verse sin tomar precauciones, o apartar a una de los amigos y familia de la otra; tarde o temprano, Fate-san, si en verdad quieren seguir juntas, tendrán que compartir su vida y todo lo que hay en ella –en este punto, el tigre colocó una ancha pata blanca sobre la mano de la estudiante-. Sé que no soy quien para decir esto, sin embargo, ¿no cree que es cruel presentarle a alguien tan importante a Caro y Erio, y después pedirles que guarden distancia de esa persona?"

-"Les prometí que seríamos una familia" –comentó, sonriendo con cierta melancolía y nostalgia.

-"En ese caso, no dude en ofrecerles lo que ellos jamás tuvieron. Después de todo, son sus protegidos."

Los ojos azules le miraron con gentileza, a lo que Fate no pudo más que levantarse y arrodillarse enfrente de la felina, dándole las gracias mientras le abrazaba. Tía simplemente dejó caer sus bigotes transparentes y sus orejuelas redondeadas, los párpados naranjas cubriendo sus pupilas.

Había hecho lo que había hecho no sólo por su amiga o por los pequeños zorritos. Ella, mejor que nadie, conocía de antemano que muchos no tenían la fortuna de crecer en el calor de un hogar.

No todos eran acogidos por sus padres o conseguían siquiera retenerlos con ellos.

Al fin y al cabo, Colmillo Brillante era un lugar donde todo lo que se movía podía convertirse en comida. No importaban las grandes cantidades de herbívoros que eran capturados –fuesen de Casco o del sitio más allá de las vallas- y puestos en libertad allí; la competencia siempre se mantenía latente.

El instinto de supervivencia, era la máxima para cualquier carnívoro.

Y era el mismo, también, que había acabado por afectar gravemente a su mejor amiga. La regla de oro que destruyó en gran parte: La confianza de Subaru Nakajima.

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-"¿Signum?"

La pelirrosa sonrió apenas, palpando con simpatía la cabeza morada de la pantera que había corrido a verla. Se encontraban enfrente de la habitación que compartían Hayate y Fate, esta última adentro, junto a Tía; ellas, en cambio, permanecían en el pasillo.

-"¿Agito…?"

Subaru se cortó a sí misma, no estando segura de si era correcto hacer la pregunta tan directamente. Así que guardó silencio, esperando una respuesta que pudiese calmar su agitada curiosidad.

Vio a Signum cerrar los ojos y suspirar, como si estuviese tratando de aligerar una carga por demás pesada. A pesar de que su guardiana era muy buena ocultando sus sentimientos, ella pudo reconocer el olor a inseguridad.

-"Todo va a estar bien –el gato oscuro habló de inmediato, con ánimos, cual era su costumbre-. Ella es muy fuerte, sólo tienes que ver lo bien que pelea para darte cuenta y…"

-"No volará."

-"¿Eh?"

Las pupilas esmeraldas parpadearon varias veces. La mano que le tocaba la frente se separó al fin, por lo que la pantera lanzó un chillido y mordió los dedos levemente para hacerse notar.

-"¿Qué quieres decir con que no volará? ¿Qué le han hecho?" –inquirió después de soltarle.

-"Dijeron que les habían ordenado enjaularla unas horas. También mencionaron que no podían permitir que se repitiese lo de hoy."

-"¡Pero…!" –apretó los dientes.

Subaru saltó para apoyar las patas delanteras en el pecho de Signum, quien solamente negó con la cabeza para luego sonreírle con tristeza. No había ya nada qué hacer.

Las reglas estaban para ser obedecidas.

Suavemente, sujetó los cuartos que se apoyaban en ella, para dejar a la felina de vuelta en el suelo.

-"Agito es un ave, muy por encima de todas las demás cosas. Así que lo único que harán será quitarle esa sensación de libertad, de esa manera rendirá su castigo –la ojiazul contuvo otro suspiro, si tan sólo hubiera sido más precavida…-. Van a cortarle las alas."

Un golpe sonó contra las losas blancas. De inmediato, los ojos verdes de la pantera miraron desde los zapatos negros que se habían quedado tiesos, hasta el rostro impresionado de Hayate Yagami.

La guardiana volteó a verla, entonces, preocupada al notar la vista afectada de la castaña.

-"¿Yagami?"

-"¿Agito…? –sintió calor en la garganta-. ¿Es cierto, Signum? ¿Es cierto lo que acabas de decir?"

La aludida desvió la mirada al piso. Ante ese gesto, Hayate se llevó las manos al rostro e inhaló y exhaló varias veces, tratando de controlar las ganas de llorar que le venían desde hace rato. Tenía que ser fuerte.

Ella lo había provocado todo. Lo último que podía hacer en esos momentos era lamentarse, al menos no frente al resto de sus amigas.

-"No es tu culpa –susurró Carim, que había permanecido a su lado y ahora se arrepentía por haber elegido esa dirección-. ¿Cómo ibas tú a saberlo? Vamos, mírame, no tienes por qué estar triste."

-"¿Que no lo sabía? –respondió en ironía mientras la rubia descubría su cara-. Signum me lo dijo repetidas veces y jamás hice caso. Sí es mi culpa, ¡sólo mía! –apretó los puños-. Si me hubiera quedado en casa…"

-"¡Basta! –la voz de la rubia hizo eco en el pasillo-. ¡Deja de decir esas cosas! ¿Es que acaso no lo entiendes?"

Las tres se quedaron sorprendidas ante los gritos. Los nudillos de la africana rápidamente fueron cubiertos por las manos gentiles de Carim, que las guiaba hasta su cara, en una suave caricia.

Gracia lanzó un suspiro bajo. Luego, abrió los párpados para enfocar sus ojos lavanda en los azules de Hayate, que de repente se sintió culpable.

Yagami se mordió los labios.

Todas sus palabras y gestos de reproche no hacían sino lastimar a la joven que se había quedado con ella en esa detestable celda; aguantando el frío, la humedad e incomodidad a su lado. Desechando los lujos con los que probablemente siempre había nacido.

Una sonrisa avergonzada trazó los labios de la castaña, que abrió sus puños para acunar el rostro de la damisela pura al frente suyo. Las yemas de sus dedos se deslizaron con cuidado por sus pómulos mientras un 'lo siento' era murmurado de sus labios.

Después, sin abandonar la tersa piel de la rubia, Hayate volteó a ver a Signum con una mirada firme. Seria.

Una que decía que a pesar de que todo estuviera yéndose al peor basurero del mundo, ella no permitiría que fuesen arrastradas también.

No se lo merecían.

La culpa era de Hayate Yagami. Y Hayate Yagami lidiaba con sus propios problemas, tal y como la vida le había enseñado desde chica.

-"Yo me haré cargo de Agito –sus manos se alejaron de la faz de Carim mientras ella hablaba fuerte y claro, provocando confusión en Subaru e infundiendo cierto respeto en su guardiana-. Yo cazaré por ambas, yo velaré por su bienestar, yo estaré a su lado. Cualquier cosa que le haga falta, prometo que voy a recuperarla."

-"¿Te das cuenta de lo que dices, Yagami? Agito no es, ni por cerca, igual a Rein. Es un halcón. Los halcones son independientes, su orgullo es tan grande o más que el mío. Y en este punto, creo que sabes perfectamente a qué me refiero."

Hayate asintió.

Por supuesto que lo sabía, no por nada Agito y Signum hacían una buena pareja; el coraje y la bravura se olfateaban a distancia, ni mencionar siquiera el porte magnífico que ambas manifestaban.

Lo más grave del asunto seguramente sería reponer esa actitud segura. Después de todo, los ánimos del alcotán se verían gravemente afectados al estar atado a la tierra; aún si no lo demostrase, la castaña estaba totalmente segura que la compañera de la pelirrosa sufriría por dentro.

Sería difícil. Pero Hayate haría cuanto estuviera a su alcance para protegerla, y tal vez, devolverla a los cielos algún día.

-"Confía en mí –la joven licaón cerró los ojos-. He aprendido de mis errores, Signum, y sé que jamás querré volver a cometerlos."

"Jamás querré volver a perder a alguien, otra vez…"

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Las clases transcurrieron su curso normal, cual si la Gran Carrera Relámpago ni la muerte de Rein o la pena de Agito se hubiesen suscitado. Lecciones tras lecciones y libros tras libros tanto Hayate como Fate tuvieron que soportar por el resto de la tarde.

Compartiesen clases o no.

Finalmente, la hora de la comida llegó. En aras de que su amiga la lupina tenía que reunirse con Arf, para preguntarle algunas cosas, Hayate se quedó sola.

Se frotó las sienes y cerró los ojos, las cosas estaban comenzando por encajar de una manera cruel y realista en ese retorcido rompecabezas que era otra faceta más de Midchilda.

Ésa que reinaba con mano de hierro.

Sacudió la cabeza y se golpeó ambas mejillas al instante, tenía que sacarse los malos pensamientos. Era duro, el recuerdo de Rein y sus palabras no dejaban de asaltarla en cada vuelta a la esquina.

Y ni siquiera estaba segura si podría soportar o ahogar una vez más las ganas de llorar; especialmente cuando recordaba lo último que le había dicho a la gaviota.

La frase que había matado las esperanzas que su amiga tenía depositadas en ella. Una disculpa cobarde, torpe, asustada…

Rein le dijo: Yo te creo.

¿Y qué le había respondido ella a cambio?

Pues yo no.

-"¡Es mío! ¡Devuélvemelo!"

-"¿Lo quieres? –risas-. Aww, vamos, ¡apuesto a que puedes saltar más alto que eso!"

Varias carcajadas alcanzaron los oídos de la castaña, las cuales la hicieron abrir sus ojos y captaron su atención de inmediato. No se había dado cuenta en qué momento sus pies la habían guiado hasta el comedor, pero allí estaba.

Parada en la entrada.

Un grupo de muchachos rodeando y molestando a lo que parecía ser un joven cachorro de tigre blanco. Las manos se pasaban a cada rato una caja de almuerzo como si fuese un balón, con las risas y burlas aumentando conforme el félido trataba de brincar para tomarlo.

Lo cual era en vano, teniendo en cuenta su talla y la altura en que el objeto volaba sobre su cabeza.

-"¡Tengo hambre!" –lanzó un chillido.

-"Pues ve a la fila –comentó con ironía un pelinegro-. Siempre puedes comprar algo más."

Los ojos zafiros del tigre viraron para ver con espanto la larga cantidad de gente que había apilada enfrente de la barra. Pasaría una eternidad antes de que pudiese ser atendido de nuevo, o peor aún, el tiempo libre se le terminaría.

-"¿No? –sonrió con burla-. Ay, ¿cuántas veces tenemos que decirte que los mestizos y los puros no comemos en el mismo lugar? Mírate el pelaje, todo blanco, ¿qué clase de tigre es blanco?"

-"Hay muchos más como yo" –gruñó entre dientes el cachorro, frustrado.

-"Exacto, por eso esto es un problema. El albinismo (1) es una enfermedad, ¿y no queremos que los demás estudiantes, que sí merecen ser llamados estudiantes, se contagien, cierto?"

-"¡No estamos enfermos! ¡El color de la piel no tiene nada que ver con…!"

¡MMAAWWW!

El felino soltó un chillido al sentir una bofetada en el rostro. La mejilla izquierda le ardió en cuanto volvió la cara, observando con impotencia al muchacho que había estado haciéndolo de menos durante toda la charla.

Los ojos negros brillando con satisfacción y el pecho inflado en orgullo. Igual que el resto de sus camaradas, que se mantenían expectantes y con los brazos cruzados.

-"Ahora que nos estamos entendiendo, haznos el favor de… ¡¿Qué demonios?"

De un momento a otro, la caja de almuerzo que Ian había estado sosteniendo sobre su palma, así como el tigrillo albo, desaparecieron. El chico estuvo a punto de gritar y preguntar qué había sucedido, cuando uno de sus compañeros señaló rápidamente a la cola café de punta blanca que desaparecía en un pasillo.

"Yagami…", apretó un puño.

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Los ladridos zumbaban en sus mullidas orejas blancas, amenazando con hacerlas estallar. Sus patas corrían a toda carga, sintiendo uno que otro resbalón en cada vuelta.

En su boca, asido por el cuello, llevaba al menudo felino y su comida.

Sus ojos echaron una miradilla hacia atrás suyo, avistando a lo lejos las sombras de sus perseguidores, que ya habían adoptado al igual que ella su forma animal. Las órbitas zafiro regresaron al camino delante.

Hayate sabía que los problemas la seguían por todos lados -¿o acaso era al revés?-. Sin embargo, el reconocer a Ian y su grupo, al igual que el ver a un ser indefenso siendo su juguete del día, la había hecho enfurecer.

En ningún momento se había olvidado de sus compañeros, probablemente todavía encerrados en aquel oscuro calabozo. Por lo que, quedarse de brazos cruzados, no fue una opción.

La emoción de la carrera pronto fue suplida por un cansancio, uno que le envolvió rápidamente debido a que su hocico estaba ocupado y el aire no podía llegarle adecuadamente.

Tenía que hacer algo pronto o los alcanzarían.

Como caído del cielo, el licaón se alivió al vislumbrar la puerta de un casillero semiabierta. Sin pensárselo dos veces, se ocultó allí como pudo y cerró la puertecilla.

Soltó al tigre y su almuerzo, y le tapó la boca al primero con una de sus patas.

Los segundos avanzaron con angustia mientras el sonido de pisadas y gruñidos rebosaba por todo el corredor. Las sombras de los dingos se dejaron ver por entre la rejilla de su escondite, continuando ellos con su faena y pasándoles de largo.

Hayate esperó un rato más. No le gustaba la idea de huir, pero definitivamente habría sido una locura enfrentarlos a todos.

Más si el resto del cuerpo estudiantil estaba presente, pues obviamente no dudarían en sumarse contra ella.

Suspiró.

-"Creo que podemos salir."

La voz infantil hizo saltar las orejas de la africana. Ambos abandonaron su refugio entonces, no sin antes voltear a todos lados y cerciorarse de que el peligro se había ido. Ya segura, la ojiazul sujetó con sus dientes la comida que había rescatado, todavía en el casillero, y la depositó frente al dueño.

-"Todavía hay unos minutos para almorzar" –sonrió.

-"Gracias… um…"

-"Hayate, Hayate Yagami."

-"¿Hayate Yagami…? –se mordió los labios, haciendo una mueca graciosa mientras trataba de recordar algo-. ¡Oh, Hayate Yagami! ¡Primer lugar en la carrera!"

El maullido de emoción y la cola bamboleante sorprendieron al lobo pintado, que se guardó las ganas de reírse.

-"Sí, ésa soy yo. La falsa ganadora Relámpago" –se burló de sí misma.

-"No eres falsa –opinó, abriendo su cajita de comida y tragando de un solo bocado un camarón-. Ganaste limpiamente. ¿Y sabes? Eres la primera de nosotros en poder participar en un evento así, me sentí muy contento cuando te vi cruzar la meta."

-"Tú… ¿me viste?"

-"¡Um! –asintió enérgicamente, relamiéndose los bigotes-. ¡Yo y los otros! Y fue como… así de… ¡wow! Fue como si nosotros realmente hubiésemos sido parte de eso también."

La canina le miró un largo rato, contemplando los grandes ojos azules temblar de entusiasmo mientras el gatito seguía hundiendo la cabeza y pescando camarones.

En aquel momento, Hayate se preguntó por cuánto tiempo Colmillo Brillante había limitado a los suyos.

¿Por qué ninguno había alzado la voz…?

-"No somos muchos, ni somos tan fuertes como la mayoría aquí –empezó a hablar, respondiendo a la duda que no había sido vocalizada-. Así que intentamos llevar una vida tranquila y no meternos con nadie, pero son ellos quienes se meten con nosotros."

Las orejas blancas cayeron al tiempo que los ojos cerúleos desviaban la vista al suelo.

-"Sólo tenemos que aguantar hasta la graduación, entonces seremos libres."

-"Pero ustedes son fuertes –una de las patas delanteras de Yagami se posó sobre la cabecilla clara-. Son inclusive más grandes que yo, tú algún día serás no sólo más enorme que yo, sino que cualquier tigre de pelaje naranja aquí. Y no estoy mintiendo, lo he visto con mis propios ojos" –le ofreció un guiño.

-"¿En serio?"

-"¡En serio! –rió divertida-. Oye, no soy la mujer maravilla ni nada parecido, mas prometo ayudarte si puedo hacerlo, ¿vale?"

Hayate se inclinó hacia delante y apartó su cuarto de la frente nívea, dejando entonces la extremidad suspendida en el aire y separando los dedos nevados del meñique, con la garra negra saltando a la vista. El tigrillo le miró a los ojos e imitó la sonrisa que Hayate esbozaba.

Enseguida, una zarpa más pequeña se entrelazó con la otra.

-"Gracias, Hayate."

-"De nada –ladeó la cabeza-. Pero debes prometer que serás fuerte también."

-"¡Um! Yo también te ayudaré en lo que pueda" –maulló alegre.

-"No lo dudo –rió al romper el contacto que habían formado-. ¿Cuál es tu nombre?"

-"Tod."

-"Bueno, un placer conocerte, Tod."

Los ojos azules siguieron al licaón y al tigre blanco, caminando juntos, hasta que finalmente se perdieron al doblar en una esquina.

Verossa dejó de apoyarse en la pared, oculto tras uno de los tantos estantes llenos de casilleros. Sacudió el chaleco negro de su uniforme, que a diferencia del femenino, tenía mangas largas.

Pasó una mano por sus cabellos verdes y se retiró de ahí.

Con una sonrisa en el rostro.

Seguro de que, después de la tormenta, siempre viene la calma; aún cuando esta última debía de ser desplazada de nuevo.

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El sonido de las tijeras abrirse y cerrarse trató de jugarle una mala pasada a su mente, otra vez. No obstante, se mantuvo serena. Quieta.

Los ojos violetas tan fieros como siempre, pero sus patas pegadas a la barra que cruzaba su jaula, suspendida a mitad de la oscura habitación; bamboleándose de vez en cuando el cable que le sostenía y pendía desde el techo.

Agito permaneció así durante horas, y en todo ese lapso, jamás bajó la vista hacia la punta de sus alas mutiladas.

Tampoco hizo grandes movimientos desde su lugar.

Se quedó allí, despierta, pensando en que pudo haber sido más rápida para rescatar a Rein o en que pudo haber sido más tenaz para derrotar al serpentario.

Pero eran sólo pensamientos.

Así había pasado y estaba totalmente consciente que así quedaría marcado en la historia. No había nada por hacer ya.

Los minutos corrieron, la jaula se balanceó y el viento acarició el pico de obsidiana. Las pupilas violáceas abiertas la mayoría del tiempo. Porque estaba segura que en cuanto las cerrase, las tijeras volverían.

Y ellas le dirían, que ya no volaría más.

" – " – "

Fate se levantó de su cama, dando un vistazo al reloj que marcaba ya las once de la noche. Se colocó sus zapatos y caminó hasta quedar frente a la puerta.

Apenas su mano se posó en la perilla, se detuvo.

Sabía que Hayate, a pesar de seguir acostada, también estaba despierta. Se preguntó si sería bueno sentarse a hablar con ella o pedirle que la acompañase; aunque tampoco estaba muy segura de esto último.

Quería ver a Nanoha, mas no quería causarle más dificultades a su amiga cánida.

Antes de que pudiese tomar una decisión, la puerta de la habitación sonó. La rubia parpadeó y esperó unos segundos más, hasta que oyó nuevamente golpes suaves contra la madera.

-"¿Hayate?" –se escuchó del otro lado.

Al oír su nombre, la castaña se sentó en su cama, dejando que las sábanas resbalasen hasta sus piernas. Se encontró con la mirada igual de confundida de Fate.

-"Hayate, soy Verossa. Tenemos que hablar."

Veinte minutos después, las dos se hallaron a sí mismas caminando entre el bosque, siguiendo al muchacho peliverde que no les había mencionado a dónde se dirigían.

Los árboles oscuros con sus ramas retorcidas causaron cierto temor. Las dudas asaltaron la mente de ambas, pero guardaron silencio. Finalmente, su recorrido se detuvo.

El muchacho se colocó al frente de las jóvenes.

Fate estuvo a punto de preguntar lo que tanto le había rondado la cabeza, hasta que una larga sombra pasó por entre los troncos de los árboles; los mismos a los que Verossa daba la espalda.

Éste sonrió ampliamente y se apoyó en uno de los tantos tallos.

Los arbustos, al nivel del suelo y las raíces, se agitaron entonces, con la silueta oscura detrás comenzando a dar la vuelta para encontrarse con ellas. Los ojos amarillos centelleando peligrosamente en la oscuridad.

Así como el brillo marfil de lo que estaban seguras, debían de ser colmillos.

-"Me gustaría que conocieran a alguien –Acous presentó con elegancia-. Fate, Hayate –el gesto en su boca creció-, espero perdonen la demora."

Continuará…

(1) Los tigres blancos –al igual que los negros- son una desviación del tigre naranja normal, debido a que no poseen el gen que les da coloración a su pelaje. Esta mutación causa que sean albinos, de nariz rosa y ojos azules.

Bueno, aquí otro capítulo de LyC. Lamento bastante la demora, pero trataré de actualizar una vez a la semana (dos veces, de ser posible).

He colgado en mi perfil una imagen de Hayate y Carim, para quien guste echar un vistazo. Asimismo, estamos viendo cómo las cosas se tornan más serias en Colmillo; ahora sí dan ganas de inscribirse en Casco, ¿no?

Saludos a toda la gente que desperdicia su tiempo leyéndome, espero que pasen un bonito día o noche =)

Y ya saben, a ponerse de pie y a sacudirse las penas. El asunto de llorar todo el rato, hay que dejárselo a los bebés ;)

Kida Luna.