Capítulo XII

Parte II

El teléfono móvil chillaba insistentemente en alguna parte de la habitación; el problema era saber dónde.

Akane, despeinada, aturdida y medio dormida, se arrastró por el colchón alejándose de la fuente de calor masculina, quién gruñó cuando la sintió alejarse, provocándola una sonrisa. Se asomó por un lateral de la cama y observó debajo de ella. No había señales luminosas del teléfono por allí. Sentándose trabajosamente, se le ocurrió que era muy probable que estuviese a los pies del lecho, enredado entre los pliegues del edredón nórdico, como otras muchas veces. No sabía muy bien cómo era posible que terminara allí, sobre todo teniendo en cuenta que sus pantalones acababan tirados de cualquier manera en una silla del dormitorio que estaba al menos a tres metros de la cama. ¿Quizá los teléfonos móviles supieran caminar? Desechando la absurda idea de las siete de la mañana, gateó sinuosamente hasta los pies de la cama. Cuando estaba a punto de agacharse para remover el edredón, el teléfono dejó de timbrar. Bufó un tanto fastidiada por no haber llegado a tiempo y se dejó caer hacia atrás con los brazos hacia arriba. Aprovechó para desperezarse un poco, contorsionándose como si fuera una serpiente sobre el colchón, y justo después volvió a acurrucarse junto a él con una sonrisa, apoyando la mejilla contra el cuerpo.

―Eres como una manta; grande, suave y calentito ―susurró sobre la amplia espalda masculina, sintiendo el acompasado ritmo de su respiración y los lentos latidos del corazón.

―Y tú un congelador ―gruñó intentando alejarse, sintiendo las pequeñas manos femeninas apresándole la delantera. El teléfono volvió a sonar consiguiendo que Akane maldiciera. Ranma, sonriendo por su mal genio, murmuró como si nada ―Aunque no lo creas, está en tus pantalones.

―¿Cómo lo sabes? ―preguntó con sus ojos marrones muy abiertos, mirándole por encima del hombro mientras caminaba hasta la silla. Recibió otro gruñido como respuesta, mientras Ranma escondía la cabeza bajo la almohada. Ni siquiera miró la pantalla cuando contestó ―¿Si?

―¿Estás despierta? ―La voz de Sarah, estridente y radiante, como si llevase horas levantada.

―No estoy muy segura ―contestó ella saliendo del dormitorio de puntillas. Caminó por el pasillo cruzándose con la pastor alemán que, nada más verla, comenzó a mover el rabito ―Me parece que sí ―Al llegar a la cocina, sacó una botella de zumo de naranja y observó practicamente bizqueando la hora que era ―¿Por qué me llamas tan temprano? ― mientras bostezaba vertió el líquido en un vaso.

―Porque creo que te he encontrado el regalo para tu actor porno.

―¿¡QUÉ?! ―y aquello fué un grito en toda regla. Abrió mucho los ojos y se asomó al pasillo, lo último que quería era que él se levantara y rondara cerca de ella en esos instantes. Tras unos segundos quieta como una estatua, no escuchó ni un solo movimiento. Suspiró llena de alivio y bajó el volumen de su voz cuando volvió a dirigirse a su amiga ―Cuéntame eso. Ya.

―Bueno, si me lo pides tan amablemente... ―tras la ironía dejó una pausa antes de añadir ―A lo mejor debería llamarte en otro momento.

―Sarah... No me provoques. Sé dónde vives y sé que Nico no sabe que estás embarazada. Podría dejárselo caer accidentalmente.

―¿Me estás chantajeando? ―la voz se volvió estridente con un trasfondo de carcajada histérica.

―Llámalo como quieras, pero suéltalo.

―Bien, abre ésas orejas. Usando algunos de mis contactos he averiguado que el gobierno japonés ha editado un número de reproducciones certificadas y numeradas de algunas de las obras de Kano Eitoku. Puedes comprar alguna obra por separado o también en una especie de trípticos.

―¿Dónde? ―preguntó inmediatamente Akane. Ahí estaba el regalo perfecto, el regalo que estaba buscando. Justo lo que él no tenía y que jamás esperaría.

―Espera, espera. ¿No quieres saber lo que valen? Porque yo solo con ver tantos ceros me echo a temblar...

―No importa ―interrumpió impaciente―,tengo bastante dinero ahorrado. Supongo que al menos para una copia tendré. Sarah ¿Dónde tengo que ir? ¿A quién tengo que llamar?

Akane corrió hacia la mesita del salón y buscó un trozo de papel y un bolígrafo para apuntar todo lo que Sarah estaba diciéndola a través del teléfono. Agradeciéndola con palabras melosas y diciéndola lo mucho que la quería y lo agradecidísima que estaba por tenerla como amiga, colgó y se apresuró a guardar el papel con la dirección del lugar en su bolso, antes de que Ranma pudiera encontrarla. Estaba ansiosa por salir, comprar los cuadros y tenerlos en casa. Y aún estaba más ansiosa porque llegara el día de Navidad para poder dárselos. Quería sorprenderle, quería ver su cara cuando lo abriera... Estaba tan emocionada que no se percató de que llevaba un rato caminando en círculos en el salón y que un espectador la observaba fijamente.

―Si sigues un poco más haces veinte ―la voz masculina reverberó áspera, ronca y grave por la habitación, haciendo que ella pegará un saltito y parara de golpe de moverse.

―¡Me has asustado! ―exclamó llevándose una mano sobre el pecho. Cuando su corazón dejó de latir al borde del infarto, su cerebró pareció percatarse de que él había dicho algo ―¿Veinte qué?

―Veinte círculos ―alargó la mano y estirando el dedo índice acompasó sus palabras con el movimiento ―¿Te preocupa algo? ―dijo apoyándose contra el marco de la puerta

―¡Ah! No nada, tranquilo ―llevándose un mechón de pelo tras la oreja, se cruzó de brazos y ladeó las caderas, en una pose informal, relajada y esperando cuál sería el siguiente movimiento de él.

Se miraron unos segundos en silencio. Se estudiaron, como si se vieran por primera vez. Akane sintió un escalofrío. Ranma parecía estar evaluándola, aprendiéndola... Era una mirada muy parecida a ésa suya de "Sexo, ahora" pero sus ojos brillaban con más preocupación que deseo, y eso la inquietaba. Frunciendo ligeramente el entrecejo cuando aquellos ojos del color del mar embravecido quedaron perdidos en la nada, acusó.

―Pero a ti si que te preocupa algo ¿verdad? ―caminando despacio fué acercándose, mientras las pupilas masculinas se dilataban y se posaban sobre ella.

―Sí ―contestó seriamente, retrocediendo ―. Que tengo que salir y llego tarde ―y antes de que ella pudiese protestar por lo descarado de su mentira, corrió hacia el cuarto de baño y se hundió bajo el agua caliente de la ducha.

Akane hizo algo de tiempo después de que un más que meloso Ranma saliese de casa. No era normal en él olvidarse de algo y tener que volver a por ello, pero como no quería correr riesgos, decidió esperar quince minutos antes de salir en busca de su regalo. Estaba ansiosa. No recordaba cuando fué la última vez que se sintió así de emocionada con un regalo que tenía que comprar para alguien. Quizá con su anterior pareja; pero no estaba muy segura.

Se paró frente al espejo del recibidor, se retocoó el pelo y comprobó su ropa. Bien, aparentemente todo estaba en su sitio. Después comprobó el bolso y se aseguró tres veces de llevar la tarjeta de crédito y su identificación. Estupendo. Ya podía salir.

Se quedó observando el enorme edificio blancuzco. Si su memoria no fallaba y había aprendido correctamente los términos con el libro de arte, aquella fachada era neoclásica con columnas dóricas en la puerta principal y jónicas en los laterales. Sonrió. En cuanto llegara a casa, y después de esconder el regalo, lo comprobaría. Y si había acertado se recompensaría con dos cosas; la primera un buen helado de chocolate y, la segunda, acosar sexualmente a Ranma hasta que la complaciera.

Con decisión caminó hacia la entrada. Empujó la pesada hoja de cristal y observó los alrededores. Un silencio prácticamente sepulcral invadía el lugar. Suelos de pulido mármol beige y paredes impolutas pintadas en color crema. Tras unos segundos contemplando todo buscó con la mirada algún mostrador donde pudiera informarse. Avanzó un poco, haciendo que sus tacones reverberaran a cada paso, y encontró el mostrador a su derecha, un poco escondido.

Saludó al hombre bajito, un poco regordete, con pelo canoso y rostro simpático, con una gran sonrisa. Cuando comenzó a explicarle lo que quería, el hombre le tendió un folleto informativo con las diferentes presentaciones en las que se vendía la obra. Akane estudió el brillante papel durante un par de minutos antes de decidirse y, cuando lo hizo, el hombre comenzó con los trámites para la compra. Al cabo de unos veinte minutos estaba en la puerta de la galería triunfante, con el enorme paquete en el suelo y apoyado contra sus piernas. Acababa de gastarse un dineral, lo sabía, pero lo hizo con tanta la tranquilidad y convencimiento que no sentía ningún remordimiento. Era algo que le sucedía siempre que compraba algo más caro de lo que ell creía que debía costar; cuando llegaba a casa empezaba a remorderle la conciencia pensando que podía haber ahorrado ése dinero para otra ocasión. Pero ahora no. Ahora estaba radiante y con ganas de que llegara el momento para dárselo.

Había llamado a un taxi hacía unos diez minutos, así que esperaba que no tardara mucho más. Ladeó las caderas hacia el otro lado y dejó que el paquete cargara en la pierna derecha. Por Dios, cómo pesaba. Iba a ser incapaz de llevar aquello a casa en el metro y, lo que era peor, temía que se le rompiese por accidente. Así que por ese motivo decidió que lo mejor sería alquilar un transporte. Y no tardó en llegar más que otro par de minutos.

Cuando dejó el paquete a su lado en el asiento, se sintió profundamente aliviada. Al menos el tiempo que durara el trayecto descansaría del peso. Después de darle la dirección al taxista, se dejó reposar en el asiento y suspiró. Su vista se perdió fuera y comenzó a vagar por la calle; los edificios, los coches, las gentes... Y no supo en qué momento ni qué, le hizo pensar acerca de su vida. Acontecían tantos cambios que se sentía un poquito abrumada. Ella iba a viajar a Italia, iba a concer la familia de Ranma. Diana se había quedado sin pareja (y seguía incomunicada), Sarah iba a ser madre, su hermana iba a casarse, Ranma conocería a su familia... Eso la hizo envararse y sentir un escalofrío que la recorrió toda la columna vertebral. ¿Por qué tenía tanto miedo por eso? Él no parecía preocupado y ella no debería estarlo. Por Dios, no era la primera vez que meditaba sobre eso pero su mente encontraba cualquier momento de distracción para hacerla pensar en ello. Ranma era mucho más de lo que ella esperaba encontrar en la vida. Y era mucho más de lo que su familia jamás esperó. Y estaba feliz, se sentía muy feliz pero... ¿Por qué entonces seguía preocupándola tantísimo esa reunión? Era absurdo, completamente. Meneó la cabeza intentando desterrar el último pensamiento. Tenía dos cosas más importantes por las que preocuparse. La primera era la incomunicación de Diana. No entendía por qué no la llamaba para hablar con ella, por qué no respondía a sus insistentes lamadas... Estaba preocupada. Más de una vez había pensado en plantarse en su casa y derribar la purerta a golpes en el caso de que no la abriera, pero comprendía de algún modo que su amiga necesitaba estar sola y re-organizar su vida. Pero solo suplicaba que cogiese el teléfono y le dijera 'Hola Akane, necesito estar sola'... Nada más.

Apretó los labios, intentando contener un sollozo. Diana era su mejor amiga; una persona delicada, sensible, que siempre ayudaba a los demás y con un corazón de oro. No merecía lo que ése cabrón la había hecho, no. A pesar de haber regañado a Ranma cuando le golpeó... masculló. Dios, le agradecía infinitamente, y en silencio, que le hubiese plantado aquel puñetazo, porque ella también había deseado golpearle.

Maldijo en alto, consiguiendo que el taxista la clavase una mirada extraña a través del espejo retrovisor.

Se estaba sulfurando demasiado. Bien, pensaría en la segunda cosa más importante ¡Sarah iba a ser madre! Era eso en lo que tenía que concentrarse, en algo tan maravilloso como el nacimiento de una nueva vida. Sonrió distraída. ¿Cómo se las apañaría Sarah para cuidar de un bebé? A parte de su trabajo que la consumía prácticamente todo el día, no podía imaginársela cambiando pañales, dando el pecho, saliendo a pasear con el niño y el carrito... ¡¡No podía imaginársela con la tripa hinchada!! Rió en alto, ignorando al taxista que ya la miraba como si estuviese completamete loca. Ya empezaba a compadecerse del pobre Nico. Sarah se volvería histérica en cuanto se le notase el vientre un poco abultado. ¡Estaría insoportable! Eso sin contar los cambios hormonales, que la volverían aún más inestable y obsesiva de lo que ya era...

Cuando quiso darse cuenta ya estaban frente al portal de casa. Pagó al taxista e hizo prácticamente malabares y un poco de contorsionismo para sacar el paquete. Cuando consiguió sacarlo del todo esperó en la acera para poder cruzar. Llegó al otro lado pero tuvo que pararse a tomar un poco de aire y, ante aquello, se anotó mentalmente que debía reanudar cuento antes sus sesiones en el gimnasio. Estaba tan débil como una niña. ¡Qué vergüenza! Enfurruñada, se propuso continuar con el paquete completamente en vilo hasta llegar a la puerta, pero los últimos metros hacia el portal prácticamente lo tuvo que llevar arrastrando. ¡¡Cómo no le gustase después de todo el trabajo que le había costado llevarlo hasta casa, le dejaría atado a la cama por lo menos un mes!! No, eso no, que al muy pervertido ésas cosas le gustaban... De repente se sonrojó al imaginarse la situación. Tendrían que probar...

―Hola Akane, espera que te sujete la puerta ―la voz de la señora Anders llegó hasta sus oídos.

―Hola señora Anders, muchas gracias ―contestó con una amplia sonrisa mientras levantaba otra vez el paquete para subir los escaloncitos.

―Sí que vienes cargada ¿eh? ―comentó cuando estaba pasando a su lado.

―Un poco, sí ―murmuró terminando los escalones y llegando al lado del ascensor ―Esto pesa muchísimo.

―¿Qué es? ―la mujer miró de arriba abajo el paquete, con aquellos ojos amables y vivarachos llenos de curiosidad.

―Oh, un cuadro ―la señora Anders arqueó una ceja, como no entendiendo muy bien eso de que un cuadro pesase tanto. Akane sonrió ―Es que es un tríptico y es de cristal.

La mujer cabeceó con una sonrisa y abrió la puerta del ascensor cediéndola el paso. Akane consiguió meter el paquete y apoyarlo contra una de las paredes del montacargas. Cuando se irguió y se dió la vuelta, la señora Anders pasó dentro. Los dedos regordetes de la mujer presionaron los botones del segundo y el sexto. Durante la subida ambas estuvieron en completo silencio. Cuando la campanita sonó señalando la primera parada, la mujer se irguió un poco y empujó la puerta pero, cuando se dió la vuelta para cerrarla, Akane vislumbró un leve rubor en las mejillas de la señora.

―Akane cariño ―murmuró con suvidad y un tono maternal ―, no me molesta que la juventud se divierta ―apuntó mirandola fijamente. Sus mejillas cada vez estaban mas sonrojadas ―. Al contrario, es muy sano y me parece perfecto que disfrutéis el uno del otro pero...―entonces, los párpados de la señora Anders cubrieron sus irises y sus mejillas adquirieron un color granadino ―... la próxima vez... intentad cerrar las ventanas que dan al patio interior ―la miró de refilón, como asegurándose de que la había comprendido, y luciendo una tímida sonrisa bajó la cabeza y cerró la puerta.

Akane se quedó de piedra. No podía creer lo que acababa de escuchar. Tenía los ojos abiertos como platos y estaba convencida de que su boca no se quedaba atrás. Sintió como un horrible e incómodo calor se apoderaba de todo su rostro. No podía ser cierto... Se dejó caer contra la pared y empujó fuerte, como si pretendiera hundirse en ella y desaparecer. La señora Anders no podía haberles... Es decir ¡¡Por Dios!! Sacudiendo la cabeza, intentando borrar esa idea, se llevó las manos a la cara y aguantó la respiración ¡¡Todos los vecinos!! ¡Todos los vecinos les habían oído alguna vez! El corazón se le aceleró tantísimo que pensó que le daría un infarto. Se sentía tan avergonzada. Tan, tan avergonzada...

La campanita que anunciaba la llegada al sexto la distrajo lo suficiente como para poder articular sus extremidades, sacar el paquete y llevarlo hasta su apartamento a toda velocidad. De repente parecía que su fuerza se había triplicado. En aquellos instantes, mientras se introducía en la casa, apoyaba el cuadro sobre la pared y cerraba la puerta como si la persiguiese el mismísimo demonio, pensó en atrincherarse allí y no salir en varios días. ¿Tan escandolosos eran? Con los ojos muy abiertos y la mirada perdida en la moqueta del suelo, Akane se llevó los dedos a los labios y empezó a pellizcarlos. ¿Quizá solamente era ella?

A Ranma solo le oía susurrarle al oído eróticas y excitantes obscenidades o hablarla en un tono normal en esos momentos en los que ambos eran aún lo suficientemente lúcidos como para gastarse una broma o decir algún comentario provocativo. No, evidentemente que no era él. La conclusión: ella y solo ella. Pero entonces pensó en algo... ¿Sus vecinos sólo escuchaban los gritos o algo más? Aún recordaba aquella vez que, no sabiendo muy bien cómo, la cama de su dormitorio se desplazó alejándose medio metro de la pared. ¿Cómo demonios había terminado...? No, no era el mejor momento para comenzar a divagar sobre de qué manera había terminado la cama allí.

Inspiró profundamente y aguantó el aire mientras sus pupilas se enfocaban en la ventana del salón. Quizá podría contener sus gritos, practicar para que fueran menos escandalosos. O tal vez si se tapaba con la almohada o él la ayudara tapándola la boca... De repente sintió un escalofrío de excitación solo de pensarlo. Removió la cabeza y dejó escapar el aire con suavidad, intentando relajarse. ¡Madre mía! ¿Qué le diría a Ranma? Es más ¿Cómo se lo diría? "Tiziano, todo el bloque sabe cuándo lo hacemos así que, a partir de ahora, vas a tener que apañártelas para cerrarme la boca" No, no, no, no. Si le decía eso se le ocurriría cualquier modo perverso y excitante de hacerlo, y no estaba muy segura de poder soportar mayores placeres en la cama con él. No era una buena idea decirselo así. El muy pervertido propondría algún jueguecito erótico al que ella no se podría resistir. Como amordazarla y... ¡Pero en qué estaba pensando! ¡Se estaba volviendo tan pervertida como él!

Azorada, y con sus pensamientos revoloteando a toda velocidad, decidió que tenía que dar con la manera de decírselo lo antes posible. Tenía que encontrar el modo idóneo para explicarle lo muy incómoda que se sentía sabiendo que todos los vecinos les habían escuchado manteniendo relaciones sexuales.

Pero tampoco era el momento adecuado. Tenía que esconder el regalo de Ranma y salir a hacer la compra. Además, quería aprovechar el poco tiempo que le quedase libre antes de que su pareja llegase a casa para poder seguir estudiando un poco más del libro de arte.

Levantó las manos en el aire, como si estuviese discutiendo con alguien y diese por zanjado el asunto. Primero haría esas cosas y tal vez, entre medias de todo, alguna de sus neuronas fabricara una buena manera de hablar con él.

Se dirigió a su dormitorio con el tríptico arrastrando sobre la moqueta. Cuando llegó allí se paró en el quicio de la puerta y echó un vistazo a su alrededor. ¿Cuál era el mejor lugar para guardarlo? Tras terminar el recorrido con la mirada por el dormitorio, decidió que solo había dos sitios en los que poder esconderlo; debajo de la cama y en el armario. Tampoco tardó demasiado en tomar la decisión. El armario era su mejor opción, especialmente si lo colocaba en la zona en donde colgaban sus largos abrigos de invierno y algunos vestidos, porque así podría tapar mejor el cuadro. Haciendo de nuevo el maldito esfuerzo, y peleándose con la ropa que parecía haber cobrado vida de repente y estar empujándola hacia fuera para evitar que metiese al intruso en su propiedad, colocó el tríptico contra la pared. Se aseguró de haberlo apoyado correctamente. Y no una, ni dos veces, si no cinco. Por nada del mundo deseaba que aquello se rompiese. Dios... solo de pensarlo se le ponía la carne de gallina. Pero no era por la cantidad de dinero gastada, si no por imaginar la situación de decirle a Ranma que no tenía su regalo porque había sido tan torpe de romperlo. Bufó y, con mal genio, corrió de nuevo los vestidos y los abrigos y los colocó de tal manera que taparan por completo el paquete. No sería la primera vez que había roto algún regalo delicado. Y no podía permitirse romper éste; porque tenía que ser un momento perfecto. "Él se lo merece" murmuró saliendo de la habitación.

Más tarde, tras regresar del supermercado y guardar la compra se apresuró a su dormitorio para sacar el libro de arte italiano de debajo de la cama. Con él entre sus brazos fué hasta el saloncito y se acurrucó en el sofá, tendiendo una manta sobre sus piernas, y comenzó a repasar lo que ya había estudiado antes de comenzar con nuevos datos. Unos minutos más tarde estaba completamente absorta por unas comparativas y estudios de las diferentes obras pictóricas llamadas "anunciaciones" italianas. Eran fascinantes las diferencias según la época y estilo; las luces, las sombras, los colores vívidos u obscuros, las lineas, los trazos... Era curioso observar las diferencias en la manera de pintar los rostros según la época. Más alargados, más óvalados, de ojos más grandes o más pequeños, de labios más ligeros o gruesos. También se fijó en los planos; en cómo fueron progresando los pintores hasta obtener profundidad.

Observando las fotografías con detenimiento se dió cuenta de algo que le pareció curioso y de lo que no encontró explicación alguna en el libro; la llamada Virgen María siempre iba vestida con unas túnicas de los mismos colores, rojo y azul. Y daba igual el momento pictórico en el que se hiciera, pues predominaban esos tonos. Algunos pintores habían empleado un uso más amplio del blanco por ejemplo en el velo que varios de ellos depositaban sobre los cabellos de la mujer, pero en general no era de ésa manera ¿Por qué sería? Bien, tendría que apuntar ésa duda para, más adelante, preguntárselo a Ranma, a ver si él sabía resolvérsela. Porque no estaba dispuesta a quedarse con la intriga.

Unos minutos más tarde, oyó al ascensor subir. Conteniendo la respiración, escuchó atentamente desde el sofá, dejando sus músculos tensos y absolutamente quietos. Si fuese Ranma tendría que echar a correr a su dormitorio y esconder el libro. Falsa alarma, el montacargas se había detenido en el quinto. Dejó escapar el aire lentamente y aprovechó el momento para tomarse un descanso en su lectura. Con mucho cuidado resposó el libro en el suelo y se desperezó como una sinuosa gata, estirando exageradamente sus músculos, acompañándolo de un susurrante gimoteo. ¿Qué hora sería? Instintivamente deslizó la mirada hasta la ventana. El día estaba a punto de apagarse, a juzgar por la luz amarillenta y oscura que se filtraba por el cirstal. Tal vez era mejor esconder el libro en ése momento. Estaba convencida de que en cualquier momento Ranma aparecería y, francamente, estaba deseosa de tenerle cerca.

Dobló la mantita y la dejó a un lado del sofá. Tomó el libro entre sus brazos y lo volvió a esconder en la caja de sus botas, debajo de la cama. Y mientras tanto, no pudo dejar de pensar en lo adictivo que llegaba a ser "su actor porno". Estaba claro que ésa pasión y ésos deseos irracionales por estar con él, eran producto del eneamoramiento. Todas las relaciones comenzaban en ése mundo maravilloso. En donde todo lo que haga el otro es perfecto. Un mundo en el que las personas se niegan a ver los defectos de su pareja y en donde cada cuál esconde los suyos propios. Y es entonces, cuando cada cual muestra su auténtico yo, que las parejas comienzan a tambalearse y muchas a romperse definitivamente. Era un engaño mutuo.

Akane se sentó en la cama y comenzó a acariciarse los labios mientras reflexionaba.

¿Por qué nadie veía eso como algo malo? ¿Era algo establecido? Las personas se quejan de que sus parejas les engañan y se siente ofendidos cuando descubren una mentira. ¿Pero no son, en el noventa y nueve por ciento de los casos, el principio de la relaciones una falsedad en sí misma? Cada cual sólo muestra lo mejor de su personalidad, procura agradar al otro en todo momento, incluso aunque eso signifique hacer algo que a uno no le apetezca o ceder. Pero cuando pasa el tiempo, todo cambia. Ya no queremos ceder y entonces la pareja tacha de egoísta a la otra mitad o deja de hacer algo que al otro le complacía porque acaba cansándose y después vienen los "es que tú nunca cedes en nada". Agitó la cabeza. ¿Tal vez era que al estar enamorado uno no quiere darse cuenta de los errores de su pareja aunque el otro los demuestre? ¿O era, quizá, un poco de todo? Sí, era probable que fuera así. Ella misma se había comportado de ésa manera cuando estuvo las primeras veces con Ranma. No es que falsease su manera de ser, es que sencillamente, intentaba mostrarle lo menos malo de su persona, reforzar lo positivo de ella ante él y procuraba restarle importancia a los posibles fallos de su pareja.

Bien era una mentirosa, y muy mala. Seguía sin verle defectos y eso le preocupaba como buena tres cuartos de psicóloga un tanto paranóica. Resopló y se cruzó de brazos. Bueno, quizá había algo que le molestase un poquito de él; su particular obsesión por un cierto órden en las cosas. Había objetos concretos en la casa que debían estar de una manera específica. Y qué decir de su armario. Jamás había visto a un hombre con un armario más impecable que el que Ranma tenía. Era asombroso pero... maldita sea, le gustaba. Sí, adoraba ése rasgo de él. Así que, por su anterior reflexión ¿Qué? ¿Se estaba engañando a sí misma? ¿Él la estaba engañando? Abrió mucho los ojos. Definitivamente se estaba volviendo loca.

Si algo podía destacar de su relación (bien, podría destacar muchas cosas, pero de las que más sobresalían), es que ambos eran sinceros el uno con el otro. No era algo malo que cada cual intentase reforzar sus cualidades más positivas, pero ella sabía que los dos estaban procurando ser lo más auténticos que pudiesen cuando estaban juntos. Solo tenía que pararse a pensar en el desarrollo de su relación. Cuatro meses maravillosos, pero cuatro meses muy intensos en los que le había dado tiempo a descubrir muchas cosas de Ranma. Y se sentía terriblemente cómoda con la situación. Se encogió de hombros y sonrió. Supuso que ellos pertenecían a ése escaso uno por ciento de la población que preferían ser ellos mismos y punto. Sin engaños, ni falsedades, ni intentos de hacer creer al otro que somos la persona que no somos. Bien. Sí. Definitivamente ésa era la manera más adecuada para establecer las bases de una buena relación de pareja. Ser uno mismo y dejarse ver tal cuál.

El ascensor sonó de nuevo y Akane terminó sus particulares y quizá caóticas reflexiones. Sus oídos permanecieron atentos al sonido del montargas subiendo. AHÍ ESTABA. Ranma había llegado.

Esperó unos minutos antes de lanzarse hacia el apartamento de él. Entro despacio, sin hacer apenas ruido, y cerró la puerta con el mismo cuidado. Aunque hubiese dado lo mismo, pues la música invadía el apartamento. Por supuesto nadie salió a su encuentro y supuso que Kira estaría en la terraza. Dando pasitos cortos y de puntillas se asomó a la cocina. Vacía. Miró en el saloncito. Vacío. Caminó por el pasillo esperando encontrarle en el dormitorio pero cuando pasaba por delante de la puerta del cuarto de baño escuchó el grifo de la ducha abierto. Apoyando la mano sobre el picaporte intentó abrir la puerta. Para su sorpresa, estaba cerrada.

―Qué raro... ―susurró más que extrañada. Ella no recordaba ninguna ocasión en la que estando él en la ducha intentara abrir la puerta y estuviese cerrada. Además ¿Qué sentido tenía cerrar la puerta cuando estaba solo en casa? Eso solo se hacía sí... El corazón comenzó a latirle fuertemente ―¿¡Ranma!? ―exclamó dando un par de golpecitos en la madera ― ¿Estás bien? ―esperó unos segundos y con los nervios a flor de piel gritó más fuerte ―¡¡Ranma?!

De repente la puerta se abrió de golpe mostrándole el magnífico cuerpo masculino desnudo, mojado y arrebatadoramente erótico. No pudo evitar arrastrar la mirada por sobre él, hasta posar sus ojos color arena en aquellos deliciosos y exóticos ojos azules. Unos ojos azules que la observaban fijamente, con un remolino de necesidad y súplica enmarcados en un rostro serio que irradiaba hastío.

―Lo siento yo... ―y no pudo decir nada más.

Su voz quedó hecha ecos dentro de la boca de Ranma, quién se estaba ocupando de devorar sus labios con una necesidad que rayaba el delirio. Atorada por el repentino y necesitado deseo de él, no se percató de que la apoyaba contra la pared del pasillo mientras las grandes y fuertes manos comenzaban a deslizarse entre sus muslos y la invitaban a rodearle las caderas. Y una voz dentro de su cabeza la hizo recordar de repente las palabras de la señora Anders. Asustada y azorada por la posibilidad de que les volviesen a oír, intento zafarse del agarre con mucho tacto, pero él parecía dispuesto a no soltarla aunque se congelase el mísmisimo infierno.

―No... ―susurró él suplicando, percatándose de las intenciones de ella ―, no me lo niegues ―deslizó su boca por el cuello femenino acariciándola con los labios, provocándola escalofíos y empujó las caderas contra ella, haciéndola plenamente consciente de su excitación―, por favor.

―Ranma... ―se quejó Akane con la voz quebrada y la boca seca. Pero como siempre, sus manos desobedientes, comenzaron a deslizarse por los amplios hombros masculinos, memorizando ése cuerpo, ésos músculos que la hacían hervir de deseo solo con imaginarlos.

―Shshs... ―murmuró en su oído mientras la quitaba los pantalones y los tiraba al suelo con prisa. Arrastró las manos nuevamente por sus preciosas piernas, hasta llegar a las redondeadas caderas femeninas donde se detuvo a moldear las formas―. Dama, ayúdame ―y, cuando ya no pudo aguantar más, sin esperar respuesta de ella, deslizó las manos hacia su trasero y colocándola contra la pared, la penetró de una sola embestida.

Akane gimió y clavó las uñas en su espalda. Sintió que por un segundo estaba a punto de volverse loca y al siguiente caminaba en una línea muy, muy fina, entre el puro placer y la pérdida de la consciencia. Ranma no volvió a embestirla, si no que se limitó a quedarse completamente quieto en su interior. Le araño la espalda a drede e impaciente y quiso mover sus caderas, pero las manos de su amante la tenían tan fuertemente apretada que no la dejaban moverse. Dios, sentirle dentro de ella llenándola por completo, tan quieto, tan cálido y tan duro, la hacían estremecerse. Lloriqueó desquiciada por la necesidad e intentó agitar las caderas, pero fué inútil.

Y entonces fué cuando sintió que algo húmedo y cálido caía sobre su hombro. La excitación se esfumó como si nunca hubiese estado ahí dejando lugar a un almizcle de sorpresa y preocupación. El aliento se le atravesó en la garganta y sus ojos se abrieron como platos. ¿Qué? ¿Estaba pasando en realidad? ¿Ranma estaba llorando?

Deslizó las manos por los grandes bíceps contraídos, duros, y le acarició delicadamente, con mucha ternura. Después volvió a subir y sus manos se enrrollaron tras el cuello masculino, intentando reconfortarle. Y de nuevo otra lágrima cayó sobre ella. Ranma la apretó más contra sí y pudo sentir como él la mordía en el hombro, justo en la articulación, en un punto en el que ella sabía estaba haciendo fuerza pero no la provocaba dolor. Ella sabía que lo estaba haciendo así para evitar gritar. No supo muy bien cómo lo averigüo, pero Ranma la estaba mordiendo para evitar por todos los medios echarse a gritar desesperado. Acorralado. ¿Qué había ocurrido para que él estuviese así?

―Está bien... ―susurró conciliadora sobre el pelo oscuro, resposando su mejilla contra la cabeza de él y devolviéndole el abrazo― Shshsh, ya está mi vida...

―No puedo más ―dijo con la voz estrangulada sobre su hombro, sustituyendo sus dientes por un beso suave y delicado ―. No puedo más...

Durante unos segundos solo escucharon sus respiraciones entrecortadas, totalmente descontroladas.

Akane no sabía qué decir. Y Ranma no podía contar...

Lo sento molto Dama ―murmuró él después del prolongado silencio, soltándola suavemente hasta que los pequeños pies de ella apoyaron en el suelo ―Lo sento. Y siento haber intentado utilizarte...

Durante un momento no supo qué decir. Era la primera vez que le veía y le sentía tan vulnerable, tan perdido. En los escasos momentos de flaqueza le había visto irradiando seriedad y un cierrto distanciamiento, agresividad mezclada con el dolor, el anhelo, o cualquier otra emoción compatible. Pero nunca le había visto así, tan desesperado que se hubiese derrumbado hasta el punto de llorar.

―No pasa nada... ― llevó las manos hacia el rostro de Ranma, y enmarcándolo suavemente, consiguió que aquellos ojos vidriosos de azul profundo y plata la contemplaran fijamente sin un rastro de vergüenza ―¿Estás mejor? ―suspirando, él asintió ―Vale. ¿Quieres contarme qué ha pasado?

Ranma negó vehementemente con la cabeza un instante antes de dibujar una más que forzada sonrisa y decirla un "No puedo" que dejaba entrever un "Aunque lo necesitaría". La acarició la mejilla con la mano; un contacto sútil y fugaz, antes de encaminarse de nuevo hacia la ducha. Pero entonces no cerró la puerta. La estaba invitando indirectamente. Invitando a que descubriese algo que quería esconder cuando trancó la puerta. Y Akane no perdió la oportunidad de aceptarla; tanto por él, como por ella misma. Y cuando se introdujo en el baño, encontró la ropa de Ranma rebujada en una esquina en el suelo, manchada de sangre.

Levantó su mirada del color del bronce buscando la de él y encontró las pupilas dilatadas, enmarcadas por aquellos irises lapislázulis, tras la puerta de la mampára transparente. Y se dió cuenta de que lo que aquellos ojos suplicaban era un perdón. Necesitaba que alguien le perdonara. Una expiación.

―Sea lo que sea...―susurró con la voz ahogada entre el dolor y el miedo ―, te perdono.

Y le vió cerrar los ojos pesadamente, agradecido, liberado, girarse como si el cuerpo le pesase una tonelada y hundirse bajo el chorro de agua caliente, apoyándose con los brazos contra la pared como si fuese incapaz de sostenerse por sí mismo.

Akane se quedó unos segundos más observando la ropa, absorta y aterrorizada, imaginando cómo podía haber llegado ésa sangre hasta las prendas de él.

¿Era por el cúmulo de cosas que le pasaban en el trabajo que había llegado así a casa? ¿O era por lo que hubiese sucedido que estaba de ésa manera? Fuera lo que fuese, una parte de ella ansiaba conocer lo ocurrido para poder ayudarle pero otra se negaba en rotundo a inmiscuirse en asuntos tan delicados, especialmente cuando él mismo la había advertido.

Una persona como él no se merecía sufrir así... No al menos hasta ése punto. Haría cualquier cosa para quitarle todo el dolor que llevaba dentro; dolor pasado, presente y futuro.

Levantó la mirada suavemente y observó el borrón del cuerpo desnudo Ranma que se apreciaba a través de la mampara ahumada por el vaho. El líquido resvalaba por su cuerpo como un manto cristalino, enrojeciendo los músculos por donde se deslizaba. Y sintió deseos de llorar. "Ojalá deje su trabajo" Fué su último pensamiento antes de salir del cuarto de baño con la cabeza gacha y el corazón encogido.

Quince minutos más tarde Ranma apareció en la puerta del salón, vestido con ropa de calle, unos vaqueros y una camisa, el rostro tranquilo y una media sonrisa. Como si no hubiese pasado nada.

Akane le miró sin moverse del sofá, donde estaba acurrucada y había estado dándole vueltas a la situación, casi sin creer lo que veía. ¿Cómo podía transformarse de aquella manera? Hacía quince minutos estaba destrozado y ahora sencillamente hacía acto de presencia como en cualquier otra ocasión. Le vió apoyarse contra el marco de la puerta y cruzarse de brazos.

―No quiero hablar de ello ―dijo desviando la vista al suelo. Ahora sí, con un toque de vergüenza y pesar.

―¿Estás seguro? ―murmuró indecisa ―Sabes que...

―Sí ―interrumpió clavando su mirada en ella, con una mirada ligeramente turbia, dura y decidida ―. Estoy seguro.

―Vale... ―y giró su rostro hacia el otro lado, evitando que él contemplara unas motas de humedad en sus ojos. No era justo. No era justo.

―Voy a sacar a Kira ― suavizó la voz y la envolvió en ese tono jovial y despreocupado con el que solía hablar con ella ―¿Me acompañas?

Y cuando le escuchó, decidió que no le presionaría como en otras ocasiones. Tal vez lo que él necesitaba, precisamente, es que ella fuese paciente, que actuara como lo hubiese hecho normalmente. Compartir momentos y conversaciones que le distrajesen. Era probable que ésa fuese su mejor terapia hasta que pudiese hablar con ella...

Con ése nuevo pensamiento se llenó de energía y vitalidad. Volvió el rostro hacia él con una amplia sonrisa y se levantó del sofá de un salto.

―Claro que sí. ¿Cómo puedes preguntarme eso? ―exclamó exagerando una ofensa arqueando una ceja y acercándose hacia su pareja contoneándose sensualmente―. Vamos, que tengo que contarte una cosa ―murmuró sobre sus labios, cogiéndole de la mano y tirando de él hacia la terraza.

―Y esa COSA que tienes que contarme... ―dijo con un deje irónico mientras abría la puerta de la terraza a Kira y cogía la correa ―¿Va a gustarme o tendría que empezar a pensar en una forma de huir de de tus garras?

―Huir ―contestó ella mientras le hacía monerías a la pastor alemán, quien movía la cola con entusiasmo y salía al trote del apartamento hasta quedarse frente a la puerta del ascensor mirándoles con impaciencia.

Unos minutos más tarde los dos caminaban cogidos de la mano por la acera que quedaba cerca del parque en donde solían sacar a Kira. La perra llevaba un rato mordiendo la correa y tirando de ella, peleando para que Ranma la soltara. Akane reía cuando él intentaba que se estuviese quieta con algo parecido a una regañina, pero estaba claro que Kira no había sido educada para caminar atada. Era por eso que su pareja no la regañaba en realidad.

Finalmente, cansado, Ranma se soltó de Akane y corrió con Kira, mientras jugaba con ella tirando de la correa y la provocaba con las palabras, hasta el cuadro de arena del parque que estaba preparado para dejar a los perros sueltos. Desde donde ella se quedó, observó como su pareja abría la verja y liberaba al animal dentro del recinto. Kira no tardó en echar a correr sobre la arena saltando y brincando de un lado para otro y Akane no evitó sonreir al ver lo feliz que se sentía la perra. Era curioso como habían cambiado sus sentimientos hacia ella...

Suspiró. Tenía que contarle a él lo que la señora Anders le había dicho en el ascensor. Tal vez la mejor manera era decírselo así, sin más.

Ranma se cruzó de brazos apoyándose sobre la barandilla de la verja y observó como su Dama se acercaba hasta allí con paso lento y distraído. Sus grandes ojos terracotas estaban absortos en algún punto sin concretar hacia el fondo del parque. Echó un vistazo rápido a Kira y después, volvió a concentrarse en admirar a su pareja. Se sentía afortunado por haberla encontrado; una mujer inteligente, cariñosa, divertida, con un gran corazón y una excelente capacidad para comprender a los demás. Y, no sabiendo muy bien porqué, le encantaba aquel lado un tanto neurótico suyo. Sonrió al recordar aqul día que tuvo que sacarla del calabozo...

―¿De qué te ríes? ―preguntó al llegar a su lado y apoyarse del mismo modo contra la barandilla, mirándole fijamente.

―Me estaba acordando del día en que te encerraron en el calabozo. Cuando te ví allí, no me lo podía creer.

―¡Oooh! No me lo recuerdes ―murmuró con una mueca lastimera y desviando la vista buscando a Kira ―. Me avergonzaré de eso toda mi vida.

―No digas tonterías ―Ranma se separó de la verja y la rodeó por los hombros, acercándola a su cuerpo ―. Yo sí que tengo por lo que avergonzarme, Dama... ―susurró contra su cabello, besándolo, mientras ella se acomodaba entre sus brazos ―¿Has pensado lo de tirar el maldito muro?

―Maldito muro... ―dijo ella pensativamente, como si meditara aquellas palabras ― ¿Tan mal te cae que tienes que maldecirlo?

―Me cae tan mal que quiero deshacerme de el para siempre.

―Uuh... para siempre. Eso parece una propuesta de matrimonio.

―Pues sí ―contestó secamente.

Akane se giró entre sus brazos teatralizando un gesto sorpresivo y esperanzador. Cuando él la observó con detenimiento, ella elevó una ceja inquisitiva y habló con sarcasmo, comenzando con la broma.

―¿Me estás pidiendo matrimonio Tiziano?

―Tal vez ―elevó los hombros perdió la mirada hacia el horizonte, buscando a Kira ―. Pero solo si aceptas tirar el muro.

―Así que, déjame ver si lo he entendido ―se acomodó de nuevo contra él, arrullándose y disfrutando del calor y la fuerza masculina ―. Yo acepto tirar el muro y tú me pides matrimonio. Uhm, tengo que pensármelo un poco más. Son dos propuestas muy intersantes...

―Y recuerda que tengo mucho dinero ―apostilló él con una sonrisa

―Oh,sí, por supuesto. Así que ganaría un piso el doble de grande, un marido muy bien dotado... ―y acompañó al comentario de un movimiento de caderas, frotando su trasero contra él ―... y que además es rico.

―Yo no me lo pensaría mucho. No vaya a ser que alguna zorra mala te lo quite ―y dió en el clavo. Akane volvió a girarse, pero ésta vez sus ojos irradiaban posesividad, celos. Y él no pudo evitar reírse. Adoraba lo ingenua que podía ser... ¿Es que aún no se había dado cuenta de que para él solo existía ella?

―No tiene gracia ―le espetó enfadada ―. Pero ninguna gracia. ¿Qué te parecería a ti si te dijera eso, eh? ―intentó zafarse de sus brazos. Imposible. Ranma la tenía fuertemente agarrada contra él ―¿Si te dijera que hay alguno detrás de mi?

―Le rompería el cuello ―susurró contra su oído con la voz obscura cuando consiguió que se quedase quieta. Después, dejó que sus labios rozaran la suave y tersa piel de su garganta ―Ya te lo dije una vez ―Cuando la sintió suspirar, murmuró cerca de su nuez― ¿Qué harías tú, Dama?

Comenzaron a mecerse en silencio, suavemente, como si una brisa les moviese con delicadeza. Akane dejó resposar la cabeza contra el amplio pecho de Ranma, mientras cerraba los ojos y disfrutaba del calor corporal masculino que la envolvía y protegía en aquella noche fría. De aquellas eróticas caricias en el cuello. Extasiada, sensual, relajada...Calma y quietud. Era el momento.

―La señora Anders me ha dicho que nos oye ―dijo sin más, con la voz un tanto empañada, como si con aquello consiguese amansar a una fiera a la que el mundo le importaba muy poco.

―¿Que nos oye, qué? ―preguntó un poco descolocado, dejando de acariciarla con los labios.

―¿Crees que soy escandalosa? ―se separó de él, con el rostro sonrojado. Daba gracias que era de noche, porque estaba convencida de que si fuese de día estaría tan brillante como un tomate bajo el sol.

Ranma arqueó una ceja. Bien, le gustaba su lado neurótico y un poco loco, pero no cuando él no sabía de qué narices estaba hablando. Su sangre estaba repartida entre su miembro en agonía y su drogado cerebro.

―Cuando te enfadas lo eres bastante, sí ―fué capaz de decir.

―¿Y en la cama? ―interrumpió rápidamente, antes de que él dijera nada más.

―Así que es eso ¿eh? ―murmuró con la voz ronca, echándola una lasciva mirada de arriba abajo y comiéndola su espacio vital lentamente.

Akane restrocedió.

―Ni se te ocurra, pervertido ¡Contéstame! ―colocó una mano al frente, apoyándola contra él y evitando así que se la echara prácticamente encima.

―Me gustan tus gritos ―empujó con un poco de énfasis y la acorraló contra la valla. Sus ojos se clavaron sobre los de ella, con una mirada cargada de lujuria y satisfacción. Arrimando sus labios a los de Akane susurró con la voz cargada de deseo ―. Me excitan. Y me hacen saber que lo estoy haciendo bien... No pienso dejar de ponerte las manos encima porque la vecina del segundo nos oiga.

―No he dicho que dejaras de hacerlo. Solo que tal vez... ―dejó de respirar cuando sintió la mano masculina escurriéndose por encima de su cadera ¿Es que pretendía asaltarla allí? ―...la...la próxima vez... ―y con un movimiento rápido se escabulló por debajo de los brazos masculinos que la apresaban contra la verja. Dió un saltito y se colocó su lado. Como si se tratase de una niña pequeña que intentaba esconder una travesura, llevó las manos a su espalda y le sonrió con exagerada dulzura ―¿Podríamos cerrar las ventanas?

Ranma se quedó apoyado contra la verja y la miraba por sobre su brazo estirado con ojos hambrientos y anehlantes. Que se hiciera la inocente e intentara escaparse de él solo conseguía que se excitara aún más.

―¿Ranma?

―Cerrar las ventanas... ―dijo pensativamente, intentando recolocarse en la situación. ―Sí... ―y ella sonrió. ÉSA sonrisa que le quitaba el aliento. Era simplemente deliciosa ―Muéve ése bonito trasero a casa ―dijo irguiéndose, con aquella voz turbia. Silbó a Kira llamándola, sin apartar la mirada de Akane ―. Vamos a tener unas cuantas ventanas que cerrar esta noche Dama. Y varias veces...


Autor: AnDrAiA / Cap. Revisado: 24 de Mayo de 2008 / Edición para: FanFiction


¡¡Que todo el mundo se tranquilice!! ¡¡NO VOY A DEJAR ÉSTA HISTORIA!!

Que me demore en actualizar no quiere decir que vaya a abandonarla. Sencillamente mi vida ha cambiado un poco en este año y apenas tengo tiempo ni siquiera para comer ¡Hay días que como de camino a algún sitio! Así que, básicamente esta situación es la que está haciendo que tarde tanto en actualizar. Publico a medida que termino de escribir una parte de cada capítulo, algo totalmente diferente al principio pues cuando empecé a publicar llevaba la historia adelantada unos cuantos capítulos, pero entonces se borró todo y tuve que empezarde nuevo, así que actualizo todo lo rápido que puedo.

Por favor, me agobia muchísimo que me mandéis mensajes solo para pedirme actualización. No porque contactéis conmigo, no hay nada que me haga más ilusión y me guste, si no porque a veces solo recibir un mensaje en el que ponga ¡ACTUALIZA YA!, por mi manera de ser, me atora un poco la neurona. Más que nada porque si ya de por sí me agobio por saber que tardo tanto en actualizar, recibir así los mensajes me agobia muchísimo más. Vamos, me encanta recibir mensajes en lo que me comentéis qué tal os parecel a historia, o si algo os parece curioso, incluso de si dudáis sobre algún momento o situación y queréis que os lo aclare, pero tan solo pedir la actualización... ¡Buf! Mi neurona empieza a corretear desesperada por mi cerebro... Espero que lo comprendáis y no toméis esto a mal...

Y ya, después de mi rollo... Espero que ésta parte os haya gustado. Recuerdo que es un capítulo de transición. ¡Si, ya pronto se van a Italia! ¡Estáis ansiosos! Ya va, ya va... solo queda una o dos partes más de éste capítulo antes de que se marchen. Si queréis escribirme ya sabéis que podéis hacerlo o bien a mi correo electrónico o a través del foro de mi página personal, que encontraréis el enlace en mi perfil de fanfiction.

Gracias a todos los que seguís la historia. Gracias por vuestro continuo apoyo y vuestra santísima paciencia. Sóis geniales. Y gracias a vosotros yo sigo esforzándome para seguir mejorando y para hacerlo lo mejor que pueda. ¡Un abrazo enorme! Y de nuevo, muchísimas gracias.

AnDrAiA


El nombre de los personajes, así como la serie de Ranma 1/2 pertenecen única y exclusivamente a Rumiko Takahashi, Viz Comunication, Fuji Tv, Glénat y todos los respectivos editores que han adquirido derechos de publicación en los diversos países en los que fué editada dicha a obra. Tomo prestados los nombres sin ánimo de lucro, ni finalidad comercial, por lo que no estoy incumpliendo ninguna ley.

Así mismo, la historia original aquí narrada, tiene sus derechos reservados bajo mi autoría.

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