28 – Hacer el ridículo

Hacer el ridículo significa ser víctima de las convenciones sociales.

Tendrían que haberse percatado mucho antes. Quizá desde el momento en que la niña articula su primera palabra, "Sherlock", con un año dos meses y tres días de edad, o quizá cuando la señora Hudson bromea de que Elizabeth no necesita hablar para hacerse entender, basta con que el detective deduzca sus necesidades y deseos e interceda por ella. Lo cierto es que el vocabulario de su hija es muy limitado: "Sherlock", "John", "Mary", "baile", "escena del crimen", "kigurumi", "gracias".

En su universo de Baker Street no hace falta más, claro, pero las cosas se tuercen cuando Elizabeth empieza a acudir a la escuela. A la semana llega la primera nota de la profesora, preocupada por la "incapacidad de la niña para comunicarse con los demás" (tonterías, en casa la entendemos a la perfección) y que "requiere un diagnóstico psicológico para poder ofrecerle atención adecuada" (no, no necesita la etiqueta "asperger" ni ninguna otra que la aísle de la gente). No tienen ningún problema en que su hija no sea "normal", al contrario. Aburrido.

A la tercera semana de clase les piden fotos de familia, y Elizabeth elige una en la que aparece en brazos de Sherlock, ambos con zapatillas de danza y tutú; detrás, John y Mary ataviados con sus kigurumis de erizo, acurrucados en el sofá. Adorable.

La niña regresa con un nuevo concepto añadido en su vocabulario: "hacer el ridículo".

Esa noche la colman de abrazos y mimos. Mary hace unas cuantas piruetas ninja, y Elizabeth ríe. John le presta el portátil, y Elizabeth crea su primer blog, "No me ridiculices", que muy pronto supera las 1895 visitas. Sherlock toca el violín, y Elizabeth baila y baila y baila sin parar.

Durante la semana siguiente saltan a la prensa varios casos de bullying en las escuelas, tanto públicas como privadas. Y si entre las que ven más afectada su reputación por todo el revuelo figura la escuela de la pequeña, puede que sea casualidad, o puede que tenga que ver con que el ministerio de Mycroft analice con lupa todos los expedientes y grabaciones de seguridad del centro.

La familia decide educar en casa, al ritmo de los intereses de Elizabeth. La chiquilla no tiene problemas con el lenguaje, solo que no encuentra la motivación a verbalizar sus ideas hasta que descubre el juego de la deducción: otra actividad que comparte con Sherlock, además del baile, son los paseos al parque, sentarse en un banco y deducir en voz alta los secretos más íntimos de los transeúntes. Muy a menudo regresan corriendo, riendo todavía de las reacciones airadas que despiertan en la gente. Elizabeth no volverá a pisar el aula hasta que haga la prueba de acceso a la universidad; y como cabe esperar de una Watson-Holmes, la superará con creces.