Cuerpo cautivo


Albert Wesker & Claire Redfield


Capítulo 28: Ven por mí durante la luna de sangre.

I'm covering my ears like a kid
When your words mean nothing
I go la, la, la
I'm turning up the volume when you speak
Because if my heart can't stop it
I find a way to block it
I go la, la, la...

La la la – Naughty boy feat. Sam Smith.


Descargo de responsabilidad: Los personajes de Resident Evil descansan en manos de Capcom. Y últimamente no siento que lo hayan hecho del todo bien, pero… ¿qué le vamos a hacer? En algún tiempo nos dejaron gozar más que sufrir.

Dedicatoria especial: Eh, Nelida Treschi. Porque la quiero mucho.

Y a mis queridas niñas, Addie Redfield y Polatrixu por todo su apoyo y paciencia; no soy una persona fácil, pero creo que eso queda les ha quedado claro desde hace mucho tiempo.

Nota de la autora: Sólo me queda agradecer por los comentarios, por los ánimos y el apoyo. He estado en una etapa muy complicada de mi vida. Aunque no lo parezca, no soy la misma persona de cuando inicié este proyecto. Pero espero que sigan disfrutándolo tanto como yo.

Sin más, aquí estamos…


Ada Wong.

La mujer del vestido rojo.

La espía de escrúpulos temblorosos, de labios carnosos pintados de un carmín de ensueño.

La dama que se desliza entre las sombras, que cumple las órdenes en su tiempo y forma, que se convirtió en la leyenda viva entre los escombros, de pie con sus tacones negros y sus largas cintas de adorno.

Esa mariposa que se aparecía de cuando en cuando, dispuesta a despertar en él un deseo flotante como sus pasos, con olor a jazmín, con esos aires orientales, tan sutiles, que lo envolvían en una manta de seda y lo cegaban.

No había otra forma de recordarla; era un pecado, una debilidad, una tentación disfrazada de mujer.

Y aun con todo esto, Leon seguía resistiendo el impulso de gritar su nombre a plena calle.

Praga, el antiguo reino de Bohemia. Siempre creyó que la agente secreta elegiría una ubicación mucho más caótica; Ada no parecía ser fanática de la tranquilidad. Aunque no la conocía lo suficiente para poder hablar con toda certeza de sus gustos y disgustos.

La ciudad en cierto nivel representaba un poco de ella; los elegantes automóviles, el anonimato, las luces en farolas neoclásicas y todo ese aroma a reencuentro. Si aquellos naranjos y arbustos de alelí pudiesen hablar, delatarían todos los secretos de hombres adinerados y las amantes que los acompañan de vacaciones.

Leon Scott Kennedy reajustó el cierre de su abrigo de cuello alto. Los rastros de aire frío le golpeaban las mejillas hasta hacerlas enrojecer con su candor de invierno. Su bufanda cárdena se agitaba con violencia; parecía que volaría lejos de presentarse la oportunidad.

Seguía caminando por las calles alborotadas de Bohemia, en búsqueda de un sueño, de una persona que entraba y salía de su vida a placer, de una mentira, de un beso que murió antes de nacer en sus labios.

Sus elegantes zapatos negros estaban pisando el hielo con determinación.

El agente americano se preguntaba intensamente en qué había estado pensando cuando tomó ese avión con los datos de la última ubicación de Ada —los que Ingrid Hunnigan le había hecho el favor de proporcionar—.

¿En serio esperaba encontrarla así de fácil?

Sí, claro, ella estaría esperándolo con un letrero en la cabeza que dijera: me llamo Ada Wong y trabajo para el mejor postor. Si ven a Leon Kennedy, díganle que estoy dispuesta a ayudarlo.

No.

Pero así era…

Ese baile distante, esa batalla de sentimientos, de encuentros causales entre ellos, parecía funcionar muy parecido; sólo tenía que pensarla con la suficiente fuerza y Ada aparecía. Una especie de hada madrina cuyo precio era causarle una confusión de semanas y devolverle el gusto a su coñac.

Sin ser esperada, sin ser llamada por su ronca voz. Se deslizaba con su lanza garfios a través de las superficies más empedradas, sus ojos verde noche llenos de una inteligencia taimada, dispuesta a destruir todo lo que se atravesara entre ella y su objetivo.

Porque así era Ada Wong. Más determinada que la mismísima luna a salir todas las noches, poderosa, discreta; la seducción era tan plausible en sus pasos, como en sus disparos.

Leon se dirigió al café donde Ada había sido vista varias noches cenando en soledad, al menos hasta que algún hombre se atrevía a abordarla, para después alejarse de súbito. Porque Ada podría intentar con todas sus fuerzas escapar de su atractivo, del aura místico que la rodeaba como una burbuja invisible, pero jamás lo conseguiría.

Porque había algo en ella que atraía al peligro, tal como un imán al metal.

Leon trataba de comprender; quizá por eso había elegido un país de residencia tan antiguo, tan elitista y sin mayor alboroto; estaba poniendo distancia entre ella y su oficio. Aunque el agente Kennedy dudaba que fuese tan sencillo. Él mismo lo estaba experimentando; su trabajo tenía el control de su vida personal, al grado de que esta última era más bien nula.

Quizá por eso… quizá por eso nunca se había detenido a pensar lo que ocurría cada vez que se topaba con Ada. Porque cuando los dos entraban en escena, se formaba una química explosiva, que lo inmovilizaba, y tenía deseos de gritar, de odiarla por colocarle un hechizo que le extirpaba de golpe las fuerzas, convirtiéndolo de nuevo en ese policía novato y borrando de la faz de la tierra sus traumáticas experiencias.

Volvía a ser el miembro del R.P.D, cuyo deber era sacarla viva del apocalipsis. Se transformaba en un visionario que cayó en su cuento y se vio tentado durante un parpadeo a besarla antes de que ella cayera por un abismo.

Kennedy detuvo su trote, sintiéndose amedrentado de repente por una incómoda incertidumbre.

¿Estaba haciendo lo correcto en buscarla así… sin tener un plan de respaldo?

¿Confiaba en que Ada le revelara la ubicación de Claire, sin pedir nada a cambio?

¿Lograría encontrarla entre ese mar de personas?

Porque podía fingir que ambos se recibirían como viejos amigos, abiertos de brazos, o con una caricia de amantes callados, pero su interacción había escalado más allá de todo eso, y ahora era imposible exigir que las cosas volvieran a ser simples, y que a su relación se le pudiese colocar una etiqueta.

Tal vez el principal problema no era encontrar a la chica de ascendencia oriental; era atreverse a exigir información. No temía por las reacciones o la reputación de Ada, no después de todas esas veces que ella había echado mano de sus habilidades, sólo para asegurarse de que él también lograría salir ileso de los embrollos, pero… se seguía cuestionando si en verdad obtendría lo que había ido a buscar.

No tenía tiempo que perder; las dilaciones significaban un minuto más sin saber de su compañera.

¿Por qué seguiría Ada en tratos con Albert Wesker? ¿Por qué estaba jugando de su mensajera?

Sin duda, Wong no estaba escasa de dinero; años cumpliendo al centavo las estipulaciones de sus misiones de vida o muerte, debieron de cubrir sus necesidades económicas a la perfección.

¿Sería la codicia el motor de la espía, o existiría alguna intención oculta, una motivación menos predecible que la de querer forrarse de efectivo y vivir llena de lujos?

Leon reprimió su impulso interno de comprar una cajetilla de cigarros; había abandonado ese feo hábito y no quería volver a él por desesperación.

Desesperación.

Esa fea palabra que había reinado su vida desde su regreso de la mansión Spencer.

¿Por qué todo había resultado tan… desastroso, al final?

¿Por qué no era capaz de obtener paz bajo ninguna circunstancia?

Y dejaba que los vaivenes lo arrastraran como la marea a las rocas, y aunque aparentaba serenidad, en su corazón reinaba el desconsuelo.

El agente infló sus pulmones una vez más, alzando la vista; el cielo estaba despejado, y podían verse los rastros azules de la vía láctea y las estrellas que lo decoraban como brillantes a un anillo de oro.

Sus pensamientos se instalaron en cierta pelirroja, que debía estar bajo ese mismo cielo, en condiciones muy distintas a las de él.

¿Seguiría viva?

¿Podría recuperarse del daño ocasionado por todos esos meses de encierro en compañía de un tirano, de un monstruo sin alma ni corazón?

Y todavía más importante, ¿sería capaz de dar con ella, retornarla a casa con una sonrisa de alivio o tan solo encontraría un cuerpo frío deformado por la tortura?

Tantas interrogantes... y él con tan pocas armas para tranquilizarse.

Engañarse no era sencillo después de haber contemplado tantas muertes trágicas y ciudades en ruinas, calcinadas, repletas de un polvo que apesta a enfermedad.

El joven de cabellos color arena retomó su paso, indispuesto a ceder antes de intentar. A rendirse antes de ver todas sus posibilidades agotadas.

Y aunque no había claridad dentro de su cabeza, estaba dispuesto a ver a su protectora, a su ángel vestido de demonio, a su tormento personal moviéndose sobre sus largas piernas de gimnasta, resonando esos tacones altos con los que combatía a la perfección. Ada Wong, el misterio y la seducción hechos mujer.

Porque Leon necesitaba saber con urgencia, si podría comprobar que la mujer que más amaba era Claire Redfield, y no se trataba sólo de una idealización que surgió en su primer encuentro y fue fortaleciéndose con los años que tuvo que soportar apartado de ella.

Necesitaba besar a la pelirroja una única vez, mirar en lo claro de sus ojos verdeazules para comprobar que todas esas noches soñando con leer amor dentro de esa profunda laguna, predecía que estaban destinados a ser el uno para el otro.

Y entonces así, poder apartarse del campo de batalla y disfrutar de todas esas maravillas que desde la juventud le fueron arrebatadas con crueldad.

Porque era un luchador, y lo había sido desde mucho antes de entrar a la preparatoria, pero… si notaba que Claire lo amaba, y estaba dispuesta a compartir algo más que una conversación con él… podría contemplar su existencia desde otra perspectiva. Porque aunque los dos deseaban convertir al mundo en un sitio mejor, necesitaban de un empuje todavía más poderoso que el altruismo; el amor que parecía no tener cabida en aquellas épocas de destrucción injustificada.

Necesitaba traer de vuelta a la chica que dejó escapar de la mano de ese engendro, y recitar todas esas palabras que creyó inútiles después de librarse de la pesadilla de Raccoon City.

No podría perdonarse si el daño infringido sobre la hermana menor de Chris fuese irreparable. Se volvería loco.

Durante mucho tiempo, el recuerdo de su amiga fue una razón para mantenerse, si no motivado, al menos no invadido por el odio y el resentimiento. Y ahora ella se hallaba bajo el yugo de un completo psicópata, el peor enemigo de su hermano, el diablo con traje que se alimenta del sufrimiento de los que considera inferiores.

Leon no le había pagado con buena moneda a Claire aquel entusiasmo con el que lo contagió.

Finalmente, arribó al café que Ada frecuentaba. Había una jardinera tupida de botones ámbar; algunos pétalos amarillos y dorados yacían magullados en las aceras de piedra de río. Tenían un par de mesas para dos personas, cubiertas por un techo transparente que dotaban a los comensales de una vista privilegiada de la avenida; ésta parecía vibrar por mano propia, con todos los transeúntes andando tomados del brazo, abrigándose debajo del calor humano y una amena charla acerca de las inclemencias del clima.

Era raro asociar la imagen de la espía profesional con un paisaje tan casual, tan lleno de parsimonia; se observaba a las mujeres caminar con sus abrigos de pieles exóticas, cargando con las bolsas de sus recién adquiridas vestimentas, y sus guardianes protegiéndolas de la humedad con sus sombrillas.

Los establecimientos de realeza estaban cambiando las ropas de sus maniquíes, y en el fondo podía adivinarse la presencia de los que buscaban ganarse el amor de sus mujeres con los regalos más costosos que sus tarjetas de crédito pudiesen pagar.

Todo parecía tan superficial, tan efímero.

Una cuerda invisible lo ataba al suelo; Leon se negaba a entrar a ese establecimiento que despedía un olor a chocolate almendrado y vainilla en turrón. Algo le decía que cruzando esa puerta, no había vuelta atrás.

La volvería a ver, escucharía su nombre en aquellos labios maquillados a la manera oriental, y vería ese rostro tallado en porcelana china, observándolo estoica, sin creer que Leon hubiese realizado aquel viaje sólo por intentar descubrir la ubicación de su 'noviecita'. Se burlaría de él, pero en el fondo, y como siempre, Leon podría alcanzar a leer su alma herida; aquellos sentimientos que eran negados y nunca demostrados.

Les evitaba experimentar dolor por una razón diferente a la dureza de sus oficios; el dolor de saber que jamás podrían estar juntos porque habían elegido, desde un inicio, senderos muy diferentes.

Caminos separados.

Sentía que volver a ver a Ada Wong, y preguntarle por las condiciones en las que había entregado la carta dirigida a Chris Redfield, lo haría sentirse como el ingenuo que constantemente demostraba ser en presencia de la de origen chino. Porque ella encontraba el modo de romper sus escudos, distraerlo y apoderarse de sus armas, de sus llaves, de sus muestras, de todo lo que ella quisiera obtener de él.

Ese era su habilidad especial. Lo que Ada quería, estaría allí para ella aun si tenía que cruzar el Sahara para poseer dicho objeto.

Volverla a ver, significaba revivir todos esos eventos, incluyendo España.

Y pese a que todavía no estaba seguro de que la mujer de cabello corto, azabache como ninguno, estaría sentada en la mesa más aislada de esa cafetería, tenía el presentimiento de que ambos habían estado planeando ese encuentro desde hacía muchos años. Desde el primer segundo en que cada uno emprendió su larga peregrinación de vuelta a lo que ambos llamaban hogar, ya estaban esperando toparse, rostro a rostro, y fingir que continuarían chocando sólo por compromiso, viéndose porque así lo dictaba el destino y no por gusto propio.

Antes de despedirse, ya estaban prediciendo que se verían en la siguiente misión. Fingirían que no se importaban el uno al otro, que se odiaban, que cualquiera podría apretar el gatillo para asegurarse de que las emociones no intervendrían en el cumplimiento de sus misivas.

El atractivo agente de los Estados Unidos de Norteamérica, se aproximó a la puerta de entrada, sacudiendo esa marabunta de imágenes sobrepuestas que lo abordaban cada vez que la espía se volvía tema de reflexión.

Tan concentrado estaba en mantener su mano estable y su determinación a flor de piel, que no pudo notar la presencia de una mujer de pie a su espalda, hasta que ésta le colocó la mano derecha sobre el hombro.

Leon se dio cuenta de su desconsideración y falta de modales hacia una dama, apartándose enseguida del acceso para cederle el paso a la recién llegada.

Un balde de agua fría, un relámpago que trastornó sus sentidos fue resultado de escuchar una voz conocida diciendo: —Llegas más temprano que yo, guapo, pero te estaba esperando.

Leon volteó y posó sus ojos celestes sobre la inesperada visitante, sus cejas elevadas en un arco de asombro, pues delante de él, estaba Ada Wong con el inclinar enigmático de sus delicados labios.

Estaba enfundada en un Prada verdinegro, y una chalina de gamuza negra también, que concluía en triángulo. El rubio la miró durante una eternidad antes de atreverse a llamarla por su nombre.

Los carros parecieron acelerar su paso y las personas que disfrutaban de la velada dentro del recinto de madera, podían percibir que no se trataba de dos extraños intercambiando cortesías.


Un trago más de vino.

Y otro más.

Hasta que no quede nada en la botella.

Wesker volvió a llenarlo, y a la cuarta ocasión ya solamente se trataba de servir y apurar hasta que no restara gota al fondo del vaso.

Un silencio sepulcral reinaba en la habitación anexa al balcón, esa donde por primera vez la acarició de pies a cabeza, sobre el mismo diván donde ahora descansaba su cuerpo del ejercicio extremo que había intentado realizar.

El tirano había tenido la grandiosa ocurrencia de subirse a la caminadora y correr a una velocidad acelerada para despejar el dolor de sus piernas y brazos; no estaba en condiciones de entrenar, y esto únicamente consiguió dejarlo sin aliento más rápido de lo que lo habría hecho el enfrentar a Krauser nuevamente.

Estaba observando la tranquilidad después de la tormenta; al menos en los campos suizos se había detenido la caída turbulenta de nieve mezclada con hielo sólido. Sus ojos rojos absorbían cada pintura con recelo, porque no tenía nada más en qué pensar. Había luchado de forma encarnada por bloquear toda referencia que incluyera el nombre de Claire Redfield, o el cálido apodo que él había guardado para ella desde que se conocieron.

Y no los cerraba. No cedía al agotamiento de nuevo, porque no estaba seguro de que fuese a despertar. Y de una manera u otra, terminaba por encontrarla en sus molestos e irritantes sueños.

Incluso contemplaba escenas que no habían ocurrido entre ellos.

No tenía dudas de que estaba enloqueciendo. Era un proceso lento, pero perseverante. Escuchaba las palabras de la pelirroja como brotando de un libreto, y su voz melodiosa, berrinchuda, se fugaba con naturalidad en cada uno de los diálogos.

Un nuevo sorbo de vino.

Se sonrió de medio lado, contemplando el licor balancearse entre sus manos espasmódicas; ya no dejaban de temblar ni con los medicamentos tranquilizantes.

Era irónico, ¿no es así? El que no pudiese escapar de ella ni devolviéndole su libertad. Que fuese él quien se encontrara atrapado ahora. De súbito, la sentía mucho más cercana, aun sin poder percibir su calor. Era una maldición. Una que no surgió de la mitología, ni de un libro antiguo o una tumba egipcia; surgió de una niña de cabellos de olor durazno y una longitud que decoraba sus curvas amazónicas, cayendo como las hojas de un sauce llorón sobre su espalda.

Wesker movió la muñeca; la cadena de plata brillaba cerca de las correas de su reloj.

El oscuro capitán se irguió con una lentitud impropia, dejando a la vista su actual dificultad de movimiento; estando solo, no importaba mucho forzarse a lucir imperturbable.

Estiró su cuello de un lado a otro, tratando de olvidar cómo había obtenido dicha joyería. Cuando no pudo lograrlo, golpeó con la mano abierta la superficie del diván marrón, una y otra vez, hasta que le pareció que había sido suficiente placebo para su cólera empedernida.

Al regresar a la cama, intentó con el vigor que le restaba, arrancar el objeto plateado, pero… sus dedos quedaban a centímetros de distancia antes de regresar a su posición anterior.

¡Cuánto podían invertirse los papeles! La había forzado a soportar ese cautiverio durante tantos días con el único fin de aprovecharse de la desgracia de su hermano, de ejercer una presión psicológica sobre ella y verla quebrarse bajo su poder.

Y al final, las tontas cursilerías de aquella joven mujer afectaron el desenlace de sus planes y ya nada fue lo que planeó; ya no terminó dejándola mentalmente desequilibrada, ni la convirtió en un arma de combate como a Jill Valentine. Al contrario, dejó que entrara en ese recoveco deshabitado, la volvió su razón, en un pensamiento por la mañana, en una consideración de todos los días; pasó de ser su entretenimiento a un motor que lo mantenía alerta y funcionando.

Albert Wesker lanzó el vaso de cristal en contra de la pared, regando el alcohol sobre la tapicería y los muebles, indignado por su comportamiento.

¿Cómo podía permitirse pensar en Claire con tal constancia? ¿Por qué no se detenían las visiones acerca de su melena pelirroja, sus brazos oprimiéndolo con urgencia, sus labios recorriendo su cuerpo e invitándolo caer, en consecuencia, ante el deseo de convertirla en su mujer?

Cerró los ojos, mientras su corazón se alebrestaba por la arritmia y notaba como el aliento escapaba de sus pulmones.

Además, cubrió sus oídos, porque de pronto aquella voz que era dulce sin remedio parecía querer penetrar en el fondo de su subconsciente; la hermanita menor de su enemigo iba a ser la encargada de llevarlo directo al manicomio.

Y se preguntaba, ¿dónde está mi autocontrol?, toda esa frialdad con la que he fingido gobernar mi vida, se está desmoronando sin que pueda mantener las piezas unidas.

Se tumbó sobre el diván, invadido por un cansancio asqueroso que no le permitió regresar hasta su habitación. Después de todo, esa era su casa. Podía dormir en donde le pegase la gana; con Mad al frente de su ejército, sus preocupaciones se reducían a la mitad.

Y pese a que sus sueños solían refrescar aquellas vivencias que había encarado con los S.T.A.R.S o durante el 'secuestro' de Claire Redfield, incluso eso era mejor que estar consciente.

¿Estaría Albert Wesker eligiendo escapar de su realidad por primera vez?

Y de nuevo, las sombras lo rodearon y él no se resistió.


Batalló mucho con la chiquilla Chambers para que lo dejara en paz. El diagnóstico de la joven médico; una costilla agrietada y una contusión que degeneraría en una migraña asesina durante la mañana siguiente.

Pero nada de gravedad.

Excepto la humillación de haber portado una manta contra el shock, y tener a todos los paramédicos rodeándolo como zancudos.

El capitán del escuadrón de Rescate y Tácticas Especiales los despidió 'amablemente', dejando bien en claro que la única que podía osar tratar sus heridas, era Rebecca.

Al menos a ella la intimidaba lo suficiente como para dejarse de pruebas y venditas cuando ya se encontraba harto.

Wesker tuvo que pasar por unas cuantas revisiones; tomografía y rayos-x para comprobar que el resto de sus huesos y órganos permanecían intactos. Brad, por su parte, fue internado y estaría fuera de la línea de acción durante tres meses, por lo menos; las laceraciones de su espalda habían rasgado sus músculos lumbares y los médicos estaban concentrando todos sus esfuerzos en que no se generara una infección, pero la respuesta de su sistema era delicada e incierta.

Chris estaba recibiendo un par de calmantes y analgésicos, pero más allá de los moretones, lo que resaltaba, puntual como alarma, era su estado de ánimo y las consecuencias psicológicas que traería el presenciar el cuerpo del delincuente esparciéndose a lo largo y ancho del almacén; una bala de escopeta había bastado para reventarle el sistema respiratorio, escena que se grabó en la memoria del mayor Redfield y se estancaría allí, acumulándose entre la pila de pecados y decisiones duras que éste cometería cuando las situaciones así lo dictaran.

El muchacho y encargado de la vigilancia, su hombre de respaldo, el intrépido piloto novato que parecía haberse unido a los S.T.A.R.S por mera coincidencia, estaba sentado en una esquina de la sala de urgencias, con la mirada perdida en el suelo pulido del hospital. Chris lucía tan adentrado en sus cavilaciones, que no notó a su capitán aproximándose con paso orgulloso a pesar de que esto dificultara su desplazamiento.

Al otro lado de la sala, sentados en los sillones, estaban Jill y Barry Burton, esperándolos para volver a la estación, dictar el reporte, y darse unas horas libres; un buen descanso los refrescaría y quizá disminuiría la tensión existente entre los miembros de ambas divisiones.

Valentine no se atrevía ni a mirar a Wesker, más por indignación que por miedo a las reprimendas; su intervención había salvado la vida de los tres, de eso no tenía duda alguna.

Cuando Albert Wesker apareció y vio al pálido muchacho que puso punto y final a la existencia del malhechor que había atentado contra su vida en dos ocasiones, sintió una rabia tan potente, que hubiese deseado propinarle una buena bofetada, para hacerlo entrar en razón y dejar de lloriquear, de sentir lástima por sí mismo.

Al parecer Redfield no comprendía que la elección no podría haberse presentado de forma menos drástica; su capitán o el jefe de aquellos traficantes de químicos.

E inesperadamente, se supo indignado.

¿Por qué el titubeo? ¿Había considerado dejar vivir a aquel bandido en lugar de a su superior?

Podría acusarlo de traidor, de no haber sabido que se trataba de la primera vez que el menor de los hermanos Redfield acababa con la existencia de un individuo. Fuese cual fuesen sus… inclinaciones.

Se dirigió a su lado, no muy seguro de lo qué diría. El chico ni lo percibió, hundido en su pena y desgracia personal.

Redfield —llamó con la garganta enronquecida de tanto correr y respirar el aire pesado de aquella noche interminable. Cuando su llamado no demostró causar algún efecto en su interlocutor, volvió a intentarlo, esta vez adoptando una estrategia distinta: —Chris…

El menor levantó la cabeza, y Wesker fue testigo de su palidez sepulcral y esos anillos negros que rodeaban sus globos oculares.

Es hora de marcharnos. —Fue todo lo que el mayor le dijo, mientras habría paso a la salida cristalina del hospital; estaba por amanecer.

Ah, sí —respondió Chris, sin ánimo. Su entonación estaba tan muerta como sus ganas de levantarse de aquella afelpada silla.

Los demás los siguieron de cerca hasta la calle, que desierta, parecía guardar un luto silencioso por todo lo acontecido, aunque los ciudadanos no fuesen a enterarse del atentado hasta bien entrada la tarde.

Nadie hablaría del incidente, no hasta que éste fuese completamente digerido por sus cerebros. Rebecca seguía a Barry muy de cerca, dispuesta a cubrirse con su espalda si el capitán hacía explosión como una barra de dinamita. Jill estaba armándose de valor para preguntar algo, cualquier cosa, sobre lo que les habían dicho o hecho durante esas veinticuatro horas de encierro, pero ni una sola palabra conseguía brotar; el estrés se había encargado de enmudecerla.

Valentine —exclamó el barítono chocolate de Wesker —acompañe a Burton y Chambers en la otra patrulla. Vayan a la estación y esperen por nosotros allá.

Pero… —intentó argumentar la joven de cabello corto y ojos azules, la única mujer lo suficientemente capacitada para ser incluida dentro del equipo Alfa.

Es una orden, Jill. Y esta vez me aseguraré de que la cumplas. Suficiente has hecho desafiando mi autoridad al llamar al resto de la estación —respondió el hombre ausente de sus usuales lentes negros, adoptando una acentuación peligrosa. Sus ojos eléctricos parecían querer calcinarla con un rayo invisible.

La chica se reacomodó la boina, contemplándose las botas de combate con incomodidad. No había otra solución más que seguir las indicaciones; Wesker no estaba de humor para repetir la instrucción dos veces.

Ya tendría tiempo para hablar con Chris… al llegar a la oficina que todos los Alfa compartían. Tomarían café, desayunarían, y entonces todo volvería a ser como antes, y no tendría ese gesto apagado y los ojos desprovistos de todo brillo.

Se subió a la parte trasera del vehículo, junto con Rebecca, sujetándole la mano cuando ésta sucumbió ante los nervios; tratar los golpes del líder siempre resultaba complicado debido a sus necedades y exigencias. Tener a Wesker respirando cerca era suficiente para que la pequeña doctora quisiera salir huyendo por la puerta principal.

Chris y Albert subieron a la patrulla que pertenecía a la unidad Alpha, de copiloto y piloto respectivamente, sin mediar palabra. A pesar de su condición, Wesker no podía permitirse abandonar el asiento de conductor; quería demostrarse que a pesar de que ese chico hubiese intervenido oportunamente y salvado su vida, él seguía siendo superior. En habilidades, en temple, en cualquier aspecto que fuese investigado.

Permanecieron en silencio, mientras recorrían las avenidas vacías. En uno de los altos, Albert desvió la mirada para encarar a su subordinado, pero éste parecía ajeno a sus intenciones de iniciar una conversación; podía ser que tuviese miedo de recibir un regaño de dos horas o no quería evocar las imágenes de esa incursión nocturna. Las de un hombre siendo destruido por una bala de escopeta que él mismo disparó, sentenciándolo a yacer desfigurado sobre el pavimento.

El capitán chasqueó los labios, y aceleró, alentado por la luz verde del siga.

¿Cómo había sido posible que su vida dependiera de la decisión de un chiquillo?

¿Y… por qué se percibía consternado por la actitud de Chris?, ¿apreciaría en algún nivel lo que había hecho por él? ¿O qué otra razón tendría para experimentar la necesidad de brindar un… consejo, una palabra de aprobación por más fría y distante que ésta resultara a juicio del menor?


Chris se hallaba perdido entre sus propios tormentos, pero en un corto momento de lucidez, se dio cuenta de que el automóvil no estaba dirigiéndose a la estación central de policía.

Estaban viajando justo en la dirección contraria.

¿A dónde vamos? —preguntó el castaño con desgana.

No querías preguntarlo, Chris, y yo tampoco tengo ganas de responder —inquirió el de mayor rango, la sequedad de sus vocablos complementados con la parsimonia de sus manotazos alrededor del volante.

Redfield resistió el impulso de alzar los hombros; le daba igual si el capitán quería vengarse de él no dejándole ir a su casa a dormir. Dudaba poder conciliar el sueño después de semejante experiencia.

De nuevo, el silencio se posó como un águila real, extendiendo sus alas, sin permitir que la tenue música que emanaba de la radio, marcara alguna diferencia.

Después de unos minutos de conducir, llegaron a su destino.

Baje… —le comentó Wesker, sin tener el mínimo tacto. El otro militar acató el mandato tal como lo cumpliría un autómata.

Cuando estuvo erguido sobre la nieve, Chris observó los alrededores. Estaban estacionados afuera de un pequeño local, que tenía la apariencia de estar despoblado.

El menor arqueó la ceja, inseguro de qué pasaría.

Ni siquiera se enteró de que el rubio ya estaba girando el picaporte del local y lo observaba con clara exasperación.

¿Te quedarás allí parado como una estatua toda la noche para contraer una neumonía, o me acompañarás, Chris? —cuestionó el capitán con poca paciencia, mientras se tallaba la parte superior del rostro. Cielo santo, sí que podía ser desgastante el pasar unas horas en una prisión mugrienta. Pero tenía que resolver ese problema en caliente, para evitar que creciera hasta destruir lo que tanto tiempo le había tomado formar; un equipo resistente, dignos contrincantes de las armas biológicas de Umbrella.

El muchacho se aproximó con hastío, pero al final ambos entraron

Se dio cuenta entonces de que se trataba de un pequeño bar, el cual debía estar abierto toda la noche. Era confortable, a pesar de que irradiaba ese peculiar olor a alcohol y botanas.

Una taberna de tipo irlandesa. Con los pivotes que servían la cerveza y un enorme espejo al fondo, adornando el despacho donde el barman atendía a sus clientes.

No había nadie más dentro del establecimiento, ni siquiera alguna mesera o el mismo dueño. Aunque éste apareció transcurridos algunos segundos de que ambos hombres tomaran asiento en una de las mesas que daban a la calle.

Chris no entendía de dónde surgía la repentina decisión de Wesker de visitar ese sitio, y por qué lo llevaría a él, a rastras. Fueron muchas las ofertas de la especie que Wesker había rechazado, todas externadas con el fin de que pasara tiempo en compañia de sus 'colegas'.

Ahora, estaba eligiendo la peor de las noches para 'socializar'.

El encargado de la taberna se dirigió ellos, acompañado de una ligera cara de sueño; llevaba un clásico suéter de lana, botas de campamento, y con su acento extranjero les preguntó qué era lo que ordenarían para comer y beber.

El menor Redfield no dijo nada. Se mantuvo impasible y con sus modos de mártir; el apetito se le había esfumado y de pronto la idea de estar ebrio no le fue tan atractiva. Especialmente estando en presencia de su capitán.

Dos whiskys en las rocas, por favor —pidió el hombre rubio, tomando su costado de forma discreta. Con todo y los analgésicos, seguía doliendo.

— "Ni siquiera me preguntó si quería tomar, en realidad" —guardó Chris para sí mismo.

¿Qué podía esperar de alguien tan egocéntrico y poco tolerante como Wesker?

Bufó frustado, sin llegar a creer que estaban en un local de tragos, juntos.

Wesker era el tipo más amargado y antisocial que conocía, y el menor no estaba de humor para aceptar malos tratos, no después de lo que se había visto forzado a hacer horas atrás.

Redfield… —empezó a decir Wesker, sin conectar miradas con el oyente; tenía la vista fija en el exterior. Había optado porque ambos fuesen a ese sitio ya que no quería tener al resto del equipo flotando como moscas por toda la oficina. Y estaba seguro de que Chris tampoco habría querido estar en boca de todos y fingir una y otra vez que se sentía de maravilla.

Escuche, capitán… no quisiera parecer grosero pero… me gustaría volver a la estación lo más pronto posible.

¿Preferirías que te expusiera mi molestia en frente de todo el cuerpo de policía? —cuestionó el capitán de forma aparentemente serena.

¿Molestia? Con todo respeto, nosotros ya le explicamos el porqué de nuestra respuesta al llamado. No podríamos haber permanecido quietos sabiendo que había ciudadanos en peligro y… Irons nos dio la aprobación necesaria.

Los ojos de Wesker se tornaron rabiosos al escuchar el apellido de su superior inmediato. Claro, como si ese imbécil tuviese la capacidad intelectual para dirigir el sistema de justicia de toda una ciudad.

No me refería a su decisión imprudente de responder a una misión tan arriesgada sin siquiera avisarme, pasando de largo mi autoridad sobre el escuadrón. Además, violó mis órdenes directas, y no conforme con eso, me retó subsecuentemente, poniendo nuestras vidas en riesgo. ¡¿Y cree que no debo de estar molesto por su comportamiento?! —exclamó Albert Wesker, poniendo énfasis en la última oración y resistiendo su impulso de golpear la gruesa mesa transportada desde las entrañas de Irlanda.

Chris apretó los labios, en señal de estar reteniendo sus propulsiones prematuras.

¿Qué esperaba que hiciera?, ¿que dejara a esos sujetos llevarse a Brad mientras mantenía la cabeza gacha? —refutó Chris, con su temperamento al alcance de la mano.

¡Tu trabajo, eso estaba esperando que cumplieras! ¡Y tu trabajo es seguir mis mandatos al pie de la letra, sin cuestionar! ¡Y en esa misión, más que nunca, necesitábamos que no salieras con tu complejo de héroe a querer salvar el día! —respondió Wesker sin parecer escandalizado, aunque cavando debajo de su inexpresión, podía leerse un enojo abismal.

¡Bueno, al menos a mí me interesaba un poco lo que fuese a sucederle a Brad! —exclamó con rencor el mayor de los Redfield, causando en su interlocutor una reacción inesperada. El capitán de los S.T.A.R.S azotó la palma abierta sobre la mesa, causando un ligero sobresalto en el menor.

¿Y se puede saber de dónde, Redfield, has sacado la brillante idea de que a mí no me interesa? —cuestionó el rubio, recargado sobre el respaldo de la silla, tratando de guardar la distancia aunque lo que más quisiera hacer fuera lanzarse a puñetazos en contra del insulso y problemático polizonte.

Yo… —se aclaró la garganta, tratando de encontrar las palabras adecuadas y responder. —Es… no debería reprocharme el que le intentara salvar la vida a mi compañero. Habría hecho lo mismo si lo hubieran elegido a usted.

Wesker retrocedió la cabeza un centímetro, y quedó a disposición de la sorpresa, su frente arrugándose con dos líneas largas mientras reprimía el impulso de levantarse las gafas, recordando que las había perdido durante el enfrentamiento.

El encargado del bar llegó de sorpresa, sin captar del todo el volumen encendido y poco político de la conversación. Dejó las bebidas delante de ellos, sin preocuparse por repartirlas.

Chris se revolvió disgustado sobre su asiento, encontrando el callejón vacío mucho más interesante que aquella plática que estaba seguro terminaría en desgracia.

El mayor detuvo al sujeto antes de que éste volviera a sus deberes de lavar las copas.

Traiga un vodka flameado —ordenó, mientras lo sostenía del antebrazo.—Redfield…—volvió a llamar, sin prestarle atención a la bebida que tenía enfrente.

No hubo respuesta.

Había un plan de respaldo, pero Valentine tardó un poco más de lo que sospeché en ponerlo en acción... Hice una elección objetiva, era obvio que tú no hablarías; iban a golpearte hasta la muerte sólo por tu estúpida lealtad a una insignia. Por otro lado, Vickers… estaba seguro de que hablaría después de un par de golpes. Las probabilidades de que a él lo mataran eran menores. A diferencia de ti, que tienes la necesidad inherente de portarte como un rebelde insensato.

Chris se mostró ofendido por el estamento, rodando los ojos cuando la frialdad de su jefe le pareció excesiva; existe una delgada línea entre ser un estratega de los mejores, y convertirse en un desalmado que subasta vidas sin importarle ir en contra de los principios morales básicos.

El barman volvió con el último pedido realizado. Llevaba un vaso delgado de una cuarta de alto, relleno de un líquido oscuro. Le prendió fuego a la bebida con un encendedor, haciendo que una luz fluorescente de color azul brotara de la superficie negra. Segundos más tarde, la tapó con un envase de cristal, extinguiendo la llama.

Aquí está su trago flameado, señor —dijo el extranjero con un tímido acento y reprimiendo un bostezo en consideración a sus comensales.

Gracias —murmuró el mayor, empujando la bebida en dirección a su subordinado, utilizando la yema de los dedos. —Tómalo. —sentenció Albert Wesker, muy poco cortés.

El menor adquirió una mirada dudosa y postura titubeante.

Vamos, no pongas esa cara de miedo. No voy a envenenarte. Bébelo de un solo golpe, Redfield. No tenemos toda la noche, así que… adelante.

El chico examinó el ofrecimiento, y tragó saliva. Había sido un día muy largo para él, y pocas ganas le restaban de discutir. A lo mejor eso le quitaría el sabor a bilis que le restaba en la boca después de haber destrozado el cuerpo de un hombre con un 'insignificante' plomazo.

Agarró el pequeño recipiente de vidrio, pintado por el tono ocre del alcohol, y lo apuró de un topetazo, sintiendo el trote de un calor abrazador, descendiendo a través de su garganta y el característico mareo que producen las bebidas alcohólicas cuando son ingeridas con apremio.

¡Argh! Es… es bueno… ¿pero por qué tenía que tomármelo todo de golpe? —protestó el menor del equipo Alfa, adquiriendo un puchero peculiar al no poder saborear del todo el líquido, antes de que éste descendiera toda la trayectoria de su esófago.

Te ayudará a recuperar el color y relajar los pensamientos.

¿Por qué todo lo que Wesker decía no paraba de sonar como ley?

Y era cierto, el más joven de los militares lucía un poco menos fantasmal; sus mejillas adquirieron un tono encendido por el ardor del menjurje y su espanto iba curándose poco a poco.

Chris regresó los ojos piedra a la solitaria avenida; pudo divisar la patrulla estacionada, el grifo en caso de incendios, los enormes postes que terminaban en alumbrado público, la nieve que iba derritiéndose desproporcionada. Algunos pastos y manchas verdes en el paisaje, estaban siendo agredidos brutalmente por la niebla socarrona que anunciaba la partida de la madrugada.

De pronto, y como si de una cachetada de realidad se tratara, el crimen que cometió, el acto de 'salvación' con el que ambos pudieron salir ilesos de aquella encomienda, amenazó con tumbar a Redfield de su asiento.

Había asesinado a un hombre.

Sin importar cuál fuese su posición, cuán malévolos pudiesen haber sido sus planes para los tres miembros del sistema judicial o su labor como traficante de Umbrella… ese sujeto tendría una madre, un padre… y hasta podía dar la casualidad que, aun en su papel de villano, pudiese haber formado una familia que lo esperara en casa.

No podía creer que apretó el gatillo y nada de eso pasó a través de su cabeza.

Si bien era cierto que todo había ocurrido demasiado rápido como para procesar los argumentos con claridad… al menos debió de razonar dos segundos antes de dispararle a quemarropa.

¿En qué clase de persona lo estaba convirtiendo su tarea en la división de los S.T. ?, ¿habría perdido ya toda clemencia, su voluntad para perdonar los errores ajenos y otorgar 'segundas oportunidades'?

No pudo evitar sentir como sus orbes tambaleaban con lágrimas retenidas, y se juró que no permitiría a su lado emocional brotar enfrente de Albert Wesker. El rubio se burlaría, lo forzaría a escuchar sus discursos baratos, humillándolo en el proceso… y claro, luego lo despediría sin miramientos.

Wesker debió de notar el torrencial de emociones que orbitaban alrededor de su mente y corazón, porque aclaró sus cuerdas vocales. Aquello no era su fuerte; el tener que lidiar con las inseguridades, los traumas personales, las vivencias que marcaban a sus subordinados mucho antes de llegar al escuadrón, le parecía innecesario y hasta poco profesional. No era una cláusula del contrato. Entre él y los demás miembros del equipo, existía una clara distancia que bajo ninguna presión rompería. No eran amigos, y las cursilerías podían guardárselas para cuando llegaran a sus respectivos hogares.

Sin embargo, el capitán tenía que darle crédito; había destrozado a alguien que había estado a punto de plomear a su superior justo a la altura del pecho. Si Chris no se hubiera librado a tiempo de su propia contienda, probablemente Wesker estaría tirado en el asfalto con una sábana blanca encima, o luchando por su vida en un quirófano.

Y aunque dicha verdad lo fastidiara, y le pusiera de un humor de los mil demonios… le provocaba una ligera sensación de responsabilidad para, al menos, procurar que Chris no se suicidara llegando a su departamento, o se quebrara enfrente de toda la estación al verse obligado a repetir el relato.

Chris… sé que es la primera vez que un disparo tuyo… bueno, encausa a que una persona pierda la vida. Y lo sé porque antes de ingresar al escuadrón, eras piloto, y no muchos pilotos tienen el entrenamiento necesario para utilizar un arma, o misiones tan arriesgadas que requieran de su intervención como tiradores.

El muchacho lo escuchaba sin apetencia, imaginando que se cubría infantilmente los oídos con sus palmas. No quería saber nada del exterior. No estaba preparado para enfrentar de cara a cara, el resultado de su radical acción. Y allí estaba, su jefe, recordándole los detalles. Para picar la herida y lanzarle sal, cuando ésta seguía sangrando como un caudal abierto. Para reprocharle su falta de buen juicio a la hora de defender a Brad, y hasta evidenciar su ausencia de práctica en los combates cuerpo a cuerpo.

Sin embargo… tienes que aprender a afrontar esta clase de… calamidades. No puedes vivir repasando lo que pudiste hacer para prevenir el peor desenlace, cuando ya no puedes cambiar lo que ocurrió.

Y no, no voy a mentir. Ese ataque pudo haber sido evitado, y tu desempeño como hombre de señalamiento y localización está por debajo de mis expectativas hasta este punto. Fuiste descuidado cuando reconocías el terreno y eso desembocó en la aparición sorpresiva de nuestro enemigo; aquéllo le brindó una ventaja que no merecía. —Albert, interrumpió su discurso para agarrar la copa de whiskey en las rocas y apurar un trago.

El hombre de tez avellanada miró el propio, incitado a beberlo. Pero no. Ni siquiera eso le apetecía. Como si el ser expuesto como un mal recluta no fuese suficiente, cada vez que se atrevía a parpadear, revivía las vísceras y la sangre del jefe de los maleantes, dispersarse a través de la pared.

Era horrendamente gráfico, y con la repetición constante, resultaba perturbador.

Quería que abandonáramos el sitio en seguida; las heridas de Brad eran muy severas, y si más de uno de los sospechosos lograban dar con nuestra ubicación, terminaríamos en los botes de basura, agujerados hasta los huesos. —Trató de defenderse el chico de cabello alborotado, aunque sabía de la poca validez de su juicio; cualquier noción sería eliminada por parte de su jefe, y seguiría quedando como un incompetente ante sus ojos.

Siempre se había recitado que la opinión de Wesker no le interesaba en lo más mínimo. Y aunque quizá aquel estamento tuviese una pizca de veracidad, lo más adecuado era decir que estaba cansado de buscar la aprobación de su superior. Y sí, se hallaba en la constante búsqueda de demostrar que valía como integrante de una división de elite, que podía ser mejor con tan solo practicar unas horas más al día, que podía convertirse en el más apto y entonces todos los regaños de Albert Wesker, todas sus injustas reprimendas y comentarios despectivos, no tendrían razón de ser.

La prisa no conduce a una evacuación efectiva, y lo presenciaste. Pudieron sacar tres cadáveres en bolsas, todo porque mi equipo no tiene el suficiente temple para conservar sus sentidos alerta.

Chris no rebatió.

Wesker hizo un gesto con la mano, empujando el otro tarro con licor que, aunque destinado a Chris, había sido colocado por el mozo en el lado de la mesa donde el mayor reposaba.

Bebe. —Le volvió a invitar, sin considerar la indignación que el otro debía estar experimentando; no pensaba quedarse allí toda la mañana. Aquella 'charla de hombres' se había prolongado ya por demasiado tiempo.

Sin remedio, el chico tomó el vaso, con sus nudillos tornándose más blancos; los hielos habían realizado su trabajo, enfriando la superficie transparente.

¿Por qué Wesker estaría montando todo ese teatro?

¿Acaso no podían ir a su oficina, firmar su despido, y listo, dejarse de tonterías?

Aceptó apurar un poco del líquido ámbar, con tal de deshacerse de esa sensación incómoda de estar siendo estudiado por el mayor.

Los errores podrán ser analizados en el cuartel. Por ahora, y antes de regresar a la estación, me gustaría aclarar un par de cosas que seguramente te estarán haciendo ruido. Y ya que no toleraré más distracciones de tu parte, quiero hablarlas en esta oportunidad tan poco frecuente.

En primer lugar, el que debes de aprender a capear la muerte no solamente como algo que podría ocurrir, sino como algo que ocurrirá sin que tú puedas evitarlo. No eres un mesías, no vas a poder rescatar a todos los ciudadanos, ni lograr que todos los delincuentes busquen la redención y caminen directo a la celda sin protestar. Ese no es tu deber, Chris. Tu deber es asegurarte de que estás haciendo lo 'correcto', y que estás cumpliendo con los lineamientos de tu posición. El ayudar a quienes están en riesgo no significa que vas a lograr que todos vivan para relatar la experiencia, no seas iluso. No es así como el mundo funciona. Debes aprender a dejar ir. A no amarrarte a tu necesidad de demostrar que puedes salir victorioso de todos los conflictos. O que la gente a tu alrededor se ponga en peligro, sólo por esa visión testaruda y poco real de rescatar lo que está perdido desde un inicio.

Y… luego… —Wesker hizo una pausa, observando la expresión atónita de su subordinado, adquiriendo el coraje necesario para decir lo que continuaba. Ojalá y no se arrepintiera algún día de permitir que aquellas palabras traspasaran la fina malla que había construido alrededor de sus emociones. —Lo que hiciste, al dispararle a ese sujeto… Era lo único a lo que podías recurrir si tu intención era auxiliarme a salir del apuro. No había manera de que pudieras embestirlo, y debido a mi maldita costilla, con el arma fuera de mi alcance, tampoco podría haberle propinado un movimiento defensivo lo suficientemente veloz para que no me disparara. Era él o yo así de sencillo, Redfield. Y por esa decisión que tomaste, en medio del escenario más precario, es el motivo por el cual estamos hablando aquí, frente a frente.

De haber estado comiendo algo, el joven tirador se hubiese atragantado.

¿Estaba… reconociendo que le había salvado la vida?

Tal vez lo estaba alucinando.

O ya estaba en 'el más allá'.

No sabía cómo responder. Le sorprendía que Wesker pudiera admitir la importancia de aquel acto. Que de no haber obtenido esa escopeta de corto alcance, él ya estaría muerto.

Y sé que lo sabes. Sé que estás enterado de que no había nada que evitara el disparo de aquel traficante. Nada excepto que accionaras tu escopeta. Y entonces, la pregunta es… ¿Realmente estás arrepintiéndote de tu elección, o es que la impresión de saber que todavía podría despedirte es demasiada? —cuestionó al final el rubio, abandonando en la última sílaba, una mezcla de amargura y rencor.

Una ventaja de poder imitar las emociones humanas con una precisión de milímetros.

¡Por supuesto que no se trata de eso! —exclamó el castaño, agitando su cabello con ansiedad.

¿Cómo podía insinuar que se arrepentía de haber… bueno, de haber evitado que todo terminara con un capitán de escuadrón difunto, un agente torturado y el otro en un estado de catarsis irreversible?

Si tuviera que repetir… si tuviera que volver a decidir entre empuñar el arma o quedarme sin hacer nada, elegiría jalar el gatillo. Pero…—El muchacho y antiguo piloto murmuró una maldición entre dientes, tallándose la cara con la parte inferior del antebrazo, muestra de su incomodidad. —No puedo evitar pensar en que cometí una equivocación, y… no, no sólo terminé con su vida, sino que lo… su cuerpo… quedó disperso. Debió de sufrir mucho dolor antes de tomar su último aliento.

¿Por qué sus sentimientos resultaban tan difíciles de explicar?

Hubiese deseado no tener que matar a ese hombre, pero no a costa de la vida de su capitán. Sí, el tipo era un frívolo bastardo la mayoría del tiempo, pero con el trato constante y las pequeñas lecciones —que en el momento resultaban o incómodas o dolorosas—, había conseguido ganarse su respeto y admiración, pese a su poco entusiasmo por admitirlo.

Los ojos azules de Wesker ocultaron el orgullo y satisfacción que sentía. ¿Hasta qué punto era capaz de engañar a alguien? ¿Qué tan profundo habría excavado, ganándose la confianza de aquellos idiotas que se hallaban bajo su mando?

Esto garantizaba que, cuando llegaran a la mansión, nadie sospecharía de él. Nadie estaría dispuesto a pensar que fueron vendidos, y que el traidor no era otro que el militar encargado de dirigirlos.

Fue instantáneo, Redfield, dudo mucho que haya padecido cualquier clase de agonía después del impacto. Usted cumplió con su misiva; y yo tampoco habría podido hacer nada diferente de estar en su posición. Frecuentemente es indisciplinado… pierde el control, es impulsivo, pedante, y agresivo…pero es un miembro del escuadrón, y como tal, debe asegurar no sólo su integridad sino la de sus aliados. Si no se cubren las espaldas entre ustedes, perderán en contra de quienes los obstaculizan.

Una sonrisa torcida se posó en los labios del científico encubierto de Umbrella. Y pese a que se decía que aquella sensación cálida que le atacó el pecho, era provocada por lo seguro que se sentía de su triunfo sobre los S.T.A.R.S, era asquerosamente consciente de que saber que le eran leales a esa escala, aseguraba no sólo un trabajo como escuadrón bien coordinado, sino que lo que estarían dispuestos a sacrificar por una causa en la que creían.

Eso y que había aprendido a 'soportar' a Chris en un nivel inesperado.

Por su parte, el mayor de los hermanos Redfield estaba considerando las palabras de su interlocutor. Era cierto, no había nada que pudiese cambiar lo sucedido. Sus manos estaban manchadas de sangre… pero dichas manchas no llevaban el nombre de una persona que respetaba, —a la que no odiaba tanto como podría asumirse por la manera en que interactuaban—.

El castaño no estaba acostumbrado a ese trato tan… cercano. Nunca creyó que recibiría una palabra positiva del hombre que se hallaba cruzando la mesa. Pero… al parecer era algo posible. Tal vez, detrás de esa máscara de indiferencia y rigidez que acompañaba a Albert Wesker, existía cierta compasión; el preocuparse por otro ser humano no por obligación, demostrando solidaridad con quienes lo necesitaban, expresándolo con su propio y peculiar estilo.

Redfield se sonrió con melancolía. Y pese a que ese 'comportamiento paternal' que solía asumir Wesker cuando sus defensas quedaban vulnerables por diversas situaciones, se sentía forzado y bastante torpe, era mejor que nunca haber experimentado los ademanes y regaños de un padre siendo Chris ya un adulto. Porque efectivamente había convivido con su padre hasta los diecinueve, pero después… el accidente le arrebató los abrazos, las noches de campamento, las reprimendas y las 'charlas de hombre a hombre', cosas que todavía le hacían falta.

Aquello invadió a al moreno con una nostalgia embriagadora, que amenazó con aliarse con el alcohol y llevarlo hasta las lágrimas; sabía que era más fuerte que su pasado, o que su futuro, solamente le hacía falta convencerse de ello.

Fue en este momento, en esa precisa noche de whiskey en las rocas, discusiones, y remembranza, con Albert Wesker y Chris Redfield compartiendo un único trago, que se formó esta conexión que después los sentenció a ser enemigos de muerte.

El tirano no lo sabía, pero fue con esas palabras de confort y seguridad, con las que pudo terminar de formar el carácter recio y entregado de Chris; no fue a propósito, y de haber sabido que desencadenaría su propia eliminación, jamás habría alimentado la determinación ciega del hermano mayor de Claire.

Porque su influencia fue clara, por mucho que los dos desearan negar que jamás compartieron lazo diferente al odio, la mentira salía a relucir con luz propia.

Albert, por su parte, se preguntaba si realmente había elegido entregar a Brad por las razones 'racionales' que presumía, o guardaba una inclinación de favoritismo hacia ese necio y atolondrado ex—piloto. Acarició el inicio de sus cabellos rubios con su mano enguantada, indispuesto a aceptar semejante tontería. Él nunca permitía revolver sus reprimidas emociones con las encomiendas de su misión temporal.

Y no estaba planeando comenzar a hacerlo.

Detestaba al muchacho Redfield y eso no cambiaría, ni aunque éste le salvara la vida.

Con esos tragos y la visita forzada al bar, logró solidificar a su enemigo, y en un futuro, cuando las verdaderas alianzas habían brotado de entre las tinieblas, Chris no pudo evitar preguntarse qué tan diferente habría sido su vida de no haberse decidido a tirar del gatillo de aquella escopeta.

Hora de irnos, Redfield —mencionaba Wesker mientras se colocaba en pie, sacando de su cartera un fajo de billetes que cubría la cantidad de producto que ambos consumieron.

Ambos policías de elite se dirigieron a la puerta de salida; el rubio hizo un ademán dedicado al hombre que atendía detrás de la barra, como despedida; parecían ser familiares por lo que Chris concluyó que el capitán debía frecuentar el establecimiento.

Antes de atravesar el quicio de madera barroca, tragando saliva y frotándose el cuello, Redfield habló: —Ehm... capitán —El hombre de pálido semblante se giró, encarando al otro miembro de la división Alfa —… gracias. Yo… significa mucho para mí el que… considere que no pude haber actuado diferente en el campo. Sé que he actuado por instinto, exponiendo mis debilidades pero… tiene mi palabra de que no volverá a ocurrir algo de la especie; confío en usted, y en todos los miembros. Y haré cualquier cosa que esté en mis manos por cubrir sus espaldas.

Si el dirigente de los S.T.A.R.S no enmudeció, fue porque de un cachorro sentimental como Chris no podría haber estado esperando otro comentario menos cálido.

El rubio de ojos eléctricos asintió.

No te exigiré nada menos en nuestras próximas intervenciones. Y te reitero que cumpliré con tan fundamental estamento; siempre hasta donde la destreza y habilidades lo permitan.

El chico estuvo de acuerdo, demostrándolo con una ligera curvatura en sus labios y despidiendo un aire entusiasmado.

Comenzaron a andar con pasos trastabillantes, luchando contra el cemento resbaloso, en dirección a la patrulla.

Sin embargo, Redfield, no te escaparás tan fácilmente de los correctivos. El viernes te quedarás después del turno a pulir las armas de la zona de entrenamiento y darás sesenta vueltas alrededor del gimnasio.

¡¿Sesenta?! —exclamó Chris escandalizado.

¿Qué? ¿Ya habrás perdido tu condición para entonces?

No, pero…

Muy bien, ahorra energía, que vas a necesitarla.

Lo haré si usted invita los tragos del fin de semana.

Sueña, Redfield —concluyó el hombre de chaleco negro y camisa azul, cerrando la puerta del vehículo oficial.


El dolor no es nada comparado a la incertidumbre.

Pero pueden ir sujetos de la mano.

Pueden abordar a un ser humano y sofocarlo en su mar de cenizas, eliminando a la esperanza, asfixiándola entre ese aire decade te.

Cuando Claire Redfield despertó de su letargo obligado por las precarias condiciones del cuerpo, el cuello le palpitaba como un músculo cardiaco, quemaba como diablo, y eso impedía que recobrara el dominio de sus cinco sentidos.

Sintió que acariciaban su melena sucia y poco ordenada con un par de dedos callosos, y le daban una desagradable e indiscreta palmada en las mejillas.

—Despierte, 'bella durmiente' —dijo el acento ronco y americano de Jack Krauser; ella reaccionó ante el peligro, apartando su rostro instintivamente de su declarado agresor.

No quería vomitarle encima, para no recibir una nueva oleada de golpes, pero el solo verlo le provocaba asco. Lo miró con desafío, pero estaba enterada de que su apariencia no sería ni de lejos, intimidante para él; cubierta de tierra, deshidratada, pálida y ojerosa, por no hablar del peso perdido y la tortura. Debían de tener secuelas muy evidentes en su apariencia. Pero ni a esas alturas de la contienda, iba a darse por vencida fácilmente.

Krauser podía obligarla a todo, excepto a traicionar sus principios; no por nada terquedad era uno de sus múltiples sobrenombres.

— ¿Qué demonios quieres? —cuestionó la chica de muy mala caña, mostrando sus dientes que daban la sensación de haber adquirido un carácter afilado.

—Nos despertados de mal carácter, corazón… —inquirió el militar de boina roja con un alto grado de burla, recorriendo con su índice aquel cuello ligeramente enrojecido por la herida antigua de su daga. Claire escuchó la palabra 'corazón', y de pronto un barítono distinto le figuró en la imaginación, y el enojo extremo inundó su ser. Como consecuencia, no le interesó resultar herida por sus acciones impulsivas; mordió el dedo de Krauser hasta hacerlo sangrar.

¿Cómo podía si quiera intentar parecerse a Wesker?

Era enfermizo.

¿Quién le había otorgado el derecho de utilizar sus palabras, sus motes para referirse a ella?

El escucharlo nombrarla de esa forma… despertaba en ella el odio mortal, el arrebato desenfrenado para molerlo a golpes hasta quitarle esa sádica sonrisa del rostro.

Jack Krauser emitió un ligero ruido que indicaba dolor, pero no se dejó absorber; de haberlo hecho, Claire ya estaría descuartizada y toda su sangre adornaría el salón.

En su lugar, respondería el acto de rebeldía con guante blanco. Aunque claro, eso no impidió que le propinara una cachetada a Claire que casi la lleva fuera de su silla de rehén.

— ¡Eres un cobarde, maldito bastardo! ¡Cómo te atreves! ¡Cómo puedes hacer referencia a él! ¡Estás demente, y será mejor que me sueltes antes de que termines como un trapeador! —gritó la mujer, recobrando un poco de su vigor interior. De algo tenía que poder sostenerse en tiempos de escasez…

— ¡¿Ah, sí?! ¿Y quién demonios va a atreverse a enfrentarme? ¿No fuiste tú quien admitió que mi 'querido jefe', no tenía ningún interés en ti? No me digas que guardas la ilusión de que tus estúpidos colegas vengan. ¿Será Kennedy a quien estés esperando, tal vez? Sus patéticos intentos serán una buena comedia americana, como todo lo que ha hecho hasta ahora.

Claire Redfield guardó silencio, sintiendo el mazo de la realidad atizarla con su brutalidad.

Era cierto.

¿A quién estaba engañando? ¿De verdad concebía que alguien fuera a rescatarla? ¿Sería ese alguien su hermano, su amigo Leon S. Kennedy, o se trataba de otra persona en la que en un tiempo no muy lejano, llegó a creer con el alma? Un caballero de ropas negras, tenebroso pasado, con estirpe de jinete del apocalipsis. Un hombre que no llegaría con su corcel blanco a iluminar el día, con su espada desenfundada y su valentía como estandarte, sino que desataría la muerte con el agitar de sus pasos, y desgarraría a sus enemigos de una sola tajada.

Porque quisiera o no, Claire estaba rogando porque Wesker cumpliera su promesa tácita de protegerla, y llegara a poner a Krauser en su sitio, justo como lo hizo en su primer enfrentamiento, dentro de la mansión que los vio unirse y separarse en un lapso que se convirtió en su diminuta eternidad.

— ¿Lo ves, Redfield? Ni siquiera tú puedes convencerte de que no le importas. Pero te gustaría, ¿no es cierto? ¿Todavía crees que Wesker logrará derrotarme? —picoteó el antiguo compañero de Leon, con una mueca que finalizaba convenientemente en el inicio de la cicatriz en su boca.

Claire se miró las piernas, escuchando las botas de combate resonar en el perímetro; Krauser se aproximó a una mesa, y levantó un objeto mediano de su superficie.

—Por eso… —mencionó el maniático militar, regresando a su posición anterior. —Quiero resolver nuestro… predicamento, lo más pronto posible.

— ¿A qué te refieres? —preguntó Claire, experimentando intensos latidos de preocupación. No le gustaba el tono pedante en que estaba pronunciando esas inquietantes palabras.

El antiguo compañero de Leon, mostró aquello que había levantado del mueble de madera, dejando a la muchacha pelirroja con una impresión de absoluto desconcierto. Abriendo la boca como pez fuera del agua, observó ese aparato electrónico tal como miraría a un espectro del pasado; llena de angustia.

El teléfono que Wesker le había dado días antes del desastre que los apartó.

Claire lo había ocultado en las bolsas de sus vaqueros y cargado con él por mera afición, pero le parecía inverosímil que con la carrera realizada para alejarse de la residencia de Wesker, éste no quedara olvidado en alguna parte de la pradera nevada o el bosque fangoso.

¡Se hubiese sentido tan aliviada de poder eliminar ese teléfono celular! Se trataba del único medio personal para contactarlo. Y ahora estaba en manos de Jack Krauser, enemigo rapaz del único hombre que significó un interés emocional más allá del atractivo físico o el cariño fraternal.

El hombre de ropas de la milicia empezó a juguetear con la pantalla táctil; debió de haberle extraído la información útil, y por eso se mostraba tan seguro de sí mismo. No cabía duda de que terminó por hallar el número del ex—capitán y sus planes de venganza llevaban gran ventaja sobre ellos.

—Vaya… pero qué interesante herramienta cayó entre mis manos. Usted ha convertido este trabajo en un juego de niños. Primero, escapa de la mansión. Luego, me provee de un medio seguro y efectivo para encontrar a Wesker. ¡Por favor, al menos debería de intentar hacerlo un poco complicado para mí! —alebrestó Jack, alzando el teléfono inteligente entre una de sus manos hercúleas.

—No te servirá de nada. Ya te dije que la reacción que estás ansiando, no sucederá. Wesker no caería en una trampa tan obvia —comentó la pelirroja, intentando relajar sus latidos, y asumiendo el papel de una espía internacional, indispuesta a revelar la ubicación de sus compatriotas.

—Eso ya lo veremos. Es más…. ¿por qué no marcamos en este mismo instante? Un único número guardado en la memoria de este aparatejo y me aseguraré de darle un buen uso.

La chica tragó saliva, sin estar en sus cabales, pero muy aferrada a la idea de aparentar calma.

Krauser seleccionó el botón verde de llamar, y se llevó la bocina al oído, colando un aspaviento sediento de venganza. Si Albert Wesker le colgaba, utilizaría métodos mucho más radicales para atraer su atención. Tenía la plena confianza de que el tirano de ojos rojos no le permitiría jugar con la niña entrometida que una vez defendió a capa y espada.

Sonaban los timbrazos; Claire se aferraba a las abrazaderas de su silla metálica, enterrándole las uñas, sin molestarse en descubrir el daño causado. Y rogaba internamente, que el rubio malhumorado, aquel que se descubrió humano y hombre con ella, no se dignara a contestar. Aunque eso le costara la vida.

Entonces supo, que lo seguía amando, pese a que jamás pudiese estar a su lado.


— ¿Es eso todo, Mad? —preguntaba el adinerado miembro de Tricell, lanzando un hondo respiro. Al menos estaba en condición de recibir a su segundo al mando, aunque había notado guiño de turbación en su cara alocada; Wesker sabía que debía de verse aniquilado como para llegar al extremo de que un esquizofrénico con problemas de atención notara lo precario de su salud.

—Sí, señor. Las tropas de Umbrella se han mantenido sin novedad, y las bases están siendo resguardadas con el doble de soldados, tal cual ordenó —recitó el diseñador, justo como lo haría de estar leyendo una carta previamente redactada.

—Excelente. Continúa con una vigilancia estricta, y… vuelve en dos horas. Quiero que traigas al médico contigo —requirió el rubio, para sorpresa de su subordinado.

Albert Wesker no era la clase de jefe que delegaba sus responsabilidades sin explicación; y por supuesto que el aspecto que se cargaba no era para menos… Sin embargo, hacerse a la idea de que ahora requería de atención médica, siendo él un doctor de alcurnia y con mayor capacidad que el resto de los estudiosos en la materia, era complicado.

Y el tirano lo encontraba todavía menos cómodo. Por muchos años rechazó el trato con personal médico; siempre atendió sus lesiones, cuando aún las sufría, personalmente. Que algún tercero descubriera sus puntos débiles, le parecía imperdonable.

Y claro, después aparecía la palabra 'Claire', y eso se iba al reverendo carajo.

Por ahora, los escalofríos estaban bajo control. Lo que le enloquecía era la taquicardia, los problemas para respirar, la agonía a la que parecía estar subyugado su corazón con el menor esfuerzo; arrastraba sangre espesa a través de sus venas y esto también incrementaba sus dolores de cabeza debido a la falta de oxigenación.

—Así será. ¿Necesita de algo más? —cuestionó Marcos, contemplando a su superior levantarse de la silla en su despacho, con dirección a la biblioteca.

—No, puede retirarse —lo despidió Wesker con un ademán liviano.

Justo cuando el tirano estaba por asomarse al umbral del acervo, emanó un timbre, serio y refinado, del celular que llevaba el control de mucha de la información que Albert Wesker poseía. El antiguo cabecilla de Umbrella detuvo su andar, al igual que Mad, quien se hallaba estático unos pasos detrás de su jefe, escuchando al objeto timbrar una y otra vez, amenazando con resbalar de la mesa debido al movimiento que provocaba su vibración.

—Al parecer… lo están buscando —indicó el diseñador de cabello alocado, titubeando en la decisión de acercarse y tomar algo tan personal como el comunicador de su jefe, o alejarse como el rubio lo había indicado previamente. Sin embargo, Wesker, en su condición actual, parecía no ser capaz de recorrer los metros que lo separaban de su asistente portátil y responder antes de que colgaran.

—Eso es obvio.

Cuadrándose cuan alto era e irguiéndose con la imponencia de costumbre, el tirano fue hasta el amueblado donde su asistente electrónico no paraba de sacudirse. Se preguntó quién sería el imprudente que lo buscaría por dicho medio; a los científicos de Tricell les había dejado muy en claro que sería él quien los contactaría. Y sus fuerzas armadas estaban subordinados a Mad, por lo que las decisiones residían interinamente sobre los hombros del 'loco' de la moda; era poco probable que saltaran dicha autoridad y se atrevieran a consultarlo de forma directa. A menos de que hubiese sucedido algo horrible.

El rubio altanero no tuvo que divagar o fiarse de sus suposiciones; en la pantalla, y como si de una maldición errante se tratara, apareció una palabra que no pensó tener que volver a pensar, ver, y sentir.

'Dearheart'. No había colocado el nombre completo de la chica pelirroja, a pesar de que estaba seguro de que su celular siempre estaría apartado del alcance de los curiosos, porque en el momento en que la incluyó entre sus escasos contactos, le parecía la única mujer lo suficientemente valiosa como para portar con dignidad aquel mote cariñoso, otorgándole entonces un nivel mucho más personal.

No la guardaba en su teléfono porque fuese su obligación, sino porque en verdad quería tener la oportunidad de hablar con ella aun cuando estuviera muy lejos.

Fue como si hubiese tocado la espina más afilada, su mano, por inercia, buscó liberar de su encierro el aparato que comenzaba a lacerarlo de manera psicológica. Pero no soltó el celular. El desconcierto y la impresión no eran emociones que Wesker pudiera expresar; o las disimulaba con la sorna, o las escondía detrás de una mueca de desdén.

¿Por qué Claire estaría marcando a su teléfono personal? ¿Y con qué finalidad?

¡Había dejado que la muchacha idiota se saliera con la suya y le otorgó la libertad!

O quizá buscaba burlarse de él; echarle en cara que estaba a salvo, entre los brazos del idiota de su hermano...

Pero sospechaba que aquella imagen era su enfermedad hablando; sabía que la menor Redfield no practicaba el descaro con frecuencia. Porque de haber querido traerla de vuelta a la mansión, ya estaría encerrada en el sótano con una correa de perro alrededor del cuello.

El miembro resignado de Tricell, estuvo tentado a colgar la llamada. A dejar en claro que cualquier intento de hablar sería en en vano porque ya no quería saber nada de esa terca y poco congruente mujer.

— ¿Señor? —intentó llamar Marcos Hemmingway para sacarlo de su ensimismamiento.

Pero él levantó la mano de un solo golpe para 'invitarlo' a que se callara.

El aparatejo del demonio siguió requiriendo su atención en un ciclo que parecía interminable. Se quedó mirando la pantalla, reluciente y con una fotografía de Claire —la única— en una demostración de lo poco lógico que podía llegar a ser. Un gesto que era demasiado romántico para sus estándares habituales.

Su índice pasó cerca del botón táctil con el que podría escuchar la voz al otro lado del auricular.

¿Por qué debería de responder? ¿Y cuál era el motivo por el que ella necesitaría… escucharlo en la línea?

No tenía sentido.

Pero como la mayoría de las veces, cuando Claire Redfield se involucraba, se discernía de la lógica y todo lo que restaban, eran los sentimientos. Los que, al parecer, se habían creado una vereda directa a un corazón destartalado, que lo mantenía vivo. A penas.

Entonces, recordó el sabor de sus labios, el olor de su cabello, cómo se sentía tenerla entre sus brazos cuando el frío europeo se volvía insoportable para ella. Recordó el sonido exacto de su risa, los contornos de su cintura, dibujados como bellos botones de flor debajo de sus vestidos. Volvió a presenciar ese efecto perturbador del querer sentirla, de esperar que ella pudiese dejar a un lado su pasado y unirse a él no por un secuestro, ni por miedo, sino por algo que escalara más allá. Una conexión que nunca debió de existir, pero que se había formado inevitablemente.

Y por eso, apretó el botón táctil de 'Responder'.

Por un breve lapso de tiempo, reinó el silencio en la línea.

Nadie dijo nada.

Ni él se atrevió a reventar a gritos exigiendo que no llamara más, ni ella pareció estar preparada para intercambiar los más simples e ingratos saludos.

No obstante, antes de que recuperara su papel de tirano implacable, y la mandara a volar con sus alaridos de lobo salvaje, escuchó una voz que no pertenecía a la pelirroja; la curiosidad se transformó en rabia, y todo lo que pudo pensar fue: no es posible.

—Querido jefe, creo que tengo en mis manos algo que es de tu interés…

La ruleta rusa seguía girando para ambos, y esta vez parecía que bala iba dirigida directamente a Claire Redfield; Jack Krauser se hallaba al teléfono, su respirar acompañado de un murmullo de complacencia al escuchar la respuesta de su interlocutor: — ¿Dónde está ella?


Los sueños nunca lucieron tan reales. Al menos eso era lo que Leon Scott Kennedy repasaba dentro de su mente para convencerse de que en realidad se trataba de Ada Wong, y no de una creación imaginaria.

Porque el tenerla sentada en justo enfrente, sin una horda de muertos vivientes amenazando con devorarlo, o ella robando objetos cruciales para inculpar a Umbrella, o muestras que podrían llegar a determinar el curso de la humanidad… era bizarro.

La veía sujetar una taza humeante de chocolate, y llevársela a los labios con una enorme delicadeza, mientras clavaba esos ojos verde roble, directo a sus pupilas.

Se sentía estudiado, intentando encontrar la sintaxis adecuada para iniciar la conversación.

Pero, quería atesorar el evento primero; el brillo en su cabello a la luz de las lámparas en forma de luna que colgaban del techo, su sonrisa entre líneas, indicando maldad y seducción, el modo en que se apoderaba de la taza y lo vigilaba por encima de su porcelana pintada.

Todo.

—Ada… —le llamó con voz ronca, corrigiéndola enseguida con un par de carraspeos.

—Agente Kennedy —respondió ella, con una ligera burla en su entonación; disfrutaba del oculto nerviosismo de Leon tanto como disfrutaba de un paseo sobre los tejados de una ciudad sin nombre.

—Supongo que estás al tanto de las razones de mi visita.

Ada alzó sus delgadas cejas.

—Contrario a lo que tus fuentes te hayan informado, todavía no tengo la capacidad de leer la mente de nadie, Leon.

El agente del gobierno norteamericano paseó sus dedos por el filo de la mesa, sin permitirse mostrar inquietud. Bien, con Ada tenía que ser directo; era el único método efectivo para evitar sus ingeniosas e intrincadas evasivas.

—Fuiste tú quien me llevó la carta de Wesker ese día; tú entraste por mi balcón y la depositaste encima de la almohada.

— ¿Qué te hace pensar eso? —cuestionó la mujer de rasgos orientales, con un guiño extraño en sus ojos de madera cansina y un verde de laguna profunda.

Leon bufó, revolviendo el copete que le caía sobre el rostro, lacio y procurado.

—Por favor, Ada. ¿Quién más podría pasar desapercibido…? —. No continuó la oración, porque de hacerlo, estaría admitiendo que ni su experiencia como policía, ni miembro de la Casa Blanca, era suficiente para vencerla. —Estamos hablando de que el remitente era ese terrorista, Wesker, con el cual trabajaste durante más de seis años, incluyendo el incidente de España.

Fue el turno de la mujer de cabello eternamente negro de rodar los ojos.

— ¿Y si hubiese sido yo, eso en qué te afectaría, agente? He realizado trabajos como ese antes, y no para Albert Wesker. No veo cuál es tu inquietud al respecto.

Kennedy quedó perplejo. Ada siempre había tomado los crímenes más graves con una calma exagerada, pero estaban hablando de un tipo que había tratado de eliminar a todo ser humano 'indigno' de un virus letal. Era enfermizo, irracional y extremo… incluso para una mujer como ella, dispuesta a vender sus habilidades al mejor postor; el término 'mercenario', no terminaba de cubrir sus características.

Y entonces, fue tiempo de exigir. Leon; determinado, odioso cuando de trabajo se trataba, bromista, sarcástico y pecaba de seguro a últimas fechas.

—Quiero saber dónde está. Estoy seguro de que sabes que ese sujeto se llevó a la hermana del capitán Chris Redfield. Y no puedes negarlo.

Fue turno de Ada de molestarse.

¿Quién se creía él para llegar a interrogarla? ¿Cómo se había otorgado tales derechos sobre ella? Y… ¿se los habría dado solo… o fue la actitud de ella hacia él, la que permitió que se tomara la libertad de indagar en sus asuntos de negocios?

Pero eso no era algo que la mujer de largas piernas y postura desafiante fuese a permitir. Ella tenía una muralla enorme que separaba sus asuntos 'personales' de los laborales.

Una sonrisa ladeada, de esas que suelen llamarse burlonas, pero que en su caso eran un reflejo natural, se posó de sus labios rojos antes de responderle al hombre de cabellos color trigo: —Aunque pudiera decírtelo… ¿cuál es tu interés? ¿No debería ser el mayor Redfield quien me estuviera interrogando?

—Tú sabes por qué soy yo quien lo está haciendo. Chris no sería tan paciente y comprensivo con tus antecedentes.

—No tengo el placer de conocerlo. Además de que no necesito de su compasión.

Leon suspiró. Ese juego del gato y el ratón; quizá bajo otro… cielo le parecería atractivo. Pero la situación estaba tornándose muy oscura, y poco optimista. Quería saber a dónde se había llevado a Claire; asesinar a ese demonio que los había apartado, y enmendar sus errores.

Porque Leon Scott Kennedy estaba en constante búsqueda del perdón.

— ¿Leíste la carta?

Ada no respondió; y no, le daba igual cuánto pudiera haberse burlado Wesker de Chris y personalmente estaba segura de que ese había sido el objetivo de aquella carta, por lo cual leerla pasó de su interés de manera campal.

— ¿Conoce el término, confidencial, agente Kennedy?

El hombre suspiró con una frustración, sin enterarse de que dentro de la cafetería se había empezado a tocar un poco de jazz.

Sí, Wong podía hacerse la desentendida durante toda la noche y la madrugada si quería, pero no se iba a librar tan fácil de su garra.

Además, si no deseaba verlo, podría haber evitado confrontarlo en la entrada, ¿no es así?

—Bien, dentro de esa… correspondencia, habían múltiples amenazas, y un par de advertencias acerca de que no debíamos buscar a Claire Redfield; es muy claro que eso no va a suceder. Él te dio la carta para que me la entregaras a mí; debiste verlo. Necesito información acerca del paradero de Wesker o de… la hermana de Chris. Es por eso que he venido a pedir… a pedir que me ayudes a encontrarlo.

Vaya, vaya… aquello era nuevo. No podía negar que siempre que era posible, le 'daba una mano' a Leon, al menos para asegurarse de que éste no moriría en alguna de sus múltiples misiones. Pero pedir… 'ayuda' en un tema delicado; nunca creyó que el orgullo de Kennedy le permitiera dicho atrevimiento. Porque era intertextual; él podía intentar detenerla con su autoridad como oficial de gobierno y detenerla con las esposas e inútiles formalidades, pero jamás lo hacía. Ella pudo condenarlo a morir olvidado en esa isla, después de su enfrentamiento con Saddler, abandonarlo a su suerte en una base que no demoraría en explotar. Pero no lo hizo.

Ada se quedó reflexionando. Dar con Wesker no era una meta sencilla, y sin tener las palancas adecuadas, casi imposible de cumplir.

— ¿Piensas que voy a delatarlo, solamente porque estás buscando a una chiquilla? ¿Ahora eres el secretario de Redfield? —cuestionó la espía con una combinación abstracta de reproche y sarcasmo.

Kennedy se sintió herido en el orgullo, pero supo disimularlo muy bien; lidiar con el humor ácido de Ada Wong formaba parte de su currículum.

—Es un terrorista, Ada. El que estés involucrada no mejora la situación; ya sé que es vano el amenazarte pero… —exhaló— no quiero llevar el rapto de Claire en mi conciencia.

Ada se supo intrigada. ¿Por qué era culpa lo que emanaba del perfil de Leon? ¿Y por qué se sentiría él responsable de las consecuencias que acarreaba el capricho de un hombre narcisista? ¿Sería posible que por un descuido del agente, la chica pelirroja terminara entre los brazos de un psicópata de categoría como lo era Albert Wesker?

La sola insinuación le parecía infantil; Claire Redfield, tal como su hermano, era miembro de la B.S.A.A. Ella debía conocer a la perfección los riesgos de su oficio, y no era tarea de nadie el darle un trato especial y protegerla contra los enemigos que perseguían. Leon había laborado en muchas posiciones, pero niñera no entraba en su lista de puestos. La asiática no agregó comentario, preparándose para lo que sería un relato lleno de lamentos. Por una parte le causaba curiosidad el papel de Leon dentro del barullo, pero por otro… a decir verdad, le daba igual la cadena de situaciones que dieron pie a que Wesker consiguiera secuestrarla y escapar de los 'mejores' miembros de la Alianza contra el Bioterrorismo.

—En la mansión Spencer… yo tenía a Claire a mi lado. ¡Pude haber evitado que la arrastrara consigo! De no ser porque el impulsivo de su hermano se metió en problemas, cegado por su ansia de propinarle a su enemigo una lección, tal vez ella jamás habría quedado al alcance de ese lunático —concluyó Leon con un tono amargo, bebiendo un amplio sorbo de su expresso.

—Por lo que percibo, fue decisión de la muchacha el atacar a Wesker en pro de salvar a su hermano. No veo por qué tendrías que acaparar tú, la responsabilidad de sus imprudencias.

El rubio no era capaz de pensar así; estaba en su sangre el querer corregir lo que saltaba fuera de sus manos, el querer regresar el tiempo y sustituir los errores por aciertos.

—Como sea… tengo que utilizar los recursos con los que cuento para poder… ayudar, con cualquier información, con el indicio más pobre de a dónde se la llevó. No puedo quedarme con los brazos cruzados cuando alguien que yo… —El agente desvió la mirada celeste, incómodo. —Alguien que conocí durante esa catástrofe, la de Raccoon City, es empujado de nuevo a un infierno, quizá mucho peor.

Ada jugueteó sus uñas esmaltadas sobre la superficie de madera que los separaba a unos cinco pies de distancia. Así que eso era… Leon la visualizaba como un recurso. Un elemento poderoso que podía mover a su favor, como el jugador de ajedrez más complaciente. Y aunque Ada Wong tuviera un interés profundo —uno que no admitiría ni durante el fin de los tiempos— por el guardián de la seguridad, norteamericano de nacimiento, no estaba dispuesta a mostrarle sus cartas tan fácilmente.

La mujer de vestido de cóctel no mencionó ni la sílaba más suave, creándose un cuadro mental de toda la situación.

Podría decirle que la chica Redfield estaba lejos de estar padeciendo un infierno como 'invitada especial' dentro de los aposentos pertenecientes al tirano. Si supiera que había leído en los ojos de su jefe un reconocimiento seductor, una vía sutil en la Claire se había impregnado en la vida de él, causando pequeños cambios —casi imperceptibles pero reales— en su comportamiento.

—Me pregunto, Leon, si se trata solo de un… deber moral… o hay algo más. Será que tienes otra clase de tratos con… esa niña —indagó la espía, sin que del trémulo de su voz candorosa se asomaran sus verdaderas emociones.

Porque contrario a los cuentos y reportes oficiales, Ada podía optar por tomar decisiones irracionales; un ser humano de carne y hueso se escondía detrás de esos labios pintados de carmín y esos ojos puntiagudos.

Los celos no se pueden elegir; su aparición no es predecible, y tampoco significan que existan emociones fuertes. Puede que sólo sean el reflejo de una historia que terminó, o una respuesta absurda al calor de una charla.

Leon, por su parte, sintió que los colores le fluctuaban sobre el rostro. Una palidez de muerte y un sonrojo discreto, iban y venían de sus rasgos deliniados. Las intuiciones nunca le fallaban a esa espía; esa perspicacia se encargaba de acentuar su atractivo.

No era capaz de responder. Podía mentirle a todo el mundo, pero mentirse a sí mismo resultaba imposible. Si había un tema que podía remolcar a Leon hasta un abismo de confusión, se trataba del tan poco constante amor que se había ausentado por mucho tiempo de su desorganizada vida. Ni siquiera Hunnigan podría encontrarle pies o cabeza a sus relaciones personales. Y eso ya era decir bastante.

Miró a esos ojos arbolados, rellenos de una aurora floral que parecía un infinito. Los había catalogado, desde que la conoció como una civil que requería de su 'guía y protección', como un bosque interminable, que terminaba en una pared decorada con un número interminable de puertas cerradas. Miles de secretos se ocultaban detrás de esa enigmática mirada, y ni el más apto de los intérpretes, podría descifrar.

Entonces, comenzó a cantar una joven, acompañada del piano y la guitarra. Una pareja se levantó a balancearse con lentitud al estilo clásico.

Mientras, la tensión que crecía entre Leon y Ada, se podía respirar.


Albert Wesker. Sinónimo de altanería, arrogancia, tiranía.

De su pasado, quedaban los escombros.

Y de su futuro, meras predicciones.

Era del tipo de hombre que dibujaba cada uno de los escenarios posibles, y tenía contemplado la mayoría de inconvenientes. Controlador, exacto; ningún mercenario había conseguido burlar sus defensas y llegar con alguna sorpresa que no hubiese sido considerada por el tirano.

Exceptuando esa.

Al escuchar la voz de Jack Krauser, sus ojos color escarlata, mezclados con un ambarino encendido que delataba su rabia absoluta, se clavaron como un par de cuchillos sobre Mad Hemmingway, quien no imaginaba lo que ocurría.

¡Maldita sea, maldita sea, maldita sea! Era todo lo que podía repasarse como letanía en la mente del rubio acaudalado; lo expresaba golpeando a puño cerrado uno de los armarios repletos de libros.

¿Por qué su mente, analítica y acertada, no contempló aquella remota pero latente posibilidad?

Krauser era un puerco obsesivo que parecía excitarse con el sufrimiento ajeno. Después de haberlo hecho huir de su residencia de manera tan humillante durante su primer encuentro con Claire, ¿qué le hizo pensar que no sería capaz de atentar en contra de Claire tan pronto como ésta se librara de su 'ala protectora'?

Ese padecimiento. Ese jodido virus que lo carcomía por dentro, no sólo afectaba su rendimiento físico, sino también el mental. Descontrolaba sus impresiones, lo volvía víctima de su propia alucinación.

Y estaba encargándose de chupar toda su fuerza vital, cual vampiro.

Iba a costarle muy caro aquel desliz. Aunque una parte de él pensara: — ¿Y qué importa? ¿No se supone que la chica obtuvo su liberación, y dejó de ser asunto de mi incumbencia y conveniencia?

— ¿Ella? ¿A quién te refieres, querido jefe? —polemizó el veterano militar, fingiendo desconocimiento.

—Sabes perfectamente de quién estoy hablando. ¿¡Cómo conseguiste su teléfono?! ¡Responde y déjate de juegos!

—Para ser alguien a quien no le interesa nada más que su bienestar personal, debo de admitir que casi me convences de que te importa.

Wesker apretó los labios, formando una delgada línea, un poco pálida y quebrada debido a la enfermedad.

—No estoy de humor para tus bromas, Krauser.

—Es claro que no he llamado por entretenimiento. Es un… asunto de negocios, del que quiero hablar. —La sonrisa inclinada de Jack se marcó todavía más, generando en Claire, un largo escalofrío.


El hecho de ver a ese rinoceronte hablando con Wesker, le helaba la sangre.

Cualquier rastro de optimismo que se alojara en ella, se evaporó. Se hallaba en un profundo y desolador pesar. Por una parte, sabía que aunque Krauser se encargaría de aniquilar su cuerpo, sería Albert Wesker quien desmembraría su alma.

Tenía suficiente con repasar la rotunda verdad de que Wesker no la amaba, que todos esos días soleados y los no tan despejados, fueron una gran farsa, una burla a su inteligencia, una estaca clavada directo en el fondo de su corazón. Y lo peor era que, a pesar de todo, a pesar de haber encontrado los cuerpos inertes de Sherry y Steve, lo seguía queriendo de esa forma incomprensible, luctuosa, y pasional.

Por eso saber que no era capaz de ayudarla, y que jamás estaría dispuesto a hacerlo, la hería. Porque su absurdo corazón guardaba la esperanza, con todo fervor, de que el capitán pudiese llegar imponente y destruir a Jack Krauser con un chasquido de sus dedos.

Y otra parte de ella, decía que morir en anonimato era mejor. No le importaba la tortura; el morir sin calma, ensangrentada y sufriendo un dolor intolerable, había sido un precio que estaba dispuesta a pagar desde que decidió convertirse en una 'luchadora'. Eso iba a evitar que el ex—capitán de los S.T.A.R.S cayera en la vil treta de Krauser. Lo mantendría lejos del campo de batalla lo suficiente para recuperar su energía, sus poderes inverosímiles, y acabar con ese puerco de una vez por todas. Era una creencia boba, y lo sabía; Wesker estaba en constante conflicto con los que se atrevían a 'rodearlo', y eso no lo cambiaría ni una enfermedad. Si algo había aprendido durante su estadía en aquel caserón, era que Albert Wesker tiene una ligera discrepancia entre los términos 'reposo', 'descanso' y 'muerte'.

Miró a Krauser, sin poder evitar que se le cristalizaran los ojos y estos mostraran una muda plegaria. Tenía la imperiosa necesidad de romper sus cadenas y atacar a ese segundo secuestrador, con uñas y dientes si hacía falta.

¿Por qué tuvo que enamorarse de un hombre que al que no le importaba, del frívolo asesino desalmado, el destructor de la civilización?, ¿y por qué deseaba proteger su vida —la del peor enemigo de su hermano— a toda costa… condenándose a no volver a ver a la familia que amaba?


— ¿De qué negocio hablas? —interrogó el ex—capitán de los S.T.A.R.S, colocando una de sus manos sobre el respaldo de su silla giratoria, a manera de apoyo. —Será mejor que valga escucharte, porque estoy a punto de irte a dar una maldita lección de lo que no te está permitido hacer; te sientes protegido por tu ejército mediocre, pero de esa burbuja me encargaré de que no quede nada.

Como respuesta, el rubio malhumorado recibió una risa zumbona.

—Te aseguro que después de que escuches lo que estoy por decirte, no te sentirás a salvo. —Jack se dio una pausa, tomando un trago de ron y se volteaba a afrontar a su rehén.

—Habla.

—Este teléfono… ¿un gesto un poco romántico, no lo crees? ¿Tenías el impulso de comunicarte con ella aunque te fueras de viaje? ¿Y por qué escapó? ¿Ya no te soportaba? No la culparía. No conozco a alguien capaz de aguantarte por más de quince minutos, con toda la mierda que tienes por carácter.

El ceño de Wesker indicaba que un asesinato estaba a punto de acontecer.

—No tengo porque rendirle explicaciones a una basura como tú, Jack.

—Perfecto, perfecto, apresuremos los trámites ya que… la señorita Redfield parece estar a punto de desmayarse.

El antiguo dirigente de Umbrella apretó inconscientemente los puños, provocando que el gesto consternado en el rostro desequilibrado de Mad, se agravara.

¿En tan mal estado se encontraba? La chica perdía el conocimiento sólo en el caso de que su cuerpo fuese orillado el extremo.

Algo embistió directo al pecho de Wesker.

¿Aquello era desasosiego? ¿Preocupación? ¿Todavía recordaba la diferencia entre dichas emociones?

— ¿Cómo diste con ella?

—Sencillo. Es una chica muy lista, ¿sabías? Eso de correr durante una tormenta en medio de la nada, parece ser una decisión muy inteligente. No fue nada complicado localizarla. Y… bueno, en vista de que iba a morirse a la intemperie decidí, con benevolencia, traerla hasta acá.

Albert contuvo un gemido de malogro. ¡Eso es lo que se sacaba por hacerle caso al imbécil de Birkin! ¡Y aunque William Birkin representaba parte de su subconsciente, seguía dotado del mismo sentimentalismo mediocre que tuvo en vida! ¡Hubiese preferido encerrarla en un el maldito sótano, que lo odiara, que lo insultara mientras él, como siempre, se hacía de oídos sordos! ¡Cualquier grosería de Claire hubiese sido preferible a que ese inepto se saliera con la suya, reteniéndola contra su voluntad, jodiéndola a golpes!

La sola idea de que él pudiese tocarla con intenciones… distintas, de que se apoderara de sus caderas, de que la obligara a complacer sus instintos de macho salvaje, provocaba que la sangre de Wesker hirviera como boiler.

—Qué gentil… Ahora, vas a soltarla, y tendré piedad de ti. Una elección distinta de tu parte, y me aseguraré de que padezcas hasta el último día de tu miserable vida. —Amenazó el integrante de Tricell, con tal firmeza, que hasta alguien tan distante como su diseñador de modas, fue invadido por una agitación cardiaca involuntaria.

Otra risa socarrona, y parecía que Jack estaba disfrutando de sobremanera cada una de las amigables advertencias de su antiguo empleador.

—¡Oh, si todo fuese tan asequible, jefe! Sigues creyendo que el mundo entero debe de caer de rodillas ante tu… formidable… presencia.

—Vas a hacer lo que te digo. Estás condenado, Jack. No voy a contenerme. —Albert supo que tenía que cambiar de estrategia. —Me da exactamente lo mismo lo que hagas con ella, no obstante, debes de aprender cuál es tu posición en todo esto. Te has pasado de la raya, y te corresponde recibir un castigo de la envergadura que tienen tus faltas.

—Así que no te interesa lo que suceda…. Vaya, yo no pienso igual, ya que fue su paradero tu primer punto en la agenda a tratar. En fin, sigues teniendo el mismo discurso aburrido… ¿acaso no renuevas el inventario? Te has vuelto… predecible. Te ablandaste, Wesker, y eso lo vas a pagar con tu sangre. O… no, creo que mejor pagarás con la de ella. ¿Es un trato justo?

Y el demonio personal del ex—capitán regresó, dispuesto a paladear el verdadero sabor de su impotencia; un sabor que nunca antes había probado puesto que Wesker jamás se permitía fallar.

Para obtener el poder, pagó con la sangre de sus subordinados. Para colocarse en la mira de agencias internacionales, para dirigir Umbrella, con la de James Marcus. Para volver a la vida, mucho más determinado y revestido de gloria, pagó con sangre propia.

Pero… ¿estaba dispuesto a pagar con la sangre de Claire Redfield, por haber cedido a su necesidad de sentir, de retornar un tacto que parecía devolverlo a su estado más humano cada vez que aparecía?

—Tu silencio lo confirma.

— ¡¿Qué demonios deseas?! ¡Sabes que voy a destruirte tarde o temprano, como lo he hecho tantas otras veces con mis enemigos! —expresó el adinerado científico, perdiendo ese tono estoico y adquirieron el aire de estratega, de general en medio de la guerra. —Suficiente de habladurías. ¿Qué pretendes con Redfield?

—Creo que es un poco obvio. Vamos, puedes fingir lo que se te pegue la gana, pero tú y yo sabemos la verdad; tu interés en ella escala un poco más lejos de lo que aparentas. ¿La quieres libre para mandar a tus compinches a que la lleven de vuelta? Bueno, pues me temo que eso no será posible; si quieres que la deje ir, tendrás que venir a enfrentarme.

Fue turno del hombre de gafas negras de reír ladino, su barítono rebotando en la bocina con una gracia perturbadora.

— ¿Y por qué habría yo de querer ir hasta tu… territorio, para sacarla? Eres aún más estúpido de lo que creía.

—Oh, ¿en serio?… Es increíble hasta qué punto eres capaz de llegar con tal de no ser atrapado en tus bajezas. Déjame contarte un par de cosas; ¿te parece familiar una plaza cercana a la ciudad nevada en donde decidiste vivir ostentosamente? ¿O qué tal aquellas salidas 'discretas'? Porque Ada y yo tenemos una creencia muy singular acerca de su… ¿cómo la llamarías, Wesker? ¿Relación?

Toda Suiza podría haber percibido la incredulidad, la cólera que el capitán expresaba con el apretar de sus nudillos.

¿Cómo pudo descuidar tanto sus sentidos? Era obvio que Krauser había colocado a un halcón que lo vigilara día y noche, sin pausas.

Esa pelirroja había tramitado su destrucción. Se encargó de hipnotizarlo, adormeciendo levemente su entrenado sexto sentido. Las miradas ajenas lograron penetrar su escudo de plomo; las ceremonias que realizó para complacerla, para… conquistarla como mujer, estaban pasando factura.

Iba a permanecer distante a sus consternaciones sobre la pelirroja; pero si algo prometía, era que ese mastodonte sin cerebro jamás se saldría con la suya, porque iba a convertir su existencia en un suplicio tan pesado, que no podría levantarse ni aunque la traidora de Ada llegara en su auxilio.

Pero de esa gata habría de ocuparse más tarde.

—No sólo eres obsesivo, sino más fácil de engañar que la mismísima Redfield. Eso debe ser un récord. Parece que no eres capaz de diferenciar lo banal de lo esencial.

—Oh, ¿entonces era un juego? Creo que yo también pienso divertirme un poco con ella, ya que terminaste de usar a la muñequita.

Iba a destruirle la cara a ese maldito infeliz.

No cabía duda. Antes habría dejado algo para que los perros lo cenaran, pero pensándolo mejor, iba a portarse egoísta y desmembrarlo con las manos, sin ayuda de ninguna clase.

—Ya nos veremos las caras; será mejor que estés preparado. Ni Umbrella ni tú cuentan con las armas necesarias para arrebatarme lo que por derecho me pertenece. —dijo Wesker.

Un gruñido al otro lado de la línea, y Albert estaba a punto de gritarle a Mad que saliera del lugar antes de que se desatara el apocalipsis. Asesinaría a todo ser viviente que habitara cinco kilómetros a la redonda.

Quizá diez.

—Es una lástima sabes, jefe. Porque… ella parecía guardar la absurda esperanza de que te presentarías a rescatarla. Creo que tienes razón, ya veo porque Leon tiene debilidad por la muchacha. Idiota sentimental. Después de huir, no entiendo su… inclinación a serte leal. La muy puta se niega a hablar sobre tus negocios. He obtenido dicha información por otros medios pero… esperaba que soltara la lengua con facilidad. Lloriquear por conservar su vida. Pero no lo hizo. Resistió y hasta se atrevió a gritar que tú me harías pedazos. En un pasado, quizá lo habrías conseguido. No ahora que eres un vestigio —comentó Krauser como si estuviesen charlando acerca del clima o la situación económica del país.

El rubio, por su parte, cachó en las observaciones de su enemigo, una sensación de crudeza que le escaló hasta el puente de la nariz.

Esa mocosa inepta. Ni estando a dos sencillos pasos de recuperar su antigua vida, le fue posible escapar de ese rinoceronte con el cerebro de un chícharo. Oh, cómo la odiaba. Detestaba el recuerdo de sus cabellos pelirrojos resbalando por el marco de su rostro, el olor de sus ropas cuando éstas se sacudían con el aire, su afición infantil a las pinturas y su escritura de cría de secundaria, remarcando las 'j' y las 's' con un garigoleado tan cursi como sus discursos acerca de arte.

Y lo que más le sacaba de quicio; la suavidad de sus manos.

¿Por qué la pintora sensacionalista se negaba a hablar? No era como si él fuese a perdonarla con eso. Disculparla por haberlo golpeado, forzándolo a aplastar el recuerdo que lo rescató de una locura prematura, de una soledad incorruptible —pese a que para él, aquellos meses acompañado de la hermanita menor de Chris Redfield, ya no le importaran en lo absoluto—.

—Basta de palabrería. Ya dejaste muy presente que tienes un sentido del humor envidiable, no tengo tiempo para estas tonterías.

—De acuerdo. No absorberé un minuto más del valioso y escaso tiempo que te resta de vida. Pero antes, quiero darte un incentivo, para ver si así cambias de opinión con respecto a tu antigua inquilina —musitó Krauser con una diversión poco inocente, causando que su antiguo superior casi tragara saliva.

El rubio captó un poco de estática en la bocina, indicación de que algún desplazamiento estaba siendo llevado a cabo.

No tenía paciencia para esperar; quería lanzar cualquier ente que tuviera próximo. Pero… no pensaba colgar.

Jamás había sido la clase de hombre que escapaba de las situaciones que no eran de su agrado.


Claire experimentó el frío de la reducida estructura electrónica contra el lóbulo de su oreja. Quiso resistirse y empujar el auricular muy lejos, pero con las manos atadas, resultó ineficaz.


El general Wesker, como en esos tiempos era denominado por sus soldados, detectó una respiración conocida, pero diferente a la del traidor de su ex—empleado.

Eran inhalaciones discontinuas y aceleradas, que luchaban por mantenerse silenciosas, sin promesa de lograrlo.

Algo se revolvió en el interior de Albert Wesker, y lo reprimió, como en un pasado lo habría hecho; escapar a los viejos hábitos no formaba parte de su rutina.

Casi creyó poder escuchar los reclamos de Claire; estaba siendo forzada a tener el teléfono pegado a la oreja.

— ¡Habla! —Se escuchó la exigencia desde el fondo, superando el sonido que provocaban las respiraciones de la pelirroja.

Pero por lo que pudo notarse, la jovencita mantuvo su lengua estática, provocando que aquel bruto perdiera la paciencia.

Se pudo percibir un forcejeo; Albert no entendía la razón, pero sus labios también permanecieron estáticos.

El estruendo característico de una bofetada. Wesker en serio iba a perder toda ecuanimidad.

¿Cómo… se atrevía ese pútrido insecto a ponerle una mano encima?

Se decía que no le importaba, que sólo estaba enfurecido porque aquel cerdo tenía una posibilidad que él ya no; atormentar a Chris Redfield.

Estuvo a punto de colgar sin mirar a la pantalla, cuando de súbito, se escuchó un desgarrador grito que provenía de esa voz femenina que escuchó decir que lo quería, perteneciente a la dama a la que prometió regresar de su tratamiento antes de que el invierno llegara.

Gritaba de dolor. Para su infortunio, Albert Wesker la conocía lo suficiente para saber que Claire no exclamaría de esa manera, a menos de que le estuvieran infringiendo una tortura siniestra.

— ¡Dirás lo que quiero, maldita sea! ¡Háblale! ¡Suplica que venga por ti! —De nuevo se trataba de la voz de Jack, la esquizofrenia tomando partido y haciéndole sonar como un animal salvaje, incapaz de conservar cualquier atisbo de clemencia.

Pero la chica se mantuvo firme. Su voluntad no iba a quebrarse, y su espíritu no iba a doblegarse; otra de las múltiples maldiciones de los Redfield.

Y Claire siguió sin participar, sin permitirse alzar una plegaria o rezar mientras las lágrimas saladas se trasladaban veloces a lo largo de sus mejillas. Sin admitir que lo que más deseaba era decirle que lo odiaba porque pese a los malos ratos, el sufrimiento, la soledad y la decepción, lo seguía amando. Y que aunque no supo cuándo, ni cómo, ni por qué comenzó a sentir algo tan desenfrenado por un capitán traidor, un asesino a sangre fría y secuestrador de pasatiempo, dudaba volver a sentir algo tan fuerte, dañino y profundo, por otra persona. Percibía con nítido horror como el metal caliente que estaba usando ese… ese… bastardo si alma para lastimarla, iba arrastrándose como una serpiente a través de su brazo desnudo, dejando tras de sí, un sendero rojizo, decorado con las ampollas reventadas y la piel en carne viva.

La pelirroja reprimió hasta los sollozos; no quería que el Albert Wesker escuchara su llanto, pese a que por sus agudos sentidos, estaba segura de que dicho dato no había sido omitido. Pero pasados unos minutos del inicio de aquella cruel incineración, ya no pudo evitar quejarse audiblemente, escuchando sus gemidos como si éstos pertenecieran a un tercero. Lejanos, perecederos, cansados…

Se sentía tan humillada.

Los puños apretados de Wesker comenzaron a causar estragos en su dermis; las uñas se le habían clavado en las palmas y escapaban de ellas, pequeños riachuelos de sangre. Aquellos desalentados lloriqueos provenientes de la muchacha, se encargaron de rebotar dentro de las paredes de su cráneo; se repetían tal cual las voces de un coro demoniaco. La arritmia de su corazón —la que una vez fue síntoma de su enfermedad— en aquel interminable instante, pareció lanzar una marea exorbitante sobre todas las extremidades de Wesker.

Y entonces, la escuchó llorar, con derrota, como en la habitación griega donde estuvo a centímetros de abofetearla, donde murmuró 'lo lamento', y se apoderó de ella en cuerpo y lo que burlonamente iba a denominar como alma.

¡No quería escucharla llorando, maldita sea!

Krauser debió mover el aparato de tortura a un sitio distinto de su cuerpo, provocando una nueva oleada de agonía, y los alaridos forzados no se hicieron esperar.

El rubio altanero se juró que escucharía una y otra vez las mismas expresiones de Jack Krauser, tan pronto éste se hallara al alcance de sus manos.

Sus ojos color piedra de volcán estaban firmemente apretados; no iba a permitirse emitir la mínima expresión. Era muy importante mantener a Krauser convencido de que la hermana de Chris Redfield no era más valiosa que el tapete de su entrada.

El teléfono volvió a manos del actual dirigente de Umbrella y agregó lo siguiente con su tono aguardentoso: —Ya que no te importa, jugaré un par de horas con tu muñequita en mi habitación, espero que no te importe que no la devuelva completa. Llamaré en algunas horas, sólo para enterarme si cambias de opinión.

Y colgó.

Se escuchó el crujir de la madera que había apresado para sostenerse el tiempo que la llamada duró; se soltó pensando que no podría derrotar a ese imbécil si ni siquiera podía ponerse en pie solo.

—Llame al médico, y aliste a mis hombres —le solicitó a Mad, su segundo al mando, quien lo observaba absorto.

—Pero señor... —intentó rebatir el sastre.

— ¡Nada de peros! ¡Haz lo que te digo y sin preguntas! ¡Largo! —gruño Wesker, determinado. —Si no te largas, me encargaré de arrancarte los brazos antes de que puedas hacerle otro maldito vestido.

Mad, aterrado por no poder volver a diseñar una prenda lujosa en su vida, abandonó aquel despacho repleto de libros y ordenadores.

Pero era lo que sucedía cuando lo tentaban a ser un hombre común. Eso ocurría cuando dejaba a alguien acercarse demasiado. Por combinar sus reprimidas emociones, con el trabajo. Por creer que podía ser distinta su realidad; liberado esa humanidad que mantuvo encadenada poco más de una década.

Sintió un acceso de espasmo apoderarse de su pecho, y tuvo que inclinarse hacia adelante, con la mano encima de la zona afectada.

De alguna manera, los gritos de Claire no abandonaban sus oídos; la veía de rodillas, la imaginaba siendo forzada a posar sus labios sobre los de aquel engendro. Y todo perdía sentido. Se convertía en un hombre lobo sediento de venganza, un personaje de las novelas de terror cuyo objetivo de creación había sido el asesinar.

Un nuevo espasmo, esta vez, en la parte superior su abdomen; Wesker percibió como el sabor metálico de la sangre escalaba su garganta, y volvió a maldecir.

¿Cuál era el curso de acción a tomar? Si no podía controlar todos esos malestares, ¿cómo podría darle una lección al antiguo mercenario de sus filas?

Escuchó pasos al otro lado de la sala.

— ¡Demonios, soldado! ¡Le di una orden! —profirió el capitán, creyendo que era Mad Hemingway quien estaba retornando a la sala.

—Uh, pero qué carácter, ¿te hace falta tu mujer, Albert? Y… por cierto, no creo que estés en la mejor facha para ir a enfrentarte a un enemigo tan desquiciado. ¡Hasta parece que necesitas bastón!

Albert alzó la mirada, fastidiado: —William…

Si claro, como si él no supiera que le sería imposible acabar con Krauser y salvarla estando en abstinencia de su suero.

Sería su vida, o la de ella.


Ufff, eso fue cansado. Muy bien. Acá está. Terminado. El capítulo, el capítulo, no el fic, tranquilos.

¿Qué les pareció? ¿Muy bueno? ¿Bueno? ¿Malo? ¿Muy malo?

En lo personal, creo se me salió lo desgraciada que llevo dentro; sé que no quieren ver sufrir ni a Wesker ni a Claire pero… es por el bien de la trama (¿?).

Pero me gustó escribirlo. Creo que no me resultó tan complicado en otras ocasiones, aunque no diré que fue pan comido, porque casi nunca lo es.

Ahora, he tenido un par de días difíciles, espero que disculpen la demora. Pero… ¿qué demonios? FF es para leer fics y pues eso es lo que queremos todos; he intentado dejar atrás los problemas personales, y mientras una sola persona quiera seguir leyéndola, la seguiré escribiendo. ¿Saben por qué? Pues porque soy la persona más testaruda y aferrada que tendrán la desgracia de conocer. Y la verdad es que amo escribir y forma parte de mi vida, y me viene muy poco lo que los demás piensen o no de mí.

Claro, no me mal entiendan. Por supuesto que me interesan sus opiniones sobre la historia, pero lo he dicho antes y lo seguiré diciendo; no voy a dejar de escribirla.

Así me lleguen cincuenta haters a decirme que soy la peor y que no leerían ni mis listas de mandado, pues… no les daré el justo. Así de sencillo.

Entonces, espero comprendan mi posición acerca de los insultos, las ofensas, las indirectas, entre otras estrategias para reducirle la moral a alguien.

Queridos haters: Vayan a hacerse una vida, por favor. Suficiente tienen las personas con sus propias cabezas como para estar cargando con traumas ajenos.

Pasando a temas un poco más amigables, espero que la historia les siga apasionando, a pesar de esa connotación oscura que se carga en este momento.

Lamentablemente, no podré contestar a los reviews en esta ocasión; sé que lo he hecho siempre, y les pido una gigantesca disculpa por ello. Tengo un humor muy irregular en este momento, por algunas… situaciones, y no quiero que parezca que estoy molesta con ustedes o que estoy siendo grosera en mis respuestas. Es por eso que de todo corazón les pido una disculpa, y prometo que esto no volverá a suceder.

Quiero agradecer a Ariakas DV, Yuna-Tidus-Love, Polatrixu, name, Nelida Treschi, CMosser, Stacy Adler, DarknecroX, Addie Redfield, Guest, Ary Lee, mike, VioletStreat, Eryy Ely Days, Victoria, y a Andy Pain por comentar la historia. Ya saben que ésta no existiría sino fuse por sus mensajes de aliento y críticas constructivas.

Sé que esta no es la respuesta que se merecen, pero… como ya dije anteriormente, mi condición actual me impide que pueda hacer lo que usualmente hago; no sé qué más decir para aminorar mi falta como autora de esta historia.

Ahora, creo que ha sido todo, queridos. Les recuerdo que cualquier duda, comentario, sugerencia, pueden dejarla en un review. Si son lectores anónimos y nunca han dejado un mensaje… por favor, háganlo. No hay nada más bonito que saber que las desveladas y el dolor de dedos rinde frutos y que ustedes están disfrutando de la historia.

No muerdo, no soy un dolor de cabeza, no soy una crítica profesional, no soy aprehensiva con los señalamientos correctos acerca de mis faltas, no como niños, en realidad no creo tener un talento del otro mundo aunque trato de darme mi lugar, no voy a quejarme de que dejaron un review chiquito por los deberes cotidianos, etcétera, etcétera. No se dejen guiar por las primeras y falsas impresiones; ¡soy más divertida de lo que parezco, lo juro!

Si les gusta 'Cuerpo cautivo', agréguenla a favoritos, y denle follow si quieren enterarse del momento en que actualizaré.


Recomendaciones musicales:

All of the stars – Ed Sheeran. Porque soy una cursi de lo peor y no tengo remedio.

Bad company – Five Finger Death Punch. Porque esta canción le sienta a Krauser y a Wesker como anillo al dedo.

Too Bad – Nickelback. Consejo: lean Cuerpo cautivo con las canciones de estos canadienses. Muchas le sientan al ritmo de escritura y lectura muy bien.


Todavía no tengo el título del siguiente capítulo…