Mis queridos: los amo. No me odien antes de tiempo. Cariños!
XXVIII. La despedida
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El asunto fue que, aquel día que tuve que vigilar a Harry, también tuve que impedir que el muchacho le arrancara los ojos a Mundungus Fletcher. El muy desgraciado había robado algunas cosas de Sirius y las estaba vendiendo. Harry lo pilló en el acto y se puso como loco. Fue una suerte que estuviera yo allí. O sea, no fue una suerte, porque era mi deber… Digo que, fue una suerte que se diera justo en ese instante. Harry no necesitaba problemas. Mundungus alcanzó a arrancar vía desaparición.
—No pierdas el tiempo, Harry. Mundungus ya debe estar en Londres. De nada te servirá gritar.
—¡Ha robado las cosas de Sirius! ¡Las ha robado! —Insistió como si yo no me hubiese dado cuenta de lo que estaba pasando.
Sí, y a mí me robaron el corazón y me lo pisotearon.
—Sí, pero de cualquier modo, deberían protegerse del frío —dije sin entusiasmo. No iba a perseguir a Mundungus. Ya tenía suficiente trabajo. Lo sentía por Harry, pero, de todos modos, a Sirius jamás le había importado tener "riquezas". Para él, todo eso era sólo basura. Y yo también lo creía. ¿De qué servía tener una copa con el apellido "Black" tallado si, al fin y al cabo, el Innombrable tenía completamente claro quién era sangre sucia y quién no, e íbamos a morir todos los que no tuviéramos pureza? Más bien, todos los que no estuvieran de su lado estaban firmando su sentencia inminente de muerte.
¡Ay! A veces me odiaba. Últimamente estaba tan pesimista, que hasta para dormir tenía problemas. Y mi madre comenzaba a darse cuenta de nuevo de mi atribulada personalidad.
Momentos más tardes, durante ese mismo día, una muchacha de Hogwarts fue atacada. No alcancé a intervenir para ayudar, pero Hagrid llegó a tiempo para llevarse a la chica al castillo. Pensé que Dumbledore me citaría para interrogarme, pero no fue así. Luego, recordé que no estaba en el colegio, por eso mismo me había pedido que vigilara. Me sentí culpable.
—¡Eso te pasa por estar pensando en chorradas en horas de trabajo!
Busqué pistas para ver si podía acercarme a la solución, pero no había nada que indicara que había sido un ataque. Por suerte, al otro, día la muchacha fue trasladada a San Mungo, donde fue atendida para poderla estabilizar y sanarla.
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Con el paso de los días, había logrado contarle la historia completa —omitiendo varias partes, sobre todo lo sucedido con Remus — a mis padres de lo que había sucedido con los hombres lobo. Había tenido que avanzar capítulo a capítulo, porque trabajaba hasta las once de la noche todos los días. Era la única forma de recuperar las horas que no había ido. Yo sabía que, si Shacklebolt hubiese podido, me hubiera regalado esos días, pero me necesitaba en el puesto de trabajo. En parte me alegraba, porque me subía el ego saber que era así de indispensable, aunque, a la vez, me preocupaba porque temía que iba a morir de agotamiento.
La última semana de octubre me llegó una invitación de Molly para ir a cenar a su casa el día de Halloween, pero no pude asistir porque ya le había prometido a mi madre que estaría con ellos y mis abuelos. Además, ya habíamos tenido una pequeña celebración en el trabajo durante esa tarde, a pesar de todos los desastres que estaban ocurriendo.
—Más le vale a El Profeta no enterarse de lo que hace Scrimgeour para mantener contento a sus trabajadores —me dijo Arthur en tono de desaprobación en el momento en que fui a darle las gracias por la invitación —. No me gustan que las cosas sean demasiado serias, pero hay mucho que hacer para estar de fiesta. Debemos focalizarnos.
—Ya lo creo. Además, la comida es pésima. ¿Probaste el jugo de calabaza, Arthur? Shacklebolt estuvo a punto de vomitarlo. Estoy segura que la comida es la que sobró del año pasado, porque sabe asquerosa.
—Molly va a preparar manjares esta noche, así que he procurado no probar nada. Es una pena que no vayas a poder ir, pero espero que lo pases bien con tu familia. Saludo a tus padres.
—Muchas gracias, ¡hasta el lunes!
Esa noche pensé mucho en Margaret y recordé que Kingsley debía estar recordándola también. Mi abuela recordó el primer bebé que había parido y que había muerto a los pocos meses por una extraña enfermedad. Se llamaba Patrick. Temo que hubiese sido un gran tío si hubiese llegado a vivir, pero tenía suficiente con la personalidad de mi padre.
No fue hasta el otro día, feriado gracias a Merlín, que recordé que, el 31 de octubre, era más especial de lo que se decía. Harry Potter había perdido a sus padres ese día y Remus había perdido a dos amigos. Y, sumando, hacía pocos meses, había perdido a Sirius. Me desperté angustiada y enojada conmigo misma por pensar tanto en Remus. Estaba a punto de romper la promesa que había pactado conmigo misma: no acercarme a Remus hasta que él lo hiciera. Pero, el pensar que podía estar triste en la oscuridad de su casa, me retorció las entrañas, y tuve que armarme de valor para decidirme a visitarlo.
Aún puedes arrepentirte… ¡Respeta tu orgullo!
—Buenos días, mamá... ¿qué haces allí, apostada en la ventana? —Inquirí sin mucho interés acercándome al mueble de los cereales para desayunar.
—Hace diez minutos que hay un hombre parado en la acera y que mira constantemente para acá. Se me hace conocido…
Fui rápidamente hacia allí y le di un caderazo para correrla y mirar. Por un estúpido segundo, creí que podía ser Lucius Malfoy. Sin embargo, luego de cavilarlo mejor, mi madre no hubiera olvidado una cara tan particular como la de él tan fácilmente, menos siendo su cuñado.
Escudriñé con la cara pegada al vidrio. El exterior estaba húmedo y barroso. El corazón se me aceleró de golpe cuando vi quién era.
—Es Remus —susurré empañando el vidrio con mi aliento.
—¿Remus? ¿El Remus que es tu amigo de la Orden del Fénix? ¡Se ve muy extraño!
Me separé del vidrio y cerré la cortina.
—Se ve raro porque está delgado y desgreñado —dije preocupada —. Iré a ver qué le sucede…
Me arranqué antes que mi madre empezara a hacer preguntas. Cuando salí al jardín y superé la barra de encantamientos, los ojos de Remus, sorprendidos, se toparon con los míos.
—Yo…
—¿Por qué no enviaste un patronus para decirme que estabas acá fuera, congelándote el trasero? —Le reproché cruzándome de brazos para protegerme el pecho del frío. Había salido envuelta en un chaleco delgado.
—No quería molestarte —sus ojos me observaron llenos de culpabilidad.
Hice un ruido de desaprobación con la boca.
—Pero, aquí estás. Y por algo estás —añadí arqueando una ceja.
—Vengo a despedirme.
—¿A despedirte? Ni siquiera nos hemos saludado —comenté con sarcasmo.
—Dumbledore me ordenó vivir en la manada de Greyback. Dado el fatal resultado del otro día… tengo que intentarlo a lo grande —repuso con pesadumbre.
—Oh —fruncí el ceño —. Eso es un tanto arriesgado.
—Sí.
—¿Y esta "despedida" significa que nos vamos a ver cuando termines tu misión? ¿O vienes a despedirte para que no nos veamos nunca más? —Apreté la mandíbula.
—No sé. Sólo vine y…
Miré hacia atrás, sabiendo que mi madre estaría observando. Rápidamente tomé a Remus de la mano y me lo llevé tras un árbol de tronco grande y frondoso.
—Viniste porque querías verme —demandé con rudeza y observándolo con intensidad —, la despedida es sólo una excusa. ¡Y no te atrevas a negarlo! —añadí al ver su expresión.
—Esto es difícil.
—No, no lo es —gruñí y, tomándolo de la bufanda que envolvía su cuello, lo acerqué a mí para besarlo.
No opuso resistencia y me devolvió el beso, pero fue él mismo quien terminó con el momento.
—No sabes cuánto quiero estar contigo… Pero sólo se siguen sumando motivos para que no podamos hacerlo — me acarició la mejilla con dulzura —. Cuídate.
Se alejó calle abajo y desapareció.
—Hubiese preferido que no aparecieras —susurré deprimida, sintiendo la decepción por aquel insípido acto.
Mi madre estaba en la cocina cuando volví a la casa, pero yo estaba segura que había estado espiando.
—¿Qué sucedía con Remus? —Inquirió con indiferencia.
—Sólo venía a entregarme un mensaje de la Orden del Fénix. Es confidencial.
—Ah…
Silencio.
—¿Entre Remus y tú hay algo? —Preguntó de pronto.
—No, ¿por qué? —Salté un poco más entusiasta de lo que pretendía.
—No sé… pensé… —Me miró como si fuera una idea estúpida —. Es demasiado mayor para que estén juntos —rió —. Y estoy segura que, si estás con alguien, debe ser igual de loco que tú… o peor. Por algo te hizo sufrir tanto en esos días…
—Mamá —dije cortante —, tengo que ir al baño.
Y así fue como me zafé de la situación. Mi madre creía que Remus era demasiado mayor para mí, así que no podía enterarse de nada. Y bueno, tampoco era como si fuéramos novios. De hecho, en esos instantes, éramos menos que nada.
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El tiempo transcurrió. Reconozco que hubo momentos en que mantuve la esperanza en que Remus me trataría de contactar de algún modo, pero no fue así. Y yo sabía que no podía arriesgarlo enviándole un patronus o mensajes. Estaba en una situación complicada por orden de Dumbledore y no debía intervenir. Pero me dolió, a pesar de ello, me dolió que no intentara comunicarse conmigo. Me había dicho que me amaba y no hacía otra cosa que demostrar lo contrario. La frase ya no sonaba bonita en mis oídos.
—Estás siendo egoísta, piensa en cómo se debe sentir —me dije un trillón de veces para tratar de aplacar mi ira. En Hogwarts, siempre había sido tratada como un fenómeno por mi condición de Metamorfomaga, pero jamás lo había sido, yo era como cualquier otro. Remus era un licántropo, pero eso no quería decir que fuera un monstruo. No lo era, desde luego que no. Y, sin embargo, él se empeñaba en calificarse a sí mismo de esa manera.
Noviembre dio paso a un frío y nevado diciembre. Ya no me deprimía trabajar en casos tan violentos y siniestros como en el inicio. Al fin y al cabo, era pan de cada día encontrarse con un muggle o un sangre sucia muerto o torturado. Pocas eran las veces en que conseguían librarse e iban a parar al hospital malheridos o moribundos. Por otra parte, con Kingsley estábamos atentos a las noticias de los hombres lobos, pero no había nada que llamara la atención.
—Remus no se ha comunicado contigo, ¿cierto? —Le pregunté una tarde como quien no quiere la cosa. Pero no lo logré hacer tonto.
—Aún no resuelves ese tema, ¿no? Bueno, no sé para qué pregunto; ya sé cuál es la respuesta.
—Dice que es peligroso para mí —comenté afligida —. Por ser hombre lobo.
—Va a ser peligroso para ti si sigues deprimiéndote por eso. Pero lo comprendo, en parte.
—¿Lo comprendes o lo defiendes? —Inquirí picada.
—Lo comprendo —aclaró fulminándome con la mirada —. Lo que menos quiere es hacerte daño, eso es claro. Sólo dale algo de tiempo.
—Sí… creo que le daré unos cuantos meses más —dije con ironía —. A ver si eso le sirve para pensar.
A ver si mejor le das otro puñetazo.
Tres días antes de navidad, apareció Molly sorpresivamente en la puerta de mi casa. Es decir, no literalmente: tuvo que mandarme una señal para que yo pudiera hacer que atravesara el perímetro de seguridad. Iba ataviada en un abrigo verde de tweed muy acolchado y llevaba un pastel en las manos.
—¡Hola Molly! Esta es una agradable sorpresa —dije con una sonrisa, invitándola a entrar al cálido interior de la sala.
—Pero qué casa tan bonita —comentó con cariño y una amplia sonrisa —. Toma —extendió las manos entregándome una bandeja envuelta en papel café —. Son unos pastelillos. Te recomiendo que los dejes al aire para que no se humedezcan.
—Muchas gracias, Molly —agradecí de corazón. Dejé los pasteles sobre la mesa y rasgué el papel para que se orearan —. Es primera vez que vienes para acá. No tenía idea que sabías donde vivía. Por favor, asiento —indiqué con amabilidad.
—Bueno, Remus me lo dijo el otro día —contestó sentándose —. Pero creo que Arthur ha venido para acá antes…
—¿Remus? —Le interrumpí dándole sin querer una patada a la mesa de centro al sentarme. Sentí que mi sonrisa se me derretía en la cara.
—Sí, él me dio las indicaciones para llegar. Tomé el Autobús Noctámbulo, no me ha llevado tanto tiempo, aunque me mareé bastante…
—Molly, ¿Remus está acá?
—¿Qué quieres decir?
—Estaba en una misión.
—¡Ah! Bueno, sí, creo que aún lo está, o se tomó unas vacaciones, no lo tengo claro. Pero estuvo el otro día en La Madriguera… ¿Qué pasa, querida?
No sé qué cara puse, pero sí supe que los ojos se me estaban llenando de lágrimas inevitablemente.
¡El muy idiota llegó y ni siquiera me vino a ver!
Me sequé rápidamente los ojos.
—Está bien —sentí la cálida y rechoncha mano de la señora en mi muslo izquierdo —. Puedes decirme.
—No es nada… —Negué con la cabeza, pero al toparme con la sincera y maternal mirada de Molly, fue como tener una oportunidad segura de decirle a mi propia madre lo que estaba ocurriendo, sin que me criticara por la edad o porque era licántropo —. Remus y yo estamos en una especie de relación… —Reí nerviosa —. Olvida lo que estoy diciendo, Molly —agregué arrepentida.
Sin embargo, a pesar que no le dije nada más, la señora comprendió mucho más. Se puso seria y asintió.
—Me gustaría que fueras a almorzar con nosotros el día de Navidad —dijo ella volviendo a sonreírme.
Negué suavemente con la cabeza.
—No, Molly, gracias —dije con desgano.
—¿Harás algo con tus padres?
—Ellos se fueron donde mis abuelos. Aún no sé si iré para allá. El trabajo está acechándome…
—Claro. Pero, si cambias de opinión… Las puertas de los Weasley estarán abiertas.
—Gracias.
Me paré junto con ella y la dejé en la puerta. Le di un abrazo fugaz. Si la sostenía por más tiempo temía ponerme a llorar, y más que no querer llorar, no quería quedar en vergüenza. No quería verme patética.
—Hasta luego, Molly.
—Adiós, querida.
Estuve dándole vueltas al asunto: si me quedaba en casa el día de navidad, lo único que iba a hacer era llorar y llorar y dejar toda la casa con lágrimas y mocos. Si iba donde Molly, estaba casi segura que iba a toparme con Remus y, la verdad, es que no quería. Mi orgullo estaba por las nubes y, lo peor, es que estaba herido. Me sentía traicionada. Y si iba donde mis abuelos… bueno, lo más probable es que recibiera un balón de fútbol de mi abuelo y una cinta para la cabeza de mi abuela. Pero, lo más importante, era que iba a sentirme en casa y ya sabía la ronda de preguntas que me harían, así que sólo tendría que contestar lo mismo de siempre, como que no estaba en ninguna relación, moriría solterona y no era virgen. ¡Ah, no! Lo último no era parte del repertorio.
Y, al final, fui donde mis abuelos y tuve un día agradable, un almuerzo delicioso y, para mi sorpresa, reí más de lo que hubiera esperado. No obstante, al acabar el día y volver a mi casa —mis padres decidieron quedarse otro día más —, fue como volver a un hoyo negro en el que había pasado mucho tiempo, desde no sabía cuándo. Los días luminosos parecían lejanos. De hecho, mi pelo lacio y grisáceo ya no le llamaba la atención a nadie. No había manera de mejorarlo y, por lo mismo, constantemente en las vigilancias al castillo, andaba con mi remendada capa de invisibilidad, porque ni siquiera podía mantener una transformación facial por más de cinco minutos. Extrañaba mi pelo rosado, pero más extrañaba sentirme bien. Sonaba ególatra, pero quería oír mi risa despreocupada, sentir ese cosquilleo del enamoramiento sin que se convirtiera en una tortura.
Y, esa noche, fue cuando decidí ir a verlo. No a Remus… sino que a Severus.
Hogsmeade estaba cubierto bajo un espeso manto blanco de nieve, endurecido y lleno de marcas de pies de todos los tamaños. Caminé a paso rápido, encapuchada, hasta la casa de los gritos y me adentré a los caminos ocultos de la casa, que conectaba con el Sauce Boxeador. Me coloqué la capa de invisibilidad para entrar al castillo y tomé los atajos que conocía para llegar a las mazmorras. Hogwarts estaba silencioso y gélido. La mayoría de los estudiantes habían ido a pasar las fiestas con sus familias. Vi a unos cuántos fantasmas pasar de aquí a allá, y creo que oí llorar a Myrtle la Llorona a lo lejos, probablemente hundida en su sucio retrete.
Cuando llegué frente a su puerta, no me preocupé en tocar, sino que llegué y entré. Severus estaba en su escritorio, como siempre, pero no se dio cuenta que su puerta se había abierto. Levantó la mirada cuando la cerré.
A la velocidad de un rayo alzó la varita e hizo un movimiento que me desprendió de mí varita y de mi capa. Sus ojos se abrieron desmesuradamente cuando me vio y se dio cuenta de quién era. Luego, frunció el ceño percatándose que yo no había pedido permiso para entrar a su santuario, donde colocaba robustos y rojos ceros a los trabajos de sus estudiantes.
—¿Qué haces aquí? Creo haber dejado bastante en claro que era mejor que no volvieras a aparecer por acá —siseó con frialdad.
Lo miré por unos segundos, sin preocuparme de haber sido desprovista de la varita y de la capa.
Esto es una locura, Tonks.
¿Qué pretendes hacer?
Sólo quiero saber… quiero recordar qué es lo que se sentía bien antes. Cuando no tenía tantas preocupaciones… Cuando todo me parecía más liviano y ridículo.
Retrocedió cuando me vio avanzar como una autómata. Creo que creyó que le iba a abofetear, así que levantó un poco una mano para poder prevenir el ataque. Y sin embargo, lo que hice, fue ponerme de puntillas y besarlo.
