XXVII
Complejo de fénix
San Francisco, 15 de junio de 1969, 07:35a.m.
Un año y medio había pasado y muchos pacientes habían pasado por Cuidados Intensivos, pero había uno solo que era algo así como un residente permanente de ese lugar. Bien podía ser el mayor misterio médico de la historia.
Los médicos no ocultaban su asombro al ver a aquella mujer de cabello gris y ojos azules. Su corazón no latía, casi todos sus órganos no funcionaban, pero su cerebro parecía trabajar a toda capacidad, como si estuviera pensando en una solución para un problema terriblemente complicado. Su cuerpo no mostraba muestras de descomposición, que era lo que usualmente ocurría cuando alguien dejaba de existir. Las más grandes mentes médicas habían acudido a San Francisco para tratar de explicar lo que le pasaba a esa mujer, sin éxito en absoluto.
—¿Cómo puede funcionar su cerebro sin flujo sanguíneo? —se preguntaba un médico que monitoreaba a la mujer, específicamente sus ondas cerebrales—. ¿Y cómo diablos no se ha descompuesto?
—¿Y has medido su temperatura?
—¡Por supuesto que sí! Treinta y seis punto cinco grados. ¡Es una locura!
Otro médico entró en Cuidados Intensivos, sosteniendo unos papeles.
—Y pensar que es la misma mujer que estuvo clínicamente muerta por unas horas en Nueva Orleans hace unos cuantos años atrás —dijo el recién llegado, hojeando los papeles que llevaba consigo—, y la misma que estuvo en coma por tres años, también en Nueva Orleans.
—Esta mujer es un misterio —dijo uno de los médicos—, o es propensa a que le pasen cosas extrañas. ¿Estás seguro que es de este planeta?
—Bueno, luce lo suficientemente humana para mí —opinó el segundo médico—. Sus órganos están en los lugares correctos, su estructura ósea es definitivamente no extraterrestre…
—Me quedó claro, gracias —gruñó el primer médico, notando que su colega no había captado la broma.
—Su actividad cerebral está disminuyendo —informó el tercer médico, dejando los papeles a los pies de la paciente y observando el electroencefalograma con extrañeza—. O al menos está regresando a la normalidad.
—¡Tengo pulso! —exclamó el segundo médico, tomándole el cuello a la paciente—. Es muy débil, pero se va haciendo cada vez más rápido.
—Su pecho se dilata —dijo el primer médico, sorprendido—. Está respirando.
—¿Pero cómo mierda lo hizo? —inquirió el segundo médico, alejándose de la paciente, como si ella estuviese poseída por algún demonio.
Los tres médicos se quedaron callados, incapaces de creer lo que estaba pasando delante de ellos. Sin embargo, la sorpresa fue mayor cuando la paciente comenzó a abrir lentamente los ojos y a mover los brazos, casi como si no hubiera estado clínicamente muerta por un año y medio. Luego, ella movió la cabeza de un lado a otro, como comprobando que sus funciones motoras no hubieran sufrido algún daño y posó su mirada en los tres médicos.
—¿Por qué mierda estoy en un hospital? —dijo la mujer con prepotencia.
El segundo médico, en un alarde de valentía, se acercó a la paciente con el objeto de hacerle unas preguntas. Era posible que ella sufriese de alguna clase de amnesia.
—¿Sabe quién es usted?
—¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Soy Saori Müller, por los mil demonios!
—¿Recuerda algo?
Saori bufó.
—Recuerdo que una estúpida en armadura dorada me robó algo antes que perdiera el conocimiento. No sé en qué año y en qué mes estoy.
—Puede que sea duro para usted, pero se encuentra en el año 1969. Estuvo un año y medio… sin vida.
—Sí, sígame diciendo cosas que yo no sé —gruñó Saori con los puños crispados—. Sé que estuve "muerta", pero no sabía por cuánto tiempo.
—¿Sabía en qué estado se encontraba?
—Mire, no voy a estar contestando preguntas cuyas respuestas no va a entender ni en mil años. Lo que quiero saber en este momento es si estoy en condiciones para que me den de alta. Eso es todo.
Los médicos no podían creer que un paciente pudiera lucir tan compuesto después de estar tanto tiempo sin vida. Bueno, "sin vida" no era el término correcto, pero daba lo mismo. Saori se había convertido en el nuevo Lázaro. Y, dado que ya había vuelto de la muerte una vez, los médicos a cargo de Saori habían convenido en que ella tenía "complejo de fénix".
—Señorita Müller —dijo el primer médico con tiento—, volver a la vida no es un asunto fácil de lidiar. Mucho ha pasado desde el incidente y puede que su noción del tiempo esté levemente alterada. Necesita una batería de pruebas psicológicas para descartar cualquier síntoma asociado al tiempo que estuvo… inactiva, además de terapias de aclimatación temporal…
—Eso ya lo sé, y me importa una mierda —dijo Saori, levantándose de la cama sin siquiera trastabillar—. Lo que quiero saber —y esto no lo volveré a repetir— es que si estoy en condiciones físicas óptimas para que den de alta.
Era cierto que los médicos habían estudiado sus años en la universidad para ser lo que eran y también era cierto que tenían experiencia diagnosticando enfermedades y tratando pacientes, pero la voluntad del paciente era lo más importante. Los médicos accedieron a las demandas de Saori y le hicieron toda clase de pruebas, solamente para confirmar lo obvio: Saori, pese a su estado anterior, gozaba de un excelente estado físico. Y, a juzgar por la determinación con la que ella pidió las pruebas, su estado mental tampoco mostraba alguna falla. Sin embargo, los médicos estaban preocupados por cómo Saori iba a aclimatarse temporalmente sin la ayuda de un psicólogo.
Los médicos volvieron del laboratorio con los resultados de las pruebas. No les sorprendió ver que Saori estaba completamente vestida (sus ropas habían sido guardadas en el velador en caso que alguna vez despertara).
—Señorita Müller, es nuestro deber informarle que usted se encuentra en perfecto estado físico. No hay nada que indique que deba permanecer en el hospital.
Saori, pese a las palabras del médico, intuyó que había un "pero" implícito.
—Asumo que eso no es todo lo que quiere decirme.
—Debo recomendarle que busque ayuda psicológica. El desbarajuste temporal producto de su larga inactividad podría llevarle a tener problemas para conciliar el sueño, desórdenes alimenticios y alteraciones en la percepción del tiempo. Si se preocupa por su salud, debería hacerme caso.
—Está bien —dijo Saori, aunque en realidad no tenía tiempo para buscar ayuda. Había cosas que requerían su atención y que no podían esperar por mucho tiempo—. Lo intentaré.
—Entonces, puede irse, señorita Müller.
Saori asintió por toda respuesta. Cogiendo su pendiente, su más preciada posesión y, dando zancadas largas, dejó la Unidad de Cuidados Intensivos, procurando buscar una forma de llegar a Nueva Orleans. Necesitaba hablar con alguien muy importante allí, alguien a quien no había prestado mucha atención por dudar de Rachel Stark, o mejor dicho, de Amy Anderson.
Nueva Orleans, dos horas más tarde
Saori casi había olvidado que, como Sailor Silver Moon, podía volar casi a la velocidad del sonido. Caminaba por una calle con vehículos caros estacionados a ambos lados, buscando una mansión más grande que las demás. Después de dos minutos de caminata, la encontró. Saori, sin dudar, tocó el timbre y esperó.
No pasaron ni cinco segundos cuando un hombre entrado en años y ataviado con ropas lujosas apareció por la puerta principal y abrió el portón. Lucía sorprendido de ver a Saori de pie y con tantas energías.
—Pensé que todavía estabas en coma —dijo el anciano.
—Pues ya no lo estoy —repuso Saori—. Tengo que hablar con usted sobre varios asuntos que estoy segura que le van a interesar.
—Lo dudo —dijo el anciano—, pero sería una descortesía no dejarte entrar a mi humilde morada. Vamos.
Humilde mi trasero se dijo Saori antes de seguir al dueño de casa al interior de la opulenta morada.
El anciano parecía desconcertado al notar que Saori no lucía impresionada por los amplios espacios de la mansión, tampoco por las fastuosas decoraciones ni los cuadros de pintores famosos adornando las paredes.
—Vaya… es como si hubieras estado aquí antes.
Saori gruñó.
—Es porque he estado aquí antes, Henry.
Henry arqueó una ceja.
—Pensé que habías perdido la memoria, de nuevo, después de ese ataque.
—Lo recuerdo todo ahora.
—¿Todo?
—Todo lo que pasó entre noviembre de 1960 y diciembre de 1963.
Henry Abberline se quedó pensativo por un rato antes de abrir la boca, como si hubiera estado tratando de procesar lo que había escuchado.
—¿Y cómo rayos lo conseguiste? Yo te iba a proponer una terapia psicológica avanzada.
—Ni yo entiendo cómo mierda lo conseguí, pero creo que cuando Sailor Galaxia unió los fragmentos del Cristal de Plata, mi memoria regresó. Aunque asumo que fue demasiado para mí y por eso estuve en coma por tanto tiempo.
Se hizo el silencio en la sala de estar. Henry Abberline no tenía palabras para describir lo que le había pasado a Saori. Ella había pasado por dos estados de coma en una década y una muerte clínica, sólo para volver a la vida en aquellas tres oportunidades. Tampoco entendía cómo había vuelto a aparecer el Cristal de Plata. Hasta dónde sabía, la gema había desaparecido después del incidente del domo plateado.
—¿El Cristal de Plata?
—Estaba dividido en siete fragmentos —explicó Saori, recordando todo lo que tuvo que hacer para conseguir siquiera dos de ellos—, todos dentro de una persona. Pero había alguien más tras los fragmentos. Una tonta con un vestido de carnaval que se hace llamar Sailor Zephyr.
Henry Abberline arqueó ambas cejas al escuchar las dos últimas palabras de Saori.
—¿Sailor Zephyr?
Saori frunció el ceño.
—¿La conoces?
—Setsuna me platicó sobre ella —dijo Henry Abberline en un tono sombrío—. Es una impostora que responde al nombre de Lynn Knoxville. Sailor Galaxia asesinó a la verdadera Sailor Zephyr y la reemplazó por Lynn, Dios sabrá para qué diablos lo habrá hecho.
—Pero… pero Rachel Stark es Sailor Zephyr.
—Sí, y Lynn Knoxville es el verdadero nombre de Rachel Stark.
—¿Pero por qué mierda necesitaba cambiarse el nombre? Bastaba con usar su nombre real para reemplazarme.
—Lo hizo porque necesitaba reemplazar a alguien que también usaba el nombre de Rachel Stark.
Saori, en ese momento, entendió todo. La mujer que había hecho la promesa de cuidarla durante su coma entre 1964 y 1967 había sido Amy todo ese tiempo, oculta bajo la identidad de Rachel Stark. La pregunta era por qué Amy necesitaba una identidad falsa, pero sus recuerdos acudieron a su auxilio, cuando recordó la fotografía que había visto en casa de Serena, la fotografía de ella, Darien y sus amigas. En efecto, había una chica idéntica a Amy, y dedujo que solamente podía ser ella. Aquello trajo consigo una implicación aún más desconcertante.
Si Serena provenía del futuro… eso significaba que Amy también venía del mismo lugar.
Amy viene del futuro. ¡Por eso necesitaba una identidad falsa! Así que ese era su gran secreto… y también explica por qué no me lo dijo antes. Si no hubiera recuperado la memoria… no lo habría entendido.
También explicaba sus acciones. Si venía del mismo futuro que Serena, entonces Amy debió haber enfrentado situaciones muy difíciles y hacer cosas indecibles en nombre de la supervivencia. Sintió un desagradable retortijón de tripas y Saori supo qué significaba ese dolor.
Remordimiento.
Haber recuperado la memoria había hecho las cosas mucho más difíciles para Saori, pues ahora tenía el corazón fragmentado en dos. Sus sentimientos por Violet habían regresado con toda su fuerza, pero Amy también se había ganado a pulso un lugar en su corazón, pese a toda la artillería verbal que usó contra ella cuando supo que había acudido a Herbert Dixon por ayuda. Saori sabía que Violet era la elección lógica, pues la había amado en los tiempos del Milenio de Plata, cuando Saori era Andrómeda y Violet, Perséfone, pero el Cristal de Plata seguramente había borrado todo recuerdo de ese amor. Por otro lado, Amy todavía debía albergar cierto resentimiento en su contra y, más encima, debía volver al futuro en algún momento.
—¿Te pasa algo, Saori?
Henry Abberline miraba a Saori inquisitivamente, como preocupado por su salud. Ella pegó un leve brinco y fijó su mirada en el anciano.
—Es que… es mucho lo que debo procesar todavía.
—Entiendo —dijo Henry, poniéndose de pie y dirigiéndose a la cocina—. Creo que deberías pasar un tiempo aquí para tomar un descanso. Me temo que lo vas a necesitar.
—¿Para qué?
Henry volvió con un par de tazas humeantes, las dejó sobre la mesa ratona y le arrojó un periódico que yacía sobre éste. Saori lo tomó, leyendo la primera plana con el ceño fruncido.
—¿La misión tripulada a la luna?
—Queda menos de una semana para el lanzamiento —dijo Henry Abberline en un tono lúgubre—. Pronto sabremos qué planea Herbert Dixon. Pero no es eso lo que más me preocupa.
—¿Y qué es?
—Uno de los tripulantes es una mujer —dijo Henry sombríamente—. Te dará un ataque cuando sepas quién es. Está en la primera plana también.
Saori cogió nuevamente el periódico y leyó el nombre de la primera mujer que iba a pisar la superficie lunar. Sintió otro retortijón de tripas.
—¡Es Amy!
Henry Abberline frunció el ceño.
—¿Quién diablos es Amy?
—Es la chica que se hizo pasar por Rachel Stark al principio, antes que esa idiota de Lynn tomara su lugar. Ella viene del futuro. —Saori dejó el periódico sobre la mesa, exhalando hondo para tratar de tranquilizarse—. Tenías razón, Henry. Ella ocultaba algo. Pero jamás pensé que fuese algo tan importante.
—¿Viene del futuro? —repitió Henry con incredulidad.
—Del mismo futuro que Serena —repuso Saori, recordando nuevamente esa fotografía, un extraño pensamiento cruzando su mente—. Pero… ahora que lo pienso, recuerdo que mi madre me dijo que sus amigas se habían sacrificado para que ella pudiera viajar a este tiempo. Algo tiene que haber cambiado en el futuro.
—O Amy no viene del mismo futuro que Serena —dijo Henry pensativamente—. Serena dijo que el enemigo había obtenido el Cristal de Plata antes que ella y que por eso el futuro era un desastre. ¿Amy te ha dicho algo sobre el futuro?
Saori negó con la cabeza.
—Dijo que iba a esperar a que yo recuperara la memoria… pero creo que todavía debe estar muy dolida conmigo.
—¿Qué le hiciste?
Saori tragó saliva. Ahora que sabía cuál era el gran secreto de Amy, se sintió culpable de haber hablado con el estómago en aquella fatídica noche. Si hubiera pensado en frío, se habría dado cuenta que Amy no tenía otra alternativa. Yo y mi bocota se dijo Saori, enojada consigo misma.
—Es una larga historia —repuso Saori después de exhalar por la boca—, pero basta con decir que metí la pata con Amy. Yo… yo me enamoré de ella y la alejé de mí por una tontería. —Saori, en su frustración, golpeó la mesa ratona con sus puños, haciéndola astillas. Henry arqueó una ceja.
—Debiste estar muy enamorada —dijo, sacando su palito de madera y reparando la mesita ratona en un instante. Cuando notó que Saori le observaba con atención, añadió—. Recuerda que soy un Desterrado, pero sin la ambición ni la mentalidad de uno.
Saori volvió a exhalar.
—Hicimos el amor antes de separarnos.
—Ay, Saori, parece que siempre alejas a las personas que te aman, por una u otra razón —dijo Henry, llenando la taza de Saori con té rojo—. Eres muy impulsiva, ese es tu problema. Y si a eso le agregamos tu compulsión por hacer siempre lo correcto, pues esto es lo que obtienes.
—¿Me estás diciendo que soy muy buena persona? ¿Y que por eso alejé a Amy de mi lado?
—No exageres, Saori —dijo Henry Abberline con una carcajada—. Eres una buena persona que tiene una forma muy curiosa de demostrarlo, nada más. Y no fue eso lo que dije. El que hagas lo correcto no necesariamente te hace una buena persona. Maquiavelo estaba equivocado. Los medios importan tanto como los fines, e incluso yo diría que son más importantes, pues son los medios los que deciden la calidad moral de una persona y, por ende, cómo esa persona es percibida por los demás. Tú, por ejemplo, tienes buenas intenciones, pero siempre recurres a la agresión como medio. Y ahora ves que no siempre da resultado.
Saori bajó la cabeza como por inercia, ignorando su té humeante olímpicamente.
—Ya la perdí —dijo en un tono lúgubre.
—¿Qué dices?
—Ella tiene que volver a su futuro en algún momento, ¿verdad? —Saori volvió a alzar la cabeza, como si acabara de darse cuenta que no iba a ganar nada con lamentarse—. Ya perdí la oportunidad de amarla. Es trágico, porque ella quería tener una grata experiencia estando con otra chica. Ella se ve tan inocente, tan modesta y amable…
—Te gustan las chicas dóciles.
—Así parece —dijo Saori con una carcajada triste—. Me dio mucha pena cuando se interpuso entre una bala y yo. Casi perdió la vida tratando de protegerme. ¡Y yo la traté como mierda! ¿QUÉ DIABLOS ANDA MAL CONMIGO?
Saori, en su rabia, volvió a romper la mesita ratona, hizo trizas la pared y arrancó varios cuadros de sus lugares, haciéndolos pedazos. Henry miraba, impasible, cómo Saori desahogaba su frustración con su propia casa, gritando al tope de su voz hasta que ella ya no pudo más y se quedó de pie en medio de la sala de estar, alzando y bajando los hombros, respirando agitadamente, lágrimas rodando por sus mejillas.
—Estás muy enamorada, Saori —dijo Henry con serenidad mientras usaba su varita para reparar el daño causado por su huésped—, pero eres muy fuerte y orgullosa para dejarte caer sobre la cama y llorar. Creo que, por el nivel de destrucción que sembraste en mi casa, todavía amas a Amy, y mucho. Algo increíble, dado que, como ya recuperaste la memoria, asumo que también regresaron tus sentimientos por Violet.
Saori no dijo nada, por lo que Henry continuó hablando.
—Lo que yo haría en tu lugar sería lo siguiente. —Henry hizo una pausa para verte té en su propia taza y aprovechó de beber un sorbo antes de retomar la palabra—. Iría a Cabo Cañaveral mañana en la mañana y le pediría perdón a Amy. Tienes que sacarte ese palo de tu trasero si quieres enfocarte en Herbert Dixon. No vayas con la ilusión de recuperar su corazón, porque eso es un error. Anda solamente a disculparte para que ella sepa que le rompiste el corazón. Lo demás… solamente Dios lo sabe.
Tuvieron que pasar varios minutos para que Saori pudiera calmarse y aceptar que Henry tenía razón. No debía pensar en recuperar a Amy, sino que solamente en disculparse. Ya había metido la pata y no había vuelta atrás.
—Está bien —dijo Saori con voz queda, volviendo a tomar asiento frente a Henry y bebiendo un sorbo de su té—. En realidad no puedo pensar ni mierda, y si lo hago, solamente tomaré malas decisiones.
—Esa es una buena respuesta —dijo Henry, llevándose nuevamente la taza a la boca—. Mientras acabas con tu té, voy a preparar una de las habitaciones para que puedas dormir allí.
—¿Y no tienes sirvientes para eso?
—¿Para qué necesito sirvientes si tengo esto? —repuso Henry con un guiño y mostrando su varita antes de subir las escaleras. Saori se quedó un rato pensando en qué podría decirle a Amy cuando se reencontrara con ella, pero no había caso. Su cabeza todavía estaba hecha un desastre. Al final, lo único que podía hacer era acabar con su té y descansar. Con suerte, mañana hallaría las palabras adecuadas para disculparse con Amy.
