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Sherlock Holmes:
Sinfonía
XXVIII
Sus sentimientos por John
Opening: Humiliation de The National
Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Saya de la Rosa,
que siempre me inspiran a seguir escribiendo…
Sherlock le dio un golpe a Lestrade de lleno en el rostro.
Momentos antes Sherlock había llegado a su edificio, abrió la puerta, subió las escaleras y cuando abrió la puerta notó que algo estaba mal. La ausencia del olor a café lo molestó. Corrió hacia su recámara y la encontró vacía. No había nadie ahí. No estaba John, ni siquiera sus pertenencias. Entonces entendió lo que Balthazar le había dicho: encontrará que es necesario embarcarse.
"No es suficiente", había respondido Sherlock.
"No para usted. No aún."
NO para USTED.
Entonces entendió por qué Balthazar había pedido con tanta insistencia, probablemente fingiendo sutileza que Sherlock se quedara con él.
Sherlock se agachó; era un detective. Examinó las huellas dejadas por los zapatos de John y después las siguió hasta la puerta. Pero primero pasó junto a la chimenea.
Junto a la chimenea. Se acercó y encontró un pequeño trozo de papel, arrugado, manchado por el carbón.
Lo extendió y lo leyó; era la letra de John:
"Eres un vil mentiroso. Quizás recordabas lo que me dijiste hace dos noches, como si necesitara más cosas en mi cabeza que tus problemas existenciales y tus gustos retorcidos. Imbécil."
Sherlock parpadeó repetidamente. Se acercó a la ventana, dispuesto a romper el papel y tirar los trozos a la calle. Pero algo lo detuvo. Miró las letras y por un momento un miedo desolador se apoderó de él. Pensó qué pasaría si aquellas fueran las últimas palabras de John para él.
Llamaron a su puerta.
El detective puso la pequeña nota en su bolsillo izquierdo y después fue a atender.
—¡Sherlock! —gritó la persona desde el otro lado. Se escuchaba desesperada, y por un momento el detective tuvo miedo de que fuera John. Sin embargo, reconoció la voz y a Gregory Lestrade detrás de la puerta.
—¿Qué sucede? —preguntó Sherlock, abriendo la puerta.
—He estado esperándote —dijo Lestrade, lucía desesperado, justo como su voz.
—¿Qué pasa?
—John se fue… —estaba agitado.
—Ya me di cuenta.
—No… —Lestrade se recargó sobre la puerta—. Fue mi culpa… le dije que tú lo sabías todo, que la orden de aprensión contra él se extendió, que estabas peleando contra Balthazar tú solo por razones equivocadas y que le ocultaste información… —sólo cuando terminó de decir eso Lestrade fue capaz de ponerse en pie—. Le dije que tú sabías en dónde está Mary y que deliberadamente se lo ocultaste…
Fue entonces Sherlock se dejó llevar por el momento y soltó un golpe fuerte de lleno sobre Lestrade. Quizás fuera la ira acumulada durante la noche, o la decepción al no encontrar a John, o la impotencia de haber caído en el juego de Balthazar. Como fuera, Lestrade cargó con las consecuencias.
Lestrade se venció al suelo por la fuerza del golpe, pero alcanzó a colocar su mano para no caerse completamente.
—Él se fue a buscarla… —dijo con dificultad, se puso de pie mientras sobaba su quijada—. Le dije que está en Estados Unidos…
—¡¿Por qué hiciste eso?! —rugió Sherlock, molesto—. Lo llevaste directo a la trampa.
—Lo siento. Yo… —Entonces Sherlock notó el temblor en la mano de Lestrade y después su mirada confundida y aterrada—. Holmes, tienes que entender —dijo Lestrade, con la voz quebrada. Tomó al detective por su saco y lo agitó, desesperado—. ¡Él tiene a mi esposa también!
Fue cuando todo tomó sentido para Sherlock: Lestrade había actuado tal como Balthazar lo había orillado. Y no era su culpa, ni la de Sherlock, ni la de John, sólo de Balthazar.
El detective resistió toda esa ira acumulada a través de la noche. Su impotencia y el dolor que tuvo que resistir para que Balthazar se abstuviera de hacer explotar Baker Street. Toda esa ira se dirigió a su mano y lo obligó a soltar un golpe. Uno que logró desviar hacia la pared de madera.
El golpe fue tan fuerte que hizo crujir la madera.
Lestrade se quedó incrédulo cuando vio ese arranque de ira.
—Tengo que ir a buscarlo —dijo Holmes.
—El coche en el que vine está abajo —dijo Lestrade—. Está esperándome… creí que podía ser necesario.
Sherlock se dio la vuelta y caminó hacia su recámara. Tomó un saco y una camisa diferente y también su fedora negro y sus gafas oscuras. Después salió de su cuarto y se dirigió hacia la salida, en donde Lestrade lo esperaba. Cerró la puerta del piso y ambos bajaron las escaleras. Al cabo de un rato ya se encontraban en el coche jalado por caballos.
Sherlock le había pedido al conductor que se dirigiera al Támesis. Ahí tomaría un bote que lo llevaría al puerto principal, compraría un boleto y en cuatro días ya estaría en Estados Unidos, si es que eso era realmente necesario. Pero pensaba que sí, ya que Balthazar había orillado a John a hacerlo.
Mientras iba en el coche con Lestrade Sherlock se quitó el saco y la camisa rotos para ponerse los que tomó de su cuarto.
—¿Qué te pasó, por cierto? —dijo Lestrade—. Me refiero a… —Hizo un ademán con la mano, señalando al rostro de Sherlock.
El detective se llevó la mano a la mejilla izquierda, en donde tenía una pequeña raspadura causada por el cinturón.
—Oh —dijo, como sorprendiéndose. Y en realidad así era, ya que había olvidado por completo las molestias cuando descubrió que John había desaparecido—. Gajes del oficio, supongo.
Lestrade no pareció nada convencido con la respuesta.
—Pensé que te habías retirado hace un tiempo… —ironizó Lestrade—. ¿Qué hiciste anoche? A mí se me dijo que estarías ocupado… sólo eso. ¿Te golpearon? —preguntó confundido y un tanto preocupado.
—No te preocupes por mí… estoy bastante acostumbrado a eso —por inercia Sherlock se llevó la mano al pecho, al lugar en donde estaba la cicatriz que Moriarty le causó. El lugar en donde había penetrado el gancho de acero con el que lo colgaron.
—¿Qué pasa? —preguntó Lestrade cuando notó que la mirada de Sherlock se perdía hacia la ventana, observando los colores que tenía la ciudad, a la gente transitando de un lado a otro pensando en sus propios asuntos.
Por un momento Sherlock se preguntó si había hecho bien al regresar a los casos.
—¿Por qué John te creyó tan fácilmente? —preguntó a Lestrade con curiosidad—. ¿Por qué no me dio el beneficio de la duda?
El coche continuó andando a través de los baches y del aroma de las panaderías y los mercados. Cuando el olor del río empezó a intensificarse, Sherlock supo que estaban por llegar.
—Yo no lo sé —respondió Lestrade—. No sé qué pasó entre ustedes antes como para que él lo creyera tan fácilmente. Y no es mi culpa, y espero que tampoco haya sido de él.
Sherlock observó por la ventana el río. Después se puso a pensar en lo que le dijo Lestrade.
Había algo, algo que quizás no notó al principio. Durante la mañana del día anterior John le hizo la pregunta: ¿ya te acordaste?
¿De qué?, se preguntó Sherlock una vez más. No tenía la menor idea de qué debía acordarse. Había pensado en eso del beso. Ese arranque de sentimientos encontrados que tuvo John y que derivó en el beso… y después ese que Sherlock le dio a él. ¿Por qué?, se había preguntado. ¿Por qué lo besé?
Era una locura todo lo que ocurría entre ambos. Y cuando Balthazar comentó lo que haría con John si lograba tenerlo… Esa ira…, ese sentimiento descontrolado de coraje e impotencia. De sentirse amenazado. Como si John fuera parte de sí mismo… algo más quizás.
Es decir, lo había admitido. Hasta cierto punto increíble, que John representaba para él muchas cosas, y que lo apreciaba demasiado, que lo quería de la forma más pura que era capaz de querer Sherlock Holmes. Pero aquello. La amenaza latente de peligro hacia John, no hacia su salud o seguridad, sino hacia su integridad… eso lo hizo sentirse demasiado agresivo. Quizás, pensó, su preocupación era demasiada… quizás sus sentimientos por John fueran de una clase distinta a la que se tienen dos amigos. Probablemente, pensó, deduciendo de su comportamiento y de los constantes cambios de humor, él estaba llevando la relación y sus sentimientos por John a un terreno amoroso, un terreno que no estaba seguro de que fuera el correcto.
El coche se detuvo frente a un pequeño puerto sobre el río. Sherlock y Lestrade descendieron del coche y pagaron al conductor.
—Holmes… él me dijo que si lograba que John se fuera liberaría a mi esposa… Yo… Holmes yo… ¿me ayudarás si eso no sucede?
Lestrade estaba muy amedrentado. La amenaza latente hacia su esposa lo hacía actuar de un modo extraño; como si no pensara del todo lo que estaba haciendo.
—Por supuesto —dijo Sherlock, poniendo una de sus manos en el hombro de Lestrade—. Además, ya sabes. Si logro detener a Balthazar será suficiente para recuperar a tu esposa y para encontrar también a Mary Watson… Sólo espero lograrlo a tiempo.
—Lo harás —dijo Lestrade, convencido—. Eres el mejor.
Sherlock agradeció el cumplido. Sonrió a Lestrade y posteriormente se alejó hacia las barcas que había en el muelle.
Encontró al viejo Tanner bebiendo en una pequeña casucha al lado de su barcasa.
—Hola, Tanner —saludó Sherlock.
—¡Señor Holmes! —exclamó el viejo—. Tanto tiempo sin verlo… las malas lenguas decían que usted renunció…
—Así fue, Tanner —dijo Holmes—, pero estoy de nuevo en la jugada. Sería agradable que me lleves al muelle principal, si tienes tiempo…
—Si hay dinero, usted lo sabe.
—Claro, aquí tienes un par de peniques…
Sherlock puso las monedas en la mano de Tanner.
—De acuerdo, detective, suba.
Y ambos se embarcaron sobre el Támesis hacia el muelle para tomar la embarcación. Llegaron una hora más tarde, ayudados por la corriente del río.
Sherlock bajó de la embarcación y se dirigió a una más grande, un barco de carga que trasladaba té y café desde Londres a Nueva York. Sherlock habló con algunos tripulantes hasta conseguir la entrevista con el capitán, y pagó una considerable cantidad de dinero para que le permitieran abordar.
—Será un placer llevarlo, señor Holmes —dijo el capitán, estrechando su mano.
—Muchas gracias.
—El viaje dura al menos cuatro días.
—Lo sé.
—De acuerdo… le daremos un camarote solo si lo desea… ya me las arreglaré para conseguirlo —El dinero que Sherlock le dio era suficiente para ello—. Zarpamos en dos horas, así que puede bajar del barco y arreglar algunos asuntos si gusta: telegramas, compras… lo que sea.
»De cualquier forma esperaré por usted.
—Muchas gracias.
Sherlock se puso de pie, y fue hacia el muelle, a comprar algo de tabaco para su pipa y quizás algo de ropa.
Ending: Dark Paradise de Lana del Rey
Hola! Espero que les agrade el capítulo, de aquí empieza el viaje para la confrontación.
Saludos!
