Capítulo 28

Acabábamos de llegar del cumpleaños de Astoria Malfoy. Era increíble que una reunión de lo más tranquila pudiera agotarme hasta límites insospechables, pero sonreí al recordar el rostro de Draco y Lucius al ver a la pequeña Amelia de ocho meses meses, prácticamente babeaban de felicidad cuando la niña sonreía.

Me acosté en mi cama y unos minutos después, sentí a Harry abrazándome. Los ojos casi se me cerraban, ni siquiera los podía mantener abiertos.

—Mañana tenemos cita en San Mungo —dijo Harry, y luego besó mi mejilla.

—Lo sé. Pero aún es muy pronto para saber que será.

—Yo también quisiera saberlo, pero me conformo con saber que está desarrollándose sanamente y que tú también estás bien.

—Estoy segura que todo está en orden —le respondí, tratando de no bosteza en el proceso.

Pegándome más a Harry me quedé completamente dormida.

Estaba segura que no había pasado ni cinco minutos cuando ya escuchaba la voz de Harry pidiendo que me levantara. No quería hacerlo, sentía que no había dormido nada. Desde que tenía a este pequeño bebé creciendo dentro de mí, el sueño me vencía excesivamente pesado para mi gusto.

—Vamos, dormilona, es hora de ir a San Mungo —dijo Harry, y movió mi mano.

—Una o dos horas más —le pedí.

Lo escuché reír, y sólo abrí un ojo para ver su sonrisa.

—No, es hora de levantarse —aseguró.

Sentí un besó en mi hombro, y luego su nariz en mi cuello, causándome cosquillas. Empecé a reír y abrí los ojos.

—Ya, ya me levanté.

Luego de ducharme y desayunar, salimos a San Mungo. Todos esos pasillos blancos me parecían iguales. No me gustaba estar en este sitio, era tan hostil y desagradable para mí. Después de la guerra, cuando Theo vino a parar a este lugar, por culpa de una maldición, fue difícil que nos dejaran verlo, muy aparte de que no lo querían atender como se debía porque tenía la marca tenebrosa en su piel. Los padres de Daphne tuvieron que intervenir para que le dieran la atención merecida, además de pagar una cuantiosa cantidad de galeones. Así que volver a estar en este lugar no era de mi agrado, pero Harry me había dicho que así era lo mejor, prometiéndome que la persona que me atendería era de su entera confianza.

—Tenemos cita con la sanadora Abbott —le dijo Harry a una mujer de pelo rubio que se encontraba detrás de un mostrador.

La mirada de esa mujer se iluminó al verlo y sonrió, con una mueca que se suponía era una sonrisa coqueta. Me enojaba ese tipo de mujeres, que parecía que se lo comían con la mirada, tratando de sonreír como si pudieran quitarme algo que era enteramente mío.

—Señores Potter —nombró ella, con suavidad. Me envió una rápida mirada y la quedé viendo con rabia— La medimago los atenderá en unos minutos. Le sugiero que tome asiento.

—Gracias —contestó Harry, con una sonrisa.

No había razón para molestarme por el gesto de mi esposo, él era así, algo inocente cuando de coqueteo se refiere, al menos que estemos en nuestra habitación y sea yo quien lo provoqué. Me senté a lado de él, después de enviarle una mirada letal a esa mujer, que al verme se encogió en su asiento, como si quisiera desaparecer.

—Que fastidio de mujer —le dije a Harry. Él me sonrió y me besó la mejilla.

—No te molestes.

—No te molestes —repetí irónicamente— Cada vez que venimos hace lo mismo. Se ilumina al verte y me ignora deliberadamente —le recordé.

—¿Acaso no te has vengado? —preguntó él, con una sonrisa.

—¿Piensas que tuve la culpa de que eructara una mosca cada treinta segundos o que le diera comenzó en la espalda? —le pregunté, con inocencia.

Aunque esas cosas que hice eran demasiado infantiles, pero era eso o unas maldiciones. Tenía suerte, ya que no quería tener a mi bebé en una prisión.

—Pansy…

—Sí, sí fui yo. Pero se lo merecía —aclaré.

Él negó con la cabeza.

—Te adoro —dijo con una enorme sonrisa, antes de poner sus labios sobre los míos.

Esperamos como por diez minutos, hasta que la puerta del consultorio se abrió y apareció la medimago despidiendo a su paciente. Su cabello siempre lo traía sujeto en coleta baja y sus ojos pequeños estaban detrás de gafas rectangulares.

—Harry, Pansy, pueden pasar —saludó, con una sonrisa.

La seguimos al interior de su consultorio. Era un lugar pequeño, pero contaba una gran ventana. Las paredes estaban decoradas de imágenes movibles de bebés dentro del vientre de sus madres, era algo interesante e infinitamente maravilloso. Y su escritorio, aparte de papeles, contenía fotografías.

—¿Cómo te has sentido, Pansy? —preguntó ella, con una hoja en la mano y su mirada dirigida a mí.

Me caía bien esa mujer, era discreta y totalmente profesional, como lo había dicho Harry, quien había convivido mucho con ella en Hogwarts, yo también la recordaba, era de la casa de Hufflepuff, así que, por lo tanto, jamás le hablé. Pero me agradaba y más porque no tenía nada que con el resto trabajadores de ese lugar, los cuales, si no venía acompañada por Harry, me miraban con desdén.

Le conté mis síntomas: las náuseas que poco a poco iban remitiendo, los mareos, el dolor de senos y las leves agruras que me daban. Ella apuntaba todo en un papel, asintiendo con la cabeza levemente.

—¿Seguiste tomando las pociones que te receté? —preguntó.

—Sí.

—Qué raro, deberían haber ya desaparecido —murmuró para ella, y elevó una ceja, confundida— Pero ya verás que pronto las náuseas desaparecerán al igual que los mareo —sus palabras me alegraron, tener ganas de vomitar cada mañana y marearme en el trabajo era demasiado molesto— Con el dolor de tus senos no puedo hacer mucho, ese es un cambio que está sufriendo tu cuerpo y cualquier medicación podría resultar contraproducente para cuando vayas amamantar.

—De acuerdo —suspiré. El dolor de senos hasta cierto punto era soportable, nada que no pudiera aguantar por mi hijo.

—Bueno, es hora de hacerte el chequeo, para saber cómo esta ese bebé.

Me recosté sobre la camilla y levanté mi blusa, dejando al descubierto mi vientre. Harry se acercó con una sonrisa y tomó mi mano. Hannah colocó una manta debajo de vientre, sobre mi pelvis y mis piernas.

Acaricié mi piel con una mano, deseando de todo corazón que mi bebé estuviera bien, que nada malo sucediera, había días en que pensaba que un aborto espontaneo podría presentarse de nuevo y le temía tanto a eso, que en ocasiones Harry me encontraba delante del espejo, mirándome de perfil el vientre para asegurarme que estaba creciendo mi hijo.

—Todo estaba bien, Pansy —murmuraba sobre mi oído y me abrazaba por la cintura— Está creciendo, quizá tú no lo notas mucho, pero yo sí, puedo sentir tu pequeña pancita creciendo —decía, colocando su mano sobre la pequeña curva en la parte baja de mi vientre.

—Es que deseo que nazca, que este bien —le susurraba.

—Lo hará. Estoy seguro —aseguraba, y parecía tanto a una promesa, así que me tranquilizaba por completo.

Aparté la mano cuando Hannah se acercó con un botecito de un gel azul, gel que esparció sobre mi piel. Ella decía que el gel era un complemento del hechizo, ambos se fusionaban para poder ver a través de la piel. Sentí el frío del gel quemándome un poco, pero eso era pasajero, hasta que ella lanzara el hechizo, y así lo hizo, provocando que un destello plateado brillara sobre mi vientre.

Justamente sobre nuestras cabezas apareció una especie de pantalla, al principio con formas difusas pero que poco a poco se tornaban visibles. A mi oído llegó un rítmico sonido, no sabía con exactitud lo que era, pero aceleró el latido de mi corazón. La forma de mi bebé pude apreciarla perfectamente, pues las veces anteriores no había sido capaz de eso. Las lágrimas acudieron a mis ojos. Tenía tantas ganas de tenerlo en mis brazos ya. Harry apretó mi mano, y cuando lo vi, él también sonreía viendo la pantalla.

—¿Escuchan eso? —preguntó Hannah.

—Es el corazón de mi bebé, ¿verdad? —le pregunté, con la voz baja.

—Sí —confirmó— Pero hay algo más, que al parecer se me pasó por alto en las otras consultas.

La quedé viendo, sus palabras me habían preocupado y más por el tono serio con que lo dijo. Su mirada se concentró en la pantalla y empezó a mover la varita sobre mi vientre, como tratando de buscar algo.

—¿Es algo malo? —preguntó Harry, de manera preocupada.

—Vamos bebé, déjame ver un poco, muévete un poquito, por favor —susurró ella, ignorando la pregunta de Harry.

Los segundos se me estaban haciendo eternos. Todavía escuchaba el latido de mi bebé y seguía latiendo de igual manera. Pero algo cambio, si me concentraba muy bien, no era tan sólo un sonido. La cara de ella me indicaba que no podía ser algo malo. Su mirada estaba concentrada pero no preocupada.

—Gracias, bebé —dijo Hannah, sonriendo— Aquí está, ¿Pueden escucharlo? —nos preguntó con emoción.

La varita apunto tan sólo en un lado, y en la pantalla se hizo visible otra figura a lado de la primera.

Apreté la mano de Harry, y unas cuantas lágrimas más cayeron por mis mejillas. Vi las dos formas, maravillada ante la imagen, si uno era perfecto, dos era otro nivel, como si hubiese encontrado el caldero llenó de oro al otro lado del arcoíris.

Por fin pude apreciar el doble sonido. Dos corazones latiendo. Dos formas. Dos bebés.

—Son dos —afirmé.

Vi de nuevo la pantalla, como si mi visión me estuviera engañando, pero no era así, ahí estaban, seguían ahí dos pequeños seres, una a lado de otra.

—Sí. Al parecer este pequeño ocultaba a su hermanito —contestó Hannah— Y es por eso que tus náuseas y mareos siguen, pero ahora que ya sabemos la razón, te daré otras pociones.

—¿Dos? —preguntó Harry, sin creerlo.

—Sí —contesté. Él observó de nuevo la pantalla, con la expresión de sorpresa en el rostro.

—Son dos. Felicidades, señores, tendrán gemelos —aseguró la medimaga con emoción.

Hannah finalizó el hechizo, después de haber sacado una especie de fotografía de la pantalla, y me limpió, dejándome libre de gel. Me entregó la foto y yo no podía dejar de verla y pasar la punta de mi dedo acariciando las dos formas. Era algo maravilloso y tan único.

Ella salió del consultorio, para darnos más privacidad y para buscar las pociones que necesitaría ahora.

Harry se acercó a mí y me besó la frente. Su mirada también se colocó sobre el papel y sonreía. Su mano la sentí sobre mi vientre.

—Dos bebés, Pansy —exclamó, sosteniendo mi cara entre sus manos, y besándome todo el rostro hasta finalizar en mis labios.

—¿Te das cuenta? Dos bebés, dos mini Potter corriendo por toda la casa. Nos van a volver locos —le dije.

Y empecé a reír, y él rió conmigo.

—No importa que se lleven toda nuestra cordura, soy inmensamente feliz.

—Yo también lo soy.

Hannah volvió y después de entregarnos unas nuevas pociones, nos despedimos de ella, agradeciéndole por todo.

Cuando salimos de San Mungo, fuimos a por James a casa de Molly, donde Harry no soportó las ganas de decirles a todos que no solamente esperábamos un bebé sino dos. Molly me abrazó fuertemente, soltando unas cuantas lágrimas de felicidad, alegando que tener gemelos era lo mejor que podía pasarme. Sonreí, pero de igual modo sentí un poco de empatía por ella, al saber que hablaba de sus hijos y que uno de ellos ya no estaba.

Las felicitaciones sinceras de los abuelos de James, Ron, Hermione, así como también de George y su esposa, me alegraron. James reía feliz, alegando que serían dos sus compañeros de juego y que le había ganado a Scorpius al tener dos hermanos cuando él tan sólo tenía a una hermanita.

Reímos con sus palabras y lo abracé muy fuerte sólo por eso.


Le había prometido a Pansy decirle la verdad a Blaise. Pero verlo sentado delante de mí, con el rostro expectante, esperando pacientemente a que me decidiera hablar no era fácil. Había esquivado a Blaise durante dos semanas. Había huido de sus caricias y besos, alegando cansancio por mi trabajo o dolores de cabeza. No quería que se diera cuenta de que algo había cambiado.

Suspiré temerosa. ¿Y si él decidía alejarse? ¿Dejarme sola? Bueno si eso sucedía, no pensaba rogarle. Ahora una personita era más importante que él. Es más, yo misma le haría la maleta a Blaise para que se fuera. Pero qué tontería estoy diciendo, yo prácticamente me había instalado en su departamento, así que la que tendría que marcharse sería yo. Tampoco había problema, tomaría todas mis cosas y me iría.

Pero es que en verdad ¿Cómo puedo decirle? Él nunca me ha dicho que me amaba. Me había dejado en claro que me necesita, que no puede estar sin tenerme a su lado, que le gusto, que me desea, pero yo tan sólo estaba esperando con miedo, el día que me dijera que ya no se sentía así. Pues para mí, más que amor lo veía como posesividad. Sentimientos que cualquier serpiente siente. Hasta yo lo sentía tratándose de él. Lo necesito, lo amo y lo quiero solamente para mí.

Blaise se acercó a mí y tomó mi mano. Me besó la mejilla y yo cerré los ojos. Tal vez esta sería la última vez, así que no pensaba esquivarlo como lo he estado haciendo. Atrapé sus labios con los míos. Sabía a whisky de fuego, y algo que tan sólo pertenecía a Blaise. Sus manos acariciaron mi mejilla, mientras las mías se enredaron en su cabello. Con un movimiento rápido, me sentó sobre su regazo. Escondí la cara en su cuello y besé su piel.

Pero el sonido de cuenta regresiva se instaló de nuevo en mi mente, haciéndome saber que tenía que alejarme de él. No podía continuar acariciándolo, antes tenía que decirle la verdad.

—¿Por qué me has dejado, preciosa? —me preguntó en un tono ligeramente dolido.

—Después de lo que te voy a decir, no querrás ni verme —murmuré y lo quedé viendo a los ojos.

Intenté levantarme, pero él apretó mi cintura sin permitir que me moviera.

—Cuándo entenderás, Millicent. Nada de lo que hagas me alejara de ti —contestó con molestia.

Quité sus manos alrededor de mi cuerpo, y me bajé rápidamente de su regazo. Caminé por la sala, y esperé a que me inundara el valor de hablar. Pero el valor se negaba a hacerse presente.

—¿Qué sucede? —preguntó, seriamente.

—Esto no puede continuar —solté sin pensar. Su mirada se desconcertó. Suspiré. Lo malo de estar embarazada es que me daban ganas de llorar por casi todo. Aunque esto era importante— Terminamos. Sea lo que sea que tengamos, terminamos.

—Millicent, ¿me puedes explicar que sucede? —pidió con la mandíbula apretada. Sus ojos lucían demasiado enojados.

—Eso. Terminamos.

Era mejor terminar con él, antes de que él me rechazara a mí o a su hijo. Soportaría todo, menos que él rechazara a nuestro bebé, así que lo mejor era cortar por lo sano. Él no lo sabría, y yo intentaría a estar bien sin él, sería difícil, lo sabía, pues me había acostumbrado tanto a mi vida a su lado, pero no sería imposible vivir sin él, doloroso sí, pues ni siquiera lo dejaba y ya lo estaba echando de menos.

Su mirada se concentró en mí. Quería llorar y decirle que lo olvidara, que hiciéramos el amor justo en este momento y ya mañana hablaríamos de nuevo. Pero no podía hacer eso. Él en ningún momento había mencionado que me amaba o si éramos acaso una pareja formal, así que decirle la existencia de mi bebé sería desastroso.

Se levantó de su lugar, y caminó a la barra, para servirse un vaso de licor, el cual bebió de un solo trago, dejando el vaso con fuerza sobre la barra, y fue un milagro que no hubiera cristales ya esparcidos por el suelo.

—¡Dame una puta razón por la cual haces esto! —exigió, mirándome con rabia— ¿Acaso he hecho algo malo? ¿Te he lastimado? ¿He dicho algo que te molestara?

—No.

—¿Entonces por qué? —cuestionó. Se acercó a mí, y me tomó por los hombros— ¿Por qué me dejas? ¿Te has aburrido de mí? —volvió a cuestionar, bajando la voz. Negué con la cabeza— Entonces que sucede.

—¡¿Para qué lo quieres saber?! —pregunté alterada, soltándome de él y alejándome.

Me molesté porque estaba haciendo todo tan difícil. Creí que en el momento que le dijera que terminábamos, él simplemente se encogería de hombros y me dejaría marchar. En ningún momento pensé que me pediría explicaciones. Esto no era tan serio, al menos sabía que para él no lo era, aunque para mí era como una vida maravillosa ya.

—Total, después de mí puedes ir a un bar, tomar una botella de whisky y llevarte a una rubia a tu cama —dije con enojo.

Sabía que mis palabras eran bajas, cuando él ya me había pedido perdón por eso desde hace mucho. Pero aun no podía olvidarme de eso, de imaginármelo con otra, me llenaba de rabia, de celos, quería destrozarle la cara a ella y a él también por tocarla.

—Aun continúas con eso —se exasperó, dando unos pasos por la sala. Luego me miró de nuevo, con mayor molestia que antes— ¿Sabes? Te diré la verdad: sí, si fui a un bar esa noche, pero fue porque estaba celoso al verte con tu amiguito John; sí me bebí una botella de whisky, pero fue por culpa de tu abandono; y sí, me llevé a una rubia, pero no a mi cama, no aquí, porque tú eres la única dueña de mi cama, me la llevé a un hotel barato, donde ni siquiera la pude besar porque a la única que quería en ese momento era a ti. Llevó casi un año sin estar con otra mujer, tan sólo he estado contigo y nuestra relación empezó hace siete meses. Antes de eso no hubo ninguna.

Abrí un par de veces la boca, intentando decir algo. Pero no podía hablar, impresionada por su confesión, y por alguna extraña razón le creía.

—Ahora ya sabes —siguió hablando, importándole poco mi estado— Pero si aún no lo entiendes no sé qué hacer para que lo hagas. ¡Maldición! Millicent, estoy enamorado de ti. Me tienes como un idiota a tus pies.

—Eres increíble. ¿Entonces por qué fuiste a mi casa esa mañana? —le reclamé.

Sabía que había llevado el asunto a otro campo, pero con tal de ganar tiempo valía la pena.

—Porque quería verte celosa —contestó como si nada.

—Más que celosa me dolió —musité.

—Lo sé, y te he pedido que me perdones —habló de manera suave— Pero eso no tiene nada que ver ahorita. Quiero que me digas porque estás terminando conmigo.

—Yo… —empecé a decir de manera trémula, toda la seguridad se fue por la coladera— Estoy embarazada —suspiré al fin.

Su mirada se desenfocó de mi rostro y su cara se puso pálida. Parecía que perdía la capacidad de mantenerse de pie, porque que se dejó caer en el primer sofá que sintió detrás de sus rodillas. Su mano se pasó repetidamente por su cabello y su mirada viajaba de mi cara a mi vientre, como si esperara que de un momento a otro éste cambiara su forma.

Esperé de pie, pacientemente que dijera algo. Lo que sea. Esperaba un gritó, alguna palabra, lo que sea, pero no que se quedara completamente en silencio, sin decirme en lo que pensaba.

De repente se levantó y caminó hacia mí, casi corriendo lo que nos separaba. Y su mano acarició mi mejilla suavemente.

—Tenemos que casarnos —sonrió.

Abrí los ojos sin creer lo que escuchaba.

—¡¿Qué?! —pregunté.

—Hay que casarnos, mi preciosa Millicent —repitió, con una sonrisa.

Sentí su mano sobre mi vientre, sonriendo más grande, mostrando por completo sus dientes.

—No —jadeé, apresuradamente, alejándome.

—¿No? —preguntó confundido.

—No. No me voy a casar contigo —le aclaré, y me alejé más de él.

—Entonces estás loca si piensas que esto se terminó. Ahora menos que nunca se puede terminar. Vamos a tener un hijo —dijo él, en un tono que no admitía replica.

—No me voy a casar contigo sólo porque estoy embarazada.

—Y yo no pienso permitir que un hijo mío nazca fuera del matrimonio —aseguró él.

—No tenemos que casarnos. Podrás verlo los fines de semanas —sugerí.

—¿Estás de broma? —cuestionó incrédulo. Negué con la cabeza. Era la mejor solución a mi parecer— Nos vamos a casar. No voy a ver crecer a mi hijo sólo los fines de semana.

—Tienes razón, sería injusto. Lo vas a poder ver todos los días—razoné. Pero él negó con la cabeza, disgustado.

—No. Quiero verlo todo el tiempo, al igual que a ti. Quiero ver cómo crece dentro de ti. Quiero estar cuando te den antojos o no puedas dormir. Quiero verlo nacer.

Sus manos tomaron mi rostro y me besó los labios. Cada vez que me besaba mis rodillas se debilitaban, así que tenía que enredar mis manos en su cuello para no caer. Era pura supervivencia. Nadie me lo creería en realidad. Podía pasarme la vida entera pegada a sus labios, si es que el aire no fuera una necesidad.

—Blaise, no me quiero casar —susurré cuando sus labios se alejaron. Sus ojos se clavaron en los míos, y sus brazos me apresaron de la cintura— Eso no está bien.

—¿Por qué no? —preguntó y sentí su voz dolida.

—No me quiero casar simplemente porque estoy embarazada —contesté. No me casaría con él sólo porque se sintiera obligado a hacerlo, de sobra me sabía sus obligaciones como heredero— Tú no me amas, y no quiero obligarte hacerlo sólo porque estoy esperando un bebé.

—Millicent, tendré que decirlo, ¿verdad? —me preguntó, besando mi mejilla— Te amo —quería negarme a creerle, pero algo en su mirada no me mentía— No preguntes cuando. Tal vez fue desde que te besé aquella noche en el jardín de los Malfoy, donde intercambié un beso por tus zapatos. O cuando empecé a enviarte flores al trabajo. O cuando se me antojaba robarte besos, aunque sabía que te enojarías. O simplemente fue cuando te vi tomando fotos a todo aquello que te gustara. Te amo, amo todo de ti, hasta cuando me rechazas te amo.

Una sonrisa tonta apareció en mi rostro. Era la primera vez que lo escuchaba decirme eso. Le creía, por amor a la magia que le creía. Junté mis labios con los de él. Necesitaba tenerlo cerca. Más cerca, siempre junto a mí.

—Me amas —repetí.

—Como a nadie. Es la primera vez que siento que si no tengo a alguien puedo morir —aseguró. Me besó la frente con cariño— También siento que no te he pedido perdón lo suficiente, por todo lo que te he dicho y hecho, de todas las cosas que te hice pasar, como en el bar o llegar borracho a tu departamento. Hay ocasiones en que siento que te mereces algo mejor que yo, alguien que no tenga tantos errores, a alguien menos sucio por la guerra.

Me quedé callada, y le acaricié el rostro. Lo abracé fuertemente y coloqué mi mejilla sobre su pecho. Yo no necesitaba a nadie más que no fuera él. Yo no había sido marcada como ellos, al igual que Pansy, y la marca en su brazo seguía tan negra como desde el principio. Lo sabía, su cuerpo estaba marcado y las cosas que hizo sé que no lo enorgullecían, había matado y torturado a personas inocentes, había servido a un loco, pero sabía que igual eso lo destruyó de algún modo, su alma mermó por ello y aunque fue perdonado, eso no le quitaba la culpa. Tenía tantas heridas y cicatrices como las víctimas de la guerra, había demasiadas marcas en su pecho y espalda, tantas que no me imaginaba cuanto dolor le causaron, pero eso no me importaba. Así lo quería.

—No digas eso —le pedí, viéndolo a los ojos— Para mí eres perfecto. No hay nadie a quien yo quiera más que a ti.

—Perdóname —volvió a pedir, pegando su frente a la mía.

—No tengo que perdonarte nada, lo que hiciste durante la guerra era necesario para sobrevivir. Pero si eso es lo que necesitas, te perdono —le dije, sonriéndole un poco y besándole sobre el pecho— Lo único que no te perdono es que tardaras mucho en decirme que me amas —reclamé, mirándolo a la cara.

—Creí que te darías cuenta —justificó.

—Contigo, siendo tan cómo eres o eras, no podía darme cuenta.

—¿Pero me crees?

—Claro. De algo estoy segura, tú no eres de los que va por ahí diciendo te amo para tener a una mujer. Ni a mí me lo dijiste y eso que te rechacé muchas veces —dije lo último en tono inocente.

—Demasiadas, preciosa —reprochó— Pero ni cuenta me di cuando caí ante ti, ya te amaba, así que insistí hasta que me pertenecieras como ahorita.

Le sonreí, y lo volví a besar. Acaricié su cuello y él me abrazo. Lo sentí caminar hacia atrás. Se acomodó en el sillón y yo me senté a horcajadas sobre su regazo. Él paseó sus manos sobre mis piernas y segundos después me liberó de la chaqueta que traía encima. Me acarició los brazos dulcemente, mientras yo desabrochaba los botones de su camisa. Acaricié su piel con mis manos, y le besé el cuello. Él gruñó suavemente.

—Preciosa, creo que es un buen momento para que me digas que me amas —sugirió él, en tono divertido. Levanté la cara y lo quedé viendo a los ojos.

—No creo que sea necesario —bromeé, con el rostro serio.

—¿Qué? —su rostro se volvió molesto.

Yo le di un besó en la mejilla, y me reí de su cara.

—Te amo —le dije sobre los labios y me puse seria— Te amo. Lo he hecho desde siempre, desde que estábamos en Hogwarts. Te amo y nunca he dejado de amarte desde entonces —confesé.

Él me besó con posesividad.

—¡Soy un maldito, cuanto tiempo he desperdiciado! —exclamó— Pero te lo voy a compensar, preciosa —prometió.

—Lo sé. Ya lo has hecho —suspiré— Y si te rechacé fue porque no quería ser simplemente un juego para ti, no quería ser simplemente la siguiente, o un simple caprichoso.

—Pues ahí te equivocas —murmuró— Siempre serás mi caprichoso, mi obsesión, mi deseo, mi pasión, mi ternura, mi amor, mi cielo, mi preciosa. Tú eres mi vida, Millicent —cada palabra fue acompañada por un beso.

—¿Ninguna otra mujer? — enterré un dedo en su pecho.

—Ninguna, solamente tú. O si tenemos una niña —acarició mi vientre— Entonces serán ella y tú, pero nadie más.

—Júralo —le pedí.

—Por mi magia que lo juro —alzó una mano para colocarla sobre su corazón— ¿Tú crees que me arriesgaría a perderte?

—No lo sé —me encogí de hombros.

—Sin ti no vivo. Jamás haría algo para perderte —aclaró, con mi rostro entre sus manos.

—Pues eso me parece genial. Yo no soportaría que tú me engañaras o dejaras de amarme —confesé.

—Jamás dejaría de amarte, eres el amor de mi vida, y ¿engañarte? No podría hacerlo, no deseo a nadie más, y empiezo a sospechar que me has dado amortentia, pues no puedo ni mirar a otras mujeres —aseguró.

Lo golpeé en el pecho y él empezó a reír de manera escandalosa. Lo miré indignada porque pensara que le había dado un filtro de amor.

Una de sus manos rebuscó en la bolsa de su pantalón, y de ella sacó una cajita de terciopelo negro. Sus ojos brillaron al verme, y sus labios me besaron con dulzura.

—No es porque estés embarazada —empezó hablar— Llevó más de dos semanas con esto guardado porque no sabía cómo dártelo. Quería hacer algo especial, algo digno de ti. Pero no encuentro momento más oportuno que esté, después de que has dicho que me amas —dijo con la sonrisa más grande que tenía.

Él abrió la cajita. Adentró había un precioso anillo de color plata, con un fino diamante en el centro rodeado por una red de pequeños diamantes. Era tan hermoso y mis ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Te quieres casar conmigo ahora sí?

—Sí. Si quiero casarme contigo —exclamé, con emoción.

Él colocó el anillo en mi dedo, y después me besó en la mano.

—Me has hecho el hombre más feliz de este planeta —me dijo.

Lo volví a besar. Que más podía hacer si no besarlo. Lo amaba tanto.

Sus labios se movieron a mi cuello, deslizando su lengua por mi piel, provocando que de mi boca salieran pequeños gemidos. Cerré los ojos y disfruté sus labios bajando hasta mis clavículas. Sus manos se posaron debajo de mi blusa, quemando en donde tocaban.

Mis manos se apresuraron a quitarle la camisa. No me importaba arrancarle los botones y él parecía menos dispuesto a reclamar. Recorrí su piel, estrujando y arañando a mí antojo, después de todo él era mío.

No sé qué tenía éste hombre, no sé qué tenía en la boca o en la piel, algo toxico de seguro, pues al menos contacto me transformaba en otra, llena de liberta e inhibición. Cada vez que me tocaba o me besaba me sentía arder. Sentía las ansias devorándome por dentro. Me sentía morir sino lo devoraba a él.

Levanté los brazos y dejé que él quitara mi blusa. Sus dientes mordieron la piel del nacimiento de mis senos. La respiración se me cortaba, no podía respirar y mi corazón se aceleraba. Lo tomé por el cabello, de manera frenética, y lo empujé hasta dejarlo completamente acostado en el respaldo del sofá, inclinándome lo más que podía hacia él.

Lo vi a los ojos: oscuros y llameantes, un torrente de deseo. Suponía que así estaban mis propios ojos. Mordí sus labios con saña, lo quería todo de él. Quería empaparme los oídos de aquel gruñido que salía de su garganta cada vez que lo tocaba o lo mordía.

Sus dedos se enterraron más en mi espalda, presionándome la piel, consumiéndome poco a poco. Traviesos dedos subieron hasta el broche de mi última prenda, y los quitaron con maestría. Cada vez que me encontraba desnuda ante él, en vez de sentirme cohibida, pues yo no era una perfecta modelo o una de esas tantas con las que tuvo sus andanzas; en vez de sentirme así, me sentía poderosa: me sentía dueña de él.

Sus ojos se dilataron más, y su boca no tardó en viajar a mis senos, como si quisiera comerme de un solo bocado. Lo sentía completo: labios, dientes, lengua. Caliente y suave. Arqueé mi espalda, dándole todo de mí.

Jadeé sin poder detenerme, y tiré de su cabello.

—Me fascina verte perder el control —murmuró contra mi piel. Gemí al sentir el aire de su boca contra la línea de saliva que había dejado en mi piel.

Era obvio que le gustara la fiera en que me convierte él, nadie más que él.

Luché para tumbarlo completamente en el sofá, aunque él se dejaba hacer sin discusión. Repasé con mis labios su mandíbula y su cuello. Acomodé mejor mi cuerpo sobre esa parte de él que pedía a gritos liberación. Gruñó con desesperación y me tomó por las caderas para moverme un poco sobre él, pero no lo hice, lo obligué a soltarme; estaba yo jugando con él, pero, aunque nunca lo admitiría, sabía que él también lo disfrutaba.

Delineé con mi legua cada trozo de piel, y me dediqué a observar cada curva de sus músculos, deleitándome con la mejor parte de su cuerpo, que ahora tan sólo era mío. Enterré mis dedos en el hueso de sus caderas y luego los metí en el borde de su pantalón, jugando simplemente jugando. Lo desabroché poco a poco, y bajé todo el resto de su ropa.

Tan expuesto, tan perfecto, tan mío.

Él se levantó, y se apoyó en sus codos para mantener el equilibrio. Yo hice lo mismo, quedando de rodillas ante él. Le sonreí y empecé a desabrochar mi pantalón, ante su mirada insistente.

—¡Oh, no! —exclamó con la voz ronca y detuvo mis manos— Soy yo quien te desnuda, preciosa.

—Pues ven aquí —le dije, dejándome caer por completo en el sofá.

Él se acercó y se colocó sobre mí. Sus dedos tantearon el botón de mi pantalón, mientras sus labios se entretenían en mi cuello. Me estremecí al sentir su mano sobre el borde de mi ropa interior. Su sonrisa era maliciosa, sabía que jugaría conmigo.

Fue bajando a través de mi cuerpo, chupándome la piel. Cuando llegó a mi vientre, empezó a besarme de manera más tierna, tocando y acariciando suavemente, y sonriendo en verdad dulce. Luego continuó con sus besos y arqueé la espalda, cuando sentí las palmas de sus manos quitando las dos últimas prendas de ropa, y gemí ante el recorrido que hacía en mis piernas. Volvió a subir, con la misma lentitud, lográndome desesperar. Cuando lo volví a tener a mi alcance, lo tomé con el cuello y lo acerqué a mí. Entrelacé mis piernas alrededor de su cadera y lo empujé hacia mí.

—No juegues —jadeé.

—No pensaba hacerlo, preciosa —gruñó entre dientes.

Poco a poco lo fui sintiendo, llenándome. Sus movimientos fueron lentos y suaves, como si no quisiera lastimarme de algún modo. Mi respiración estaba sobre su hombro, mientras que mis uñas arañaban su espalda, y yo misma me empujaba hacia él, moviendo las caderas a su mismo ritmo. Sus jadeos eran atrapados en mi oído izquierdo, cada vez más acelerados.

Me sentía a punto de explotar, a punto de morir de éxtasis. Cerré los ojos, me había quedado sin aire, y mordí la piel de su hombro ahogando cualquier ruido entrecortado que saliera de mis labios. Y lo sentí a él, tan caliente entre mis entrañas. Su respiración sin orden, y mis pulmones ardiendo intentando respirar con normalidad.

Sus labios buscaron los míos. Ahora era un beso lánguido, sin prisa.

Lo vi tomar su varita, y con un movimiento rápido, expandió más el sofá. Se acomodó a mi lado y transfiguró una sábana para taparnos. Me jaló con un brazo y respiró sobre mi cabello. Pasé mis dedos por la piel de su brazo y llegué a su hombro. Él vio mis dedos detenidos sobre la mordida que le di y sonrió.

—Sabes que me encanta ver esto cada día —susurró. Lo quedé viendo sin comprender— Esto, para mí, es llevarte conmigo siempre.

Negué con la cabeza, pero lo mordí en la barbilla.

—Más de mí —me justifiqué.

—Siempre más de ti —murmuró.