Capítulo 28: Un lamento y varias alabanzas

Remus recogía los últimos rayos del sol con aquel gesto melancólico que le caracterizaba. Ahora, únicamente, podía vivir de la hospitalidad de los Weasley y eso le pesaba. Seguía sin tener casa, ni trabajo, y dudaba seriamente que algún día tuviera alguna de esas cosas.

En otro momento, no habría dudado en trasladarse a la Casa de los Gritos, pero allí desgraciadamente no llegaban noticias de Tonks.

Estaba en el jardín trasero de la casa y, mientras pensaba nuevamente en sus desgracias, escuchó rechinar la puerta de la cocina a sus espaldas. Seguramente, sería era Molly cargada de reproches, se dijo. Nunca le perdonaría que no hubiera ido a visitarla. Resignado, dio media vuelta, y en su lugar se encontró con la metamorfomaga.

Su aspecto era diferente. Tenía una figura más estilizada y su pelo seguía siendo oscuro; pero su rostro no mentía, ni esos ojos azules anegados en lágrimas.

De pronto se olvidó de todo y sus piernas únicamente respondieron al impulso de caminar hacia la joven, que a su vez acortó las distancias y se abalanzó sobre él.

Habían soñado tantas veces con abrazarse que apenas podían creer que su encuentro fuera real.

El licántropo la apretaba con fuerza y acariciaba su pelo mientras las lágrimas se le escapan de sus ojos dorados. Por su parte, Tonks intentaba abarcar toda su espalda con las manos de manera desesperada; habían sido tantos los días que la habían separado de él que en un segundo quería solventarlos. Sus labios comenzaron a besar aquel cuello que tanto deseaba, su olor cálido y familiar le recordaba un tiempo pasado y feliz. Las lágrimas recorrían las mejillas de la joven mientras con la misma desesperación le daba pequeños besos en camino ascendente, pero entonces le sintió súbitamente rígido y más lágrimas acudieron a sus ojos al saber lo que eso significaba.

Con delicadeza él la apartó de su lado. Le costaba un esfuerzo sobrehumano tener que hacerlo, pero era sentía que era deber. Ambos se miraron hondamente a los ojos durante varios segundos, Remus, limpió sus lágrimas con los pulgares y Tonks no pudo resistir el impulso de inclinarse nuevamente para besar aquellos labios por tanto tiempo ausentes, sin embargo, el licántropo fue más rápido y, en su lugar, colocó un beso sobre su frente.

El dolor que sintió con aquel gesto fue peor que el de aquella bala en sus entrañas. Sólo con ese beso acababa de imponer una barrera entre ambos.

-Me alegro de que estés bien- alegó Remus. Podía sentir su labio inferior temblar de desesperación.

-Prometiste que estaríamos juntos. Lo prometiste- dijo ella en un susurro colmado de emoción.

-Todo es distinto ahora- le respondió. Su tono intentaba ser relajado.

-Te equivocas; es la misma conversación de siempre –alegó-. Igual que cuando estuvimos en las Tres Escobas.

-Debiste dejarme marchar ese día, Dora- suspiró-. Quererte casi te mata.

Tonks negó con vehemencia mientras le cogía de las manos.

-Eso ha sido lo que me ha traído de vuelta-. Con sus labios rozó una de ellas, y luego se la llevó al corazón.

Sus palabras eran tan claras como sus ojos. A través de ellos sentía que la joven podía leer su alma, si acaso la conservaba.

-No puedo hacerte esto de nuevo- susurró mientras retiraba las manos de las suyas-. Soy demasiado mayor para ti, demasiado pobre, demasiado peligroso…

Era la misma sentencia que pronunció tras besarla la primera vez, las mismas palabras que debería haber recordado en el transcurso de un año y que hoy, volvían a sus labios para mantener a Tonks a salvo…, muy lejos de él.

La metamorfomaga se quedó anclada en el suelo mientras le veía desaparecer con las últimas luces del crepúsculo. Permaneció allí un largo rato escuchando como único sonido su llanto.

Estaba harta de aquello, pero no podía evitarlo; más aún con sus falsos argumentos. Después de todo lo que habían vivido juntos, ¿debía resignarse a perderle?

Las preguntas llegaban con increíble facilidad a su cerebro. Sin embargo, ninguna de sus respuestas supo orientarla en la dirección que él había tomado.


Llegó el mes de junio, y la Orden del Fénix se encontraba más activa que nunca. Así lo había dispuesto Dumbledore que, en aquellos momentos, acababa de reunir en el castillo a los principales coordinadores de la guardia de esa noche, Remus y Kingsley.

-Quiero que hoy estéis más atentos que nunca- decía el anciano director con un tono más cansado del habitual-. Debo ausentarme del colegio por un motivo muy urgente.

-¿Puedo preguntarle esta vez el motivo? ¿O es demasiado confidencial como para que lo sepa la Orden?- El tono del auror no dejaba lugar a dudas acerca de su disconformidad. Mientras tanto, sus ojos no paraban de escrutar la mano ennegrecida y malsana de Dumbledore.

-Siento no poder daros más indicaciones. Pero confiad en mí como habéis hecho siempre.

-Lo haremos, señor- alegó Remus sin ningún tipo de vacilación.

Dumbledore sonrió al licántropo que le devolvió el gesto. Aún era y sería siempre, el espejo donde se miraba. Mientras tanto, Kingsley observó la punta de sus zapatos y finalmente, terminó asintiendo con un gesto de su cabeza.

-Bien, entonces, encargaos de mantener el perímetro. Hacédselo saber a los demás y, ante todo, sed discretos-. Ambos se disponían ya a marcharse cuando la voz de Dumbledore volvió a escucharse en el despacho-. Y…, ya que confiáis en mí, confiad en Harry… Él es nuestra única esperanza.

Los dos compañeros caminaron en silencio por los solitarios corredores del castillo. Remus con la mirada perdida en sus pensamientos y las manos en los bolsillos, Kingsley con la cabeza bien alta sin dejar de mirar al frente para no verse en la obligación de mirar al licántropo.

-Yo iré con el segundo grupo a vigilar el lado este- anunció inexpresivamente el auror-. Tú quédate con el primero, al oeste. A menos que… hoy tampoco quieras hacer la guardia con Tonks- añadió al cabo de unos segundos.

En los últimos días la hostilidad de sus compañeros de resistencia con él se había agudizado. No culpaba a Molly por recordarle una y otra vez el tema, ni a Arthur y sus largas charlas, ni siquiera a Bill, con quien había congeniado a pesar de los años que les separaban, y sus conversaciones sobre lo feliz que era con aquella muchacha francesa, a simple vista tan distinta a él… No, no les culpaba a ellos por querer ayudarle a reconstruir su ruinosa existencia. Pero lo que no podía soportar, es más, a quién no podía soportar era a Kingsley y su ironía.

Con dos rápidos pasos le encaró, obligándole a detenerse en medio del pasillo.

-Creo que eres el menos indicado para meterte en mi vida. Así que deja ese tono para tus subordinados; eso no te va a funcionar conmigo.

Kingsley esbozó una media sonrisa mientras miraba a la derecha para intentar calmarse. A Tonks no le iba a hacer mucha gracia que hiciera lo que estaba pensando, se dijo.

-Pues yo creo que sí, Lupin. Te he salvado la vida en más de una ocasión; primero, avisé a Dumbledore de que Milton iba a reabrir el caso Gradner para que pudieras escapar de la Justicia mágica; segundo, expuse mi puesto ante el mismísimo jefe de aurores para salvarte el pellejo; tercero, mis hombres y yo llegamos a tiempo para atrapar al ejército de Greyback; y cuarto, dirigí tu defensa ante el Ministro para que no te condenaran a la pena máxima. Además de…

-¿Y qué esperas con eso? ¿Esperas que te dé las gracias?

-¡No, joder! ¡Espero que salgas ahí y le digas que la quieres! No te he salvado la vida para que la desperdicies de esta manera. Tonks no se merece esto. Y tú tampoco.

El auror tomó aire tras su exaltada intervención. Remus había quedado visiblemente desconcertado ante sus palabras, y Kingsley aprovechó la ocasión para añadir alguna más, mientras daba unos pasos atrás.

-Si te he protegido todos estos meses es porqué pensé que había algo bueno en ti; no permitas que me equivoque.

Y pasó por su lado en dirección a las escaleras.

-Espera, Kingsley- le llamó. El auror se giró dispuesto a tener otro intercambio de palabras con el licántropo-. Tonks tiene suerte de tener un amigo como tú… Gracias, por cuidar de ella- añadió, profundamente conmovido.

Esta vez fue Kingsley el sorprendido. Le miró perplejo al principio, luego, con indulgencia. Si dejara de ser tan cobarde en algunos aspectos, llegaría a caerle bien, pensó. Finalmente, chasqueó la lengua, incómodo, y desapareció por el corredor hacia su puesto. En ese momento, habría preferido seguir pensando que Lupin era un miserable. Al menos, resultaba más gratificante.

Mientras tanto, Remus suspiró en soledad mientras colocaba sus manos en el marco de una ventana cercana. Esa noche el cielo estaba completamente estrellado, y una brillante estrella destacaba especialmente en el firmamento justo en medio de la constelación del Can.

-Ojalá estuvieras aquí, amigo…- susurró en tono cansado- No sabes cuánto echo de menos una de tus reprimendas ahora- alegó mientras sonreía melancólicamente.

La estrella titiló de manera especial, y Remus intentó espantar esas ideas de su cabeza. Ya iba a retomar su camino cuando cerca del lago, y bajo esa misma estrella, vio una solitaria figura que caminaba por el perímetro del castillo.


Aquella noche era distinta a las demás. Había un silencio antinatural alrededor del Bosque Prohibido. Tonks intentaba escuchar algún ruido, el que fuera, un chapoteo en la superficie del Lago Negro o alguna criatura del bosque que la distrajera de sus pensamientos. Así olvidaría por unos minutos las veces que Remus la había abandonado o rechazado en el último año, todas las charlas que había escuchado de sus padres acerca de ese hombre lobo antes de irse a la cama o las promesas que había incumplido…, la de Molly, Dumbledore, Danna, Sirius…, pero, sobre todo, la suya propia.

Durante la siguiente media hora, paseó sobre los guijarros de la orilla del lago. Alguno, acababa dentro del agua provocando algunas ondas en su superficie y eso la relajaba enormemente. Mordiéndose la lengua, recogió un puñado de ellas entre las manos y empezó a arrojarlas con fuerza sobre el reflejo de una media luna que le devolvía su sonrisa.

Cuando fue a recoger una más, escuchó su nombre pronunciado por una voz conocida.

La joven se giró echando chispas por los ojos. Remus estaba a pocos pasos de ella con las manos en los bolsillos. La metamorfomaga a punto estuvo de tropezarse y caerse dentro del lago; sus mejillas empezaron a arderle y sintió tanta rabia en su interior que, le arrojó la piedra que tenía entre sus manos, pero ésta ni siquiera le rozó.

El licántropo la miró aturdido, y en dos pasos Tonks se colocó frente a él y le agarró de las solapas de su abrigo mientras empezaba a zarandearle con todas sus fuerzas.

-Te odio, Remus John Lupin- le dijo con lágrimas en los ojos-. Te odio. ¡Te odio!

Remus se dejó hacer, a pesar de que cada una de las palabras que pronunciaba le dolía más que la piedra que había intentado arrojarle a la cabeza. Y de repente, sin que hiciera nada más, la joven se detuvo. Tonks tampoco sabía la razón por la que había parado y, con ese indefinible sentimiento en su interior, se vio a sí misma apretando sus labios contra los suyos.

Aquella situación le sobrepasaba; no podía sentir indiferencia ante sus gemidos de desesperación, ni ante aquel cuerpo que jamás había dejado de desear contra el suyo.

-Basta, Dora- jadeó.

Pero fue más una súplica, que una orden. Sus labios estaban ahora sobre su cuello mientras una de sus manos continuaba en camino descendente, Remus se mordió el labio inferior mientras echaba su cabeza hacia atrás y cerraba los ojos, dejándose llevar. Pero, no. ¿Qué clase de depravado era?

Sin duda, no podían hacer el amor en el césped de un colegio, en mitad de una guardia en la que él era el supervisor, se dijo, Y, a continuación, la intentó apartar con delicadeza.

De nuevo, le entraron ganas de llorar. Habría preferido mil veces saber que no la deseaba a que siguiera anteponiendo esas estúpidas ideas sobre su diferencia de edad, su problema económico, o aquella maldición que, fácilmente, podía controlar...

Tonks cerró con fuerza sus ojos mientras le volvía la espalda y comenzaba a alejarse del lugar. El licántropo abrió la boca, pero ninguna palabra salió de ella. Por segunda vez era la metamorfomaga quien ponía distancia entre ellos, y aunque el dolor que sentía era apenas soportable al menos ahora sabía que estaría a salvo…

Pero entonces aquellos pensamientos se desvanecieron al contemplar una extraña luminosidad verde que había inundado el apacible cielo nocturno. Cuando sus pupilas se acostumbraron a aquel sobrenatural resplandor, contempló con estupor una enorme calavera con una lengua enroscada en forma de serpiente justo encima del colegio.

Un segundo después, ambos se miraron a los ojos sin ocultar su preocupación, y pronto sus piernas les permitieron moverse a toda velocidad en dirección al castillo.


En el piso de abajo, Remus peleaba junto a McGonagall para proteger a los chicos. Los mortífagos les doblaban en número, y Ginny y Ron no dudaron en sacar sus varitas para igualar las fuerzas. Muy pronto el combate se igualó. Sin embargo, el licántropo no podía dejar de mirar a su espalda para comprobar de vez en cuanto el estado de la metamorfomaga.

En uno de esos momentos, los dos rivales que se disputaban la vida de Remus supieron aprovechar la ocasión. Mientras uno le desarmaba, el otro, se disponía a conjurar la maldición asesina… pero, de repente, una luz roja les empotró a ambos contra el muro más cercano, y nuevos escombros cayeron sobre el pasillo convertido ahora en campo de batalla.

Remus echó su vista atrás en un intento por saber quién le acababa de salvar la vida. Desde el otro lado, la joven auror le devolvió la mirada y, pese a su sorpresa inicial, Remus le dirigió un gesto de agradecimiento. Inmediatamente después, ella se fijó en un nuevo atacante; un enorme mago que estaba sembrando el terror en el vestíbulo. Se dio cuenta que apenas quedaba nada de aquella chica que siempre se caía con el paragüero en forma de pata de troll. Sus movimientos eran gráciles, todo lo contrario, a los de su corpulento rival que no conseguía pronunciar ninguna maldición en aquel baile que había impuesto la joven.

A pesar de la situación, el licántropo no pudo apartar de su cabeza la imagen de la metamorfomaga. Qué placer morir ante su varita, pensó.

-¡Lupin! ¡Quieres venir a ayudarnos! - gritaba McGonagall desde el otro lado del pasillo. Tenía un regimiento de magos tenebrosos ante sus narices, y él se embobaba con una de sus compañeras.

Remus recuperó al fin la lucidez y se precipitó de nuevo a la batalla. Habiendo entrenado con arcos y espadas de plata, aquello podría parecerle fácil, pero era mucho peor. Por doquier sobrevolaban todo tipo de maldiciones, y mientras conjuraba unos hechizos protectores, consiguió advertir la presencia de un viejo enemigo: Fenrir Greyback.

El temible hombre lobo le miraba fijamente a una distancia que cualquier mortal habría considerado desmesurada. Sin embargo, los dos licántropos no apartaron la mirada el uno del otro. Según pudo apreciar, no parecía haber vivido un exilio agradable. Toda la fuerza y el poder que había ostentado en un tiempo se había desvanecido bajo una capa negra de mortífago.

El castaño esbozó una sonrisa de suficiencia mientras le echaba un ojo de arriba a abajo. Al final había ocurrido lo previsto; se había vendido. Greyback le enseñó los dientes teñidos de sangre aquella noche, con fiereza. Pero justo en ese instante se cruzó ante él un muchacho de pelo negro, gafas y una cicatriz en forma de rayo, que pasaba volando hacia la batalla sin saberse acechado.

Greyback se apartó del bullicio y describió un arco en el aire hacia el joven. Remus quiso gritar cuando vio caer al hijo de su mejor amigo ante ese asesino, pero entonces Geyback quedó petrificado ante la varita del joven Harry.

Por su parte, Tonks no estaba pasándolo mejor. Aquel mago no parecía cansarse nunca. La rabia que sentía al acertar a todo el castillo menos a ella parecía alentarle. Pero, entonces, su rival recibió un hechizo de Harry, que le hizo gritar como un cobarde y desaparecer por el pasillo en compañía de dos mortífagos más. El muchacho les siguió, impulsado por una fuerza que la joven no lograba comprender. Pensó en seguirle, pero decidió inmovilizar a los pocos magos y brujas que quedaban a su alrededor: nadie quería que volvieran a despertarse. Ahora, la justicia mágica se encargaría de ellos y seguro que Snape, quien había pasado antes corriendo como un rayo junto a Draco, ya habría atrapado a los restantes rebeldes.

Tonks se sintió entonces observada. Remus se encontraba cerca de ella y la miraba con una expresión indescriptible en el rostro; entre admirado y angustiado, con una media sonrisa entre los labios. Pese a lo que pudiera parecer, ella se alegró de que estuviera a salvo, y justo cuando comenzaron a avanzar en uno hacia el otro, un grito cercano les sacó de la escena. Era Ginny, y se encontraba arrodillada sobre uno de sus hermanos. Tonks, Remus y McGonagall se acercaron para comprobar quién era el desdichado… Estaba en un estado espantoso, y al acercarse se percataron de que era Bill.

Al instante, Remus supo lo que le ocurría. La sangre que cubría los colmillos y las garras de Greyback debía ser la de su amigo, quien a pesar de lo aparatosas de sus heridas aún conseguía respirar.

-Debéis llevarle a la enfermería, y a Neville también- alegó la profesora de transformaciones después de haber tranquilizado a Ginny y a su hermano Ron sin que las manos pararan de temblarle en ningún momento-. Yo iré mientras a la Sala de los Menesteres junto a Kingsley. Enviaré un patronus a Arthur y Molly…

Todos asintieron sin mostrar ninguna objeción. La vida de Bill y la entrada al colegio debían ser ahora sus principales preocupaciones.

Remus cogió en brazos al pelirrojo sin demasiada dificultad mientras Tonks y Ron pasaban un brazo cada uno por la espalda de Neville intentando conducirle de aquella manera hacia la enfermería.

-Ginny, tú…- pero la metamorfomaga se dio cuenta de que hablaba sola. La chica les acababa de abandonar sin que ninguno se diera cuenta… Sólo pudieron encogerse de hombros ante su ausencia, pues sabían que Snape ya habría asegurado el castillo.

Sin más tardanza, llegaron a la enfermería. Allí ya se encontraban Luna y Hermione. Parecían estar bien, pero muy alteradas. Por su parte la señora Pomfrey sufría en esos momentos un ataque de ansiedad. Al ver a sus nuevos pacientes, consiguió sobreponerse por unos instantes. Pusieron a Neville sobre una cama cercana a la puerta y a Bill en el fondo de la sala.

-¿Qué le ha pasado a este chico? ¿No será…? - preguntó la enfermera con un gesto grave, mirando directamente a Remus. Éste asintió a su pregunta mientras la mujer se llevaba una mano al corazón. En ese caso ni la magia ni las pociones podían hacer nada. Sólo podían esperar a que la enfermedad del hombre lobo no se manifestara…

Remus no podía sentirse más desdichado al observar al joven Weasley: había estado tan cerca de casarse y de ser una persona feliz y, ahora, nada volvería a ser lo mismo para él por culpa del mismo monstruo que les había maldecido a ambos.

Mientras Tonks terminaba de suministrarle la poción a Neville, espiaba el gesto apesadumbrado del licántropo desde la distancia. Sabía perfectamente lo que pasaba por su cabeza y por ese motivo empezaba a sentirse cada vez más irritada.

Todavía sin recibir noticias de ningún miembro de la Orden, cada uno de los presentes aguardaba a que Dumbledore apareciera por la puerta y les reconfortara con sus palabras de ánimo y esperanza. Pero nadie acudía y aunque Remus no quisiera reconocerlo un grave presentimiento se fue apoderando de su conciencia; un mal pensamiento que él intentaba apartar con todas sus fuerzas de su mente.

Tonks acababa de acercase al licántropo para velar al herido, cuando Ginny y Harry aparecieron en la sala. El joven Potter no pudo disimular su preocupación por el mayor de los pelirrojos al ver su estado.

-Seguro que a Dumbledore se le ocurre alguna solución- objetó Ron- ¿Dónde está? Bill peleó contra esos malnacidos bajo las ordenes de Dumbledore, así que el director está en deuda con él, no puede dejarlo en la estacada…

Entonces Ginny pronunció las temibles palabras:

-Dumbledore ha muerto.

-¡No!- Remus, atónito, miró a Harry con la esperanza de que éste lo desmintiera, pero al ver que se quedaba callado, se desplomó en una silla, al lado de la cama de Bill, y se tapó la cara con ambas manos… Sencillamente, no podía creerlo.

Era la primera vez que Tonks veía al licántropo derrumbarse de esa manera.

-¿Cómo ha muerto?- susurró la metamorfomaga, conmocionada-. ¿Qué ha sucedido?

-Lo mató Snape…

Todos escucharon por boca de Harry la traición del profesor de pociones. Todos, sin excepción, habían dudado de su lealtad, pero jamás del anciano director que con tanto ahínco siempre lo había defendido.

Afuera, en la oscuridad, un fénix cantó un lamento de una belleza sobrecogedora. Los presentes sintieron al oírle cantar, que la música estaba dentro de ellos: lo que resonaba por los jardines y entraba por las ventanas del castillo era su propio dolor convertido, mediante magia, en música.

De repente, la puerta de la enfermería volvió a abrirse y entró la profesora McGonagall.

-Molly y Arthur están de camino- anunció, y rompió el hechizo del fénix todos volvieron en sí, como si acabaran de salir de un trance.

Las ganas de saber los detalles también retornaron; cada uno de ellos mostró su repulsa hacia el antiguo profesor de pociones. Remus se resistía a la idea, como si la esperanza pudiera devolverle a su querido mentor. Por su parte, Tonks prestaba atención a pesar del dolor que sentía al saber que Dumbledore nunca más volvería a sonreírla a través de sus gafas de media luna ni a ofrecerle caramelos de limón en su despacho.

Así, continuaron hablando sobre los recientes y trágicos acontecimientos hasta que las puertas de la enfermería se abrieron de golpe, sobresaltando a todos. El matrimonio Weasley entró en la sala precipitadamente, seguidos de Fleur, cuyo hermoso rostro estaba crispado por el pánico.

-Molly… Arthur…- dijo la profesora McGonagall que se levantó de un brinco y corrió a saludarlos-. Lo siento tanto…

-Bill- susurró la señora Weasley, y pasó por delante de la profesora, pues acababa de ver la maltrecha cara de su hijo-. ¡Oh, Bill!

Remus y Tonks se levantaron y se apartaron para que los Weasley pudieran acercarse más a la cama. La madre de Bill se inclinó sobre su hijo y le besó la ensangrentada frente.

-¿Dices que lo atacó Greyback?- le preguntó el señor Weasley a la profesora McGonagall-. Pero, ¿no se había transformado? ¿Y entonces? ¿Qué le va a pasar a Bill?

-Todavía no lo sabemos- respondió ella, y miró a Remus con gesto de impotencia.

-Seguramente tendrá alguna secuela, Arthur- dijo el licántropo-. Es un caso muy raro, posiblemente el único… No sabemos cómo se comportará cuando despierte…

Molly le quitó un apestoso ungüento de las manos a la señora Pomfrey y empezó a aplicárselo a Bill en las heridas.

-¿Y Dumbledore?- preguntó su marido-. Minerva, ¿es verdad que está…?

Mientras la profesora McGonagall asentía con la cabeza, Tonks al igual que Ginny, miraban a Fleur con reproche por aquel gesto de terror que permanecía reflejado en su hermoso rostro. Ninguna tenía dudas al respecto. La metamorfomaga sabía que suspendería la boda en seguida, dándole veladamente la razón a Remus.

-Muerto… Dumbledore…- susurró Arthur mientras su esposa sólo tenía ojos para su hijo mayor.

Molly rompió a sollozar y sus lágrimas cayeron sobre el mutilado rostro de Bill.

-Ya sé que no importa el aspecto que tenga… Eso no es… lo más… importante… Pero era un chico tan guapo… Siempre fue muy guapo. ¡Mira que pasarle esto precisamente ahora que iba a casarse!

-¿Se puede sabeg qué significa eso?- saltó Fleur-. ¿Qué quiegue decig "iba" a casagse?

La señora Weasley la miró con los ojos anegados en lágrimas y gesto de asombro.

-Pues… nada, que…

-¿Cree que Bill ya no quegá casagse conmigo?- inquirió Fleur-. ¿Piensa que pog culpa de esas mogdedugas dejagá de amagne?

-No, yo no he dicho eso…

-¡Pues se equivoca!- gritó Fleur. Se irguió cuan alta era y se apartó la larga melena plateada-. ¡Paga que Bill no me quisiega haguía falta algo más que un hombgue lobo!

-Sí, claro sí- dijo la señora Weasley-, pero pensé que quizá… dado el estado en que… en que…

-¿Creyó que no queguía casagme con él? ¿O quizá confiaba en que no quisiega casagme con él?- replicó Fleur; estaba tan enfadada que le temblaban las aletas de la nariz-. ¿Qué más da el aspecto que tenga? ¡Me paguece que tenemos de sobga con mi belleza! ¡Lo único que demuestgan esas cicatrices es la gan valentía de mi futugo maguido! ¡Y déme eso! ¡Ya lo hago yo!- añadió con fiereza al tiempo que apartaba a Molly de un empujón y le quitaba el ungüento de las manos.

La madre de los Wesley tropezó, chocó contra su marido y se quedó mirando cómo Fleur le curaba las heridas a Bill con una expresión extraña. Nadie decía nada; Harry no se atrevía ni a moverse. Como todos los demás, esperaba que la señora Wesley estallara. Mientras tanto, Tonks, saliendo de su estupefacción le dirigió una mirada conmovida a la joven …

Se produjo una larga pausa que finalmente Molly rompió:

-Nuestra tía abuela Muriel tiene una diadema preciosa, hecha por duendes, estoy segura de que lograré que te la preste para la boda. Muriel quiere mucho a Bill, ¿sabes? Y a ti te quedará muy bonita, con el pelo que tienes.

-Gacias- dijo Fleur fríamente- Segá un placeg.

Y de repente ambas se abrazaron llorando. Harry, desconcertado, se preguntó si el mundo se habría vuelto loco. Se dio la vuelta y vio que Ron estaba tan pasmado como él, y que Ginny y Hermione se miraban con asombro.

Al otro lado de la habitación, en el transcurso de aquella extraña conversación, Remus se miraba la punta de los zapatos como intentando evadirse de la reciente e incómoda situación. Sentía mil ojos invisibles puestos sobre él, pero no pudo evitar alzar levemente la mirada hacia la metamorfomaga, y esa fue su perdición.

Tonks sintió una furia indescriptible. No era el mundo quien se oponía a su relación, y gracias a Fleur lo había recordado.

-¿Lo ves?- dijo con una voz agresiva. Tonks fulminaba con la mirada a Remus como una leona herida -. ¡Fleur sigue queriendo casarse con él, aunque lo hayan mordido! ¡A ella no le importa!

-Es diferente- replicó él moviendo apenas los labios y poniéndose tenso, todavía sin creerse lo que le estaba ocurriendo-. Bill no será un hombre lobo completo. Son dos casos totalmente…

-¡Pero a mí tampoco me importa! ¡No me importa!- gritó Tonks agarrándole por la pechera de la túnica y zarandeándolo-. Te lo he dicho un millón de veces…

-Y yo te he dicho a ti un millón de veces- replicó Remus con la vista clavada en el suelo para no mirarla-, que soy demasiado mayor para ti, demasiado pobre, demasiado peligroso…

-Siempre he mantenido que has tomado una postura ridícula respecto a este tema, Remus- intervino Molly asomando la cabeza por encima del hombro de Fleur mientras le daba unas palmaditas en la espalda a su futura nuera.

-No he tomado ninguna postura ridícula- se defendió Lupin-. Tonks merece a alguien mejor.

-Pero ella te quiere a ti- terció el señor Weasley esbozando una sonrisa-. Y, al fin y al cabo, Remus, los jóvenes sanos no siempre se mantienen así-. Y con tristeza señaló a su hijo, que yacía entre ellos.

-Ahora no es momento para hablar de eso- dijo el licántropo esquivando todas las miradas, y añadió con abatimiento-. Dumbledore ha muerto…

-Dumbledore se habría alegrado más que nadie de que hubiera un poco más de amor en el mundo- dijo la profesora McGonagall con tono cortante, y en ese momento se abrieron otra vez las puertas de la enfermería y entró Hagrid.

Aquella interrupción permitió a Tonks abandonar la enfermería sin que ninguno de los presentes lo advirtiera.

Se sentía infinitamente desgraciada. Esa noche había sido horrible, y Remus además la tachaba de egoísta por anteponer sus sentimientos a la muerte del director cuando todo lo que hacía era por él…, por ellos…

La joven se encerró en la primera aula que encontró vacía y en su soledad se abandonó al llanto.

Remus también huyó de la enfermería con una sensación de angustia en el pecho, algo que no tenía nada que ver con la muerte de su amado director. Se apoyó con la espalda en una pared cercana, y miró hacia atrás hacia aquella joven que cuidaba a su futuro marido recién mordido por un hombre lobo. Desde donde estaba, observó su sonrisa sincera al mirarle a pesar de lo aparatosas de sus heridas, y como su mano agarraba firmemente su mano a la suya. Sin duda, no parecía que fuera una carga para ella, ni mucho menos. Los ojos se le empañaron de lágrimas. ¿Podría Tonks ser feliz a su lado? ¿Y si todo ese tiempo había estado equivocado?

Dirigiendo una muda sonrisa de agradecimiento hacia la joven pareja, el licántropo se dispuso a buscarla por el castillo.

Llevaba horas caminando por los pasillos y ya casi había perdido la esperanza de encontrarla, cuando la oyó…

En medio del llanto, Tonks consiguió distinguir el ruido de una puerta al abrirse: alguien acababa de entrar. La metamorfomaga hundió el rostro entre sus rodillas. No deseaba que nadie la viera llorando por un amor que estaba tan muerto como Dumbledore.

Remus con el corazón desbocado se arrodilló frente a ella, y en aquella posición permaneció largo rato.

Ninguna palabra acudía en su ayuda. Ya habían sido muchas las mentiras y meteduras de pata a las que había dado pie, y sabía que aquella sería su última oportunidad, la última de todas, y no quería fastidiarla como siempre.

Tonks empezaba a sentirse incómoda. ¿Qué hacía él allí?

Con temor, levantó el rostro y observó en sus ojos esa expresión de eterna amargura.

-… Dora, yo…- balbuceó.

Buscó sus ojos azules, pero estos le esquivaron intentando ocultar el reproche, el desdén y el amor que se agitaban en su interior. Antes de que pudiera deparar en ello se levantó del suelo dispuesta a marcharse definitivamente del lugar, pero esta vez Remus fue más rápido.

Ni siquiera le escuchó acercarse, tan sólo sintió el cálido tacto de su mano rodeando su muñeca con delicadeza.

-Estoy harta de oír tus disculpas – le dijo con los ojos brillantes.

Pero entonces Remus hizo algo insólito.

El licántropo hincó una de sus rodillas en el suelo mientras su mano sostenía firmemente la suya. El corazón de la joven latía con fuerza, tanto que temía que se le saliera del pecho de un momento a otro.

Ni siquiera cuando un ejército de hombres lobo se abalanzaron sedientos de su sangre, ni cuando los mortífagos atacaron esa noche el castillo, podían compararse a eso. Aun así, la mirada de Remus era decidida, como nunca antes hasta entonces.

-Dora, ¿querrías casarte con este viejo, pobre y estúpido licántropo?

Su corazón dejó de bombear, un sudor frío empezó a recorrerle la frente al mismo tiempo que sus ojos se abrían de par en par.

El licántropo tomó de nuevo la palabra ante la consternación de la metamorfomaga.

-Sé que tu familia me odia y que no tengo ni una mísera baratija que ponerte en el dedo. Pero te quiero, eso nunca ha cambiado y jamás cambiará. Si me aceptas, si en verdad te sigue dando igual lo que soy…, no puedo oponerme – le confesó. Lentamente fue levantándose hasta quedar a su misma altura-. Te quiero, Dora, muchísimo.

Permaneció largo rato en silencio, esperando que su gesto de sorpresa y sus lágrimas remitieran. Su labio inferior templaba ligeramente.

-Eres un idiota- inquirió dejando a su pretendiente totalmente desconcertado-. Se suponía que iba a estar toda mi vida enfadada contigo.

-Bueno, puedes empezar diciéndome que no…- añadió con tristeza.

Ya esperaba esa respuesta cuando de forma tan inesperada como su proposición, la joven esbozó una amplia sonrisa que ocultó de repente sus lágrimas.

-No te libraras tan fácilmente de mí.

Y se arrojó a sus brazos con una alegría desbordante. Por su parte, Remus se sintió igual de feliz, cuando ella le susurró al oído su respuesta.


N/A: ¡Hola a todos! No sabéis la alegría que me produce traeros este nuevo, y último, capítulo. Siento de corazón esta larguísima espera porque sé que no me he retrasado días, ni meses, sino años…, y quiero agradeceros a cada uno de vosotros, la infinita paciencia que habéis tenido conmigo.

Como excusa diré que mis primeros años en la universidad me han quitado todo el tiempo y la lucidez creativa que tenía en mi tiempo libre. Pero en ningún momento quise dejar a medias esta historia que tantas alegrías me ha dado porque, además, nunca me ha gustado dejar las cosas a medias.

Como siempre, gracias a aquellas personas que han leído mi historia. No tengo suficientes palabras de agradecimiento para todos.

Un fuerte abrazo,

Sisa Lupin

P.D. Nos leemos en el epílogo.

P.D.2. Como ya dije en su día, esta historia se gestó cuando finalicé el sexto libro de la saga y no tiene necesariamente que seguir el argumento del séptimo.