El Infierno de Sasuke
Pareja: Sasuhina Sasuke x Hinata
Adaptación de la trilogía: El Infierno de Gabriel
Hinata se despertó a la mañana siguiente desnuda.
O eso le pareció.
Estaban en la cama de Sasuke, con las piernas entrelazadas. Tenía la cabeza apoyada en el hombro de él y uno de sus brazos alrededor de las caderas.
Recorrió la espalda de él con la mano hasta comprobar que no estaba desnudo. Al bajar la vista, vio que ella llevaba puesto el conjunto rosa de sujetador y braguitas.
En sus sueños, se habían metido en la cama desnudos y habían hecho el amor horas y horas.
Sasuke se había colocado encima de ella y la había capturado con la mirada, como si fuera un imán, mientras la penetraba lentamente hasta que se habían convertido en un solo ser. En un círculo eterno sin principio ni fin. La había adorado con su cuerpo y sus palabras. Había sido más bonito y emotivo que en sus sueños anteriores.
Pero no había sido más que eso. Otro sueño. Suspiró y cerró los ojos, recordando los acontecimientos de la noche anterior. El dolor y el alivio llenaron su corazón. Dolor por la pérdida de Sasuke y por la desesperación que lo torturaba y alivio porque ya no quedaban secretos que se interpusieran entre ellos.
Sasuke murmuró su nombre, mientras los ojos se le movían bajo los párpados muy de prisa. Estaba profundamente dormido. La noche anterior había sido agotadora para él. Se había desmoronado.
Liberándose de su abrazo con mucho cuidado, se levantó para ir al baño.
Al mirarse en el espejo, vio que tenía el pelo alborotado, el rímel corrido y los labios hinchados por los besos. Él le había dejado varias marcas en el cuello y el pecho, muy ligeras, que no le dolían en absoluto. Había sido un amante considerado pero entusiasta. Se lavó la cara y se cepilló el pelo, recogiéndoselo en una cola alta. En vez del albornoz lila, se puso provocativamente una camisa de Sasuke. Recogió el Globe and Mail del rellano y saludó con la mano al nervioso vecino, que la miró boquiabierto con sus gafas sin montura, antes de desaparecer en su casa como un ratón asustado.
No estaba acostumbrado a ver tanta belleza tan temprano.
Además, llevaba sólo unos pantalones de pijama con dibujos de Superman.
Cuando Hinata entró en la cocina, se la encontró hecha un desastre, ya que la noche anterior habían estado demasiado distraídos como para ocuparse de temas tan prosaicos. Tras darse el lujo de disfrutar de un trozo de tarta de manzana con queso cheddar de Vermont, se dedicó a devolver al apartamento de Sasuke su esplendor inicial. Le llevó más rato del que había previsto.
Cuando la cocina estuvo inmaculada y, en vista de que él seguía durmiendo, se sirvió una gran taza de café y se sentó a leer el periódico en la butaca frente al fuego. La imagen de su blusa tirada en el suelo junto a la camisa Oxford de Sasuke la hizo ruborizarse y sonreír al mismo tiempo.
«Por desgracia, eso es más de lo que podemos hacer tú o yo», pensó, recordando el poema sobre la pulga.
Sasuke se había detenido. Ella se habría entregado gustosa a él porque lo amaba. Para Hinata, no se trataba de saber si se entregaría a él, sino sólo de cuándo. Pero Sasuke había murmurado algo ininteligible contra su pecho desnudo y se había detenido.
Tenía tanto miedo de que ella lo abandonara cuando descubriera su relación con Sakura y la trágica pérdida de su hija. Pero su confesión, lejos de apartarlos, los había unido aún más. Al menos, Hinata había logrado convencerlo de eso.
«Y tal vez, dentro de tres días, estaremos tan unidos como puede estarlo una pareja.»
Faltaban dos días para que salieran de viaje hacia Italia y ella lo acompañaría a la conferencia como su novia. Y cuando su estancia en Florencia llegara a su fin, tal vez pudiesen visitar Venecia o la región de Umbría como amantes.
A pesar de las revelaciones de la noche anterior, se sentía muy cómoda y a gusto en la butaca de Sasuke y con su camisa. Estaba segura de que se pertenecían el uno al otro. Mientras los hados no conspiraran en su contra, serían felices juntos. O eso esperaba. Aunque saber que Sakura tenía la capacidad de poner la vida de Sasuke patas arriba con una simple llamada telefónica no era muy tranquilizador.
Una hora más tarde, él apareció en el salón, rascándose la cabeza y bostezando. El pelo le había quedado disparado en todas direcciones, excepto un mechon perfecto que se había enamorado de su frente. Llevaba unos vaqueros gastados y las gafas, nada más. Ni siquiera calcetines. (Incluso los pies de Sasuke eran atractivos.)
—Buenos días, amor mío. —Inclinándose hacia ella, le acarició la mejilla y la besó con firmeza—. Me gusta tu ropa —comentó, con la mirada fija en la cantidad generosa de carne que asomaba bajo los faldones de la camisa.
—Y a mí la tuya. Estás tremendamente informal esta mañana, profesor.
Él le dirigió una mirada ardiente.
—Señorita Hyuga, tiene suerte de que haya decidido ponerme algo encima.
Al ver cómo se ruborizaba, se echó a reír y desapareció en la cocina.
«Oh, dioses de las vírgenes que planean acostarse con sus novios que son unos auténticos dioses del sexo —sin intención de blasfemar—, por favor, no permitáis que muera por combustión espontánea cuando por fin me lleve a la cama. Necesito que me dé antes un orgasmo. Al menos uno. Por favor. Por favor.»
Poco después, Sasuke volvió y se sentó en el sofá con una taza de café, rascándose la barba. La miró con el cejo fruncido.
—Estás muy lejos —le dijo, dándose unas palmaditas en la rodilla.
Hinata sonrió y se acercó a él, dejando que la guiara, hasta quedar cómodamente sentada en su regazo. Sasuke le rodeó las caderas con un brazo, levantándole la camisa para poder apoyar la mano directamente en sus braguitas.
—¿Y cómo se encuentra la señorita Hyuga esta mañana?
—Cansada —respondió ella con un suspiro—, pero feliz. —Lo miró alarmada—. Si no te parece una falta de respeto.
—No me lo parece. Yo también estoy feliz. Y muy aliviado. —Cerrando los ojos, echó la cabeza hacia atrás y suspiró—. Estaba seguro de que iba a perderte.
—¿Por qué?
—Hinata, si alguien hiciera un análisis de costes y beneficios de mí, llegaría a la conclusión de que soy una inversión de alto riesgo, alto coste y escasos beneficios.
—Tonterías, yo no te veo así.
Él sonrió débilmente.
—Sólo porque eres la compasión personificada. Debo admitir que todavía no conoces mis principales talentos. —Con la voz ronca y los ojos brillantes, añadió—: Aunque ardo en deseos de ponerlos a tu disposición una y otra vez. Y otra, y otra, ad infinítum, hasta que estés cansada de los dos. Y totalmente, felizmente saciada.
Hinata tragó saliva. No fue fácil.
Él la besó en la frente y dejó el café en la mesa auxiliar para poder abrazarla.
—Gracias por quedarte.
—Te quiero, Sasuke. Vas a tener que aceptar que no voy a irme a ninguna parte.
Como respuesta, él la abrazó, pero guardó silencio.
—Y no tienes que conquistarme con tus proezas sexuales. Ya me has conquistado —susurró Hinata—. Tu mejor cualidad está en tu corazón, no en otras partes de tu cuerpo. Tu corazón fue el culpable de que me enamorara de ti.
Guardó silencio durante tanto rato, que ella pensó que se había disgustado. O sentido insultado.
«Supongo que no es muy prudente poner en duda las proezas sexuales de un futuro amante antes de haber tenido la oportunidad de probarlas.» Abrió la boca para disculparse, pero él la interrumpió levantando la mano.
La besó con decisión, con la boca cerrada, antes de empezar a tirar de su labio inferior, a juguetear con su lengua y a acariciarla con la suya.
Cuando dejó de besarla, la abrazó y le susurró al oído:
—Me desarmas. No puedo ocultarte nada. Eres la única persona que me sigue queriendo a pesar de todos mis defectos. Sólo tú, mi amor.
Hinata se había dado cuenta de que Sasuke usaba la sexualidad como un escudo para protegerse del amor y de la auténtica intimidad. Su confesión no hizo más que confirmar lo solo que debía de haberse sentido los últimos años. Solo como cuando su madre lo había ignorado o durante la difícil adaptación a ser un niño adoptado. Si a toda esa soledad le añadía el dolor por la muerte de Sarada, el resultado era tan desgarrador que, aunque trató de no llorar, no lo logró.
—Chist, no llores —susurró Sasuke, secándole las lágrimas y besándola en la frente—. Te quiero. No llores por mí.
Ella se acurrucó en sus brazos y trató de reprimir las lágrimas. Él le acarició la espalda suavemente. Cuando se hubo calmado, Hinata dijo:
—Te amo, Sasuke. Y creo firmemente que Biwako estaría muy orgullosa de ti.
Él frunció el cejo.
—Yo no estoy tan seguro de eso. Aunque sin duda estaría muy orgullosa de ti y de todos tus logros.
Ella sonrió.
—Biwako tenía el don de la misericordia.
—Es cierto. Y, curiosamente, uno de sus libros favoritos, A Severe Mercy, trataba de ese tema. Pasó años insistiéndome para que lo leyera. Tengo un ejemplar en el estudio. Tal vez debería leerlo.
—¿De qué va?
—De una pareja joven. El hombre acaba estudiando en Oxford y se convierte en el protegido de C. S. Lewis. Es una historia real.
—Me encantaría ir a Oxford a visitar los lugares donde los Inklings bebían cerveza y escribían sus historias. Tsunade Senju habla mucho de Oxford.
Sasuke volvió a besarla en la frente.
—Me encantaría llevarte. Te enseñaré las estatuas del Magdalen College que inspiraron a Lewis para escribir El león, la bruja y el armario. Podemos ir en junio, si quieres.
Hinata sonrió y le devolvió el beso.
—Si me prestas el libro de Biwako, me lo llevaré a Italia. Será agradable tener lectura durante el viaje.
Con una sonrisa sugerente, él le dio un golpecito con el dedo en la punta de la nariz.
—¿Qué te hace pensar que tendrás tiempo para leer?
Ruborizándose, Hinata murmuró una vaga respuesta, pero Sasuke siguió hablando, esta vez mucho más serio.
—Siento haberme detenido tan bruscamente anoche. Sé que no es justo provocarte de esa manera y luego... —Se calló, esperando su reacción.
Ella lo rodeó con los brazos y apretó con fuerza.
—Fue una noche llena de emociones. Me gustó poder estar a tu lado y dormirme entre tus brazos. Sólo quería consolarte. La manera me daba igual. No tienes que disculparte.
Él le sujetó la cara entre las manos.
—Hinata, tu mera presencia me consuela, pero estaba agotado y había bebido demasiado. La receta perfecta para el desastre. —Negó con la cabeza, avergonzada—. No quería que nuestra primera vez estuviera lastrada con los fantasmas de mi pasado. Quiero que vayamos a un lugar donde estemos solos, para que podamos construir nuevos recuerdos. Recuerdos felices.
—Por supuesto. Aunque debo decir que me sentía bastante feliz ayer por la noche, mientras me besabas —bromeó ella, dándole un beso suave, que él le devolvió con entusiasmo.
—¿No estás enfadada?
—Sasuke, eres un caballero y merece la pena esperar por ti. ¿Qué clase de mujer sería si te montara una escena porque decidiste parar? Si la situación hubiera sido al revés, habría confiado en que lo aceptaras sin enfadarte.
Él frunció el cejo.
—Por supuesto. Siempre puedes decirme que pare y no me enfadaré. —Bueno, pues lo que vale para el ganso vale para la gansa. —Ah, así que ahora soy un ganso. —Mejor un ganso que un viejo verde.
—Ah, no, por favor —le suplicó él—. Bromas con la edad, no. Ya me cuesta bastante acostumbrarme a nuestra diferencia.
Ella se echó la coleta hacia atrás.
—Nuestras almas deben de tener la misma edad y, en cualquier caso, ¿quién lleva la cuenta?
Sasuke le dio un tironcito de pelo.
—Eres increíble. Eres inteligente, divertida y, qué demonios, preciosa. Anoche, mientras te besaba los pechos... —Le colocó una mano reverentemente sobre el corazón—. Rivalizas en belleza con la musa de Botticelli.
—¿De Botticelli?
—¿No te has dado cuenta de que en muchas de sus obras aparece la misma mujer? La he elegido como tema para la conferencia en los Uffizi.
Hinata le sonrió con dulzura. Imitando su gesto, le colocó la mano sobre el corazón.
—Me muero de ganas.
—Yo también —replicó él, con voz ronca.
Después de una ducha solitaria, a Hinata le costó bastante convencer a Sasuke para que la dejara ir de compras sola. Finalmente, tuvo que decirle que quería comprar lencería para que se rindiera.
—Prométeme que te quedarás conmigo hasta que salgamos de viaje.
—Tengo que hacer las maletas. Lo tengo todo en mi apartamento. —Cuando acabes de comprar, dile al taxista que te lleve a casa, haz las maletas y vuelve aquí. Tengo que hacer unos recados, pero ya tienes llave, así que no hay problema.
—¿Y qué recados tiene que hacer hoy el profesor Uchiha?
Él esbozó una sonrisa seductora y Hinata sintió que tenía las braguitas a punto de deslizársele por las caderas y caer al suelo como si tuvieran vida propia.
—Tal vez yo también tengo que ir a hacer unas compras... personales. —Inclinándose hacia ella, le susurró al oído—: Te dije que era un buen amante, Hinata. Confía en mí. Me encargaré de todos los detalles.
Ella se estremeció al sentir su aliento en el cuello, que se le coló bajo el pañuelo que aún llevaba para ocultar el mordisco. No sabía a qué se refería, pero se sintió seducida y hechizada por sus palabras.
La poseía, en cuerpo y alma.
Mientras Hinata elegía conjuntos de lencería, le sonó el iPhone. Al mirar la pantalla, vio un mensaje de texto de Sasuke:
¿Qué estás mirando? S.
Ella se echó a reír y tecleó una respuesta:
Cosas diminutas. Hinata
Sasuke respondió inmediatamente:
¿Cómo de diminutas? S.
P. D.: Envía fotos.
Hinata puso los ojos en blanco.
Demasiado diminutas.
Nada de fotos.
Estropearían la sorpresa.
Te quiero,
Hinata
El siguiente mensaje de Sasuke tardó un poco más en llegar.
Cariño,
ninguna foto podría estropear la experiencia de verte en toda tu gloria por primera vez.
Eres preciosa.
Todo mi amor, S.
Hinata tecleó rápidamente:
Gracias,
Sasuke.
Te quiero mucho.
El mensaje de despedida de él le llegó mientras entraba en el probador:
Yo también te quiero mucho,
cariño.
Diviértete...
y vuelve a casa pronto. S.
Los siguientes dos días fueron un torbellino de actividad. Sasuke entregó las notas y completó sus tareas administrativas en la facultad. El semestre llegaba a su fin.
Hinata concertó cita en un centro de belleza, aunque, a causa de su bajo umbral de tolerancia al dolor y de su amor por todo lo italiano, declinó educadamente la proposición de la esteticista de que probara una depilación brasileña.
Sasuke había mantenido casi todos los preparativos en secreto para darle una sorpresa, así que una asombrada Hinata entró del brazo de él en el Gallery Hotel Art un día de diciembre más cálido de lo normal. El hotel era lujoso, moderno y se encontraba muy cerca del Ponte Vecchio, el puente favorito de ella, a escasos minutos del Ponte Santa Trinitá, que aparecía en el cuadro de Holiday de Dante y Beatriz.
El conserje, Paolo, los saludó inmediatamente. Aunque Sasuke no se había hospedado antes en ese hotel, el dottore Massimo Vitali, director ejecutivo de la Galería de los Uffizi, le había dado instrucciones al hombre para que tratara con la máxima amabilidad al profesor Uchiha y a su fidanzata. De hecho, Paolo los acompañó personalmente a la suite del séptimo piso, junto con el botones. Su suite se llamaba Palazzo Vecchio Penthouse.
Cuando los tres hombres se separaron como las aguas del mar Rojo para que Hinata entrara en la habitación, ella ahogó una exclamación. Era la habitación más bonita que había visto nunca. El suelo, de madera oscura, contrastaba con las paredes claras. El salón estaba decorado con muebles modernos y elegantes al mismo tiempo. Una puerta corredera de cristal lo separaba del dormitorio.
Éste era espacioso. El sitio de honor lo ocupaba una gran cama ricamente cubierta con sábanas y colcha, todo inmaculadamente blanco. A pocos pasos, otra puerta de cristal daba a la terraza, lo que permitía que la luz del sol se reflejara en la cama. En uno de los cuartos de baños había una bañera parecida a la del hotel de Filadelfia, mientras que en el otro había una ducha y dos lavabos. Tras una ojeada a la bañera, Sasuke decidió que la estrenaría con Hinata esa misma noche.
Pero lo mejor de la suite era la terraza, que ofrecía impresionantes vistas del Duomo, el Palazzo y las colinas cercanas. Hinata se imaginó acurrucándose junto a Sasuke en el cómodo futón que había fuera, mirando las estrellas con una copa de chianti en la mano. O tal vez, pensó ruborizándose, haciendo el amor a la luz de las velas bajo aquellas mismas estrellas.
«Orgasmos con Sasuke a la luz de la luna...»
Cuando se quedaron solos, lo abrazó con fuerza y le dio las gracias una y otra vez por haber elegido una habitación tan bonita.
—Todo es poco para ti, mi amor. —Sasuke la besó dulcemente—. Todo es poco.
Nada le habría gustado más que tumbar a Hinata sobre la cama y hacerle el amor inmediatamente, pero sabía que casi no había dormido en el avión y que estaba cansada. Mientras trataba de besarla, a ella se le escapó un bostezo y él se echó a reír.
—Tendría que pasarme por los Uffizi. ¿Te importa si te dejo aquí sola? Puedes dormir la siesta o, si lo prefieres, puedo llamar a recepción para que te den un masaje.
Los ojos de Hinata se iluminaron al oír la palabra «masaje», pero sabía que tenía demasiado sueño para disfrutarlo.
—Lo de la siesta suena muy bien. Sé que no es la mejor manera de superar el jet lag, pero seré una compañía mucho más agradable durante la cena y... bueno, luego, si puedo dormir un poco...
Se ruborizó.
Sasuke le acarició la mandíbula con un dedo.
—Sólo te lo diré una vez, Hinata: no hay prisa. Podemos dedicar la noche a descansar. Aunque me gustaría que probáramos la bañera. Juntos —añadió, con una media sonrisa seductora.
—Me encantaría.
Él le besó la punta de la nariz.
—He encargado algunos productos de la Farmacia di Santa Maria Novella. Mira a ver si alguno te gusta y lo usaremos. Mientras tanto, reservaré mesa para cenar a las nueve o nueve y media.
—Perfecto. ¿Adónde iremos?
Él le dedicó una sonrisa radiante.
—Al Palazzo dell'Arte dei Giudici. ¿Lo conoces?
—He pasado por delante, pero no he entrado nunca. No sabía que hubiera un restaurante dentro.
—Tengo muchas ganas de enseñártelo. —Llevándose la mano de Hinata a los labios, la besó—. He encargado una cesta de fruta y unas cuantas botellas de agua mineral. Pide lo que quieras. —Riéndose, añadió—: Pero el champán guárdalo para cuando vuelva. Nos lo tomaremos en la bañera.
Ella bajó la vista.
—Me estás malcriando.
Él le levantó la barbilla con un dedo.
—No, cariño, no te malcrío; sólo te trato como te mereces. Llevas toda la vida rodeada de idiotas. Yo, el peor de todos.
—Sasuke, eres muchas cosas, pero no eres idiota.
Poniéndose de puntillas, le dio un suave beso en los labios antes de desaparecer en el cuarto de baño para darse una ducha.
Varias horas más tarde, Sasuke regresó de una cordial reunión con su amigo Massimo Vitali.
Mientras tomaban café expreso, hablaron de la conferencia del día siguiente y de los planes para el banquete que se serviría en su honor al terminar, en la misma Galería de los Uffizi. Sasuke se sentía muy agradecido, más por Hinata que por él. Se imaginaba que le encantaría participar en un acto tan festivo en su museo de arte favorito.
Al regresar a la suite, Sasuke la encontró dormida en el centro mismo de la cama, con un pijama de raso color champán. Tenía el pelo suelto alrededor de la cabeza, como un halo color azulado. Parecía una bella durmiente.
Tras observarla dormir unos segundos, la besó en la mejilla. Al ver que no se movía, se sirvió una copa y se sentó en la terraza. Era agradable tener un momento para él, para planificar y soñar con los días que tenían por delante. Tenía la sensación de que alguien lo había liberado de la pesada carga que había llevado sobre los hombros. Hinata conocía la verdad sobre Sakura y Sarada y lo seguía amando. Se habían librado del comité de la universidad tras sobrevivir a un semestre académico juntos. Tenía muchas cosas por las que dar gracias. Sobre todo, por tener a su Hinata para él solo durante dos semanas.
«Hinata no es de esas chicas a las que uno deja tiradas después de follársela. Es de las chicas con las que uno se casa.»
Las palabras de Asuma le vinieron a la mente.
Asuma tenía razón. Hinata era especial. Era una mujer hermosa, inteligente y compasiva, que amaba y se entregaba apasionadamente. Se merecía mucho más que una simple aventura, aunque Sasuke se negaba a calificar su relación de aventura y no le importaba lo que pensaran los demás. Comprobó que la cajita de terciopelo que había escondido en el bolsillo de la americana seguía allí. La idea de tener una relación duradera con alguien siempre le había parecido muy remota, pero ella había cambiado su manera de pensar.
Esa noche le demostraría lo mucho que la amaba. Quería adorarla. Empezaría relajándola con un baño de espuma y un masaje, para que no se sintiera incómoda con su desnudez. Hinata era tímida, pero quería que esa noche se sintiera sexy y deseable. Sasori había dejado graves grietas en su confianza. Había llegado a creer incluso que era frígida. Pensaba que era torpe en temas de sexo y tenía miedo de defraudarlo.
Sasuke sabía que convencerla de que nada de eso era cierto llevaría su tiempo, un tiempo que también necesitaría para curarse las heridas. Pero estaba decidido a devolverle la confianza y a conseguir que se viera como la veía él: sexy, atractiva y apasionada.
Sólo lo lograría con paciencia y decisión. Tenía muchas ganas de demostrarle su amor y de poner sus técnicas amatorias a su servicio. Sabía que ella nunca le exigiría nada, lo que hacía que la idea de dárselo todo fuera mucho más satisfactoria.
Si Hinata no fuera tan tímida, le propondría hacer el amor en la terraza. Pensar en su suave y pálida piel brillando a la luz de las estrellas hacía que el corazón se le acelerara y el pantalón le apretara. Pero no creía que fuera buena idea hacer el amor por primera vez al aire libre. Lo último que quería era que se sintiera incómoda.
«Tendremos que volver en otra ocasión», pensó.
Esa tarde, a las ocho, la señorita Hyuga acababa de retocarse el peinado mientras su novio la miraba con deseo desde la puerta del cuarto de baño. La adoraba. Era evidente en cada mirada, cada caricia, en el modo en que se quedaba embobado observándola hacer las cosas más sencillas.
Se había ondulado el pelo y se había hecho un recogido, dejándose algunos mechones enmarcándole el rostro, mechones que Sasuke deseaba enrollarse en el dedo. La esteticista de Toronto le había dado un tubo de maquillaje corrector, capaz de ocultar hasta las marcas más rebeldes. Era tan eficaz que Hinata no tuvo que ponerse el pañuelo para cubrir la marca del mordisco de Sasori. Poder olvidarse de eso durante unas horas le causó una gran alegría, entre otras cosas porque el bonito pañuelo de Biwako no habría quedado bien con su atuendo.
Era un sedoso vestido nuevo, verde esmeralda, de manga larga y escote de pico, largo hasta la rodilla. Llevaba medias negras con ligas y estaba a punto de ponerse los zapatos de tacón negro de Prada.
Mientras Sasuke la observaba agacharse para ponérselos, se juró que le compraría muchos más pares. Los zapatos de tacón no sólo hacían maravillas con sus piernas, sino también con su escote al agacharse.
—Permíteme —dijo, acuclillándose delante de ella con su traje azul marino recién planchado.
Le cogió la mano y la apoyó en su hombro para ayudarla a mantener el equilibrio, mientras le levantaba un pie y después el otro para ponerle los zapatos.
—Gracias —murmuró Hinata.
Él sonrió y le besó la mano.
—Por ti cualquier cosa.
Ella sacó su gabardina tres cuartos negra del armario y se disponía a ponérsela cuando Sasuke se la arrebató de las manos.
—Déjame hacerlo —le pidió—. Quiero mimarte.
—Es una gabardina, Sasuke. Puedo ponérmela sola.
—Ya lo sé. Pero también es una oportunidad para comportarme como un caballero y honrarte. No me prives de ella.
Ella se ruborizó, pero asintió. No estaba acostumbrada a recibir tanta atención, aunque con él estaba empezando a acostumbrarse. Quería aceptar sus atenciones con naturalidad, pero no siempre le resultaba fácil creer que merecía ser tratada así. Levantó la cara para darle un beso y susurrarle las gracias contra los labios.
Con ella cogida de su brazo, Sasuke la guió hasta el restaurante.
Hinata y Sasuke pasearon tranquilamente por las calles adoquinadas. Desde el Palazzo Vecchio fueron al Palazzo dell'Arte dei Giudici, riendo y recordando anteriores visitas a la ciudad. Iban despacio, porque recorrer Florencia con zapatos de tacón no era tarea fácil. Por suerte, Sasuke la llevaba bien sujeta del brazo y eso le permitía caminar con seguridad, aparte de evitarse los silbidos y piropos de los jóvenes florentinos. La ciudad no había cambiado mucho desde los tiempos de Dante.
El restaurante que Sasuke había elegido se llamaba Alle Murate. Estaba situado cerca del Duomo, en un edificio del siglo XIV que había albergado un gremio y tenía unos impresionantes frescos de la época en las paredes y el techo. Incluso había un retrato de Dante. Hinata se quedó abrumada por la belleza de las pinturas y se distrajo mirándolas mientras el maître los conducía a su mesa.
Sasuke había reservado un rincón tranquilo en el altillo que dominaba la sala principal, justo debajo del techo abovedado. Era la mejor mesa, ya que permitía contemplar de cerca las imágenes medievales. Cuatro ángeles petrificados en las pinturas al fresco flotaban sobre sus cabezas. Hinata cogió la mano de Sasuke y la apretó. Estaba exultante de felicidad.
—Es precioso. Gracias. No tenía ni idea de que existían estos frescos.
Él sonrió ante su entusiasmo.
—Y mañana será aún mejor. Massimo me ha dicho que la conferencia tendrá lugar cuando el museo ya esté cerrado. Tras la recepción con autoridades locales y gente del mundo académico, habrá un banquete en la propia galería. Será un acto formal pero no de etiqueta y nosotros seremos los invitados de honor.
Hinata sonrió, tensa.
—No he traído ropa para un acto formal.
—Estoy seguro de que estarás preciosa con cualquier cosa que te pongas, pero entiendo que no quieras repetir vestido, así que me temo que mañana tendré que llevarte de compras. —¿Estás seguro de que no prefieres ir solo a la conferencia? El banquete es en tu honor y estarás muy solicitado. Tal vez te sientas más cómodo si puedes relacionarte libremente, sin estar pendiente de mí.
Él le apartó un mechon de la cara.
—Hinata, tu presencia no sólo es deseada, sino obligatoria. Odio ir a actos sociales solo. Desde siempre. Tenerte a mi lado será la única satisfacción de la noche, te lo aseguro. ¿No quieres acompañarme? —preguntó preocupado.
—Claro, me encanta estar contigo, pero la gente me preguntará quién soy y a qué me dedico. ¿No será un poco incómodo?
El rostro de Sasuke se ensombreció.
—¡Por supuesto que no! He estado esperando a que acabara el semestre para poder disfrutar de tu compañía en público y poder presentarte como mi novia. Y no hay nada vergonzoso en estar preparando el doctorado. La mitad de los presentes lo hicieron en algún momento. Eres una mujer adulta, inteligente y preciosa...
Sonrió con malicia y, tras mirarla, añadió:
—Voy a tener que mantenerte pegada a mí para ahuyentar a los rivales. Van a rodearte como lobos etruscos, luchando entre sí por conseguir la atención de la dama más bella de la fiesta.
Hinata sonrió, agradecida, y se inclinó hacia él para darle un beso.
—En ese caso, me encantará acompañarte.
Como respuesta, Sasuke le besó el dorso de la mano, la palma y la muñeca antes de mover los labios lentamente hasta la manga del vestido. Levantándosela un poco, dejó al descubierto su pálida piel y la besó sin prisas. Arrastró los labios hasta la zona sensible del interior del codo y succionó ligeramente. Aunque Hinata no lo sabía, Sasuke era muy consciente de que el interior del codo es una zona particularmente erógena.
El carraspeo del camarero a su espalda sólo logró que Sasuke detuviera un momento sus atenciones. Pero ver a Hinata ruborizarse lo convenció de que debía soltarle el brazo, aunque lo hizo a regañadientes.
Mientras bebían vino de la Toscana y tomaban unos antipasti, Sasuke le preguntó por su anterior estancia en Italia, dónde se había alojado y a qué se dedicaba. Cuando ella le contó que había visitado los Uffizi casi a diario para contemplar las obras de Botticelli, se preguntó muy seriamente si existiría el destino. Y se maravilló de haber sido tan afortunado como para haberla encontrado no una vez, sino dos.
Cuando ya habían acabado el segundo plato y estaban mirándose a los ojos e intercambiando castos besos, Sasuke le soltó la mano y rebuscó en el bolsillo de la americana.
—Tengo algo para ti.
—Sasuke, el viaje es un regalo maravilloso y ahora además quieres comprarme un vestido. No puedo aceptar nada más.
Él negó con la cabeza.
—Esto es distinto. Antes de que te lo dé, quiero que me prometas que lo aceptarás.
Hinata lo miró a los ojos. No estaba bromeando. De hecho, estaba muy serio. Se preguntó qué escondería en la mano.
—No puedo prometerte eso sin saber qué es.
Él hizo una mueca.
—Prométeme al menos que no te cerrarás en banda.
—Por supuesto.
—Extiende la mano.
Hinata hizo lo que le pedía y Sasuke le colocó una cajita de terciopelo negro sobre la palma. Ella contuvo el aliento.
—No es un anillo, así que puedes volver a respirar —dijo sonriendo, aunque se notaba que estaba tenso.
Al abrir la caja, Hinata no reaccionó. Sobre el terciopelo negro había dos pendientes de diamantes, grandes, redondos y perfectos, de aproximadamente un quilate cada uno.
—Sasuke, yo... —Hinata no encontró palabras.
—Antes de que los rechaces, me gustaría contarte su historia. ¿Me escucharás, por favor?
Ella asintió, fascinada por el brillo de los diamantes.
—Eran de Biwako. Hiruzen se los regaló cuando le dijo que la amaba. No tardó mucho tiempo en enamorarse perdidamente de ella. Cuenta la leyenda que vendió su coche para comprarle estos pendientes.
Hinata se quedó con la boca abierta. Por supuesto, se los había visto puestos a Biwako muchas veces. Casi nunca se los quitaba.
—Quiero que sean para ti.
Ella negó con la cabeza y, con mucho respeto, casi con reverencia, cerró la caja y se la devolvió.
—No puedo. Eran de tu madre. Debes tenerlos tú.
—No.
—Sasuke, por favor. Deberías dárselos a Tenten o a Asuma.
—Tenten y Asuma tienen otras cosas. Hiruzen me dio los pendientes a mí. —Sasuke empezó a sentir pánico. Entornó los ojos y se concentró en la pequeña superficie de terciopelo rodeada por su piel de porcelana—. Si los rechazas, me harás mucho daño.
Aunque lo dijo susurrando, sus palabras la golpearon con la fuerza de un grito.
Hinata tragó saliva y reflexionó unos instantes antes de decir:
—Lo siento. Son preciosos y no puedo expresar con palabras lo honrada que me siento, pero no me parece correcto.
Vio que el estado de ánimo de él pasaba de herido a disgustado y bajó la vista hacia el mantel.
—No me has entendido, Hinata. No te los doy para que tengas algo de Biwako. No son como el pañuelo o el collar de perlas.
Ella se mordió el labio inferior mientras esperaba a que siguiera hablando.
Él se inclinó y le puso una mano en la mejilla.
—Te los regalo para conmemorar que ya te he entregado mi corazón. —Tragó saliva—. Es mi manera de decirte que eres el amor de mi vida y que quiero que siempre lleves algo mío contigo. ¿No lo ves? Estos diamantes representan mi corazón. No puedes rechazarlos.
Hinata vio que hablaba completamente en serio. Si le hubiera regalado un anillo de compromiso se habría sorprendido mucho, pero lo habría aceptado. Sabía que no había en el mundo otra persona para ella, sólo él. Entonces, ¿por qué dudaba?
Por un lado, era una cuestión de orgullo, pero por otro, la idea de hacerle daño al rechazar su regalo le resultaba intolerable. No quería herirlo. Lo amaba. Y suponía que eso respondía a su dilema.
—Son preciosos. Son el regalo más bonito que he recibido nunca, sólo comparable al de tu amor. Gracias.
Él le besó los dedos, agradecido.
—Biwako se sentirá muy feliz si sabe que nos hemos encontrado. Creo que nos está viendo desde arriba y nos está bendiciendo. Y creo que está muy contenta al ver que le he regalado los pendientes a la mujer que amo.
Sonriendo, la abrazó apasionadamente.
—Gracias —susurró.
Después de besarla, le quitó la cajita de la mano y la ayudó a ponerse los pendientes, dándole un beso en cada lóbulo al acabar.
—Meravigliosa.
Hinata se rió, nerviosa.
—Todo el mundo nos está mirando.
—No todo el mundo. El camarero está en la cocina —bromeó él, lo que provocó la risa de Hinata una vez más.
Mirándola fijamente, se inclinó hacia ella y le susurró al oído:
—«Qué hermosa eres, amada mía».
Hinata se ruborizó al reconocer las palabras del famoso poema hebreo, el Cantar de los Cantares. Inclinándose hacia él, murmuró:
—«En mi lecho, por la noche, busqué al amado de mi alma. Lo busqué, pero no lo encontré. Me levantaré y recorreré la ciudad; lo buscaré por las callejuelas y las avenidas».
Sasuke sonrió, mirándola con sorpresa y admiración y la besó hasta que el camarero regresó.
Hinata no quiso postre y, como ya se habían acabado el vino, se dirigieron hacia el hotel como flotando.
—¿Qué tal van tus pies? —preguntó él, mirando con deseo sus preciosos zapatos.
Ella le apretó la mano.
—No los siento. En estos momentos, lo único que siento es una gran felicidad.
Sasuke le sonrió con ternura.
—Qué dulce eres. —Le enredó un dedo en un mechon del cabello—. ¿Podrás soportar que demos un rodeo? El Duomo es precioso de noche y nunca te he besado delante de él. Cuando ella asintió, Sasuke la condujo hasta la catedral para admirar la cúpula de Brunelleschi. Era uno de los grandes hitos de la arquitectura renacentista: una enorme cúpula cubierta de tejas, que se elevaba sobre la preciosa iglesia. Se acercaron a la puerta principal, que no quedaba lejos del baptisterio y levantaron la vista. Incluso de noche era impresionante.
Acercando a Hinata a su pecho, Sasuke la besó con dulzura, enredando los dedos en los mechones sueltos de su cabello.
Ella gimió débilmente cuando él le besó el lóbulo de la oreja y se lo succionó con delicadeza.
—No te puedes imaginar cómo me siento al saber que he sido yo quien te ha regalado estos pendientes —susurró Sasuke, acariciándole la oreja con la nariz—. Sabiendo que llevas puesto mi amor y que todo el mundo puede verlo.
Hinata respondió con un beso apasionado.
Tomados de la mano, fueron hasta el Ponte Santa Trinità, el lugar donde Dante vio a Beatriz. Desde allí contemplaron el Arno, iluminado por las luces de los edificios que se alzaban a lado y lado.
—Hinata —murmuró él, abrazándola mientras miraban el río.
—Sasuke. —Hinata levantó la cara, preparándose su beso.
Él la besó, suavemente al principio, pero luego cada vez con más intensidad. Al final, se apartó de ella, consciente de que se estaban convirtiendo en un espectáculo para los transeúntes.
—Me siento tan feliz por haberte reencontrado. Nunca lo había sido tanto.
Le acarició la mejilla con un dedo y la besó en la frente.
Impulsivamente, ella lo agarró por la corbata de seda y tiró hasta que sus caras quedaron casi tocándose.
—Te deseo —susurró, acercándolo aún más para besarlo.
No fue un beso cualquiera. La tigresa estaba emergiendo bajo la piel de la gatita. La pasión de Hinata, alimentada por el afecto de Sasuke, pasó de su boca a la de él mientras se esforzaba por de mostrarle la intensidad de sus sentimientos. Sus manos, que generalmente ella mantenía quietas sobre sus hombros o en su pelo mientras lo besaba, le exploraron el pecho y se desplazaron hasta su espalda, acariciando sus músculos y pegándolo más a ella.
Su ataque era delicioso. Sasuke contraatacó dentro de unos límites, muy consciente del puente que tenía a la espalda y de los grupos de jovenzuelos impertinentes que no paraban de pasar por su lado.
Cuando ambos estuvieron jadeando, Hinata le susurró al oído:
—Hazme tuya. Ahora.
—¿Estás segura? —preguntó él con voz ronca, acariciándole las caderas y el trasero.
—De todo corazón.
Sasuke le pasó un dedo sobre el labio inferior, hinchado por sus besos.
—Sólo si estás preparada.
—Te deseo desde siempre, Sasuke. Por favor, no me hagas esperar más.
Él se echó a reír suavemente.
—En ese caso, será mejor que nos vayamos de este puente —dijo, dándole un beso.
Se apartó unos pasos para hacer una rápida llamada telefónica. A Hinata le pareció que le daba alguna instrucción al conserje en italiano, pero no lo entendió todo, porque él se dio la vuelta y bajó el tono de voz.
Cuando se lo preguntó, se echó a reír.
—Ya lo verás.
Tardaron un poco más de la cuenta en llegar al hotel, ya que cada pocos pasos uno de los dos agarraba al otro para darle un beso apasionado. Hubo risas y caricias suaves; hubo abrazos tiernos y murmullos seductores y uno o dos tangos contra la pared de algún callejón oscuro.
Aunque no habría hecho falta ningún tipo de seducción, ya que toda ésta había tenido lugar en un huerto de manzanos años atrás.
Cuando entraron en la suite, Sasuke llevó a Hinata directamente a la terraza. Ambos vibraban de electricidad compartida y de deseo. Fue ese deseo, que la cegaba, lo que hizo que ella tardara un poco en darse cuenta de la transformación que había sufrido la terraza. Habían colocado grandes velas por los rincones. Su cálida luminosidad se unía a la luz de las estrellas. El aire olía a jazmín. Los cojines y la manta de cachemira sobre el futón eran muy tentadores.
Había una botella de champán en una cubitera y, cerca, un plato de fresas bañadas con chocolate y otro con lo que parecía tiramisú. Por último, Hinata se dio cuenta de que sonaba música de Diana Krall.
Sasuke se acercó por detrás y le rodeó la cintura con los brazos, acariciándole la oreja con la nariz.
—¿Te gusta?
—Es precioso.
—Tengo planes para esta noche, mi amor. Y me temo que esos planes no incluyen dormir hasta dentro de mucho rato.
Hinata se estremeció al oír su voz, grave y sensual.
Él la abrazó con más fuerza.
—¿Te estoy poniendo nerviosa?
Ella negó con la cabeza.
Sasuke empezó a besarle el cuello, deslizando los labios suavemente sobre su piel.
—Ésta es una declaración de deseo —murmuró él—, pero esta noche dejará de ser una declaración y se convertirá en realidad cuando te lleve a la cama y te convierta en mi amante. Hinata se estremeció una vez más. Esta vez, Sasuke levantó el brazo y se lo pasó por encima de la clavícula.
—Relájate, cariño. Esta noche está dedicada al placer. Tu placer. Pienso hacerte gozar durante horas.
Tras besarle la mejilla, le dio la vuelta muy lentamente.
—Los preliminares son muy importantes. Y dado que esto es nuevo para los dos, hay unas cuantas cosas que me gustaría hacer para empezar.
La miró a los ojos, esperando su reacción.
—Soy tuya, Sasuke.
Sonriendo, él la abrazó.
—Quiero explorar tus sentidos, el oído, el gusto, la vista, el tacto... Quiero tomármelo con calma, excitarte poco a poco. —Bajó la voz—. Sobre todo, quiero que tu cuerpo aprenda a reconocer al hombre que te adora, sólo por el tacto.
—Ya te reconozco, Sasuke. Sólo existes tú.
Él la besó apasionadamente mientras las notas de Bésame mucho empezaban a sonar.
—¿Bailas conmigo?
—Por supuesto.
«Como si fuera a renunciar a la oportunidad de tenerte entre mis brazos.»
Cuando él la acercó a su cuerpo, Hinata le besó la mejilla.
—¿Es nuestra canción? —preguntó, acariciándole el labio inferior con un dedo.
—Debería serlo —respondió Sasuke—. Lo recuerdo todo de aquella noche: tu pelo, tu vestido. Estabas espectacular. Y yo fui un imbécil. Sólo pensar en las cosas que te dije... —Negó con la cabeza—. ¿Cómo pudiste perdonarme?
Ella le dirigió una mirada de reproche.
—Sasuke, me estás ofreciendo una noche digna de un cuento de hadas. Por favor, no lo estropees.
Él la besó en los labios como disculpa y, tras abrazarla con fuerza, le acarició las costillas. Ya que, aunque Hinata lo ignoraba, Sasuke sabía que aquélla era otra zona erógena de la mujer.
Mientras se movían al ritmo de la música, él le cantaba suavemente al oído, volcando su alma en la letra, pero cambiándola ligeramente para que Hinata supiera que nunca la abandonaría. No se conformaría con menos que la eternidad y ni el mismísimo infierno podría impedirle cumplir ese voto. Un voto que no había pronunciado en voz alta.
Todavía.
Hinata alzó la vista y se quedó mirando sus labios, memorizando su forma y su textura. Mientras le mordisqueaba el labio inferior y se lo succionaba hasta metérselo en la boca, le hundió los dedos en el pelo. La boca de Sasuke era dulce, húmeda y muy cálida. Pero en ella también encontró hambre, necesidad, pasión, amor y devoción. Con sus besos, él accedía a todas las partes de su cuerpo y de su alma. Hasta en los dedos de los pies sentía su adoración y su deseo.
Dos cuerpos se apretaban en un baile. Era la danza de dos amantes ansiosos, llenos de expectativas.
Continuara…
