Lysandre Ainsworth le dio las gracias al muchacho de la oficina de telégrafos, le pagó por sus servicios y al salir, ordenó a Ambrose que le llevara de vuelta a casa lo más rápido posible. Tenía la piel blanca como la cera y a pesar del sofocante calor que hacía aquel día, tan fría como la de un muerto, pero si su mayordomo había notado cambio alguno en su aspecto, sin duda por prudencia, había decidido no decir nada. ¡Y gracias al cielo! Porque en su estado de ánimo lo más probable es que Lysandre no hubiese sido capaz de articular palabra.
Al llegar a casa se encerró en el salón, esperó a que el anciano se perdiera por los pasillos de la enorme vivienda y finalmente se desabrochó la americana y aflojó el nudo de la corbata. Después se dejó caer sobre la banqueta de su nuevo piano, levantó la tapa que protegía el teclado de la suciedad y el polvo y retiró el estrecho paño de terciopelo morado que dormía sobre las teclas, solo para quedarse mirando fijamente el instrumento; lo había comprado hacía poco menos de dos semanas y aunque la música sin duda le complacía como al que más, no tenía ni idea de cómo hacer cantar a aquella belleza de marfil y ébano. Lo cierto es que lo había comprado por capricho, tal vez incluso para complacer a una atractiva desconocida que le había mirado con buenos ojos y a quien probablemente no volvería a ver.
¡Qué absurda resultaba ahora aquella adquisición!
El viudo estiró la mano en dirección al candelabro de tres brazos de bronce tallado que descansaba sobre la cima del instrumento y acarició las estrías de su estilizado pie.
Toda la casa estaba llena de objetos inútiles que no utilizaría jamás, de antigüedades que solo servían para que los demás le admirasen, pero ¿de qué le había servido aquella admiración? ¿Acaso el dinero le había protegido de la tristeza, de la desdicha o la enfermedad, acaso podía afirmar que le hubiese traído la felicidad que Valerie le había prometido?
Lysandre agitó la cabeza con brusquedad, apartó la mano del candelabro y se la llevó al rostro, tapando así la visión de aquella inútil aunque exquisita pieza de bronce.
―¡Soy un ser humano! —Exclamó mientras se frotaba la cara —Tengo derecho a tomar decisiones egoístas de vez en cuando, a tener caprichos e incluso a actuar de forma impulsiva de vez en cuando ―miró tras de sí con la esperanza de ver un rostro amigo o incluso de escuchar algún consejo de su mayordomo, pero al encontrarse sólo volvió a centrarse en el piano, cabizbajo y con la vista empañada por las lágrimas que ahora inundaban sus ojos.
—Además, todo lo que tengo puede usarse de algún modo u otro y este piano… este piano no parecerá una compra tan caprichosa si resulta que soy un virtuoso, ¿verdad? —dijo esperanzado mientras se frotaba los ojos con fuerza.
A continuación dejó que sus dedos se posaran cuidadosamente sobre el piano, con cierto temor a estropear la belleza del espléndido marfil, y sin más dilación apretó al azar una de sus teclas, haciendo cantar al instrumento con voz grave y siniestra, tal vez tan siniestra como la voz que envenenaba sus pensamientos.
«Aunque la verdad es que aunque aprendáis a tocar o resultéis ser un portento y eso os permita justificar este capricho, no podréis esconder que tal vez no hayáis sido el hijo que vuestros padres habrían querido.» le decía la voz silenciosa de su conciencia mientras de sus labios escapaban todo tipo de excusas y frases de aliento.
Absorto en aquella pelea que no parecía tener fin y habiendo perdido por completo el control de sus extremidades, Lysandre no se dio cuenta de que sus dedos habían estado machacando una y otra vez la misma lúgubre tecla, golpeándola con el dedo índice con tanta fuerza, que cada vez que se hundía podía oírse el chocar de la tecla con la madera que sujetaba el teclado.
Por supuesto, aquel horrible tono repetitivo no tardó en atraer al mayordomo, que como caído del cielo, irrumpió en la habitación en mitad de aquella lamentable escena y con paso decidido, se acercó a Lysandre tanto como pudo antes de que éste levantara la mano que le quedaba libre y le ordenara, mediante un sencillo gesto consciente o inconsciente, que se detuviera.
—Mi señor, ¿puedo saber a qué se debe vuestro repentino interés por la música? —preguntó el mayordomo con tono irritado mientras se masajeaba el puente de la nariz en un desesperado intento de calmar su creciente dolor de cabeza.
El caballero levantó los dedos del teclado, como si de pronto éste le quemara la piel, y acto seguido colocó ambas manos en su regazo y agachó la mirada para ver cómo éstas jugueteaban nerviosas con la tela de su camisa.
—Es ridículo tener un instrumento si uno no tiene ni idea de cómo tocarlo, ¿no os parece? —echó la cabeza hacia atrás, clavó la vista en el techo y al sentir que sus ojos volvían a empañarse los apretó con fuerza, provocando que un par de lágrimas rodaran por sus mejillas. —¿En qué estaría pensando al comprar algo que no puedo utilizar? —rio amargamente.
—Puedo tocar para vos si os apetece. De ese modo tal vez no sintáis que vuestra compra ha sido un derroche.
Ainsworth negó con la cabeza.
―¿Qué sentido tendría eso? —volvió a agitar la cabeza, las palabras escapaban de su mente antes de que pudiera decirlas, sus pensamientos iban y venían a tal velocidad que ni siquiera llegaba a comprender sus propias ideas. ¿Qué trataba de decirle a Ambrose? ¿Que se arrepentía de haber comprado el instrumento, que lamentaba no tener un don para la música, que se sentía solo, que su vida había perdido sentido al mudarse a Cardiff o tal vez que no sabía cómo afrontar la noticia de que su madre estaba en su lecho de muerte?
—Me había dicho a mí mismo que tal vez yo fuera una especie de virtuoso y que sabría qué hacer cuando me sentara delante de esta cosa, pero ya veis, ni siquiera he podido pasar de esta nota y para colmo, ni siquiera sé el nombre de la nota con la que se han obsesionado mis dedos.
A pesar de las protestas de su señor, el mayordomo se acercó a él, tomó asiento a su lado en la banqueta del piano y después de pedir permiso, posó sus manos sobre el instrumento. —Si os aflige no poder hacer uso de esta maravilla, yo podría enseñaros ―tocó una corta y sencilla melodía para respaldar su ofrecimiento. ―Como ya sabéis, años atrás mis labores de mayordomo eran mucho más extensas y puedo decir con orgullo, que aprendí a tocar de forma bastante digna, aunque si vuestro deseo es llegar a tocar como un profesional, me temo que tendréis que buscar a un tutor con más conocimientos que yo. —Hizo una pausa para mirar a su señor y al ver la misma expresión en su rostro, suspiró abatido.
Teal sabía de sobras que aquella minucia nada tenía que ver con el estado de ánimo de su señor, pero por experiencia también sabía que todo hombre, fuera cual fuese su estatus social, era orgulloso y celoso de su intimidad, y aunque le costara un mundo reconocer que Lysandre ya no era el jovencito que años atrás acudía a él para pedirle consejos, no quería volver a ofenderle con un tratamiento demasiado familiar.
—Todos están en casa—habló el aristócrata tras varios minutos de silencio.
—¿Quién, os referís a los hermanos Bonham? —preguntó Ambrose.
—Mi tío Albert, su esposa Gladys, mi hermano Leigh y por supuesto su mujer —volvió a frotarse los ojos, dispuesto a ocultarle sus lágrimas al mayordomo, y giró la cabeza para mirar el cuadro de la granja que adornaba la pared, mientras se preguntaba por qué había sido el último en enterarse del frágil estado de su madre. ¿Acaso había ofendido de algún modo a sus padres?
—No tenía ni idea, mi señor.
—Entonces ya somos dos —replicó Lysandre. —Resulta frustrante que me haya tenido que enterar por el chico de la oficina de telégrafos e incluso más frustrante que haya sido el último en recibir la noticia. ¿Creéis que mis padres me reprochan que no haya vuelto a casa antes, que me haya quedado en la ciudad incluso después de que mi esposa falleciera y que por eso han querido castigarme?
―No creo que sea ese el caso, mi señor ―protestó el mayordomo. ―No es ningún secreto que sois un hombre ocupado, probablemente no querían importunaros con asuntos sin importancia y por eso-
Ainsworth saltó de la banqueta y empezó a pasearse por la sala, yendo de un extremo a otro con cara de pocos amigos. ―¡¿Asuntos sin importancia?! —alzó la voz, una voz grave e imponente. —Dejad que os explique la situación para que no penséis de mí que soy un mal hijo que a la mínima aprovecha para hablar mal de los demás.
—No pienso eso de vos, mi señor.
Preso de su arrebato de ira, Lysandre continuó hablando sin hacer el menor caso al anciano. —Las medicinas de madre ya no surten el menor efecto, obviamente no sé desde cuándo porque como os decía, nadie se ha molestado en avisarme antes. ―escupió con rabia. ―Mi pobre madre languidece día tras día encerrada en aquella casa y yo no puedo hacer nada más para ayudarla, he llegado al límite de mis posibilidades y disculpad si os parezco infantil por no querer reconocer que a todos nos llega la hora tarde o temprano, pero aquí estáis vos con vuestros buenos años a cuestas, muchos más de los que vivirá mi madre e incluso más de los que llegaré a vivir yo y no puedo evitar pensar… —negó con la cabeza, comprendiendo que fuera lo que fuese lo que intentaba reprocharle, carecía de sentido y tras una corta pausa, volvió a empezar.
—Apenas deben de quedarle cuatro semanas de vida y a juzgar por lo tarde que me llegan las noticias podría ser incluso mucho menos ―miró a Teal con ojos enrojecidos, tal vez esperando que éste tratase de calmarle, pero tras no escuchar palabra, escupió despechado:
―¿Sabéis cuánto tiempo he perdido y perderé hasta llegar a Marlow?
El mayordomo no contestó, simplemente se limitó a posar sus manos sobre el piano y acarició las teclas con suavidad, sin atreverse a hacerlo sonar.
Le costaba imaginarse a los señores Ainsworth actuando de forma tan despreocupada ante algo tan grave y aunque sin duda comprendía el enfado de Lysandre, no podía evitar pensar que debía de existir un buen motivo para haber tomado aquella desafortunada decisión. Tal vez la pareja no pudiera creer en las palabras del doctor, tal vez pensaran que el diagnóstico era exagerado o quién sabe, incluso podrían haber esperado solo para estar seguros de que no preocupaban a su hijo sin motivo.
―Pero lo que más me molesta no es todo el tiempo que ya he perdido ―interrumpió Lysandre. ―Lo que de verdad me enfurece es que hayan avisado a todos con tanta celeridad y que me hayan dejado a mí para el final. ¿Cómo debo interpretar eso? —hizo una pausa, se humedeció los labios y tragó saliva, una saliva espesa, caliente, pastosa.
—Puedo entender que mis pobres padres no tuvieran fuerzas para comunicarme la noticia y por supuesto no espero nada de mi tío Albert, pero por lo menos tenía la esperanza de contar con un hermano, aunque ya veo, que mis esperanzas debían de ser demasiado altas o quizá demasiado inocentes.
El ruido de la puerta principal cerrándose puso punto y final a la frase del viudo y acto seguido le siguió el correteo de Samantha que seguramente se dirigía a la entrada para dar la bienvenida a quienes probablemente eran solo Matthew y Lena que volvían de la compra.
―No debéis ofuscaros con algo que ya no tiene remedio, mi señor —habló el mayordomo.
—¿Sabéis cuánto dinero he gastado en ese doctor?
Ambrose arqueó una ceja y miró a Lysandre, el rostro del anciano parecía desconcertado.
El aristócrata se dejó caer sobre el sofá, apoyó la cabeza en el respaldo y se tapó los ojos con el antebrazo. ―No me malentendáis, lo que intento decir, es que después de haber sido tan generoso con ese doctor, uno esperaría recibir un trato un poco más cálido o tal vez que se le informara de algo tan grave, pero supongo que tenéis razón. De nada sirve hacerse mala sangre con algo que ya no puede remediarse —Lysandre ladeó la cabeza, le devolvió la mirada al mayordomo y le ofreció una débil sonrisa cargada de tristeza y remordimiento. —Llegados a este punto, lo único que puedo hacer es volver a casa.
Ambrose se levantó de la banqueta y caminó hacia la puerta.
―Voy a prepararos el equipaje, supongo que querréis salir cuanto antes.
Lysandre se limitó a asentir y justo cuando Teal estaba a punto de abandonar la estancia, pidió que hiciera llamar a Lena.
—He decidido que nos acompañará en el viaje.
«¿Cuándo lo habéis decidido?» quiso preguntar Ambrose, pero en lugar de retar al viudo con una pregunta tan insolente, replicó:
—Es una decisión un tanto arriesgada, ¿seguro que no queréis meditarlo un poco más?
Lysandre se limitó a negar con la cabeza.
—Estoy seguro de que podría ser beneficioso contar con alguien que sea capaz de comprender lo delicado que es este momento y como el padre de Lena también está enfermo, ¿quién mejor que ella para ofrecerme consuelo?
—¿De verdad os parece sensato? —cuestionó el mayordomo. —Es cierto que la conducta de la señorita Bonham ha experimentado una notable mejoría, pero tal vez llevarla de viaje no sea lo más adecuado. Además, yo mismo he pasado por el dolor que supone la pérdida de un padre y de una madre, por lo que me atrevo a afirmar que yo mismo podría ofreceros consuelo, y si lo que queréis es un acompañante más joven, siempre podéis llevar al señor Bonham.
―Sé que sería más lógico llevaros a vos y a Matthew y dejar a la señorita Bonham en casa, pero no me atrevo a dejarla sola con Samantha, y tampoco estoy dispuesto a renunciar a vuestra compañía y pediros que vigiléis a Bonham. Creedme cuando os digo, que esta es la mejor solución posible.
El anciano separó los labios para protestar, pero Lysandre volvió a interrumpirle antes de que pudiera articular palabra.
―Por esta vez, dejad que haga las cosas a mi manera.
—No pensaba contrariaros, mi señor. Solo quería preguntaros si queréis que sea yo quien le dé la noticia a Bonham.
Ainsworth sonrió divertido, aunque la sonrisa no debió de durarle más de unos pocos segundos.
―No os preocupéis, yo mismo lo haré. Decidle a Bonham que se reúna aquí conmigo y poned a Matthew al tanto de la situación.
Ambrose asintió a regañadientes, hizo una reverencia a modo de despedida y fue a buscar a la doncella y al chofer.
Mientras, Lysandre terminó de quitarse la americana, se deshizo de sus zapatos y se acostó en el sofá. Se sentía tan cansado que poco le importaba su aspecto o lo que pudiera pensar de éste una simple sirvienta, lo único que le preocupaba en aquel momento era su madre. ¿Qué pensaría de él? ¿Estaría enfadada por no haber vuelto antes a casa?
