Porque los sueños, sueños son.
Porque los sueños, sueños son.
El 20 de octubre de 1972 Remus Lupin desea haber nacido sordo. Nunca tuvo un oído especial, en realidad la mayoría de las veces Remus no escucha, pero no por problemas auditivos, sino porque está distraído, "en tu mundo", como suele decir Sirius. El problema reside en una persona, y dice persona para no llamarle animal, que lleva toda la mañana hablando en voz demasiado alta, pegado a su oreja derecha.
– ¡No me van a coger! ¡Sé que no me van a coger! –James berrea en mitad del pasillo haciendo que varios chicos de primero se asusten – Y si no me cogen soy capaz de suicidarme. Os juro que me suicidaré.
– Por favor, si vas a suicidarte hazlo pronto, pero deja de meter esos gritos. – Remus cabecea incapaz de soportarlo más.
– Remus, tú no entiendes mi presión, ¿comprendes lo importante que es para mí esto? No sé, es como si tú te presentases a una prueba de selección de empollones o personas que leen libros, a ver quién es capaz de leer más libros… ¡Imagínate que no te cogen! ¡Te suicidarías seguro!
Sirius se ríe a su lado, pero Lupin atisba una sombra bajo esos colmillos brillantes que demuestra que está igual de nervioso. Los dos niños llevan hablando de las famosas pruebas de Quidditch durante los últimas semanas las veinticuatro horas del día: al levantarse, en la ducha, en el desayuno, durante las clases, en la comida, en la habitación por las tardes y antes de acostarse juraría que incluso hablan en sueños. Después del intento fallido de hacer que el pobre Remus aprendiese a volar, los dos comenzaron a centrar su tiempo libre en practicar y practicar. Los primeros días Lupin se sorprendió; jamás les había visto trabajar tan duro para nada. James y Sirius llegaban cansados al dormitorio, con la ropa manchada de barro y jadeantes; intentaban no hacer ruido y al poco rato comenzaban a respirar tranquilos, probablemente soñando con nuevas técnicas o tácticas o lo que sea que se haga en ese dichoso juego.
– Creo que le caigo mal al capitán de Gryffindor. Seguro que se sigue acordando de que le puse la zancadilla la primera semana de clase el curso pasado… Merlín, yo no sabía quién era… – James continúa con su propio monólogo que los demás han decidido ignorar.
– Sirius, ¿estás bien? – se atreve a preguntar Remus, tan bajito que solo su amigo pueda escucharlo.
– ¡C… Claro! No es como si tuviera que preocuparme por nada – sonríe ampliamente –, ¡qué cosas tienes Remus!
No hay que ser un genio para notar que las rodillas de Sirius flaquean cuando giran la esquina, que sus manos permanecen escondidas en los bolsillos, jugueteando nerviosamente con las bolillas del jersey del uniforme y que cada aproximadamente tres segundos (tal vez alguno menos, pero desde luego no más) se muerde el labio.
Las pruebas para los equipos se realizan en el propio campo de Quidditch; tal y como se especificó en el tablón semanas antes, Gryffindor es la última casa en escoger a los jugadores, detrás Slytherin, que ocupa la posición tercera tras Ravenclaw y Hufflepuff. En realidad nadie sabe el porqué del orden, "pero cualquiera le lleva la contraria a la profesora Hooch" como dijo Sirius desde el primer momento.
Así que ahí están, los cuatro delante de la puerta del campo de Quidditch: Remus envuelto en la capa y con uy, ¿esto son nervios? un libro entre las manos; James tiritando de frío en manga corta y recolocándose continuamente las gafas; Sirius respirando tan fuerte que podría mover los árboles del Bosque Prohibido y el pequeño Peter cruzando las piernas inquieto.
– Creo que aquí nuestros caminos se separan. – Remus levanta la mano y a pesar de los "no, Remus no te vayas, te necesitamos", el muchacho desaparece por las escaleras que llevan a las gradas.
Se quedan en silencio, los tres, tampoco tienen nada que decir; la ausencia de su amigo crea un gran vacío que Sirius se apresura a cubrir con una ruidosa tos y una gran zancada hacia la puerta. Los otros dos le siguen con más dudas de las que les apetecería admitir y juntos, como siempre, entran al campo.
La mayoría de los Gryffindor ya están allí en serio, quedan diez minutos para que empiece la prueba, ¿la gente de esta casa es imbécil? a Sirius le molesta, claro que le molesta porque nunca soy puntual, y justo hoy que soy puntual la gente es más puntual que yo.
El capitán del equipo "ese tal Jack Sandler de sexto con el pelo rubio repeinado y ojos saltones" oh, dios que no se acuerde de mí lidera el grupo, vestido con el uniforme de Quidditch y mira a los aspirantes con orgullo. James, Sirius y Peter se acercan con cuidado y sin llamar la atención (algo raro en ellos) se paran a escuchar.
– El equipo de Quidditch de Gryffindor lleva perdiendo la Copa contra Slytherin tres años seguidos, ¡es una vergüenza! Por eso, todos los aquí presentes que crean que no van a ser capaces de ganarla este año ya saben donde está la puerta.
Peter parece que duda, pero en el último instante clava los pies sobre el tierno césped y en sus ojos brilla una confianza no demasiado usual en él.
– Voy a ir a buscar lo que necesitemos para las pruebas – explica Jack–. Podéis colocaros según el puesto al que aspiréis y coged esas escobas de ahí.
El chico desaparece por un pasillo recubierto de maderas que todos deducen que lleva a los vestuarios y entonces, todos los jóvenes Gryffindor empiezan a hablar entre ellos; todos salvo tres.
James entrecierra los ojos, sus zapatillas pisan el césped, el césped de un campo de Quidditch. Puede que James Potter sea torpe, es consciente de ello: tropieza más de cuatro veces todos los días y su sentido de la orientación es un completo desastre, pero si hay algo de lo que está seguro es de que todo eso desaparece cuando se encuentra en ese lugar. James sabe volar, sabe moverse en el aire mucho mejor que sobre la tierra y es por eso que cuando coge la escoba vieja y gastada, sus ojos, a través de las gafas de cristal chispean con tal confianza que el niño asustado que ha sido durante todo el día desaparece de un plumazo. Tengo que demostrar que soy el mejor.
Sirius por su parte decide dejar la mente en blanco, es su estrategia en los exámenes y a las pruebas se remite de que es bastante eficaz. Su mano agarra el palo de la escoba y camina en dirección a la fila de chicos que se presentan para cazador.
Peter se tropieza con sus propios pies cuando se une al grupo (más reducido) de aspirantes a guardián.
– Creo que te has equivocado – un alumno de nombre desconocido aunque Remus seguro que sabe cómo se llama mira a James con superioridad –. Esta es la fila para las pruebas de buscador.
– Soy consciente de ello.
El grupo entero ríe y las mejillas de James se tiñen de rubor en serio, ¿qué diablos les pasa? Se pregunta si tiene algo en el pelo, si tal vez va desnudo, como suele pasarle en los sueños o si por algún casual alguien ha echado Poción Multijugos en su zumo de calabaza esa mañana y no se ha dado cuenta.
– Entonces, ¿qué pretendes, gafotas?
– ¡Creo que me voy a mear de la emoción con tu originalidad! ¿Se te ha ocurrido a ti solo? ¿Me lo puedo apuntar? Quiero decir, ¡gafotas! ¡Guau! Claro, porque llevo gafas, ¿quién podría haberlo pensado?
– Veremos quién se ríe último, enano.
Ya veremos… James no dice nada y se coloca el último de la fila, con el corazón en un puño: todos los alumnos que compiten contra él son de cursos superiores. Una chica de largas trenzas y de piel tostada, un chico corpulento y de pelo rapado, otro de estatura más baja pero largos brazos y por último "el idiota original".
En apenas un minuto, Jack aparece de nuevo, con los brazos cargados de pequeñas bolas "de tenis", explica.
– Los primeros en realizar la prueba quiero que sean los guardianes y los cazadores. Haremos la práctica al mismo tiempo; los cazadores trataréis de anotar puntos y los guardianes defenderéis los aros.
Peter y Sirius respiran hondo y se suben a sus respectivas escobas. Jack saca la quaffle, que los tres observan con reconocimiento y se la pasa a un chico regordete de cuarto curso. James se sienta en la hierba sin reparo y les observa.
Al principio Peter no lo hace del todo mal: detiene varios de los lanzamientos que los cazadores intentan colar por los aros, pero por alguna razón es incapaz de ir de un extremo a otro y el espacio del aro a su izquierda tiene una defensa terrible. Le encajan más de siete tiros en la última tanda y tras intentar parar el último casi se cae de la escoba. Sirius por el contrario lo hace bastante bien, no lanza un solo tiro fuera, pero en el último momento de práctica vuela con tanto entusiasmo "lo hice sin querer, lo juro" que derriba a una chica de su escoba y Jack tiene que levantar la varita para que no golpee el suelo.
Después de mil perdones y cientos de inclinaciones de cabeza, Sirius Black se acerca a James y le revuelve el pelo con una sonrisa, susurrándole en el oído algo parecido a "dales lo que se merecen, Jimmy".
Las pelotas de tenis tienen la función de sustituir a la snitch porque seguro que estos inútiles dejaban escapar la auténtica así que la prueba consiste en que Jack las va lanzando, una tras otra, con velocidad y ellos tienen que atraparlas. James no le ve sentido, quiero decir, no es como si una pelota como esa a una velocidad como esa no fuese tan fácil de atrapar para mí como lo es atrapar un resfriado para Remus.
Efectivamente no se le escapa ninguna, pero de los otros cuatro, el de los largos brazos no es capaz de hacer que su escoba se levante a dos metros del suelo y la chica grita asustada cuando una pelota casi la golpea en la cara. De ese modo, solamente quedan James, el chico que se ha metido con él y el tipo de pelo rapado. El niño los mira a través de sus gafas y hace una evaluación: no son buenos, vaya, por lo menos no son tan buenos como yo.
Para su sorpresa, Jack no parece opinar lo mismo, porque indica a los dos jugadores que no son él que se coloquen de nuevo sobre sus escobas y extrae la snitch dorada de su pequeño compartimento en el baúl. James la observa, con deseo, con una mirada anhelante que solamente dedica a cierta niña pelirroja de vez en cuando. La quiere. Lo cierto es que si en ese momento pudiera cogerla entre los dedos, cerrar los ojos y sentir la vibración entre sus dedos, probablemente sería el niño más feliz del mundo.
Esa es la razón por la que cuando el estúpido arrogante gana al otro chico atrapando la snitch antes, desciende a tierra y el capitán del equipo le indica que es su turno, James sabe que va a ganar. Es el tipo de cosas que uno sabe sin margen de error. La snitch es suya y de nadie más. No es una conexión real, en realidad sabe que está todo en su cabeza, pero del mismo modo que sabe cuando Lily le está mirando, de la misma forma en la que sabe cuando Remus va a estornudar o cuando Sirius va a pegarle… James es consciente en todo momento de dónde está su snitch.
Vuela, deja que el viento le revuelva el pelo, incluso levanta las manos de la escoba y se permite disfrutar de las vistas; porque Hogwarts es precioso, con sus torres, con sus ventanas, con todas y cada una de las personas que viven allí bueno, menos los Slytherin y esos estúpidos de Lucius Malfoy y Severus Snape. James disfruta. Todos los miedos y preocupaciones quedan allá abajo, donde las personas no parecen más grandes que las hormigas. Alcanza a ver una cabeza rubia que le sigue con atención y sabe que tiene que hacerlo, que no hay otra forma de acabar esa prueba. Cae en picado, da una vuelta sobre sí mismo y deja que sea su propio corazón el que le guíe y sin más, sin siquiera dudar un momento, estira la mano, la cierra y con una elegancia de la que solamente puede presumir sobre una escoba, aterriza en el césped.
– La tengo.
La tiene. Todos se han dado cuenta. Sirius. Peter. Remus en las gradas. Jack. Los aspirantes a entrar en el equipo, pero sobre todo el idiota sobre su escoba, con la boca abierta y una mueca de desconcierto que le recuerda a la de un troll rematadamente estúpido.
– ¡IMPRESIONANTE! Jamás había visto… ¡Merlín! ¡Tú! ¡Vaya!
Todos miran a "ese crío de gafas enclenque", sonriente, con la snitch en la mano, con una actitud de renovado egocentrismo y una confianza malsana en sí mismo. Lo único que interrumpe el silencio es el berrido del tal Sirius Black que se lanza contra su amigo y le estrecha entre los brazos "Sirius, que me haces daño, para".
Entre el jaleo, Jack recuerda que todavía queda la prueba de los golpeadores, así que los tres se sientan en la hierba y tan bajito como les es posible hablan en susurros.
– ¿Crees que entraré? – Sirius está tan poco convencido que empieza a arrancar pequeños trocitos de hierba con las manos.
– ¡Claro que sí!
– Yo seguro que no… – el murmullo de Peter es casi inaudible.
– Peter, lo has hecho bien, pero ese tipo grandullón de ahí ha parado más que tú, es cuestión de suerte. Creo que al año que viene, cuando seas más musculoso podrías intentarlo. – le consuela James.
Los tres levantan la vista hacia las gradas en las que Remus levanta el dedo en lo que parece ser un "lo habéis hecho bien aunque no tengo ni idea de cómo funciona este juego" y ellos ríen alto, pero ya no importa, porque la prueba ha terminado.
– Bueno… Mañana colgaré los resultados de las pruebas en la Sala Común.
Todos asienten y se levantan, hablando, menos nerviosos que antes, tal vez un poco más decepcionados o incluso más confiados que antes. Sirius va a dejar su escoba y entonces sus ojos claros se detienen en una bludger que gruñe enfadada en su cárcel de cadenas y que le pide a gritos que la saque de ahí.
– Un galeón a que no la mandas a la mierda. – No hay nada en el mundo que Sirius Black haga por coacción, de hecho es la última persona sobre a faz de la tierra a la que verías hacer algo en contra de voluntad, pero cuando se trata de James Potter y sus "a que no…" es para él tarea imposible no caer en la tentación. Es el tono de voz, el reproche de "si no lo haces no estás a la altura" o tal vez la inocencia con la que lo susurra en su oído, el caso es que si James Potter le dijera "a que no te comes este tazón de mocos", él probablemente lo haría. Así que con andares aristocráticos, Sirius coge un bate y le hace un gesto a su mejor amigo para que lo haga.
La bludger sale despedida hacia el cielo, tan rápida que sus ojos son casi incapaces de seguirla con facilidad, pero cuando ésta desciende con violencia, el niño mueve el bate con una coordinación asombrosa y todo su cuerpo experimenta una sensación de poder abrumadora. La bludger sale despedida hacia la cara de James, que se agacha en el último segundo antes de que impacte y continúa de cuclillas hasta que a la bola le da por volver de nuevo hacia Sirius, que esta vez, mucho más convencido y con la lengua en el lateral de la boca descarga toda su ira ¡por ti, madre! y la bludger gime dolorosamente antes de desaparecer de su vista.
– Me debes un galeón.
– ¡Mierda! Nunca pensé que serías tan estúpido.
– Siempre soy tan estúpido.
Los dos chicos conversan animadamente, olvidando por completo que han dejado una bludger suelta, pero ya no tienen oídos para Jack, que se les queda mirando con atención con un bate en la mano esperando a que la pequeña asesina de color oscuro vuelva. Sus ojos se centran en la espalda de James primero: jamás en sus cinco años jugando en el equipo de Quidditch había visto una forma de atrapar una snitch como esa; después no puede evitar pensar en Sirius y en lo que acaba de presenciar. Finalmente suspira y se las ve y desea para guardar la bludger en su hueco.
Remus les espera a la salida y les da la enhorabuena a todos entre risas y algún que otro abrazo patrocinado por James. Peter esconde la cabeza entre los brazos y los otros tres le intentan animar: "en serio, Pete, lo harás bien la próxima vez, te lo aseguro" por parte de James o "va, Pettigrew, un día malo lo tiene cualquiera"; pero el niño deja escapar una silenciosa lágrima que solamente ve Remus cuando le desliza un poco de chocolate bajo la capa y le guiña un ojo amablemente.
Al día siguiente, los tres niños, junto con varios alumnos curiosos más se amontonan delante del tablón de anuncios de la Sala Común de Gryffindor. James y Peter salta intentando ver algo, pero al final es Remus el que entre "perdón", "disculpa", "¿serías tan amable de apartarte?" y "estaría muy complacido de que te colocases un poquito más a la derecha, compañero" consigue llegar hasta la hoja codiciada. El niño desliza sus ojos claros por las líneas en las que están escritos los nombres y se muerde el labio antes de volver a lugar en el que James tiene las manos dentro de la boca, Peter llora a lágrima viva y Sirius da golpes furiosos con el pie al suelo.
– ¡Habla, recórcholis, Remus! – exclama finalmente el niño de gafas.
– Bueno… James, eres buscador… Sí, eso, eres buscador.
– ¿SOY BUSCADOR? ¡¿HABÉIS OÍDO?! – James empieza a bailar al ritmo de una canción que solamente él parece escuchar.
– Remus… – Peter se limpia los mocos – ¿No, verdad?
– No…
Sirius le da una palmada de consuelo en la espalda, pero su propia mano tiembla cuando levanta la cabeza y sus ojos perforan el rostro de su amigo rubio Remus, si es una mala noticia no me la digas. Remus suspira con lentitud y niega con la cabeza. Sirius cree que se le va a caer el mundo encima cuando los labios del niño se abren formando primero una "e" y luego una "r" maldito seas Remus Lupin cien veces, habla ahora o te estampo contra la pared y después de la primera palabra parece que el resto sale con más facilidad.
– ¡ERES GOLPEADOR, SIRIUS!
– G… ¿Golpeador? Pero… Pero yo no hice las pruebas para… – se calla, ¿qué diablos importa? ¡SOY GOLPEADOR!
James continúa con su danza descoordinada, por lo que no ve al, enorme para su edad, Sirius Black, que le coge de la cintura y lo levanta por los aires "¡Lo he conseguido, Potter! Maldito seas, ¡lo he conseguido!" y James ríe y le pide que le deje en paz, "tío, que Lily está mirando y…". Se persiguen durante un rato en el que Remus es incapaz de parar de reír, incluso el triste Peter se seca las lágrimas y suspira mirando a sus mejores amigos ser el centro de atención de la habitación entera. Cuando Sirius se cansa de jugar con su mejor amigo (que se despeina con toda la dignidad que le queda y sonríe ampliamente a un grupo de niñas que le miran con descaro) se vuelve hacia Remus, con ojos tan brillantes que dios, qué miedo da. Remus da un paso hacia atrás, y ese es su error. Sirius corre hacia él y antes de que pueda evitarlo, sus brazos le envuelven los hombros y nota la fuerza de su pecho golpeándole "Remus, Remus, Remus, pensaba que no lo conseguiría, pero estoy en el equipo, esto no es un sueño, ¿verdad?", y el pequeño hombre lobo se encoge sobre sí mismo azorado y solamente es capaz de susurrar un débil "no, no lo es" al mismo tiempo que Sirius sonríe tan ampliamente que podría brillar con tanta fuerza como la luna en su forma más completa.
El 21 de octubre de 1972 quedaría en la memoria de Hogwarts por toda la eternidad. A las ocho de la tarde, James Potter caminó con superioridad por los pasillos del castillo de camino al Gran Comedor, acompañado de su mejor amigo, Sirius Black. Los dos rieron, Sirius pasó su brazo por los hombros del pequeño James y juntaron sus cabezas en harmonía, eres bueno, Potter. El niño sonrió y echó a correr en una competición silenciosa. Muchos jurarían que el joven de gafas parecía incluso más alto aquella tarde, otros dirían que el propio Sirius aparentaba más edad que nunca; pero lo que ninguno dudó, mientras los dos niños se atiborraban de alas de pollo, pastel de calabaza, chocolate y ¿eso son albóndigas? y tostadas embadurnadas de mantequilla de cacahuete fue que el equipo de Quidditch de Hogwarts había ganado al mejor buscador que pisaría esos terrenos en mucho tiempo. Durante los seis años siguientes, vestidos de uniforme, James Potter y Sirius Black se pavonearon por los corredores con una altanería y egocentrismo sin igual, "mira, ahí viene Potter, dicen que jugará en la Liga Profesional, es tan bueno que asusta" y "¿has visto a su lado? La fuerza y puntería de Black no encuentra enemigo a su nivel". Muchos hubieran apostado que el pelo de James Potter se revolvería miles de veces sobre una escoba mientras un estadio entero corease su nombre; algunos habrían puesto la mano en el fuego por sus victorias aplastantes en Mundiales que aún eran meros castillos en el aire; tal vez incluso el propio James soñó cientos de veces con ello pero él y solo él, fue consciente una gélida noche de octubre muy similar a la del día de las pruebas, que los sueños, sueños son. Y a veces se quedan en eso, meros sueños.
