Capítulo 28
Desesperado, aburrido, hastiado...un motón de adjetivos podían definir a Edward en ese instante tras escuchar por enésima vez de su abogado la misma cantinela.
—Señor Cullen, cuando leí por primera vez los documentos ya le advertí de la dificultad que entrañaba disolver un acuerdo así.
—Sinceramente, señor Newton, todos sabemos que existen mil maneras diferentes de interpretar la ley. No entiendo cómo ésta no es una de ellas —respondió al abogado de malos modos. —Hemos revisado en mi despacho punto por punto las cláusulas. Quien redactó este documento sabía muy bien lo que hacía.
—De eso no cabe la menor duda —murmuró con cinismo—. ¿Entonces?
—Podemos ir a juicio, sin duda, aunque el proceso puede dilatarse y al final, aun ganando —eso último no lo dijo muy convencido—, puede que los gastos sean cuantiosos. Por lo que, aceptando los términos estipulados, nos ahorraríamos tiempo y dinero. — Pero para Edward, lo que en un principio fue una simple promesa, la cual había pensado en saltarse a la torera mil veces, en estos instantes, y tras contemplar el incidente con un suegro, se había trasformado en un asunto de amor propio. Miró a su abogado de toda la vida, seguía sin entenderle; pues muy bien, que así fuera, pero el que pagaba era él, por lo tanto era cuestión suya decidir si se iba o no a juicio, costase lo que costase. En ese instante golpearon en la puerta y no le dio tiempo a decir ni siquiera adelante: Jasper, como siempre, entraba en su despacho hecho un figurín, sonriendo, y con esa cara de aristócrata ajeno a los problemas del mundo en general. Edward quiso ocultar los documentos, pero la simple presencia del abogado tiraba por tierra sus intentos.
—Buenos días, señor Newton. ¿Qué le trae por aquí? —preguntó educadamente Jasper. Asuntos legales, evidentemente —respondió amablemente el abogado. —¿Qué ha hecho esta vez Edward? —Jasper continuó con tono divertido. Y el aludido hizo una mueca, tenía que haber previsto cualquier interrupción y avisar al señor Newton de que mantuviera la confidencialidad de ese asunto.
—Señor Newton —interrumpió Edward bruscamente—, la semana que viene nos reuniremos de nuevo.
—Esto...sí, cómo no. Mi secretario le confirmará la hora y el día. Buenas tardes, señores. — El abogado salió apresuradamente, intuyendo que su presencia estaba de más.
—¿Secretos con tu mejor amigo? —sugirió Jasper enarcando una ceja, y hábilmente cogió los documentos que estaban sobre el escritorio—. Contrato prematrimonial...—leyó en voz alta. —Joder...—masculló Edward temiéndose lo peor. Jasper se entretuvo leyendo; de vez en cuando levantaba la vista y miraba a Edward con cara inexpresiva. Sin duda estaba interpretando su papel de perfecto aristócrata indiferente, cosa que le molestaba sobremanera.
—Odio cuando haces eso —dijo Edward entre dientes.
—¿El qué? —Jasper continuaba en su papel. Comportante como un imbécil de la nobleza. —Soy un imbécil que pertenece a la nobleza. —Cerró la carpeta y la tendió sobre la mesa—. ¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos? —La falsa serenidad con la que formuló la pregunta no engañaba a nadie.
— ¿A qué viene ahora esa pregunta? —Edward se pasó la mano por el pelo y se recostó en su sillón.
—¡Quince putos años! —estalló Jasper—. Hace quince malditos años que te conozco y no voy a hablar aquí y ahora de todo lo que hemos pasado juntos porque estaríamos horas y horas. ¿Y me haces esto?
—Yo no he hecho nada —dijo tranquilamente Edward—, y deja de gritar. Eso no es propio de un Lord —añadió con mala leche.
—¡Y una mierda! Mira a ver si te gusta más ésta —dijo Jasper en el mismo tono. Ambos se quedaron en silencio, evaluándose con la mirada. Esperando a ver cuál de los dos abría fuego.
Evidentemente, quien menos paciencia tenía.
—Y para más inri, me he enterado por casualidad. ¿Cuándo pensabas decírmelo? —Edward puso cara de circunstancias—. ¡No pensabas decírmelo! Serás hijo de la gran puta...
—Cálmate, ¿quieres? No es algo de lo que me guste hablar. Estoy buscando una solución. Mi padre firmó ese contrato sin consultarme y mi querido suegro me persigue con afán recaudatorio.
—Entonces, que yo me aclare, ¿te casaste forzado?
—Técnicamente sí.
—Joder. Ya sabía yo que había algo raro.
—Pero ahora las cosas han cambiado. —Se sentía en la obligación de reconocerlo en voz alta—. Bella no es como yo pensaba y...
—Resumiendo, que estás a gusto con ella pero no quieres que tu suegro vea un céntimo.
—No es tan sencillo. Es Bella quien no quiere que cumpla ese contrato, y yo se lo he prometido.
—¿Bella? ¿Hablamos de tu mujer, no? Lo pregunto porque no entiendo por qué ella se niega, al fin y al cabo son sus padres, ¿no?
—Aja.
—¿Y por qué?
—Su padre es un asqueroso hijo de puta, la trata poco menos que como basura. Y luego está la madre, que también se las trae. Es lógico que ella no quiera que sus padres se beneficien. La obligaron a casarse conmigo.
—Sí, eres un dolor de huevos, pero si Bella ha podido aguantarte...
—Deja de tocar la moral. —Ante el tono serio de Edward, Jasper decidió comportarse medianamente bien.
—Pero las cosas han cambiado —recordó sabiamente Jasper.
—Sí, aunque...aún no hemos hablado de eso.
—Mmm. Interesante. Y ahora, ¿cómo vas a salir del atolladero?
—Iremos a juicio e intentaré no salir muy perjudicado.
—¿Y después?
—¿Después?
—Sí, cuando resuelvas esto, porque, y perdona la expresión, eres el hijo de puta más taimado que conozco y sé que vas a lograrlo.
—Tampoco lo hemos hablado.
—Pero... ¿ya sabes lo que quieres? — Que Jasper era como un dolor de muelas cuando se lo proponía, no era nuevo. Tras su conversación, que duró lo suyo, le contó toda la historia desde el principio. Eso sí, omitiendo los detalles íntimos, aunque por la cara burlón de Jasper él ya había intuido algo. Y ahora estaba solo, con los malditos papeles en la mano intentando decidir qué hacer. Bien podía hacer caso al consejo de su abogado, no en vano le pagaba una fortuna, y si un abogado recomendaba no ir a juicio por algo sería; pagar a su suegro las cantidades estipuladas y mentir a Bella. Ahora ¿quería correr el riesgo de incumplir una promesa? Y no solo eso, ¿ese cabrón iba a salirse con la suya? La imagen de Bella le vino a la cabeza y dejó de pensar en suegros aprovechados, en juicios y términos legales. Simplemente pensó en ella. Y en lo que podría ser si pudiera hacer las cosas de otro modo. Desde la primera conversación supo que no era una mujer estúpida, pero con el tiempo no solo había confirmado su intuición, sino que además sobrepasaba sus previsiones más optimistas. La pregunta que Jasper había lanzado era el quid de la cuestión. Acordaron disolver el matrimonio una vez solucionado el desagradable asunto. Pero claro, ninguno de los dos pudo prever que las cosas evolucionarían de tal manera. Y así estaban ahora, como un matrimonio que poco a poco se va integrando y sintiéndose a gusto. ¿La quería? No podía afirmarlo con rotundidad, lo que sí sabía es que si preocupaba por ella, le interesa su futuro y que siempre estaría ahí para ayudarla. ¿Eso es amor? ¿Y ella? ¿Qué pensaba ella? Se limitaban a estar juntos, a sorprenderse mutuamente y a disfrutar, pero en ningún momento hacían alusión a sus sentimientos. Y Edward, prudente por naturaleza, no iba a ser el primero...
