Capítulo XXV
"Regret Message"
-La reina que lloraba-
Las fiestas por la emancipación comenzaron en el momento en que Meiko salió del palacio y declaró a todos sus soldados que la reina había sido atrapada por ellos; cesaron unas horas en la madrugada hasta el momento de la ejecución y, desde entonces, los festejos no habían cesado ni por un instante; aquello era un enorme festival rodeado de edificios en llamas, escombros y cadáveres esperando ser enterrados, convivían con bromas de los pueblerinos, bailes alegres y muchas botellas de licor. No importaba el lugar, ya fuese una casa o la calle, un mercado o una cantina, en todos los edificios del País Amarillo eran un punto de reunión y regocijo por el fin de la tiranía; sin embargo, la mayoría de las personas preferían festejarlo en el bar de Meiko, la líder y mente maestra detrás de la revolución.
El ahora famoso bar Sakine, admirado por ser el lugar donde se concibió la revolución del País Amarillo, estaba lleno de personas y aún más que desde afuera se reunían para unirse a la fiesta, aunque principalmente se reunieron ahí los hombres y mujeres que lucharon hacia unas horas. El lugar se había modificado para simular ser un salón, colocando una larga mesa al fondo para que frente a esta se sentaran los líderes de la rebelión, dando cara al pueblo que recién habían liberado. Al centro se encontraba Meiko, junto a otra silla que de momento se encontraba vacía; a su lado izquierdo se colocaron Hiroki y el señor Benimaru, mientras que a la derecha se sentaron Miki y Teto, dejando al final de la mesa otro asiento vacío. Cada uno tenía al frente suyo un gran tarro de cerveza, una copa de vino y un plato servido con un grueso corte de carne, igual que los demás presentes, salvo que ellos no tenían vino. Incuso resultaba sorprendente como los que seguían el festejo desde afuera habían alcanzado comida y bebida suficiente para compartir con los que se acercaban curiosos por el barullo.
-Amigos míos, vecinos, mis soldados.- comenzó a hablar Meiko antes de cenar, en cuanto sus primeras palabras fueron pronunciadas, un silencio total se apoderó del bar. –Gracias, gracias a todos ustedes aquí presentes, a los valientes hombres y mujeres que están con sus familias ahora, a nuestros valerosos heridos que se recuperan, y a los honorables guerreros que murieron por nuestra libertad. A todos agradezco su entrega y sacrificio, y del mismo modo en que tomaron las armas, espero contar con ustedes para forjar el futuro de nuestro país y reconstruirlo.
A terminar con sus palabras, la gente rompió el silencio con fueres y sonoros aplausos, acompañados por gritos de victoria que exaltaban el nombre de Meiko.
-Tienes la facilidad de la palabra Meiko.- expresó Teto un tanto maravillada. –Ya quisiera poder hablar así en público, soy mala para ello.
-Oh, es tan sencillo Teto.- respondió Meiko. –Debes usar palabras bonitas y formar un discurso que les sorprenda; recitarlo es lo más fácil, solo debes usar una voz potente. Si pudiste dar órdenes en el campo de batalla, podrás hacerlo aquí.
-Es tan diferente.- replicó Teto. –En batalla domina el impulso y el instinto, además de solo gritar dos o tres palabras.
-Pues espero que pierdas ese miedo.- le dijo Meiko. –Pronto será necesario…
-¡Abran paso al príncipe Shion Kaito! ¡Nuestro héroe!- interrumpieron varios gritos desde afuera del bar.
Entre el gentío presente avanzaba el príncipe de azul, Kaito. Todos le abrían el paso apenas él se acercaba. Venia solo y con un paso veloz, mostrado en su rostro una expresión de enojo que se dirigía directamente a Meiko, cosa que ella miraba con total calma. Únicamente los compañeros de mesa de la mujer de armadura carmesí se dieron cuenta de la mirada furiosa del príncipe, sin lograr comprender el por qué.
-¡Meiko!- gritó el, llamando la atención de todos.
-Príncipe, los estábamos esperando pero se demoró mucho.- respondió ella manteniendo al calma. –Espero que no le moleste.
-Tengo que hablar contigo a solas.
-¡Por supuesto! Pero antes me gustaría que dieras un emotivo…
-¡Ahora!- interrumpió Kaito con voz potente. –A solas ahora mismo.
-Está bien príncipe, no debe enojarse.- le dijo con una voz inocente que llegó a ser dulce, algo muy raro en ella. –Vamos a la bodega, ahí podemos hablar.- agregó levantándose de la mesa, con el tarro de cerveza en las manos.
Ambos se dirigieron a la bodega de inmediato, abriéndose paso entre los perplejos civiles que no entendían las actitudes de sus dos principales líderes. Todos volteaban a verse en busca de una respuesta que obviamente no tendrían. Durante el trayecto hacia la bodega, el bar se quedó en total silencio, los ojos de todos se centraron en Kaito hasta que desapareció detrás de la puerta de la bodega, siendo seguido por Meiko que se dio la vuelta y levantando su tarro se dirigió a los pueblerinos.
-¡Que siga la fiesta!- ordenó tomando un trago. –Que esto es privado.
-Ya oyeron, toquen música alegre.- añadió Hiroki, mientras señalaba a los músicos que de inmediato comenzaron a tocar.
-¡Así me gusta! ¡Un gran ambiente!- gritó Meiko mientras cerraba la puerta. –Es una gran fiesta príncipe, debería ser más festivo.
-¿Por qué nos engañaste Meiko?- preguntó el con molestia.
-¿De qué habla? Yo no he engañado a nadie.- respondió ella dando un sorbo a su cerveza.
-Claro que lo hizo, no finja demencia conmigo. Ya he visto el gran engaño que armó frente a este pueblo y a mí.
-No tengo idea de que está hablando príncipe.- insistía ella despreocupada. –Creo que el campo de batalla le ha afectado, es mucha presión y pocos logran soportarla.
-Deja de jugar conmigo Meiko, ya vi que no ejecutamos a la reina.- sentenció Shion con voz seria. –Ni siquiera era mujer, era un hombre.
-Oh, hablas de eso. Si, tiene toda razón su alteza; yo sabía la verdadera identidad de ese chico. Era el sirviente de la verdadera reina o algo así.
-Y aun así le mandaste ejecutar. ¡Yo ejecuté a un inocente por tu culpa!
-Efectos colaterales de la guerra mí príncipe. Ya sabe cómo es esto, en toda guerra es imposible no matar a unos cuantos civiles que son ajenos a todo.- siguió diciendo tranquila.
-¡Pero esto no es un efecto colateral!- rugió furioso. –Tú sabías que él no era la reina, hablaste con él antes de la ejecución y nos ocultaste su identidad verdadera.
-¿Acaso no puede verlo, príncipe?- siguió hablando Meiko con gran calma. –Esa gente de allá afuera piensa que lograron derrocar a la niña que por años les robó su dinero, familia y esperanzas. ¿Sabe que hubiese pasado si les decíamos a quién capturamos de verdad?- hizo una pausa. –Perderíamos su confianza, nos veríamos débiles e inútiles y, aumentaríamos su ira, perderían el control, esto se volvería un caos mucho peor del actual.
-¿Y por eso martirizaste a un inocente?
-¡Yo no martirice a nadie! ¡Esto no es un guerra santa, es un revolución!- gritó Meiko. –Evité un desastre peor matando a alguien que voluntariamente quiso dar su vida.
-Una vida no es igual a otra. Él no era culpable de los pecados de la reina Rin.
-Igual tenía la maldad en su sangre, hermanos gemelos, la misma sangre malvada que su padre Gakupo.- agregó con indiferencia. –Era cuestión de tiempo para que él se volviera malvado.
-¿Gemelos? ¿Cuántas mentiras estas dispuesta a inventar para proteger tu atroz acto?- preguntó indignado el príncipe.
-No es ninguna mentira Kaito; tómalo como quieras, pero él mismo lo confesó.
-Ya estoy harto de este lugar…- respondió él comenzando a caminar directo a la puerta.
-¿Y si te dijera que… él asesinó a tu amada Miku? ¿Cambiarias de opinión?
-Mientes…- dijo Kaito. –Él no pudo ser…
-Claro que fue él. Me lo confesó y otros sirvientes lo corroboraron. El por ti llamado "inocente" es un asesino.
-Manipulado por la malvada reina… ¡Ella era el problema de este reino!- replicó él, sumamente molesto.
-Kaito, Kaito, Kaito. ¿Aún no te das cuenta?- preguntó con voz burlona. –Le quitamos al ser más querido que tenía en el mundo, tal y como hizo con nosotros. Ojo por ojo, diente por diente, y vida por vida.
Ante esas palabras, el joven príncipe se detuvo frente a la puerta y volteó su rostro hacia Meiko; su expresión era distinta, aún seguía enojado, pero en sus ojos se reflejaba también una profunda tristeza.
-Tal vez la maldad no estaba en la reina, sino en toda esta tierra.- dijo al fin mientras abría la puerta. –Me voy de aquí ahora mismo, ya no tengo nada que hacer aquí. Sólo espero que traten bien a los hombres que mandaré en unos días.
-¿Insiste en usarnos como prueba para las ideas de sus amigos filósofos? No soy responsable de los catastróficos resultados.
-Yo pensaría eso dos veces, Meiko.- agregó en tono amenazante. –Si llego a saber que algo les pasó, tendrá una guerra contra mí.- concluyó el príncipe, saliendo de la habitación.
La hija de la venganza permaneció en la bodega por varios minutos más, mirando fijamente la puerta por donde había salido Kaito. Sus últimas palabras aun resonaban en sus oídos, formando terribles ecos que amenazaban con matarla si ella cometía algún ataque contra los amigos del príncipe de azul. De un solo trago bebió la cerveza que le quedaba en el tarro, tratando de pasar aquel episodio que acababa de vivir. Después de un rato, salió al fin de la bodega para reincorporarse a los festejos del pueblo; sin embargo, por el resto de la noche ya no dijo ningún discurso.
Los días venideros en el territorio Amarillo, bautizado así por el señor Benimaru, fueron duros para los hijos de la venganza. Pronto descubrieron que no bastaba con su plan de revolución para reconstruir al dañado pueblo, era necesario organizar a los pueblerinos. Los primeros retos vinieron el día siguiente de la ejecución; el poblado aun no terminaba de limpiarse, escombros, cenizas y cadáveres aún estaban esparcidos por todos lados, dando una imagen deprimente y un aroma en el aire que resultaba por demás desagradable, además, a esto se sumó un descontrol en la repartición de los alimentos, que entre caprichos de los pueblerinos y la escases de comida, provocó una lucha entre civiles que terminó con la muerte de algunos de ellos. Pocos días después se presentó otro fatal incidente, durante la repartición de los bienes robados del palacio, cuando un grupo de bandidos fue descubierto mientras robaban las piezas de oro; al saberlo, los civiles se arrojaron contra ellos y al cabo de un rato, comenzaron a pelear entre ellos mismos por el oro. El caos y desorden perduró en el territorio Amarillo por más de una semana, hasta la llegada de un grupo de diez hombres que de inmediato se identificaron como amigos del príncipe Kaito. Muy a su pesar, Meiko los aceptó en el territorio Amarillo recordando las advertencias del molesto príncipe.
La reconstrucción del País Amarillo, ahora llamado República Amarilla por el nuevo modelo implementado por los filósofos y estadistas, tardó más de un año de duro trabajo en el cual fue necesaria toda la ayuda posible. Desde un gobierno provisional a cargo de Meiko, asesorada por los visitantes del extranjero; la implementación de un nuevo cuerpo de guardianes de seguridad liderados por el señor Benimaru; una administración de los recursos a cargo de Miki y Teto, entre otras necesidades como jueces, construcción de nuevas viviendas y la impartición de educación tanto a menores como adultos, que ya eran responsabilidad de los llamados filósofos.
Sin embargo, a pesar de ser enviados del príncipe Kaito y tener la necesidad de escribirle una carta donde informaran de sus avances y la situación del País Amarillo, nadie volvió a saber nada del joven heredero al trono del Reino Azul. Las cartas eran dirigidas a su hermana Kaiko, quien respondía varías, pero del príncipe de azul nunca se volvió a escuchar.
Mientras que los festejos y desordenes imperaban en el territorio Amarillo, la situación era completamente diferente en el País Verde. Los restos del pueblo que Misawa y sus hombres dejaron después de su ataque habían sido completamente derribados, el campo estaba limpio y con la madera de los barcos del ejército amarillo se había construido un nuevo muelle. Resultaba increíble ver como el rey de aquel reino de inmediato mandó a reconstruir el pequeño pueblo, pues claro, no podía perder un punto tan importante como ese. Claro estaba, el proceso se demoraría varios meses, y en aquel momento solo había dos edificios en pie, una pequeña casa de madera y piedra que servía de bodega, y la imponente mansión Grygera, misma que estaba intacta y sin daño alguno.
Aún era de día, el sol permanecía en su punto más alto y obligaba a los trabajadores del rey a buscar refugio de los molestos rayos que desde el cielo caían sobre ellos. La mayoría aprovecharon la situación para tomar un descanso en la improvisada bodega mientras las sirvientas de Axel les atendían con esmero, ofreciéndoles agua y comida; por otro lado, el señor Grygera se paseaba tranquilamente por el terreno en compañía del capataz y un militar de alto rango, señalando y describiendo como se llevaría a cabo la reconstrucción del pueblo.
Sin que nadie lo notara, un diminuto barco se acercaba al territorio del Reino Verde. De dimensiones tan pequeñas que era imposible que se tratase de un buque guerrero o mercante, sumamente descuidado y sin bandera alguna en su mástil. Poco a poco, se fue acercando al nuevo muelle del País Verde, avanzando con suma tranquilidad gracias a la calma en el océano. Al llegar al puerto recién construido, una pequeña ancla fue arrojada desde cubierta y un delgado tablón fue colocado como puente entre el navío y la madera del astillero, permitiendo bajar a dos mujeres y un hombre. Las dos féminas vestían sencillos vestidos de color blanco, mientras que la vestimenta del sujeto indicaba que él era un pirata, con las ropas totalmente sucias, botas descuidadas, pantalones remendados y una camisa holgada.
-Llegamos señoritas, el Reino Verde.- dijo él con tono divertido.
-Muchas gracias señor Ritsu.- dijo una de las mujeres, de largo cabello color rosa. –Quisiera poder pagarle con algo.
-No tienen que darme nada más, les dije que las traería hasta aquí y lo he cumplido.- dijo el hombre sonriendo entre su abundante barba. –Además, ya bastante han hecho con regalarle a mi hijo esos vestidos tan finos. ¿De dónde los sacaron?
-Ya sabe, la rebelión del Reino Amarillo nos permitió tomar muchas cosas.- mintió a pelirosada. –La verdad es que esos vestidos no los necesitaríamos.
-Pues muchas gracias señoritas.- agregó el pirata. Miró el lugar unos segundos y de nuevo se dirigió a ellas. –Puedo preguntar, ¿qué vienen a hacer ustedes dos en este lugar?
-Solo estaremos de paso, debemos viajar aún más lejos, y este reino queda en nuestro camino.
-Como quieran señoritas.- concluyó el hombre subiendo de nuevo a su barco. -¡Eh, Ritsu! ¡Leva anclas, nos vamos!
-¡Si padre!- respondió una voz joven, casi femenina. En la cubierta, recogiendo la pesada ancla, apareció un chico de unos dieciocho años de edad, con un largo cabello rojo y un bello vestido de un morado muy oscuro. Al acomodar el ancla en su lugar, levantó su mano y se despidió de las dos mujeres que le habían acompañado en el viaje con su padre. –¡Au revoir,mes amis!- se despidió sonando como una verdadera mujer, impresionando a las dos mujeres que se quedaron en el puerto.
-Que piratas tan extraños…- dijo la más joven, de cabello rubio. –Disfrazarse de mujer para asaltar a los viajeros.
-Tú te disfrazaste de hombre para vivir Rin, así que… no eres la más indicada para criticarle.
-¡Yo no lo criticaba Luka!- respondió en un berrinche la rubia, guardando la compostura rápidamente. -¿Por qué debías traerme hasta aquí? ¿No es suficiente con ver mi hogar destruido y a mi hermano…?
-No es eso Rin.- respondió la pelirosada interrumpiéndole, acto seguido la abrazó y juntas comenzaron a caminar. –Era necesario alejarnos del País Amarillo lo más que podamos, y este lugar nos queda de paso.- dijo Luka tratando de calmar a Rin, pero al notar que ella estaba distraída le llamó la atención. –¿Me escuchas?
-Sí, escuche todo… es solo que… si todo fue destruido… ¿por qué sigue esa mansión ahí?- señaló curiosa la residencia de Grygera. –No se le ve dañada.
-Tal vez Misawa la utilizó de cuartel. Ya sabes cómo era él de humilde- comentó la Megurine sin darle importancia, contrario a Rin que se liberó de su abrazo y corrió hacia la casona como si alguien le estuviese llamando.
La pelirosada siguió a la joven Rin que avanzaba con un paso acelerado entre los pocos escombros que quedaban regados en la tierra y los materiales para las nuevas construcciones; la rubia estaba convencida de poder encontrar ayuda en la mansión, después de todo esa era, según Misawa, una propiedad de Axel Grygera, un hombre fiel al Reino Magenta que era, a su vez, amigo del Reino Amarillo. No importaba lo largo del camino o tener que rogarle de ser necesario, a la antes monarca amarilla le urgía encontrar un lugar para descansar, alimentarse y sentir lo que podría ser un último momento de la vida a la que estaba tan acostumbrada. Pero pronto, su carrera se vio interrumpida por una potente voz que le espantó.
-¡Alto ahí!- ordenó un hombre. -¿Quiénes son ustedes y que hacen aquí?
-Oh, disculpe…- dijo Rin aun asustada. –Esto es… bueno…
-Ustedes no son de este reino, ¿de dónde vienen forasteras?- preguntó el capataz acercándose.
-Venimos del Reino Amarillo señores, soy Megurine Luka y ella es mi hermana Rin.- intervino la sirvienta de rosa rápidamente. –Huimos de los horrores de la guerra en nuestro país.
-Reino Amarillo. Mejor váyanse por donde vinieron, aquí no queremos a nadie de ese maldito lugar.- respondió el militar. –Ya suficiente han hecho aquí. ¡Fuera!
-Pero señor, si me dejara explicarle.- intentó hablar Luka, pero fue interrumpida por el hombre uniformado que sin oírle trataba de ahuyentarla.
-¿A que debemos semejante falta de hospitalidad, teniente?- intervino una voz conocida para las dos extranjeras. Ambas vieron con alegría como el señor Grygera se acercaba a ellas, con sus típicos sombrero y bastón acompañándole. –Siempre me pareció que el pueblo más generoso era el Reino Verde.
-¿Cómo ser amables con gente del reino que vino a destruirnos?- cuestionó con enojo el teniente. –Váyanse ahora mismo.
-Espere teniente, yo conozco a esas dos mujeres.- agregó Axel. –Son sirvientas del palacio, las he visto varias veces.
-Señor Grygera, gracias a Dios nos reconoce.- dijo Luka más tranquila, sosteniendo a Rin que se dejaba dominar por el miedo.
-Gracias a una buena memoria Luka.
-Espere un momento Grygera.- intervino el teniente. –Acaba de decir que estas mujeres trabajaban en el palacio. No puedo permitir su presencia en…
-Basta hombre, no sea incoherente. Estas dos son sirvientas, no espías ni militares; yo las conozco teniente y puedo responder por ellas.
-Grygera, mi labor aquí es proporcionar seguridad.
-¡Y la tendrá! Deje de preocuparse, de mi casa no saldrán.- dijo Axel sin darle tiempo al militar para responder. –Por favor señoritas, síganme por aquí, les llevare a mi morada para que puedan descansar y lavarse un poco.- dijo mientras entregaba varios papeles al capataz. –Tal vez comer… ¿qué les apetece?
-¿Tiene carne de ternera?- preguntó Rin con los ojos iluminados y abiertos totalmente, por un segundo olvidó que ya no era una reina. –Suave, recién cortada, cocida lentamente al fuego y acompañada con…
-¡Rin!- interrumpió Luka cubriéndole la boca con su mano. –No abuses de la hospitalidad del señor.
-¡No es molestia alguna!- dijo el señor Grygera divertido. –Tengo lo que ustedes pidan de comer, siéntanse libres.- continuó hablando mientras se llevaba a las dos chicas con él rumbo a la mansión, dejando sorprendidos al teniente y al capataz por la gran generosidad de Axel y el repentino cambio en la joven rubia.
Las ahora seis sirvientas de señor Grygera estaban de regreso en la mansión después de haber atendido a los trabajadores del Reino Verde; encontrándose con la sorpresa de que su patrón tenia visitas inesperadas en la sala. Tras dar la bienvenida a las dos invitadas, Haku y Sara fueron mandadas a la cocina a prepararles algo de comer, mientras que el resto de las criadas volvieron a sus labores acostumbradas. Durante la espera, el señor Grygera escuchó atento las palabras de Luka y Rin, que le narraban con todo el detalle posible los hechos ocurridos en el País Amarillo durante su reciente caída, ocultando en todo momento la verdadera identidad de Rin. Cuando la comida estuvo lista al fin, el señor de la casa invitó a las dos forasteras a pasar al comedor para que pudiesen seguir charlando mientras ellas calmaban su hambre después de varios días de comer mal. En cuanto se sentaron a la mesa y las criadas aparecieron con los platillos preparados para ellas, tanto Luka como Rin quedaron asombradas ante la variedad de comida que les fue ofrecida. No solo estaba la ternera que Rin deseaba tanto, en las charolas también podían verse varios cortes de carne, lomo, chuletas, costillas y demás figuraban en el menú; acompañados de varias piezas de pollo, un atún completo cocido al vapor rodeado de diversas verduras; un gran tazón lleno de ensalada hecha con verduras y frutas por igual, dos ollas repletas de sopa y para acompañar, se les dio a escoger entre diez diferentes vinos.
Durante la comida el señor Grygera no quiso interrumpir con la charla sobre la revolución del País Amarillo, quedándose sentado frente a la mesa mirando entretenido como las dos mujeres comían mientras él tomaba media copa de cada vino que les había ofrecido. Una vez que ambas terminaron, y después que su anfitrión se disculpara por no poder ofrecerles postre alguno, las hizo pasar a su estudio para continuar con su narración de la caída del Reino Amarillo. Dicha habitación impactó a las dos visitantes, al igual que toda la mansión; los muros del estudio eran inmensos libreros que llegaban hasta el techo, los cuales estaban repletos de libros y pergaminos de diversos tamaños y colores; frente a uno de estos muebles había un escritorio completamente revuelto, con papeles, plumas y varios libros sobre él, seguido de esto estaba una pequeña mesita con un juego de té encima y acompañada por dos sillas. El suelo de la habitación era de madera, pero se encontraba tan limpia y cuidada, que brillaba a la luz del sol que lograba filtrarse por las amplias ventanas, que eran de las mismas dimensiones que los libreros. Con toda calma, el señor Grygera ofreció asiento a sus invitadas, ocupando ambas las sillas que rodeaban la mesa y dejando al anfitrión de pie frente a ellas, caminando en círculos mientras escuchaba las palabras de las dos supuestas sirvientas.
Entre las dos, narraron con lujo de detalle lo que fue su odisea para poder llegar hasta el Reino Verde; desde su difícil escape de su reino natal, pues todos los puertos estaban bajo el control de los revolucionarios que no dejaban a ningún barco irse ni tocar puerto en sus terrenos, viéndose obligadas a escapar en un pequeño bote de remos y vagar por el océano hasta que un barco de mercaderes las rescató para llevarles hasta el Reino Azul. Una vez ahí, vagaron por la ciudad algunos días, buscando alojamiento en posadas que cobraran poco dinero a la vez que buscaban desesperadas algún barco que les llevara lejos, hasta encontrarse con los piratas Ritsu, que se ofrecieron a llevarlas hasta el Reino Verde.
-Que difícil jornada para dos bellas doncellas como ustedes.- dijo Grygera cuando el relato había terminado. –Un cambio muy grande en sus vidas.
-Oh, sin duda lo es señor.- respondió Luka.
-Y debe serlo aún más para usted.- habló dirigiéndose a Rin. -¿O no, reina Kamui Rin?
-¡¿Qué dijo?!- se sobresaltó la joven rubia, abriendo los ojos como si fuesen platos. –Pero usted… ¿Cómo sabe quién soy?- dijo aun sorprendida.
-My lady, es difícil engañarme a mí. Usted es la viva imagen de su difunta madre, la reina Lily. Solo que con cabello corto.- respondió con una sonrisa serena. –Yo la conozco señorita, solo una persona en el mundo podría lucir así.
-Yo… pensamos que…- tartamudeó la rubia.
-Pues no es así. No crean que me engañaron en ningún momento; desde que las vi en el terreno as reconocí a ambas.- dijo con tranquilidad. –Pero no iba a delatarlas, y nunca lo haré.
-¿De qué haba señor Grygera?- preguntó Luka.
-Ustedes necesitan un refugio, donde vivir y comida, necesidades básicas. Yo, necesito una sirvienta más, y tal vez una cocinera.- dijo mirando el horizonte, llevado su mano directo al mentón. –O una jardinera, Hiroshi necesita ayuda.- dijo en voz baja, como si fuera para el mismo. –Mi punto es, ofrecerles mi mansión como hogar a cambio de sus servicios. Ustedes trabajan para mí y yo, en pago, les mantendré hasta que quieran irse.
-Eso suena muy bien señor. Aceptaremos el trato.- dijo Luka entusiasmada, pero Rin le interrumpió levantándose.
-No señor. Yo no puedo aceptar su generosidad conmigo.- comentó Rin mirándolo a los ojos. –Debo ser responsable de ahora en adelante.
-¿A qué se refiere, señorita?
-Axel, yo fui la culpable del ataque a este reino. Yo lo mandé, mis soldados atacaron por orden mía.
-Lo sé. Y agradezco que no tocaran mi propiedad.
-Pero señor, yo… ¡Ese ataque fue con el fin de asesinar a su sirvienta!- gritó con lágrimas en los ojos. –Yo la mande asesinar, no fue producto de la guerra. ¡Por ella la inicie! Yo mandé a Len a matarla…- confesó sollozando.
-Rin…- dijo Luka, la única palabra que salió de su boca. De inmediato, volteó la vista a la puerta del estudio, pues le había parecido escuchar un ruido extraño desde fuera.
Grygera se quedó callado un momento, contemplando a Rin que lloraba amargamente, pero seguía de pie, frente a él, como si esperara una venganza por parte del millonario hombre. Pero no ocurrió. En cambio, lo que él hizo fue acercarse lentamente a la joven rubia y abrazarla con fuerza; esto en un principio la hizo saltar de la impresión, pero poco a poco cedió al abrazo de Grygera.
-Estoy orgulloso Rin, muy orgulloso. Y te perdono.- dijo con voz tranquila.
-¿Qué? No lo entiendo señor…
-Señorita, el hacerse responsable de sus actos y negar mi ayuda por no creer merecerla indican su profundo arrepentimiento en usted. Y de eso se trata, ¿de qué le serviría una tragedia si no genera un cambio en usted?- dijo con una sonrisa. –Aun así mi oferta sigue en pie y le aconsejo que la acepte, usted necesita trabajo y me debe una sirvienta.
-Claro que acepto señor, trabajare para usted.- respondió Rin con firmeza, aun con lágrimas rodando por sus mejillas.
-Bienvenida Megurine Rin.- agregó Axel estrechando su mano con la joven Kamui. –¿Y usted Luka?
-Gracias por su amabilidad señor Grygera.- dijo haciendo una reverencia. –Mis servicios están a su disposición.
-Bienvenidas señoritas. Espero que se sientan cómodas con nosotros.- concluyó dando unos golpes con su bastón en el suelo. –Hiroshi.
A los pocos segundos, el mayordomo de Grygera apareció en el estudio, invitando a Luka y Rin a seguirle. Tras hacer una reverencia más a Axel y agradecerle de nuevo, ambas salieron del estudio y siguieron a Hiroshi por los pasillos de la mansión. Ambas miraban con atención los grandes pasillos de la mansión, similares a los de un palacio, llenos de adornos costosos, láminas de oro y pinturas diversas con marcos dorados; tan asombradas estaban que en más de una ocasión obligaron al mayordomo a esperarlas.
Finalmente, pudieron llegar a su habitación después de cruzar un largo pasillo lleno de puertas que, según Hiroshi, eran los cuartos de las otras sirvientas que trabajaban ahí. Abrió la puerta y dejó ver una amplia habitación de fino suelo de madera, con las paredes pintadas de un color melón y decoradas con delgadas láminas de oro. La ventana estaba colocada en la pared que daba frente a la puerta, y sobre la misma estaba la ventana que dejaba entrar el sol; a los extremos de ese muro, estaban dos camas idénticas, de almohadas rojas y sabanas amarillas, que compartían un largo buró con una lámpara sobre si, a si izquierda estaba un peinador de un solo espejo y al otro lado un gran ropero.
-Espero estén cómodas.- dijo Hiroshi dejándolas entrar.
-Gracias. Todo luce bien.- respondió Luka, pero un ruido semejante a un fuerte crujido la interrumpió.
-¿Qué fue eso?- preguntó de inmediato Rin.
-Tranquilas, a veces se escuchan ruidos así. Pero no se alteren por ellos, con el tiempo se acostumbran.- comentó el mayordomo con una sonrisa. –Las veré en la cena.- se despidió y cerró la puerta. Al darse la vuelta para regresar por donde había llegado se topó frente a él con Haku, que no paraba de mirar la habitación. –Buenas tardes Haku.- le saludó. –Tenemos a dos compañeras nuevas.- comentó con una sonrisa y se fue caminando por el pasillo.
-Lo sé…- dijo para ella misma antes de encerrarse en su propia habitación.
Ya pasaba de la media noche, la mansión Grygera permanecía en un total silencio que se extendía desde el enorme jardín hasta las habitaciones de las sirvientas, donde todas permanecían profundamente dormidas. La oscuridad se expandía por los pasillos de la enorme residencia, siendo combatida solo en algunos muros con pequeñas velas que se derretían lentamente sobre su candelabro. Las actividades en la residencia Grygera habían cesado al fin, después de un día entero atendiendo a los trabajadores enviados por el rey y a las dos nuevas sirvientas del señor Axel. Sin embargo, había un cuarto en el que alguien permanecía despierto. Con sumo cuidado, Rin caminaba en círculos frente a su cama, moviendo impaciente sus dedos y con una expresión de angustia. Pasados unos minutos, la rubia se detuvo y lanzó un largo suspiro. Miró a su ahora hermana que dormía tranquila y ajena a todo, descansando por fin después de tantas tribulaciones que pasaron juntas para escapar del Reino Amarillo y llegar al Reino Verde.
Pero ella un tenía algo que hacer. Sin hacer ruido alguno, se acercó a ropero, lo abrió y sacó una manta larga de color negro. Se cubrió con este como si se tratase de una capucha y abandonó la habitación en total silencio. Tras vagar por un rato por la enorme mansión, la joven Kamui por fin pudo llegar a la cocina, después de entrar a un baño, una bodega de instrumentos de limpieza y una extraña sala con siete cuadros colgados. Una vez en la cocina, se fue directo a las alacenas para buscar un frasco de cristal, o una botella, no importaba el recipiente siempre y cuando se encontrase vacío. Tras rebuscar con sus manos por varios cajones y alacenas, pudo tomar un pequeño frasco vacío que guardó entre sus ropas.
En poco tiempo, Rin se las pudo ingeniar para salir de la mansión y terreno Grygera, que para su buena suerte no estaban cerradas ni la puerta de la casona ni las rejas que marcaban los límites de los dominios pertenecientes al excéntrico hombre del País Magenta. Rodeada de penumbra, sin más luz que la proporcionada por la luna y las estrellas en el cielo, la antes monarca de cabellos dorados caminaba por las tierras baldías del Reino Verde; era la segunda vez que sus ojos eran testigos de los resultados de una guerra, solo que ahora miraba la reconstrucción de un pueblo, misma que tal vez nunca pudo llegar si sus hombres hubiesen tomado el palacio del rey. Temerosa pero aun así con paso decidido, ella avanzaba sin dudarlo ni un segundo; en el fondo agradecía la situación actual del lugar, al estar todo despoblado podía pasear de noche sin miedo a toparse con algún bandido o cualquier otra persona peligrosa.
Finalmente, Kamui Rin llegó a su destino. Las playas del Reino Verde eran el segundo lugar en todo el pueblo que sus hombres no habían podido destruir; el único rastro que quedaba del paso del ejército amarillo eran las ya borrosas huellas en la arena que tanto el mar como el viento se encargaban de desaparecer. La antes reina se acercó a la orilla, hasta un punto en el cual la marea lograba tocar sus pies; apenas el agua le llegaba a la punta de sus dedos, se quitó los zapatos para dejarlos a un lado y se quedó parada unos minutos en donde la marea lograba cubrir hasta sus tobillos. Permaneció así por un largo rato, casi una hora de pie admirando la majestuosidad del océano a la luz de la luna, as olas que se formaban en el horizonte y golpeaban con fuerza la superficie marina para crear un oleaje menor que se extendía desde el centro del mar hasta la orilla de la playa donde los pies de Rin se mojaban con el agua salada.
-Te extraño Len…- alcanzó a decir en un susurro. A la vez, un par de lágrimas brotaron de sus ojos, recorriendo sus mejillas y cayeron de su rostro para unirse a las aguas del océano.
Tras dejar escapar un suspiro lleno de pena y amargura, la joven rubia sacó de sus ropas el frasco de cristal junto con un pequeño trozo de papel, una pluma y un diminuto tintero con una letra "G" grabada. Metió la punta del instrumento en la tinta, para luego guardar el frasco y, apoyándose en la base de la ampolla, escribía un breve mensaje compuesto por una oración. Tomó el papel y lo introdujo en el recipiente, cerrándolo tan fuerte como pudo.
-Dios… por favor…- dijo con un hilo de voz.
Tras esperar unos segundos, cuando la marea iba a la baja, Rin arrojó el frasco con todas sus fuerzas hacía el mar. Por unos segundos, el recipiente se hundió, pero pudo salir a flote a medida que se adentraba al oscuro océano, mientras que los ojos de la joven Kamui, aunque llorosos, permanecían clavados en el mensaje que recién había mandado. Pero en su nostalgia, no podía percatarse de un peligro cercano. A sus espaldas, acercándose con un filoso cuchillo, se acercaba una figura humana que luchaba con la arena, el viento y su propio cuerpo para no hacer ningún ruido; aquella silueta era Yowane Haku, la amiga de Hatsune Miku. Ella había escuchado la conversación que Axel Grygera mantuvo en su estudio con Rin y Luka, enterándose de la verdadera asesina de su única amiga en el mundo; y a pesar de saber que el señor Grygera le perdonó por su atroz acto, el ser de la hija de blanco estaba cegado por la ira, el dolor y el deseo de venganza. Cada paso le acercaba al objeto de su odio y rencor, estaba indefensa y desprevenida, dándole la espalda al peligro que le asechaba. Con coraje, Haku empuñó el afilado cuchillo, dirigiéndolo a la nuca de la distraída Rin que sollozaba al mirar el mar; sin embargo, cuando estaba dispuesta a dejarlo caer sobre el cuello de la joven rubia, esta se dio la vuelta o a menos eso le pareció a Haku, pues el rostro que vio era el de un joven idéntico a Rin que solo le dijo "No" antes de desaparecer en el aire. La chica de cabello blanco había quedado paralizada en el acto, sin comprender si era a causa del susto o si aquella aparición tenía la culpa, el caso era que no podía moverse y se veía obligada a escuchar las palabras de la joven Kamui.
-Dios…- comenzó a decir Rin con una voz melancólica. –Por favor… escúchame. Sé que nunca te he llamado, que nunca creí necesitarte. Pero ahora te necesito tanto.- dijo apunto que romper en llanto, pero tras una pausa prosiguió. –Luka y Len siempre me han dicho que tú te acercas a los que se arrepienten de corazón y… y yo en verdad lo estoy. ¡He sido malvada!- gritó. -¡He sido soberbia, egoísta y ambiciosa! Y por eso lo perdí todo… Por no escuchar las voces de Hiyama, Luka y Len, que buscaban el bien de todas las personas que de mis decisiones dependían para vivir; pero en cambio, decidí escuchar a un hombre malvado que sólo buscaba su propio beneficio el cual disfrazaba de consejos y adulaciones. Fui una tonta. ¡Tonta!- gritó. –Yo misma provoqué la ira de mi pueblo, destruyeron mi casa, mis tierras y a la persona que más quería en este mundo, mi hermano Len. Se sacrificó por mí, ofreció su vida para que yo siguiera viviendo ¡aunque no lo merezco! ¡Yo debería estar muerta, no él! ¡Mi cabeza debió ser cortada, no la suya!- seguía hablando, a pesar del nudo que se formaba en su garganta y las lágrimas que comenzaron a brotar de sus ojos. –¡Lo extraño! Quiero estar junto a él de nuevo. ¡Quiero a mi Len de vuelta!- gritó con todas su fuerzas, cayendo de rodillas al suelo completamente deshecha por dentro. Ya no podía contener su llanto, mismo que al fin dejó salir. -¡Perdón! ¡Perdón Dios por pecar contra ti! ¡Perdón Hiyama por no escucharlo! ¡Perdón Luka por ignorarte! ¡Perdón por defraudarte mamá! Perdón mi reino por destruirte… Perdón Kaito por asesinar a tu prometida. Perdóname Len… ¡Perdóname por todo Len!- rugía entre sus sollozos, mientras que sus lágrimas caían directo a las saladas aguas del mar, mismo que se agitaba a medida que ella pedía perdón. –Si algún día nos vemos de nuevo, si podemos volver a nacer… quiero ser de nuevo tu hermana Len, por favor…
Haku dejó caer el cuchillo a la arena tras escuchar los lamentos de Rin, totalmente sorprendida y conmovida por las palabras de la joven rubia. Estaba arrepentida de sus malas acciones, y ello había tocado el corazón de la hija de blanco haciéndola olvidar sus planes de venganza. Sin decir nada, doblo sus rodillas para estar a la misma altura de Rin y le abrazó por la espalda, provocándole un leve sobre salto.
-¿Haku?- logró decir entre sollozos.
-Te perdono, Kamui Rin.- respondió Yowane, a punto de llorar. –Miku no querría que tomara venganza.
-Entonces… tú la conocías.
-Era mi única amiga…- contestó Haku, rompiendo en llanto.
-Perdóname…
-Te perdono Rin, te perdono.
Ambas permanecieron abrazadas a la luz de la luna, mientras el bravo mar seguía meciéndose frente a ellas, llevándose consigo aquel frasco donde el deseo de Rin estaba escrito, el cuchillo que Haku planeaba usar para vengar la muerte de su única amiga y las lágrimas llenas de arrepentimiento de ambas, una por todas sus malas acciones, la otra por pensar en arrancar una vida de mundo. Sin darse cuenta, a unos pocos metros, ambas eran vigiladas por Luka, que después de verlas reconciliadas, dibujó una pequeña sonrisa en sus labios y se dio la vuelta para regresar a la mansión Grygera.
