—Y bien, Malfoy, estamos esperando —esta vez fue George Weasley quien apresuró a Draco.

—Sí, hijo, di lo que tengas que decir. Total, ya todos sabemos que cuando tienes esa cara, nada bueno se nos avecina —agregó Narcisa dando fuerzas a Draco para hablar.

Respiró profundo y apoyó ambas manos en el respaldo de una silla desocupada, miró primero a Hermione y luego a Astoria. Gesto que hizo que todos se dieran cuenta de que el tema iba por ese lado. Astoria tomó fuerte la mano de Ron, el que cruzó su brazo por el hombro de ella.

—Astoria —la muchacha lo miró casi horrorizada—… mañana el Ministerio generará una orden de captura en tu contra.

—¿En mi contra? —preguntó sin entender.

—¿Y por qué? ¿Cuál es el motivo? ¡No pueden hacer eso! Harry, ¿tú lo sabías? —fue Ron quien preguntó bastante exaltado.

—Deja que Malfoy termine de hablar —el tono calmado de Harry daba a entender que él tenía conocimiento de esa orden.

—Eso es solo una parte. El tema es bastante más complicado… debes ser fuerte, Astoria… y también Hermione; Weasley, tú también —les dijo Draco mirando a cada uno.

—No entiendo, Malfoy, ¿a qué te refieres? —volvió a preguntar Ronald.

—El Ministerio ha resuelto regresar la fortuna Malfoy a las arcas familiares, lo cual ya se hizo. Sin embargo, Kingsley no está de acuerdo con el proceder de tu padre, Astoria y, tanto él como tu madre en estos momentos están recluidos en Azkaban.

—¿Qué? ¡No! —Astoria había cubierto su rostro con las manos, intentando ocultar el llanto.

—Tranquila, amor —Ronald intentó reconfortarla, a pesar de que aún no entendía a dónde quería llegar Malfoy.

—¿Y qué tiene que ver la fortuna de los Malfoy con los padres de Astoria? —pregunto George.

—El Ministerio ha dicho que, como una forma de dar una buena imagen de lo que ellos hacen… una especie de amnistía con los mortífagos… Devolverá la fortuna Malfoy (cosa que ya hizo pero debe respaldarse ante la comunidad mágica) y para ello… bueno… deberé casarme contigo, Astoria.

—¡¿Casarte?! —Hermione fue la que habló poniéndose de pie.

—¿Conmigo? ¡Eso es ridículo! —añadió Astoria.

—Será un matrimonio falso, pero será la única forma de que mi familia recobre la fortuna y tus padres… y el animal de Cormac, obtengan la libertad. De no hacerlo, tus padres estarán condenados… y tú también te irías a Azkaban. El Ministerio con esto marcará un hito en la reivindicación de la causa mortífaga. Se inicia con los Malfoy y luego vendrá el resto…

Hermione sentía que se le retorcía el estómago de rabia y dolor, pero ya había aprendido que en la guerra y en la vida había que hacer muchos sacrificios… aunque este era casi insostenible. Sintió la mano de Narcisa en su espalda dándole fuerzas mientras se acercaba a Draco. Él la miró triste y la recibió en sus brazos.

Por otro lado Astoria descansaba su rostro empapado por las lágrimas en el pecho de Ron.

Draco le tomó las manos a Hermione y ella en voz baja, solo para ellos le habló:

—Draco, ¿qué ocurrirá si tu padre les exige que consumen el matrimonio?

—De eso no hablamos, pero no ocurrirá.

—Draco, ya conoces a Lucius. Te lo va a exigir. Yo… yo no podría… —ahora era Hermione quien descansaba su rostro en el pecho de él. Draco solo la abrazó y besó su frente.

—Calma amor mío, eso no va a pasar.

—¿Y para cuándo han pensado hacer el supuesto matrimonio? —preguntó Ginny quien se había mantenido en silencio luego de su desafortunada intervención del comienzo. Draco se giró mirando al resto, en tanto Hermione no pensaba soltarlo.

—Si Astoria se entrega mañana antes del mediodía —explicó Draco mirando a Harry, este solo asintió indicando que efectivamente ese era el horario estipulado—, la boda se podrá realizar cuanto antes. El sábado tal vez… no sé… pero será pronto.

—¡Eso es en tres días! ¡Oh, Draco! —ahora otra vez Hermione sentía que quería adherir a Draco a su cuerpo. Temblaba y lloraba. Nunca antes había amado de esa manera y no sabía por qué el destino se empeñaba en separarlos.

—Vamos chicos, creo que debemos dejarlos solos un rato —opinó George quien se puso de pie invitando al resto a salir de la sala.

—No, amigos. Este un tema que todos debemos asumir juntos —agregó Ronald—. Es hora de cortar las artimañas del Ministro. Debemos buscar la forma de desenmascararlo ante la opinión pública. Ya no es suficiente un diario o un programa de radio. Debemos ser más inteligentes, y creo que hora de usar la fuerza.

—Weasley, no es necesario buscar un libro para decodificar tus palabras. Debo entender que estás hablando de una especie de… ¿golpe de Estado? —Blaise, que generalmente no hablaba mucho, había dado con lo que a todos en algún momento se les había pasado por la mente.

—Como lo hacen los muggles —agregó Harry, quien hacía rato había estado pensando en la forma de que La Orden no estuviese limitada a un reducido número de integrantes, sino que incluir a magos de elite, soldados dispuestos a ir en contra del Ministerio.

—Somos muy pocos, Blaise, ¿quién querría unírsenos? —preguntó Draco.

—Algunos magos de Dinamarca… —informó Theo quien conocía a muchos en ese lugar.

—Yo sé que en Irlanda, en donde está mi hermana, hay muchos aurores que estarían de acuerdo en apoyarnos —aportó Astoria.

Harry se puso de pie y dio un par de vueltas por la habitación, pensando en aquello. Sí, ese era el único camino que les quedaba. Pero debían ser cautelosos. Usar bien la cabeza y no dar un paso en falso.

—Potter, debes tener mucho cuidado a quiénes vas a reclutar —dijo Draco y Harry asintió.

—Por nuestra cuenta, podemos encontrar a unos cuántos más, ¿no es así, Theo?

—Sí, Blaise y ya sé a dónde ir, ¿me acompañarías? —preguntó Theo mirando a Ginny, quien giró su vista hacia Harry, pero este aún estaba concentrado en sus pensamientos—. No veo por qué tengas que pedirle permiso a él. ¿Vas o no?

—Sí, claro que sí. Yo te acompaño —respondió Ginny segura, dándose cuenta de que había sido un error mirar a Harry. Entre ellos ya no había nada.

—Draco, ven. Vayamos a la habitación, debemos hablar —Hermione sabía de otra persona que se podía unir a la causa, sin embargo, no era prudente hablar de él.

—Nosotros nos vamos —Ron tomó de la mano a Astoria—. Aún no hemos decidido si se entrega o no.

—La decisión que tomen será la correcta y la aceptaremos —les dijo Narcisa.


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Buscar refugio en la nostalgia es como amarte a distancia, amor.

Lo cierto es que no puedo vivir sin ti.

Ronald Weasley salió de su habitación a eso de las diez de la noche. Había dejado hacía casi una media hora a Astoria en su cuarto porque quería estar sola. No obstante, él no podía estar en sin ella.

Sabía que en Grimauld Place solo estaban ellos dos. Harry debía seguir en el hospital porque terminada la reunión había dicho que quería ver a Pansy. Y, tanto Theo como Zabini, debían estar organizando lo que pronto se les venía. Comprendía que a él le correspondía estar con ellos en ese momento, pero sabía que ahora su lugar era al lado de Astoria.

Golpeó suavemente la puerta de la habitación, suponía que aún no se dormía porque la muchacha acostumbraba a apagar la luz después de las nueve y él desde su balcón, aún veía luz. Además con todo lo ocurrido, dudaba que pudiera dormir.

Se había despedido de ella pero sentía que cada minuto que pasaban separados, era un siglo. Su amor —ya no podía definirlo como «gusto» o «querer»— iba más allá de todo lo que pudo imaginar antes. Era la mujer con quien había soñado toda la vida. Deseaba tenerla en sus brazos, vivir a su lado. La amaba. Amaba a esa rubia de ojos verde esmeralda que lo había conquistado desde el primer momento en que la vio.

La muchacha desde adentro le contestó con una voz nasal, como si estuviese resfriada.

Abrió la puerta y la vio sentada en la cama con los ojos lacrimosos, de inmediato entendió que estaba llorando por lo que Draco les había dicho durante la reunión.

—No me quiero casar, Ron. No quiero dejarte… pero mi madre y mi padre están en riesgo. No quiero pensar en lo que les puedan hacer —dijo poniéndose de pie y abrazándolo fuertemente.

—Lo que tú decidas, amor mío, para mi estará bien. Malfoy se encuentra en las mismas condiciones que tú. Y tal como dijo él, será un matrimonio falso. Debes confiar.

—No quiero que nos separen.

—Estaremos más unidos que nunca, amor mío.

La besó como nunca lo había hecho antes. Era un beso que castigaba, lleno de emociones y que tenía la intención de explicar que a pesar de que otros quisieran definir por ellos, su amor estaba por sobre todo.

Astoria no opuso resistencia y con total voluntad abrió su boca para recibirlo. Con firme insistencia Ron quería devorar los labios de ella con su lengua, hasta que logró la entrada que quería. Un gemido de satisfacción escapó de su garganta, cuando sintió que ella se entrega completamente a esas caricias, respondiendo a su beso, con deseo y pasión.

Ron levantó al fin la cabeza y ella lo miró a la cara, y leyó su determinación. Él tenía un rubor oscuro en las mejillas, y los ojos medio cerrados, brillantes. La pasión que Astoria vio reflejada en ellos no le hizo sentir miedo, sino un deseo tremendo de explorar qué había más allá.

Las manos de él acariciaron su espalda y la atrajeron contra su cuerpo. Volvió a besarla, era un beso de posesión. Buscaba una respuesta, la exigía, y Astoria intentó con desesperación ignorar esa sensación que se apoderaba despacio de ella, pero que de apoco minaba sus defensas. Su deseo, su calor femenino la estaban traicionando y realmente quería ser traicionada por esa pasión. Dejarse llevar, dejarse amar. Sentirse mujer con el hombre que amaba.

Ron deslizó su mano, le acarició el pecho por sobre la bata, mientras su boca se movía por la mejilla y el cuello, hasta detenerse en el cabello. Astoria lo empujó con las palmas de las manos tratando de luchar más que con él, sino que contra ella misma, pero Ronald la obligó a apoyarse en la pared, y ella sintió cómo su bata caía al piso, dejándola ante él, solo una camisola corta que no cubría mucho.

Los ojos de Ron la recorrieron, Astoria los sintió ardientes sobre su piel. En seguida, la mano de él ingresó desde su espalda hasta el pecho despertando sus sentidos con la caricia sedosa.

La excitación recorrió a Astoria, sintió cómo su pezón se endurecía contra la palma de la mano de él. Retorció el cuerpo, se arqueó, mientras su cabeza se movía de un lado al otro, sin cesar…

—¿Qué poder tienes sobre mí, Astoria? Estoy atrapado. Estás en mi sangre como una droga y no puedo tener suficiente de ti. Nadie logrará separarnos... vivir sin ti es no vivir.

De la boca de Astoria se escapó un gemido suave, y su cabeza cayó contra el hombro de él, mientras su cuerpo se estremecía. Extendió los dedos sobre el pecho de Ronald y encontró una fuerza desesperada de él para empujarla y llevarla a la cama.

Ella se dejó quitar la ropa mientras admiraba cómo el hombre que amaba se acomodaba sobre ella, desnudo, dejándose admirar.

Sintiéndolo dentro, gritó su nombre en medio de besos y caricias. Se pertenecieron, temerosos de que quizá no volvieran a estar juntos, porque al final de cuentas, la decisión era de ella…