La historia ni los personajes me pertenecen. La historia es de David Levithan y los personajes son de Stephenie Meyer.


Día 6020

Xavier Adams no hubiera imaginado nunca que este sábado iba a ser así. Se supone que debía ir a ensayar pero, en cuanto sale de casa, llama al director y le dice que está resfriado y que espera que, con suerte, sea de esos que solo duran 24 horas. El director es comprensivo —van a representar Hamlet y Xavier es Laertes, así que pueden ensayar muchas escenas en las que él no aparece—. Así que Xavier es libre… ¡y se dirige inmediatamente en pos de Isabella!

Me ha dejado unas indicaciones, pero no me ha dicho cuál es el destino final. Conduzco durante casi dos horas, dirección Oeste, hacia el interior de Maryland. Las indicaciones me llevan hasta una cabaña pequeña escondida en el bosque. Si el coche de Isabella no estuviera delante, pensaría que me he perdido.

Para cuando salgo del coche, me espera en el quicio de la puerta. Parece que esté contenta, pero nerviosa. Yo no sé dónde estoy.

—Hoy eres muy guapo —observa cuando me acerco.

—Padre francocanadiense, madre criolla. Pero no hablo ni una palabra de francés.

—Hoy no va a aparecer tu madre, ¿verdad?

—No.

—Bien. Entonces puedo hacer esto sin miedo a que me maten.

Me besa con todas sus ganas. Y yo le correspondo de igual manera. De repente, dejamos que sea nuestro cuerpo el que habla. Dejamos el quicio atrás y entramos en la cabaña. No miro la habitación; prefiero sentirla a ella, saborearla, pegarme a ella al tiempo que ella se pega a mí. Me quita la chaqueta. Nos quitamos los zapatos de una patada. Me guía hacia atrás. La cama golpea la trasera de mis piernas, que se doblan. Caemos torpemente sobre ella. Nos divierte la situación. Yacemos. Se apoya en mis hombros. Nos besamos y nos besamos y nos besamos. Jadeos y calor y contacto y fuera las camisetas y la piel sobre la piel y sonrisas y murmullos y la enormidad revelándose ante nosotros en el más ligero de los gestos… en la más delicada de las sensaciones.

Me zafo de un beso y la miro. Se detiene y me mira.

—Hola.

—Hola —responde.

Trazo los contornos de su cara, de su clavícula. Ella me pasa los dedos por los hombros, por la espalda. Me besa el cuello, la oreja.

Por primera vez, miro en derredor. Es una cabaña de una sola estancia, así que el baño debe de estar fuera. Hay cabezas de ciervo en las paredes. Nos observan con ojos cristalinos.

— ¿Dónde estamos?

—Es la cabaña de caza de mi tío. Está en California, así que he pensado que no pasaría nada por venir.

Busco ventanas rotas o signos de que hayan entrado por la fuerza.

— ¿Y cómo has entrado?

—Pues con la llave de emergencia.

Me acaricia los pelos que tengo en el centro del pecho y, después, el corazón. Yo acaricio con suavidad la suave piel de su costado.

—Menuda bienvenida.

—Pues aún no ha terminado.

Y así, sin más, volvemos a juntar nuestro cuerpo. Dejo que lleve la iniciativa. Dejo que me desabroche los vaqueros y que baje la cremallera. Dejo que se quite el sujetador. La sigo pero, a cada paso que da, la presión aumenta.

¿Adónde vamos a llegar? ¿Adónde deberíamos llegar?

Sé que esta desnudez significa algo. Sé que esta desnudez es señal de confianza, que es señal de deseo. Así es como somos cuando nos abrimos el uno al otro completamente. Aquí es adonde venimos cuando no queremos seguir escondiéndonos.

La quiero. Quiero que esto suceda. Pero tengo miedo.

Nos movemos como si tuviéramos fiebre. Luego, el ritmo baja y nos movemos como si estuviéramos en un sueño. No llevamos ropa —solo nos cubren las sábanas—. Este no es mi cuerpo, pero es el cuerpo que ella desea. Me siento como si estuviera actuando.

Y esa es la fuente de la presión. Esa es la causa de mis dudas. Ahora mismo, estoy aquí con ella por completo. Pero puede que mañana no. Puedo disfrutar del día de hoy. Puede que ahora me parezca bien hacerlo. Pero, mañana, no sé qué sucederá. Puede que, mañana, me haya ido.

Quiero dormir con ella. Es lo que más quiero en el mundo.

Pero es que también quiero despertarme a su lado a la mañana siguiente.

El cuerpo está listo. El cuerpo está a punto de sufrir una explosión de sensaciones. Cuando Isabella me pregunta si quiero, sé lo que respondería el cuerpo.

Pero le digo que no. Le digo que no deberíamos. Aún no. Ahora, no.

Aunque su pregunta es sincera, le sorprende la respuesta. Se aparta de mí y me mira.

— ¿Seguro? Yo sí que quiero. Si es por mí, no te preocupes. Yo quiero. Estoy… preparada.

—Creo que no deberíamos.

—Vale —y se aparta aún más.

—No es por ti. Y no es que no quiera.

— ¿Entonces?

—Me parece mal.

Parece que la respuesta le siente mal.

—De Jacob ya me preocupo yo. Estamos tú y yo solos. Es diferente.

—No, no estamos tú y yo solos. También está Xavier.

— ¿Xavier?

—Xavier —y señalo mi cuerpo.

—Ah.

—Nunca lo ha hecho. Y me parece mal… que su primera vez sea así… sin que lo sepa. Me sentiría como si le estuviera arrebatando algo. Y me parece mal.

No sé si lo que le estoy diciendo es verdad o no y no pienso acceder a los recuerdos del chico para descubrirlo. Es una razón aceptable para parar. Aceptable, porque no hiere sus sentimientos.

— ¡Oh! —Exclama mientras se acerca a mí nuevamente y se acurruca a mi lado—. ¿Crees que esto le importa? —el cuerpo se relaja. Disfruta, pero de otra manera—. He puesto una alarma, así que podemos dormir —dice.

Navegamos juntos. Desnudos. Por la cama. Mi corazón sigue a mil. Cuando reduce la velocidad, la reduce al ritmo del de Isabella. Hemos entrado en el capullo más seguro que puede tejer nuestro afecto. Y yacemos allí. Y nos deleitamos con la riqueza del momento. Y nos derramamos suavemente el uno en el otro. Y caemos dormidos.

No es la alarma lo que nos despierta, sino una bandada de pájaros al otro lado de la ventana. El sonido del viento en el alero del tejado.

He de recordarme que la gente normal también tiene esta necesidad: la de coger un momento y estirarlo hasta que dure para siempre; el deseo de permanecer así mucho más tiempo de lo que va a durar realmente.

—Sé que no hablamos de ello —digo—, pero ¿por qué estás con él?

—No lo sé. Antes creía que lo sabía. Pero ya no lo sé.

— ¿Cuál ha sido tu favorito?

¿Mi favorito?

—Tu cuerpo favorito. Tu vida favorita.

—Una vez estuve en el cuerpo de una chica ciega. Cuando tenía once años. Puede que doce. No sé si es mi favorito, pero aprendí más de ella en un día de lo que he llegado a aprender de un cúmulo de personas que he ocupado durante un año. Me enseñó lo arbitrario e individual que es la manera en la que experimentamos el mundo. Y no solo porque sus otros sentidos fueran más agudos. Estamos acostumbrados a ir por el mundo tal y como se presenta ante nosotros. Para mí fue todo un reto pero, para ella, era su pan nuestro de cada día.

—Cierra los ojos.

Lo hago. Ella también.

Experimentamos nuestro cuerpo de una manera diferente.

Suena la alarma. No quiero que me recuerden qué hora es.

No hemos encendido la luz, así que cuando el cielo se oscurece, la cabaña se oscurece con él. La neblina de la oscuridad. Un vestigio de luz.

—Me voy a quedar.

—Y yo voy a volver mañana.

—Acabaría con ello. Acabaría con los cambios si pudiera. Para quedarme aquí, contigo.

—Pero no puedes. Lo sé.

El propio tiempo se convierte en la alarma. No puedo mirar el reloj sin tener la sensación de que ya debería haberme marchado. Los ensayos han terminado. Aunque Xavier salga después con sus amigos, va a tener que volver pronto a casa. Y, sin lugar a dudas, antes de medianoche.

—Te esperaré aquí.

La dejo en la cama. Me pongo la ropa, cojo las llaves y cierro la puerta tras de mí. Me doy la vuelta.

Una y otra vez. Quiero verla. Aunque haya una pared entre nosotros. Aunque haya kilómetros entre nosotros. No dejo de darme la vuelta. No dejo de darme la vuelta hacia ella.