Las frases en cursiva son pensamientos, las partes extensas son recuerdos.
.
.
.
Aquella noche estaba plagada de silencios y penumbras absolutos. A tal punto que, aun siendo lo suficientemente sensato como parar saber que esa posibilidad carecía de toda lógica, llegué a considerar que el mundo había detenido su curso y junto a él, paralizado todo lo que lo habita. O quizá no se trataba precisamente de eso. Proviniendo igual de la vasta llanura de los sinsentidos, llegaba a mí la idea de que tal vez, sólo tal vez, únicamente en mi cabeza se habían detenido las agujas del reloj; que inconscientemente hice congelar el tiempo, dejándome a la deriva, estancado en las cavilaciones que me mantenían en vela.
Yacía tieso en la cama, con la vista perdida en la negrura en la que estaba sumido. No me fue posible conciliar el sueño, y llevaba así lo que se me antojó como una eternidad. Meditabundo, pensando en todo y en nada. Sin frío ni calor. Sintiéndome tranquilo y a la vez tan inquieto…
Mis párpados pesaban y mis ojos ardían víctimas del cansancio, pero el insomnio se instaló tan cómodamente en mí, que con libre albedrío se autoimpuso la potestad de despojarme de unas buenas horas de descanso.
Haciendo eco a través de ese limbo pleno de fatiga y desasosiego en el que irremediablemente me hallaba atrapado, una molesta vocecilla me lanzaba severos reproches que poco a poco iban calando en mi consciencia. Todos y cada uno de ellos estaban dirigidos al bruto e irracional comportamiento que adopté al final de la tarde, ese que salió a flote por dejarme arrastrar por el turbio torrente de emociones que me golpeó al ser testigo de aquella escena que no quería ni recordar.
Plantándole cara al remordimiento que aumentaba con desmesura con cada palabra que rebotaba en las paredes de mi cabeza, mi –para ese entonces debilitado– orgullo hacía malabares para justificar tal comportamiento. Se ingeniaba mil y un excusas con las que pretendía convencer a mi sentido común de que cualquiera en su sano juicio habría reaccionado así al ver que otro idiota pretende a su mujer. Que era normal, y no precisamente machismo, que mi primer impulso haya sido tomarla para recordarme a mí mismo de que no tenía nada de qué preocuparme, de que ella estaba conmigo y que nunca estaría con él. Empero, no existía ni un miserable pretexto que sirviera para salvarme de la amarga inseguridad hacía mella en mí como nunca antes. Era una sensación que iba más allá de cualquier ataque de celos que pudiese experimentar, más allá de cualquier enojo o descontento que me haya podido asaltar.
El miedo a perderla me consumía.
Y sospechaba que también temía de mí mismo, de lo dependiente que era de su compañía y de lo mucho que la necesitaba en mi vida.
Pese a no poder atisbar ni un tenue contorno de las siluetas que circundaban el espacio debido a la oscuridad, giré el rostro hacia el lado opuesto de la cama. Sin necesidad de verla, podía visualizarla allí con entera claridad. Ya me había aprendido de memoria las líneas que dibujaban su cuerpo; conocía el ritmo con el que su pecho subía y bajaba al compás de su acompasada respiración, y sabía con total certeza dónde se ubicaba la curvatura de su cintura y el prodigioso ascenso hacia sus caderas. Sabía que dormitaba acostada de lado, de espaldas a mí y con la cobija cubriéndola hasta tocar sus labios. Sus hebras negruzcas tiñendo con rebeldía la blanquecina almohada y sus piernas recogidas, aunque no demasiado. Sabía incluso qué tanto debía acercarme para tocar su espalda, y qué tan suave hacerlo para no interrumpir su descanso.
Me sobraban las ganas de apretarla contra mí, pero me contenía el no querer despertarla. No después de que consiguió vencer al insomnio luego de una batalla que se prolongó por un intervalo de tiempo que no fui capaz de medir, porque al fin y al cabo ya había extraviado tal noción al deducir que, sin previo aviso, había dejado de avanzar.
Con su aroma dulzón impregnado en mi cuerpo, acomodé con pesadez mi antebrazo sobre mis ojos y me dispuse con toda voluntad a deshacerme de la zozobra que férreamente se rehusaba a abandonarme. O a ignorarla, al menos, hasta llenarme de la calma que únicamente el estado de inconsciencia podría regalarme en ese momento. Empero, tal estrategia de escape no sería suficiente para escabullirme de esa visión que entre brumas y sombras comenzaba a materializarse en medio del vacío.
¿Cuántos errores más tolerará?
¿Cuántos más debo cometer para agotar su paciencia?
¿Cuántos más, hasta arruinarlo todo sin que haya ni una mísera posibilidad de remediarlo?
El silencio que oscilaba entre ambos era abrumador, tanto como la tensión que se convirtió en plomo sobre nuestros hombros. En mi tarea de hacer caso omiso, fijé la vista a la ventana simulando contemplar el exterior aun cuando el cristal empañado por el frío no me permitía hacerlo. Extrañamente, los pasillos se hallaban desprovistos de toda actividad y en los jardines sólo se apreciaba nieve y soledad.
Mikasa estaba allí, detrás de mí, vistiéndose en mudez. El sonido de la tela deslizándose por su cuerpo y el de las correas siendo ajustadas eran los únicos ruidos que se apreciaban en el lugar. No me atrevía a mirarla. Hice mal, sí... En mi fuero interno esa certeza ardía y quemaba. Pero el coraje que me recorría las venas como lava hirviendo obstaculizaba todo resquicio de sensatez, impidiéndome así proceder a hacer lo correcto. Pedirle una disculpa, tal vez. Aceptar que tenía la razón y que estaba jodidamente celoso, quizás.
Sin embargo, por más que quisiera decir algo, cualquier cosa, las palabras rehuían de mí sin dejar rastro. Desaparecían, se esfumaban incluso antes de tener la intención de dejarlas salir con la esperanza de que llegasen a ella sin que se perdieran o rompieran en el camino.
"Bien", pensaba, "si es tan endemoniadamente difícil articular una miserable frase, entonces actúa".
Sí, eso. ¿Por qué no mejor abrazarla? Sólo serían un par de pasos… Sólo debía dar unos pocos para atravesar el abismo que nos separaba y alcanzarla.
Cuán ingenuos solemos ser a veces. Sobre todo yo, al creer que los desaciertos consecuentes de la necedad humana pueden resolverse con semejante trivialidad.
Sin más titubeos, me dispuse a llevar a cabo el plan que consideré la bendita solución. Sin embargo, en cuanto me di la vuelta para moverme en su dirección, la determinación que segundos antes me llenó de valor se me escapó como arena entre los dedos. Mis pies se quedaron afianzados al suelo y el resto de mi cuerpo se convirtió en piedra al descubrir su mirada puesta en mí.
La sangre hirviente que reverberaba bajo mi piel se heló en un santiamén. Sus orbes cristalinos estaban cubiertos por una fina capa de humedad que, de no ser por su magnífico autocontrol, no habría tardado demasiado en empapar sus mejillas. Me observaba denotando un sentimiento que fluctuaba entre el enojo y el desdén; y sus labios, aun teniéndolos apretados, temblaban casi imperceptiblemente.
—No quiero que vuelvas a hacer eso.
Se me olvidó hasta cómo carajos hablar. Mis entrañas se contrajeron y no me di cuenta de que estaba reteniendo la respiración hasta que mis pulmones punzaron desesperados por un poco de aire.
—Yo…
—Esta no es la manera de resolver las cosas Levi, recuerdo habértelo dicho ya en otra ocasión. Y no te atrevas a mentirme diciéndome que no pasa nada, ni tampoco me salgas con que era simple calentura porque sé que no es el caso —soltó con una frialdad que hacía mucho no me dirigía. El tono tajante me despojó de la iniciativa de defenderme—. Si tienes un problema, si algo te molesta o te inquieta, entonces dímelo y juntos aclararemos lo que sea que te agobie. Hablando se entiende la gente.
—Ese sujeto no tiene buenas intenciones para contigo, Mikasa. ¿Acaso no lo notaste o qué?
—¿Cómo estás tan seguro de que no me percaté de ello? —contraatacó de pronto irritada—. Levi, por si no lo sabías, tú no eres el único que lidia con ese tipo de cosas. Cuando vamos por la calle, o incluso aquí dentro de los muros del cuartel, yo tengo que soportar que también recaigan sobre ti las miraditas bobaliconas que más de una te lanza sin decoro alguno. Tal vez tú no las adviertes, pero yo sí.
Fruncí el ceño, incrédulo. Procesando rápidamente sus palabras, llegué a la conclusión de que era un disparate eso que afirmaba.
—He de suponer que has malinterpretado las miradas de terror que me dedican al verme pasar.
Mikasa rodó los ojos y resopló con hastío, clara señal de que su paciencia iba en picada a velocidad de la luz. Debía cuidarme de dar un paso en falso. En ese momento ya había cruzado las barreras de su tolerancia y me había adentrado en un campo minado, donde hasta el más mínimo movimiento gozaba del poder de desatar un infierno.
—Supón lo que quieras —sentenció fulminándome—. Pero créeme que si yo empezara una discusión por cada uno de esos molestos episodios, entonces ya no quedaría nada de nosotros.
—Hn.
—Me trae sin cuidado las intenciones que tenga Zeke, porque él llegará tan lejos como yo se lo permita. Puedes entender eso, ¿verdad? ¿Podrías confiar en mí, por favor?
Asentí despacio por pura inercia, y ella me sostuvo la mirada por un par de segundos que parecieron estirarse al infinito. Suspiró audiblemente y con resignación se dedicó a terminar de acomodar su ropa sin volver a reparar en mí.
Y ajenos permanecimos desde ese instante. Anduvimos compartiendo espacios sin más interacción que los vistazos furtivos que nos destinábamos cuando creíamos que el contrario estaba lo suficientemente distraído como para advertirlo, además de los roces accidentales aquí o allá que distaban mucho de ser considerados caricias.
No era por orgullo, sino por precaución. Ambos teníamos conocimiento de lo terribles que podían ser nuestros temperamentos, en especial cuando ya han sido crispados previamente. Por fortuna, en los últimos meses tropiezo tras tropiezo fuimos aprendiendo cuáles eran los límites que no debíamos sobrepasar para no provocarnos daños irremediables; y a su vez, descubrimos cuáles eran las medidas preventivas ideales para evitar el punto de quiebre que nos acarreaba una atroz confrontación. La más eficaz era la que yo en secreto había denominado "la tregua del silencio", la cual consistía en no mediar palabra –o dejarnos en paz, también podría considerarse de tal modo– a menos que fuese estrictamente necesario. La duración de dicha tregua solía ser relativamente breve. Sólo requeríamos unas cuantas horas, sólo ese corto plazo para estar una vez más en perfectas condiciones de conversar como personas civilizadas y completamente razonables. Por ese entonces, nuestra indiferencia ya comenzaba a agonizar en su lecho de muerte y cuando al fin perecía, cedíamos y le buscábamos soluciones a los inconvenientes.
Desde hacía unas cuantas lunas atrás, ella ya no se encerraba en la otra habitación con el fin de obligarme a mantenerme alejado luego de una discusión. Y en cambio, con la seriedad que de a ratos la caracterizaba y que hacía de la muchacha dulce una reina de hielo, simulaba ignorar mi existencia hasta que se metía en la cama y me daba la espalda dejando de por medio una brecha que a mí me parecía abismal. Yo, por mi parte, lo toleraba. Lo hacía porque en el fondo agradecía el simple hecho de que Mikasa ya no optase por dejarme solo en noches como esa. Sin embargo, era inevitable que luego, al sopesar las condiciones que aceptaba gustoso sin importar qué, me sorprendiese a mí mismo soportándolo todo con tal de tenerla a mi lado.
¿Cómo demonios algo tan banal podría hacerme sentir tan feliz y aliviado?
Tch. Insólito.
Me despojé de las sábanas con una sutileza que fácilmente pasó desapercibida por la mocosa; y un suspiro cansino escapó de mis labios cuando los músculos de mis brazos y piernas protestaron proporcionándome un par de punzadas al levantarme de la cama. Haciendo caso omiso de la fatiga que amenazaba con entorpecer mis movimientos y escudriñando inútilmente el pozo de negrura que por poco me desorientó en mi tarea en cuestión, me encaminé en dirección al closet para proveerme de algo de ropa. A tientas hallé un pantalón y una camisa que me enfundé lo más rápido que pude antes de calzarme las botas adecuadas para no hundirme en las gruesas capas de nieve que cubrían el exterior.
Ya habiendo finalizado, le dediqué un último vistazo que no me reveló ni un mínimo indicio de movimiento o quietud. Agudicé mis otros sentidos y aguardé unos instantes sólo para comprobar que, en efecto, la mocosa seguía sin regresar de su profundo sueño.
Sin mayores complicaciones me topé con el pomo y la puerta cedió sin emitir más ruido que el mecanismo de la cerradura cumpliendo su función al abrirse. Mis pasos sigilosos me condujeron por el pasillo hasta encabezar los peldaños de la escalera que descendí sin prisa.
Una vez allí, de inmediato percibí que la planta baja no presentaba aquella desconcertante distorsión de la realidad que obnubilaba el piso superior. Gracias al amago de luz irradiada por la bombilla de la campana extractora –que por costumbre Mikasa solía dejar encendida–, atisbé que las agujas del reloj analógico de la cocina marcaban cincuenta y cinco minutos pasada la medianoche. Me coloqué la chaqueta que reposaba en el perchero y sin más titubeos me lancé a recorrer las calles desiertas sin un rumbo determinado, buscando distraerme y agotar las fuerzas de la inexorable tormenta de cavilaciones que me azotaba sin piedad.
Yo, fiel creyente y admirador de los maravillosos beneficios obtenidos de la práctica de fugarse del mundo siempre que la ocasión lo ameritase, motivé a mis pasos errantes a avanzar sin detenerse hasta arribar a una pequeña taberna que, desde hacía unos contados inviernos atrás, me gustaba visitar. No solía ser muy concurrida, pero sí el lugar que tenía la mejor cerveza artesanal de toda la ciudad. Al menos para mí, lo era.
—¿Desea otro, capitán?
La voz rasposa pero alegre me sacó de mi ensoñación. Despegué la mirada del vaso ya casi vacío y lo vi sacarle lustre a una copa que ya brillaba reluciente gracias a sus atenciones. El hombre, que conocía por el nombre de Hannes y por ser dueño de aquel lugar, vestía en los labios como traje de gala una afable sonrisa que le habría devuelto la dicha hasta al más desgraciado. Ante mi asentimiento, me sirvió una espumosa cerveza que pronto se sumaría a las otras ocho que anegaban mi sistema.
Como parte del ritual, estuvimos en completa mudez en todo momento, dejando espacio para un breve intercambio de palabras únicamente al final de cada ronda. Supongo que Hannes, por pura experiencia, sabía leer en el semblante de sus clientes cuándo iniciar una conversación y cuándo no interactuar más de lo rigurosamente necesario. Bienaventurados aquellos que poseyeran tal don.
Un par de horas más tarde, enfrentándome a las fuertes corrientes de viento helado que se desplazaban por la ciudad como furiosos caudales que dejaban a su paso montones de nieve que se adueñaba de toda superficie existente, abandoné dicha taberna sintiéndome más tranquilo por haber conseguido apaciguar el caos en mi cabeza, y diez años más joven tras alivianar el peso que la angustia posaba sobre mis hombros. Resguardé mis manos hormigueantes en los bolsillos de mi chaqueta y avancé con mi rostro al borde del entumecimiento por el constante golpeteo de la ventisca contra mi piel. Está de más mencionar que las calles estaban desiertas, y que yo caminaba firme y rápido desdibujándome al paso como sombra que huye de lo que cree eludible.
El estruendo emitido por el cristal estrellándose contra la baldosa resonó con ímpetu apenas entré a casa. Me quedé estático bajo el umbral viendo a la mocosa acercarse desde la cocina, cuestionándome internamente si no era obra de mi imaginación. Cerró la puerta con un manotazo y se detuvo frente a mí azorada, probablemente planteándose la misma pregunta que yo. No había sido consciente de lo mucho que la improvisada salida afectó mi temperatura corporal hasta que el frío y la humedad de mi ropa comenzaron a morderme la piel y a corroerme los huesos, originándome punzadas de dolor que viajaban como olas de fuego por todo mi cuerpo. Una modesta nube de vaho se formaba frente a mi nariz cada vez que exhalaba, y el tembleque de mis manos se tornaba más perceptible e incontrolable con el transcurrir de los segundos.
Le permití desnudarme con total sumisión. No sabía si atribuírselo al innato estado de embobamiento que ella me causaba o si era debido a que mis neuronas se habían congelado junto al resto de mi cuerpo. Sólo estaba allí, con mis orbes fijos en sus facciones endurecidas, anhelando zambullirme en la profundidad del gris de sus irises. Pero ellos no me miraban, evitaban hacerlo.
—¿No se supone que deberías estar dormida?
—¿Con qué moral me preguntas eso?
La respuesta se extravió en algún lugar de mi cabeza tan pronto como se formó. No fui consciente de que ya se había deshecho de las prendas que cubrían mi torso hasta que tironeó de mi antebrazo para guiarme hacia el sofá. Me senté motivado por un leve empujón; y ahogué un gruñido cuando me embargó la sensación de tener cientos de agujas clavadas en los dedos de mis manos apenas los apoyé sobre la superficie de cuero negro. Mikasa, quien con disimulo vigilaba hasta el más mínimo de mis gestos, finalmente se dignó a mirarme a la cara por primera vez en esos eternos cinco minutos.
—¿Te duelen mucho?
—No —rumié, apretando los dientes para que no tiritasen.
—Decir mentiras en definitiva no podría considerarse como una de tus cualidades —trató de bromear, forzando una sonrisa que se torció en una mueca nerviosa al no obtener reacción alguna ante mi impavidez. Arrugó el entrecejo al verme esquivar su intento de asir mi mano derecha y su mirada desafiante pendió de la mía largamente hasta que, quizá por descuido suyo, entre las grietas que ya comenzaban a resquebrajar las murallas que determinaban su dureza, pude avistar un deje de súplica—. Levi…
—Duele solo un poco. No es nada grave, créeme —admití sucumbiendo ante tal sentimiento reflejado en sus preciosos ojos. Cierto recelo en su expresión delató el escepticismo que me impulsó a conseguir su convencimiento—. No estuve expuesto a la nevada por mucho tiempo… No el suficiente para causarme una hipotermia o algo similar.
Mi pequeña explicación pareció disipar la incredulidad que oscilaba en ella. Inclinándome ligeramente, erradiqué el escaso espacio que nos separaba y con lentitud rocé una de sus mejillas. Cerró los párpados e inclinó la cabeza en esa dirección, entregándose con entereza a la caricia que con el dorso de mis dedos le proporcionaba a su tibia piel. La tomó y la llevó a sus labios, plantándole un beso antes de examinarla con cuidado. Yo se lo consentí, sabiendo que la disgustaría si volvía a impedírselo.
—¿Ves? Están perfectamente.
—Sí, perfectamente helados y enrojecidos —rezongó, tratando de transmitirles el calor que manaba de los suyos. Posteriormente palpó mi rostro; tanteando mis labios, mi nariz, mis pómulos, mis orejas—. ¿Sientes esto? ¿Te duele?
—Sí lo siento, a pesar de que aún estoy algo adormecido por el frío. Y también duele, aunque no demasiado…
—Siempre me regañas porque no me abrigo bien, lo recuerdas, ¿verdad? Me riñes una y otra vez porque, aunque no lo digas en voz alta, has de pensar que no me cuido como te gustaría que lo hiciera. Siempre pretendes protegerme de cada cosa, pero contigo mismo no sueles tener la misma consideración…
Me encogí de hombros restándole importancia, ella rodó los ojos y se reincorporó soltando un pesado suspiro que anunciaba el fin de la discusión. Al atisbar su intención de tomar distancia la sujeté de los brazos y la jalé hacia mí, dejándola sin más alternativa que sentarse sobre mis piernas. Posicionando mis manos en la parte baja de su espalda, la pegué a mí antes de aferrarme a su cintura como si mi vida dependiese de ello. Sus manos me recorrieron con torpeza mientras yo no hacía más que abrazarla, respirándola y contagiándome de su tibieza. Sentí el suave toque de sus dedos ascender de mis omóplatos a mi nuca, y luego un poco más arriba para juguetear con mi cabello.
El imperturbable silencio que divagaba en el ambiente fue interrumpido por el susurro de su voz.
—¿Por qué no me dijiste que saldrías? Estaba tan preocupada, no tenía ni idea de adónde habías ido a estas horas.
—¿Y no vas a preguntarme ahora a dónde fui?
—No es necesario, el olor a alcohol que desprendes habla por sí solo.
Otra vez silencio. Esta vez fui yo quien lo rompió, con una serie de palabras que me dejó tan descolocado como a ella.
—Vas a dejarme, ¿cierto?
Con forzada parsimonia presionó ligeramente mis hombros hacia atrás, creando entre ambos el espacio suficiente para buscar mi mirada. La extrañeza que la embargó en ese instante se asemejaba a la que se mostraría ante una criatura nunca antes vista.
—¿Qué?
—Lo harás cuando te canses de mí, ¿no?
—Asumiré que dices eso por la borrachera que te cargas, Ackerman.
—No estoy borracho.
—Yo creo que sí —insistió, apartando de mi frente los mechones que recaían ante mis ojos—. Aparte de parlanchín, te pones preguntón y adoptas un comportamiento inseguro como si fueses un niño.
—No vas a lograr persuadirme con toda esa cháchara, mocosa.
Acunó mi quijada entre sus palmas, sumergiéndose en el azul intenso de mis orbes también fatigados. Retrocedí cuando pretendió besarme, evadiendo de inmediato la efectiva estrategia de distracción a la que yo mismo recurro para desviar su atención. Tenía la certeza de que si apenas me rozaba, mi determinación se largaría directo al infierno.
—¿Eso es lo que te tiene tan angustiado?
—… Es sólo curiosidad.
Una tenue sonrisa iluminó su rostro, que denotaba cansancio a todas luces. Mi vista se incrustó en sus labios, metiéndome automáticamente en un lío. Tuve que usar toda mi fuerza de voluntad para no derrumbarme ante el manojo de ansiedad que mis ganas de besarla hacían de mí. Los ratos que pasaba sin aquel contacto, lejos de apaciguarlas, les ayudaba a convertirse en bestias hambrientas.
—¿Por qué me cansaría de ti?
—Opino que lo mejor sería preguntar por qué no.
—¿Qué quieres decir con eso?
—No lo sé…
—Nadie se cansa de lo que se ama, Levi.
Me quedé pasmado como un mismísimo imbécil apreciando el retumbo de mi corazón desbocado, y saboreando gustoso la calidez que ,expandiéndose en mi interior, combatía la neblina que yacía arremolinada en las entrañas de mis miedos más recónditos. Sentí sus labios acoplarse a los míos con delicadeza, y a sus brazos rodearme por el cuello firmemente. Sus pechos apretados contra el mío, sus piernas acomodadas a mis costados.
Estaba aturdido; tanto, que no fui capaz ni de pensar. Me había quedado estancado entre su declaración y las sensaciones que me brindaba en ese preciso instante. Sin embargo, le correspondí por puro instinto, sin ser plenamente consciente de lo que hacía; como si mi cuerpo estuviese programado para responder a cada estímulo suyo sin que fuese necesario ordenárselo.
La besé hasta quedarme sin oxígeno incontables veces, hasta haber memorizado su textura, hasta que su sabor anegó mi boca, hasta que mis labios dolieron junto a los suyos. Permanecí unido a ella por medio de un abrazo; quizá por unos minutos, o tal vez durante horas. Y también le sonreí, con esa complicidad que se le demuestra a un verdadero compañero de travesuras. Esa madrugada nació en mí la creencia de que sólo nosotros conocíamos el mayor secreto del mundo, y que sería sólo nuestro por el resto de nuestras vidas.
—¿Aclaradas tus dudas?
—Sí, pero tengo una más.
Sus cejas se alzaron con sorpresa. Intuí que más que asombrarse, se estaba divirtiendo con esa faceta mía que probablemente nadie más había presenciado jamás. Y yo, por primera vez en lo que iba de noche, acepté a regañadientes mi desfavorable estado de ebriedad. Esa debía ser la única razón por la que me costaba tanto dejar de formular preguntas estúpidas, justo como la que estaba a punto de soltar.
—Bien, una más.
—¿Sigues enojada conmigo?
—¿Te parezco enojada?
—No realmente.
—Bueno.
—¿Te desperté al salir?
—Dijiste que era una sola pregunta.
—Quise decir que eran dos.
—No, no me despertaste. No sé cuánto tiempo llevabas fuera para ese entonces.
Se levantó ante la aparente culminación del interrogatorio. No obstante, para su infortunio, mi naturaleza taciturna y reservada aún languidecía bajo el efecto de aquellos tarros de cerveza.
—Quédate allí —me ordenó con voz de dictador adivinando mi intención de seguir sus pasos. Me debatí fugazmente si obedecerle o no, decidiéndome por la primera opción al recibir una mirada fulminante como advertencia.
—¿Qué harás mientras?
—¿Quizá quisiste decir que eran tres?
—Supongo.
—Limpiaré el desastre que hice y te prepararé un té que te sentará de maravilla.
—Tch. Apresúrate para ir a la cama.
—Ajá.
Gracias al concepto abierto de la planta inferior del townhouse, desde el lugar que ocupaba en el sofá tenía una prodigiosa vista del escenario en el que ella se desenvolvía. Contemplé sus movimientos, viéndola recoger los restos de la taza que se hizo añicos para luego erradicar la mancha de café que arruinaba la pulcritud del porcelanato blanquecino de la cocina. En ese punto, el reloj marcaba las cinco y cuarto de la madrugada.
Repentinamente fui sintiendo cómo un despiadado cansancio se iba adueñando de todo mi cuerpo. Cerré los párpados y me dejé arrullar por sus palabras, que se repetían en mi cabeza una y otra vez, llenándome de una paz que no creí posible recuperar con tanta facilidad.
Nadie se cansa de lo que se ama, Levi.
Tenía razón. Porque si a alguna certeza le apostase mi vida, sería a la que afirmaba que yo, en definitiva, no me cansaría de ella jamás.
.
.
.
¡Holaaa a todos! ¿Qué tal están? ¡Yo espero que bien!
Admito que este capítulo inicialmente contaba con más partes. Sin embargo, dado a la tristeza que se siente en el fandom por el último capítulo del manga –del cual no quiero hablar, porque aún no lo supero :c–, me decidí a subir una parte como adelanto para distraerlos un rato con la lectura… Y tal vez alegrarles un poco también, o eso espero lograr, haha. Aun así, les informo que de inmediato iniciaré la parte restante para subir la actualización lo más pronto posible. Así que no se preocupen, esta vez tardará menos.
No está de más disculparme por la demora. Lo tomo mucho en cuenta, por eso siempre me esfuerzo para no decepcionarlos, para traerles algo bueno y entretenido, así siento que les compenso el tiempo de espera. Supongo que sólo así vale la pena, ¿no? (:
¡Aprovecho de darles la bienvenida a las personas que recientemente se han sumado a esta aventura! Es un gusto tenerlos por acá, en serio. Tanto a ustedes como a los que tienen mucho tiempo siguiendo este fic (ustedes saben quiénes son. Aw, los amo), les agradezco muchísimo el apoyo. Esto me motiva y me incentiva a continuar trayéndoles más y más sobre esta preciosa parejita.
En fin, como diría mi Levi, mucha cháchara por hoy.
¿Les gustó? ¿Sí? ¿No?
¡No olviden votar y comentar! Lo aprecio de todo corazón, y me encantaría saber lo que opinan al respecto. :)
¡Muchísimas gracias por leer!
Hasta prontito. Cuídense, los quierooooo.
