CAPÍTULO 27 ENCUENTRO CON EL PUTO DIABLO
Lo primero que sentí al incorporarme de la cama fue dolor.
Mi bastardo personal, mi castigador, mi bestia, mi jodido centro del universo y por el que mi mundo de mierda giraba todos los días con un poco más de vida me había dejado el trasero más que dolorido e inflamado. La crema que tan cuidadosamente me había aplicado tras el tremendo y placentero castigo físico al que me había sometido no había servido para nada.
Me senté a duras penas en los pies de la cama y, desnuda como me trajo mi amada madre al mundo, me paré a pensar en lo que se había convertido mi vida.
¿Qué había pasado durante todos estos días? ¿Cómo podían cambiar las cosas de esta manera?
Hace unas semanas mi vida era tranquila, plana…tediosa la mayoría de las veces que mi padre se encontraba cerca de mi espacio necesario y vital. Tenía a Matt, mi rayo de luz, mi sol que me ayudaba a sobrellevar los gritos, las amenazas absurdas y las órdenes caprichosas y sin sentido. Más que vivir, sobrevivía. Llegar a la muerte del día, llegar al crepúsculo se convertía en toda una carrera de obstáculos. Sobrevivir otro día más…esperar para ver lo que me depararía el día siguiente….Otro día, y otro, y otro…
Edward, la oscuridad hecha persona, envuelto en tinieblas, secretos y seguramente mentiras personales me había traído luz a mi vida.
Me había complementado. Me había cogido de la mano y de un empujón violento me había llevado a la luz clara y cristalina liberándome de algunas ataduras que me oprimían. Ahora no vivía en las tinieblas; ahora las veía junto a él, a su lado.
Era perturbador.
Tenía la sensación de que el tiempo se me había pasado muy rápido, y eso me daba miedo. En pocas horas había hecho demasiadas cosas; había viajado de un estado a otro, había hecho una regresión al pasado recuperando y sacando a la luz mis recuerdos más tristes, había reído y llorado con mi sol personal, Matt….y había repasado una y otra vez mis sentimientos respecto a Edward esperando haberme equivocado en la interpretación de estos. Pero no.
Me había enamorado de Edward en tiempo record y yo como una idiota se lo había confesado.
¿En qué momento había caído en sus redes? ¿En qué momento me había arrebatado el alma dejándome vacía si no estaba cerca de él? ¿Con el primer beso? Quizás fue con su primer toque violento y cálido. Quizás fueron sus palabras fogosas, ardientes y lujuriosas. En verdad no lo podía decir con exactitud, pero estaba casi segura de que Edward me eclipsó la primera vez que lo vi. Al primer segundo…Era mirada verde, felina, peligrosa. Ese miedo arrebatador que sentí cuando me miró por primera vez. Sí, ese momento lo guardaría para siempre en mi memoria. Sobre todo cuando me tuviera que separar de él…
¿Cómo me podía haber enamorado de un hombre así, con esas características? Desde hacía muchos años había dejado de creer en el amor. Nada era lo que parecía, todos eran unos mentirosos. A veces, los buenos no eran tan buenos. Y sí, la vida era una mierda. Ahora, en este momento caótico y de transición en mi vida había ido a parar al lado de un hombre que jamás habría querido a mi lado después de sufrir con la historia de Mike. Era el antagonista de mis sueños amorosos olvidados y escondidos en una mente corrompida por el mal y el sufrimiento.
Y el cabrón del destino me le había traído a mí.
Bastardo, cínico, bruto, rudo, duro, mal hablado, sin escrúpulos, vengativo….La lista podía seguir, pero no eran insultos. Ahora para mí todos esos adjetivos eran cualidades que tenía Edward. Él era así y así lo quería. Su conjunto, su pasado, su oscuridad, sus demonios…sin nada de eso Edward no sería como era ahora. Por un azote, una caricia. Por una mala palabra, un "princesa" susurrado en el oído….Había descubierto hacía ya tiempo que su sucia boca y sus malos modales me gustaban, simple y llanamente porque salían de sus labios. Como todo lo que tenía que ver con él. ¿Qué podía hacer con esto que sentía? No era un príncipe azul, era un príncipe tenebroso. Mi príncipe…Mi príncipe sólo en mi cabeza. Mi príncipe, el mismo que había estado a punto de casarse con otra "princesa". Mierda.
Me moría por dormir abrazada a él, aunque fuera sólo por una noche. Me moría por acariciarlo libremente cuando me diera la gana sin miedo a que me rechazara.
Mis sueños de niña enamorada se esfumaron un día y, ahora, años después ese sentimiento había vuelto a mi con más fuerza que nunca ahogándome en la angustia de no saber qué me podía deparar el futuro con este hombre tan soluble. Evidentemente ahora mismo no tendría nada comparable a lo que seguramente vivió con su novia. Su prometida. Mierda de nuevo. No sabía qué iba a pasar conmigo. Quizás Edward estuviera enfadado por dejarle ver abiertamente mis debilidades y sentimientos por él. O quizás se estaba riendo a mi costa a carcajada limpia en su puñetera guarida convertida en despacho. Mientras tanto, mientras yo había declarado mis sentimientos a voz en grito él me había follado, me había azotado con mucha delicadeza y con mucha devoción, me había hablado con palabras dulces. Por todo lo sagrado, me había besado la frente mientras bombeaba rítmicamente contra mi cuerpo. Me había aplicado una jodida crema para el dolor que él mismo me había provocado en el culo. Y luego se había ido de esa puñetera habitación negra dejándome sola con mi dolor y con mis sentimientos. Todo a la vez. Todo mezclado. Triturado.
Mátame, Edward…Mátame de una puta vez, al menos de esa manera terminaría con mi sufrimiento.
Mi problema más próximo y más inminente era que no sabía cómo enfrentarme a Edward después de tal confesión. Santo Dios. Me sentía avergonzada conmigo misma por haberme dejado ver en ese lamentable estado deplorable. Sentía rabia por haberme dejado llevar en ese momento de éxtasis y confesar todo lo inconfesable.
No sabía si agradecer o no el hecho de que hoy fuera sábado. No tendría que compartir coche con Edward para ir a la oficina; esperaba fervientemente que se encerrara en su despacho y me dejara deambular silenciosamente por la casa como solía hacer los fines de semana.
Me di una reconfortante ducha aguantándome el dolor que me provocaba el agua al chocar contra mi trasero, me puse ropa cómoda y bajé a la cocina. Me preparé un vaso de zumo y cogí un croissant de una de las bandejas. Todo eso sin Edward a la vista. Me asomé por los pasillos como si de una ladrona de poca monta me tratara y como vi que no había moros en la costa, caminé hasta la sala de música... Desde ayer, que me asomé a esa maravillosa sala de ensueño en la que no me importaría perderme durante horas, me quedé con las ganas de acariciar las teclas de esa magnífica pieza de arte.
Me sacudí las migas del bollo en la pernera del pantalón como si de una chiquilla sin modales me tratara y me senté con cuidado en el taburete forrado de terciopelo. Abrí la tapa del piano, puse los pies en los pedales, calenté las manos….Sí, magia…Toqué piezas conocidas al azar. Chopin, Beethoven…Enzarzaba una con otra sin parar, nunca dejé de tocar las piezas blancas y negras, en ningún momento….Cuando me quise dar cuenta mis dedos empezaron a tocar la pieza que Michael Nyman compuso para la película El Piano. The promise sonaba más dulce y amarga que nunca. En parte me identificaba con la protagonista de esa película. Otro tiempo, otra época…pero demasiadas similitudes…Una mujer vendida por su padre a un hombre desconocido, muda…con una pasión que no podía tener, unida a un hombre al que no quería…Bueno, eso en mi caso podríamos omitirlo.
Un portazo bastante violento me sobresaltó provocando un estruendo ensordecedor con las teclas del piano. Me levanté y me asomé por la puerta entre abierta de la sala de música, pero no vi nada ni nadie. ¿Le habría pasado algo a Edward? ¿O sería sólo uno de sus muchos arrebatos?
Salí al pasillo y miré a ambos lados. El ruido no podía venir de otro sitio más que del despacho de Edward. Quizás simplemente había sido una corriente de aire lo que había provocado ese portazo. Quizás yo tenía razón y había sido provocado por el buen humor del que gozaba Edward últimamente. La pregunta era, ¿iba o no iba al despacho? Edward me había dejado más que claro que no pisara ese terreno sin su consentimiento…
A la mierda.
Ya había hecho muchas cosas sin su permiso. Me había saltado las reglas, me había pasado por el arco del triunfo muchas de sus órdenes inquebrantables. Por una más que rompiera en pedazos no iba a pasar nada de nada. Y si pasaba me daba exactamente igual. Azótame, cabronazo.
Me agarré con fuerza al pomo de la puerta del despacho y lo giré. Abrí los ojos enormemente sorprendida al comprobar que la puerta no estaba cerrada con llave como me imaginaba que estaría. El pomo hizo un sordo click y abrí la puerta apenas unos centímetros. El interior era oscuro….madera, había mucha madera. Me pareció ver el suelo cubierto por una alfombra Aubusson con intrincados dibujos granates. Cuadros antiguos, una Madonna del renacimiento con un niño Jesús. La Virgen miraba con ternura al niño regordete que descansaba entre sus brazos….
— ¿Qué demonios haces aquí?
Solté la puerta de golpe y me erguí como si fuera un maldito cadete militar. Casi me cuadré ante Edward. Lo miré de arriba abajo; también vestía ropa cómoda, totalmente libre de las ataduras de las corbatas y los trajes. Esta ropa le acercaba ligeramente al mundo de los mortales normales y corrientes. Solamente un poco. Agaché la mirada cuando recordé que Edward conocía mis sentimientos por él mejor que yo misma.
— ¿Qué hacías en la puerta de mi despacho? Te dije claramente que no te quería cerca de él.
—No he llegado a entrar, por el amor de Dios —me defendí —He oído un golpe fuerte. Sólo quería saber si había pasado algo —me encogí de hombros —Sólo eso.
—No ha pasado nada —suspiró —Simplemente estaba dándole la charla a tu amiguita la rubia…Rubia de los cojones —murmuró de manera casi imperceptible —La he dejado más que claro que no quiero que te lleve cerca de ningún establecimiento que sirva alcohol —rodé los ojos.
—Ya te lo expliqué, Edward…Ella…Dios, ella intentó por todos los medios que no bebiera más…—cerré los ojos y suspiré —Tocamos temas dolorosos y yo…bueno, me dejé llevar. A mi favor tengo que decir que el alcohol y yo no nos llevamos bien, ¿sabes? —alzó una ceja. Y a mi me dieron ganas de ahogarle. Aún no había hecho referencia alguna a mi noche de confesiones.
— ¿Has terminado ya con tu recital de música? —suspiré.
—Me perturbas con tus cambios de tema, en serio —me relamí los labios mientras cambié el peso de un pie a otro — ¿Te molesta la música? Si es así, lo siento. A veces me meto tanto en las notas que no controlo la intensidad con la que toco —Edward suavizó la mirada.
—No, jamás me molestaría la música…y menos con ese sentimiento con el que lo haces. Me encantaría poder tocar así —murmuró —Vamos al salón. Ayer quise hablar contigo pero tanto tú como yo estuvimos algo ocupados.
Joder. Mierda. Estaba más que claro que aún quedaban cosas que aclarar entre él y yo. Bueno, el que se tenía que aclarar era él. Yo lo tenía todo más que claro. Y jodida. Estaba jodida de la peor manera. Enamorada del hombre más oscuro de todo el puñetero Manhattan. Ante él estaba abierta de par en par como un libro olvidado en una parada de autobús. Con las hojas rotas y borrosas.
Así estaba.
Me senté frente a él en el salón. Observé con detenimiento cómo Edward cruzaba sus manos sobre el regazo; esas mismas manos que me habían azotado el trasero hasta el dolor más absoluto, las mismas que me habían calmado. Aquellas que me habían tirado del pelo hasta arquearme para después darme el beso más dulce en la frente.
Esto no había ni cuerpo ni mente que lo aguantara.
—Lo nuestro tiene que ser equitativo, Isabella. No pretendas que yo te cuente mi vida en verso cuando tú no abres la boca sobre la tuya —fruncí los labios.
—Te he dicho mucho más de lo que debería. No lo puedes entender, Edward.
—Estoy de acuerdo en eso de que me has dicho más de lo que deberías —oh, perfecto.
—Lo que me quieres decir es que si…yo te hablo de mi vida tú me hablas de la tuya, ¿no?
—No lo sé. Prueba —estrechó los ojos.
—Eso sí que no es equitativo y lo sabes.
—Mis reglas, Isabella.
Vamos, Bella. Quieres saber sobre el pasado de Edward, ¿cierto? Quieres saber quien demonios fue la gran mujer, nunca comparable a ti, que se llevó el amor de este hombre único, ¿no?
Trágate tus miedos. ¿Qué puede pasar?
— ¿Qué demonios quieres saber? —Edward esbozó un intento de sonrisa. Maldito capullo que siempre conseguía lo que quería.
—Newton. Háblame sobre él. Me jode soberanamente que le hayas hablado a Norah de él y conmigo no abras la boca.
—Tienes una especie de fijación rara con Mike —murmuré —No es lo mismo hablar sobre esto de mujer a mujer…. —cerró los ojos lentamente y me miró de lado.
—Tengo la misma fijación que la que tu tienes con la que fue mi prometida.
La que fue mi prometida. Touché, Bella.
Dolor. Mierda, dolor en el pecho.
—Mike es el hijo del Gobernador de Washington.
—Has descubierto América, Isabella —dijo irónico —Dime algo que no sepa, joder.
—Lo…lo conocí en una de las cenas que mi padre organizaba de vez en cuando para atraer a clientes influyentes. Mi padre quería tender puentes con cuerpos diplomáticos. Ya sabes, Embajadores, Gobernadores….Tengo entendido que hace años tenía relación con gente de ese tipo.
—Sí, eso también lo sé —murmuró Edward.
—Quería promocionar sus hoteles y las salas de conferencias y darles disposición de sus servicios a toda esa gente. No hay mejor publicidad que tener como clientes a tremendas personalidades —Edward asintió —Pues…eso.
— ¿Pues eso? Habla más, mujer.
— ¿A ti que más te da quien haya sido Mike en mi vida? ¿Cambiaría en algo tu forma de pensar sobre mí si te contara lo que pasó con Mike?¿Qué quieres que te diga, Edward? Eso ya pasó, ¿vale? Era joven e ingenua.
—Sigues siendo ambas cosas —repuso.
—No te creas, ahora sé mucho más de la vida. He conocido las tinieblas tanto o más que tú —frunció los labios.
—Dices que me quieres y que me odias. Te has abierto a mí de todas las formas posibles. Dime quién fue Newton para ti —gruñó — ¿Te enamoraste de él?
— ¡Si! —Grité con rabia —Era el chico ideal. De modales finos, atento, encantador. Mayor que yo. Hijo de alguien importante. Deportista. El ideal de chico americano, rubio, ojo azules y sonrisa perfecta. Pero ya pasó. Ya…pasó….Me destrozó el corazón…
Mi susurro fue casi apenas audible aunque lo suficientemente alto como para que Edward lo oyera. Apretó la mandíbula y se levantó del sillón sobresaltándome por su abrupto cambio.
— ¿A dónde vas?
—Tengo que hacer unas llamadas —espetó.
—Esto no es justo, Edward. Equitativo, ¿recuerdas? Es tu turno. Tienes que contarme sobre ti. Me lo debes —me miró aún con la mandíbula apretada.
—No te debo nada, Isabella.
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Estaba enfadada.
Realmente enfadada.
Edward se pasó la mitad de la mañana encerrado en el despacho. Sólo salió para comer y para el caso que me hizo bien pudo haberse quedado encerrado en su puñetero despacho.
Cuando me levanté para recoger los platos abrió la boca. Al fin.
—Esta noche tenemos una cena importante —me di la vuelta y lo miré.
— ¿Es necesario que yo vaya?
—Más que nunca —dijo de manera oscura —He quedado con un hombre importante. En un posible…inversionista.
—Está bien —murmuré. Fui hasta la puerta de la cocina.
—Isabella —me giré —A las siete en el salón. Y ponte guapa, ¿de acuerdo?
No me molesté en contestarle.
Me fui al piso de arriba y me encerré en mi habitación. Edward jugaba sucio. Me había engañado haciéndome creer que al fin sabría un poco más sobre su hermética vida. Claro, que Edward siempre jugaba con un as en la manga. Hago lo que quiero, cuando quiero y como quiero. Y si no te gusta te jodes. Mis reglas, mis normas.
Mientras buscaba en el armario algo en condiciones que me pudiera servir para llevar puesto en esa cena mi teléfono sonó.
"Hola, cariño. Que sepas que el ogro de Edward me ha sometido a un tercer grado telefónico pero no he abierto mi boca sobre nuestra conversación de borrachas. Espero que la resaca no fuera muy terrible. Besos, Norah."
"Si no fuera porque precisamente es un ogro ya le habría pateado el trasero. La resaca, bien. Con vomitona incluida. Gracias por hacerme pasar el peor rato de mi vida. Besos, Bella"
"Eres única, nena. Por mí repetiría lo del otro día, pero Edward me ha amenazado. Sabes que aún tenemos pendiente una tarde de compras. Nos vemos el lunes, cielo."
Al menos tenía que dar gracias al cielo por haberme traído una aliada tan carismática. Y con ese humor tan particular que me hacía arrancar una sonrisa incluso con este estado de ánimos.
Saqué un vestido verde de tirantes del armario y le dejé sobre la cama. Busqué un bolso y unos zapatos que finalizaran el conjunto.
Que me partiera un rayo si afirmaba que tenía ganas de salir de casa.
Me hubiera gustado acurrucarme en el sofá, envolverme en una manta calentita y ver películas románticas y lacrimógenas. Bueno, quizás ese no era el género que más me convenía. Quizás terror. Sí, algo bien oscuro, como mi vida.
Empecé a arreglarme antes de que se hiciera hice un moño bajo con bastante soltura fruto de las infinitas cenas y fiestas. Al menos todas esas reuniones frívolas a las que me había obligado a ir mi padre tenían su punto bueno; si la cosa se ponía fea con los negocios de mi padre siempre podría buscar trabajo en una peluquería….
Me maquillé lo mejor que mis ganas me dejaron y miré el reloj. Hora de bajar.
Cuando llegué al salón Edward ya estaba perfectamente vestido y arreglado. Llevaba un traje negro con una camisa negra. Eso es, Edward….oscuro. Como todo tú. Vamos, Bella…respira y deja de recordar los azotes de anoche…
Me miró de arriba abajo, una de esas miradas matadoras que me solía dedicar muy a menudo. Asintió casi imperceptiblemente…y se limitó a eso. No me dijo nada más. Y he de reconocer que eso me sentó fatal.
Me indicó con la cabeza que nos marchábamos. Malditos cambios de humor…Me encantaba cuando Edward derrochaba simpatía por los cuatro costados.
Esta vez no nos montamos en el volvo que solía llevar Edward; esta vez bajamos al garaje para coger un mercedes clase CLS plateado enorme y que no había visto en mi vida. ¿Cuántos coches tenía Edward? ¿Acaso los coleccionaba? Me abrió la puerta del copiloto y, en silencio, nos pusimos rumbo hacia el desconocido restaurante.
Desde el Upper East Side cogimos Park Avenue y recorrimos la avenida hasta llegar al cruce con la Cincuenta y dos. El restaurante Le Relais de Venice parecía elegantísimo, como todos los lugares a los que acudía Edward. Dejamos el magnífico Mercedes en manos del aparcacoches del restaurante.
Avancé al lado de Edward por ese elegantísimo restaurante; en cierto modo estaba un poco expectante por saber quien iba a ser nuestro acompañante de esta noche. Debía de ser alguien de vital importancia para los negocios de Edward debido a la rapidez con la que había preparado todo. Seguimos al maître entre las mesas ordenadamente dispuestas y fuimos hasta un reservado, como no. Al parecer Edward Cullen nunca comía a la vista de los demás, su privacidad ante todo.
Cuando llegamos al reservado en cuestión me quedé literalmente helada. Cuando vi quien era nuestro invitado sentí que cada célula de mi cuerpo se congelaba a la velocidad de la luz. Me quedé quieta, sin poder mover ni un solo músculo de mi maldito cuerpo. Casi sin poder respirar. Miré a Edward y me sonrió con dureza.
—No saludas a tu viejo amigo, ¿Isabella? Es de mala educación no saludar…Mike Newton te está esperando….
Miré hacia el sitio que había ocupado en la mesa. Esto no me podía estar pasando a mí. Mike Newton, mi pesadilla hecha hombre estaba a escasos centímetros de mí. Sentí sus ojos azules, esos que alguna vez sentí cálidos en mi imaginación de niña tonta…ahora los veía tal y como eran; fríos como el hielo, arrogantes. Me miró de arriba abajo con esa sonrisa asquerosa en su cara. Le tuve que recordar a mi corazón que latiera de nuevo, esta vez se había paralizado por el miedo. Pero no parecía querer hacerme caso.
—Isabella —Edward me llamó con rudeza en su voz —Saluda a nuestro invitado.
La mirada de Edward era dura. Dios mío, si supiera cómo me sentía en estos momentos… ¿Esto era por la conversación que habíamos tenido esta mañana? ¿Era por eso? No sabía lo que estaría pasando en estos momentos por su cerrada mente, pero la mía estaba totalmente desconectada de este mundo. Se acercó a mí y me susurró de manera amenazadora.
—He dicho que saludes —tragué en seco mientras me giraba hacia Mike.
Sentí que mis músculos reaccionaban como si fuera un robot; vamos, Bella…vamos…No te muestres débil de nuevo.
—Buenas noches —susurré finalmente.
Me agarré con fuerza a la silla que me ofreció Edward y me senté aguantando esas ganas irrefrenables de llorar. Gracias a los cielos un camarero apareció para servirnos agua y vino. En cuanto se marchó cogí la copa del agua y bebí, más que nada para estar ocupada.
—Estás hermosa, Bella. Cuánto tiempo sin vernos…. —dijo Mike con una de esas sonrisas socarronas que solía poner —Mejoras con los años —tragué duro el agua que me estaba bebiendo aguantando las arcadas que se me venían a la boca.
—Isabella puede ser un ser adorable si se lo propone — dijo Edward —Bueno… ¿qué te voy a contar a ti que tú no sepas? Fuisteis muy…amigos —Mike agachó la cabeza y sonrió queriendo parecer avergonzado.
—Oh, sí….es muy adorable —murmuró —Si te estás refiriendo al escándalo de las fotos aquellas….No fue mi intención que salieran a la luz, ni mucho menos —se acercó a Edward como si le fuera a confesar algo importante —Ella era aún menor, ¿sabes? No es bonito que te fotografíen de esa manera…. —ambos me miraron.
—Me lo imagino. Debió de ser un golpe bajo para el Gobernador que su hijo se viera envuelto en un escándalo de esa magnitud con una jovencita como Isabella…
¿Por qué la conversación se tenía que centrar en mí? ¿Acaso no habían quedado para hablar de negocios? Este era el último sitio en el que me apetecía estar; ahora sólo quería ir a casa, encerrarme en mi maldito cuarto y llorar como una descosida. Me sentía como una puñetera hoja de papel movida por el viento, en mi caso por los dos hombres con los que compartía mesa.
—Tengo que decir que sigues teniendo esa cara aniñada tan irresistible —dijo Mike mientras me miraba fijamente —Lo que sí es cierto es que después de nuestra….amistad y las fotos….surgieron ciertos inconvenientes. Gracias a Dios entre su padre y el mío nos deshicimos de aquello…
Ahora sí que no pude más. Tuve que levantarme de la mesa de manera brusca y rápida y si ninguna norma de cortesía de por medio; corrí hacia el baño. Era consciente de que no estaba dando mi mejor imagen pública, pero en esos momentos me importaba una auténtica mierda. Corrí hacia el pasillo que me llevaría hasta el baño sin importarme los tacones, el vestido o la gente. Abrí rápidamente la puerta, me incliné sobre el elegante baño de mármol y vomité lo poco que había comido ese día. Ver al maldito Newton y oír sus palabras me habían revuelto el alma.
"Gracias a Dios entre su padre y el mío nos deshicimos de aquello".
Volví a sacudirme en una violenta arcada vaciando lo poco que quedaba en mi estómago. Cuando me aseguré de que los espasmos de mi estómago habían cesado me levanté con la poca dignidad que me quedaba en el cuerpo y me miré en el espejo; mi cara estaba horrible. El maquillaje se me había corrido por los esfuerzos al vomitar y por el llanto incontenible del que era presa en estos momentos. Suspiré. Cogí un poco de papel e intenté arreglar el desastre de mi cara cuando un fuerte golpe resonó tras la puerta.
—Está ocupado —murmuré. Otro golpe…otro golpe…— ¡He dicho que está ocupado, joder!
— ¡Sé que está ocupado, lo que quiero es que abras la puta puerta! —La voz de Edward sonaba furiosa a través de la puerta —Sal ahora mismo de ahí, Isabella…—me pasé las manos por el pelo muy, muy nerviosa. No sabía de qué manera iba a acabar la noche…—Abre la maldita puerta y sal de una vez…
Me aguanté los sollozos y abrí la puerta. Edward tenía un enfado monumental hasta que alzó la mirada y sus ojos se encontraron con los míos. Entonces, un pequeño halo de preocupación tomó su rostro.
— ¿Estás bien? —Negué con la cabeza —Mierda —se pasó la mano por el pelo y me miró de nuevo — ¿Te encuentras mal? —Asentí como un autómata —Cierra la puerta y no abras a nadie hasta que yo venga, ¿entendido?
Esta vez no me dio tiempo a mover la cabeza; simplemente hice lo que me pidió porque no podía hacer otra cosa. Mi cerebro ahora mismo no podía crear órdenes propias. Me encerré de nuevo en el baño rodeado de mármol rosa y me apoyé contra el lavabo. Esto no me podía estar pasando. Las sensaciones que me había provocado volver a ver a Newton habían sido tan repugnantes que aún me daban escalofríos. Se me puso la piel de gallina al recordar esa noche, ese lugar oscuro….La puerta volvió a retumbar, esta vez mucho más despacio.
—Soy yo. Sal —dijo Edward con tono imperativo.
Salí de ese maldito baño y vi a Edward con gesto grave. En sus manos llevaba mi bolso. Me pasó una mano por la espalda animándome a andar deprisa a través de las morbosas miradas de los comensales; era evidente que mi estado de alteración no pasaba desapercibido para ninguno de ellos. Cuando salimos por la elegante puerta el Mercedes de Edward ya nos estaba esperando en la puerta. Edward me ayudó a entrar en el coche.
Dentro era el silencio más absoluto. Edward no hablaba y yo tampoco. Hoy no sonaba de fondo esa emisora de noticias que solía poner Edward. No. Hoy solo eran audibles mis sollozos. Me daba lo mismo que Edward fuera testigo de la rotura de mi corazón; me daba igual en esos momentos. Ahora mismo lo único que necesitaba era expulsar esa rabia y ese dolor que tenía tanto tiempo acumulado en mi corazón. No podía más. No podía aguantar mucho más tiempo siendo la mala de la historia para que los demás quedasen como héroes. No. Y menos con este tema.
Cuando llegamos al Upper East Side, el conserje nos saludó con la cabeza. Me lanzó una mirada significativa y comprensiva y corrí a meterme en el hall del edificio. Si el silencio en el coche había sido tenso el del ascensor no tenía nombre. Sentía la mirada de Edward en mi nuca, pero no podría mirarlo ahora. Este era mi momento. Ahora estaba recordando momentos de mi vida, duros, sufridos y dolorosos...y que aún soportaba...
En cuanto salimos del ascensor y llegamos al hall privado del piso de Edward me lancé hacia mi habitación sin esperar ninguna orden de Edward; ya lidiaría con eso más tarde. Me encerré en mi habitación y me despojé del vestido de vete tu a saber qué diseñador sin ningún cuidado. Lo tiré encima de la cama sin ningún miramiento y sin importarme la cantidad de ceros que había tras su factura. Me quedé en ropa interior, sollozando como una niña pequeña. Me quité los tacones con rabia. Me acurruqué en un rincón para descargar mi llanto. ¿De todas las personas con las que podía haber quedado Edward tenía que haber elegido a Newton? ¿Por qué? ¿Para atormentarme? ¿Para divertirse? Me puse la mano en la boca y chillé todo lo alto que pude intentando descargar la rabia que sentía en ese momento.
Por tercera vez en esta noche la puerta me hizo dar un respingo. Primero se movió el pomo con brusquedad y luego vino el golpe. Ya estaba tardando mucho Edward en venir...
— ¿Qué demonios ha pasado? Te dije que no cerraras la maldita puerta con pestillo, Isabella...Abre la puerta... ¡Abre la puta puerta si no quieres que la tire abajo, créeme que no te gustaría verme enfadado! ¡Abre! ¡Ya!
Decidí obedecerle. Se le oía nervioso y era mejor no empeorar la situación. Deslicé el pestillo con un sonido ahogado y dejé que Edward pasara. El gesto de su cara era de furia total lo que quería decir que mientras salimos del restaurante se había estado conteniendo. Paseó la vista por toda mi habitación, miró con curiosidad el vestido desmadejado y los zapatos tirados por el suelo. Entonces llegó hasta mí. Mi llanto se había descontrolado tanto que era incapaz de controlar los temblores de mi cuerpo. Entonces la cara de Edward se ablandó de manera súbita por segunda vez en esta noche. De dos zancadas se puso a mi lado.
— ¿Qué ocurre, Bella? —Me tapé la cara con las manos, pero él me lo impidió — Ha sido por Mike Newton, ¿cierto? —Suspiró cuando no le contesté — ¿Tanto te importa ese niñato? — Dijo de nuevo con dureza — ¿Tan enamorada estuviste de él como para estar así años después?
Le encaré con las lágrimas corriendo por mi cara. Ya no podía más. No podía aguantar más este secreto...
— ¡No! ¡Me gustaría olvidarle pero no puedo! ¡No puedo! ¡Nunca lo llegarás a comprender!
— ¿Qué demonios tengo que comprender?
— ¡Que Mike Newton me destrozó la vida! ¡Mike Newton me violó! ¡Me violó! ¿Estás contento? Si querías terminar de destrozarme lo has conseguido —dije llorando —No sabía que me odiabas de esta manera tan dolorosa….
Ya está. Ya lo había dicho. Por primera vez en cuatro años esas palabras salieron de mi boca. Y sorprendentemente sentía un alivio increíble...También sentí alivio por decirle las verdades a la bestia en su cara...hasta que vi el gesto de Edward. Su ceño estaba tan fruncido que sus ojos parecían una sola línea. Mi enfado se esfumó un poquito. Quizás no había sido buena idea contarle esto a Edward…no había parado a pensar en sus reacciones….
— ¿Qué? —susurró con una calma espantosa.
—Me…me violó…—susurré —Aquellas fotos…fueron minutos antes de violarme —le miré fijamente perdiéndome en mis recuerdos….
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Estaba realmente ilusionada por ir a esa fiesta. Mi ilusión era, evidentemente, por Mike.
Lo había conocido hacía apenas un par de meses atrás, en una reunión de negocios a la que mi padre me "invitó" a ir. Sus modales amables y sus miradas, en ese momento halagadoras, me hicieron sentirme como el ser más preciado del universo. Apenas me había relacionado con chicos porque mi padre no me lo permitía; jamás había salido con nadie, pero al parecer, no tenía problemas con que me relacionara con Mike Newton. Los chicos del colegio privado al que asistía no parecían ser lo suficientemente buenos para mí. Pero Mike sí.
Era casi seis años mayor que yo aunque eso tampoco pareció importarle al gran Charlie Swan.
A sus veintidós años estudiaba en la universidad de Seattle. Por mi parte todo me parecía alucinante. Era el hijo del Gobernador, por el amor de Dios. Un chico mayor, interesado en mí, cuando podría tener a cualquier chica de su edad a su disposición….Era guapo, con un alto estatus y de momento tenía puestos los ojos en mí.
Mi padre no puso ninguna objeción cuando Mike me invitó a la fiesta de su vigésimo tercer cumpleaños.
De hecho, me dio dinero para que me comprara un bonito vestido y unos zapatos. Era la primera fiesta a la que asistiría sola. Dios santo, mi primera fiesta y era la invitada de honor de Mike. La casa del Gobernador estaba a las afueras de Seattle. Era enorme, lujosa, con un enorme jardín y una fuente que se podía asemejar a un lago por sus dimensiones. El centro de esta era presidido por una sirena y los delfines a su alrededor escupían agua.
El sonido del agua.
En ese momento no me imaginaba que ese inocente sonido se grabaría en mi mente como una marca de fuego sobre la piel.
Había muchos invitados. Jóvenes elegantes de la alta sociedad, vestidos con sus mejores galas con copas de MoetChandon o de vino de tres cifras en la mano. Fue entonces cuando me di realmente cuenta del rango social que poseía. Y tenía que reconocer que me sentía un poquito fuera de lugar, sin saber cómo reaccionar o qué hacer.
Mike vino hacia mí y me ofreció una copa de vino. Rojo oscuro, casi negro.
—No bebo, gracias —Mike sonrió de forma que su cara pareció agradable.
—Sólo mójate los labios, Bella…Está delicioso.
Cogí la copa con los dedos y miré nerviosa a Mike cuando una de sus manos se enganchó en mi cintura.
—No estés tensa, Bella…—se acercó a mi oído — ¿Sabes que estás bellísima esta noche?
Apenas me dio tiempo a sonreír tímidamente; Mike se pegó a mí y acercó sus labios a mi cara. Estaba nerviosa. Jamás había estado tan cerca, tan unida a un chico. Cualquier movimiento por su parte me suponía un corte drástico en mi suministro de aire a mis pulmones.
Directamente dejé de respirar cuando me besó en la comisura de los labios. Un poco más cerca, un poco más cerca…Hasta que finalmente Mike unió nuestras bocas.
Fue raro.
Ni bueno ni malo. Raro. No fue como me lo imaginaba. Pensaba que mi primer beso sería apoteósico, como en las películas. Pensaba que mi primer beso haría que miles de mariposas revolotearan en mi estómago, que el mundo a mí alrededor se parase, que mi vida en ese minuto sólo girara alrededor del chico que me estaba besando.
No pasó nada de eso.
Su boca tenía el sabor del vino que se había tomado. No me gustó. Eso no me gustó. Lo empujé por el pecho para que se apartara de mí, pero él tenía otros planes.
— ¿Qué pasa? —espetó. Agaché la cabeza mortalmente avergonzada.
—Creo que me quiero ir a casa —se rió sin ganas.
—No, la fiesta acaba de empezar. Es mi cumpleaños, Bella. Te he invitado para que tu y yo lo pasemos bien —fruncí el ceño.
—Quiero irme —Mike suspiró.
—Ven —me cogió de la mano con las suya sudorosas y dejó ambas copas de vino en una repisa —Hablemos en un lugar un poco más apartado.
Me llevó casi a rastras hasta un sitio alejado de la música y de la gente. Ya era noche cerrada y mi vestido de tirantes no me protegía mucho del frío; tampoco de las manos de Mike.
—Te he invitado para pasárnoslo bien, Bella —susurró mientras me apartaba el pelo de la cara —Creo que es hora de comenzar con lo nuestro, ¿no crees? —me aparté un poco de él.
— ¿Comenzar con lo nuestro? —Mike rió.
—Sí, tienes que darme mi regalo de cumpleaños —pegó su cuerpo al mío. Abrí los ojos como si fueran platos —Me muero por probar este cuerpecito, me apuesto un brazo a que no lo ha tocado nadie. Seré el primero.
—Estás loco —susurré —No voy a hacer nada contigo.
Le esquivé para salir de una maldita vez de esa casa, pero me agarró con fuerza de la muñeca. Me giró con violencia quedado cara a cara con él. Su gesto, antes amable, ahora era furioso. Me dio miedo.
—No me vas a rechazar, Bella. Y menos alguien como tú.
Ese fue el principio de mi infierno.
Me metió en la pequeña caseta del jardín. Manos rudas contra mi piel, su boca en sitios que no me gustaría recordar. Su aliento, Dios…Su aliento me dio ganas de vomitar cuando metió su lengua con fuerza en mi boca. Esto no me podía estar pasando. No. La falda de mí vestido en la cintura. Sollozos…mis sollozos eran audibles pero no lo suficiente como para que se oyeran por encima de la música de la fiesta que se estaba celebrando fuera.
Sus dedos se clavaban en mis muslos. Su aliento rozando mi oreja. Los tirantes de mi vestido rotos colgando por mis brazos. Pelee. Por todo lo sagrado, pelee. O al menos lo intenté. Le arañé, le pegué, incluso le mordí…Pero me dio un sonoro y doloroso bofetón que me dejó atontada.
Agarró algo de uno de los estantes del cuarto.
Con un poco de esfuerzo por mis furiosos movimientos me ató las muñecas en la espalda con bridas. Bridas verdes que tenía el jardinero para sujetar las plantas. Intenté liberarme de ellas, pero cuanto más tiraba de ellas más se apretaban. Me dolía. Dios, el plástico quemaba mi piel por los roces…
—Venía con una idea, Bellita…y no serás tú precisamente la que me arruine la noche.
Grité de nuevo cuando oí cómo se bajaba la cremallera de los pantalones. No, no, no…Me dio otro bofetón más fuerte que el anterior. Sabor metálico en mi boca. Mareo. No podría aguantarlo. No, no, no…
Me tapó la boca con la mano.
Me abrió las piernas con las suyas.
Dolor.
Llanto. Mis lágrimas avanzaron por mi cara hasta llegar a su mano, esa que me tapaba la boca. ¿Por qué me estaba pasando esto a mí?
Más dolor…más dolor, más….
·
·
·
Edward cogió mis manos con mucha suavidad entre las suyas, pero yo me aparté de él, le di manotazos, le pegué; aún tenía los recuerdos ardiendo en mi piel y en mi mente.
—Isabella, vuelve….Soy yo. Sólo soy yo…
Me limpié la cara con los dedos y al fin pude enfocar la mirada. No tardé mucho en volver a llorar. ¿Por qué tenía Edward que ver mis miserias? ¿Por qué? Volvió a cogerme de las manos, aunque esta vez no me aparté. No tenía fuerzas para hacerlo. Sin decirme nada empezó a acariciarme el dorso de mi temblorosa mano mientras me miraba fijamente. Simplemente estaba esperando a que descargara mi dolor a través del llanto.
— ¿Sabe esto tu padre? —su voz era increíblemente suave. Y tenía una pizca de remordimiento.
—Sí —murmuré.
—Pero no denunciaste —no me preguntaba, me afirmaba.
—No….
— ¿Por qué? —su grito retumbó por mi cuerpo debilitado por los nervios y los recuerdos —Mierda —susurró —Ese…ese hijo de la gran puta debió de pagar por lo que hizo, joder….¡Podría volver ahora mismo a ese restaurante y hacer desaparecer esa sonrisa estúpida de la cara! ¡Podría saltarle todos los dientes! —dijo nervioso. Yo negué rápidamente con la cabeza.
— ¡No! No, por favor…no hagas nada, Edward —se revolvió el pelo con las manos y suspiró — Ya…ya pasó… ¿vale? Sólo quiero olvidar…intentar olvidar…pero es difícil. Y doloroso. A…a veces recuerdo el estado en el que llegué a casa —me dio un escalofrío cuando recordé ese momento.
— ¡No entiendo como Charlie permitió eso!
— ¡Porque mi padre no me quiere, Edward! —grité con rabia —Por que no siente amor hacia mi. Elegiste mal tu chivo expiatorio, ¿sabes? Estás malgastando tu venganza conmigo. A mi padre no le importa una mierda lo que me pasa…. ¿Sabes lo que hizo cuando le conté lo que pasó? Me dijo que no me quejara tanto, que no me dolería la próxima vez….Que Mike era un buen partido para sus negocios… ¡Eso fue lo que me dijo! —soltó un improperio bastante malsonante por lo bajo. Me miró de nuevo sin soltarme las manos.
— ¿Te obligó a verlo de nuevo?
—No, no….su padre y el mío hicieron un trato para que no saliera nada a la luz. Me taparon la boca. Todo se torció cuando un paparazzi infiltrado se coló en la fiesta y nos fotografió. Eso no tenía que haber pasado…No sabes el calvario que pasé durante semanas. Día tras día hablando de lo "ligera" que era cuando en verdad….cuando en verdad ese maldito me obligó….Quedé como una cualquiera —susurré —Nunca hice nada con nadie más, Edward. Te lo juro. Todas esas revistas, todos esos reportajes en los que he aparecido acompañada de hombres…Todo era por mi padre, sus cenas, sus negocios. Pero no dejé que me tocara nadie más. Después de ese demonio sólo has sido tú…Sólo tú….Desde hace semanas sólo eres tu. Y mira lo que me has hecho, Edward…Me odias. Me odias demasiado…
Después de mi derroche de palabras y frases nos quedamos en silencio. Sinceramente no podía mirar a Edward a la cara. Esto que le acababa de revelar lo llevaba guardado en mi corazón durante años. Jamás había salido de mi boca esta tremenda historia…Y lo que aún guardaba…
Edward me soltó las manos y se alejó de mí. No me extrañaba. Me odiaba, eso era un hecho. Quizás le diera asco estar conmigo después de contarle lo que me pasó; al fin y al cabo era una muñeca rota con tantos demonios como él.
Me había hecho daño esta noche.
Mucho. Sin saberlo había encontrado mi punto débil y me había matado lentamente.
Aún así mi lado masoquista salió a la luz y me paré a pensar en el dolor que me daría perderlo. Me mataría alejarme de él. Tanto como me mataba estar a su lado.
Oí como trasteaba en mi habitación. ¿Acaso no se había ido ya? A los pocos segundos regresó a mi lado con una bata de seda. Lo miré a través de los ojos llorosos mientras me tendía la mano esperando pacientemente a que me levantara del suelo.
Dudé antes de coger esa mano.
Me dolía su toque, me dolía mirarle, me dolía sentirlo…pero más me dolía separarme de él. Finalmente me agarré a su mano y me levanté. Sin abrir sus labios me vistió con esa suave bata rosa. Y me besó. Me dio un tierno beso en la frente mientras me cogía con suavidad la cara entre sus manos.
—No sé cómo has podido estar conmigo de esta manera después de lo que te hicieron —me susurró.
—Eres diferente a él, Edward…Muy diferente. Aunque también me haces daño…haces que me duela aquí —me puse una mano contra el pecho —Lo siento, pero no puedo evitarlo. Soy imbécil….
—No digas eso, Isabella —murmuró con el ceño fruncido.
Sin decirme nada más Edward envolvió mi cintura con sus grandes manos y me abrazó con fuerza. Sentí que su piel se fundía con la mía en ese abrazo tan íntimo, tan dulce, tan sincero….Intenté alejarme de él por lo que estaba sintiendo en esos momentos, pero no me lo permitió.
—No me rechaces, por favor —rogó —No lo hagas, me matarías….
— ¿Por qué me haces esto, Edward? —sollocé mientras le daba puñetazos en el pecho que no parecían afectarle — ¿Por qué?
Tampoco me contestó. Me cogió en brazos y me obligó a abrazarle por el cuello. Simplemente me dejé hacer. Estaba cansada. Estaba cansada de guardar sentimientos, de guardar recuerdos y secretos. Mi vida era un gran secreto y sentía que algún día podría explotar. Quería gritar todo lo que tenía dentro, pero no podía. Aún no. Consecuencias y miedo, eso era lo que me frenaba para seguir hablando de mi lamentable vida.
Edward caminó conmigo hasta una de las habitaciones del enorme pasillo superior. No sabía a dónde me estaba llevando hasta que estuve dentro. Era la habitación de Edward porque todo estaba impregnado con su olor.
Me tumbó en la cama, pero apenas pude mirar a mi alrededor. Estaba tan cansada de llorar y de gritar que no podía mantener mis ojos abiertos por mucho tiempo más. Me metió entre las sábanas suaves y me tapó con ellas.
—Aquí estarás bien, Bella…Quiero que estés aquí, no quiero que estés sola…—a pesar de sus palabras se levantó y fue hasta la puerta.
— ¿A dónde vas? —ladeó la cabeza y miró al suelo antes de salir de la habitación.
—Si hubiera sabido lo que pasó con ese cabrón jamás te habría llevado con él, te lo juro. No puedes creer lo mucho que lo siento —suspiró —Me has preguntado antes por qué he hecho esto….Lo he hecho porque me importas mucho más de lo que quiero, mucho más de lo que puede resultar sano…Estar a mi lado no es bueno, eso deberías saberlo, princesa….
¿Qué os ha parecido este capítulo? ¿Qué os ha parecido el pasado de Bella?
Muchisimas gracias a Coudy Pattinson por betear y mejorar este capítulo ;)
Muchisimas gracias por todos vuestros comentarios!
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Me habeis preguntado cuando actualizo, el día oficial es el viernes, aunque si avanzo actualizo un día antes. No puedo actualizar más días a la semana porque mi tiempo es limitado. Además, a ratitos, estoy empezando otra historia que no tiene nada que ver con lo que he escrito hasta ahora. Más adelante os contaré algo ;
Muchisimas gracias por seguir leyendo, nos leemos la semana que viene, un besote a todos!
EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO
Voy a ser mala, chicos...pero como adelanto sólo diré...E POV!
