Capítulo XVIII: Sinapsis
Era el cuarto de siempre. Una bonita habitación con vista a la ciudad, con un balcón lo perfectamente alto por si la pasión los sorprendía mientras miraban las luces de Tokyo (no quería ser visto por nadie, especialmente por los paparazzis). Pero no todo lo bello estaba fuera, dentro había una hermosa cantina, no un pobre minibar, también estaba una impecable cama y un baño con una tina tan grande y blanca que lastimaba los ojos.
La mujer lucía seria. Eiri conocía a las féminas de su tipo, ese era un clásico truco para hacerse las interesantes, pero su indiferencia se transformaba en adoración cuando las tocaba.
—Bonito lugar — masculló la muchacha.
El escritor, con el personaje puesto, le habló de su belleza y dulzura, de todas aquellas cosas que escribía en sus novelas —con las cuales derrite a sus fanáticas—, esas que al oído gustan, pero si se pone un poco de atención no son más que lugares comunes, frases vacías.
La chica salió al balcón, se quedó ahí como si tratara de memorizar la posición de todos los edificios, él la siguió. Ella tenía la mano en el barandal, así que puso la suya sobre esta, eso las enloquecía. No se inmutó. Quizá era de las tímidas, no se les debe meter la mano en el escote apenas llegar, al contrario, un gesto lindo es más que suficiente, así que entrelazó sus dedos con los de ella y la jaló un poco para besarla, la muchacha le correspondió. Entonces el escritor pensó que eso era suficiente, lo demás era pan comido y ¡qué bueno! Porque se estaba cansando del teatrito, un intento más y mandaba todo al diablo.
Cuando se separaron, a Eiri le llamó la atención su mirada, sus ojos violetas, grandes, bonitos; le hicieron recordar a Shuichi y eso provocó que su prisionera conciencia gritara, pero no flaqueó en su seducción, no era la primera vez que aparecía en sus conquistas casuales, aunque sí era la primera vez que en lugar de culpa sentía incomodidad.
La chica le sonrió por primera vez y vio brillar en sus ojos algo parecido a la malicia de las travesuras del cantante. Ella le ofreció un trago, y él dijo que sí, aunque no se lo tomaría (era una de sus reglas de seguridad). Ella entró a la habitación a buscarlo, mientras él miraba por el balcón y recordaba que con otras mujeres no se molestaba en hacer una actuación, todo dependía de su humor. Hoy quería hacer llorar a alguien, y no había nada mejor para calmar su sadismo emocional, como la imagen destruida de un príncipe en la mirada de una mujer.
Ya tenía un plan con esta muchacha: no haría nada. Al final ella desearía un poco de atención y él sería la indiferencia personificada. Eso es cruel, Yuki, le murmuró el Shuichi de su cabeza. Cállate, es tu culpa, le contestó irritado. De pronto, el escritor se dio cuenta de que sus cavilaciones habían durado lo suficiente. Entonces entró al cuarto para disfrutar de su noche, pero la mujer ya no estaba.
Mamoru le explicaba a Tatsuha sobre unas reglas de futbol, cuando su teléfono empezó a vibrar.
—Aquí todavía... ¿Por qué? Debería ir el idiota… Sí… sí… creo… Allá voy. No me tardo. —Chiba salió disparado diciendo que no tardaría y que explicaría todo en su momento, pero antes de salir le dedicó una mirada triste a su amigo.
—¿Qué procede? —preguntó Tatsuha, sin querer pensar demasiado en esa partida aparatosa, que le recordaba a alguien teniendo que desactivar una bomba en un jardín de niños o algo igual de tonto y prefabricado por un guionista falto de ideas.
—Pues nada... un empate no vale —comentó el cantante, ajeno a la historia. Cuando notó que el amigo de su cuñado había partido, solo preguntó—: ¿Qué pasó? —y abrió su primera cerveza de la noche.
—No lo sé y no tomes —repuso Tatsuha, y le quitó la bebida. Nunca supo por qué, pero con los años ese gesto se lo atribuyó a un presentimiento, aunque la verdad en ese caso fue sólo un impulso.
Eiri se maldijo, su intento estúpido de venganza se fue por el caño por una perra que lo había dejado plantado. Seguramente tenía esposo y sus culpas fueron más fuertes. No es que nunca le hubiera pasado, una vez le dieron una bofetada, otras tantas lo insultaron. Pero de eso hace tanto... Se bebió su whisky. ¿Quizá fue el destino? Tal vez no debió acercarse a esa mujer desde un principio.
A lo mejor todo sucedía porque ya estaba envejeciendo o quizá, tal vez, sus acciones de esta noche eran el principio de su declive inminente, o después de todo era únicamente mala suerte o una mala noche. Terminó lo que le quedaba en el vaso y se sintió asqueado de sí mismo por una fracción de segundo, porque al instante su negación entró y lo envenenó con una idea, su comportamiento no estaba podrido, solo era un estilo de vida diferente.
Dejó la habitación. Imaginó a Shuichi revoloteando cerca de él cuando llegara a su casa y se sentiría contento (aunque no lo admitiría) de que la bola de idiotas se hubieran largado. Entonces estaría con él para su disfrute y se olvidaría de todo: el partido, el enojo, la infidelidad, el castigo, esas tonterías ya no tendrían sentido con la liberación de energía que le traería el orgasmo, y antes de caer rendido escucharía al cantante diciéndole alguna palabra cursi.
Manejó rumbo a su casa con estos pensamientos y olvidó su intento de acostarse con una desconocida. Cuando llegó notó que había un auto estacionado frente al edificio, en él estaban recargados Tatsuha y el loco del soccer, sus caras lucían pálidas, hablaban; supuso que de un tema solemne, importante, ¿el partido había terminado en tragedia? ¿Terminarían una relación solo por un silbatazo? Y lo más importante, ¿por qué demonios tenía que especular sobre esos dos?
Cuando las puertas automáticas del estacionamiento se abrieron, ese par ni siquiera se inmutó, no supieron que quien entraba era él.
Su caminata al elevador y su tiempo en este pondrán su mente en blanco, acciones automáticas que no valen la pena describir, lo importante es cuando abrirá la puerta de su departamento y lo primero que captarán sus ojos es un fugaz e intruso color azul tornasol. Entonces la verá, ahí sentada, en su sala, estará la mujer de unas horas atrás. Lo mirará con lástima.
Se dio cuenta de que seguía parado en el umbral. Entró, cerró la puerta con una tranquilidad tenebrosa. La mujer se levantó. Él caminó hasta donde ella estaba y con la peor de sus miradas y con el tono más frío que pudo le habló.
—Lárgate. No me interesa a qué viniste ni tu enfermo deseo de atención. Desaparece —ordenó—. Si llegas a siquiera pensar en dañar a Shuichi con tus palabras voy a hacer que te arrepientas toda tu vida.
La mujer se encogió de miedo, él la tomó del brazo y lo apretó. Eiri nunca recordaría las palabras dirigidas a la mujer.
Cuando su cerebro comenzó a trabajar, la única respuesta medianamente lógica que formuló es que era una reportera deseosa de sacar la nota sensacionalista, en donde las infidelidades del escritor estaban al descubierto: la pareja de oro destruida y un centenar de mala publicidad al ataque.
—Suéltala —escuchó decir al pelirrosa. Entonces lo vio, traía unas grandes maletas consigo. Instintivamente apretó más a la mujer y ella dio un brinco por el dolor—. Suéltala —repitió Shuichi con una voz no afectada, casi musical—. Lo que no quieres que me cuente, ya lo hizo. No hay necesidad de tu teatro, así que si sigues lastimando a mi hermana, te juro que te borro ese gesto a golpes.
Aflojó el agarre.
Las respuestas llegaron, miró nuevamente los ojos de la mujer, eran idénticos a los de Shuichi. Y el rostro, algunos gestos; tenía sentido, por eso estaba ahí, por eso el cantante tenía una maleta, por eso se iría, lo abandonaría...
—¿Te vas? —La soltó.
El pelirrosa miró a Maiko y le pidió que se adelantara. Ella, preocupada, quiso objetar algo, pero él solo movió la cabeza, no aceptaría réplica alguna. Entonces ella salió sin mirar al escritor y él la ignoró.
El silencio prevaleció por unos minutos.
—Sí, no esperarás que me quede —dijo Shuichi. Levantó las maletas y se dirigió a la salida. Pasó justo al lado de Yuki. Se detuvo cuando lo escuchó hablar, pero no volteó.
—No sabía que era tu hermana.
—Lo sé, no eres tan hijo de puta.
—Tampoco me acosté con ella, si es que te contó lo que pasó.
—No porque no hayas querido.
—¿No me vas a gritar? ¿No te vas a enojar? ¿No te interesa? —reclamó, había pasado algo verdaderamente problemático y la reacción de Shuichi era de indiferencia, algo estaba mal.
—No tengo ganas de gritar —dijo Shuichi. Depositó las maletas en el suelo y se dio la vuelta para encararlo—. ¿Quieres que llore y te diga que te odio? ¿O que me hiperventile por el dolor de saber que me engañas? ¿De verdad piensas que esa sería mi reacción? Porque no lo haré. Si ese es tu deseo, lamento decepcionarte, no tengo la intención de soltar una sola lágrima —su voz resonó fuerte y clara pero vacía, sin indignación o molestia.
—Así que tu reacción madura es simplemente largarte. —Sus propias palabras, como si se tratara de veneno, recorrieron el cuerpo del escritor. Estaba enojado, Shuichi no tenía que irse así nada más, sin discutir. Pero no tuvo reacción de su amante.
—No es necesario hablar...
—Porque no te interesa. —Yuki clavó sus ojos en el cantante con desafío, una parte de su cabeza le recordaba que era ridículo hacerse el indignado, pero otra lo invitaba a lastimar a Shuichi por esa indiferencia.
—Será porque ni siquiera lo entiendes —le contestó éste enojado. De pronto, las ideas encajaron—. ¿Crees que me voy por tu intento de infidelidad? —Le preguntó sorprendido, como si hubieran hablado durante horas y se dieran cuenta recién de que uno platicaba de calamares y otro de autos.
El cantante rió con amargura y dio un paso adelante con los puños apretados con desesperación, pero después de unos minutos la fuerza en sus manos se disipó y las dejó caer
—Yo sabía de tus infidelidades, ¿cómo no hacerlo? Era obvio... Pero no me importaba, porque al final regresabas conmigo… Y no te confundas, no pienses en la visión de una esposa abnegada, nada que ver —suspiró—. Simplemente era porque sabía que no podía exigirte nada, tú no eres como yo, no has sido criado de la misma forma, has sufrido y vivido cosas que en mi casa ni siquiera las mencionan por miedo, porque pertenecen a una película de horror o una novela compleja, no a nuestro mundo. Cuando tú pretendías flotar por sobre toda la inmundicia a tu alrededor, yo pensaba en pedirle a mis padres un sintetizador… Solo quiero decir que intentaba comprenderte.
Eiri escuchaba con atención, ansiaba seguir a Shuichi, pero estaba dividido. Una parte quería salir corriendo, otra besarlo y decirle que se olvidara de todo, otra darle una patada para que le bajara al drama y otra admitir sus culpas. Todas querían actuar a la vez, así que se anulaban.
—Si te presionaba, si te decía: "¡Hey no te metas con más mujeres!", entonces dirías algo como "Nadie me manda" y saldrías disparado a buscarlas y me sacarías de tu vida. No porque realmente estuvieras harto de mí, sino para probarte que seguías siendo el mismo, el gran Yuki Eiri al que no le duele nada. Y entonces serías miserable y patético, ensimismado en autocompasión. —El cantante soltó un resoplido extraño, como si tuviera que reírse de un chiste sobre su persona para agradar al jefe idiota—. Y yo no quería eso, estaba bien si la chispa se acababa, me iría sin ningún problema si esto terminaba...
—Te amo —interrumpió el escritor.
—Lo sé, esto no termina por falta de amor. Es solo que no es suficiente. No el amor, es decir, no es que amar no sea suficiente, es solo que decirlo no lo es... Y me estoy llenando de palabras que en este momento no vienen al caso —se desesperó—. Intento explicarte, Eiri, que trato de decir que entendía el por qué salías con otras mujeres, y por qué regresabas y por qué yo lo aceptaba. Pero, ¿sabes?, mi perfecta idea era una completa tontería y no lo entendí hasta que la respuesta apareció.
—Lo siento —pronunció Eiri en una voz tan baja que Shuichi creyó imaginar sus palabras.
—Siempre he sido un idiota, y es terrible el entendimiento; caer en cuenta del tiempo desperdiciado, del nulo respeto, de la vida que yo mismo me he provocado... No quiero seguir con esto, quiero crecer y que tú también lo hagas —se le quebró la voz—. Pero no podemos hacerlo juntos. —El pelirrosa tomó sus maletas nuevamente y caminó hacia la puerta. Antes de salir dijo con una tristeza que taladró a Yuki—: Sé feliz y déjate de tonterías.
Maiko se sentía terrible, había destruido la relación de su hermano. Si tan solo se hubiera callado. ¿Por qué fue a contarle todo? Era una tonta, si Shuichi la odiaba se lo merecía.
Miró a sus amigos que estaban hablando mientras fumaban recargados en el auto de Mamoru. Los dos parecían cansados. Cuando la vieron se callaron, esperando que empezara a hablar.
—En un momento baja. Llegó y, pues... está hablando con él y... —Unas lágrimas empezaron a rodar sin control.
—Tranquila, es mejor que hablen antes de que se marche —dijo Mamoru mientras le daba unas palmaditas en la espalda.
—Soy de lo peor, no debí decirle...
—Vamos, no es tan malo —le animó Tatsuha—. Además, no deberías arrepentirte, después de todo, ya está hecho, tú no eres la mala del cuento. —Trataba de sonar natural, pero su voz tenía un matiz extraño, consecuencia del nerviosismo que se instaló en él desde que Maiko apareció en el departamento con su amigo.
—No, no entienden. Yo en verdad subí con la intención de acostarme con él. Después de todo, ¿quién lo sabría? Nadie. Él no me conocía, yo no le diría mi identidad. Eventualmente la sabría, cierto; pero para entonces habría pasado tanto tiempo que quizá no me recordara, y si lo hacía, ambos fingiríamos no conocernos para nuestra conveniencia. No habría fallo. No soy diferente a él. —Maiko se instaló en un llanto profundo y desesperado que se tapaba el rostro, y ni Tatsuha o Mamoru sabían si era para rescatar sus lágrimas o cubrir su vergüenza.
—¿Y por qué no lo hiciste? —le preguntó Chiba.
—No puedo hacerle eso a Shu por más que admire y desee a Yuki Eiri. Se trata de mi hermano, mi amigo, mi apoyo, quien me hace reír o llorar, según sea el caso. Perderlo por un polvo con mi escritor favorito no es la mejor inversión de mi vida...
—Entonces no eres igual a él —habló Tatsuha—. No es malo dudar. La vida está llena de opciones, el tener que elegir no te convierte en una mala persona. Al final tomaste la decisión correcta, preferiste a tu hermano, se lo dijiste. Porque en el fondo sabes que fue lo correcto. ¿Qué harías si tuvieras a tu sueño enfrente? Eso me dijo una novia que me fue infiel. —En ese segundo recordó a Yume, parecía tan lejano el día en el que encontró a su hermano en aquel hotel con ella—. Y yo no supe qué contestar, creo que en ese instante comprendí que muchos ven eso como la oportunidad de sus vidas, algo que no pueden dejar pasar. Nosotros… —entonces apareció en su memoria el momento en el que rechazó retozar con Sakuma— tal vez lo rechazamos porque, al final, somos más que un saco biológico de impulsos y de pasiones...
—O son idiotas —concluyó el internacionalista.
El trío soltó una risa liberadora, necesitaban alejarse un poco del drama de esa noche. Maiko lucía fatal, tenía los ojos rojos por el llanto y el maquillaje arruinado por sus continúas restregadas con sus manos, el cabello también era una piltrafa. Así que le recomendaron meterse al auto y descansar un poco. Debió estar muy estresada con el asunto porque lo hizo sin chistar.
—¿Qué pasará ahora? —preguntó Mamoru, y Tatsuha deseó realmente tener una respuesta.
Cuando la puerta se cerró, Eiri sintió el significado de gravedad cero.
Shuichi se veía tranquilo, eso los hizo temer que en cualquier momento decidiera rebasar la línea de "un rompimiento desastroso" a "soy un asesino que destripa mujerzuelas porque mi amado es un cabrón". Pero no preguntaron nada, ni siquiera tenían intención de hablar, por respeto.
—Gracias, Mamoru, fuiste muy amable en recoger a mi hermana en aquel hotel. ¿Dónde está ella? —dijo Shuichi. El aludido lo vio de cerca, estaba pálido y tenía unas incipientes ojeras y unos ojos cansados. Mamoru asintió por respuesta y le dio la ubicación, el cantante agradeció de nuevo—. Si le decía a Hiro, no se iba a tomar nada bien, es sensible con el tema, sobre todo si mi hermana está involucrada. Y estoy seguro de que tomaría terribles acciones —sonrió con pesadez.
El monje entendió. No quería ver a Nakano molesto, y mucho menos armar un zafarrancho con su peleonero hermano. Ya imaginaba el caos. Iba a preguntarle algo al cantante, pero este se despidió y se subió al auto con Mamoru, marchándose.
Tatsuha vio cómo el auto desaparecía al dar una vuelta, miró las estrellas y entró al departamento.
Cuando abrió la puerta, vio a su hermano parado a la mitad de la sala. Así que rodeó los sillones para no topárselo, estaba a punto de llegar a su habitación cuando Eiri habló.
—¿Ya se fue?
—Él y Maiko se fueron en el auto de Mamoru...
—¿Maiko? —preguntó más para sí mismo—. ¿La conoces?
—Sí —contestó, temía en cada respuesta.
—¿Cómo es que la conoces? —La voz de Eiri sonaba adormilada, drogada—. ¿Cuándo? ¿Por qué yo no?
—Shuichi me la presentó. Te había dicho que quería conocerte pero te negaste. —Se aventuró a contarle de otros momentos—. También cuando iba a darle clases de inglés, no quisiste que vinieran a la casa. ¡Tuviste muchas oportunidades! —soltó.
Eiri recordó. Sí, efectivamente, él había dicho no a todas esas puertas abiertas. Era su culpa. Eso no evitó el gritarle a Tatsuha.
—Lárgate —vociferó, y el menor lo miró con súplica—. ¡Lárgate a tu cuarto! ¡Ahora! — aulló.
Entonces Tatsuha agradeció que no lo hubiera corrido de su casa. Todavía tenía cama en donde dormir.
Había dicho "Te amo". Había pedido disculpas. No haría nada así por nadie, solo por Shuichi. Venció varios demonios para que esas palabras fueran expresadas, y el pelirrosa se largó de todas formas. Tomó sus confesiones y las tiró a la basura sin contemplación. ¿Y si debió rogar? No, él no rogaba. Yuki Eiri no tenía por qué. Después de todo, Shuichi sabía cómo era, lo conocía.
Era mentira, no lo entendía.
No quería que se fuera, no sería más infiel, estaría únicamente con el cantante... No, ¿por qué? Era un idiota, se largó sin escucharlo… ¿Pero realmente tenía algo que decir?
Caminó a su estudio, pero rompió sus pasos momentáneamente para llevarse un whisky del minibar, que seguramente no vería la luz del día.
Una canción sonaba a lo lejos, cerró las ventanas para no soportarla, pero parecía que el sonido también se colaba en su cabeza.
Perdí mis manos por querer
tocarte siempre
perdí mis brazos por creer
que siempre estarías aquí
O lo viví o lo soñé
o lo viví o lo viví
¿Por qué cada vez que te largas me arrancas
me descarnas?
Sálvame, no me dejes sangrar
ya no queda más
no me dejes sangrar
Shuichi iba en el asiento de atrás, los ojos le picaban, tenía ganas de llorar pero no quería hacerlo, una sola lágrima sería su perdición —al menos eso sentía—. Eiri no lo veía, lo sabía, pero no quería perder ante él. Sin embargo, era muy difícil. No lo soportaba, su corazón oprimido lo desesperaba, lo obligaba a doblarse de dolor. No lo haría, por supuesto, no frente a ese hombre, frente a nadie. Ya no iría a pedirle abrazos y palmadas en la espalda a Hiroshi, ya no sería una carga para las personas a las que amaba.
Crecería. Ese era el objetivo. Por él mismo, no por Eiri.
Un sollozo involuntario. Entonces Mamoru le preguntó si podía poner música, si no le molestaba. Aceptó, pues detrás de los acordes que salieran de ese aparato se esconderían unas lágrimas mudas.
Una guitarra se escuchaba mientras Shuichi miraba las calles de Tokyo...
Perdí mis piernas por andar
sobre tus pasos
y en el fracaso me quedé
y nunca más me iré
O lo viví o lo soñé
o lo viví o lo viví
¿Por qué cada vez que te alejas
me dejas de sangrar?
No, ya no hay más, ya no hay más
ya cortaste mis brazos mis piernas y ya no doy más
ya no hay más
ya mi carne se encuentra contigo
en otro lugar
Aunque ya no eran más muchachos de preparatoria, Ryuichi Sakuma seguía metiéndose debajo del escritorio de Seguchi Tohma cuando se sentía preocupado. Una vez alguien entró sin tocar a la oficina y hubo un malentendido respecto a la relación que tenían. A Tohma no le importaba, claro, pero tampoco se dio el lujo de un rumor dentro del recinto escolar.
Callar al compañero le costó dinero (que en ese momento no podía desperdiciar). A Ryu no le interesó. Dijo algo como: Que le den, ¿Quieres ir a comer hamburguesas? Entonces él tuvo que arreglar el problema. Como siempre.
Hoy era de esos días en donde la preocupación del vocalista de Nittle Grasper lo enviaba a instalarse debajo del escritorio. El rubio no le preguntó nada, sabía que cuando sus tribulaciones lo hastiaban, el lugar para pensar era ese. Aunque el presidente tuviera trabajo que hacer o citas a las cuales atender, al castaño parecía no importarle.
—¿Cuáles son tus problemas? —preguntó.
—No tengo ninguno, solo necesito tiempo para desfragmentar mi cabeza.
—¿Ahora utilizas lenguaje informático?
La puerta se abrió y Tohma brincó. Sakuma, debajo del escritorio, contuvo la respiración. ¿Y si se trataba de un cliente? ¿Un problema legal? La pierna del director de NG se cruzó y entonces supo que quien fuera no era de temer, Tohma tenía la situación controlada, y Ryuichi dejó que entrara el aire a sus pulmones.
La voz, la conocía, pero no el tono, sonaba diferente. ¿Era quien imaginaba o era un imitador muy bueno? Seguchi lo sacó de sus errores.
—¡Presidente!
—Shindou-san, ¿a qué debo su visita? Espero que no haya destruido otro edificio...
—Lo sabe, ¿no es así?
—Por supuesto, Shindou, no hay nada que no sepa entre usted y Eiri...
—No destruya mi carrera. No me acercaré a él, no porque usted lo manda, sino porque esa es mi decisión. Pero tampoco quiero que mi vida vaya a pique solo por su forma de llevar esta situación...
— Así que pretendes...
—¡Trabajaré más! Le haré ganar el doble de ganancias que aporta hoy en día Bad Luck, pero mantenga a la prensa alejada, usted puede. Yo sé que a ninguno de los dos nos conviene que la banda ya no esté firmada por NG Records.
—Es interesante tu propuesta, y son los números los que me gustan, por eso tomaré en cuenta tus palabras. Sin embargo —el cantante de Nittle Grasper notó cómo Seguchi se levantaba, y se arremolinó en su rincón, eso significaba una amenaza, aunque su voz no cambiaría de tono—, tú eres el que tienes más que perder y lo sabes...
—Me retiro, señor, y gracias —dijo Shuichi en tono seco.
—Ah, Shindou-kun —añadió Tohma antes de que su vocalista se marchara—, la próxima vez que venga a mi oficina y no toque la puerta, espero que traiga su carta de renuncia acompañándolo.
La puerta se cerró y Tohma se sentó. Sakuma le jaló el pantalón, Seguchi se agachó para mirar a su amigo y le ordenó salir. El hombre gateó hasta llegar al sillón y se dejó caer como si hubiera caminado por días.
—¿Qué pasó con Shu-chan?
—No tengo la menor idea —contestó tranquilo mientras firmaba unos papeles.
—Pero dijiste...
Seguchi levantó la mirada y pronunció:
—El rey siempre sabe todo. El rey no se deja sorprender por sus súbditos. El rey sabe manejar sus asuntos —regresó a sus papeles—. Además, ¿no es obvio que lo único que mueve a ese idiota es Eiri-kun?
—Otro idiota —susurró muy bajito el cantante, pero escogió otras palabras para enfrentar a Tohma—. Es enfermo que repitas tantas veces esa palabra... Creo que describiste los menesteres de un consejero, porque el verdadero dueño del reino no necesita enterarse de esas banalidades, solo necesita ser lindo, elegante y magnifico. —Se levantó y puso las manos en el escritorio, de modo que el otro se vio obligado a mirarlo a los ojos. Ryuichi Sakuma le sonrió con perversidad—: Me voy, tengo que seguir siendo lindo, elegante y magnifico.
Tohma rodó los ojos, Ryuichi seguía siendo ese muchacho odioso que lo sacaba de sus casillas.
Ryuichi corrió a toda velocidad para alcanzar a Shuichi, que estaba a punto de entrar en las cabinas de grabación. Gritó su nombre y lo hizo voltear.
El pelirrosa lo miró y a Sakuma le dio un vuelco al corazón. Lucía tan triste y cansado, y quiso preguntarle lo sucedido, pero no tuvo el valor. Solo fue y lo abrazó.
—¿Estás bien con eso? —le preguntó. El pelirrosa no entendió a qué se refería, pero el mayor continuó—. Tohma no cumplirá su promesa si siente que Eiri-san se verá afectado de alguna forma.
Shuichi comprendió. Pero él lo sabía. Sakuma sabía. ¿Cómo? En realidad no tenía importancia, lucía cuerdo y genuinamente preocupado.
—¿Estás seguro de que en verdad no quieres ver a Eiri-san?
Shuichi se separó de su ídolo musical.
—Ambos tenemos que esforzarnos. Sé que no es fácil y, si soy sincero, quiero tirar a la basura esto, pero lo haré —confesó, sus ojos se llenaron de una profunda melancolía que contagió a Sakuma.
— ¡Haz tu mejor esfuerzo, Shu-chan! Yo creo en ti —le dijo.
Entonces se dio la media vuelta, dejando al pelirrosa confuso, sin entender lo que exactamente quería decir el extraño hombre del conejo.
Holas queridas lectoras... ¿Cómo les fue en estas festividades? En fin, aquí, el capítulo 28, espero les agrade, entiendo que me tardé una eternidad, pero hubo movimientos en el trabajo, y entonces el mundo se colapsó a mi alrededor... y el trabajo se intensificó.
En fin, así la vida... entonces ¿Qué les pareció? ¿Qué piensan de los hermanitos Shindou y de los Uesugi? Esta vez, Tat heredó el protagonismo a Eiri.. a quién le patearon el trasero; Ryuichi también necesita un golpe y sufrimiento, pero creo que primero el escritor.
Respecto a sus comentarios, pues ya ven, que Maiko no fue tan perra. Así como creo que Shu merece ser tratado como una persona y no una entidad rosa que perdona y acepta todo, pues así veo también a Tat por lo que quizá la evolución de la relación entre él y sakuma parezca lenta, pero en realidad es que el monje ya la dio por terminada, será Ryu entonces el que revivirá eso, si es que alguna vez lo hubo. Pero no se preocupen quizá no lo parezca pero este fic es Ryu/Tat.
En fin, agradezco a Pet por sus comentarios y revisión al capítulo, a ustedes por seguir interesados en esta historia y agradezco cada uno de sus reviews cada uno son importantes para mí, saber que les gusta la historia.Ustedes ¿qué opinan?
Espero tengan un 2013 aventurero y emocionante, tranquilo o apabullante, lo que deseen...
Un abrazo.
Sinideas Drakenss
