Capítulo 28
La mañana siguiente, Edward bajó temprano a la cocina para desayunar algo antes de marcharse a la escuela. Había pensado que, si se despertaba y vestía antes de lo normal, podría emprender una huida rápida antes de encontrarse con Hohenheim o Alphonse, pero, claro, fue demasiado inocente al considerar algo así: Alphonse lo conocía como a la palma de su mano y era precisamente ese el motivo de que ya estuviera sentado a la mesa de la cocina, aún con el pijama puesto, los brazos cruzados sobre la mesa y una mirada impertérrita dirigida a su hermano mayor, que se congeló bajo el dintel de la puerta al verlo.
El corazón de Edward le latió en la garganta mientras intentaba poner su mejor cara de «¿Qué demonios me estás viendo?» y la suya era una de las más talentosas: bien sabía que incluso hacía estremecer al mismísimo Roy Mustang… oh, pero Roy no había tenido los dieciséis años de vacunación ante su carácter que Alphonse.
Y Edward odió a su hermano por eso.
Odió que sus ojos se parecieran tanto a los de Trisha, algo que siempre servía para hacerlo sentir como si le estuvieran revolviendo las tripas con un tenedor, sobre todo cuando lo miraban como si supieran que había hecho algo tonto, como volver a pelear con su padre en lo alto de las escaleras…
Alphonse suspiró con aire cansado y Edward supo que había pasado una noche tan mala como él. Se sintió culpable por eso… pero no lo suficiente para romper el silencio. Caminó en línea recta hacia la encimera para tomar la bolsa de pan y prepararse un emparedado.
—Papá ya te lo dijo, ¿cierto? —comenzó Alphonse. Su voz tenía un matiz increíblemente delicado.
Edward se sintió mal consigo mismo: ¿por qué últimamente todo el mundo le hablaba como si fuera un niño berrinchudo? ¡No lo era! Hubiera preferido que se refirieran a él como un adulto joven bastante terco. Eso le hubiera elevado un poco la moral y no lo hubiera hecho sentir tan mediocre como en ese momento.
Respiró hondo, intentando controlarse para que su respuesta no sonara como un gruñido —porque así no era como sonaban los adultos—:
—Sí —y sí, eso fue lo único que consiguió decir sonando como un humano y no como un lince a punto de desgarrar una garganta. Tomó un cuchillo del cajón a su derecha y lo usó para untar el pan con mayonesa y mostaza, siempre dándole la espalda a Al, cuya mirada podía sentir en la nuca.
— ¿Y qué opinas? —preguntó Alphonse, tranquilo, a sabiendas de que toda una guerra nuclear se desarrollaba en la mente de su hermano en esos momentos.
Nunca había sido el tipo de chico imprudente que va y pica serpientes con un palo —en ese momento, Edward era la serpiente—, pero sí era el tipo de chico que sabía que su hermano nunca le haría daño, así que casi le estaba dando permiso de hincarle los colmillos en el brazo, siempre y cuando eso mantuviera feliz a Edward un rato y le permitiera marcharse con Hohenheim sin armar líos.
Edward bajó el cuchillo lentamente; pudo ver su reflejo deformado en el acero. Una figura sin rostro que, a pesar de eso, se las arreglaba para lucir inconforme, descontenta.
—Me molesta —admitió, sin apartar la mirada de la imagen en el cuchillo. Luego, respiró profundo y abrió la puerta del refrigerador para sacar el contenedor de carnes frías. Siguió sin mirar a Al—. Pero si ya lo decidiste… y crees que es lo mejor… —estaba intentando ir por el camino del razonamiento, del diálogo y no revelar la acidez que le había borboteado en el estómago toda la noche: no quería perder a su hermano, no quería que las cosas cambiaran, deseaba que todo siguiera como había sido los últimos años, sólo ellos dos contra el mundo.
Pero tal vez eso era hipócrita: el primero que cambió algo fue él y tal vez eso fue el principio del caos, pero no quería pensar de esa manera. A lo mejor todo comenzó con la aparición de Hohenheim y no la de Roy…
—Sólo quiero conocer más a papá, Ed —confesó Alphonse, sonando casi avergonzado—. Saber cómo hubieran sido las cosas si nunca se hubiera ido —terminó, encogiéndose de hombros, y Edward tuvo suficiente.
Dejó caer el plato con el sándwich sobre la encimera y la cerámica bailoteó sobre la superficie un largo instante, haciendo un ruido circular que le taladró los oídos. Dio media vuelta y miró a su hermano, frunciendo los labios para no ponerse a vociferar una sarta de groserías en contra de su padre que harían que su madre se revolcara en su tumba.
Respiró profundo, intentando calmarse. Cerró los ojos e inhaló, recuperando el control de sí, aferrando con los dedos el mueble a sus espaldas.
— ¿Y crees que él quiera conocerte a ti? —preguntó, dándose cuenta de que era una cuestión dolorosa hasta que dejó salir las palabras de su boca. Negó con la cabeza, tocándose la frente con una mano fría—. ¿Crees que él quiera recuperar todo ese tiempo perdido? ¿Crees que valga la pena?
Alphonse, que parecía haberse preparado todo ese tiempo para afirmaciones así, movió la cabeza lentamente de arriba abajo.
—Se lo pregunté yo mismo y dijo que sí —reveló—. Y sí, para mí vale la pena.
Edward pasó saliva, sintiendo una aprehensión extraña en la garganta. Jaló aire por la boca y ladeó un poco la cabeza. De pronto, se sentía como si una aspiradora gigante hubiera absorbido todo el oxígeno de la habitación.
Se sentía vulnerable, casi en peligro. Y tenía miedo. Era el mismo tipo de recelo que sintió cuando comenzó todo con Roy, cuando se dio cuenta de que no podría deshacer ninguna de las acciones y decisiones que tomara. Era injusto que esto estuviera pasando justo cuando creía que ya tenía todo aquello bajo control.
—Sólo quiero que seas feliz —dijo, sonando como el protagonista de una de esas películas anticuadas que Winry lo obligaba a ver cuándo eran más jóvenes. Un espeso rubor se instaló en sus mejillas y una sonrisa, en los labios de Alphonse.
—Yo también quiero eso para ti —respondió, sincero.
—Y no confío en Hohenheim —siguió Edward, tocándose el cabello, que aún no había peinado y caía, libre, sobre sus hombros.
— ¿Ni siquiera después de La Charla? —preguntó Alphonse, con una sonrisa burlona en la cara. Edward lo fulminó con la mirada.
—No me dio La Charla —dijo, maldiciéndose por lo bajo cuando el rubor de sus mejillas abarcó toda su cara—. Yo podría darle la maldita Charla si se me diera la gana. ¿Qué puede saber un viejo como él de…? —En realidad, no quería saber—. ¿Qué te dijo? ¿Tú qué sabes? —preguntó, desconfiado. De pronto, se sintió como si hubiera entrado desnudo a un centro comercial en hora pico.
—Nada que no hayas revelado por ti mismo. Eres un libro abierto, te guste o no —respondió Alphonse, alzando las manos en son de paz—. Y estoy bien con eso.
Edward se miró los zapatos, avergonzado.
—Pues yo no estoy bien con la idea de que te vayas —aceptó, porque era cierto—. No quiero que te marches con él, pero no puedo atarte al poste de tu cama y retenerte en contra de tu voluntad.
—Sería divertido que lo hicieras, con un novio poli y eso…
Edward le arrojó la bolsa de pan, que impactó contra el pecho de Alphonse y cayó al suelo. Alphonse se echó a reír en su silla y Edward emprendió la huida, plato en mano, hacia su habitación.
Estaba temblando de pies a cabeza y le costaba un poco respirar. Aunque la conversación había sido relajada —más de lo que se creyó capaz, por lo que estaba orgulloso de sí mismo—, aún quería ponerse a despotricar.
Hohenheim se marchó de sus vidas cuando ellos aún eran unos niños. Cuando Trisha enfermó, no volvió para hacerse cargo de ellos, como hubiera hecho un buen padre, sólo hizo arreglos para que Pinako los cuidara… eso fue lo que más amargó a Edward en su contra: que ni siquiera hizo el esfuerzo de volver a su lado, de pararse en el funeral.
No le gustaba sentir resentimiento en contra de su padre, pero era un mecanismo de defensa que no podía hacer a un lado, porque estaba a la espera de que Hohenheim decidiera irse de nuevo y borrón y cuenta nueva con todo lo que había pasado entre ellos hasta el momento.
Ahora, su mayor miedo era que Alphonse resultara herido y estar demasiado lejos de él para poder hacerse cargo de la situación.
En la escuela, se movió como un fantasma, deslizándose de clase en clase sin hablar con nadie, casi extrañando la presencia de Ling, que lograba sacarle al menos unas cuantas palabras de vez en cuando.
No había sido Miss Simpatía los últimos meses, así que muchos de sus compañeros de clase preferían mantener la distancia —a menos que estuvieran presentando un examen: entonces, todo el mundo quería echarle un vistazo a sus respuestas—. No le dio importancia y marchó por su día sintiéndose más muerto que vivo.
Sentía el estómago pesado, como si se hubiera vuelto de plomo y, cada vez que intentaba beber agua, no podía soportar más de un trago. Y, sobre sus hombros, reposaba el peso de saber que su vida estaba por cambiar mucho otra vez…
Cuando el día terminó, fue a hablar con su asesor, a quien le hizo preguntas significativas sobre Xerxes. El hombre se mostró felizmente sorprendido por su elección de escuela —aunque Edward le aseguró que no era algo definitivo, sino sólo una duda— y le entregó un post-it con el link a la página de la universidad que, a todo caso, Edward podría haber encontrado por su cuenta. Metió el trozo de papel amarillo en el bolsillo de su abrigo y, al salir de la oficina del profesor, se preguntó si estaba haciendo lo correcto, tomando las elecciones adecuadas.
En ese momento, el marcador estaba parejo entre el Sí y el No.
La temperatura comenzó a descender con la caída del día; una brisa rondaba las calles como un suspiro congelado y, cada vez que le rozaba las mejillas, hacía que le ardieran como si lo hubieran abofeteado. Miró el reloj de su teléfono tras colocarse la capucha del abrigo en un vano intento por cubrirse del frío y se dio cuenta de que faltaban pocos minutos para las nueve. Se detuvo a mitad de la calle, bajo la luz amarilla de una farola, y consideró la posibilidad de volver a casa, pero estaba demasiado lejos de ese lugar y más del otro para tomar ese pensamiento seriamente.
Guardó el teléfono en el bolsillo de su abrigo y siguió caminando, el ruido de los pasos de sus pesadas botas sólo amortiguado por el sonido de algún auto solitario circulando por la calle. Cuando una camioneta pasó a su lado, moviéndose lentamente, un escalofrío le recorrió la espalda, pero se obligó a levantar la mirada y encontrarse con los ojos, pequeños y brillosos, de una mujer con el cabello del color del trigo atado en una apretada trenza. La sensación de escalofrío aumentó, pero esa vez por una razón diferente: ya la había visto antes, en el patio frente a la casa de Roy. La mujer también tenía un niño pequeño, tal vez uno o dos años mayor que Berthold, y siempre lo sacaba a jugar por las tardes con un perro Jack Russell. Edward recordaba haberla saludado en una ocasión y no haberse percatado de sus ojos entornados por la curiosidad hasta mucho tiempo después, cuando la descubrió espiando el vecindario por un resquicio de las cortinas de su casa.
Edward pensó que aquello había sido extraño, pero incluso Pinako, de vez en cuando, hacía cosas así, así que no le dio mayor importancia al asunto. Sin embargo, sabía el motivo de la curiosidad de la mujer y eso era lo que lo hacía sentir sumamente incómodo. No sentía ansías por saber si alguien ya le había preguntado a Roy quién era y por qué a veces se quedaba en su casa hasta bien entrada la noche. Claro que todo eso tenía respuestas inocentes detrás, pero había un trasfondo más profundo en todas ellas.
¿La mujer lo sabría? Por la manera en la que lo estaba mirando en ese momento, como si fuera una mancha en un costoso tapiz, tal vez sí y, de nuevo, Edward sintió el impulso de regresar a casa, pero las ganas de mantenerse lejos de ahí eran más fuertes que el escrutinio de la mujer y la parte más egoísta de su persona le dijo que Roy podía encargarse de ese problema, ya que había sido él quien los metió en él, en primer lugar.
La mujer aceleró y el escape de su auto liberó más humo del ecológica —y legal— mente correcto. Edward se detuvo de nuevo, ésta vez en un trecho de acera sin iluminación, con la mirada fija en la parte trasera de la camioneta, que dio vuelta a la calle y desapareció con sus luces rojas resaltando contra el negro de la noche.
Aunque había intercambiado unos cuantos mensajes con Mustang durante el día —sobre todo en el almuerzo, que Roy había adoptado como su «Tiempo Libre Para Quejarse Del Trabajo Con Edward»— él no le había planteado la posibilidad de ir a su casa ese día y estaba a tan poca distancia ya que le pareció tonto llamar. De todas formas, sus pies hicieron el intento de andar hacia atrás porque aún había ciertas libertades entre ellos que no se sentía con el derecho de tomar.
Metió la mano en el bolsillo donde había guardado su teléfono y, antes de poder sacar el aparato, rozó con los dedos el trozo de papel en el que su asesor había escrito el link a la página de Xerxes. A pesar de ser consciente de que se estaba comportando como un idiota, reaccionó como si hubiera metido los dedos en un enchufe.
Con unas cuantas zancadas, se descubrió ante la puerta que ya conocía tan bien. Sólo por curiosidad, echó un vistazo a la casa de enfrente y vio la camioneta oscura de antes ocupando el espacio de estacionamiento, cubriendo la ventana delantera, evitando que la vecina curiosa viera desde su sala la puerta de la casa de Mustang por más que lo intentara.
Se encogió de hombros y estiró la mano para tocar el timbre. Supuso que, a esa hora, Berthold ya debía estar durmiendo —o haciendo una pataleta al respecto— y, si era la primera opción, esperaba que el ruido de la campana no lo hubiera despertado. En caso de ser la segunda, se propuso ayudarlo a conciliar el sueño porque, después de todo, él mismo no tenía prisas por llegar a su propia cama.
Por el cristal rugoso de la puerta, vio la silueta de Mustang bajando las escaleras y escuchó sus pasos —siempre arrastrando los pies cuando no estaba en el trabajo— mientras se acercaba. Apenas tuvo un segundo para prepararse y respirar profundo antes de que la puerta se abriera y Mustang lo mirara, con una ceja enarcada.
Sus ojos seguían nadando en ojeras y estaba pálido. Parecía necesitar una buena noche de sueño… y prolongarla semanas para recuperar las energías que obviamente no tenía en ese momento. Edward se guardó las ganas de hacer un comentario al respecto o preguntar qué demonios estaba pasando. Simplemente se quedó ahí parado, con el aire frío erizándole el vello de la nuca. Pensó en decir «Buenas», pero se sintió como un niño, así que prefirió mantener la boca cerrada.
—Sabía que eras tú —dijo Roy con un suspiro agotado, sin esperar una explicación sobre porqué estaba en su casa a esa hora—. Siempre tocas dos veces.
Edward hizo una mueca: ¿enserio se había fijado en eso?
— ¿Ah, sí? —preguntó, verdaderamente intrigado, porque él nunca se había dado cuenta: en su casa, prefería aporrear la puerta con el puño, pero no creía que esos fueran los modales correctos para mostrar en la casa donde vivía un niño pequeño… de hecho, había otras cosas que no sabía si era correcto mostrar en la casa de un niño pequeño—. Mi hermano también, creo. ¿Puedo entrar? Me estoy congelando y tu vecina me da escalofríos.
Roy se hizo a un lado de inmediato, casi como si lo hubieran golpeado en las costillas para apartarlo y, antes de cerrar la puerta a sus espaldas, echó un vistazo al vecindario.
—La señora Schell, de enfrente, ¿no? —preguntó, algo divertido. La sonrisa, en vez de aliviar el cansancio de su cara, lo acentuó. Edward se encogió de hombros, colocando su mochila en un rincón del corredor de entrada donde no estorbara y quitándose el abrigo para colocarlo en la percha junto a la puerta. Eso se estaba volviendo algo rutinario y el pensamiento hizo que se estremeciera—. Creo que toda la calle concuerda contigo. Tiene hábitos bastante… cuestionables.
—Claro, porque tú eres la persona adecuada para decir eso —replicó Edward, masajeándose la cara, que seguía entumida por el frío. Roy puso los ojos en blanco: a esas alturas, ya parecía acostumbrado a sus retahílas… y no le molestaban, que él supiera—. ¿Dónde está Berthold?
Roy suspiró —y Edward supo que su teoría sobre el berrinche era correcta— y señaló con un dedo el techo.
—Durmiendo —contestó el hombre y añadió—: eso creo —Edward ladeó la cabeza y lo miró con irritación—. Cada día le cuesta más trabajo hacerlo y yo no tengo tiempo para…
Edward frenó su alegato con un gesto de la mano —ya tenía suficiente con un padre sin tiempo para sus hijos en su propia casa, gracias—, giró sobre los talones y caminó hacia la escalera para subir a la habitación del niño y asegurarse de que todo estuviera bien. Un sombrío Mustang lo siguió, cambiando su andar despreocupado y aletargado por el sigilo de un gato. Su presencia a sus espaldas se sintió casi alarmante, pero pronto consiguió dejar esa sensación de lado.
Edward cruzó el corredor de la segunda planta que llevaba a la habitación de Berthold y abrió la puerta con cuidado, intentando no hacerla rechinar. La recámara estaba oscura, pero con la poca luz que entraba por las ventanas, pudo ver la silueta de Berthold, arrebujado en su cama, contra las almohadas. Su respiración era tranquila y era obvio que dormía, abrazando con pereza a su dragón de peluche.
Ver esa imagen drenó cualquier clase de animadversión que Edward pudiera sentir por el mundo en esos momentos, pero no evitó que golpeara a Roy con el dorso de la mano en el pecho por su comentario de antes. El hombre se tocó el sitio adolorido con los dedos tras contener un gruñido y le dedicó una mirada que presagiaba una tentativa de homicidio. Edward no pudo evitar sonreír.
Sin mutar la expresión nebulosa, Mustang dijo:
—No me dijiste qué estás haciendo aquí —siseando como una serpiente.
Edward suspiró y cerró la puerta de la habitación. Se recargó en la pared y cruzó los brazos sobre el pecho.
—No quiero volver a casa —admitió—. Han pasado… cosas. Pasé toda la tarde vagando por la ciudad, intentando averiguar qué hacer, pero… no lo logré —se encogió de hombros.
Roy miró al techo y apoyó su peso en el muro a sus espaldas, pero no por bravuconería, como Edward, sino por extenuación.
—Me parece imposible: Edward Elric, la voz de mi consciencia, sin saber qué hacer con su propia vida —dijo, empezando con sarcasmo, pero terminando la oración con un dejo de honestidad que hizo que a Edward se le revolviera el estómago.
—Nunca fue mi intención decirte qué hacer con tu vida —admitió, sin pretender que sonara como una disculpa, sino como una verdad. Que Roy fuera y se tomara todo lo que le decía a pecho era problema de él, no suyo.
—Aún así, me alegra que lo hicieras —aceptó Roy, echando a andar por el corredor—. Es más fácil lidiar con Berthold teniéndote cerca —Edward quiso preguntar qué demonios significaba eso, pero Mustang no le dio la oportunidad—. Puedes quedarte, si quieres. Yo tengo trabajo que hacer, así que estaré en el estudio —finalizó, sujetando la perilla de la puerta al final del pasillo, deteniéndose un instante para bostezar.
Edward frunció el ceño y negó con la cabeza. Echó un último vistazo a la puerta de la habitación de Berthold y fue tras Mustang.
—Sé que no es asunto mío —empezó, con la mirada fija en la espalda de Roy, cubierta por un suéter del mismo tono de azul que su uniforme de policía—, pero luces como alguien que en verdad necesita descansar —terminó.
Mustang hizo un ruido despectivo y abrió la puerta del estudio con un empujón.
—Tengo otras prioridades, Edward —fue lo único que dijo antes de cerrar la puerta a sus espaldas, dejando a Edward a mitad del pasillo, con una terrible sensación de frialdad deslizándose por su columna porque nunca lo había escuchado decir su nombre de esa manera.
Dos horas después, el teléfono de Edward comenzó a vibrar, insistente, en la mesa donde lo había colocado. Tomó el control remoto del televisor de la sala para enmudecer el sonido del documental que estaba viendo —porque era ese tipo de persona— y, sujetando una taza de café azucarado con la otra mano, observó la pantalla encendida del celular como si fuera un lagarto gigante que recién había aparecido en la habitación.
Pasados unos segundos, el aparato dejó de sonar y bailar sobre la superficie de madera de la mesa y Edward volvió a centrar su atención en el documental… hasta que el teléfono volvió a sonar, ésta vez anunciando una llamada.
Cerró los ojos, haciendo una mueca de fastidio, y se apresuró a dejar la taza de café junto al aparato, que sujetó con un zarpazo, silenciándolo antes de que el ruido despertara a Berthold o sacara a Mustang de su oficina como a una pantera de su madriguera —en las dos últimas horas, el sujeto se había desentendido por completo de su presencia y eso era… extraño, no decepcionante, no, sólo raro—.
Rechazó la llamada y observó la pantalla con atención, a la espera de un nuevo intento… que no tardó ni veinte segundos en llegar. Abrió el mensaje de Alphonse y se encontró con un «¿Dónde estás?» escrito a toda velocidad. Era raro que Al enviara mensajes con faltas de ortografía, pero ahí estaba uno. Edward puso los ojos en blanco. Respiró profundo y tocó la opción «Llamar».
Alphonse respondió de inmediato.
— ¿En dónde demonios estás? —preguntó, siseando y agitando su cascabel como una pequeña serpiente. Alphonse nunca decía groserías e incluso ese «demonios» era demasiado para él, así que Edward supuso que su hermanito se había estado comiendo las uñas de preocupación por él. De nuevo, se sintió culpable, pero no iba a soltar la correa tan fácilmente.
—Con Roy —dijo, porque era más fácil que explicar que estaba en su casa, pero el hombre no le había prestado la más mínima atención.
Alphonse se quedó callado un largo rato, pero Edward adivinó que estaba boqueando al otro lado de la línea, navegando por un torrente de pensamientos apresurados, intentando decidir cuál expresar primero. Mientras Al recuperaba el habla, Edward se cambió el teléfono de oreja, sujetándolo ahí con ayuda de su hombro al mismo tiempo que se estiraba para tomar su taza medio vacía y el control remoto para subir un poco el volumen del televisor: el documental de antes, sobre la Guerra Fría, había terminado y ahora transmitían un especial sobre la Caza Ilegal en África. Se arrebujó contra los cojines del sillón y cruzó las piernas.
—Sabes qué hora es, ¿cierto? —fue lo primero que Alphonse pudo decir.
Edward alejó el aparato de su mejilla para ver la pantalla.
—Las once veinticinco —respondió con simpleza. Alphonse volvió a guardar silencio y Edward puso los ojos en blanco—. No es la primera vez que me quedó aquí tan tarde —le recordó.
—Pero todas esas veces estabas cuidando a Berthold, ¿estás cuidándolo ahora?
—Ah-ah, está durmiendo —explicó Edward, apoyando la taza contra su rodilla, haciéndola girar sobre la tela de su pantalón con los dedos.
Los silencios de Alphonse comenzaron a volverse incómodos, pero Edward no sentía la necesidad de hacer algo por evitarlos.
—Está bien —dijo Alphonse, rindiéndose—. Ok. El señor Mustang te va a traer a casa, ¿cierto? O vas a tomar un taxi. Sólo quiero asegurarme de que no termines muerto en una zanja o algo por el estilo.
Y Edward, ciertamente, no había pensado en eso, pero no creía que Roy fuera a estar en condiciones de manejar un auto a esas horas —Edward no se hubiera sentido seguro viajando en un auto conducido por zombi-Mustang, de todos modos—. Otra opción era llamar un taxi… o aventurarse a pedirle a Roy las llaves de su carro, al que Edward había querido ponerle las manos encima casi desde el primer momento en que lo vio —y estaba seguro de que Winry hubiera sentido algo similar al ver ese auto… mejor dicho, Winry sentía ganas de ponerle las manos encima a cualquier aparato—. Nunca había manejado largas distancias, pero no le molestaría intentarlo…
Y, como si supiera lo que estaba pensando, Alphonse lo interrumpió.
—Espero que no estés considerando nada tonto. Puedo decirle a papá que vayamos por…
—No estaba pensando en volver a casa hoy, Al —dijo Edward al oír la mención de Hohenheim, con el café que había bebido amargándose en su estómago y provocándole agruras—. Pero estoy bien, vivito y coleando. Eso era lo que querías saber, ¿no?
Silencio de nuevo.
Pasado un instante, Alphonse se limitó a gruñir y Edward pudo escucharlo golpeándose la frente con la mano. ¿Cuántas veces al día Al hacía eso por su culpa?
—Escucha, Ed… cuando hablamos ésta mañana, creí que todo estaba bien, pero si esto en verdad te está molestando, puedo cambiar mis planes —aclaró, usando el tono de voz de un negociador de rehenes.
Edward tuvo que alejar el teléfono de su cara otra vez, pero en esa ocasión fue para evitar que Alphonse lo escuchara rechinando los dientes. Se maldijo por lo bajo y respiró profundo, intentando controlarse. La culpa y la sensación de estar portándose como un idiota unieron fuerzas para lanzarle un gancho al hígado.
Escuchó la puerta de la oficina de Mustang abriéndose por primera vez en todo el tiempo que llevaba ahí y luchó para llenarse los pulmones de aire. Controlando el tono de su voz, volvió a atender a Alphonse:
— ¿No te has puesto a pensar que tal vez estoy aquí porque quiero estar aquí? No tiene nada que ver contigo o Hohenheim —mintió. Escuchó a Mustang bajando las escaleras y susurró—: enserio, Al.
Y el muchacho no pareció nada convencido, pero no quiso atentar a una discusión más profunda en ese momento.
—Aún así, quiero que hablemos —dijo.
—Pues yo no. Ya basta, Alphonse. Voy a colgar —advirtió. Al hizo el intento de decir algo más, pero Edward terminó la llamada antes de que lo consiguiera.
Miró la pantalla de su teléfono hasta que se puso oscura y, después de eso, observó a Mustang, que estaba recargado en la puerta de la sala, con los brazos cruzados.
— ¿Sigues aquí? —preguntó, sin animadversión en sus palabras. Sólo parecía sorprendido de que fuera así.
Edward asintió con la cabeza, haciendo una mueca ante la expresión vencida en el rostro de Mustang, que estaba más pálido que antes y cuyas ojeras se habían puesto de un color todavía más violáceo. Cuando recién se conocieron, Edward estaba acostumbrado a verlo e imaginar que estaba a punto de arrancarse el cabello con las manos gracias a un arranque de desesperación, pero éste Roy lucía como alguien que tiene un pie en la tumba —quizás una que estaba cavando él mismo— y darse cuenta de eso no le gustó. Tocó con la mano el espacio vacío junto a él en el sillón y Mustang aceptó la premisa, moviéndose para dejarse caer a su lado sin ningún cuidado. Tomó un cojín y lo colocó detrás de su cabeza, hundiéndose en el sillón con un suspiro agotado. Desde este ángulo, Edward podía ver la sombra de barba que crecía en su rostro y la imagen desgarbada no le molestó, pero supuso que no era la mejor impresión para un oficial.
— ¿Ese era tu hermano? —quiso saber Roy tras un momento. Tenía los ojos cerrados y respiraba más profundo de lo habitual, como si fuera a quedarse dormido en cualquier momento.
—Ajá —respondió Edward, sin dejar de mirarlo.
— ¿Quieres que te lleve a casa? —ofreció Roy, aunque no parecía entusiasta ante la perspectiva de ponerse tras el volante.
— ¿Enserio te crees capaz de manejar viéndote así? —preguntó Edward, enarcando una ceja.
—No.
— ¿Entonces? —Terminó, zanjando el asunto—. Además, no puedes dejar a Berthold solo. ¿Qué clase de padre eres?
Roy abrió los ojos y le dedicó una mirada incongruente, como si pensara que se había vuelto loco. Cada vez que sus ojos, de ese increíble color azul, se encontraban con los suyos, Edward se sentía golpeado por un rayo… y era algo avasallante. Por un segundo, se preguntó si algo similar le pasaba a Mustang con él, pero la respuesta era demasiado aterradora para querer saberla en verdad.
—Tú lo sabes muy bien —respondió Mustang, encogiéndose de hombros. Edward repitió la mueca inconforme de antes: a esas alturas ya no creía que Roy fuera un mal padre, pero sabía que era algo desobligado y que prefería convivir con Berthold lo menos posible, más por miedo a arruinarlo que a estar con él—. Además, nunca se despierta —contó, tocándose la cara con las manos, como si eso lo ayudara a mantenerse atento—. Creo que sólo en eso se parece a mí: puede dormir en cualquier lugar.
Edward se hundió en el sillón para estar a la altura de los ojos de Roy, frunciendo los labios, intentando contener una pequeña sonrisa: esa era la mentira del siglo; todo en Berthold era una versión mini de Mustang. A veces incluso era divertido observarlos, porque Berthold siempre intentaba imitar todo lo que hacía su papá… y Edward supuso que por eso Roy prefería la distancia.
—Si eso es cierto, ¿por qué no vas a dormir ahora mismo? En verdad lo necesitas —insistió.
Y se hizo el silencio.
Roy miró al techo un largo momento, pero, en medio del vacío acústico que invadió la habitación, su mano pescó la de Edward, que reposaba a su lado en el sillón. Roy entrelazó los dedos de ambos y, cuando Edward hizo ademán de alejarse del contacto —más por cobardía que por falta de entusiasmo—, lo sujetó con una fuerza casi dolorosa, impidiéndoselo.
—No puedo dejarte ir a ésta hora —dijo, colocando una mano sobre sus ojos cansados. En verdad parecía estar luchando para no quedarse dormido ahí mismo.
Edward hizo el intento de ponerse de pie, pero, de nuevo, la mano de Roy sujetando la suya con una fuerza que no tenía idea de dónde demonios estaba sacando porque parecía un muerto vivo lo detuvo.
—No soy una damisela en peligro —refutó, optando por la molestia si eso iba a acabar con esa discusión antes—. Podría romperte el brazo si quisiera —eso trajo una pequeña sonrisa a los labios de Roy, que parecía interesado en esa arista de la plática, por algún motivo, y Edward sintió cómo se le ponían rojas las mejillas. De pronto, la mano de Mustang entre la suya se sintió demasiado pesada y caliente—. Pero si te molesta mi bienestar, puedes prestarme tu auto —agregó, encogiéndose de hombros.
Roy lo miró como si se estuviera conteniendo de poner los ojos en blanco. Suspiró y negó con la cabeza. Se puso de pie y, al hacerlo, tiró del peso de Edward también, obligándolo a levantarse. Edward chocó contra su pecho y eso también comenzaba a volverse una costumbre. Pudo sentir la respiración tibia de Roy en lo alto de su cabeza y se estremeció. Se mordió los labios, conteniendo una ráfaga de palabras que quisieron salir de su boca en ese momento, muchas de ellas, incoherentes.
—Mejor quédate —dijo Roy resueltamente.
Edward fingió meditarlo —porque, de todas formas, le había dicho a Alphonse que haría justamente eso—. Se preguntó si Mustang había escuchado su conversación con Al y si su propuesta era resultado de eso. Miró sus zapatos un largo momento y luego observó a Mustang, fingiendo que aún estaba pensando su respuesta cuando había tomado la decisión desde mucho antes de que se hiciera la petición.
— ¿Estás seguro? —preguntó, entornando los ojos.
Roy asintió con la cabeza.
—Sería una preocupación menos en mi lista, te lo aseguro.
Edward hizo una mueca, frunciendo los labios y mirando la puerta de la sala. Roy sujetó su mentón con dos dedos y lo obligó a centrar la vista en él.
Golpeado-Por-Relámpagos.
—Ok —aceptó Edward sin darse cuenta de que estaba abriendo la boca.
Roy sonrió y lo besó en los labios.
Gracias por sus comentarios. Los aprecio mucho :)
P.D: Dejen de llamarme desertora :(, para saber el ritmo de actualización de mis historias (incluso mini spoilers), visiten mi página:
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