Hola a todos.
Esta vez os ofrezco un capítulo más corto de lo que es normal en mí, pero enseguida que os pongáis a leerlo os daréis cuenta de que a pesar de ello, viene bien cargadito de acontecimientos, sorpresas y mucho, mucho sentimiento. He decidido cortar la historia en este punto por varias razones, pero la principal de ellas es porque me muero por contaros lo que estáis apunto de leer aquí. Y ya que hoy mismo no me queda tiempo nada más que para subir el capítulo y marcharme a cumplir varios compromisos, y la próxima semana sé que seguramente no voy a poder escribir ni una palabra siquiera, os lo dejo ya, rapidito, con la ilusión de que lo disfrutéis tanto como yo he disfrutado escribiéndolo.
Sólo quiero agradecer infinitamente a todas las personas que habéis añadido esta historia a vuestras favoritas después de leer el capítulo anterior. He quedado muy sorprendida por ello porque a estas alturas del fic ya no esperaba tener tanto éxito, jeje. Y también infinitas gracias a todas las personas que me habéis dejado reviews al anterior capítulo. Me gustaría nombraros una por una, pero hoy llevo tanta prisa que me va a resultar imposible. Y por supuesto, infinitas gracias a todos los que seguís el fic y me habéis acompañado hasta aquí.
Por favor, quedaros conmigo hasta el final.
Capítulo 28: Guerra sin cuartel.
Sentado en el cómodo sillón de su despacho, Harry navegaba por sus agitados pensamientos, con la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos cerrados. Aunque hubiese conseguido mostrarse firme y decidido ante todos, la verdad es que sentía tal nerviosismo, tal desazón, que se había visto obligado a recluirse a solas durante unos momentos, en un urgente intento por calmar los latidos de su desbocado corazón.
Todavía resonaban en su cabeza, como si las estuviese escuchando en ese mismo instante, las últimas palabras que Ginny había pronunciado, y también las suyas propias, dichas inmediatamente después. Tan poderoso era el último encantamiento que él estaba dispuesto a pronunciar, que incluso antes de ser ejecutado ya había reducido a cenizas el gran pilar de su mundo, su mayor motivación; su historia de amor con Ginny, el tesoro más puro que guardaba en su corazón, se había marchado con el momento en que ambos pronunciaron aquellas malditas frases. Ahora más que nunca supo que se precipitaba el fin, que su vida naufragaba hacia la negrura, pero ya no le importó. El único deseo vivo en su corazón fue que sus hijos, cuando creciesen, hallasen el modo de comprenderle y perdonarle.
Una leve corriente de aire le alertó sutilmente de que ya no se hallaba solo. Y le dio igual cómo, pero supo quién le estaba observando con paciencia al otro lado del escritorio.
- Abuela… - musitó, con voz cansada.
La mujer no se mostró sorprendida, muy al contrario: sonrió cariñosamente, mientras esperaba a que él abriese los ojos y centrase su atención en ella.
- Acabo de hablar con Ginny. Ella ha venido a mí desesperada, para contarme qué pretendes hacer – dijo por fin, observando fijamente los verdes ojos de su nieto, ahora atentos a los de la anciana mujer, que no se perdían ni uno solo de sus movimientos.
- ¿También tú vas a reprocharme mi locura? – quiso saber, melancólico.
- No, no te voy a reprochar nada, ni tampoco voy a suplicarte; demasiado bien sé que de nada serviría. Como digno hijo de tu padre y nieto de tu abuelo que eres, tan sólo harás lo que creas justo y necesario. Está visto que el destino de los hombres Dumbledore es cumplir su santa voluntad – sonrió cariñosamente, aunque mordaz, y Harry le sonrió también con calidez, agradecido.
- Los hombres Dumbledore… No imaginas cuánta falta me hacen en estos momentos. Ojala estuviesen aquí para aconsejarme.
- Oh, están aquí, querido – rodeó la mesa y apoyó una de sus vetustas manos en el pecho de su nieto y la otra en su propio corazón – Tan sólo haz lo que él te dicte, y estarás actuando tal y como ellos lo hubiesen deseado. – Adoptó una pose adoctrinadora, como si hubiese una lección en aquello que iba a decirle - He venido a ofrecerte mi apoyo incondicional, pero también a pedirte que, si todo esto acaba bien, no tengas en cuenta las palabras de tu esposa.
Él sonrió con tristeza.
- Lo siento, abuela, pero ya no hago planes de futuro, son una debilidad que en este momento no me puedo permitir.
- Si fuese menos vieja y no te quisiese tanto, ahora mismo te pondría en mis rodillas y te daría unos cuantos buenos azotes para ver si espabilas – dijo con lágrimas en los ojos – Hoy más que nunca, veo a tu abuelo en ti.
- Más quisiera yo…
- Más quisiera yo que hoy no fuera así… - negó tristemente.
Acarició el joven rostro con dulzura, confesándole mil secretos con la mirada, tras lo cual abandonó el despacho sin una sola palabra más.
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Momentos después, casi doscientos pares de ojos se hallaban pendientes de Harry en el Gran Comedor, alzadas las cabezas para contemplarle, ya que él se había situado sobre la superficie ligeramente elevada que usaba el profesorado durante los actos celebrados en aquella sala. Aquello no era lo que él había esperado en sus ensoñaciones más profundas, durante el tiempo en que, poco a poco, había ido asimilando que sería él, Harry Potter, el nuevo y flamante director de Hogwarts, quien se encargaría de dar la bienvenida a todos los alumnos del Colegio con motivo de la apertura de su nuevo curso escolar. Tal y como se había sorprendido a sí mismo imaginando una y otra vez, millones de mariposas revoloteaban en su estómago; pero su aleteo no era alegre y emocionado, sino lúgubre, agorero, amenazador… La mayoría de todas las cabezas que le observaban, expectantes, aguardaban que salieran de su boca las mágicas promesas de triunfo, de victoria, de esperanza, que tanto necesitaban sus torturados corazones; y el resto, a quienes más amaba, lo observaba con velados reproches y amenazas, heridas en lo más profundo de su alma por la drástica, dramática, determinación que él mismo había tomado.
Era cierto: la mayoría de esos ojos no eran los que él había imaginado ver al encontrarse allí; pero eran los únicos que contemplaría ya reunidos en aquel mítico salón. Desterró la melancolía de su espíritu y, resuelto, respondió a sus miradas con serenidad.
- Escuchadme todos. No estamos aquí para luchar por el futuro de los magos, o de los muggles. Estamos aquí para luchar por el futuro de cada uno de nosotros, nuestro propio futuro, seamos quienes seamos y vengamos del mundo que vengamos. Es cierto que, de lo que suceda en este castillo, dependerá el mañana de todo nuestro país, pero también lo es que la guerra más importante que libra cada uno está en su propio corazón, en esos corazones nuestros que laten como uno solo, anhelantes de paz, alegría esperanza. Por eso os pido que unamos nuestras fuerzas para luchar por aquello en lo que creemos, por nuestros corazones, con la esperanza de que nuestro esfuerzo conjunto devuelva la paz a esta tierra amenazada. No puedo saber qué sucederá mañana, ni siquiera cuántos de nosotros seguiremos vivos para entonces, sólo puedo prometeros que, si luchamos con todas nuestras fuerzas por aquello que nos une, que nos hace hermanos y no enemigos, ganemos o perdamos esta guerra, seamos libres o debamos soportar esclavitud y tortura, nuestro espíritu jamás será doblegado. Nuestro mayor legado para aquellos que vendrán es orgullo y esperanza.
Un murmullo de asentimiento recorrió toda la sala, e incluso algunos de los presentes se atrevieron a emitir gritos de valor, profundamente conmovidos y enardecidos. Cuando este cesó y el silencio volvió a adueñarse del Gran Comedor, Harry habló de nuevo.
- Sin embargo, he de informar a los no magos de que, pase lo que pase, en cuanto abandonen este castillo, olvidarán para siempre toda existencia de la magia y de los magos.
Caras de profunda sorpresa, algunas incluso de indignación, se adueñaron de todos los presentes, quienes miraron a Harry en busca de una explicación.
- En ese sentido he de deciros – continuó, dirigiéndose a los muggles – que nada me gustaría más que todos pudiésemos convivir en paz; pero sé, al igual que sabemos todos los reunidos aquí desde el fondo de nuestros corazones, que aunque nosotros seamos capaces de convivir en armonía, ninguno de nuestros dos mundos está preparado todavía para ello.
Contempló miradas de tristeza.
- Pero todo llegará, y un día no muy lejano este maravilloso sueño de convivencia, que hoy nos parece tan sólo una utopía pero por el que vamos a luchar con un solo corazón, se cumplirá de un modo lógico, natural, sin traumas ni rencillas, ni absurdas guerras de por medio, sin que nadie intente aprovecharse de las esperanzas de los demás en su propio beneficio. Unos estáis aquí por propia voluntad, y otros obligados por las circunstancias. Pero lo único cierto es que aquí estáis. Os pido a todos que luchéis a mi lado, hasta nuestro último aliento, para que algún día se cumpla ese bonito sueño. Cuento con todos y cada uno de vosotros.
Calló durante unos momentos, era evidente que él mismo se había emocionado.
- Y ahora descansad unas cuantas horas. Todos conocéis ya vuestro turno de guardias. Quien no tenga guardia ahora, que se marche a dormir junto a su familia. Mañana nos espera un día duro. Gracias.
Dicho esto, bajó las breves escaleras que le separaban de su conmovida audiencia, y salió de la sala sin mirar a nadie, ni siquiera detenerse.
Su familia y sus amigos, que le habían escuchado reunidos en primera fila, se contemplaron unos a otros, llenos de orgullo y pesar. Nadia y Hermione se abrazaron a Ginny, desconsoladas.
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Apunto de clarear el nuevo día, Draco, Ron, Neville, Remus, Arthur, Dudley, Ridley, un representante del Wicengamot y el Ministro de la Presidencia muggle, esperaban a que llegase Harry, reunidos en torno a un gran mapa holográfico de Hogwarts, emplazado en el centro de una de las amplias salas del castillo, que había sido habilitada apresuradamente y de forma improvisada como centro de operaciones. Debatían diversas estrategias de defensa, así como el mejor modo de ponerlas en práctica.
Pronto apareció el director de Hogwarts, portando en la mano derecha una taza de café bien cargado, y también él centró toda su atención en el inmenso mapa.
- ¿Dónde has dormido, Harry? – le preguntó Ron sin disimulo, plantándose frente a él en actitud inquisitiva.
- En la cama – soltó el otro con naturalidad, aparentando no haberse dado cuenta de la intención de su mejor amigo.
- ¿En qué cama, Harry? – continuó el pelirrojo, remarcando todas y cada una de sus palabras.
- Lo siento, pero esa no es una pregunta que deba responderte a ti o a ninguno de los presentes – le ofreció una sonrisa afable, encantadora.
- Ha dormido en su despacho – dijo Draco, intentando no demostrar que él también se sentía molesto por la actitud del moreno.
- Bien. Aclarado el lugar donde he descansado, un dato aparentemente tan crucial para el desarrollo de esta guerra, ¿podemos comenzar? – preguntó Harry con sonrisa mordaz.
Todos sus amigos lo traspasaron con la mirada, pero ninguno añadió nada más; tan sólo Remus, enfadado, negó con la cabeza, y Arthur le miró con ademán triste.
- Draco, ¿Cuál es la situación actual fuera del castillo?
- Se siguen concentrando mortífagos en torno a él y lo bombardean con hechizos, intentando hallar puntos débiles a sus defensas; es lógico pensar que han tomado Hogsmeade como cuartel general. La cantidad de ellos que ronda por los alrededores no baja de unos cincuenta, pero aumenta a ratos. Seguro que todos se mueren de la curiosidad por husmear cerca del castillo, aunque no sea su turno de guardia – se burló.
- ¿Y muggles?
- Los muggles todavía no son necesarios aquí. Leman debe estarlos reservando para el momento del ataque, cuando podrá enviarlos a la muerte como cabeza de turco.
El Ministro de la Presidencia observó al chico, escandalizado, y ya iba a replicar cuando Harry se dirigió a él con tono apaciguador.
- Señor Ministro, por favor, analice conmigo la situación. Nosotros, los magos, podemos luchar a cierta distancia, usando nuestra capacidad de lanzar hechizos. Pero ustedes, sin su tecnología, tan sólo tienen la fuerza de sus manos para hacerlo. Leman no es tonto, y sabe perfectamente que aquí toda esa tecnología es vana, ya que desde siempre, uno de los hechizos protectores más potentes del castillo ha servido para aislarlo y defenderlo de los no magos. Este es territorio mágico, hecho por magos, para magos y, por supuesto, para mantener a los muggles bien lejos de él. Así que, usando una expresión propia de ustedes, le pido que cambie el chip y deje la defensa del castillo en nuestras manos.
- Pero entonces, ¿nos has pedido que luchemos a sabiendas de que nos van a exterminar? – la indignación del otro se estaba convirtiendo en furia, pero Harry no abandonó su tono sereno y amable.
- No les van a exterminar más de lo que puedan exterminarnos a nosotros, porque no lo permitiremos. En este momento, tres cuartas partes del personal aquí reunido somos magos, y la otra parte es muggle. Mi intención es crear una primera fila de infantería, que constará de pequeños equipos formados cada uno de ellos por un mago y un muggle. Cada uno se encargará de aprovechar y maximizar su potencial: el mago se dedicará a lanzar hechizos aturdidores, poco hirientes pero efectivos, para alargar el máximo tiempo posible sus capacidades mágicas, y el muggle aprovechará el estado de aturdimiento del enemigo para asestarle un buen golpe que le deje fuera de combate. Mago y muggle deberán proteger al otro con su propia vida, ese es el mayor compromiso que deberán adoptar. El resto de magos será repartido de dos formas: habrá una segunda fila de infantería, que luchará cuerpo a cuerpo con los mortífagos protegida por encantamientos desilusionadores, se encargará de crear caos y confusión entre ellos y reforzará a la primera línea; y el resto, los magos más hábiles y efectivos con hechizos complicados, serán apostados en lugares estratégicos, y su función será equiparable a la que asumen los arqueros muggles: eliminar a distancia, causando las mayores bajas posibles. Excepto los niños y las mujeres embarazadas, que se encargarán de cuidarlos, vamos a luchar todos, y en igualdad de condiciones: quien no sea mago, irá acompañado de uno que lo proteja, y a la vez se encargará de protegerlo a él. Yo no sería más que otro mortífago si pretendiese aprovecharme de los muggles, pero tampoco ustedes pretendan ser protegidos y defendidos por los magos sin ofrecer algo a cambio. Todos somos iguales, Ministro de la Presidencia, lo crea o no lo crea, ni más, ni menos.
El otro bajó la vista, avergonzado.
- Siento no haber confiado en ustedes – dijo con sinceridad.
- Le entiendo. No es fácil confiar en quien les ha ocultado su existencia durante tanto tiempo. Pero piense que, al igual que ustedes van a poner sus vidas en nuestras manos, nosotros vamos a poner las nuestras en las suyas.
- ¿Y si alguno de nosotros no desea luchar? – objetó, dubitativo.
- Que lo diga ahora y le permitiremos marchar, pero no protegeremos a nadie que no esté dispuesto a pelear por su propia vida y por aquello en lo que cree. El que se vaya siempre puede confiar en la piedad de Leman y sus mortífagos, tanto muggles como magos – concluyó con sarcasmo.
- Entiendo…
- No, no entiende – se interpuso Lupin, encarando al muggle como si estuviese intentando adoctrinar a un niño tozudo e ingenuo – Leman tiene bien claro que ninguno de nosotros saldrá con vida de este lugar, somos demasiado peligrosos para sus planes de conquista y dictadura. Él no pretende crear una democracia, y si vence, el único destino de todo aquel que se le oponga será la esclavitud o la muerte; y el único futuro para quien no lo haga será servir a sus propósitos, nada más. Y otra cosa: en realidad, Leman odia a los muggles, los considera seres inferiores, como todo buen mortífago que se precie. Está buscando esclavos, no aliados.
- Remus, por favor, ya es suficiente. Creo que el ministro se hace cargo de la situación – afirmó Harry, intentado tranquilizar a su amigo.
- Pero Harry, nos has hablado como si dispusieses de un ejército completo para defender el castillo, cuando apenas llegamos a doscientas personas para hacerlo – objetó Ridley, sin comprender.
- Es obvio que, ante un ataque masivo e indiscriminado, no vamos a ser capaces de defender Hogwarts al completo. Por eso mismo voy a dejarles entrar – casi todos lo observaron, incrédulos – pero entrarán por donde yo diga y cuando yo lo disponga. Y entonces les estaremos esperando.
- Cuéntanos el resto de tu plan – pidió su suegro, con prudencia.
- Este es mi plan: aprovecharemos su primer ataque para hacerles creer que, en ciertos puntos del castillo, hemos descuidado el refuerzo de nuestros hechizos defensivos, dando prioridad a los puntos estratégicos del mismo. Si actúan como yo espero, atacarán con todas sus fuerzas en nuestros puntos estratégicos a modo de distracción, y enviarán pequeños grupos dedicados a mermar nuestras defensas en los lugares más débiles, para que una vez conseguido destruirlas, todos se desplacen a atacarnos a través de ellos. Mientras, nosotros actuaremos como si no nos hubiésemos percatado de su estrategia y seguiremos defendiendo los emplazamientos principales; pero la realidad será bien distinta. Cuando yo lo diga, bajaremos los escudos de dos lugares en concreto, eso sí, fingiendo que han sido ellos quienes han conseguido destruirlos, y permitiremos que entren en tromba para atacarnos. Esperaremos a que la inmensa mayoría de ellos esté dentro de esos puntos, defendidos tan sólo por un par de decenas de nosotros, para hacerles creer hasta el final que nos han cogido por sorpresa, y cuando se hayan confiado, convencidos de que podrán invadirnos desde allí, contraatacaremos con todas nuestras fuerzas, dándoles una paliza que jamás olvidarán.
- Es una gran idea – aceptó Arthur – El problema es que resulta lógico pensar que Leman no enviará a toda su gente para luchar en la primera batalla. Sin duda les daremos una buena lección, pero tu plan funcionará una sola vez. ¿No sería conveniente dejar nuestra mejor baza para el final?
- Esta vez no, y le diré porqué. Lo que busco con esto es que en la primera batalla les demos tal varapalo, se sientan tan humillados y hagan sentir a Leman tan inútil y rabioso, que el tipejo ese pierda los estribos y decida reclamar a todos los mortífagos y enviárnoslos aquí, con él mismo al frente, para luchar en la segunda batalla. Entonces será cuando yo, apoyado por el Wicengamot, ejecutaré el hechizo desmemorizador, para conseguir hacer desaparecer a los magos de la mente de todos los muggles, incluidos los que estarán luchando contra nosotros. Pero para que ese hechizo sea efectivo, necesito que todos los mortífagos, o al menos su inmensa mayoría, estén luchando aquí, lejos de los muggles, sin posibilidad de contrarrestarlo. Si no, todo el esfuerzo que hagamos nosotros no habrá servido para nada. Y el resto de la lucha es cosa vuestra. Sea como sea, después yo ya no podré ayudaros, así que lo dejo en vuestras manos.
Al escuchar su última frase, el alma de todos ellos les cayó a los pies.
- Harry, no – pidió Dudley, con voz suplicante.
- No voy a discutir más sobre ese tema. La decisión está tomada. Draco y Neville os darán más detalles y estructurarán los grupos. Yo dirigiré uno de ellos para la primera batalla, y Draco dirigirá el otro. Para la segunda, Neville me sustituirá. Os dejo, voy a solucionar un par de asuntos que tengo pendientes.
- Harry, por amor de Dios… - Ron también suplicó.
- Os veré dentro de un par de horas, si los mortífagos no se han atrevido a atacarnos antes. Hasta luego.
Harry dio una afectuosa palmada en la espalda de su mejor amigo y se marchó.
- ¡Mierda! – Gritó Ron con todas sus fuerzas, con los puños apretados - ¡Ahora mismo voy a partirle la cara!
- No lo intentes, Ron. Él espera que tú, más que cualquiera de nosotros, respetes sus decisiones, porque eres quien mejor le conoce y a quien más quiere – le aseguró Neville.
- ¡Si él me quisiera tanto como dices, no me haría sufrir así! – negó el otro, furioso.
- No olvides que él es quien más sufre con todo esto, por mucho que intente disimular – dijo Draco con desdén – Si de verdad es tu amigo, facilítale las cosas, en vez de ponerle trabas.
- Algún día, tú y yo tendremos un serio problema – le amenazó Ron, fulminándole con la mirada.
- Cuando quieras – respondió el otro, arrogante.
- ¡Bueno! ¡Ya está bien! ¡Tenemos un inmenso trabajo por delante y los mortífagos a las puertas! – ordenó Ridley, cuya actitud había cambiado mucho en las últimas horas.
- Tienes razón – aceptó Draco – Acabemos con lo que hemos venido a hacer aquí.
Todos se acercaron de nuevo a la imagen tridimensional del castillo.
- ¿Qué les pasa a estos dos? – Lupin preguntó a Arthur, en un susurro.
- Están celosos el uno del otro, a causa de su amistad con Harry – respondió su amigo, sonriendo.
- Menudos chiquillos – se quejó el licántropo, con enfado.
- ¿Nunca sentiste celos de Sirius con respecto a James, o de James con respecto a Sirius? – le preguntó maliciosamente; el otro suavizó inmediatamente su mirada - Nadie es perfecto – el Sr. Weasley se encogió de hombros, zanjando la conversación, y también ellos rodearon la imagen del castillo.
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Harry se hallaba en la habitación de matrimonio de su casa en Hogwarts, el hogar que debería haber compartido con su esposa y sus hijos y en el que ya no viviría nunca. Ginny y los pequeños se habían instalado en él apresuradamente, por lo que varios arcones, que habían sido transportados allí a través de la magia, se amontonaban de forma desordenada en el cuarto. El joven se había dado una ducha para despejarse, y después había buscado el baúl que guardaba la ropa, de donde había extraído una muda limpia para vestirse. Estaba solo. Al llegar, había saludado a Ginny de forma seria y concisa, había besado a sus hijos, y se había dirigido rápidamente hacia el dormitorio, con la intención de pasar en aquella casa el menor tiempo posible. Deseaba abrazar a los pequeños, sentir los infantiles latidos de sus corazones junto al suyo, colmarlos de besos y atesorar un último y bello recuerdo para despedirse, pero no en aquel momento: su corazón aún sangraba demasiado, desgarrado por la separación definitiva de su amada pelirroja. Así que, sin molestarse en cerrar la puerta siquiera para no perder tiempo, se estaba dedicando a vestirse. Sobre la cama yacía una camisa blanca esperando a que él se la colocase.
Silenciosamente, Ginny se apoyó en el hueco de la puerta, tras él, buscando fuerzas para mantener su alma en pie, muda para dirigirle la palabra. Observó su espalda todavía desnuda, marcada por las cicatrices de mil combates que contaban toda una historia de valor y superación, su historia… en la que había un hueco para ella: el más puro, dulce y abnegado del corazón de aquel hombre que nunca se cansaba de darlo todo por los demás. No pudo dejar de admirar la creciente delgadez de su bello y musculado cuerpo, marcado por el sufrimiento, por la soledad y la responsabilidad, por una enfermedad que lo arrastraba hacia la muerte con garras ponzoñosas y obcecadas, y por ese carácter indomable que ella tantísimo amaba. No lloró, sus lágrimas habían desertado ya junto con sus últimos restos de esperanza. Deseó correr a abrazarlo con todas sus fuerzas, pegarse a él y no dejarlo, para compartir su destino, para arder en las llamas de su infierno, aquel maldito infierno que lo arrebataba de su lado… Desde lo más hondo de su alma supo que el haberlo amenazado con negarle lo que él más amaba no iba a servir nada más que para causarle mayor dolor, que se había equivocado al esperar que recapacitase presionado por el miedo a padecer un infinito sufrimiento. Se llamó tonta una y mil veces, porque debió haber sabido que aquel hombre que ahora le daba la espalda con indiferencia, se reía en el propio rostro del miedo y del peligro, cuando de luchar por sus valores se trataba. Pero se había arriesgado a la desesperada, presa en las garras del dolor más profundo… Y ahora se encontraba yerma de ideas para continuar intentando frenar la inminente tragedia que se avecinaba. Así que lo contempló, con el corazón frustrado, impotente y moribundo, mientras él terminaba de vestirse, abstraído en su propio mundo, en el que ya no habría cabida para ella nunca más.
Cuando Harry, ya vestido, se giró para marcharse y la observó con serena sorpresa, al contemplar aquellos bellos ojos verdes en cuyas profundidades más recónditas deseó volver a perderse, sintió que debía hablarle, confesarle sus motivos, sus temores, decirle que ya no esperaba que él se echase atrás, ni con respecto al hechizo ni a la separación de ambos, pero que era necesario que la comprendiera, aunque no la perdonara. También a ella le costaba perdonarlo. Pero era crucial que los dos se separasen dando paz a sus propios corazones.
- Harry… - comenzó armándose de valor, apenas en un susurro.
Pero él no dijo nada; tan sólo caminó hacia ella y se detuvo a su lado. La joven sintió cómo el rostro de él se acercaba lentamente hacia su cuello, deteniéndose a escasos milímetros de este; cerró los ojos; el calor del masculino aliento la invadió con dulce ímpetu, y la obligó a contener la respiración, con el corazón desbocado: expectante, temerosa y anhelante. Pudo sentir cómo el hombre que amaba aspiraba profundamente con deleite, para exhalar después como si un éxtasis divino le hubiera alcanzado y llevado al paraíso. Sintió que iba a desmayarse en aquel mismo momento, conmovida hasta los cimientos más hondos de su alma, y el mundo se detuvo para ella. No supo cuánto tiempo había pasado en aquel místico trance, tan sólo que, cuando fue capaz de volver a sentir el devenir del tiempo, la más absoluta soledad la rodeaba. Harry se había marchado.
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Hacía casi una hora que la noche se había abalanzado sobre los contendientes por el control del último reducto de libertad que quedaba en el país. Durante todo el día transcurrido, los mortífagos no habían perdido el tiempo, y aprovechando el caos desatado por la muerte del Primer Ministro y de Kingsley Shacklebolt, así como la huída de los demás mandatarios para refugiarse en Hogwarts, se habían alzado en armas, y tomado el control político de todo el territorio, apoyados por varios cientos de muggles que esperaban sacar tajada del nuevo régimen, totalmente ajenos al futuro de esclavitud que Leman guardaba para ellos. Algunos magos estaban intentando organizar la resistencia por todo el país, pero una gran parte de ellos había huido en desbandada intentando poner a salvo sus cabezas, todavía con el dramático recuerdo de los horrores vividos bajo la conquista del Señor Oscuro.
Pero el inmenso castillo resistía. Aunque los escudos que se habían bajado en dos puntos muy concretos del mismo para tender la trampa a los mortífagos habían vuelto a alzarse hacía más de cuatro horas, no había transcurrido ni media desde que la batalla librada en el interior del mismo había cesado. Las bajas entre los mortífagos habían sido escandalosas, y no así entre los aliados defensores, pero los primeros, dándose cuenta de que habían sido atrapados y acorralados como ratas, habían luchado con uñas y dientes, vendiendo caras sus vidas, en la mayoría de los casos hasta exhalar su último estertor. Ahora, gran parte de los magos y muggles que no habían sufrido heridas considerables, se afanaban en encarcelar a los mortífagos que quedaban con vida, no como rehenes, no tenía sentido mantener rehenes con el asesino demente que los comandaba, que no daba ningún valor a sus vidas, sino para someterlos a un juicio justo cuando todo hubiese terminado. Harry había dado órdenes claras y tajantes con respecto a ellos: si detectaba maltrato o ensañamiento por parte de quien fuese contra alguno de los reos, lo encerraría con ellos sin contemplaciones, para que estos diesen buena cuenta de él.
El Gran Comedor se había convertido en una sala de hospital improvisada, pues la enfermería no tenía capacidad suficiente para albergar y atender todas las heridas y contusiones de diversa consideración que casi nadie se había librado de recibir. Madame Pomfrey corría de un lado a otro sanando heridas, pero el resto de los que habían salido mejor parados de la lucha que no estaban encarcelando mortífagos, se encargaban de prestar su ayuda en la tarea. Y el hospital había quedado para tratar los casos más graves, disponiendo de mayor tranquilidad y atención para los pacientes. Neville y Samuel lo atendían exclusivamente.
Harry se hallaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en una de las paredes del Gran Comedor. Acurrucados en sus brazos y agarrados a su pecho con todas sus infantiles fuerzas, dormitaban Bonnie y Rufus, mientras él, completamente inmóvil, perdía su mirada al frente, agotado pero incapaz de conciliar el sueño, como siempre le había sucedido cuando regresaba de una misión donde se había visto obligado a hacer correr la sangre.
Draco regresó de las mazmorras de la Casa Slytherin, que tan bien conocía, y buscó a su amigo con la mirada. Al localizarlo, caminó hacia él con paso cansado y se dejó caer a su lado. Sintió cómo el agotamiento hacía presa en todo su cuerpo nada más abandonar la frenética actividad que lo había dominado durante aquel aciago día. También miró al frente, intentando no ver.
- Te admiro, Harry – dijo el rubio, sin variar un ápice su postura.
No dio más explicaciones, pues sabía que el otro le había entendido a la perfección. La conversación que ambos habían mantenido a solas aquella mañana todavía planeaba con insistencia sobre las mentes de ambos a pesar de todos los horrores vividos durante la batalla. Y la respuesta del moreno lo confirmó.
- Ella es mi hija, Draco. El hecho de que su madre biológica sea Bellatrix no cambia nada este hecho – respondió el otro sin volverse a mirarle. Acarició el pelo de Bonnie con infinita ternura, cuidando de que ni ella ni su sobrino se despertasen.
- Cuando supe que Ginny y tú la habíais adoptado, no salí de mi estupor. Siento no habértelo confesado antes, pero temía que tú la rechazases al enterarte de su procedencia.
- Rechazarla… Si ella trajo la luz a mi vida… - calló durante un momento – ¿Hablarás tú con Ginny para revelarle la verdad cuando esto termine? A mí no me quedará tiempo para hacerlo.
El otro asintió, en silencio.
- Dile que me lo contaste, y yo te aseguré que siempre fue y será mi hija. Sé que ella te responderá lo mismo que te he dicho yo. Gracias por revelarme la verdad – lo miró con una leve sonrisa.
- Bueno, estos dos diablillos me han dado la oportunidad perfecta para contártela. Al ser Bonnie hija de quien es, tiene las mismas dotes mágicas que su madre. Desde luego, si alguien era capaz de extraer de la Sala de los Menesteres todo su potencial, no podía ser otra que ella. Me estremezco al pensar que sólo ha necesitado desear salir del castillo para que la Sala de los Menesteres haya cumplido su deseo, aún sin saber la niña dónde se encontraba ni haberlo pedido conscientemente.
- Ella es buena, Draco. Es la niña más buena que he conocido jamás – había súplica en sus palabras.
- ¡Oh, claro que es buena! ¿Por qué crees que Bellatrix jamás la quiso conservar a su lado? Mi tía nunca me dijo porqué había dejado su custodia en manos de otros magos que se hacían pasar por sus padres, ni porqué destruyó la fábrica que ellos dirigían justo antes de que tú te hicieses cargo de ella. Pero ahora lo sé: no podía soportar tanta dulzura, tanta bondad, en aquella que en teoría estaba destinada a sucederle.
- ¿Crees que…? ¿Crees que realmente Voldemort es su padre, como ella afirmaba? – fijó sus ojos en los de él, muy serio.
- A pesar de que Bella insistiera una y otra vez en que la niña había sido concebida con esperma de Voldemort, que se había mantenido oculto para hacerlo valer en caso de que él muriese, yo no puedo creer eso, Harry. Lo más probable es que Bonnie sea fruto de una noche loca y absolutamente improvisada de su madre. A juzgar por la edad que tenía cuando la concibió, seguramente ya se sentía lo suficientemente segura de que tener hijos era imposible para ella como para confiarse – sonrió con burla – No existe el mal en la niña, amigo. Seguramente Bonnie ha heredado todo lo bueno de su padre, sea quien sea este.
- Lo sé.
- Y de mayor, su personalidad mostrará las mejores cualidades de su padre y de su madre, los que la aman de verdad y velan todos los días por ella, los únicos que importan, al fin y al cabo: Ginny y tú.
- Vela por ella cuando yo no esté…
- Te lo juro por mi vida. Y no sólo velaré por ella por ser de mi sangre, sino por todos tus hijos. Si el parentesco se obtuviese por méritos y no por genes, tú serías mi único hermano.
Harry no pudo responder, tenía un nudo en la garganta.
- Si tu sobrino no fuese tan niño todavía, al igual que ella, juraría que él la ama – afirmó el rubio, señalando al niño que descansaba en brazos del otro.
- No creas que a mí no se me ha pasado también esa idea por la cabeza. El tiempo lo dirá – concluyó, sintiendo una punzada de dolor en el corazón porque, lo único que a él no le quedaba, era tiempo.
De pronto, ambos hombres se vieron rodeados por Arthur, Remus, Fred y George, que habían llegado a la carrera, jadeantes.
- ¡El castillo está siendo bombardeado! – gritó Remus, una vez fue capaz de respirar - ¡Sus defensas exteriores están apunto de caer!
- ¿Qué? – gritó Draco, poniéndose en pie inmediatamente.
Harry lo imitó con cuidado, despertando a los niños con un beso en sus mejillas y dejándolos sentados a un lado.
- ¡Nadia! ¡Ocúpate de los pequeños! – gritó a su amiga, que se había acercado al ver llegar a los otros de forma tan acelerada - ¿Cómo es posible? – cogió a Fred del brazo con fuerza.
- ¡Ha sido de improviso, Harry! ¡Estábamos montando guardia como nos pediste, cuando de pronto unas inmensas bolas de fuego han comenzado a planear sobre las defensas e impactar en ellas! ¡Todavía no oís el ruido porque hasta ahora no han conseguido traspasarlas, pero lo harán en cuestión de minutos!
- ¿Cómo demonios puedes saber eso? – lo zarandeó.
- ¡Porque con cada bola que impacta sobre ellas, el calor aumenta de forma alarmante! ¡Es tecnología muggle modificada mágicamente! ¡Nuestras defensas no podrán contenerlas durante más de quince o veinte minutos a lo sumo! ¡Y alrededor del castillo hay más de mil mortífagos prestos a atacarnos! – explicó George.
- ¡Merlín nos asista!... ¡Maldita sea! ¡A las armas! ¡Todo el mundo a las armas! – gritó como poseso.
Todos los que fueron capaces de ponerse en pie corrieron hacia él, con la alarma y el terror pintados en los semblantes.
- ¡Draco! ¡Localiza a Neville y organizad la defensa del Castillo! ¡Yo reuniré al Wizengamot y nos encerraremos en la sala de profesores! ¡Recuerda, necesito que nos deis media hora para que el hechizo llegue a la mayor parte del país! ¡Media hora! ¡Luego todo os resultará mucho más fácil porque la inmensa mayoría de los reunidos ahí fuera son muggles! ¡Concentrad vuestro fuego en destrozar esa maldita maquinaria muggle! ¡Acabad con ella y la batalla se ralentizará! ¡Entonces podréis tomar el control!
El rubio asintió con fuerza y corrió hacia la enfermería.
- ¡Todos los miembros del Wizengamot! ¡Conmigo! ¡Ha llegado la hora de la verdad! – volvió a gritar desde encima de una mesa, de la que bajó inmediatamente después, corriendo en dirección opuesta a por la que su amigo había desaparecido.
- Que Dios se apiade de nosotros… - murmuró Arthur con tristeza, y corrió a ocupar su puesto en la lucha.
Todos los demás lo siguieron.
