28

DESEO

La niebla matutina aún era visible desde los jardines del emperador cuando su opíparo desayuno era puesto a la mesa. Podrían decirse de Napoleón muchas cosas, pero de que no gustaba de las cosas opulentas y elegantes, no. Estaba tomando un buen bocado de frutas que le habían servido en una copa alta y extendida cuando miró por encima de la mesa a su invitado, que también comía con gusto y a mucha prisa, y una risita divertida brotó de sus labios.

-Pareces algo nervioso el día de hoy, querido Monsieur. –le comentó burlón.

-Bueno… -el aludido, que no era otro sino Francis, se limpió con el dorso de la mano. –Debo ir a visitar a nuestra avanzada particular y no quiero retrasar el feliz momento, mon Excelence…

-Eso lo entiendo. Y dime, ¿cómo va la feliz pareja? –el emperador ahogó una risita maliciosa al terminar la pregunta. Para su desconcierto, Francis exhaló un triste suspiro.

-Oh, mon Excelence, quisiera decirle que van maravillosamente bien pero sería mentirle. Verá usted, el Imperio en América no se ha fortalecido tanto ni tan pronto como deseábamos, podría decirse que… eh… se encuentra estancado en la indolencia.

-¿Estás bromeando? ¿Y qué hay de ese inútil Habsburgo?

-Non, no es tan simple. Verá, cuando se dan esta clase de cosas, para fortalecer un imperio se debe… comment on dit… -el francés entrelazó sus dedos, adoptando un aire serio poco común en él. –Se debe consumar, y si dicha unión no está consumada puede considerarse como un proyecto infértil.

-Consumar… ¡consumar! ¡Sacre bleu! ¿No me habías dicho que Maximiliano había aceptado ya la corona? –protestó Napoleón.

-Oui, pero usted sigue sin entender. No hablo de protocolos políticos ni de formalidades de los… ah… superiores. Hablo de lo que las naciones tienen que hacer. –esperó un momento, y notó cómo el emperador hacía una seca sacudida con la cabeza, incitándolo a continuar. –Es un asunto privado y delicadísimo, no creo que tenga que darle grandes detalles, pe…

-Con todo respeto, pero creo que en mi posición estoy en derecho de que me expliquen a todas luces lo que quiero saber. ¿Cuál consumación deben hacer los países?

-Bueno, ya que insiste… -el francés esbozó una sonrisita de complicidad. –Consumar un imperio entre dos naciones equivale a consumar un matrimonio, vous entendez moi…

Por un momento, el emperador pareció quedarse sin habla, mirando incrédulo a su nación, pero luego externó una sonora carcajada, y golpeó divertido la mesa con ambos puños haciendo vibrar los delicados cubiertos que había en ésta.

-¡Así que es eso! –exclamó luchando por controlar su risa. -¡Los dos países no han intimado! Haberlo dicho de ese modo, France, no tengo prejuicios con… jejeje… intimidades de naciones. Ah, pero en todo caso sigue siendo algo grave si no se fortalece el imperio. Y dime, mon ami, ¿cómo podemos solucionar esta dificultad?

Francis sonrió. La astucia de su emperador le resultaba cuando menos divertida, y ese día había cierta malicia en los rostros cómplices de ambos.

-Es por eso, mon Excelence, que quiero viajar pronto a Viena…

Las noches, largas y frías, se habían vuelto una monotonía asfixiante. María, desprovista ya por demasiado tiempo de señales de reconocimiento o de cariño comenzaba a fastidiarse; estaba casada, pero se sentía más como una mascota de lujo comprada para el efímero placer de un señorito estirado. Por fortuna, Prudence había dejado de atenderla ya que su deber único era el de ama de llaves, pero Roderich se encargaba de fastidiarla tanto como podía, y tenía un humor inestable, como si odiara todo lo que le sacara de su estricta rutina; todas las mañanas el vestido, el desayuno escueto en silencio, el frío, las caminatas, la música, la tarde, la comida sin palabras, la música otra vez, la noche, que hasta ahora no se había alterado ni con tertulias ni con visitas, y entonces hora de ir a la cama, donde el austríaco le dirigía un monótono "buenas noches" antes de darse media vuelta y dejarla ahí, acurrucada hasta el fondo de las mantas para luchar contra la hipotermia que desde su llegada parecía haberse apoderado de su cuerpo. A veces le llegaban telegramas, saludos afectuosos del emperador Maximiliano que le reiteraba a aprender tanto como pudiese con la esperanza de verla volver pronto.

Y mientras tanto, ignorando el frío, se daba cuenta de que había algo raro en su organismo. Nada, ni siquiera la más débil punzada que le indicara movimiento o señales de vida del otro lado del mar; era como si su pueblo hubiera terminado aletargándose o inclinando dócil la cabeza, cuando meses atrás estaban aún dispuestos a dar batalla. Se preguntó qué estaría realmente pasando, ¿se habría rendido Juárez? ¿Maximiliano había ganado para sí la confianza del vulgo? ¿Existía una fuerza más poderosa que mantenía callados los gritos que le acosaban por las noches en esos días de guerra?

Se palpó nerviosa la cabeza. No es que extrañara las jaquecas pero eran su única conexión real con Alfred, y llevaba mucho tiempo sin sentir señales de él en su cabeza, ni en el vibrar repentino de sus cabellos cuando su vecino tenía alguna idea repentina que la involucrara. Eso no era del todo bueno porque sólo podía significar una cosa… una cosa que, aunque en su momento deseó que fuera verdad, ahora mismo la angustiaba.

Despertó y como de costumbre su esposo ya no estaba ahí. Se vistió en silencio y bajó para desayunar, todo con aire de no haber podido dormir nada, y eso no estaba muy lejano de la realidad; apenas y había terminado de bajar los escalones cuando vio aparecer, agitando divertido su bonete, a Francis, canturreando como de costumbre.

-¡Madame Marie! –exclamó abalanzándose para abrazarla. -¡Qué gusto me da mon petit che…!

Recibió un fuerte coscorrón como respuesta y tuvo que retraerse gimiendo de dolor.

-¡Aléjate de mí! –chilló rabiosa echando a caminar lo más lejos posible de él.

-¡Pe… pe… pero cherié, no te enojes, sólo quería saber cómo estabas y darte un cariñoso saludo!

-¡Tú…! –los ojos de la morena echaban chispas. -¡Eres un desgraciado, abusivo, imbécil, puerco y bocón y seré feliz el día que pueda colgarte cabeza abajo amarrado de París!

Francis hizo un gesto de dolor antes de que María diera media vuelta, pero su mente funcionaba aprisa y no tardó en encontrar un modo de echar en marcha su plan.

-Estás de muy mal humor, cherié. Debe ser que tu querido esposo no te atiende como se debe.

Fue inmediato, María cayó en la trampa; se detuvo unos pasos más adelante, gruñendo con enfado.

-Las pendejadas que me hayas provocado no son de tu incumbencia, así que cállate.

-Entonces tengo razón. Dime, petite cherié, ¿qué clase de desatenciones tiene ese bruto de Austria para contigo? ¿No te escucha, no habla contigo… no te… hace el amour?

-Mira… -María se volvió a él lista para leerle la cartilla, pero en ese momento tras ella apareció el aludido austríaco, mirando con desagrado la escena.

-¿Encuentran educado pelear a gritos en el pasillo? –les preguntó, impasible. María levantó la mirada hacia él, con el mismo enfado, y echó a andar sin disculparse en dirección al comedor, dejando a los dos europeos solos. La rabia de Roderich entonces se dirigió al francés. –Me parece muy molesto encontrarte aquí como si nada siendo que estás en mi casa y no has tenido ni la delicadeza de anunciarte.

-Me declaro culpable. –dramatizó. –Pero me resultaba urgente hablar contigo. Son cosas que te atañen, a ti y a tu belle esposa. ¿Podemos hablar?

El austríaco torció la nariz, pero señaló educadamente la entrada a la sala y los dos echaron a andar a su interior. Una criada que pasaba cerca (eran órdenes de Roderich que en cada salón hubiera al menos un miembro de la servidumbre todo el tiempo) se apresuró a correr para traerles café, y cuando el servicio estuvo dispuesto Roderich miró por encima de sus anteojos a Francis y preguntó hastiado:

-Gutt, ¿qué es lo que con tanta urgencia querías hablar?

-Debes ya saber que el imperio de Monsieur Maximilien no está yendo tan bien como esperábamos. –explicó Francis. –Me pregunté varias veces junto con mi emperador cuál podría ser la dificultad, y llegamos a una interesante conclusión… pero no podemos comprobarla. –guardó silencio un momento, pero su interlocutor permanecía impasible. –Dime, cherí, ¿ha habido alguna dificultad entre tú et Marie?

-Ninguna. Todo va excelente. –contestó aburrido, bebiendo despacio de su taza.

-Oui, oui, estoy seguro, pero en los matrimonios, sobre todo los arreglados, suele haber desavenencias entre los cónyuges. Vamos, mon ami, ten confianza de mí, nada de lo que tú me cuentes saldrá de éstas paredes. –siseó, sonriendo ladino. Roderich no cejó y siguió encerrado en su estoicismo.

-¿Y cuál es la conclusión a la que llegaron ustedes? Tengo curiosidad.

Francis sonrió, sabía lo sensible que era Roderich con esos temas.

-No creo que tus oídos deban llenarse con mis palabras directas, pero… ah, ya que lo pides… Pensábamos que tú no habías… concretado tu asunto.

-Disculpa, ¿qué?

-Que… ustedes no han entablado una cercanía profunda.

-¿Was?

-Mon Dieu, quiero decir que… que tú et Marie no han probado… novedades.

-¿Perdón?

-Con un dem… ¡que no te has acostado con ella! –el grito de Francis escandalizó a Roderich, que azotó la taza contra su frágil platito.

-¡No quiero que hables con vulgaridades dentro de mi casa! –protestó ofendido. -¿Crees que esto es un burdel?

-Bueno, no te enojes, es solo que no entiendes de sutilezas. –repuso el francés, encogiéndose de hombros y gozando de lo lindo con la rabia de Roderich. –Pero dime, ¿tenemos la razón o estamos equivocados?

Roderich miró de soslayo a la puerta, torciendo la boca y entrelazando los dedos, visiblemente ofuscado por la imprudencia de su invitado no deseado. Francis esperó, era cuestión de tiempo que el delicado aristócrata soltara la sopa, casi podía verlo en el brillo enfadado de sus ojos y saboreó el instante antes de que llegara. Por fin, el austríaco negó con la cabeza.

-Nein, no se equivocan. Realmente no hemos… intimado como se debe.

-Et porquoi? ¿Acaso ella no te gusta? –no recibió respuesta. Sonriendo, se puso de pie y caminó hasta llegar detrás de la butaca de Roderich. –Me apena escuchar tales cosas, mon ami, el amour es algo que debería existir en cada feliz instante de nuestras vidas y carecer de él es… ah, como no poder respirar. Ustedes dos están unidos, unidos por un destino que desea que sean felices y vivan plenamente cada recoveco del amour que existe en este mundo, estoy seguro.

-No siento interés. –repuso Roderich. –El sexo sólo debe buscarse con la esposa cuando se desea tener hijos, y nada más.

-No me vengas con esas cosas. Vamos, ¿vas a decirme que la ves y no sientes arder en ti algún anhelo físico? –el cizañoso se inclinó mirando malicioso al atormentado austríaco. –Si yo fuera tú, ah, si yo hubiera tenido tu buena suerte a estas horas no estaría tomando café y discutiendo intimidades con otros países, non. Estaría en la cama, con ella, haciendo el amor felizmente, tal y como deberían estar ustedes dos al menos un par de veces por semana.

-¡Cómo te atreves…!

-Tres bien, una vez por semana, ya sé que no tienes el vicio.

-¡Sigo sin creer…! –bramó Roderich poniéndose de pie. –Eres un pervertido, ¿lo sabías ya? Qué desagradable es oírte hablar de obscenidades. Te ruego que te retires de una buena vez y por favor, deja de insinuar cosas que no te atañen.

-Tres bien, como quieras… Pero sólo recuerda mis palabras; lo que ahora niegas con tanto ahínco, más tarde se volverá una tentación tormentosa que sólo puede borrarse de un modo. –y sonriendo, Francis le lanzó un beso a Roderich, se acomodó su bonete y echó a andar silbando divertido por la casa. En el camino, se encontró con María que iba a paso rápido hacia el jardín y consiguió abordarla a prudente distancia.

-¿Ahora qué quieres? –gruñó María en voz baja.

-Acompañarte, es todo. –escuchó el suspiro rendido de la mexicana y sonrió victorioso. –Acabo de hablar con tu esposo y escuché cosas muy, muy tristes. Para ti, cherié.

-¿Para mí? –preguntó sin ánimos de saber realmente de qué hablaba el francés.

-Oui. Podrás decir muchas cosas horribles de moi, dirás que soy obseno, pervertido y asqueroso si quieres, pero entiendo muchas cosas que otros se proponen negar. El amour es algo natural, y tan natural como él es le desiré. –esperó un momento y notó cómo, de forma casi imperceptible, María levantaba la cabeza. –Desear no es malo, chérie, y mucho menos si está dentro de algo tan real y correcto como el matrimonio, por lo que me entristece realmente verte marchitar por causas tan crueles como la frialdad de un hombre. No hay nada más cruel en este mundo que provocar daño a une belle fleur comment vous…

María giró los ojos, se sabía de memoria las majaderías pomposas del francés pero en el fondo, con gran vergüenza, sabía que tenía razón; aquéllas últimas noches el nerviosismo la tenía al borde de la desesperación y se planteó saltarle encima al austríaco y forzarlo a cumplirle para ver si la tención emocional se relajaba un poco.

-Si es todo lo que piensas decirme… -comenzó.

-Sólo te digo lo que veo, cherié, y deseo que seas plenamente feliz en… ah… todos los aspectos. –el francés le guiñó un ojo y caminó de vuelta, listo para irse.

Adentro, Roderich estaba otra vez sentado ante su piano, golpeando teclas al azar con aire dubitativo; entre sus paseos constantes sobre el instrumento dio de lleno con tres teclas graves, y un arrebato de inspiración le llegó. Volvió a atacar las mismas teclas, y luego a ascender en ritmo, reconociendo por instinto aquélla sonata en apariencia casual, y mientras su mano izquierda sostenía los primeros acordes la derecha se deslizaba sobre las notas mayores y seguía cavilando, acompañando sus ideas con la música.* Por supuesto que detestaba a Francis, odiaba que hubiera tenido que llegar de improviso a su casa para fastidiarlo e insinuarle cosas que no le importaban, al fin y al cabo quien accedió a casarse con María era él, no aquél metiche, y lo que pasara a puertas cerradas era cosa suya. No iba a salirse de su bien establecida existencia por la lengua venenosa de un francés.

Aunque, ahora que lo pensaba y que las notas más altas eran acariciadas por las yemas de sus dedos, al fin y al cabo México no tenía la culpa, ella accedió, pero nunca le había hablado como compañero, ni como pareja ni… como nada. Casi no hablaban, de hecho, no tenía idea de qué cosas pasaban por la cabeza de María más allá de que pensaba que era un poco retrógrada, casi… salvaje. Y lo salvaje, lo ignoto, era siempre bien recibido…

No. comenzó a golpear con más ahínco las teclas, a una mayor velocidad sin saber muy bien si estaba siguiendo la pieza o no, aunque como no reconoció ningún arpegio estuvo bien seguro que iba al ritmo adecuado. No le dejaba tiempo de respirar al piano y mucho menos a las ideas atropelladas que le llegaron. Debía estar en otro lado en ese instante, debería estar hablando con ella, debería estar educándola como le pidieron, enseñándole a portarse como una dama de alcurnia, como el imperio que era ahora, pero prefería estar encerrado ahí, prefería quedarse gritando su frustración a su modo como de costumbre a tener que enfrentarse a ella… ¿Y porqué? El ritmo de la música disminuyó mientras buscaba una respuesta de porqué le rehuía tanto a su esposa, si ella nunca le había dicho ni hecho nada. Y tal vez… tal vez era porque Francis llevaba algo de verdad en sus palabras ponzoñosas…

Sacudió la cabeza y volvió a retomar el ritmo alegre de la canción. Tenía que quitarse esas tonterías de la mente, él no era un miembro del vulgo que se dejara llevar por sus emociones, era metódico y serio, y no tenía porqué sentir arrebatos carnales de ningún tipo por nadie. Eso era, ¡ese era el problema! Así que entre más tiempo estuviera alejado de ese riesgo impensable, mejor para él… mejor para todos.

Jadeó agotado y terminó de tocar, dejándose ir de cabeza sobre las teclas haciendo un eco sordo.

Por supuesto el escándalo atrajo la curiosidad de María, que seguía paseándose por el jardín. No es que le disgustara la música, desde niña estaba acostumbrada a oírla pero era casi siempre por medio de la guitarra de Antonio o el tintineo fastidioso del clavicordio, y de todos modos ninguna canción escuchada antes había llevado un ritmo como ése, tan alzado y violento y… pasional, podría decirse. Intrigada entró de vuelta y fue directo al salón sin anunciarse. Se encontró con el austríaco todavía pegado materialmente de cara al piano y se esforzó en aguantar la risa.

-¿Problemas con la perspectiva? –preguntó con burla. Roderich se levantó de inmediato. Por un momento pareció que iba a decirle algo, pero en vez de eso adoptó su aire engreído y murmuró:

-No se puede entrar aquí sin llamar primero.

María rodó los ojos enfadada. Estaba deseando adelantarse y darle una buena bofetada pero se resignó.

-Vine porque me pareció bonita la música pero si no quiere…

Dio media vuelta tomando la perilla de la puerta.

-Espera. –contestó Roderich; María lo miró de reojo, todavía dolida por su recibimiento. -¿Quiere… desea escuchar un poco más?

-Ya me corrió, ¿qué no? –replicó con desdén.

-Lo siento. Pero si tiene ganas de escuchar puede quedarse.

La mexicana accedió, de todas formas la música europea le resultaba novedosa y se moría de ganas por saber más. Entró y se sentó en un sofá alargado al lado del piano, cruzando manos y piernas al modo "educado" que le habían explicado, de modo que cuando la falda se abriera no pudiera ni verse un pedazo de tobillo. Así eran las cosas en esa casa.

-¿De quién era la pieza anterior? –preguntó tímidamente.

-De Beethoven. –explicó Roderich, quedándose un momento en silencio mirando las teclas. –La música requiere de dos cosas, inspiración y educación, lo primero es como el viento, algo que le insufla vida y le hace existir, pero lo segundo le otorga una forma real, algo tangible y duradero. Es como alma y cuerpo, o corazón y cabeza. –miró de reojo cómo la mexicana asentía, y se sintió ufano de tener a alguien de verdad interesada por el arte a su lado. –Por ejemplo…*

Lo que siguió fue una especie de marcha rápida, un poco abrumadora para María, pero emocionante en lo esencial; era una especie de quejido ahogado, como si el piano gritara una frustración guardada por mucho tiempo para luego relajarse, tomar un respiro y continuar la queja. Escuchó atenta por un buen rato hasta que la música se cortó de súbito, cuando no llevaba ni dos minutos y se sintió frustrada, como si le cortaran el aire de golpe. Roderich le miró de soslayo.

-Eso era de Mozart. –explicó. –Ahora algo un poco más ameno, más sencillo…*

La siguiente pieza era tan tranquila y dulce que María se acordó, como entre sueños, de su infancia, de cómo pasaba las tardes frías de otoño junto a su padre mirando atentos, ambos, los grabados de los libros y escuchaba historias de lugares que nunca había visto, y de cómo anhelaba verlos alguna vez, antes de que la melancólica realidad se le impusiera en forma de un abrazo y el fin de las luces al anochecer. Igual que con la pieza anterior, aquélla no duró mucho.

-Y esta era una pieza de Bach. –continuó Roderich. –Dime, ¿te han gustado?

-La… la segunda más que la primera. –admitió María. –Hmm… ¿y si toca algo para mí?

-Ya lo hago, creí que estabas escuchando.

-No, no entiende… me refiero a algo más… personal. Algo como… hmm… que crea que va conmigo.

Acababa de pedirle un imposible, se le ocurrían muchas piezas musicales pero ninguna que pudiera decir, con plena confianza, "esto es algo que va contigo". Pero no podía quedar mal, así que prefirió improvisar con un vals tranquilo y bonito*. Las primeras notas eran tan vagas que parecían tocadas al azar, y varias veces sospechó que así era, música inestable y vibrante, salvaje en cierto modo, salvaje como ella… Sí, eso podría convencerla mientras tanto, así que continuó con la marcha principal, mucho más planeada, pero también fuera de lo normal, que subía y bajaba como fuegos artificiales, o como estruendos de cañón de guerra más bien, una idea curiosa ya que a ella no la habría conocido si no fuese porque perdió la guerra contra el cerdo francés. Tal vez había logrado algo por accidente, tal vez estaba diciéndole por fin todo lo que pensaba de ella, pero no lo que sentía… ¿qué debía sentir si aquélla música era un eco irracional, lleno de temple pero inquieto?

Miró de reojo a María, y se sorprendió al ver que estaba muy quieta, respirando despacio, sin despegarle la vista ni por un instante. Su cuerpo estaba ligeramente inclinado acortando distancias y la música parecía tenerla extasiada, algo en el tambaleo de un lado hacia otro que llevaba su torso le hacía pensar que seguía la cadencia de las notas con calma.* Terminó entonces de tocar y le miró, esperando que saliera del embrujo, y la vio parpadear volviendo a la Tierra.

-Qué hermoso. –susurró.

-Ah, bien… danke. –contestó el austríaco algo azorado. –Hmm… tal vez… otra sonata sería… lo más adecuado.*

Las primeras notas eran, por decirlo de algún modo, horribles, llenas de tristeza como si se arrastraran lastimeramente por el suelo. María tuvo un escalofrío, incapaz de retirar la vista del teclado pero consciente del sufrimiento que le causaba la música; era como si reviviera, uno por uno, los instantes más dolorosos de su vida y que estos se arremolinaran, juntos, frente a ella extendiendo sus manos, manos de muertos que no deseaba tocar aunque en su momento habría dado lo que fuera por auxiliarlos. Aquí y allá había hombres y mujeres miserables, una ciudad en llamas, un joven soldado herido, una niña colgada de una horca improvisada, unos campesinos acribillados en la frontera, su padre mirándola a través de una cortina de fuego y humo con la decepción en los ojos, una pirámide partiéndose piedra por piedra, cayendo al fondo fangoso a sus pies, su madre enterrada en el lodo…

Y a Alfred. Alfred, arrebujado dentro de su tienda, temblando, cubriéndose como podía con una casaca ya muy gastada, mordisqueando una galleta seca de avena y con un pellejo lleno de agua que no venía al caso. No había pensado en él en mucho tiempo, era como si se le hubiera borrado de la memoria hasta ahora que lo veía de vuelta, tan desecho como alguna vez ella lo estuvo, y aunque algo en su interior, una vocecita insidiosa, le recordaba constantemente cuánto daño le había provocado y lo mucho que tendría que odiarlo fue incapaz de acatar aquélla orden.*

Roderich levantó la cabeza y vio, extrañado, cómo María se cubría el rostro con ambas manos, y de inmediato terminó de tocar.

-¿Estás bien? –preguntó tímidamente. La mexicana, ya fuera del hechizo aplastante de las notas levantó la cabeza y asintió lentamente.

-Lo… lo siento. –se disculpó. –Me dejé llevar. Pero me gustó mucho, es muy… triste, en realidad.

-Sí. Un regalo de bodas. –al decir esto, ambos se miraron extrañados antes de que Roderich tosiera, fingiendo desinterés. -¿Quieres oír algo un poco más alegre? –la mexicana asintió. –Gutt, ésta es otra sonata, es un poco más… rápida.

*Al principio, la sonata parecía algo dubitativa, fuera de sitio hasta que tomó un ritmo forzado, de marcha que le sonaba chocante a María por ser tan grave, todavía usando solo las teclas más bajas; permaneció por varios segundos que se le antojaron eternos así, hasta que entraron también los acordes altos, mucho más suaves pero no precisamente alegres, resultaban algo… ¿apasionadas, tal vez? No, era una exageración porque no eran veloces, entonces la palabra que buscaba podía ser "románticas", pero tampoco, había un matiz poco tierno, como una insinuación escondida, una caricia vergonzosa debajo de la mesa… y la idea hizo que sin querer se ruborizara y se llevara una mano al pecho.

Entonces la marcha se volvió más rápida, más fuerte, y lo que ya venían anunciando las notas mayores se hizo perceptible. La caricia se volvió atrevida, el arrebato más evidente, y María estaba tan fuera de sitio que no notó que la postura del cuerpo la había cambiado por completo; Roderich, por pura inercia la miró y el choque hizo que sus manos temblaran aún cuando seguían bien el ritmo de la música, resultaba que María en su estado, fuera de sí, estaba otra vez inclinada hacia adelante, pero de tal modo que sin querer su escote dejaba ver más de la cuenta. El austríaco tragó saliva y volvió a concentrarse en el piano, tratando de mantener el ritmo ágil de la música hasta que creyó oír un gemido. Miró de vuelta a la mujer y vio que respiraba pesadamente, haciendo más obvio que nunca lo descubierto de su pecho y poniéndolo más frenético. Algo raro estaba pasando, y no solo a ella.

La música descendió de nuevo, sólo lo suficiente para que la mexicana se relajara y, algo apenada, volviera a sentarse bien recta en el sofá, pero la calma duró lo mismo que la música, porque cuando el desenfreno regresó volvió a mirar febril hacia Roderich, y no solo su cara que era ahora una mezcla de frustración desesperada y enfado sino también sus manos y lo aprisa que se movían. Una serie de ideas locas y poco decorosas le llegaron a la cabeza y se mordió los labios, pero ya era demasiado tarde, así que se levantó en silencio caminando hacia el piano y sentándose en el borde. Roderich levantó la cabeza en ese momento y la miró peligrosamente cerca, pero en lugar de echarla como solía hacer pareció que tenía un imán interno que tiraba de su cuerpo hacia ella, y justo cuando alcanzaba a golpetear las últimas notas de la música sus caras estaban demasiado cerca, pudiendo ver el hambre que les había despertado el piano traicionero.

Sonaron las cuatro notas finales y Roderich separó de inmediato las manos del piano para llevarlas a María y sujetarla de la cintura para llevarla hacia sí y hacer lo que no pensó ser capaz nunca: besarla, pero no un beso rápido y seco, sino uno más arrebatado, apasionado y ansioso que ella respondió del mismo modo. No supo bien en qué momento de su extraño ataque la empujó contra el piano de modo que chocara contra las teclas, despatarrada pero todavía semisentada para abalanzarse sobre ella y, sujetándola de las muñecas, deslizar sus labios por el cuello y el pecho de su esposa. María estaba sorprendida, pero no pudo evitar responder a las violentas caricias con gemidos ahogados que indicaban que todo iba por buen camino, conforme aumentaba el calor entre los dos.

Roderich la soltó pero solo fue para llevar sus manos a las piernas ajenas, levantando su falda hasta más arriba de las rodillas para acariciarlas libremente. María se revolvió nerviosa, sujetándose a los hombros del austríaco y volviendo a besarlo antes de, con una mano, tirar del pañuelo que llevaba al cuello hasta desatarlo; se detuvieron para tomar aire, mirándose como si fueran víctimas de una fiebre extraña, y entonces cayeron en cuenta de la realidad. Los cordones del corpiño de María estaban casi desatados, sus piernas descubiertas y estaba sentada de tal modo que se encontraba sobre el regazo de Roderich a horcajadas, como si estuvieran a punto de hacerlo ahí mismo. El desconcierto de ambos terminó por romper la atmósfera y el austríaco, avergonzado por su comportamiento, desvió la mirada y carraspeó antes de soltar en definitiva a la mexicana.

-Yo… lo siento, no… no era mi intención faltarle de… Perdón. –repitió antes de saltar de la butaca y caminar a zancadas hasta salir del salón. María, todavía con la espalda contra el piano, se llevó una mano al pecho respirando con irregularidad, también desconcertada por lo que acababa de ocurrir.

Jojo, estos nomás no se deciden a darse amour XD pero es comprensible. No hubo lemon pero hubo dulce lime n.n que es básicamente lo mismo pero sin 1313. Unas breves notitas históricas: la imagen que tiene María de Alfred la saqué directamente de un diario de soldados de la Unión, donde se cuenta que la ración para cada soldado correspondía a un poco de carne seca, algunas patatas y sobre todo galletas de avena; las guerras a las que hace referencia también sus imágenes son las de Reforma, la de la intervención norteamericana, la Independencia y, aunque casi no lo recuerda porque era chibi, la caída de Tenochtitlán. Cuando Francis le insinúa a Roderich que le parece "raro" que tenga tantas reservas respecto al sexo es que… bueno… al escritor austríaco Alexander von Masoch se le recuerda más por su libro de "La Venus de las pieles" que es algo así como los libros de Sade, llenos de cochicosas y gustos raritos.

Las piezas musicales (que comienzan en la primera * que vean y, respectivamente, cada una termina con la segunda *) son, en este orden:

Für Elisa (Beethoven): watch?v=_mVW8tgGY_w

Symphony 40 (Mozart): watch?v=Z8nuy1t329g

Jesus Bleibe meine Freude (Bach): watch?v=RnPW3wJmyL4

Vals noº 2 (Chopin): watch?v=4C-oiN_KDD0

Moonlight Sonata (Beethoven): watch?v=5-MT5zeY6CU

Sonata Patetique (Beethoven): watch?v=7mUGkGc46LA

Y ahora los comentarios:

Sheblunar: Pobre gringo pero no podemos hacer nada por él, debe aprender a defenderse solo (?) el señorito tan fan de las reglas y María rompiéndoselas XD mira cómo terminó. Tranqui, la guerra de EUA pronto acabará… y alguien temerá el momento en que eso ocurra O_O

Wind und Serebro: LOL la épica frase del yo me opongo… todo forever alone en el campo de batalla ja-ja. Pues no hubo polka pero sí mucho piano sexoso (eeeh ;D).

IxchelKatharaTerrorist: Pos la luna de miel… va que vuela :3

Cinthia C: Fran de seguro que se habría casado con ella pero bue, que el ofrecido (?) fue otro. Exacto, pero veámoslo de este lado, históricamente hablando: si no se hubiera desatado la guerra en EUA el tratado que Juárez quería hacer habría entrado en vigor y México hubiera quedado a la merced del gobierno gringo… para siempre O.O Wiii amor por AusMex :D a mí también me gusta, un matrimonio todo fail.

AlondraV: A menos que se lo esté ukeando Prusia (?). Pero el señorito también tiene lo suyo, reconozcámoslo n.n y no, no se llevan naaada bien, pero un par de "momentazos" más y… quien sabe :3

Tamat: tranqui, no desesperéis, aún hay mucho AusMex para todos. Y claro que habrá franchute viborón por ahí jeje.

Ghostpen94: No te deprimas, tu fic es bonito D: -apachurra- Sí, dulce conexión de ultramar.

Bellrose Jewel: XD eso pasa cuando te pierdes una semana de telenovelas (basado en hechos reales ._.) ok not. Más que Adolfo, es Manuel cuando se entera que Matilde se va a volver a casar (aaaunque en este caso… ya se casó :P).

Jessy88g: Y más sorprendida te dejará su momento 1313 XD los que me piden lemon es por venganza ("no digas venganza, no digas venganza") por lo de Yue, y tranquilos, os daré gusto. Por desgracia al menos en este fic ya no saldrá Ludwig, la guerra de Prusia vs Todos está por comenzar y eso implica que su adorado hermanito no pueda estar de cuerpo presente (ya verás de qué hablo).

Chiara Polairix Edelstein: …Lo primero que leí fue "lemon" XD bueno en este cap ya empezaron a… coff coff… "entenderse".

Lady Raven Baskerville: Cariño no, ganitas… que de todos modos son muy válidas ;D muajaja. Pobre gringo, ya le tocaba llorar u.u

Flannya: Más perdida que Chiquito en Periférico X'D más lemonpeticiones por lo que veo ejeje~ Pos sigo enojada con lo de tu fic, así que… por mí que el prusiano se muera ¬.¬

NymeriaDirewolf: Contando, la noche de Alfie y esta… sí, solo dos n.n Seee, una escena dura, dura y mala u.u … :megusta: ok ya. Jaja célibe XD solo inhibido, pero ya con tanta cosa hasta se le quitó, y no solo tocó el piano :1313: Oooh Chiquito, lo olvidé por completo. Don't worry, reaparecerá n.n tiene que ser adorable y maldoso como siempre. Sí, estaban casados… traumático ._. ¡saludos!

Bien es todo por hoy, un poco de insinuación (perdonen, aún me da vergüenza escribir lemon, soy el colmo) pero… en el próximo capítulo las cosas se pondrán… ejejeje :3 y la peor pesadilla del señorito viene acercándose a asombrosa rapidez. ¿Qué será, qué será? No les voy a decir n.n ¡adiosito!