Capítulo XXVII

—Y, para culminar esta conferencia, creo que es necesario hacer un gran reconocimiento a los alumnos pertenecientes a ésta universidad, Anthony Stark, Natasha Romanoff, Clinton Barton y Thor Odinson, que de no ser por ellos, en especial a la señorita Romanoff, quien arriesgó su vida, ninguna de estas atrocidades hubiese sido descubierta y estaríamos en total ignorancia de ellas —finalizó Nicholas J. Fury, rector de la SHIELD University, quien se encontraba de pie, en el auditórium de la institución, dando una conferencia de prensa con respecto a los acontecimientos sucedidos con los estudiantes y el profesor Alexander Pierce.

El grupo denominado Los Vengadores, aplaudió con fuerzas, vitoreando y haciendo escándalo, cuando la mayoría en solo se le limitaron a aplaudir. Natasha, quien estaba sentada junto a su grupo, con la cabeza entre los hombros y rezando porque fuese invisible, solo supo dar unas cuantas miradas asesinas a los payasos que tenía como amigos para que se comportarán como personas civilizadas y no como orangutanes en celo.

El rector informó que tendrían dos semanas de vacaciones, debido a las investigaciones, pero no por eso dejarían de ver clases. Estas serían por internet, y evaluadas por los mismos profesores. Además, las exposiciones de la facultad de Artes y las de Arquitectura se llevarían a cabo la semana siguiente en la galería perteneciente a SHIELD, ubicada en el centro de la ciudad; donde estarían las mejores réplicas de edificios históricos de todo el mundo y las pinturas y esculturas inéditas de los estudiantes. Natasha sabía que su Palacio Bolshói estaría allí, como principal exhibición y que varios cuadros de Steve estarían allí también, como también sabría que tendría que ir obligatoriamente. Tan solo el hecho de pensarlo, le dolía.

La pelirroja fue la primera en abandonar la sala, pues no soportaba el dolor de cabeza que tenía por no haber dormido nada la noche y tenía sin probar bocado el mismo tiempo. Su garganta estaba cerrada, no pasaba nada de comida, solo líquidos. Estuvo a poco de irse a casa, de no haber sido porque Clint la había llevado a SHIELD y no tenía ganas de caminar. Como los campos de la universidad estaban solos, decidió subir al único lugar donde conciliaría el sueño por un momento, puesto que su habitación, que estaba llena de peluches y unas cuantas flores marchitas, solo le parecía que la estaban aprisionando. Llegó a la azotea más alta de todo el campus, la de arquitectura, y se recostó en el sofá que siempre estaba allí, oculto entre el pequeño invernadero que habían hecho alguno chicos de su clase. The Script sonaba a todo volumen en sus oídos, y el sueño la invadió por completo.

Estaba cansada, tanto mental como físicamente. Su cuerpo pedía a gritos dormir durante mil años y que ella despertase con otra vida, otra historia, sin secretos, sin dolor, sin nada; o, mejor, que ella misma pudiera escribir su historia. Definitivamente, siempre para la rusa era un poco demasiado, y su empeño en no decirle a nadie la hundía unos centímetros más. Por suerte, no soñó nada, simplemente flotaba en la oscuridad espacial preguntándose si había alguien ahí afuera.


La vio salir cual alma que lleva el diablo, y de inmediato, se puso de pie en su asiento, pero alguien le tomó la mano.

— ¿A dónde vas? —le preguntó con el ceño fruncido.

—Ya vengo. Me están llamando —mintió, levantando su teléfono.

Simuló que contestaba una llamada y salió del auditórium, solo para ver a la pelirroja alejándose a paso lento hasta el edificio de su facultad. Acomodó su bolso en el hombro y caminó al edificio. Sabía a donde iba, por lo que no se preocupó en apurarse. Su noche no había sido buena, la de él tampoco. Su cabeza no podía dejar de pensar en ella, en que se estaba consumiendo a sí misma. Cada vez que se le acercaba, el olor a cigarrillo le invadía las fosas nasales, pero no por eso dejaba de percibir el olor a canela y vainilla que expedía su cabello. Subió las escaleras con paciencia, preparándose para lo que sea que fuese a encontrar y la Natasha que se fuese a encontrar.

Él había aprendido que se había enamorado de una chica multifacética que prefería ocultar sus sentimientos en una máscara inquebrantable, donde los ojos eran los únicos que no cubría. Por eso le veía a los ojos para saber cómo estaba, con qué Natasha se encontraría ese día, aunque últimamente esa Natasha no solía cambiar su máscara, no solía decir nada con sus ojos. Steve tenía miedo de que estuviese demasiado rota como para sentir algo, así sea dolor. Abrió con cuidado la puerta del invernadero, captando la mochila de la pelirroja en el piso, a un lado de sus zapatos. La encontró dormida en el sofá, con los audífonos a todo volumen y en la misma posición que la había encontrado en su casa la primera vez, solo que estaba incomoda en ese instante.

El rubio sonrió melancólicamente al notar sus ojeras y que tenía el labio inferior roto. Odiaba eso, que se hiciera daño. Tomó asiento en la pared frente al sofá, y cuidó sus sueños mientras la dibujaba en su cuaderno. Su cabeza viajó a unos meses atrás, cuando ellos estuvieron en ese lugar.

"Natasha lo arrastraba por las escaleras, mientras él intentaba seguirle el paso, pero parecía que ella estaba o en forma o demasiado entusiasmada. Llegaron a una puerta de hierro gris que le daba el punto final a las escaleras, la rusa la abrió con facilidad y subió unos cuantos escalones, dejándole a él la responsabilidad de cerrarla. Había otra puerta, pero esta era de madera y tenía rejilla. Natasha la abrió de igual forma y corrió hacia algún lado, dejando su bolso tirado en el piso, al igual que sus zapatos. Steve cerró la segunda puerta, la buscó, encontrándola tirada sobre un viejo sofá negro de terciopelo y revisando algo en su teléfono.

¿Qué es esto? —preguntó un poco confundido.

Un invernadero, Steven. ¿Qué más puede ser? —respondió sarcástica sin apartar su mirada del aparato.

Steve se sonrojó, y puso su mochila a un lado del mueble.

Ven. Acuéstate —dijo la pelirroja haciéndole espacio en el pequeño mueble.

Es muy pequeño, Nat —. Se rascó la nuca.

No importa, es mejor. Estamos más juntos.

Él suspiró y se acostó en el diminuto espacio que le había dejado su novia para acostarse. Tenía la mitad del cuerpo fuera y las piernas las tenía que doblar para que cupieran, porque él era demasiado grande y alto. Pasó sus brazos alrededor de Natasha, para que ésta quedara con la mitad del cuerpo sobre él y estarían menos incomodos.

Esto es muy pequeño, Natasha —dijo riendo.

No importa. Estamos juntos y ya no tengo frío —. Le dio un beso en los labios, haciendo que Steve se estremeciera por lo fríos que estaban.

Siempre tienes frío cuando no estoy cerca.

Es que tú eres como mi calefacción personal.

¡Qué romántico! —exclamó sarcástico.

Es lo más romántico que escucharás de mí —respondió seria.

¿En serio? —. Natasha asintió—. Bueno, supongo que tampoco me darás flores.

Ambos rieron, pero la pelirroja se puso seria repentinamente.

No, y ni se te ocurra darme flores porque las boto.

No se me ocurrió en ningún momento darte flores —pensó en voz alta.

¿Ah, sí?

Es que no eres esa clase de chicas

¿Qué clase de chica soy, entonces?

No perteneces a una clase de chicas, porque eres única, Nat —. Le acarició la mejilla, y rozó su pulgar contra sus labios. Sus ojos estaban conectados. Ella seguía esperando una explicación a sus palabras—. Eres la única que existe, como la gran excepción del mundo.

Natasha bajó la vista un poco ¿avergonzada? Steve siguió hablando.

¿Sabes? Como cuando encuentras algo diferente entre tanas cosas iguales, y no lo digo porque eres pelirroja o tienes los ojos más misteriosos, sino por cómo eres. Eres… —. Se quedó en silencio pensando alguna palabra—. No sé, no encuentro palabras para definirte, porque ni perfecta te llega a los talones.

El rostro de Natasha estaba rojo carmesí y eso le encantaba a Steve. Verla sonrojada.

Cállate, Rogers —protestó ella.

No, ¿Por qué lo haría? Si eres inefable

¿Ine… qué?

Inefable —repitió.

Definición —pidió.

Según internet, inefable es algo que no puede ser dicho, descrito o explicado con palabras por tener cualidades excelsas —explicó.

Esto dejó en silencio a la rusa y una sonrisa en el rostro de Steve. Había logrado dejarla sin palabras. Le dio un beso en los labios, que la hizo olvidar lo que sea que estaba pensando, porque de inmediato metió sus manos en el cabello rubio de Steve y se subió a su cuerpo para poder besarlo con más fuerza e intensidad…"

Una voz ronca y adormilada lo sacó de su ensimismamiento bruscamente.

— ¿Qué haces aquí? —preguntó una Natasha enojada.

—Necesitaba hablar contigo —dijo medio descolocado.

— ¿Sigues con eso? ¿En serio? Steve, supéralo, ¿quieres? —dijo ella, sonando obstinada.

Steve se paró de su sitio, después de guardar sus cosas y se acercó un paso a la rusa, ésta se paró de golpe y se tambaleó bruscamente. El rubio la sostuvo de la cintura, y notó algo que no había visto antes, estaba demasiado pálida y fría.

—Suéltame —exigió ella, apartándolo de un empujón.

—Natasha —. Le cerró el paso, y la obligó a mirarlo unos segundos antes de que ella volviera a apartarlo.

—Steve, ¿Quieres dejarme en paz? ¡Me molesta que estés encima de mí todo el tiempo! —gritó, exasperada.

—Natasha, solo necesito que hablemos —pidió, calmado.

— ¡Mierda! ¿Qué quieres hablar? ¿Qué vas a decirme esta vez? ¿Me vas a volver a recordar lo que hice? —. Su voz era alta, y sus ojos eran llamas. Estaban rojos y el verde se había vuelto negro—. Ya tengo suficiente, Rogers. No quiero recoger nada, si salvar nada y no quiero verte, ¿quieres simplemente largarte de mi vida y dejar de dolerme? Porque, mierda, cada vez que te veo duele y tus malditas palabras se clavan un poco más hondo.

Natasha tomó una profunda respiración y el nudo en su garganta se deshizo, pero sus lágrimas seguían en sus ojos, a poco de caer. Ver como Steve se le caía la cara de enojo, y sus ojos reflejaban la culpa.

—Sabes que no quise decir nada de eso, Nat —murmuró.

— ¿En serio? ¿No querías? Dejar de mentir, Steve —escupió con rabia—. ¡Ah, no, lo siento! La que miente aquí soy yo, la maldita cínica, mentirosa y manipuladora soy yo —. Se señaló a si misma exageradamente—. Tuviste chance, Rogers, de pedir disculpas, y no ahora, cuando esta mierda está jodida y yo ya no siento nada más que lastima por lo que tuvimos.

— ¿Quieres dejar de mentir? —despotricó, cansado de escucharla.

— ¡Ves! Siempre soy una mentirosa —chilló molesta.

—Natasha, sé que lo que estás diciendo es mentira…

—Todo lo que digo es mentira, Rogers —interrumpió, enarcando una ceja.

— ¡Maldita sea! —bramó—. ¿Quieres dejar de recriminármelo? Suficiente tengo con haberlo hecho y recordármelo a cada segundo.

— ¿Quieres tú dejar de seguirme? —replicó.

Steve acortó la distancia entre sus cuerpos, la tenía a centímetros. Quería abrazarla y besarla hasta que le doliera, pero no quería que ella saliera corriendo cuando había logrado acorralarla contra la pared del invernadero.

—Natasha, solo quiero decirte que lo siento, ¿sí? No quise decir nada de lo que dije ese día, pero estaba tan molesto y tan dolido por todo que no supe cuánto daño te hice con lo que dije. Sé que lo jodí también, que no te deje hablar y no sabes cuánto me arrepiento por no haberte dejado hacerlo. Quiero que este infierno se acabe y quiero que dejes de estar así, porque me duele…

—Pues, creo que no queda nada que hacer, Steve. Sigue en tu infierno, que yo sigo en el mío. El daño ya está hecho y no creo que puedas volver a pegar una hoja que está más que rota —fue lo último que dijo antes de salirse de su encierro, tomar sus cosas y salir casi que corriendo de allí.

Steve suspiró y una lágrima solitaria bajó por su mejilla. Recostó la frente en la pared y sintió como su corazón se rompía un poquito más. Intentaba ser optimista, que haría que Natasha hablara con él, pero no hacían más que discutir y discutir, y él que se moría por volver a abrazarla, por volver a besarla, por volver a decirle lo bonita que era aunque se acabase de levantar.

La rusa terminó de ponerse sus zapatos y bajó corriendo las escaleras que se volvían borrosas. Su cabeza y su pecho parecían querer explotar, mientras que la presión en su garganta se volvía más fuerte. Cuando llegó a planta baja, se detuvo y tomó aire. Estaba mareada, le dolía todo el cuerpo y parecía que no tenía fuerzas ni para respirar. Eran casi las tres de la tarde, y su teléfono estaba descargado. No quedaba casi nadie en la universidad, y supuso que su hermano ya estaba en casa. Fue a la cafetería a la que solía ir con Steve, y compró un café para poder continuar su camino a casa.


En el camino a ésta, no dejaba de pensar en lo sucedido. Steve le había pedido disculpas y ella las había aceptado sin mayor inconveniente, pero ¿Lo perdonaría sinceramente? ¿Lo perdonaría de corazón, como quien dice? ¿Aceptaría sus disculpas así como las había aceptado en la terraza?

Mierda, Natasha. Tú lo amas como nunca nadie, deberías perdonarlo, le gritó la zona de su cerebro responsable de crear los sentimientos.

Pero, él te destrozó sin importar cuánto te dolieran sus palabras, replicó la razón.

Él ha dicho que lo siente.

Él sabía que te dolerían.

Él te ama. Él te hace feliz. Él te hace estar bien.

¡Por Dios, él puede volver a romperte como ahora y pedirá perdón y le seguirás perdonando aunque te lastime!

Sacudió su cabeza fuertemente para deshacerse de esa pelea interna que le dominaba. No era la razón o los sentimientos, eran los pros y los contras de querer perdonarlo. ¿Podía perdonarlo y decirle que se mantuviera lejos de ella? ¿Cómo sería capaz? Si aún se preguntaba cómo era capaz de tratarlo de tal manera cuando solo quería abrazarlo, pero cuando recordaba cada palabra que le había dicho y lo miserable que se había y sabía con total certeza que si había sucedido una vez, podría suceder dos y tres veces. No quería volver a pasar por ese infierno; no quería volver a darle todo; no podía, simplemente, entregarse y que todo volviera a caerse, porque sabía que ella no podría prometer que no volvería a mentir, porque alguien como ella, que estaba acostumbrada a sobrevivir, a pasar por lo peor, a nunca mostrar lo que realmente sentía, no podría prometer que dejaría de hacer lo que la mantenía viva de alguna manera, porque ¿Quién querría conocer a la verdadera Natasha? ¿Quién querría saber de lo autodestructiva que ha sido y sigue siendo sin querer saliendo? Podía contar con una sola mano las personas que la conocían y éstas eran: Clint y Lauren. Stark podría tener una vaga idea de cómo era, al igual que Pepper, Jane y Betty, pero Thor y Bruce podrían hasta ignorar cualquier cosa que sucediera en la cabeza de ella.

Los pasos de Natasha eran lentos, a comparación con el tiempo que parecía que iba volando, ya el sol se estaba ocultando en el horizonte y con él se iba el calor que daba. La pelirroja llegó a su casa, justo cuando el reloj daba las seis de las tarde. Antes de que abriera la puerta, Clint lo hizo y chocó contra ella.

—Qué mierdas…—murmuró Natasha.

—Lo siento, Nat —. Barton se alejó de ella, y le dio una sonrisa inocente—. ¿Dónde estabas? Te busqué todo el rato y no te encontré.

—Subí a la azotea de Arquitectura y me quedé dormida allí —confesó, bajando la mirada a sus dedos con las uñas medio pintadas de negro.

—Vale. Creí que estabas explorando Nueva York —suspiró un poco aliviado.

—Ya lo conozco todo, no creo que falte rincón por conocer —bromeó con amargura.

—Voy a casa de Lauren… —notificó algo apurado.

—Bien. ¿Vendrás hoy?

—No lo sé —. Se encaminó hasta su auto.

—Bien —murmuró cabizbaja.

— ¡Hey, Nat! —gritó el mayor de los hermanos desde su vehículo. La mencionada dirigió su mirada a quien le llamaba—. Te quiero y llámame si necesitas algo.

Ella le dedicó una mueca similar a una sonrisa, y entró a la vivienda. Se deshizo de su chaqueta, zapatos y bolso, y caminó directo a la cocina, donde encontró la mitad de un vodka y un poco del almuerzo que seguramente había comprado Clint en el restaurant chino. Lo calentó en el horno microondas y tomó un trago de la bebida directo de la botella, que le quemó la garganta, el pecho y el estómago. Que se llevó un poco de dolor y de tristeza.

La pelirroja subió a su habitación con la comida en una mano y el alcohol en la otra. Se sentó frente al televisor y puso cualquier canal al azar.


Volvió a pasar el pincel que tenía pintura roja y se detuvo.

Ella otra vez.

Ella en sus cuadros, en su cabeza, en su teléfono, en sus sueños, en su casa, en todas partes.

Ella en cada rincón.

Ella en el medio de la sala.

Sus palabras en su cabeza. Sus palabras en su corazón. Clavándose como cuchillos, enterradas como si fueran parte de él, pero no lo son.

Ella le dolía mucho.

Otra lágrima solitaria bajó por su mejilla, y se estrelló contra sus labios. No podía dejar de pensarla, no debía, pero seguía doliendo.

¡Qué masoquista era! Podía sacarla de su vida, de un tirón para que no doliera tanto, pero no encontraba la manera de tirar sus recuerdos con ella de una sola vez. No encontraba el trozo escarapelado del cual jalar. No quería encontrarlo. La quería en su vida.

¡Claro que la quería!

Se levantó del taburete y caminó directo a donde reposaban sus cuadros secos. ¡Y le valía un comino si ella no quería verlo! Al menos se encargaría de que lo viera.

Habían pasado tres malditos días sin verla, tres malditos días soportando aquella intriga de saber cómo estaba. Quería verla mejor, pero si no salía de su casa, ¿Cómo hacía para saberlo? Clint ya estaba cansado de decirle que seguía igual y él no iba a insistir.

Bajó trotando las escaleras con el cuadro en mano, y poco le importaba como vestía. Quería darle a la pelirroja de sus sueños algo que le pertenecía.

Rápidamente tomó un pedazo de papel y un bolígrafo, allí escribió algo que solo le pertenecía a ellos. Dobló el papel por la mitad, y salió de casa. Subió a su auto y tomó rumbo a su destino.

Llegó y vio como Clint entraba a la casa. Sin pensarlo, salió del vehículo y se llevó junto con él, el cuadro cubierto con una sábana y la nota.

— ¡Clint! —lo llamó.

—Hey, Steve —respondió ante el llamado.

El rubio se acercó a Barton.

— ¿Natasha está? —preguntó sin rodeos.

Noup —respondió buscando algo en sus bolsillos—. Mierda, no. No puede ser.

— ¿Qué pasó? —. Steve ya estaba preocupado.

—Perdí las llaves de la casa —. Y Clint se sintió el idiota más idiota del mundo por haberlo hecho—. Natasha me va a matar. Es la quinta vez en lo que llevo de año.

Esto hizo reír a Rogers.

— ¿No las dejaste en el auto? —preguntó, reprimiendo un sonrisa.

—No, las dejé en casa de Tony —. Estaba totalmente seguro de ello.

Clint tomó su teléfono y lo llamó. Le dijo que le llevara las llaves, y Tony le dijo que ya iba. Cuando él cortó la llamada y tomó asiento en el escalón de la entrada de su casa. Notó lo que su excuñado llevaba en la mano y frunció el ceño.

— ¿Qué es eso? —inquirió curioso.

Steve se sonrojó hasta las orejas y se puso nervioso. —Es–es… un cuadro d–de Nat —tartamudeo.

El rubio–castaño comprendió y levantó las cejas insinuando algo.

—Y… ¿Cómo es? —. Su voz era sugerente y Steve se puso más rojo que tomate.

—Es… U-Un sim-ple cuadro. E-ella lo-lo en-entenderá —. Se rascó la parte posterior del cuello y trató de bajar el calor de su rostro, pero Clint estaba más que claro que Steve estaba nervioso y sonrojado.

—Tranquilo, hombre. No diré nada —lo tranquilizó.

Para suerte del rubio, llegó Tony en un Audi R8 negro mate haciendo demasiado escandalo con su AC/DC a todo volumen. Los chicos le vieron bajar, vestía informal y llevaba unos lentes de sol como si los necesitara.

—Katniss, aquí están las llaves —. Le tiró el objeto a su dueño y le dio una mirada de arriba abajo el rubio de metro ochenta y cuatro, notando que su ropa estaba demasiado desgastada y llena de pintura—. ¿Ahora eres vagabundo? —bromeó.

Rogers puso los ojos en blanco. —No, solo estaba pintando.

—Ah, claro. Olvidaba que eres Da Vinci —. Se encogió de hombros y entró a la casa de los hermanos Barton-Romanoff.

Steve los siguió.

—Clint, ¿Dónde puedo dejarlo? —preguntó refiriéndose a lo que él llevaba en la mano.

— ¿Qué es? —chismoseó Tony, tratando de tirar de la sábana blanca.

—Deja —. Steve se alejó de él.

—Déjalo en su habitación. No diré nada.

—Légolas, ¿Qué es? —insistió Stark cual niño chiquito.

—Algo de Nat —respondió el arquero con simpleza.

— ¿Está desnuda?

— ¡No! —exclamó Rogers horrorizado ante la idea.

La cara de Clint y Tony cayó en la desilusión. Esto molestó al rubio, quien siguió con su camino a dejar el cuadro. Entró a la habitación de Natasha y vio lo pulcra que estaba, parecía que nadie había estado allí por días. Vio los osos que le habían regalado mientras estuvo hospitalizada, y los dos peluches que él le había dado sobre la cama. Eso le hizo sonreír. Buscó un lugar adecuado para dejar su nuevo presente y lo encontró, justo en la butaca de la ventana que daba a la calle. Si Natasha entraba, era imposible que no lo viera. Comenzó a buscar cinta adhesiva en toda la habitación, tratando de no desordenada nada y la encontró en una caja donde Natasha parecía tener un montón de materiales de arquitectura, también encontró una hoja de cuaderno que tenía su elegante letra y decía:

"Día cinco: ¡Steve Rogers acaba de poner los ojos en blanco! Y luego se sonrojó, pero ¡Esto es una novedad! Primer gesto grosero que hace. Creo que le estoy haciendo efecto."

"Día quince: Me gusta besarlo. Me gusta mucho. No sé por qué, pero me gusta besarlo. ¡Se siente tan bien!"

"Día veintitrés: Steve es increíble. No puedo creer que sienta tal cosa por él. Me siento como una idiota adolescente enamorada. ¡MIERDA, ESTOY ENAMORDA! Alguien que me mate, por favor"

"Día treinta y siete: Me gustan sus ojos, y su boca, y sus nariz, y esos putos lunares que tiene en el cuello. ¡ES TAN JODIDAMENTE HERMOSO! Siento que no lo merezco, pero no puedo dejarlo. Él es tan… perfecto que duele.

Pd: soy una maldita cursi"

"Día cuarenta y nueve: ¿Dije que es bueno hasta en la cama? Bueno, él muy idiota es bueno hasta en la cama y no lo reconoce. ¡Alguien que le diga que es buenísimo en la cama!"

"Día cincuenta y cuatro: Lo amo. Maldita sea, lo amo más que a mi vida, y tengo miedo de perderlo. Si lo pierdo, sé que me perderé a mí misma. Tengo miedo de volver a perderme. Él se ha vuelto mi vicio, es mejor que una noche fría en verano llena de cigarrillos y vodka.

Steve, no sé cómo diablos decirte esto, pero te amo tanto que duele. Y amo tus abrazos. Nunca me habían dado tantos en tan poco tiempo. Pero, te amo y quiero más abrazos. Y esa chaqueta gris y que me enseñes tu estudio. Es el único lugar tuyo que no conozco.

Pd: Solo no quiero que me rompas el corazón. Yo tengo el tuyo en una caja de cristal y vibranuim"

"Día setenta y tres: me rompió el corazón. Yo rompí el suyo. Me duele como la mierda y siento que estoy cayendo malditamente profundo y no podré salir de este agujero. Mierda. Es como si me cortara cincuenta mil veces en el mismo sitio y tan profundo… Ni siquiera eso se compara a lo que siento.

Perderlo es peor que cortarse profundo entre las costillas."

Esto último dejó helado a Steve. Cortarse profundo entre las costillas… Esa frase había quedado grabada en su cabeza a fuego y un nudo se había formado en su garganta. Acaso Natasha… Negó con la cabeza. Tan solo pensarlo le dolía. No, ella no… Se levantó de donde estaba y pegó la nota sobre la tela, asegurándose de que no se cayera y tampoco se rompiera en caso de que la jalasen.

Seguía aturdido por las últimas palabras escritas en esa. Después de haber guardado todo y haber dejado todo en su lugar, su cabeza seguía releyendo esa frase una y otra vez.

—Hey, Da Vinci —le llamó Tony, quien ya tenía un vaso de whisky en la mano.

— ¿Si? —respondió un poco aturdido.

—Hoy fiesta en la Torre Stark, tienes que ir. Le dije a este tipo… ¿Sam? Que fuera —ofreció el joven que se señalaba a sí mismo como un "prodigio".

— ¿Sam? Y ¿Por qué?

—Es que él ayudó a encontrar algunas cosas para que Brock terminara donde está —explicó Clint.

—Oh —musitó el rubio—. No sé si vaya…

—Vamos, Da Vinci. No seas tan aburrido —insistió Stark.

—No lo sé, Tony… Estará Nat y no hago más que joderle la vida…

—Steven "Da Vinci" Rogers, tú vas a esa fiesta esté o no Natasha —exclamó el de ojos castaños con tanto drama que parecía telenovela—. Además, sé que lo de ustedes no terminó bien, pero Natasha es más obstinada que yo y mira que yo soy el primero en todo, así que debes ir esté ella o no. Y no le jodes la vida, ella está así porque le da la gana. Si vas a la fiesta, haré que hable contigo así esté borracha —propuso.

Steve dudó unos segundos, pero un plan se formó en su cabeza. Sabía que Natasha era insufrible cuando estaba borracha y si la convencía de llevarla a casa, podría hablar con ella al día siguiente.

—Haré lo posible por ir.

—Te espero, Rogers. Empieza a las nueve, pero puedes llegar a la hora que quieras y no necesitas llevar bebidas, pero si condón.

Ese último comentario incomodó a Steve y Clint apareció de algún con una mochila al hombro.

—Fuera de mi casa a los dos —exigió en son de broma.

Salieron de la vivienda. Rogers agradeció al hermano de Natasha, y subió a su auto pensando en ir o no a la dichosa fiesta. No tenía ganas de ir, pero si iba Sam y estaba la rusa, quizá iría.

Solo quizá.