Capítulo XXVIII
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Miraba la pantalla de mi computador buscando concentrarme en el las imágenes que había en él. La campaña del último cliente que me había entregado Alex, estaba ya en marcha y la imprenta que nos haría las invitaciones para la inauguración, me había pedido una imagen representativa. Así que yo intentaba, con todas mis fuerzas concentrarme en ello, pero incapaz de olvidarme del teléfono móvil y de la aplicación que esta misma mañana me había descargado.
Resoplé, cuando mi intento por trabajar, volvió a fracasar. En lo único en lo que podía pensar, era en el post que había dejado Bill, en el que había fotografiado las luces de un club acompañando dicha foto, con una pequeña frase; "buena compañía". La sucesión de comentarios y preguntas pasaban desde "¿estás con Tom?", "¿estás con los chicos?", alguien incluso preguntó, "¿estás con tus perros?" y casi me ahogué con el café cuando leí eso, hasta la pregunta que me quemaba a mí, "¿estás con tu esposa?"
Bien sabía que no era así. Y en ese momento era cuando me sentía absurda yo. Volví a mirar la imagen que había dejado y repasé sus palabras ¿quién podía ser esa compañía a la que se refería? ¿No estaba de promoción?, ¿Qué hacía en un club? Alejé el móvil y miré la imagen con algo más de distancia, buscando quizás encontrar la perspectiva perdida en mis ideas. No me iba a convertir en una maniática celosa ¿no?, después de todo yo sabía cómo eran estas cosas. Muchas veces los músicos, cantantes, bandas completas con su personal y todo, asistían a alguna fiesta en medio de las promociones. Me quedé un momento razonando eso. Pero no decían que estaban en "buena compañía"
—¡Ah! —me quejé arrugando el ceño y dejando el teléfono boca abajo sobre el escritorio, volviendo la mirada a la pantalla de mi computador.
Esta era una situación realmente patética. Si Helena llegaba a enterarse de que tenía la dichosa aplicación, se reiría de mí tres días completos. Pero la culpa de todo la tenía Bill, si al menos me llamara. Suspiré y me masajeé la sien con ambas manos, sabía que yo misma había puesto la distancia entre ambos. Ni siquiera había querido despedirme de él.
Intenté, una vez más, prestar atención al trabajo, pero mi teléfono parecía usar la telepatía conmigo. Era consciente en todo momento del sitio en el que estaba, la posición en la que lo había dejado y hasta de la cantidad de batería que debía de quedarle. Me concentré un poco más en la pantalla, mirando atentamente los detalles de la fotografía que tenía abierta. Si tan sólo Bill me llamara, me evitaría esta ansiedad, esta inquietante sensación de vacío.
Miré el teléfono de reojo.
—¡Agh! —gruñí extendiendo la mano hacía el teléfono, para revisar una vez más lo que Bill había puesto.
Me encontré con una nueva imagen, puesta hacía sólo dos minutos. El corazón se me alborotó.
"Llegando a Nueva York, con mucho sueño"
La fotografía mostraba la isla de Manhattan desde la ventanilla del avión. No me extrañaba que hablara de sueño. Casi sin pensarlo me puse a responder, después de todo no tenía cómo saber que se trataba de mí ¿no?
"Te habrás quedado hasta muy tarde, con tan buena compañía"
Le di a enviar y durante los segundos que se tomó el teléfono para hacerlo, yo comencé a arrepentirme. Ver mis palabras escritas y pensar en la remota posibilidad de que Bill adivinara que era yo, comenzó con un ataque de pánico, que terminó conmigo paseando de un lado a otro en la oficina, como una posesa. Mecánicamente dejé el teléfono sobre el escritorio tres veces y las mismas tres veces volví a tomarlo. Revisé hasta que encontré una respuesta de Bill. El estómago se me comprimió en un nudo ciego. Creo que sólo respiré cuando vi que la respuesta no era para mí. Relajé los hombros y me sentía algo más aliviada, pero al mismo tiempo comencé a preguntarme, ¿Por qué no me respondió?
Malditos celos.
—Hola —escuché a Alex desde la puerta—, ¿te interrumpo?
Lo miré sorprendida, no lo había escuchado entrar, pero reaccioné de inmediato.
—¿Ya no tocas? —pregunté, rodeando mi escritorio, para simular que miraba algo en el computador.
—Llamé, pero no respondiste —lo observé de reojo, había avanzado un poco más dentro de la oficina.
—Mmm… —fue toda mi respuesta, él sonrió.
—Te he notado algo tensa estos días —comenzó a decir.
—Tú me has llenado de trabajo, qué quieres.
—Tensa y malhumorada —continuó.
Me incorporé y crucé los brazos delante del pecho.
—¿Necesitas algo? —pregunté sin rodeos. Alex sonrió un poco más.
—¿Quieres que vayamos por un café? —no me lo esperaba. Volví a mirar la pantalla del computador.
—Ahora no… —quise disculparme.
—Si lo que te preocupa es la línea invisible que hemos trazado, sigue ahí —me aclaró. Lo miré y evalué la situación. Alex continuaba siendo mi jefe y no tenía porque dejar de ser mi amigo ¿verdad?
—Está bien —acepté finalmente. Después de todo no me vendría mal tomar un poco de aire.
Apreté el teléfono en mi mano, que no había dejado de estar en ella, pero contuve el deseo que tenía de volver a mirar la aplicación.
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Los chicos habían pasado el día en Nueva York y luego de un día de promociones en esa ciudad, volverían. Según lo que había logrado averiguar por medio de mi trabajo, no regresarían hasta mañana.
Eran las tres de la madrugada, y yo me paseaba con la perrita en los brazos, por la habitación en la que se encontraba el escritorio. La misma en la que Bill y yo, habíamos compartido algunos de nuestros encuentros. No podía dormir. Me apoyé, medio sentada, contra el escritorio que él había utilizado como cama aquella primera vez. No pude evitar regodearme en el ramalazo de deseo que me recorrió el cuerpo, cerré los ojos y respiré profundamente. Lo extrañaba, pero sabía que tomar una distancia era lo correcto ahora mismo. Y por muy difícil que se me hiciese, estaba segura de que esa distancia debía de ser cada vez mayor.
Bajé a la perrita de mis brazos, cuando ella se removió.
—Sí, será mejor que te baje nena, pesas bastante —le sonreí. Era increíble lo apegada que estaba a este animalito en tan pocos días.
Ella comenzó a pasearse por la habitación, buscando un sitio cómodo en el que reposar. Yo revisé una vez más la aplicación, sin encontrar ningún mensaje nuevo en ella. Dejé el teléfono sobre el escritorio y comencé a observar los objetos alrededor, buscando encontrar una parte de Bill en ellos. Me imaginaba que la casa ya estaba amueblada cuando ellos se habían mudado, así que no podía encontrar mucho de su personalidad en los objetos, de todos modos mi mirada se posó en lo que parecía un álbum de fotos.
Lo retiré de la estantería en la que se encontraba, en medio de unos libros algo antiguos, de biología, que estaba segura que nadie leía en casa. Lo más probable es que viniesen también con el decorado. Pasé la mano por encima del pequeño álbum, no más grande que uno de los mismos libros de la estantería, y lo abrí.
No pude evitar la sonrisa que se me escapó, al ver a los dos chicos pequeños, con alrededor de un año de edad, mirando la tierra con la que jugaban, dentro de una caja de madera. Quise descubrir a Bill en aquella imagen, pero me resultaba imposible, así que pasé la página y me encontré con dos niños de unos cinco o seis años. Era curioso, a pesar de llevar atuendos similares y de tener el cabello cortado del mismo modo, estaba segura de que podía distinguir a Bill de Tom. Abrí el álbum en una parte más central y los encontré en una fotografía en la que ambos dejaban que les ajustaran las correas de un parapente. De pronto sentí vértigo ante la idea de ver a Bill arrojándose al vacío suspendido por un paracaídas. Su sonrisa hacia la cámara, era de absoluto júbilo.
En ese momento la nena se puso en pie y se acercó a la puerta, intentando abrirla con su pata.
—¿Qué pasa? —le pregunté con curiosidad, abriendo la puerta para que ella saliera.
Avanzó presurosa por el pasillo y yo la seguí, encontrándome con la figura de Tom en la puerta, acompañado de Georg, Gustav y Bill.
—Hola pequeña… —saludó a su mascota, para luego observar a los chicos y a continuación seguir sus miradas que estaban puestas en mí.
Casi me morí de vergüenza, cuando recordé que sólo llevaba mi camisola de dormir. ¡Mierda!, ¿no se suponía que llegaban mañana?
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—Está todo oscuro —habló Georg, arrastrando su bolso, como quién arrastra un saco de patatas.
—¿Qué querías?, pasan de las tres de la madrugada —le contestó Tom, con desgano. El mismo que traíamos Gustav y yo.
El viaje se nos había hecho pesado, pero todos sabíamos que tendríamos la recompensa de dormir en nuestras camas, bueno, casi todos. Así que valía la pena.
Suspiré con cierto alivio cuando Tom abrió la puerta y entramos, casi podía oler el descanso. Estaba muerto, tanto que no tenía deseos ni de hablar.
Al entrar sonreí al ver a 'mi niña' salir a nuestro encuentro.
—Hola pequeña —le hablé y observé a Tom, cuando noté que no se movía, luego a Gustav y Georg. Todos observaban hacía el pasillo y mi mirada buscó esa dirección.
Me encontré con Morgana, de pie a metros de nosotros, con el cabello suelto, descalza y con una camisola gris perla, como única vestimenta. Sentí como se me ablandaban ligeramente los huesos ante esa imagen, pero el enfado le dio un empujón al deseo, cuando comprendí lo que miraban los chicos.
—Vamos, vamos. Andando —les dije, empujando a Tom, mientras interceptaba la mirada que Georg y Gustav le dirigían a Mor.
Georg inclinó la cabeza lentamente, buscando mirar a pesar de mí. Yo seguí su movimiento hasta que sus ojos se encontraron con los míos y me sonrió torpemente. A mí no me arrancaría una sonrisa, desde luego.
—Subiendo —dijo Tom, empujando por la espalda a Georg que soltó una pequeña carcajada.
—Sí, subiendo… —respondió, obedeciendo.
—Idiota —mascullé estirando la pierna, buscando darle un golpe que esquivó.
Cuando comenzaron a subir las escaleras miré nuevamente a mi espalda, pero Morgana ya no estaba, sólo encontré a mi pequeña niña a mis pies.
—Ven aquí… —me incliné para tomarla en brazos— al menos tú sí me extrañaste ¿verdad? —murmuré cerca de su oído.
Miré por el pasillo, seguramente Morgana se había metido en la habitación del escritorio. Una punzada casi inconsciente se removió en mi vientre ante aquel pensamiento, pero la ignoré, de mismo modo que la había ignorado un momento atrás. Me dejé caer en el sillón, demasiado cansado como para subir a la habitación. Cuando mi cabeza se apoyó en el respaldo, pensé en que no me importaría pasar aquí la noche. Cerré los ojos un segundo, sólo para descansar. Un instante después, escuché unos pasos cerca y noté que me estaba durmiendo, cuando me costó abrir los ojos.
Me encontré con Tom algo fastidiado, se dejó caer en el sofá que había a un lado.
—Helena está en mi cama —se quejó.
—¿En tu cama? —pregunté, con cierto adormecimiento en la voz.
—Eso he dicho…
Cerré los ojos nuevamente, no es que quisiera ignorarlo, simplemente no podía prestarle atención.
—Lo siento mucho… el sillón es mío… —dije, extendiendo una pierna por él y bostezando de paso.
—Para qué mierda tenemos una casa tan grande si no hay más camas —se quejó y lo escuché acomodándose en el sillón.
—Somos demasiados… —respondí, ya con voz pastosa.
Creo que Tom volvió a hablar, no estaba seguro, ya que me sumergí en una especie de sueño que antecede al descanso profundo. En medio de ese estado, sentí que mi perrita salía de mi regazo y me removía ante la orden de unas manos que me hacían levantar la cabeza para apoyarla en una almohada. Una voz suave, que de alguna manera reconocía, me susurró palabras de calma muy cerca del oído, para dar paso a un suave beso en mi sien.
Respiré hondamente y caí en el sueño profundo que tanto necesitaba.
Continuará…
Bueno, este capítulo ha sido de transición, estados importantes en una historia aunque a veces no lo parezca. En ellos se van contando pequeños detalles que sirven para los momentos más álgidos.
Les dejo un beso enorme y mis agradecimientos infinitos por leer y acompañarme.
Siempre en amor.
Anyara
