Capítulo 27

Pasado invasor

Caminé apresurada por el pasillo principal rumbo a mi guarida. Mi seco corazón rebosaba de alegría, aunque los humanos en sus imaginarias leyendas, aseguraban que los vampiros no lo tenían. Podía afirmar que estaban equivocados. Me preguntaba cuantos pertenecientes a la raza humana escribían sobre nosotros sin tener la certeza de nuestra existencia. Cuantos de ellos volaban su imaginación y jamás habían estado frente a frente con algún vampiro.

Yo misma siendo humana, había tenido una visión etérea de la existencia.

Siempre creí en lo paranormal, ¿cómo no hacerlo? Si podía mover objetos a través de mi mente, además de conocer parte de su historia por el simple contacto.

Por supuesto que de ahí a convivir con vampiros la brecha era enorme. Bueno... No sólo convivir, tener amigos, luchar por ellos, y contraer matrimonio con un líder.

Sonreí.

Al tomar la galería de la izquierda, me detuve.

Mirna y Marcus recorrían el lugar lentamente.

Los miré y me miraron.

Mirna sonrió. Nunca nos habíamos cruzado siendo yo una vampiresa. Ella aún parecía ser humana. Su aroma, sus latidos confirmaron mi teoría. ¿Por qué no la habían convertido? No sabía la razón, supuse que no querría perder el alma.

-Qué bella eres Cautha. Dijo con alegría.

-Gracias. Dije sin moverme del sitio.

No sabía si mi proximidad atraería peligro.

Dio unos pasos hacia mi dirección, aunque Marcus la detuvo.

-Espera Mirna, no te apresures. Cautha no tiene la experiencia de nosotros sobre el control.

-A pasado casi un año Marcus. Murmuré.

-Si pequeña, lo sé. Es poco tiempo para controlar los instintos.

-¿Buscan datos sobre nuestros enemigos? Pregunté.

-Si, en estos días hemos recorrido cada rincón del palacio. Informó Marcus.

-He presentido sensaciones malignas- dijo Mirna -aunque se mezclan con este aquelarre.

-¿Con nosotros?

-Si...

-Entonces, ¿nuestros enemigos podrían forma parte del aquelarre?

-No necesariamente, las presencias malignas son normales, los Vulturi son vampiros, no hadas del universo. Dijo con una mueca de ironía.

Su comentario aunque veraz, me incomodó. Eran mis Vulturi, ¿éramos tan malignos?

Aunque entendí a que se refería.

Observé como sus manos se deslizaban por las frías paredes de antaño. Lentamente...

-No, no están aquí... Susurró.

Acarició la estatua de figura alada y mirada celestial, después se acercó a un tenebrario encendido.

-No los presiento...

Marcus suspiró.

-A veces creo que no los hallaremos nunca, ellos terminarán con nosotros.

-¡Espera! Exclamó Mirna.

Se inclinó apoyando las rodillas en el suelo. Las palmas de sus manos las arrastró por las baldosas con lentitud.

-Escucho murmullos... si... cuanta maldad... resentimiento...

Marcus observó asombrado.

-¿Puedes verlos, humana? Interrogó.

-No... Sssh... Calla...

Tragué saliva.

-Si... Son ellos... Claman venganza...

-¿Venganza de qué? Pregunté alterada.

-Calma Cautha. Dijo Marcus.

Mirna continuó caminando en cuatro patas como si fuera un perro. Avanzó muy despacio.

Con suma tranquilidad y sosiego. Varios metros arrastrando sus palmas, tratando de percibir, de descubrir presencias.

Se detuvo de golpe. Sus ojos desorbitados reflejaron el horror.

Marcus se atrevió a murmurar.

-Mirna... ¿Qué ocurre?

-Aquí están, los presiento muy fuerte. No son demasiados... Son demonios, parecen dormidos, pero hay alguien que los dirige, un ente superior. Él no duerme, él vigila... Es un vampiro como ustedes. No todos son de la misma raza, ha buscado aliados...

Marcus se acercó.

Mirna, escucha... Hay que avisar sin pérdida de tiempo. ¿Dices que vienen de algún túnel subterráneo, eso quieres decir?

Desvió su mirada hacia la derecha, al final de un pasadizo.

-Sus aliados se mimetizan con los humanos, recorren de día los pasillos, se mezclan con ellos... Adquieren distintas formas... Son poderosos Marcus, vienen del mismo infierno...

-¿Cómo llegan hasta nosotros?

-Por allí... Dijo, y su dedo índice señaló el hueco del viejo ascensor.

-Iré avisar a Aro. Interrumpí.

Sin perder tiempo me dirigí al salón de los tronos, allí lo había dejado, después de matar a Ethelvina, después de nuestro beso apasionado.

Jane y Alec me vieron a la distancia. Ambos, de pie a cada lado de las puertas del gran salón, observaron mi rostro preocupado.

-¿Qué ocurre? Dijo Jane saliendo a mi encuentro.

-Los encontramos- murmuré -Mirna descubrió por donde invaden, los desgraciados suben por el viejo ascensor.

-Ya hemos revisado allí.

-Pues parece que se las han ingeniado para no ser descubiertos.

Colocó su capucha oscura tapando la cabeza y parte del rostro, exclamó.

-¡Iré por los guardias!

-Iré por Aro. Contesté, mientras la rubia guardiana desaparecía entre las sombras.

-Aro no se encuentra aquí. Informó Alec, apenas me acerqué.

-¿Cómo dices?- pregunté con temor- ¿dónde está? ¡No puede estar solo!

-Tranquila Cautha. Asrael está con él, Aro está en su guarida.

-¡Asrael ya no es suficiente! Alec... No te quedes aquí sin guardia que te proteja. Dije alejándome a toda prisa.

-¡Cautha! Por favor... Dime algo más.

-Calma, sólo haz lo que te digo.

Pude divisar a Alec mientras me alejaba. Su índice señaló las bóvedas, tratando de tranquilizarme. No estaba solo, nunca lo había estado. Varios vampiros vigilaban desde los techos cualquier movimiento extraño.

Corrí hasta la guarida de Aro. Mi corazón estrujado por la angustia, no veía la hora de contemplar a mi hombre en perfecto estado.

Demetri me alcanzó en el camino. En total silencio, no me dejó sola hasta llegar a la estrecha escalera, donde Asrael firme y atento vigilaba.

-Aquí me quedo Cautha, no te preocupes, confía en mi. No pasarán con vida a la guarida.

-Ese es el problema Demetri... No tienen vida... Son demonios.

-Señorita, confíe no nos moveremos de aquí. Agregó Asrael.

Descendí hasta la guarida con suma agilidad.

Presioné entre las paredes de roca pulida, hasta que la puerta se abrió.

-Aro, mi amor, ¿estás bien?

Al no verlo en la lujosa sala de estar, avancé hasta la habitación con un nudo en la garganta.

El silencio aterrador a causa de no recibir respuesta alguna, apretó mi pecho.

-Aro...

Diablos... moriría si le había ocurrido algo malo. No me lo perdonaría.

Me detuve llena de terror, evidentemente Aro debía haber contestado mi llamado, imposible no escucharme.

Estudié minuciosamente cada rincón por si estaba de pie jugándome alguna broma pesada.

La desesperación se adueñó de mí.

A punto de pedir ayuda, con las fibras musculares contracturadas, finalmente lo vi.

Yacía en la cama. Jamás me hubiera fijado allí, fue el último lugar en el que mis ojos lo buscaron. No era lógico.

¿Aro acostado?

-Mi amor, tenemos noticias sobre nuestros enemigos... Aro...

No se movió, permaneció inmóvil como si estuviera dormido, sumergido en un sueño profundo. Sin embargo, eso no podía ocurrir, él no era humano.

( Perspectiva de Aro )

Seguido de Asrael, abandoné el salón de los tronos. Mi guarida era el lugar que quería estar en este momento. Después de que su boca ardiente se adueñara de mi boca, necesitaba estar solo. Instantes antes, cuando el polvo de Ethelvina por fin lucía desparramado por el suelo, percibí esa corriente extraña, helada, cubriéndome como manto protector.

Sulpicia...

Supe que era ella, aunque Cautha varias veces confirmó haberla visto, hasta ahora nunca la había sentido tan cerca.

¿Por qué no abandonaba el castillo? ¿Qué buscaba? ¿No era feliz donde habitaba?

El talismán que colgaba como siempre en mi pecho, me quemó.

Dí un respingo de dolor. Detuve mi andar, y lo acaricié.

-Amo, ¿que ocurre?

-Nada Asrael, no te preocupes.

El ardor fue pasando... continué avanzando, bajé la escalera y entré a mi guarida.

Llegué a mi habitación sintiendo un cansancio profundo. Muchas cosas extraordinarias ocurrían en este último tiempo, no me daban tregua. Seguramente estaría agotado.

Cada fibra de los músculos se relajaron, los párpados me pesaban...

Caminé lentamente hasta mi cama dejándome caer.

( Perspectiva de Cautha )

Me arrastré por la cama hasta llegar a él.

-Aro, no es gracioso, háblame. No puedes permanecer desinteresado mientras te informo que hay novedades. ¡Aro!

Enfadada lo sacudí.

-¡Basta de bromas! Eres muy cruel.

Al fin parpadeó. Clavó los ojos en mi rostro. Poco a poco reflejaron el asombro.

-¡Ya esta bueno el chiste! No es gracioso.

De un salto se sentó en la cama. No apartó la mirada de mi iris dorado.

-¿Qué cosa eres? Pregunto con gran temor.

-¿Qué? Pregunté enojada.

Aunque en cuestión de segundos el enfado dio paso a la desesperación.

No era una broma de mal gusto. Lo vi en su expresión, estaba desconcertado, como si no reconociera no sólo a mí, sino a nada de lo que lo rodeaba.

-Aro... Murmuré.

Intenté rozar su brazo con angustia, pero dio un salto para escapar de mi contacto.

Sus movimientos eran torpes, parecía un neófito a punto de descubrir sus poderes de vampiro.

Era evidente que ignoraba que lo era.

Traté de acercarme.

-Aro escucha.

-¡No! Gritó.

Con un movimiento de su cuerpo voló contra la pared. Golpeó su cabeza contra las repisas y cayó sentado.

-¡Aléjate de mi! Gritó nuevamente.

-Aro... soy Cautha, no me temas. Por favor... trata de recordar. Seré tu esposa en dos días.

-¡Mientes! Mi esposa es Sulpicia. ¿Dónde está ella? ¿Le han hecho algo malo? ¡La pagarán!

Me deslicé con velocidad. Al llegar a la puerta confundida y destrozada, llamé con todas mis fuerzas.

-¡Asrael, Demetri!

Acudieron de inmediato.

-¡Cautha! ¿Qué ocurre? Dijo Demetri entrando a la sala de estar.

-¿Dónde está el amo? Fue la pregunta de Asrael.

Lloriqueé.

-¡Ignoro lo que está pasando! Aro no me reconoce, no sabe quien es él.

Ambos se apresuraron hacia la habitación.

Los seguí desconsolada.

Aro estaba asustado, no dejaba de mirar a su alrededor, nuestros rostros eran desconocidos para él.

Al ver a Demetri y a su fiel guardián, estudió la escena. Daba impresión que no intentaba recordar, sólo buscaba una salida de esa habitación, ahora... totalmente extraña.

Demetri murmuró.

-Asrael ve por Marcus y Cayo.

-No me moveré del lado de mi amo. Protestó Asrael.

Mi guardián suspiró.

-Quédate tranquila Cautha, en un momento estaré de regreso.

Me quedé inmóvil, muy triste. No me animaba a dirigir la palabra a Aro, no deseaba enfrentar un nuevo rechazo.

-Amo... Dijo Asrael aproximándose.

Aro recostó la espalda en la pared como protegiéndose.

-Amo, ¿no me recuerda? Soy Asrael, soy su vasallo, su seguidor, protector y amigo...

Aro negó lentamente con la cabeza. Sin querer, sus ojos se vieron en el espejo de pared. Quedó estático, mezcla de admiración y temor.

-No puede ser- murmuró -¿qué me ha ocurrido?

-¿Qué te ocurrió? Pregunté con ojos vidriosos, tomé un respiró y exploté.

-¡Qué te ocurrió! ¡Eres un vampiro y mi futuro marido en dos malditos días!

Agarró su cabeza con las dos manos. Gimió.

-Señora, guarde la calma. Dijo Asrael mirándome con espanto.

-¡Estoy harta! ¡Harta! Siempre hay algo nuevo que opaca mi felicidad. Los enemigos acechando y destruyendo, él...- dije señalándolo con el índice - que ha estado confundido por el amor de Sulpicia, ahora... Cuando por fin admite amarme sucede esto. ¡Cómo quieres que me calme!

Demetri llegó acompañado de Marcus y Cayo.

El rastreador había puesto al tanto a los líderes de la grave situación. Se acercaron con cuidado.

-Aro... somos tus amigos, no te haremos daño. Dime... ¿no recuerdas nada? Dijo Marcus con suma tranquilidad.

No contestó, se limitó a observarlo.

-¡Me voy de aquí! Es suficiente para mí. Protesté, e inmediatamente abandoné el lugar.

Sin embargo, siempre existe alguien sabio cerca de nosotros que ante la locura, nos hace entrar en razón...

Demetri interceptó mi huída a mitad de la escalera.

-¡No te irás! ¿Crees que es fácil ser líder Vulturi, Cautha? ¿Aspiras a estar a su lado? Cuando un hecho inesperado hace que te rindas.

Es tu hombre, hazte cargo, ayúdalo, no lo abandones.

-¡No lo abandono rastreador! ¡Él lo ha hecho! Grité eufórica.

-No es lo que eligió, algo está ocurriendo, no sabemos que puede ser.

-Si... si yo lo sé. Ese talismán que nunca debí darle. Desearía quitárselo y así resolverlo.

-Por supuesto, ahora quieres que no lo use, primero se lo das, y cuando no te conviene se lo quitas. ¿Qué crees que es Cautha? Un títere al que según tu conveniencia manejarás.

Bajé la cabeza.

-Estás siendo muy cruel Demetri, sabes que lo amo.

-Demuéstralo. No sólo cuando todo es paz y alegría, sino también cuando sientas que enamorarte de Aro no es lo mejor que te pudo pasar.

Se retiró lentamente a la guarida de Aro... y lo seguí.

Apenas entré, Cayo me miró.

-Lo siento. Murmuré.

En absoluta quietud, permanecí escuchando a Marcus tratando de hacer recordar a Aro algún hecho como vampiro.

-¿Mi niña? Murmuró.

Marcus bajó la mirada, sin saber que responder.

Me adelanté unos pasos hacia él. Tenía una tristeza infinita en su iris. No podía verlo así, desorientado, hecho pedazos.

-Aro... ¿quieres ver a tu hija?

-Si...

Me acerqué lentamente, con mi mano derecha tomé su talismán.

-Envuelve mi mano con tu mano.

Titubeó, pero algo vio en mis ojos que le transmitió confianza. Amor quizás.

Una vez que sus pálidos dedos atraparon mi mano, imágenes del pasado surgieron en la mente, compartimos rostros, escenas...

Retiró sus dedos temblorosos y me miró con angustia.

-¿Eres una bruja? Interrogó.

La pregunta inesperada me arrancó una sonrisa. No sé si por la inocencia que reflejaba en el tono, no sé si por lo disparatado, aún entre tanta desgracia me compadecí.

-No, no soy bruja. Mírame fijo. ¿No ves nada en mis ojos? ¿No ves amor en ellos?

No contestó, pero no huyó de mí. Con la yema de los dedos, acaricié el rostro, los labios, con absoluta ternura.

-¿En qué dimensión te has quedado amor? Susurré.

Los ojos bailaron sin control hasta quedar en blanco, tiró la cabeza hacia atrás, un gesto de dolor me indicó que no lo estaba pasando bien.

-El fuego... Murmuró, y cayó al suelo como saco de patatas.

Marcus y Cayo se adelantaron para ayudarlo. Parecía inconsciente nuevamente.

Me hice a un lado aterrada, angustiada por lo que le estaba pasando. No quería perderlo.

Se incorporó lentamente apoyándose en Cayo. La mirada perdida poco a poco buscó mi rostro.

-Cautha, ¿qué me pasó?

El suspiro al unísono de todos los que nos hallábamos en la habitación, dio paso a la calma.

Aro había vuelto al presente.

¿Qué había ocurrido con él en ese lapso para mí, eterno?

Ahora no era momento de indagar, deseaba verlo bien, sin esa desesperación que había reflejado en sus ojos coralinos.

Marcus se dirigió a mí con gesto serio.

-Cautha, quédate a su lado, debo volver con Mirna, tú sabes porqué...

-¿Qué ocurre? Preguntó Aro.

-Tranquilo hermano, estamos tras los pasos del aquelarre enemigo. Te mantendré informado apenas estemos seguros.

-¡No! Soy Aro Vulturi, debo conocer hasta la última noticia que se tiene de ellos.

-Le explicaré- aseguré a Marcus -no nos moveremos de aquí.

-Tampoco yo. Dijo Asrael.

-Bien, quédate en la puerta junto a Demetri. Estén atentos. Dijo Cayo, y desapareció junto con Marcus.

( Perspectiva de Mirna )

Rodeada de guardias fortachones y tenebrosos, permanecí cerca del ascensor aguardando a Marcus.

No sabía que había ocurrido exactamente para que se fuera espantado. El vampiro rastreador llegó hasta él y con murmullos le dio una noticia aparentemente trágica.

Lo vi en su rostro, casi siempre sereno. Se transformó, perdió la calma que tanto admiraba en ese líder vampiro.

Respiré profundo. Comenzaba a preocuparme, sobre todo porque las presencias maléficas que tan perfecto podía presentir, se desvanecían.

Cada minuto que transcurría, parecía perder contacto. La debilidad ganaba mis sentidos.

Entre vampiros no me sentía del todo fuerte.

Cuando divisé a Marcus y Cayo entre lejanas sombras, transcurrieron segundos para tenerlos junto a mí. Dentro de todo mi rechazo a la vida de esos oscuros seres, admiraba un poco y solo un poco, la virtud de transportarse a gran velocidad.

Llegaron hasta mí con rostros desencajados, intuí que algo ocurría con Aro.

El más temible líder y voz cantante de los Vulturi, ni apareció. Era extraño.

-Mirna- dijo Marcus -¿crees que podremos con ellos?

-No lo sé. Contesté.

Haberles asegurado la victoria hubiera sido engañarlos.

-Buscan hacerle daño a Aro... informé a los líderes presentes -¿dónde está él? Me animé a interrogar.

-Él está ocupado gitana. Contestó el líder de melena rubia.

Observé fijo a los dos.

Primero a Cayo, después a Marcus.

-Pues entonces se la verán difícil. Repito, lo buscan a él. Aro es el único que puede enfrentar y contrarrestar ese poder. No sé si llego a explicarme... Quieren destruirlo, es su misión, alguien los dirige... y con una poderosa razón.

-Mirna, ¿hay posibilidad de terminar esto sin él? Preguntó Marcus.

-En realidad hay una salida, aunque tengo entendido por lo poco que sé de ustedes, que es imposible.

-¿De qué hablas humana? Preguntó Cayo.

¿Aro tiene un familiar directo en el castillo, hermano, padre, madre, esposa?

-No. Respondió Cayo.

-Bueno- agregó Marcus -Cautha es descendiente lejana, y... será su esposa.

-No sirve. Aseguré.

Pensé, quien podría sinceramente enfrentarlos tendría que tener esa irremplazable condición, ya que él mismo según sus pares, no estaba en condiciones. Con tantos guardias expertos como gozaban los Vulturi, tendrían la posibilidad de matar a los invasores, de ninguna manera terminar con el líder misterioso. Sería el cuento de nunca acabar.

El don de adivina, me mostraba en las visiones, que era un motivo especial que llevaba al desconocido a la venganza.

-Por favor Mirna, ¿si intentamos acabar con ellos? Los Vulturi somos el aquelarre más poderoso.

-Si... lo sé. Quizás terminarían con esos seres... no con él. Ese ser poderoso lo alimenta la venganza. Lo lamento Vulturis repito... familiar directo o esposa.

-Yo ayudaré. Dijo alguien desde el fondo del pasillo.

Mis ojos humanos no distinguían entre la penumbra a la dueña de la voz. Era una mujer, eso seguro.

La vampiresa salió entre las sombras, una anciana de iris color naranja.

Pude percatarme del asombro de Cayo y Marcus. Ambos quedaron petrificados.

-Aurora, te lo agradezco- dijo Marcus apenas reaccionó -pero debe ser un familiar directo.

La anciana me miró fijo, lentamente caminó hacia nosotros y volvió a repetir.

-He escuchado bien Marcus, por eso estoy aquí. Soy la única que podrá ayudar.