Disclaimer: Attack on Titan pertenece a Hajime Isayama.


Capítulo XXVII - Presa

-A partir de ahora, queridas mías, estarán por su cuenta.

Maldición. Recitó la chica en aquel momento que ahora parece distante, aún recuerda el leve temblor de sus adoloridos huesos y los frenéticos latidos sin sentido que sacudieron su pecho como si en su interior se estuviese desatando un monzón. Más de un minuto ha pasado desde que se olvidó de respirar; más de un minuto ha pasado desde que su esperanza comenzó a esfumarse.

Un minuto. En solo un minuto el cazador se ha convertido en la presa.

-Lo que suceda a partir de ahora será su responsabilidad- Las botas, pesadas y letales, pasean de lado a otro en el interior de una oficina consolada apenas por una efímera brisa matinal; pasean de lado a lado como las zarpas desesperadas del tigre al que el circo presenta como su atracción principal; incluso cree escuchar en su voz la misma derrota que escucharía en el triste rugido de aquel poderoso tigre. Derrota e indignación –Todo debe ser perfecto, no tienen permitido fallar.

¿Por qué? ¿Por qué el nerviosismo de esa bestia con piel humana le perturba tanto? ¿Por qué está asustada sin ninguna razón?

"Porque nunca antes la he visto nerviosa…" Traga saliva con pesadez, produciendo un sonido claro y audible "…Porque ni ella sabe lo que puede pasar"

Tiene un mal presentimiento, uno que amenaza con convertirse en realidad.

-¿Qué pasará?- Las miradas presentes se posan sobre ella, curiosas, acechando la inocencia que, ahora más que nunca, parece estar destinada a morir; esa inocencia que estuvo perdida desde que se vio obligada a escapar de su hogar envuelto en llamas.

-¿Que pasará…?- El soldado enarca una ceja, y la chica a su lado, tan fría como un tempano de hielo, lo hace también. Las palabras se atoran en su garganta con nerviosismo, no se siente capaz de continuar. Aunque, desde una infinita cantidad de días posteriores, no se siente capaz de nada.

-¿Qué pasará si fallamos?

No debió decirlo. ¿De dónde salieron esas palabras, en primer lugar? ¿De su mente, de su instinto o de su corazón? ¿Por qué repentinamente se arrepiente de haber llegado tan lejos? Fue su decisión, después de todo. Fue su decisión involucrarse en una misión suicida en primer lugar.

Pero hubo algo. Algo. Fue algo tan simple como la delicada pastilla circular que reposa sobre su palma abierta, lo que la ha hecho dudar una vez más.

Dudar de ella. Dudar de ellos. Dudar de sí misma.

-No puedes fallar, Chica Patata, ¿No escuchaste lo que acabo de decir?- El olor del tabaco fresco es tan fuerte que le produce nauseas. La desesperación silenciosa en la mirada marrón del soldado es más que suficiente para hacerla callar también. Nunca antes le había visto así, tan consternado, ni aun cuando la bala perdida de Eren perforó su piel. Nunca.

-PeroYo

-Llegaran a la hora indicada, el día indicado, minutos antes de que nuestra guardia termine, ¿Entiendes? No pueden fallar.

-¡¿Y si sucede?!- Grita con miedo, con el peso de la responsabilidad sobre su piel -¿Qué pasara si llegamos minutos después? ¿O minutos antes? ¿Qué pasara si fallamos?

La chica soldado (Pues hace poco que se mostró ante ellas como una verdadera chica), con una amplia sonrisa sobre su demoniaco rostro cubierto de pecas, toma su mano entre las suyas, aquella que permanece inmóvil con la palma abierta, sosteniendo un pequeño objeto circular.

-Si lo haces, te atraparan- Su respiración choca contra su oído, fría y siniestra como todo lo que ella es -Y si te atrapan, querida, tu única escapatoria será esta.

Para Sasha Braus, una cazadora rigurosa en los límites de su propia excentricidad, es difícil descifrar cuál de las acciones realizadas en aquel momento fue la más perturbadora: si el hecho de que su única salvación se encontrase en el pequeño objeto entre sus manos…

…O el hecho de que ese pequeño objeto fuese una simple y monótona píldora de cianuro.


Acaricia con cariño el suave cabello rubio de la pequeña chica recostada en su regazo, esa a quien, pesa a las extrañas circunstancias que les aquejan, continua considerando su mejor amiga; sus dedos, aun entumecidos por esos recuerdos inexplicables, resbalan por sus mechones color oro con asombrosa facilidad, mechones que son apenas una sombra decadente de las largas cascadas que fueron alguna vez.

-¿Qué tan mal esta?

Salta suavemente ante la sorpresa. No esperaba escuchar la voz de la diosa luego de dormir por tanto tiempo luego de la noche, tanto agitada como agotadora, que se vio obligada a vivir. No después de ver a su padre arder en un infierno viviente.

-¡N-No esta tan mal, diosa!- Intenta decir con inoportuno entusiasmo, el cual desaparece ante la mirada severa de quien ahora conoce como Historia Reiss –Puede arreglarse…

"No" Se reprende a sí misma, intentando sonreír "Es la misma. Sigue siendo la misma"

Pero sabe que no es cierto. Christa Renz, la dulce alma que la acompañó la mitad de su infancia, ha desaparecido. Los orbes azules que la observan, solitarios y fríos, no los ha visto jamás.

-Te equivocas- Responde Historia suavemente –Es imposible.

Su solitaria mirada se apaga, mientras su pequeño cuerpo frio busca comodidad sobre el fino asiento tapizado con cuero blanco. La siente respirar en sus muslos y, por alguna razón, siente tristeza en su respiración. Conoce el sentimiento, es el de una presa a punto de morir.

-Crecerá- Pero, pese a sus esfuerzos, recibe otra respuesta fría.

-Ya no importa.

Mira hacia adelante entre suspiros, en dirección al parabrisas que le presenta en primer plano la luz rojiza del atardecer. Llevan conduciendo dos dias completos, no tiene hambre a pesar de no haberse detenido a comer.

-¿Cuánto falta?

Pero su interesada mirada no está sola: Annie Leonhardt, quien ha sido su líder y guía desde hace algunos meses, la observa desde el asiento del copiloto, con los brazos cruzados y esa expresión de pocos amigos que se ha convertido en su carta de presentación.

-L-Lo siento...

¿Porque siempre te disculpas?

Baja la mirada, avergonzada ante el recuerdo de la mujer de voz rasposa que finge ser algo que no es. No es su intención. No es como si en verdad disfrutase el disculparse con todo y con todos. Ella es así, ella siempre ha sido así.

"Lo siento"

Su mirada desciende, una vez más, a la desaliñada rubia que duerme (O eso aparenta) sobre sus piernas. Acaricia su cabello de nuevo y siente sus manos temblar.

"Lo siento mucho, Christa"

-¿Cómo está su herida?

Mira al frente de nuevo, limpiando pequeñas lágrimas furtivas que amenazan con escapar de sus ojos; el sargento Reiner Braun, quizá el más alterado dentro del ostentoso automóvil, le mira a través del espejo retrovisor, temeroso, luchando por mantener el control del mando entre sus manos, y la compostura que debe tener cualquier militar.

-Esta sanando- Toma la mano de la diosa con cuidado, aquella cubierta por numerosas gasas color carmín, las cuales ocultan una profunda herida de cuchillo -Su olor es normal, no parece haber alguna infección en ella.

Reiner asiente más tranquilo, regresando la mirada al camino cubierto de tierra, polvo y más tierra; Sasha es una cazadora, si ella dice que la chica estará bien, entonces lo estará.

"O eso espero" Últimamente no se cree capaz de volver a cazar.

Eren lo había dicho una vez, la primera de tantas veces que le fue imposible no creerlo: nosotros somos los cazadores, ellos son la presa.

¡Ha amado esa frase desde la primera vez que la escuchó! Al principio, cuando Jaeger la recitó en medio de la cena, levantándose súbitamente de su asiento al tiempo que derramaba la inútil lata de sopa de tomate que le servía de cena, Jean soltó una risotada tan estridente que se atragantó con un pedazo de pan (Incluso Connie, su compañero de travesuras, se distrajo tanto que le dio oportunidad de robar lo que quedaba del suyo); recuerda la temible expresión de Mikasa, tan severa que la hizo temblar.

Pero para ella, la cazadora oficial de la Legión de Reconocimiento, la simple idea la hizo irradiar rayos de entusiasmo inigualable.

¡Recuperarían lo que era suyo! ¡No volverían a pasar hambre jamás! ¡Comerían carne, patatas y pan hasta que no les quedaran fuerzas para seguir comiendo!

Solo tenían que liberar a Alemania del yugo Nazi, solo tenían que librarse del exilio y la persecución.

"Pero las cosas han cambiado... ¿No?"

Ya no son niños. Lord Rhodes Reiss, quien había sido el primero en darles caza por el simple hecho de entablar una amistad con su bastarda, estaba muerto. ¿Pero qué ha cambiado? ¿Qué?

"Nada" Piensa tristemente "No ha cambiado nada"

El movimiento despiadado del vehículo le sorprende tanto como lo hace el repentino nudo atorado en su garganta, o como lo hace el inquebrantable silencio que les ha acompañado desde que el infierno se desató. ¡Cómo le hubiese gustado que Connie estuviera con ella en ese momento! Aunque se la pasaría riñéndola hasta el cansancio. ¡O Jean! Últimamente ha comenzado a llevarse bien con Jean. Incluso Eren…. Incluso Eren estaría bien… Solo desea la compañía de alguien con quien no deba disculparse cada vez que produce algún sonido.

"¿Cuánto faltará?"

Pasa sus dedos desesperados por la suave bufanda roja que descansa alrededor de su cuello; está ansiosa, angustiada y ansiosa ante la agobiante tensión que les acompaña hacia kilómetros. Su asustado estomago está vacío, pero aun así no desea comer. No han parados más de siete veces en el transcurso de dos dias completos: las ultimas seis para recargar combustible y, la primera de todas, para evitar una revisión fortuita de las fuerzas rutinarias de la SA.

-La has hecho buena esta vez, Annie- Mira al espejo retrovisor con curiosidad, encontrándose con la mirada de indignación que el sargento Reiner dirige a su mejor subordinada –Tardaron eternidades ahí dentro, habríamos llegado a nuestro destino hace horas de no haber sido por…

-Se ha hecho según la orden- Responde la rubia inmediatamente –No hay nada más que decir.

-Ordenes. Ordenes. ¡Al diablo las ordenes! Las investigaciones han comenzado en menos de un día, tuve que convencer a ese bastardo de camisa parda que transportábamos provisiones, todas las fuerzas de la ciudad están tras nosotros y…

-¿Te molesta realmente eso, Reiner?- Cuestiona la supervisora de corazón frio -¿O te molesta lo que le hice?

Esta vez, salvo por el crujir descontrolado de los dientes del colérico hombre, el silencio regresa para quedarse una vez más. Reprimendas. Peligro. Ymir se lo había advertido, Mikasa se lo había advertido y, apenas ahora, ha comenzado a entender.

No le gusta esta sensación; sentirse en peligro, vigilada, a punto de morir.

¿Cuántas de las indefensas presas que han caído en sus manos se han sentido de esa manera? ¿Cuántas de esas presas han muerto también?

El cazador se convierte poco a poco en la presa, en una presa que, por más que se retuerce dentro de la trampa, le es imposible escapar.

-Su mano, su cabello, nada de eso era necesario…

-Aun si la mansión no ardió del todo, ten por seguro que esa evidencia sobrevivirá- La voz de Annie es dura e infeliz, casi pesarosa ante la tarea que ella misma ha aceptado –Si tenemos suerte, toda la fuerza del Reich arremeterá contra el enfermizo culto religioso que asesino a un leal, adinerado y cooperativo ciudadano ario.

-¿Y si no la tenemos?- Reiner alza una ceja expectante, Annie hace lo mismo -¿Se desatará una maldita masacre como en la Operación Colibrí? ¡No dudarán en matarnos si algo sale mal!

-Un par de investigaciones, un par de sobornos, y todos estaremos tranquilos.

-Tú ni siquiera tienes motivos para estar aquí…

Annie permanece en silencio, mirando por la ventana con algo similar a tristeza. En ocasiones, cuando la observaba tomando su almuerzo completamente en el comedor de las tropas de Dachau en completa soledad, Sasha se preguntaba qué clase de tristeza guardara el interior de su alma helada.

"Quizá perdió a alguien" Roza la bufanda nuevamente, como si esta le diera valor "Como todos nosotros"

-Ya casi llegamos- Reiner rompe el silencio nuevamente, mientras la oscuridad invade el furtivo purpura de la bóveda celeste hasta convertirlo en un oscurecido tono de azul, las luces de las patrullas fronterizas resplandecen a lo lejos, como una ilusión en el cruel desierto –Solo un poco más.

Es en estos momentos, donde esas luces de incertidumbre se mecen en la distancia, mientras el auto negro de golpe haciendo que la bufanda prestada roce sus dedos, cuando Sasha es invadida por algo similar a la desesperación.

"Mikasa"

¿Dónde está? ¿A dónde ha ido? Algo en su corazón arde, arde mucho, y no sabe exactamente que es. La chica de mirada oscura se había separó de ella hace tiempo, sin dudarlo ni pensarlo, desesperada por recuperar a la única familia que dejó atrás, pensando en su bienestar.

Sin pensar en ella.

"Está bien" Se dice en silencio, intentando sonreír "Todo el mundo haría lo mismo"

Incluso ella, la temerosa y, en algunas ocasiones, valiente Sasha Braus, había aceptado de buena gana los peligrosos términos de la misión que le permitiría rescatar a la diosa, lo había aceptado con todo el entusiasmo que una tarea así puede permitir.

Incluso había asesinado a un hombre para conseguirlo. ¿Qué pasa entonces? ¿Por qué tiene tanto miedo?

Cubre su rostro con su palma y, solo entonces, siente como esta tiembla sin control. Mikasa no está. Mikasa se ha ido. La ha dejado sola una vez más. Eren la necesitaba y ella, como siempre, había acudido en su auxilio. ¿Acaso eso está mal?

Por un momento regresa la mirada a su amiga, a la durmiente Historia, preguntándose una única cosa: ¿Es así como se siente?

"Es terrible, ¿No es así?" Acaricia su rubio cabello una vez más, cerrando sus cansados ojos color ámbar, imaginando que es el delicado cabello negro de Ackerman el que se desliza entre sus dedos "Es terrible que te den la espalda"

La ha visto un número infinito de veces acariciando el cabello de Eren de esa manera, ¿Por qué no puede hacer ella lo mismo?

"No importa" Piensa para sus adentros "En realidad no importa"

Ella y Mikasa han pasado mucho tiempo juntas, ¿No? Ellas han sido buenas amigas desde el comienzo de todo esto, ¿No? Buenas amigas que escapan regularmente de la vigilancia del resto de sus compañeros, buenas amigas que comparten ratos a solas en esos sitios olvidados de su gueto personal... Eso es lo que son al fin de cuentas… Amigas... ¿O no?

-¿Estamos a tiempo?- Pregunta Reiner de pronto. Ella, tragando el nudo disimuladamente, busca en su bolsillo algo que parece no estar ahí.

-He perdido el reloj…

Silencio. Solo hay silencio.

-¿Cómo lo has perdido?

Los nudillos del hombre se aferran al mando, la mirada azul de Annie se clava en la suya, y su corazón late con tanta fuerza que parece próximo a explotar.

-C-Cuando subimos al auto- Cubre su rostro con la bufanda –Debió caerse entonces…

-¿Y la cadena?

-Pudo romperse con la puerta.

Silencio. Nuevamente solo hay silencio.

-Mi reloj dice que estamos a tiempo- Murmura Annie con sequedad –Su guardia aún no termina.

-Tu reloj, no es su reloj- Responde el rubio entre sonrisas irónicas, intentando lucir juguetón en un ambiente de miedo y muerte –Si llegamos minutos antes, la patrulla supervisora nos matara; si llegamos minutos después, la nueva guardia nos matara. ¿Qué tienes que decir al respecto, Annie?

La pastilla de cianuro gana más peso en el interior de su bolsillo, tentándola, llamando su atención con más fuerza de la que alguna vez creía posible. Su corazón se detiene, su sangre está a punto de parar.

-Que así sea.

No. No quiere morir. No está lista para morir.

Aun cuando las luces en la distancia se hacen más fuertes, no quiere morir de esa manera.

Tiene miedo, quizá más del que sintió la primera vez que su padre la obligó a adentrarse sola en el bosque por primera vez, sin nada de comida y sin más armas que su arco y una única flecha; el pensamiento de morir sola es el más aterrador que ha tenido jamás.

Si pierdes de vista a tu presa, morirás. Eso le dijo su padre aquella vez, hace ya muchos años. Pero nada de eso le es de utilidad: Después de todo, ¿Quién es el cazador y quien la presa?

-Estén preparadas- Advierte Reiner disminuyendo la marcha, alcanzando el ritmo de un inocente paseo dominical –Si no son ellos, estamos perdidos.

Se paraliza en su asiento, la píldora parece llamarla una vez más, ofreciéndole un destino seguro y tranquilo; mira los ojos cerrados de Christa y sonríe. Todo lo ha hecho por ella, por la hermosa luz que envuelve su mirada cuando piensa en su persona especial. Porque tiene a alguien que le corresponde, alguien que le corresponde con locura.

Porque esa persona ha hecho por Historia lo que Mikasa, por ella, nunca hará.

Eso es. Eso era. Eso será.

"Que suerte"

Acaricia las pálidas mejillas de su amiga y, lejos de sentir envidia, siente la necesidad de dedicarle una sonrisa llena de inocencia y sinceridad; le alegra tenerla a salvo luego de mucho tiempo. Christa. La diosa.

Incluso si debe morir. Incluso si los chirridos de las armas de la patrulla fronteriza llegan a sus oídos.

Incluso si no vuelve a ver a Mikasa jamás.

-¿Sasha?- Escucha repentinamente, siguiendo la dirección de la voz: es Christa. Historia la observa con curiosidad plasmada en esos enormes orbes color azul -¿Estas bien?

-¡Lo estoy!- Responde simulando entusiasmo -¡Por supuesto que lo estoy, diosa, no te preocupes!

Historia, quien se ha girado ligeramente para encararla por completo, parpadea un par de veces, confundida, buscando lógica en algo que, claramente, no la posee.

-¿Entonces porque lloras?

¿Cuando? ¿Cuándo las lágrimas descendieron por sus mejillas de esa manera? ¿Cuando?

-¡Basuras!- Responde entre risas -Son solo basuras que entraron en mi ojo, ¡Estoy bien!

Pero piensa en un par de ojos negros y, lejos de sonreír, lo único que puede hacer es emitir un sollozo seco. Mikasa la consoló la noche del arresto de Christa, en el momento en que todo el entusiasmo en ella desapareció. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde entonces? ¿Desde que sus labios se encontraron para fundirse por primera vez? ¿Cuánto?

Esa noche se habían entregaron la una a la otra, en un impulso más natural que racional; así fue entonces, así ha sido siempre. Cada cosa que han hecho juntas, en el fondo, no es más que una eficaz manera de mitigar el dolor.

Dios. Duele. Realmente duele. Duele pensar que ella no es más que el remplazo temporal del lazo enloquecedoramente fuerte que el corazón de Mikasa tiene con Eren, le duele pensar que las cosas son realmente así.

"Pero lo son…"

Por primera vez en mucho tiempo, desde aquella noche de Noviembre en la que un arranque de valentía la motivó a salvar a Samuel, uno de los chicos de su barrio, de las balas de un soldado de la SA, la realidad la ha golpeado con fuerza; las cosas son así, y no hay nada que pueda hacer al respecto.

-Llegamos.

¿Que? Quiere preguntar, pero las palabras se convierten a en un nudo viviente en el interior de su garganta. El Mercedes negro se detiene poco a poco, mientras las luces de una linterna atraviesan la densidad de los gruesos parabrisas como un cuchillo atraviesa la piel.

-¿Cómo sabremos que son ellos?- Pregunta Annie tranquila.

-No lo sabremos- Responde Reiner, conteniendo la respiración -No podremos saberlo hasta que vengan por sí mismos.

Sus dedos se paralizan en el rostro empapado de Historia, un rostro empapado de sus propias lágrimas. Siente un gran temor mientras las luces se acercan, y el arma de Reiner se prepara en caso de una emergencia imprevista; luces provenientes de tierra de nadie se acercan a ellos. Luces de un lugar entre Alemania y Polonia, la nación en caos.

-Nos tienen rodeados- La voz de Annie rompe el momentáneo silencio, tranquila e indiferente a pesar de la situación –No tendrás tiempo ni de rozar el gatillo.

-Entonces- Reiner, con mano temblorosa, coloca algo en su boca, algo pequeño y circular -Estén preparadas...

"La píldora". Piensa Sasha luego de un rato, mientras Historia, tan confundida como ella lo está, se incorpora de su sueño.

-Ocúltate- Le ordena Reiner.

-No- Responde la diosa con la delicadeza de un mortal. Ni aun el sargento rubio, con tantos años en la milicia, se esperaba un comportamiento así.

-Como quieras- Pero, lo que la diosa no rechaza, es el ofrecimiento de una de esas letales píldoras circulares –Si algo sale mal, muérdela. Si te capturan, Ymir arrancará de mi cadáver todo lo que me hace hombre y lo dará de comer a los perros. ¿Entendido?

-Entendido.

La pequeña píldora tiembla en su mano. Cuatro siluetas cortan el horizonte. ¿Por qué? Se supone que serían solo Ymir y Bertholdt quienes les recibirían en aquel lugar…

-Diablos- Murmura el rubio, tensándose en su asiento.

¿Así terminará todo? ¿Así está destinada a terminar? ¿Sin ver a Mikasa una vez más? ¿Sin saber que es para ella? ¿Así nada más?

"No" Su estómago ruge suavemente, mientras que ese peculiar olor a polvo y jazmín, proveniente de la bufanda en su cuello, cautiva su olfato otra vez "No puede terminar así"

Sus manos tiemblan, aferrándose al pequeño objeto circular de la misma forma en que se aferraría al arco especial que le regaló su padre en su decimoquinto cumpleaños si su temor no fuera tan grande. No puede terminar así, no cuando todos a su alrededor se están esforzando, no cuando aún no terminan su misión.

"Mikasa" Piensa en ella, en lo que haría, intentando infundirse valor "Mikasa"

Esta oscuro. Sin los faroles del auto, solo las linternas de los intrusos cortan la oscuridad. Cuatro siluetas en cuatro puertas distintas. Cuatro siluetas que se preparan para atraparlos con ferocidad.

-Si no pueden luchar- Les indica el rubio en voz baja –Hagan que las maten. Es mucho mejor que ser enviado a un campo de concentración…

En un campo de concentración comenzó todo esto, en un campo de concentración está destinado a terminar.

-Cuidado- Advierte Reiner, mientras la semilla del pánico crece en la cazadora. La píldora gira entre sus largos dedos antes de llevársela a la boca en plena oscuridad; tiene miedo, esta aterrorizada y no puede respirar –Irán hacia atrás… ¡Irán hacia atrás!

-No…

El mecanismo de la puerta se activa y sus dientes, castañeando con fuerza, agrietan el pequeño almacén de veneno; ¿Que está haciendo? Más importante, ¿Por qué lo está haciendo?

-No.

-¡Sasha!- La voz de Historia, temerosa y confundida, apenas llega a sus oídos, mientras recuerda la conversación llevada a cabo muchas semanas atrás, donde el sargento de un campo de muerte depositó en su mano ese pequeño veneno.

La única salvación. El final. Solo debe morder un poco y todo habrá terminado.

-¡No!

Entonces, tal como ocurrió en aquella reunión improvisada, una pálida mano toma el cuello de su camisa bruscamente, obligándola a soltar el mortífero objeto de una vez por todas. Aquella vez, su palma fue golpeada con fuerza; en esta, la dueña de una fría mirada de rasgos asiáticos retuerce con malicia su mejilla hasta hacerla escupir.

-¡Me rindo! ¡Me rindo! ¡Mikasa, me rindo!

Mikasa. Reconocería el dolor del tacto de Mikasa en cualquier lugar.

¿Cómo llego aquí? ¿Cómo sabría que estaría aquí? Su pálida piel es inconfundible, su mirada fría es inconfundible, esa discreta expresión de felicidad también lo es.

La hala hasta ella; camino a sus brazos, camino al exterior del vehículo; puede ver a Eren Jaeger fuera de la puerta del conductor, envuelto en un uniforme negro que parece quedarle más grande de lo que debería; del otro lado, en la puerta del copiloto, la cara de Bertholdt Fubar, el segundo al mano en Dachau, las observa también.

Y frente a ella, abriendo con delicadeza la segunda puerta de la parte trasera, esta Ymir, sonriendo como no lo ha hecho jamás.

"¿Lo logramos?" Se pregunta a si misma incrédula, mientras la mano de la pálida chica se posa en su cintura, mientras los gruñidos de su estómago ganan intensidad "Lo logramos"

-¡Mikasa! - La abraza inesperadamente, dando pequeños saltitos de emoción, tomando sus labios en un breve contacto, tan inesperadamente que desata en sus mejillas un rubor inexplicable -¡Lo logramos! ¡Lo logramos! ¿Mikasa? ¡¿Mikasa?! ¡¿Qué haces?!

-Tonta…

Mientras las manos de una ruborizada Mikasa aprisionan sus mejillas como lo harían las pinzas de un cangrejo gigante, y ella se disculpa una y otra vez por su repentina acción, puede ver la felicidad en la mirada marrón que inspecciona con cuidado los asientos traseros.

-Estoy aquí, diosa.

Aislada en un mundo lleno de emociones, mientras siente como la pequeña píldora de cianuro cede ante el peso de sus botas, no sabe que le produce más felicidad: si el hecho de que por fin, luego de sentir tanto miedo, finalmente ha recuperado el apetito…

…O el hecho de que la enorme sonrisa de Ymir se mantuvo intacta luego del terrible puñetazo que Historia le propinó en el rostro.

"Todo ha valido la pena"

Entonces, Mikasa tuerce su mejilla una vez más.

-¡Lo siento!