Los personajes de Naruto no me pertenecen, sino a Masashi-Sama. La historia tampoco me pertenece, es una adaptación.
CAPÍTULO XXVI
Ver surgir a Hinata de las sombras fue para Naruto como ver aparecer el sol por entre negros nubarrones de tormenta. El inesperado resplandor le hizo doler los ojos. Ella era toda una visión en seda color lavanda. Los vaporosos pliegues del vestido con canesú abullonado a la espalda complementaban las voluptuosas curvas del cuerpo que había debajo. Los cabellos le caían en ondulante cascada enmarcándole la cara con suaves rizos negros, y sus ojos brillaban de simpatía.
—Ahora sé que estoy soñando —musitó.
Cerró los ojos, pero cuando los volvió a abrir ella seguía allí, contemplándolo con aturdida tolerancia.
—Será mejor que bajes eso antes que se dispare.
A Naruto le llevó un instante de confusión comprender que ella se refería a la pistola.
La bajó lentamente.
—No fuiste muy inteligente al robarme la vela pero no la pistola. Podría haberte disparado.
—No —dijo ella, ahondando los hoyuelos de las mejillas—. No está cargada.
Molesto más consigo mismo que con ella, dejó la pistola en la mesilla.
—¿Y dónde has escondido a Kon con su gaita? ¿En el ático?
—En el sótano. Pero no te preocupes por él. Dejé a Kitty allí para que le hiciera compañía. Están de luna de miel, ¿sabes? Los convencí de que acompañarme a Londres sería una aventura más interesante que ir a Edimburgo.
—Trajes nuevos, luna de miel para tus familiares. Me alegra saber que has hecho buen uso esas mil libras que te dejé.
—¿Y por qué no iba a hacerlo? —preguntó ella arqueando una ceja—. Me las gané, ¿no?
Naruto se quedó sin habla un momento.
—¿Por eso crees que te dejé el oro? ¿En pago a tus servicios?
Ella se encogió de hombros.
—¿Qué otra cosa podía pensar? Cuando desperté esa mañana, tú te habías marchado y el oro estaba ahí.
Naruto estaba a punto de echar atrás la sábana para levantarse a pasearse por la habitación cuando recordó que nunca le había gustado usar camisón de dormir. Las calzas estaban colgadas en el respaldo de la silla cerca de la puerta. A no ser que Hinata se las hubiera robado también.
Cruzándose de brazos, la miró ceñudo.
—Algunos tesoros, mi señora, no tienen precio.
Era posible que ella se hubiera ruborizado, pero la parpadeante luz de la vela le hacía imposible distinguirlo.
—O tal vez sólo valen lo que uno está dispuesto a pagar por ellos.
Naruto la miró receloso.
—¿Entonces por qué estás aquí, milady Kurama? ¿Has venido en busca de un sacrificio de virgen?
—Si fuera así, me habría equivocado al venir aquí, ¿verdad? –Se sentó al pie de la cama, justo fuera del alcance de él—. En realidad, no busco una virgen sino un abogado digno de confianza.
—No se me ocurre para qué podrías tener necesidad de un abogado. A no ser, claro, que tengas pensado hacer una costumbre de allanar moradas al ritmo de música de gaita.
Ella le dio una afectuosa palmadita en el pie.
—No seas tonto. Quiero ver la posibilidad de obtener la anulación del matrimonio, o el divorcio si fuera necesario.
Naruto se apoyó en la cabecera de la cama, pues no estaba preparado para el escalofrío que le bajó por el espinazo.
—¿Quieres divorciarte de mí?
—¿Y por qué no? Me ofreciste mi libertad, ¿verdad? Supongo que no habrás pensado que me contentaría con enmohecerme en ese húmedo montón de piedras todo el resto de mi vida. Puede que tú no desees volverte a casar, pero yo no tengo la menor intención de pasarme sola el resto de mis días —lo miró provocativa por el rabillo del ojo—, ni de mis noches.
—Sólo he estado lejos unas pocas semanas. ¿Ya has elegido a mi sucesor?
Ella se encogió de hombros.
—He descubierto que no hay escasez de pretendientes en Konohakure. Está Toneri, por ejemplo.
Naruto casi se bajó de un salto de la cama, las calzas al cuerno.
—¡¿Toneri?! ¿Es que has perdido tu maldita chaveta? Te llevó a un dragón para que te comiera e intentó quemarte en la estaca.
Hinata se ahuecó la falda, como si no viera su consternación.
—Puede que eso sea cierto, pero desde que me convertí en la Namikaze le he visto un lado mucho más amable. Se ha mostrado muy atento. —En su boca se dibujó una remilgada sonrisa—. No pasa un solo día sin que me lleve un ramillete de brezo o algún otro obsequio para demostrarme su afecto. Claro que si Toneri no me va bien, siempre está Lachlan. El muchacho ha estado muy abatido desde que Shion lo dejó por el sobrino del hojalatero.
—Por el amor de Dios, mujer, ¡no puedes casarte con Lachlan! Le salen pelos por las orejas.
Hinata lo miró pestañeando.
—¿No es eso un signo de virilidad?
Naruto habría jurado que ya había dejado de ser una bestia pero estuvo a punto de gruñirle.
—En un gorila tal vez.
Hinata frunció el ceño, se levantó y comenzó a pasearse junto a la cama.
—Tal vez tienes razón, señor. Me temo que estaba a punto de cometer un terrible error. Me has dado mucho en qué pensar.
—Gracias a Dios —masculló él.
Después de pasearse otro minuto, ella se volvió a mirarlo.
—Tal vez sería mejor que buscara un pretendiente aquí en Londres, ¿verdad? Antes no habría tenido la confianza en mí misma para hacer eso, pero tú fuiste el que me convenció de que tengo mucho para ofrecer a un hombre. Y no eres el único que piensa así. —Se cogió las manos como para recitar una frase de un silabario—: La moda actual puede dictaminar que la mujer ha de ser delgada como una sílfide, pero un hombre con discernimiento siempre apreciara a una sana criadora.
Naruto se echó hacia delante, listo para retar a duelo al canalla culpable de meterle esa escandalosa idea en la cabeza a su mujer.
—¿Quién te dijo eso?
—Pues, Taffy, la tía abuela de Kon, desde luego. Tuvo la gran amabilidad de recibirnos a todos en su casa cuando el padre de Konohamaru lo repudió por haberse casado con una escocesa sin un céntimo. Taffy se enfureció tanto con el vizconde que decidió desheredarlo. Cuando se muera, toda su fortuna pasará directamente a Kon.
—Si la sobrevive —dijo Naruto, con gesto implacable, pensando que esa perspectiva tenía pocas probabilidades dada la participación de su amigo en esa emboscada.
Cansado de verla danzar justo fuera de su alcance, saco la sábana de los bordes del colchón y se la ato a la cintura.
— ¿Y cómo te propones conocer a esos futuros pretendientes? ¿Te los presento yo?— Se inclinó en una profunda reverencia ante un poste de la cama—. Hola, David, muchacho. Te presento a mi mujer. ¿Te gustaría casarte con ella?
Hinata se echó a reír.
—Los ahuyentarías a todos con esa terrible expresión enfurruñada.
Él dio un paso hacia ella.
—No he hecho bien el trabajo de ahuyentarte a ti, ¿eh?
—Todo lo contrario. Fuiste tú el que huyó de mí. ¿Y eso por qué? —Se dio unos golpecitos en los labios con un dedo, simulando que buscaba en su memoria—. Ah, sí, fue porque ya no eras el niño que yo amé en otro tiempo. Pero olvidaste tomar en cuenta un pequeño detalle. Yo ya no soy una niña. —Le puso las palmas sobre el pecho, produciéndole un estremecimiento en los tensos músculos del abdomen—. No necesito un niño, necesito un hombre.
Su osadía era irresistible. Le cogió una muñeca y le deslizó la mano hacia abajo por la sábana hasta detenerla sobre la ardiente erección de la entrepierna.
—Entonces no te has equivocado al venir aquí.
Ella tensó los dedos. Lo miró a través de las pestañas, con la respiración tan entrecortada y rápida como la de él. Estrechándola en sus brazos, bajó los labios hasta los suyos. Su boca estaba llena, dulce y madura, como fresas calentadas al sol rociadas con nata fresca. Naruto emitió un gemido cuando la lengua de ella buscó la suya, enloqueciéndolo de urgencia.
Cuando cayó de espaldas en la cama con ella encima a horcajadas, todas sus nobles resoluciones de hacerlo lento, de ser suave y tierno habían sido reemplazadas por un deseo abrasador.
De estar dentro de su mujer.
Aún no había acabado el tercero de los largos y apasionados besos con las bocas abiertas cuando él ya había metido las manos debajo de las enaguas para subírselas. Después, en lugar de bajarle los calzones de seda por los muslos, simplemente empleó los dedos para ensanchar la estrecha abertura en la entrepierna de la prenda. Otros dos besos y esos mismos dedos ya estaban entrando y saliendo de ella a un ritmo que su cuerpo ansiaba reproducir. Ella se movió siguiendo el ritmo impuesto por él, arqueándose instintivamente hacia el placer que él le procuraba.
Naruto echó a un lado la sábana, y la siguiente vez que ella bajó el cuerpo sobre él, no fueron sus dedos los que se introdujeron hasta el fondo de ella.
Hinata se estremeció, apretando su tierno y joven cuerpo en torno a él en unas tenazas del más puro placer. Había deseado un hombre y él le había dado uno completo.
Él le acarició la ardiente mejilla.
—Podemos ir más lento, ángel mío. Quiero que goces de esta cabalgada tanto como pretendo gozar yo.
Resuelto a hacer todo lo que estuviera en su poder para darle placer, se llenó las manos con sus caderas y la guió en un ritmo todo lo lento y sinuoso posible para enloquecerlos a los dos. El esfuerzo le hizo brotar un febril sudor en todo el cuerpo, pero supo que había valido la pena cuando vio que empezaban a pasar destellos de éxtasis por su hermosa cara.
Esperó hasta que ella echó atrás la cabeza y de sus labios entreabiertos salió un ronco gemido gutural, entonces metió una mano debajo de la falda. Lo único que necesitó para convertir el gemido en un grito de placer fue la seductora caricia sobre el botón de vibrante carne con la yema de un dedo.
Entonces se quebró totalmente su autodominio. Levantó las caderas, ya renuente a, o incapaz de, refrenar el ritmo de sus embites. El deseo de estar dentro de ella había sido reemplazado por una necesidad mucho más potente y primitiva. Y tuvo que apretar los dientes para amortiguar el salvaje rugido cuando se derramó su simiente en una cegadora oleada de éxtasis.
Cuando Hinata se desmoronó sobre él, la rodeó con los brazos, abrazándola como
para no soltarla jamás.
Continuará...
