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Guerra


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XXVIII

«I don't know why you're acting like this

I don't know why you had to do it again

Why'd you have to go and ruin the night?»

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30 de Junio de 1978

El tren aminoró la marcha despacio, emitiendo un chillido de agonía desgarradora.

Lily había terminado sus deberes como Prefecta y Premio Anual, aún con la cabeza en las nubes, imposibilitada de pensar en que sería la última vez que desempeñaría esas obligaciones. De hecho, poco tiempo había dedicado a caer en la cuenta de que ya no regresaría a Hogwarts. Había supuesto que estaría melancólica, repleta de añoranza con una pizca de miedo, pero no. James se había ocupado de llenar todos y cada uno de los recovecos más profundos de su mente, invadiéndola con su presencia gigantesca y reconfortante.

Se habían cruzados dos o tres veces, y el solo había levantado las cejas sugerentemente, entreabriendo los labios y logrando que toda la sangre de la pelirroja se concentrara en sus mejillas. Era un idiota, lo reconocía, pero las últimas palabras que habían intercambiado seguían rebotando una y otra vez contra las paredes de su mente. Con cada eco, su estómago parecía irse de paseo, dejando un vacío anhelante y doloroso en su lugar.

«—¿Lily

—¿Qué?

—¿Quieres ser mi novia?

—Creí que ya lo era.»

El corazón volvió a traicionarla y a iniciar su carrera desaforada mientras se apeaba junto a Remus, para supervisar el descenso de los estudiantes hacia el andén, una última vez. El muchacho parecía taciturno, algo alicaído. Lily estaba demasiado ensimismada en controlar sus propias emociones como para notarlo.

—No se empujen —regañó la chica a unos críos de segundo que salieron corriendo apenas el tren se detuvo, golpeándose unos con otros. Remus pareció reparar en ella y le sonrió un poco, sin que le llegase a la mirada.

Los compartimientos empezaron a vaciarse, a la par que la plataforma se abarrotaba. Lily saludó con la mano a Sally que le hacía señas desde más lejos, ya con su madre. Esperaba que no se acercara, aún no tenía la cabeza como para poder lidiar con sus amigas Gryffindor. De hecho, apenas había pasado por donde estaban Mar y Mary —esta última había regresado al compartimiento hacia la mitad del viaje, sin explicación alguna—, cada una inmersa en sus propias preocupaciones.

—Tiene que ser una broma —escuchó que decía Remus en voz baja, llamando su atención. Se le atoró la pregunta cuando vio acercarse a James, con su sonrisa más encantadora y el baúl a rastras.

—¿Qué ocurre? —balbuceó la pelirroja, buscando por todos los medios no sonrojarse cuando intercambió una mirada con el recién llegado.

Remus había mudado su expresión por una seriedad absoluta. Lily siguió el curso de sus ojos para encontrarse con lo que estaba perturbando a su amigo, en el momento exacto en el que veía a Mar descender junto a Mary algunos metros más allá.

—¿No tuvo suficiente ese bastardo apareciendo ayer? —espetó James, perdiendo el buen humor. —¿Qué mierda quiere demostrar?

Lily tragó saliva. Finalmente, su pequeña burbuja de felicidad parecía haber cedido a la presión externa.

—¿Dónde está Sirius? —preguntó, apenada. De soslayo, captó el momento en el que Marlenne registraba la presencia de Chris y de su hermana en la plataforma. Mary lucía incómoda.

—Con resaca —contestó sencillamente James. —Debe estar por bajar.

—No habrá manera de que no lo vea —suspiró Remus, pinzándose el puente de la nariz. —Mierda.

—Podría avisarle a Peter que…

Pero lo que fuese que hubiese intentado proponer James murió cuando vio a sus dos amigos del otro lado, haciéndose paso entre la multitud. La cara de mala hostia de Sirius, adornado de profundas ojeras negras, solo oscureció el panorama.

Peter llegó primero, con su baúl a cuestas, contrariado por la actitud de su amigo.

—Al fin los encuentro —masculló antes de que Sirius pudiese oírlo. —No sé qué mierda le pasa pero ha estado así la mitad del viaje —confesó en voz baja. —¿Qué?

—¡Lily!

Mary se aproximaba dando saltos, esparciendo su cabello por todos lados, y levantando el brazo para hacerse notar.

Peter se calló e intercambió comprensivas miradas con el resto mientras la Hufflepuff llegaba hasta ellos. Sirius finalmente dio señales de estar con vida cuando fulminó a la chica con la mirada, como si no soportara su grito exaltado.

Sin embargo, su atención se desvió enseguida más allá, a espaldas de Mary, donde la muchacha había dejado a Mar, plantada junto a su baúl.

Y Chris.

La sonrisa de Mary se resbaló hasta estrellarse contra el piso cuando se dio cuenta que Sirius estaba tras Remus y sin disimulo, volteó a ver si Mar seguía en su sitio.

—¿Creen que haya pelea? —susurró cuando estuvo lo suficientemente cerca de Lily, para que solo ella y el licántropo pudiesen escucharla. Peter se había colocado frente a Sirius, en un vano intento de ocultar la escena que se desarrollaba a varios metros.

James chasqueó la lengua.

—Somos cuatro contra uno.

—No creo que…

Pero Lily enmudeció cuando vio que Mar se dejaba besar por el chico, sin mirarlo. Marilyn cortó el contacto, tirándole de la manga para que le prestase atención y la Ravenclaw desvió la vista.

Lily se sintió sumergir en una burbuja etérea, viscosa, en la que la plataforma se sumía en un mutismo opresivo. Los relojes se detuvieron solo para poder observar cómo Marlenne encontraba la mirada de Sirius, conectados por un hilo delgado e invisible que no parecía resistir los embates de la marea a su alrededor.

Fue solo un segundo, pero Lily estuvo segura que su corazón se había detenido, al igual que el de sus dos amigos. James frunció el ceño, y la pelirroja captó el movimiento de Remus al sacar la varita, precavido.

Sin embargo, el instante suspendido en la eternidad se cortó gracias a Marilyn.

La niña se dio cuenta de la distracción de su hermana y pilló al vuelo de quién se trataba.

—¡Lily!

Mar no pudo detenerla cuando echó a correr para eliminar la distancia hasta la pelirroja que juntó toda su fuerza de voluntad para esbozar una sonrisa.

Peter se irguió más frente a Sirius, como si desease crecer de improviso y ser un muro contra lo que ocurría al otro lado.

—Hola, pequeña —la saludó Lily, bajando la cabeza y abriendo los brazos adivinando las intenciones de la niña. Pero Marilyn se frenó en seco antes de fundirse en un abrazo, captando la figura que se escondía tras Remus y Peter.

—¡Sirius!

Los bastiones de defensa del joven fueron arrollados por una niña de once años, que se precipitó con maravilloso ímpetu sobre Sirius.

—Hola muñeca.

Las facciones de Sirius se habían suavizado. La apretujó un poco antes de dejarla ir. La niña mantuvo su sonrisa por un segundo antes de dejar que sus comisuras descendieran, algo apenada.

—Siento no haber podido saludarte anoche —se disculpó mirándose las manos. —Felicitaciones.

Sirius sonrió de lado y le revolvió el cabello, despeinándole la coronilla y ocasionando que Marilyn lo apartara, dividida entre el enojo y la diversión.

—Te aplaudí muchísimo cuando subiste a buscar tu diploma —confesó, más relajada. —A todos —agregó, sonriéndole al resto de los presentes. —Mis padres estaban muy sorprendidos.

—Tenemos que irnos, Marilyn —escucharon a sus espaldas, rompiendo de una tajada el ambiente que empezaba a distenderse.

Chris se había acercado con el baúl de Mar en una mano y el brazo alrededor de los hombros de la Ravenclaw. Marlenne tenía la vista desviada hacia un costado y se notaba sumamente incómoda.

—Ya nos íbamos nosotros también —se apresuró a afirmar Lily, buscando desesperadamente cortar la tensión. James y Remus se habían envarado, junto a Peter, y parecían a un segundo de sacar sus varitas.

Sin embargo, el rostro de Sirius no había cambiado. Tenía la atención puesta en Marilyn, como si los demás no existieran.

—Accedí a traerte si te portabas bien —susurró con dulzura impostada Chris, también decidido a ignorar a Sirius. Y a todos, en verdad.

—Vendrás a visitarnos, ¿verdad? —le preguntó Marilyn, haciendo caso omiso a las palabras del otro muchacho.

Sirius irguió con lentitud deliberada el cuello, para enfrentarse por primera vez desde la noche anterior a Chris.

—Sí, claro.

—Vámonos.

—Adiós —saludó la niña con la mano, cruzando la línea invisible que dividía a la Ravenclaw y su acompañante con el resto de los presentes. Chris le sostuvo la mirada a Sirius hasta que Marilyn estuvo al tiro.

—Nos vemos, muñeca.

Esa vez, Marlenne levantó apenas la vista para cruzarse por una fracción de segundo —menos de lo que tardo su corazón en latir— con la de Sirius, desafiante y dolido, protegido por la barrera humana de sus amigos.

Se fueron aprisa, dejándoles una atmósfera reticente, incómoda.

—Sirius, estoy segura que… —empezó Mary, con el rostro medio descompuesto, pero Lily negó con la cabeza.

—¿Nos vamos? —inquirió Peter, intentando salvar la situación sin dejar de mirar a su amigo de reojo. Remus asintió.

—No dejes que haga nada muy loco —le susurró la pelirroja a James en un aparte, tirando de su manga para que le muchacho se inclinara un poco y así poder llegar a su oído.

—Yo me encargo —convino James antes de darle un beso fugaz en los labios. —Nos vemos luego, ¿sí?

—Adiós, Mary —se despidió Peter con la cabeza, mientras empujaba a Sirius que había vuelto a su apatía resacosa. Remus también le hizo un gesto a ambas antes de seguirlos. James fue el último que se puso en movimiento.

Mary suspiró, sin recuperarse del todo.

—Tendremos que hablar con Mar, ¿verdad? —musitó cuando estuvieron solas. Los estudiantes ya no abarrotaban la plataforma, ya se habían dispersado hacia el mundo muggle.

—Sí.

—Esto pinta horrible.

—Lo sé.

—¿Crees que esté enamorada de Sirius? —soltó, mordiéndose los labios. Había volteado hacia la zona donde había desaparecido la Ravenclaw, como si aún siguiera allí. Lily inspiró profundo y dejó salir el aire poco a poco, dejando que sus pulmones se inundaran y vaciaran con extremada lentitud.

—Sí —respondió al fin, con una mueca de clara preocupación. —Y creo que eso solo lo empeora todo.

Mary chasqueó la lengua en confirmación y Lily sacudió la cabeza.

—En fin. Vámonos. ¿Tu madre te espera en King's Cross?

—Sí.

—En marcha.

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30 de Junio de 1978

Remus arrastró su baúl con el brazo derecho mientras sostenía la capa doblada con el otro. Subía a cuestas la pequeña ladera empinada que lo llevaba a la casa sobre el montículo, al filo del precipicio, la última de las edificaciones de esa zona costera, a algunos kilómetros del centro de Dover. La brisa del mar le azotaba los cabellos y le hizo sonreír inconscientemente. Siempre había asociado aquel aire salobre y húmedo a las caricias de su madre y a la calidez de su hogar.

Era evidente que su padre no estaba en casa, porque se hubiese dado cuenta de que se deshacía con un ademán de los débiles hechizos protectores que había echado sobre su hogar. Su madre, muggle, en cambio, lo escuchó recién cuando abrió la puerta con delicadeza, después de inhalar una larga bocanada de aquel aire tan peculiar.

—¡Remus!

Estaba en la cocina, y se apresuró a secarse las manos agrietadas con el mandil para correr a abrazarlo.

Su madre era una mujer tan pequeña que hacía tiempo que Remus le sacaba más de una cabeza, con su crecimiento desgarbado y empinado. Sin embargo, ella insistía en echarle los brazos al cuello aunque tuviese que flotar varios centímetros sobre el suelo para poder estrujarlo contra su pecho.

—¿Viajaste bien? —preguntó en cuanto lo tuvo a tiro, hundiéndolo en su abrazo. —Creímos que pasarías primero por lo de James, no te esperaba hasta la tarde.

—Hola, mamá.

Bajó a la mujer y la depositó con suavidad de nuevo en el piso, dejando tirado su baúl en la entrada y la capa sobre la silla. Su madre lo observó por una fracción de segundo con esos ojos tan repletos de compasión y Remus desvió enseguida la mirada.

—¿Dónde está papá? —inquirió el licántropo poniendo distancia, y asomándose en la pequeña y abarrotada sala vacía.

—Debe estar por llegar —explicó Hope Lupin, regresando a sus quehaceres. —Fue a comprar pan. Estábamos por almorzar.

—Bien.

Remus se sentó en la sala, desde donde podía ver la figura de su madre yendo de aquí a allá por la cocina, el tintineo de las ollas persiguiéndola. Le agradaba el barullo que se oía en su casa alrededor de la minúscula figura de su madre: a veces, la magia era demasiado silenciosa. Volver de Hogwarts y esperar a que ella le cocinara en vez de ver aparecer las fuentes rebosantes en el Gran Comedor era una costumbre adquirida que le daba una cálida sensación.

—Fue hermosa la ceremonia de anoche —siguió ella, hablándole a través del muro, como si estuviesen en el mismo ambiente. —Estamos muy orgullosos de ti, cariño.

Remus no supo que responder a eso, y agradeció que su padre estuviese subiendo, con la varita en mano.

—¿Hope? —escuchó la voz alarmada del hombre. —¿Llegó alguien? Los hechizos…

—Hola papá.

Lyall Lupin, que tenía una bolsa de madera apretada contra el pecho de la que salía una enorme baguette bien dorada, relajó las facciones al reconocer la voz de su hijo y entró a la casa.

—Me asustaste —le confesó en voz baja, acercándose hasta él. Parecía que quería decir algo más pero su madre salió de la cocina y lo obligó a enderezarse.

—Remus comerá con nosotros, ¿verdad? ¿O tienes otro compromiso?

—Volveré a Canterbury mañana —respondió con tranquilidad el muchacho, con una sonrisa al ver cómo su padre le besaba la frente a la mujer. Hope asintió y se llevó el pan de regreso a la cocina. Su padre lo miró y se sentó a la mesa, frente a él.

—Fue una gran noche la de ayer, hijo —sonrió y Remus se sorprendió de descubrir los ojos del hombre algo humedecidos.

—Gracias.

—Estamos muy orgullosos de ti, ¿sabes?

El licántropo sonrió, algo cansado y desvió la mirada.

—Tengo que hablar con ustedes, papá, si puede ser…

—Claro, cariño —intervino Hope, regresando por última vez de la cocina, con una enorme fuente humeante entre las dos manos. —Vamos, agiten sus varitas y pongan la mesa.

Era pasta, y el aroma a la salsa les llenó el estómago a los dos hombres, que se apresuraron a retirar los cachivaches de la mesa y a convocar los platos y demás utensilios para que se ordenaran en la superficie. La mujer regresó con el pan cortado en lonjas que puso sobre la mesa y se sentó, sin quitarse el viejo mandil, expectante.

—¿Qué sucede?

Remus se tomó su tiempo en servirse y dar un par de bocados, con la mirada baja. No esperaba que su madre se mostrase tan interesada. No estaba seguro cómo enfrentarla, después de todo, confiaba en que Lyall la convenciera luego de que él mismo hiciera el trabajo con su padre.

—Déjalo comer —la instó el hombre, de buen humor. —Debe estar hambriento de viajar todo el día. A veces me pregunto por qué Dumbledore no decide cambiar la forma de transporte para llegar a Hogwarts por algo más práctico.

Siguieron haciendo algunos comentarios insustanciales, ajenos al aire taciturno de su hijo, que buscaba la forma de sobreponerse a esa charla que ya no se repetiría.

—Te lo juro, el viejo de la tienda decía que…

—Necesito que se marchen de aquí.

Las palabras del licántropo sonaron como una cuchillada certera que rebanó de un tajo la atmósfera distendida y familiar. Había soltado sus cubiertos y enderezado el cuello para hacer frente a sus padres que parpadearon estupefactos.

—¿Qué? —preguntó Hope, con la voz aguda. Lyall había detenido lentamente su masticar.

—Quiero que tomen sus cosas y salgan de aquí —repitió Remus con una tranquilidad que no sentía. —A cualquier parte. Mejor, fuera del país.

—¿Pero qué estás…?

—Hope —la detuvo su marido, adoptando un talante serio que le demostró a Remus lo mucho que había envejecido su padre. Las líneas de expresión marcaban su rostro con tosquedad, añejadas por el tiempo. No parecía sorprendido.

—¿En cuánto tiempo? —preguntó el hombre, estirando el brazo por encima de la mesa para atrapar la mano de su mujer.

—Cuanto antes —respondió Remus, sosteniéndole la mirada. —Hace tiempo que no es seguro permanecer aquí.

—Lo sé.

—Lyall… ¿de qué están hablando? ¿Cómo…?

Remus tragó saliva, y su padre se giró un poco para sonreírle a la nerviosa mujer, con una alegría que no le llegó a los ojos.

—Lo siento mucho, cariño —le susurró. —Esperaba que algo así sucediera. No son buenos tiempos para la comunidad mágica.

—Estamos en guerra.

—¿En…? ¿Qué…? Pero…

—Esperaba que Remus propusiera algo parecido —continuó Lyall, apretando con fuerza la mano de su esposa. —Estamos en peligro.

—¿Por qué? —susurró Hope, al borde de las lágrimas.

—No les gustan mucho los hombres lobo, mamá —respondió el muchacho en voz baja, mirándose los dedos entrelazados. Estaba siendo más duro de lo que imaginaba, incluso con su padre a favor. —Ni los matrimonios mixtos.

—¿Mixtos?

—De magos y muggles.

Hope boqueó, sin saber qué decir, asustada y asombrada a partes iguales. Su esposo retomó la palabra.

—¿Cuándo nos marchamos? ¿El domingo te parece bien? —propuso Lyall, buscando el consentimiento de su hijo. Remus suspiró.

—Sí —se mordió la cara interna de la mejilla antes de agregar —yo no iré con ustedes, papá.

—¿Qué? —ahora, era el hombre el que había sido tomado por sorpresa. Su mamá rompió a llorar bajito, intentando secarse las lágrimas con el borde del mandil. —¿Por qué?

El licántropo sintió el dolor en el pecho que anunciaba la grieta que se abría con esa conversación y que jamás se iría.

—Me quedaré a luchar —pronunció con cuidado, viendo como se reflejaba su propio dolor en el rostro avejentado de su padre.

El que se había vuelto loco de contento el día que lo habían admitido en Hogwarts. El que lo había consolado todas y cada una de sus noches.

El que le había curado sus heridas hasta que un perro, un ciervo y una rata se hicieron cargo de mantenerlo entero.

—Lyall… por favor… —gimió su madre, a un lado, derramando más lágrimas sobre la superficie de la mesa. Pero su esposo no le prestó atención.

—Te lo ha pedido Dumbledore, ¿verdad? —susurró, atravesando a su hijo con la mirada. Remus no tuvo el coraje de mentir y asintió lentamente con la cabeza. —Maldito viejo loco…

—Remus, no nos iremos a ninguna parte sin ti —chilló Hope al comprender el mudo intercambio entre padre e hijo. —No lo haremos, Lyall, no…

—¿Estás seguro, hijo? —preguntó el hombre. Apretaba con tanta fuerza la mano de su mujer que los nudillos se habían vuelto blancos.

Remus desvió la mirada hasta la figura encogida y minúscula de su madre, sin posibilidad de hacer escuchar su voz, y luego la regresó a él.

—Sí.

—De acuerdo.

La pasta se había enfriado en la bandeja, pegoteada e inservible.

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01 de Julio de 1978

Todavía estaba fresco, pero Lily había adoptado sus hábitos de verano y leía en el salón con la ventaba abierta y una vieja musculosa de tirantes. Se había amarrado el cabello a la altura de la coronilla en un moño desprolijo que amenazaba con caer, tambaleante con cada respiración. Tenía la radio bajita, esparciendo música al ras del suelo, complementando la tarde perfecta.

El timbre la arrancó de su mundo de papel y levantó la cabeza, asombrada. No esperaba a nadie, y no creía que su madre hubiese regresado tan pronto, ni que se hubiese olvidado las llaves. Bufó y bajó las piernas al piso cuando volvió a sonar, insistente, y tuvo que resignarse a dejar la lectura a un lado para pararse a abrir.

La imagen la dejó de piedra por un segundo, parpadeando ante el conjunto tan soberbio e irreal.

James se había cuidado de poner cara de circunstancia, con la sonrisa traviesa y las manos en el bolsillo del pantalón. Los hombros un poco elevados, como apenado, y los ojos vivaces tras los lentes, aguardando reacción. Lily podía oler desde allí mismo la colonia que se había echado, a pesar del metro que los separaba, la distancia entre la puerta y la reja baja de su casa.

—Hola —James rompió el segundo tenso, mientras Lily aún terminaba de reponerse de la impresión.

—¿Qué haces aquí? —inquirió, a bocajarro, demasiado sorprendida como para darse cuenta que estaba siendo grosera. El muchacho no se amilanó.

—Decidí darte tu espacio ayer —explicó con tranquilidad. —Ya te lo he dado. Me pareció que ya había cumplido el tiempo reglamentario y quería verte.

La sinceridad arrolladora de sus palabras solo sirvió para aumentar la estupefacción de la pelirroja, que no atinó a moverse un centímetro. James pilló al vuelo su desconcierto y sonrió un poco más.

—¿Puedo pasar?

—¿Qué? —titubeó Lily y se dio cuenta que estaban en la entrada de su casa hacía al menos cinco minutos. —Sí, claro, entra.

El muchacho abrió la cancela que nunca tenía llave y accedió al interior de tres pasos, aturdiendo a su anfitriona que se quedó como una tonta parada junto a la puerta. Cerró con lentitud deliberada antes de girarse hacia él. James estaba en el medio de su sala, con actitud curiosa.

—¿Tus padres están?

—No —la realidad de la situación empezaba a golpearla. —Mi madre debe estar por regresar —agregó, nerviosa, cayendo en la cuenta de lo que es significaba. —Salió a hacer unas compras.

—Vale —convino James que no parecía incómodo o amedrentado. —Es muy agradable —comentó al pasar. Lily intuyó que hablaba de su casa. —En Año nuevo estuve aquí, pero nunca había atravesado la sala. ¿Puedo recorrerla?

—Claro —convino la pelirroja sin pensarlo. Empezaba a adaptarse. —Ven.

Recorrieron la cocina, donde los Evans solían comer —excepto para las ocasiones especiales— y Lily lo guió por la estrecha escalera caracol donde se abrían las tres habitaciones y el baño en el medio.

—¿Esta es tu habitación? —preguntó James sin necesidad, porque el infantil cuadro que rezaba «Lily» en crayones con letra deshilvanada nunca había sido removido de la puerta, que estaba entreabierta. —¿Puedo entrar?

La chica asintió tratando de sacudirse los restos de sorpresa por la intempestiva llegada de James. El obedeció e ingresó, sin titubeos.

Lily se recostó sobre el marco, con los brazos cruzados y las cejas levantadas. Era surreal: James curioseaba su cuarto con interés, como si todo lo que estuviese a su alrededor fuese fascinante.

Le entró la risa tonta, porque se estaba comportando como una imbécil, porque James estaba allí y analizaba con ridícula seriedad los motivos de ositos que decoraban las paredes y que nunca se había molestado en quitar, y porque el pecho parecía haberse inundado de súbito por una cálida sensación, que se expandía a sus extremidades.

—¿De qué te ríes? —la picó James, volteando con el gesto torcido.

—Nada —sonrió ella, sin ocultar su diversión. —Pareces interesado.

—Lo estoy —replicó el muchacho, ofendido. —Estoy en el cuarto de mi novia, por supuesto que querría revolver todo lo que tienes por aquí.

Lily rodó los ojos, sin perder la sonrisa y ruborizándose un poco.

—Me siento excluido —comentó de pronto James, señalando su mesita de luz. —¿Por qué no tienes una foto de nosotros?

La chica desvió la mirada hasta allí, donde, junto al peine que utilizaba para cepillarse el cabello antes de ir a dormir, un libro y un envoltorio de chocolate, estaba enmarcada la única foto mágica del cuarto. Eran Mary, Mar y ella misma, sonriendo con diversos grados de entusiasmo en el frente de su casa, hacía dos años.

—Porque no tengo ninguna —contestó con sinceridad, encogiéndose de hombros.

—Bien, arreglaremos eso —decidió James, girando sobre sí mismo para dar un pantallazo completo. —Lindos osos, tengo que admitir: muy maduros.

—Oh, cállate —espetó Lily, sin perder el buen humor. James esquivó con facilidad el manotazo que intentó propinarle y dio dos pasos más adentro, hacia su cama.

—Pequeño, pero muy acogedor —declaró, a la par que se dejaba caer sobre el edredón de la chica, con las palmas abiertas inclinándose un poco hacia atrás.

—No todos tenemos una mansión —dijo Lily, insidiosa, entornando los ojos. Se descruzó de brazos y redujo la distancia hasta sentarse junto a él, con un espacio prudente entre ambos.

—Y lo bien que haces —convino James, sin dejar de mirar a su alrededor. —Luego solo tienes un montón de espacio innecesario.

Sonrió, y todo su alrededor pareció más brillante. Lily se dejó llevar por un impulso y le tomó la mano, interesada en el contraste de pieles entrelazadas. El tono de James era un poco más oscuro que el suyo, mortalmente pálido. Era como su café en la mañana, al que le echaba tanta leche que se volvía tan clarito que no parecía contener siquiera cafeína. James ladeó la cabeza, sin abandonar su sonrisa irresistible y le atrapó con la mano libre un mechón de cabello que caía detrás de su oreja, sinuoso sobre su clavícula.

—Podrías haberme avisado que vendrías —le murmuró con los ojos bajos. —Estoy hecha un asco.

James sonrió por la nariz y ella rodó los ojos, apartándolo para intentar rehacerse el moño, misión imposible con solo una mano.

—Sí —convino el muchacho, lo que ocasionó una risita por parte de la pelirroja, divertida con su honestidad pura. Le apartó los dedos de la cabeza y le quitó de un solo movimiento el broche con el que se sostenía a duras penas el remolino sobre su coronilla. Su cabello cayó pesado a su espalda, ondulado y marcado por el moño que había llevado toda la tarde. —Creí que eras una de esas chicas que siempre están perfectas —dijo James con buen humor, intentando peinarla con pasadas torpes. Lily lo dejó estar, aturdida por la cercanía y la intimidad de ese simple gesto.

—Nadie es perfecto —dijo en voz baja. El aliento de James le hacía cosquillas en la nariz.

—Pues tú te acercas bastante —musitó él, confidente. — Incluso con ese pelo.

—Idiota.

La beso con delicadeza, con los dedos todavía hundidos en el cabello alborotado, como pidiéndole permiso para acceder a sus labios. Lily respondió de inmediato, dando un salto para poder sentir la calidez de su cuerpo, echándole los brazos al cuello. Cuando James sintió la lengua de la chica, tímida, hirviendo, abriéndose paso entre sus labios entreabiertos sonrió, y se apartó un poco.

—Vamos a portarnos bien, ¿de acuerdo? —le pidió con la voz ronca, las narices rozándose. Lily parpadeó y sintió su rostro llenarse de sangre.

—Lo siento —murmuró ella apartándose de inmediato, cayendo en la cuenta que se había abalanzado sobre él como una desquiciada. El recuerdo de la noche de graduación la asaltó y la hizo reprimir un escalofrío, muerta de vergüenza.

James no parecía afectado, porque soltó una corta carcajada y tiró de ella para volver a juntarse, pasándole un brazo por encima de los hombros.

—No seas tonta —la reprendió sin dejar de sonreír. —Solo quiero ser un chico bueno en la casa de tus padres, ¿sabes? No quiero que me odien antes de tiempo —la muchacha imitó su sonrisa a su pesar, intentando imaginar quién podría odiar a James cuando se ponía en plan encantador. —Aunque podemos largarnos de aquí cuando quieras, se me ocurren varias cosas que podríamos hacer.

Lily rodó los ojos, y lo empujó para ocultar su sonrojo.

—Eres un cerdo —acusó, de buen humor. Meditó un instante antes de añadir —¿Quieres conocer a mis padres?

James se encogió de hombros, luego de soltarla finalmente. Había vuelto a su posición de curioseo, echando miraditas a toda la habitación.

—Claro. Quiero hacer las cosas bien —comentó, como quien no quiere la cosa. —Ahora somos novios, ¿no? Es lo que corresponde.

—¿Y desde cuándo eres tan serio? —le soltó Lily, sorprendida.

—Contigo siempre fui en serio, Lily —contestó él, picado. Sus ojos habían regresado hasta ella —Solo que tú no te dabas cuenta.

—Entonces, ¿has venido a eso? ¿A conocer a mis padres?

—En realidad solo quería verte —confesó con una sonrisa traviesa. —Lo de tus padres es una excusa.

La pelirroja compuso un gesto a medio camino entre sonrisa y resoplido y rodó los ojos.

—No necesitas excusa para venir a verme, ¿sabes? Sólo envía una lechuza.

El muchacho la miró divertido, mientras ella se mordía el labio y soportaba su escrutinio. Finalmente lanzó un suspiro imperceptible.

—Bueno, eso es todo un cambio. Tendrás que darme tiempo a que me acostumbre.

—¿A no inventar excusas ridículas? —inquirió la joven elevando las cejas.

—Exacto —convino James con picardía, antes de abalanzarse sobre sus labios una vez más. El beso no perdió dulzura, pero fue un poco más insistente y dejó a Lily casi sin aliento. El no parecía afectado cuando se retiró —demasiado pronto— y siguió a su aire, curioso y sin perder su toque de diversión.

—Umm… ¿Quieres tomar algo? —dudó la muchacha, recogiéndose el cabello de costado para hacer algo decente con él y de paso ocultar su rostro hasta recuperar la respiración acompasada normal. —Recién caigo en la cuenta: no te ofrecí nada, me sorprendiste demasiado —era cierto y no ocultó su sentimiento. James pronunció su sonrisa, esa que se parecía un poco a la de Sirius, algo pagado de sí mismo. Se le resbalaron los anteojos por el puente de la nariz.

—Genero ese efecto en la gente.

—Eres un presumido —se quejó ella poniéndose de pie. —Ahora no te daré nada.

—¿Estás segura? —la pregunta llegó peligrosamente cerca de su oreja, la que había destapado para acomodarse el pelo al otro lado. El aliento de James contra el cuello le puso la piel de gallina, provocándole un exagerado salto hacia la puerta.

El joven se rio abiertamente.

—No juegues conmigo —masculló Lily en voz baja, fulminándolo con la mirada antes de salir al pasillo. James la siguió un instante después.

—Te lo mereces, tu jugaste conmigo mucho tiempo, ¿te acuerdas? —canturreó mientras seguía los pasos de la pelirroja escaleras abajo. Lily estaba acostumbrada a lo empinado y sinuoso de los peldaños, por lo que consiguió llegar a la planta baja en un santiamén, pero James tuvo que aminorar un poco la marcha para no caer de narices al suelo.

—Ah, vamos, no seas rencoroso —le gritó ella desde abajo, sin esperar a que llegase hasta allí. James siguió los pasos de la chica hacia la cocina, con confianza.

—No lo soy, porque soy increíblemente bondadoso —repuso. La vio esperándolo con los brazos cruzados cerca de la mesa y sonrió. —Anda, seamos buenos ingleses y hazme un té.

—Vale —convino Lily, disponiéndose a colocar la tetera al fuego, a la usanza muggle. De espaldas, rebuscó para dar con las tazas mientras preguntaba —¿Has tenido noticias de la Orden?

—Aún no —el chirrido de las patas contra el linóleo le dio la pista a la muchacha de que James se había acomodado a la mesa. —Espero recibirlas pronto.

—Sí —la latita donde su madre guardaba las hebras estaba bajo la mesada y los bollos de esa mañana reposaban fríos frente a sus ojos. Lily tomó el platito y lo depositó en la mesa, en la punta donde su invitado había tomado asiento. —Oye… ¿cómo está Sirius?

—¿Quieres saber si se apareció en Manchester o si acabó con todo mi mobiliario? —inquirió el muchacho, adivinando sus intenciones. Ella sonrió y asintió con la cabeza.

—Espero que ninguna de las dos.

—No. Está bastante bien —James torció el gesto y alargó el brazo para tomar un bollo. —Peter lo está controlando.

Lily se desinfló, dándose cuenta que había estado conteniendo la respiración hasta conocer las noticias del comportamiento de Sirius y relajó los hombros.

—Ah, qué haríamos sin Peter… —musitó con sinceridad. El joven le dio la razón con un gesto de la cabeza.

—Posiblemente tendríamos muchos más problemas.

—Lo sé —la muchacha se dio vuelta al oír el silbido del agua y se ocupó de echarla sobre las tazas. El sonido del agua cayendo sobre la loza la hizo reflexionar un momento. —¿Sabes? Esto me tiene muy preocupada. Me duele ver a Sirius así.

—Creí que no lo soportabas —apuntó el, cuando Lily volteó con las dos infusiones humeantes listas y le tendió la suya.

—Tonto. Claro que no lo soporto —respondió la pelirroja sin inmutarse. Le pasó el azúcar. —Pero le he tomado cariño.

—Quién lo hubiese adivinado.

—No te hagas el tonto —lo regañó, sonriendo sobre el filo de la taza. Le encantaba tomar el té bien caliente, apenas por debajo del punto de ebullición. —Sé muy bien que te agrada que nos llevemos bien —lo acusó, antes de tomar un sorbo.

James se encogió de hombros, con la boca llena.

—Me agrada que no se quieran matar la mayor parte del tiempo, el resto viene solo —respondió una vez que tragó el bollo. —Es como un hermano para mí —confesó en voz un poco más baja. —Bah, los tres lo son.

Lily sonrió.

—Lo sé.

—Yo también estoy preocupado por él —siguió el, observando la superficie suspendida de su infusión. —Nunca lo vida de esta forma por una chica.

—Nunca hubiese creído que algo podría pasar entre él y Mar —susurró Lily, en sintonía con sus pensamientos. —Si alguien me lo hubiese dicho hace un año, hubiese pensado que había perdido la razón.

James asintió, y enderezó el cuello, dejando aflorar una tímida sonrisa.

—Hubieses pensado lo mismo si te decían que nosotros terminaríamos juntos, y ya ves.

—Sí, es cierto —convino ella, imitándolo. Luego bajó los ojos, recordando la línea de sus reflexiones la noche anterior. —Pero… son tan distintos.

—¿Y tú y yo no?

—Tienes razón —aceptó Lily, entendiendo el punto del joven. Se encogió de hombros y terminó su té. —Ya no sé qué pensar. Mary cree que tenemos que hablar con ella.

—¿Con Mar? —James no se veía muy convencido. Dejó su taza junto a la de Lily y torció el gesto. —Por lo que sé, no es una chica de palabras.

—Lo sé —Lily se mordió el labio, pensativa. —Pero creo que tal vez si soy yo… —dejó la frase al aire, porque ni siquiera ella misma estaba segura qué podría conseguir si se acercaba a dialogar con su amiga.

—Inténtalo —la instó James mirándola con fijeza. —No pierden nada, ¿verdad?

La aludida suspiró, cayendo en la cuenta de que quizá, James tuviera razón.

—Sí —la vibración de su afirmación perturbó el poco líquido que quedaba al fondo de su taza, que ya no humeaba. —Eso haremos.

James asintió, conforme y ladeó la cabeza con seriedad.

—E intenten que Sirius y ese idiota no se vuelvan a cruzar… no sé si será tan civilizado la próxima vez.

—A mí tampoco me cae demasiado bien —confesó Lily. —Transforma a Mar en alguien que no reconozco.

La pelirroja solo se dio cuenta que había bajado la mirada cuando vio que el brazo de James retrepaba por la superficie de la mesa hasta dar con su mano.

—No te apenes —susurró, tirando de ella para darle un beso sobre los nudillos. —Todo se solucionará.

Sus miradas se encontraron y Lily volvió a admirar la capacidad que tenía James para borrarle de un plumazo todos los pesares de su corazón. Sonrió y asintió.

—Eso espero —el sonido de la verja abriéndose los arrancó de su pequeño mundo privado, ese que construían donde quiera que estuviesen solos y Lily soltó su mano. —Creo que esa es mi madre. ¿Vas a…?

El muchacho se puso rápidamente de pie, con una sonrisa nerviosa.

—Tal vez en otra ocasión —Lily también se puso de pie. James aprovechó para reducir el espacio entre ambos y robarle un beso corto y profundo. —Nos veremos pronto, ¿verdad? —preguntó, mirándola directamente a sus ojos, a apenas un milímetro de distancia.

—Sí —respondió la pelirroja de inmediato. El tintineo de las llaves de su madre en la puerta de entrada llegó desde lejos. —Pero manda me una lechuza antes, ¿quieres?

James la dejó ir, dando un paso atrás.

—Me gusta sorprenderte —declaró, divertido. La miró por última vez, de esa forma que hacía que Lily se sintiese desnuda y completa, todo a la vez. —Cuídate.

—Te quiero.

Para cuando su madre ingresó a la cocina, con sendas bolsas de plástico, James ya había desaparecido.

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03 de Julio de 1978

Entró con el brazo sobre la frente para correr la cortina corta que tapaba la entrada del local, a un palmo del piso.

El lugar era pequeño y estaba abarrotado de cachivaches hasta las paredes, parecía que el delicado equilibro se rompería con la más leve brisa de viento. El aire estaba viciado y húmedo, y Sirius olió entre esa mezcla de aromas algo dulzón que no supo distinguir.

El viejo salió de detrás del mostrador frotándose la espalda, con un palito de madera entre los dientes y murmurando incoherencias. En cuanto sus ojos parcialmente velados dieron con la figura del muchacho, la sonrisa se pintó en sus facciones, quitándole algunas de las arrugas más pronunciadas.

—¡Sirius! —exclamó, afable, irguiéndose, escupiendo el palito y saliendo a paso raudo de detrás del mostrador para abrazarlo y palmearle la espalda. —¡Qué sorpresa! No te veía desde… ¿cómo estás? —se apartó para tomarle el rostro entre las manos ásperas y mirarlo con detenimiento. —¿Cómo me encontraste?

Sirius sonrió y se deshizo de su agarre, dando un paso atrás.

—Hola, tío Alphard —lo saludó, escondiendo las manos en los bolsillos. —¿Cómo estás tú?

El viejo se rio un poco y se pasó una mano por el pelo canoso, volviendo a su sitio del otro lado y alentando al recién llegado a que hiciera lo mismo.

—Aquí estoy, muchacho, no me puedo quejar —respondió, apartando los cachivaches que estaban desparramados sobre el mostrador para hacer espacio. Tomó la varita y convocó un banquito de tres patas para que Sirius se sentase. — Dime, ¿nuestra familia te da pelea? ¿Dónde te estás quedando?

—En realidad, casi no he vuelto a verlos. Por suerte —contestó Sirius acomodándose luego de quitarse la chaqueta. —Sólo a Reg, en el colegio.

—Pobre chico —comentó Alphard, distraído, convocando dos cervezas de la trastienda.

—Él decidió quedarse en ese nido de desquiciados. En fin —resolvió el muchacho, no tenía intención de hablar de su hermano. Alcanzó la botella y la abrió sin miramientos con un golpe seco contra el filo del mostrador. —Estoy parando en lo de James.

—¿El hijo de los Potter? Buena gente —comentó el viejo, luego de hacer un gesto y beber un trago. —Sentí mucho la muerte de Charlus.

Sirius se revolvió incómodo y ahuyentó los fantasmas de esa Navidad de mierda.

—Sí… ¿Tú has visto a alguien?

—Andrómeda viene a visitarme a veces —confesó Alphard, bajando la voz. —Está muy sola. Tiene una cría preciosa.

—¿Sus hermanas han vuelto a molestarla?

Su tío chasqueó la lengua.

—No han vuelto a hablar —le informó, y se detuvo un momento para reflexionar. —Dadas las circunstancias creo que es lo mejor.

Sirius resopló y dejó su bebida con fuerza contra la madera del mostrador.

—Bellatrix es una hija de puta.

—Déjalas —lo instó el viejo con seriedad. Había bajado su botella y lo miraba de frente. —No te metas con ellos, Sirius, se lo que te digo.

El muchacho no le sostuvo la mirada, contrariado. Se esparció un corto silencio mientras Sirius intentaba deshacerse de sus nefastos pensamientos y concentrarse en lo que había ido a hacer. Alphard lo aguardó con paciencia.

—¿Cómo funciona el negocio? —preguntó el joven al fin, levantando la cabeza.

El viejo tenía una tienda donde arreglaba artefactos mágicos en Birmingham. Radios, pensadores, alguna escoba o cualquier armario que hubiese decidido no volver a alojar otra cosa que prendas funcionaba hacía tanto, pero al juzgar por las piezas y los restos que poblaban el lugar, todo parecía andar bastante bien.

—No me puedo quejar —afirmó su tío, haciendo eco de sus reflexiones. —Procuro que la gente no conozca mi apellido y todo circula sobre ruedas —Sirius no dijo nada y el viejo se revolvió los bolsillos hasta dar con su sucia pipa. —¿Sabes? —preguntó, entre dientes, sosteniendo la pipa con los labios mientras la prendía de un golpe de varita. —No creí que pudiese suceder, pero soy bastante feliz aquí.

Exhaló el humo blanquecino hacia un costado antes de sonreír de lado y mirar a su sobrino que se aguantó las ganas de sacar el también el atado de pitillos que le quemaban en el bolsillo. En vez de eso, se inclinó hacia adelante e inspiró los restos perdidos de tabaco en el aire.

—No todos pueden decirlo en estos momentos —comentó al fin, con sinceridad. Alphard se quitó la pipa de la boca y asintió, dando a entender que sabía de lo que estaba hablando. Luego de recargar el tabaco, se palmeó la rodilla y lo miró de frente.

—Cuéntame tu —pidió, para cambiar de tema. —¿Qué te trae por aquí? No creo que sólo una reunión familiar —sonrió y Sirius pudo atisbar los restos de pedantería que él mismo portaba con tanto orgullo. — Eres un Black después de todo.

El joven se inclinó más sobre el asiento.

—Necesito un favor —soltó, sin dilación. La expresión afable de su tío no varió ni un ápice.

—Lo que quieras, muchacho.

—Necesito un trabajo.

Cuando regresó de un chispazo a Canterbury, Sirius se sentía mucho mejor. Relajó los hombros y se apareció directamente en la habitación que compartía con James, dando con su amigo de pie, nervioso y con un pergamino en la mano.

—¿Dónde estabas? —espetó, sin esperar respuesta, agitando el papel en su puño. —Llegó una lechuza de Hestia. Mañana iremos a Londres.

Sirius no se molestó en preocuparse por el ánimo oscuro de su amigo y sin quitarse los zapatos se tumbó de frente sobre su cama deshecha.

—De acuerdo —convino, con la voz ahogada contra las mantas. —¿Avisaste a Remus?

Oyó a James chasquear la lengua.

—Sí, iba a aparecerme en lo de Lily —explicó, a la carrera. —Estaba esperando que regresaras —el reproche le llegó al muchacho sin necesidad de interpretación alguna, y al borde de la asfixia, se impulsó con un brazo para girar hacia el costado y quedar de cara al techo. Con la mirada perdida, Sirius decidió enfrentar la situación.

—Deja de usar a Pete como niñera —pidió, con voz neutra. —No voy a cagarla.

No tenía a su amigo dentro de su campo visual, por lo que consideró que el crujir de su cama por el peso que se hundía en un costado no podía ser otro que James.

—Es una costumbre entre nosotros —replicó el joven, variando su tono a uno más afable. Era increíble como se le pasaba a James en enfado. No conocía un enojo mayor a un suspiro.

—¿Cagarla? —se burló Sirius, doblando los codos tras su cuello para colocarse las manos a modo de almohada.

—Sí.

Se rieron entre dientes, sin posibilidad en la tierra de rebatir eso.

—Vete con la pelirroja —lo instó el muchacho después de un rato. Pronunció su sonrisa burlona y agregó —Si no la vez cada veinticuatro horas corres riesgo de que te vuelvan a crecer las pelotas.

—Imbécil —el insulto se siguió de una risa y un golpe en algún punto de su pierna, donde James estaba sentado.

—Nenaza.

James se puso de pie, acomodándose los anteojos.

—¿Dónde estabas? —preguntó, rebuscando entre sus cosas para dar con su abrigo. —No me lo has dicho.

Se esparció un corto silencio, donde Sirius se dio cuenta de que afuera llovía. Las gotas finas golpeteaban el vidrio de la ventana con frenesí, una algarabía que lo distrajo por un momento. Decidió que no tenía sentido ocultarle algo a James, después de todo, no era su costumbre.

—Fui a ver a Alphard —respondió con sencillez. —Empezaré a darle una mano en su tienda a partir de la próxima semana.

James esperó a que Sirius se girase para observarlo, con las cejas levantadas.

—¿Vas a trabajar? —inquirió, y el deje de incredulidad molestó un poco a Sirius.

—Tengo que ganarme el pan —afirmó, un poco a la defensiva. No había sonado tan irónico como había pensado y James lo pilló al vuelo. Se detuvo con su abrigo en la mano.

—Mi madre podría levantarse solo para golpearte si te escucha decir eso.

—No es por eso —negó Sirius de inmediato, entendiendo para donde iban los pensamientos de su amigo. Inspiró profundo y confesó —Necesito dinero.

—¿Para qué? —insistió James, sin seguirlo. Su sorpresa crecía a la vez que su imposibilidad de leer las intenciones de Sirius. —Puedes pedírmelo.

El muchacho resopló.

—La balanza ya está suficientemente desequilibrada entre nosotros, ¿no crees?

—A mí me importa una mierda —declaró James frunciendo el ceño y haciendo un gesto con la mano libre. Luego extendió los brazos, con el abrigo colgado del codo, buscando abarcar toda su habitación. —Todo lo que está aquí es de mi padre y ya sabes que te quería como un hijo.

—Ya sé —refunfuñó Sirius de mal humor por el cariz que estaba tomando la conversación. Hablar de los padres de James, y de padres en general, lo ponía incómodo. —Ya tendré esa deuda toda mi vida —añadió en voz baja.

El aludido lo ignoró, impaciente.

—¿Para qué necesitas dinero? —se detuvo y abrió los ojos, cayendo en la cuenta. Los anteojos resbalaron unos centímetros por su nariz. —¿Quieres irte de aquí? —acusó, sin poder creérselo.

Sirius esbozó una sonrisa amarga y se incorporó, para poder mirar a su amigo de frente.

—No podemos vivir juntos para siempre, Cuernos, aunque sé que eso te romperá el corazón —sostuvo con firmeza. —Llegará un momento en el que quieras construir algo con la pelirroja y no quiero ser la tercera pata coja.

—Aún falta tiempo para eso —contradijo James, negando con la cabeza. —Si ocurre.

Sin embargo, en algún punto, sabía que James coincidía con él, por lo que procuró que su voz no destilase sus verdaderos sentimientos.

—Pasará, créeme —incapaz de aguantar un segundo más, Sirius terminó por sacar su cajetilla y tomar un cigarro. James, conocedor de sus tiempos, lo esperó con paciencia, mientras lo encendía y daba la primera calada. Más relajado, con el sabor del tabaco colgándole de los labios, volvió la mirada a su amigo. —Tomé una decisión —declaró sin titubeos. —Alquilaré algo y sacaré a Marlenne de su casa por más que ella no quiera. Me llevaré a Marilyn si es necesario —exhaló. —Pero la sacaré de ahí.

James entrecruzó los dedos y afirmó con la cabeza.

—Me parece un plan estupendo —confirmó su amigo, relajando las facciones. Sirius convino con un gesto y dio otra calada, echando el peso de su cuerpo hacia atrás, sobre el brazo libre. —Puedes contar conmigo, lo sabes, ¿verdad?

Sirius exhaló el humo que estaba conteniendo y se permitió una sonrisa sincera.

—No tienes que decirlo.

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04 de Julio de 1978

Alastor Moody ingresó en el recinto de mal modo, con la pata de palo cojeando y haciendo mucho ruido contra el piso. A pesar del escándalo, nadie dejó de hablar en la sala. Algunos, incluso, tenían cervezas de manteca en la mano y un claro aspecto desenfadado.

—Ya, ya, cállense —ordenó el hombre, poniéndose en el medio.

—No seas amargado Ojoloco —le sonrió Emmeline, que estaba conversando con Peter y Remus, a horcajadas del reposabrazos del único sillón de la sala.

—Es su presentación formal, no seas aguafiestas —acotó Hestia del otro lado. Estaba junto a Lily, que se veía un poco nerviosa y con Mar, que mantenía su tradicional expresión de hastío.

—Y un cuerno —masculló el Auror. —Ya los conocen.

—Es que soy toda una celebridad —gritó Sirius desde atrás, levantando el brazo para hacerse notar. Remus, junto a él, rodó los ojos y se cruzó de brazos, intentando dar a entender que no todos eran igual de idiotas. El ojo mágico de Alastor se clavó en el muchacho por un segundo.

—Tendrás que controlar esa boca si quieres permanecer aquí, Black.

La risita de Dorcas se escuchó con claridad, a pesar de que estaba apretujada en las pocas sillas que quedaban, entre Gideon y Fabian.

—Ladra, pero no muerde, Sirius, no te preocupes —le dijo con picardía, como si estuviesen solos en el lugar, sin la distancia y las personas que los separaban. Sirius no dejó pasar la oportunidad.

—Si es a ti, también te mordería.

—Sirius, por favor —pidió Remus en voz baja, pinzándose el puente de la nariz. Peter y James intercambiaron una mirada divertida.

—¿Terminaron, señoritas? —interrumpió Ojoloco de mal humor, sin esperar respuesta. Con su andar desequilibrado, dio dos pasos hasta donde se nucleaban los nuevos y prosiguió. —Bien. Ellos son Sirius Black, aunque no sé cuánto tiempo durará aquí —el aludido sonrió con petulancia, para exaspero de varios presentes —Remus Lupin, Peter Pettigrew, James Potter —a medida que Alastor los iba nombrando y señalando con uno de sus cortos dedos, los muchachos hacían un gesto con la cabeza. —Lily Evans y Marlenne McKinnon.

—Un gusto —sonrió Hestia, dándole ánimos. Sirius estiró el cuello y no lo dejó pasar.

—Sin duda —afirmó, sugerentemente., haciendo un gesto con las cejas. Remus decidió no intervenir esa vez, después de todo, estaba seguro que el viejo auror se encargaría de arrancarle la cabeza a su amigo con los mismos dientes. Y se lo merecería.

Sin embargo, antes de que pudiese hacerlo, la barbuda cabeza de Edgar Bones se asomó desde la cocina, por el resquicio de la puerta.

—Alastor —llamó, ignorando por completo a los demás. Ojoloco fulminó con la mirada a Sirius, que sonreía bastante pagado de sí mismo y se volvió hacia su compañero.

—Voy.

Desapareció a paso raudo, cerrando con fuerza la puerta para demostrar su contrariedad. El silencio, una vez que hubo desaparecido, duró muy poco.

—Serán de gran ayuda, chicos —continuó Hestia como si siguiese una conversación previa. —Estamos un poco cortos de gente.

Gideon, que estaba justo al lado de ella, resopló irónico.

—¿Qué dices? —cuestionó, incrédulo. —Son unos críos. Sólo darán más problemas.

—No son mucho menores que Frank y los demás —apuntó Emmeline desde el otro lado. Dorcas hizo un ruidito con la garganta.

—Pero nosotros tenemos mucha más experiencia.

—A ti puedo mostrarte mi experiencia cuando quieras —intervino Sirius de nuevo, haciéndole gestos a Dorcas, que se echó a reír sin disimulo.

—Controla esa boca Black, aquí no estamos en el colegio —le espetó Gideon. Se había puesto de pie y se había acercado hasta donde estaban ellos. James había tenido de que sostener por el brazo a Sirius, que ya parecía dispuesto a salir a enfrentarlo. Hestia intercambió una mirada de advertencia con Fabian, en la esquina junto a Alice.

Gideon, en cambio, apoyó el hombro contra la pared y miró con curiosidad a las chicas, ignorando deliberadamente a Sirius.

—¿ Y ustedes qué? —les preguntó a Lily y a Marlenne, que estaban con Emmeline, metiéndose las manos en los bolsillos. Les sonrió a ambas antes de agregar —Estar rodeada de estos niños les dejó muda de la impresión, ¿verdad? No te preocupes, ahora nos tienes a nosotros.

—¿Qué te pasa imbécil? —saltó Sirius, ya sin sonreír, apartando de un movimiento certero a Remus, que chocó con Peter.

Lily se dio vuelta al sentirlo a su espalda, en el momento exacto en el que Mar se corría para evitar el contacto.

—Sirius —dijo la pelirroja con dureza. Una advertencia.

—Espera Lily —intervino James, enojado. —Este idiota la tiene con nosotros. ¿Tienes algún problema? —preguntó, dirigiéndose a Gideon, que se había erguido en toda su estatura, desafiante.

—No me gustan los chulitos.

—Pues que mal por ti —escupió Sirius, hombro con hombro con James. Habían procurado colocarse frente a las chicas, cubriéndolas con sus cuerpos como escudos humanos a pesar de la protesta de Lily.

—Ya, chicos, estamos todos en el mismo bando… —intentó calmar los ánimos Hestia, poniéndose rápidamente de pie para separarlos.

—No vuelvas a hablarle así a Mar —dijo Sirius masticando las palabras. —Ni a Lily.

Gideon soltó una risa corta.

—Tú no me dices lo que puedo o no hacer —declaró, dando un peligroso paso al frente. Dorcas, encantada, se había unido a Hestia pero para poder observar mejor la riña, estirando el cuello por detrás de su amiga. —Eres un crío y no entiendes nada.

—Gideon, detente —pidió Hestia, firme, apartándolo con la palma abierta.

—Hestia, no eres nuestra puta madre.

—Gideon —dijo Fabian, apareciendo desde atrás, sin perder la tranquilidad. Había sacado su varita.

—James —llamó Sirius, listo. Su amigo también empuñaba la varita, a su costado.

—Sí.

—Oigan, paren —se desesperó Hestia, dándose cuenta que ninguno estaba escuchándola. Se giró para buscar apoyo en Emmeline, que se encogió de hombros, negando con la cabeza resignada. Luego desvió la vista hasta Remus, que se había apartado en silencio.

—Demasiado tarde —se lamentó, vencido de antemano. —Son especialistas en conseguir pelea.

—Podría decir lo mismo de ellos —afirmó Dorcas señalando a los gemelos.

—Mierda —farfulló Hestia, sin apoyo de nadie. —Vamos, volverá Ojoloco y…

Como si lo hubiesen convocado, el chirriar de la puerta abriéndose quebró el momento de tensión previo al desastre. La figura de Alastor entró en escena, seguido de Edgar, que observaba con curiosidad la escena congelada, abortada antes de empezar.

—¿Qué se supone que están haciendo? —rugió el viejo Auror, apartando a todos de su paso hasta dar con los cuatro protagonistas del conflicto.—Guarden sus varitas en este instante si quieren conservar el pellejo.

Hubo un segundo de extrema presión en la que nadie movió un músculo. Después, James, reticente, bajó la varita y la guardó con lentitud, haciendo que Fabian lo imitara.

Los últimos, lógicamente, fueron Sirius y Gideon.

—Al menos Alastor es bueno para poner orden —suspiró Hestia, derrotada. Se había vuelto a sentar, al saber que la tormenta había pasado y que Ojoloco controlaba la situación.

El auror chasqueó la lengua y volvió a su posición de mando, al centro, haciendo aspavientos para que se acomodaran.

—¿Vamos a empezar la reunión o piensan seguir molestándome como brutos sin cerebro? —masculló, haciendo girar como loco su ojo mágico.

—Eso le queda bien a Black, ¿cierto? —murmuró Gideon entre dientes, sonriendo y bien separado de Sirius. El aludido se mantuvo en su sitio a fuerza de una muy fea mirada de Lily. Hestia no fue tan condescendiente y le dio un fuerte pisotón.

—Gideon, si no te callas…

—Es suficiente —interrumpió Ojoloco, elevando la voz. —Empezaremos la reunión. El que interrumpe, se va.

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04 de Julio de 1978

Cuando salieron al exterior, una fina capa de humedad lo cubría todo —el asfalto, los automóviles, las farolas, hasta el césped mustio—, el recuerdo de una lluvia que había dejado el cielo tiznado de gris.

—¿Te acompaño a casa? —preguntó James con una sonrisa angelical, metiendo las manos en los bolsillos y elevando un poco los hombros. Esperaba que Lily no siguiera enfadada por el pequeño número que habían montado más temprano. Ojoloco no parecía guardar rencor, enseguida metido de lleno en las cuestiones organizacionales de la Orden.

La pelirroja rodó los ojos, pero asintió.

—Vale.

—¿Nos vemos después? —era un eufemismo: sus tres amigos estaban quedándose en su casa, así que era imposible no volver a verlos.

Peter le dio un codazo certero para que Sirius no pudiese acotar nada.

—Sí, claro. Hasta luego Lily.

—Adiós chicos —sonrió la pelirroja, con un gesto de la mano. Se volvió hacia Mar que estaba a un costado, un poco encogida sobre sí misma. —¿Te vas a casa?

La muchacha cabeceó a modo de respuesta, esquivando su mirada y la de todos los presentes. Lily se mordió el labio.

—Escríbeme.

James le tiró de la mano y con un último vistazo, se alejaron un poco.

—¿Te apetece viajar de modo muggle? —llegaron a escuchar, mientras caminaban en la dirección opuesta.

—¿Es peligroso?

—Es un tren, James.

Remus se reía por lo bajo cuando Sirius se apartó y golpeó apenas la espalda de Marlenne, que estaba quieta en su sitio.

—¿Qué?

—Vamos.

Mar abrió los ojos con incredulidad y, a una seña de Peter, el licántropo intervino.

—Tu te vienes con nosotros —ordenó con firmeza, empujándolo de vuelta hacia ellos. —A Canterbury.

—Claro. Luego de dejarla —rebatió él, señalando con el pulgar a la chica.

—Sirius, deja a Mar en paz.

—Solo quiero que llegue a casa.

—¿Desde cuando eres un puto caballero? —murmuró Peter, incrédulo.

—Hoy, desde luego que no —respondió Remus, y ambos entendieron de inmediato que estaban hablando del claro —y descarado— coqueteo de Sirius hacia Dorcas. Mar no había pronunciado palabra, pero tampoco se había marchado.

—Vamos Sirius —le pidió Peter, buscando cambiar de táctica. —Ya has hecho suficiente escándalo por hoy.

El aludido lo ignoró y se giró una vez más hacia la joven.

—¿Irás a casa?

La pregunta tenía una carga diferente, que se sintió en el aire espeso y esperó, seguro de que Mar no respondería, o peor, terminaría cargando contra su amigo. Cosa que era totalmente justa.

Sin embargo, ella aguardó un momento antes de decir

—Sí.

—¿Vas a aparecerte?

—Sí.

—¿Quieres que vaya contigo?

Peter torció el gesto, apenado, cuando se dio cuenta de los ojos oscuros de Sirius, que intentaban taladrar a Mar con la mirada, decir todo aquello que no podía expresar en palabras.

—No.

Sirius esperó un momento más, inclinado sobre Mar, a un palmo de distancia, antes de asentir.

—Entonces vete ya.

Mar levantó la cabeza un segundo antes de desaparecer para enviarle una mirada a través de su poblado flequillo. Luego, ya no estaba allí.

Peter y Remus se comunicaron en silencio, esperando la reacción de Sirius que no llegó.

—¿Qué miran? —masculló, echando a andar. —¿No querían volver? Andando.

Peter se encogió de hombros antes de seguirlo y Remus suspiró, siguiendo sus pasos.

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¡Hola a todos! ¿Cómo han estado?

Yo, sinceramente, estoy agotada. Estoy preparando un largo examen, de esos muy desgastantes, y me drenó toda la fuerza, se los juro. Tuve este capítulo listo mucho tiempo después del que esperaba, de hecho, pensaba darles una sorpresa y actualizar antes de la fecha acordada, pero el tiempo pasó y no pude hacerlo. Igualmente me tomé un descanso de tanto resumen y conseguí actualizar antes de tiempo, así que estoy contenta. Quiero sacarme de encima pronto las responsabilidades de la facultad para traerles los próximos que, tengo la certeza, darán de qué hablar. Pero, primero, prestémosle atención a este.

¿Qué les pareció? Tengo que decirles que había dejado esta línea temporal algo apartada para poder avanzar sobre el año escolar, pero me pareció un buen momento de retomarla. Es cierto que no pasan cosas demasiado sustanciales, de hecho, las piezas solo empiezan a acomodarse lentamente. Básicamente vimos la incertidumbre de unos adolescentes que terminan su ciclo escolar y tienen que decidir qué hacer con sus vidas. Solo que nuestros adolescentes no son tan corrientes, porque están atravesados por una guerra que les está pisando los talones.

¿A que la decisión de Remus deja el corazón dolorido? La verdad es que no estoy segura qué dijo Jotacá sobre sus padres, yo solo les pedí prestados los nombres y ya. Aquí son un matrimonio corriente, que lo único que quieren es ver a su hijo feliz. Esta escena la tenía preparada desde hacía mucho tiempo, porque quería explicar por qué luego la Orden utiliza la casa de Remus en Dover como picadero de luna llena, ¿recuerdan?

Por otro lado, las cosas con Sirius y Mar parece que se oscurecen cada vez más en vez de aclararse, ¿cierto? Les prometo que a partir de ahora, las explicaciones empezarán —despacio— a fluir. Tengo preparado para el capítulo treinta grandes avances para su trama, pero primero, en el próximo, regresaremos a 1980. Sí, donde dejamos a Dorcas debatiéndose entre la vida y la muerte y a Benji al borde de la desesperación.

En fin, quería además decirles que capaz este capítulo no ha tenido la calidad de otros, y me disculpo. Tuve la cabeza perdida en las cosas de la vida cotidiana y me costó un poco reencajar las piezas, en especial por la falta de tiempo. Una vez que rinda estaré mejor, espero, y lista para traerles capítulos un poco más movidos.

Creo que estoy generando mucha expectativa por lo que se viene, así que dejaré de hablar.

Por último, como siempre, agradecerles a todos por seguir mi historia, de verdad. Son los mejores. Este mes he llegado a los quinientos lectores, no me canso de repetirlo, y eso me parece lo más INCREÍBLE que me ha pasado en mucho tiempo. Estoy contentísima, ¡y es gracias a ustedes! Saben que pueden dejar review contándome lo que sea, críticas, sugerencias, ¡estoy esperándolo! Me animan mucho y me inspiran para continuar, así que no sean tímidos. Estoy aguardándolos al otro lado.

También pueden usar Twitter si les gusta, allí soy Ceci Tonks, podemos hablar de lo que quieran.

Me despido ya, hasta dentro de quince días. ¡Los quiero!

Y si llegaste hasta aquí, un océano infinito de gratitud.

Ceci Tonks.