Disclaimer:Los personajes y los escenarios del instituto Sweet Amoris son extraídos del videojuego Amour Sucré propiedad de Beemov, y su creadora Chinomiko. Esto lo hago sin fines de lucro.

Capítulo 27:

Sweet Madness.

Levantó la vista una vez más, sus padres, fingiendo preocupación, detestaba que llamaran la atención en público, volvió a fijar su mirada en el suelo. El llanto fingido de su madre taladraba sus oídos, las lamentaciones de su padre no hacían menos que ofenderle. No estaban felices por lo que sucedió con Amber, era lógico pero, ¿tenían que ser tan escandalosos?

Normalmente no le molestaba ver a alguien llorar o lamentarse, entendía que la gente demostrara sus sentimientos, pero cuando estos existían, llorar por una hija a la cual en cuanto pudieran le dejarían encargada a su otro hijo le hacía hervir la sangre. Y él, quien cuidaba de ella desde hacía años, quien estaba más preocupado, quien sentía más deseos de hacer pedacitos a quien fuera que le hizo eso, permanecía en silencio en un rincón.

–Familiares de Amber Genoveva... Cornelia... Teresa... ¿Ramirez?– preguntó el doctor que entró a la sala de espera, con algo de vergüenza ajena.

–¡Yo!– exclamó su padre corriendo hasta el hombre apartando de su camino a otros familiares, pacientes y alguna enfermera como si estuviera en una cancha de rugby.

–¡¿Cómo está mi hija?!– preguntó la mujer llegando hasta el doctor después de su marido.

Nathaniel observaba con atención desde su lugar, sintiendo como sus manos temblaban por los nervios.

–Estable, acaba de despertar, tiene varios huesos rotos y algunas hemorragias internas, por lo que pasará unas semanas hospitalizada, pero a pesar de todo no corre peligro– informó.

Nathaniel volvió a respirar, sus padres comenzaron a festejar abrazándose y llorando de felicidad, mientras todos allí veían con admiración la preocupación de esos ejemplares padres por su pequeña.

–Dejaremos que la familia directa entre a verla unos momentos, pero después de eso sólo podrá quedarse una persona como acompañante, los demás podrán venir en los horarios de visita.

Ambos padres observaron a Nathaniel a la vez, él resopló, aunque debía admitir que no dejaría que el bruto de su padre o la despistada de su madre la cuidaran. Cuando entraron a la sala, el teatro se repitió, ambos se abalanzaron sobre una maltrecha Amber, la cual se veía muy adolorida y confundida, y a duras penas podía responderles, él se quedó a una distancia prudencial, ya tendría tiempo de hablarle y estar con ella, mucho tiempo de hecho.

–¡Ya tenemos que irnos, cariño!– dijo su madre mirando el reloj luego de unos minutos.

–¡Si, ya está por empezar el partido!– recordó el hombre –Hasta pronto mi niña, ¡cualquier cosa que necesites pídesela a tu hermano!

–Si amor– asintió la mujer –. Nathy querido, dile algo a tu hermanita, va a pensar que no la quieres.

–Ella ya sabe– dijo él sin moverse.

–¡Hazle caso a tu madre o tu hermana tendrá que compartir esa cama de hospital contigo!– lo amenazó el hombre comenzando a desprenderse el cinturón.

–¡Si papá!– exclamó él corriendo hasta la cama.

–¡Que lindos se ven!– comentó la mujer, viéndolos con ternura.

–Si si, vamos que me pierdo los comentarios del relator– dijo él llevándose a su mujer de arrastro –. Cuida bien a tu hermana.

Una vez que salieron, se sentó con cuidado en la cama tomando con suavidad la mano de Amber y jugando con sus dedos sin atreverse a verla a los ojos.

–P-pue-des... irte... tam-bién...– dijo ella con expresión de dolor, por más analgésicos que le pasaran, el dolor seguía allí.

–Sabes que no lo haré...– respondió él mordiéndose el labio inferior –Yo... Lo siento Amber...– ella lo miró sin entender –No debí dejar que te pasara eso... Debí acompañarte, esas calles son muy peligrosas, ¡soy tu hermano mayor! ¡Debo protegerte de estas cosas!

–N...no...– murmuró ella apretándole débilmente la mano –No... tú... no...– intentó decir algo, pero acabó llorando por la culpa e impotencia.

–Ya Amber... No llores...– le pidió él, abrazándola con cuidado –Tienes a tu hermano aquí, yo te protegeré, no dejaré que nada vuelva a pasarte.

Ella lloró aún más fuerte, él permaneció a su lado consolándola, cuando logró calmarla le preguntó lo que desde hacía tiempo rondaba su cabeza.

–¿Quién fue?– la sintió tensarse, esperó unos segundos pero ella no respondió, en su mirada podía notar un intenso debate interno –. Es alguien que conocemos, ¿verdad? No te robaron nada, no estaban buscando una persona al azar, era algo personal– dedujo –. Por favor, dime quien fue.

Pasó la siguiente media hora intentando convencerla, ella parecía indecisa por alguna razón, pero acabó diciendo algo.

–Ro...– dijo apenas, pero sólo eso le bastó.

–¿Rodolfa? ¡¿Ella fue?!– preguntó él viéndola fijamente, ella desvió la mirada –Si fue ella...– murmuró sorprendido, esa chica era capaz de muchas cosas, pero nunca hubiera pensado que llegaría a tal extremo.

Cuando su hermana finalmente se quedó dormida, él se separó y salió un momento de la habitación a telefonear a la policía, esa chica era un peligro, debían alejarla de la población, y sobre todo de Amber, lo antes posible.


–En unos minutos subo al avión, así que para mañana en la noche estaré allí– le comentó Castiel por teléfono –. Ten limpia la casa.

–¡Está bien! ¡Conseguiré una ametralladora para recibirte!

–Por tu bien espero que estés bromeando.

–Yo no bromeo.

–Si si, bueno nos vemos, pórtate bien.

–¡Si!

Él colgó y miró a sus padres que lo habían acompañado al aeropuerto –Creo que es el momento de decir adiós.

–Ay hijo... ¿Por qué no te quedas unos días más?– preguntó Lorraine viéndolo con súplica.

–Mamá, tengo que regresar, si sigo faltando al instituto la directora no dejará de molestarme, además debo aclarar las cosas con Dabrah, aún no logro comunicarme con ella.

–Cuando la veas dile que quiero hablar muy seriamente con ella– dijo su padre endureciendo su expresión.

–Si papá– asintió él –. Volveré en vacaciones.

–Trae a esa chica– sugirió su madre.

–Y a Demonio– recordó el hombre.

–¡Claro!– asintió despidiéndose de ellos con un abrazo.


Unos golpes bastante insistentes en la puerta la despertaron, eran casi la una de la madrugada, se levantó rápido antes que ese ruido despertara a Paco y Demonio, y atendió inconsciente del peligro que abrir la puerta a un extraño a esa hora representaba.

–¡Hola!– saludó a los dos hombres frente a ella –¡A usted lo conozco!– señaló a uno de ellos.

–Yo también te recuerdo, número ciento trece– dijo el hombre claramente resentido con ella mientras la tomaba con brusquedad del brazo sacándola de la casa a la fuerza, su compañero lo ayudó sosteniéndola del otro brazo.

–Ese era mi número cuando estaba en...– no pudo terminar ya que un golpe en la nuca la desmayó.

–¡¿Por qué hiciste eso?!– preguntó el segundo hombre.

–Me la debía, este engendro me hizo la vida imposible mientras estuvo internada– explicó el otro metiéndola al interior de la camioneta sin cuidado.


El día siguiente fue extraño, sin Amber cerca Li y Charlotte parecían bebés de pecho llorando por los rincones mientras se chupaban el dedo. El confesionario de Lysandro estaba repleto de chicas al borde de la histeria quienes no encontraban al delegado por ninguna parte, incluida la directora que con sus cabellos de punta estaba obligada a ocuparse de todo lo que antes delegaba. En un momento de la jornada Melody huyó de la sala de delegados cuando esta explotó en una lluvia de papeleo sin organizar o firmar.

Farrés reunió a los pocos alumnos cuerdos que quedaban en una sola clase y en medio del caos les envió a trabajar en una monografía de proporciones monumentales, acabando con el buen juicio de los mismos en ese instante. Finalmente el único ser pensante que quedó en ese instituto fue Kiki quien correteaba alegremente por los pasillos dejando sus regalitos por doquier.


Castiel llegó a su casa por la noche, le llamó la atención que Rodolfa no estuviera por ningún lado, pero no era raro que se quedara en el instituto el día entero, aunque debió tener la decencia de estar allí para recibirlo. Lo que si le resultó extraño era que Demonio no tuviera comida o agua en su plato, solía ser bastante cuidadosa en eso. Arrojó su equipaje y el peluche de pitufo que le había comprado al sofá, y se dispuso a ocuparse de las mascotas.

–¡Tonta, encima que llego cansado después de un viaje de veinte horas tengo que ocuparme de la casa!– murmuró molesto alimentando a su perro y dejando a Paco en la ventana para que atrapara algunas moscas por si mismo.

Al día siguiente le costó levantarse, así que llegó un poco tarde al instituto, fue un día bastante infructuoso y extraño, para comenzar se topó con una pintada en uno de los muros exteriores del instituto con la leyenda "Sweet Madness", al ingresar no solo no encontró a Debrah o a Rodolfa por ningún lado, sino que pasó el día entero esquivando estudiantes que rodaban por los suelos llorando o riendo irracionalmente.

–¡Lysandro! ¡¿Qué demonios está pasando aquí?!– preguntó bajando al sótano.

–Castiel, es un gusto volver a verte, ¿cómo te fue con tus padres?– le preguntó tranquilamente como si todo estuviera en orden.

–Pues, bien... Pero, ¡¿qué está pasando aquí?!

–Al parecer Nathaniel avisó que se ausentará unas semanas– explicó mientras Castiel esquivaba a una chica que intentaba trepar por su pantalón como si fuera un zombie.

–¡Salgamos de aquí!– dijo tomando a su amigo del traje victoriano y huyendo a toda velocidad, dejando atrás a cientos de alumnos que los seguían con formularios en busca de quien se los aceptara.

Cerró la puerta de la azotea tras él colocando unas cajas para impedirle la entrada a cualquier ente que los hubiera seguido.

–Creo que exageras un poco– comentó Lysandro acomodándose su ropa.

–¡¿Exagero?! ¡Todos ahí afuera están locos! ¡Más locos que Rodolfa!

–Si, creo que exageras, sólo están sufriendo una crisis nerviosa colectiva– explicó con naturalidad.

–Como digas...– se dio por vencido –¿Has visto a Debrah? Debo hablar con ella lo antes posible.

–No la he visto desde hace días– negó Lysandro –. No que yo recuerde al menos.

–No me responde el celular, y no he podido verla, realmente necesito hablar con ella...

–Visítala, si no está aquí debe estar en su casa.

–No puedo...– murmuró ante la mirada confundida de su amigo –Jamás me dijo donde estaba quedándose.

–¡¿Nunca se lo preguntaste?!– cuestionó sorprendido, ni siquiera él habría olvidado algo así, tal vez...

–Si, varias veces, pero por una cosa u otra nunca me respondió... Ahora que lo pienso creo que no quería que lo supiera– murmuró pensativo.

–Oculta algo...

–Sin duda– asintió Castiel –. ¡Tengo que descubrir qué demonios está pasando!

–Tuvo que dar su dirección al inscribirse nuevamente en el instituto, podrías buscar en su expediente.

–Es una gran idea, tengo que encontrar la forma de entrar a la sala de profesores sin ser visto.

–Sólo entra, creo que ayer una de las alumnas se tragó la llave, así que dejaron abierto, de todas formas los maestros hoy no vinieron a trabajar– informó Lysandro.

–¿No vinieron?... ¡Está bien, eso haré!– decidió abriendo la puerta y salió de la azotea empujando babeantes estudiantes para poder pasar.


–¡¿Qué crees que haces aquí?!– preguntó Nathaniel viéndolo con furia.

–Supe que estabas internada, por dios Amber, ¿qué te sucedió?– le preguntó acercándose acongojado por el estado de su amiga, ignorando a Nathaniel.

–¡Te hice una pregunta!– se interpuso el delegado en su camino, mientras Amber miraba a otro lado ofendida –¡Deja de molestar a mi hermana!

–¡No estoy molestándola!– exclamó Kentin viéndolos sin entender el porqué de tanta hostilidad –¡Amber! ¡Por favor, explícale que somos amigos, sólo vine a verte, he estado muy preocupado desde que lo supe!

–No somos... nada...– murmuró ella sin mirarlo aún –Vete...

–¡Amber! ¡¿Qué te pasa?!– preguntó desconcertado, sabía perfectamente que ella no aceptaba su relación frente al resto del instituto, pero Nathaniel ya lo sabía y en esos momentos, cuando estaba así de herida, ¿qué más daba?

–Ya escuchaste a mi hermana, ¡no insistas!– Nathaniel lo sacó a empujones cerrándole la puerta en la cara.

Kentin se quedó de pie allí unos minutos viendo la puerta cerrada sin entender, finalmente se marchó frustrado y molesto.

–¡Ese par de hermanos están completamente locos!

Una vez que cerró la puerta Nathaniel se acercó a su hermana –Tranquila, no dejaré que ningún idiota vuelva a aprovecharse de ti– le susurró con ternura acariciándole el cabello, ella solo asintió sin mirarlo.

En ese momento el celular de Nathaniel sonó, al atender fue informado de la situación de la presunta agresora, quien ya había sido encerrada en una clínica psiquiátrica, luego de una serie de especificaciones técnicas colgó y telefoneó a Castiel, no era de los que se regodearan en el sufrimiento ajeno, pero escuchar a ese tipo aunque fuera un poco consternado era irresistible para él.

–¿Diga?– atendió Castiel terminando de anotar la dirección del expediente de Debrah en un papel.

–Hola Castiel, habla Nathaniel.

–¡¿Qué demonios quieres llamándome, idiota?!

–¡Te pido que no me hables de esa forma y mucho menos cuando esa chica que tanto avalas hizo algo tan terrible! Tal vez hasta tuviste algo que ver.

–¿De qué hablas, estúpido?

–¡De esa chica loca! ¡Esa asesina que vivía contigo! ¡Nada menos que de Rodolfa!– espetó con ira.

–¿Asesina...? ¡Un momento! ¡¿Cómo que vivía?!

–Casi mata a mi hermana– murmuró conteniendo los deseos de patear algo.

–¡¿Que qué?!– gritó arrugando el papel con la dirección de Debrah en su mano.

–¡Lo que escuchaste! ¡Esa loca psiquiátrica golpeó a Amber! ¡La dejó casi muerta en un terreno baldío!

–¡No... No puede ser!

–¡Claro que puede ser! ¡Esa tipa está loca! ¡Ya la golpeó una vez! ¡Y la perdoné! ¡Soy un imbécil! ¡Pero esta vez me aseguraré de que no salga de ese psiquiátrico!

–¡No! ¡Ella está mucho mejor! ¡Ya no hace esas cosas! ¡¿En qué psiquiátrico?!

–Hicimos la denuncia por supuesto, acaban de avisarme que ya está encerrada en el manicomio, ¡así todos estaremos seguros!

–¡¿Cómo que en el manicomio?!– lo escuchó gritar, iba a responderle algo pero ya había colgado.

–¿Está... en un... manicomio?– preguntó Amber.

–Así es– se acercó y le acarició el cabello –. Ya no podrá dañarte... No dejaré que nadie vuelva a hacerlo– le susurró sobre-protectoramente.

Ella asintió sin sostenerle la mirada, sintiéndose satisfecha, al menos esa parte del plan había salido a la perfección, aunque, había algo más, una molestia en su conciencia, ese sentimiento de culpa que se esforzaba por ignorar.


Salió del instituto a toda velocidad, topándose en el patio con los gemelos.

–¡¿Qué es todo esto Armin?!– preguntaba Alexy aterrado, ocultándose tras su hermano.

–¡Son los caminantes!– dijo su hermano abriéndose paso entre los estudiantes valiéndose de un fierro para apartarlos, tal como aprendió luego de una noche entera jugando "The Walking Dead".

–¡Ya sé que están caminando!– exclamó Alexy al borde de la histeria.

–Sólo no dejes que te muerdan– recomendó Armin golpeando otro estudiante.

Castiel continuó su camino sin prestarles atención, no podía creer que Rodolfa hubiera hecho eso, era verdad que solía ser un poco... bastante impulsiva y desaforada, y jamás se detenía a pensar las consecuencias de sus actos, pero ella ya no era la misma loquita de antes. Después de tanto tiempo conociéndola comprendió que ella decía mucho más de lo que realmente hacía, en el fondo era una chica bastante tranquila, no era rencorosa, ni negativa, y últimamente jamás atacaba a nadie por simple diversión... Sólo al idiota de Ken, pero él si lo merecía por acosador.

Quedaba bastante lejos, así que tuvo tiempo de reflexionar en el camino, ella solía hablar de ese lugar con cierto cariño, seguramente se sentiría cómoda allí, aunque si era sincero, sólo se estaba guiando por comentarios esporádicos en los que mencionaba las travesuras que hacía en ese lugar. Ahora que lo pensaba ella casi no hablaba de si misma, no porque se negara a hacerlo, era muy abierta en ese sentido, sino porque él nunca se molestó en ahondar en su vida. No la conocía, ni su pasado, ni sus sentimientos, y aún así era quien más tiempo pasaba con ella, él era quien más sabía de ella. Casi sentía escalofríos al tomar conciencia de lo sola que estaba en realidad. De todas esas cosas que debió vivir o sentir y jamás habló con nadie.

Al llegar al lugar recibió la negativa inmediata, no era el horario de visita, nadie podía entrar, a riesgo de se sacado a patadas de allí o lo que era peor, ingresado temporalmente, gritó y pataleó hasta que el psiquiatra de Rodolfa lo atendió y accedió a permitirle visitarla unos minutos.

–Se trata de una paciente recurrente, la chica sufre de una grave psicosis que le permite períodos de aparente cordura, seguido por otros de extrema neurosis violenta– comentaba el hombre mientras caminaban rumbo a la habitación de Rodolfa, sin despegar sus ojos de la historia clínica.

Castiel prestaba poca o ninguna atención al doctor, estaba concentrado en esos pasillos cada vez más monótonos y estrechos, las paredes estaban cubiertas de una pintura amarilla opaca algo descascarada, debía esforzarse por distinguir el desteñido diseño de las baldosas color mostaza del piso. Pasillo tras pasillo, todos iguales, la única diferencia eran los internos que deambulaban por allí. Caminando, como almas en pena, descalzos, con una bata gris que les llegaba a las rodillas, ver sus rostros era casi aterrador, enormes ojeras bajo sus ojos desenfocados, rostros demacrados en chicos de no más de veinte años, cabellos enmarañados con la textura de la paja, podía asegurar que quien no estuviera demente, luego de una temporada allí terminaría en ese estado.

Algunas habitaciones estaban cerradas con gruesas puertas de metal, tenían un par de aberturas, una al nivel de los pies por la cual pasar la bandeja de comida, y una pequeña ventana a la altura del rostro con rejas, más que habitaciones parecían celdas. Habían transitado unos cinco pasillos iguales, cada vez sintiéndose más y más angustiado de saberla en ese horrible sitio, cuando vio a lo lejos a uno de los internos que llamó su atención. ¿Y cómo no hacerlo? El hombre de unos veinticinco años estaba pateando y golpeando una de las puertas cerradas, mientras gritaba todo tipo de insultos y blasfemias hacia el interior de esa habitación. Se acercaron al hombre, pero él no parecía detectar su presencia, continuaba insultando a la persona dentro, hablándole a la que probablemente fuera una mujer, de las cosas más sucias y asquerosas que él jamás podría haber imaginado, estaba seriamente enfermo, pero eso no quitaba la repulsión que sentía hacia ese tipo.

–Aquí– anunció el médico deteniéndose frente a esa puerta en particular –, la paciente está ahí dentro.

Lo observó con los ojos muy abiertos, entonces esas palabras tan degradantes, ¿estaban dirigidas a Rodolfa? ¿A la chica más inocente e infantil que conocía? No llegó a pensar lo que estaba haciendo cuando su puño ya estaba incrustado en el rostro de ese maldito, con tanta fuerza que le tiró un par de dientes. El psiquiatra lo reprendió severamente, seguramente amenazando con sacarlo de allí, sin embargo él no lo escuchó, se quedó viendo en silencio a través de la ventana de la puerta. Ella estaba allí, en un rincón del cuarto acolchado de espaldas, hecha un ovillo, con su cabeza lo más escondida que podía entre sus hombros, con esa camisa de fuerza que inmovilizaba sus brazos no podía siquiera taparse los oídos para no escuchar.

–Rodolfa– la llamó con una suavidad que no sabía que era capaz de expresar, verla en ese estado había acabado de afectarlo completamente.

Su pequeño cuerpo dejó de temblar, ella giró la cabeza viéndolo sorprendida –¡Viniste!– gritó con alegría corriendo hasta él con tal efusividad que se dio de cara contra la dura puerta.

–¡Oye! ¡Cuidado!– exclamó, sonriendo un poco, temía que en ese ambiente parte de ella se perdiera, pero por fortuna su sonrisa parecía estar intacta.

–Tienen diez minutos– anunció el psiquiatra mientras unos enfermeros llevaban al hombre golpeado a su habitación de arrastro.

Rodolfa sonreía dando saltitos de felicidad con la cara roja por el golpe –¡Viniste! ¡Viniste!

–¡Claro que vine!– exclamó como si fuera la obviedad más grande del mundo, luego se enserió –¡Este lugar es espantoso! ¡¿Por qué hiciste eso?! ¡¿Por qué hiciste que volvieran a encerrarte?!

–¿Qué hice?– preguntó ella ladeando la cabeza pero sin perder la sonrisa.

–¡¿Cómo que qué?! ¡Golpear a Amber! ¡¿Qué fue eso tan grave que te hizo para que la dejaras así?!

–¿Golpearla?– preguntó –¡Ahh... Aquella vez en el gimnasio!– se acordó –¡Fue muy divertido! ¡Deberíamos repetirlo!

–¡No! ¡Esa vez no! Ahora, en un terreno baldío creo, el idiota de Nathaniel no me dio los detalles.

–¿El pitufito hermoso te dijo eso? Yo sólo la golpeé esa vez...

–¿Sólo esa vez?– la miró con atención –¿Estás segura?

–¡Si!– asintió feliz.

¿Será posible que Amber la haya inculpado falsamente? No sería la primer vez ¡Mierda! ¡Esa idiota ya se pasó de la raya!– pensó enfureciéndose solo –¡¿Por qué tienes esa cara de sapo feliz?! ¡¿No te das cuenta donde estás?!– le gritó ahora molestándose con ella como siempre acababa haciéndolo.

–¡Porque viniste!

–¿Cómo que porque vine?– preguntó confundido, cada día la entendía menos.

–Siempre pasaba mucho tiempo en este lugar, a veces lograba escapar a la semana, pero la mayoría de las veces eran varios meses– comenzó a contarle –, a todos los venían a visitar alguna vez, siempre me quedaba esperando la hora de visita, siempre tuve la ilusión de que alguien viniera a visitarme a mi, la hora pasaba y no venían, entonces me quedaba esperando al día siguiente porque tal vez ese día lo hicieran. Pero nunca venía nadie... Hasta hoy– sonrió aún más –. ¡Estoy feliz porque viniste a verme!

Se consideraba un chico rudo, uno nada sentimental, pero si ella seguía hablando podría jurar que acabaría llorando como una nena –¿Tus padres nunca vinieron?– preguntó en un hilo de voz.

–No, ellos me traían aquí y jamás volvían, yo acababa escapando y regresando a casa.

Cerró los ojos y apretó los puños, no importaba si era sacrilegio odiar la memoria de los muertos, él detestaba profundamente a esas personas –Odias este lugar... ¿Verdad?– preguntó viéndola directamente a los ojos.

–Es mi segundo hogar, he pasado la mitad de la vida aquí.

–Pero lo odias... tienes que odiarlo, no hay forma de que te sientas bien aquí dentro.

–Me desacostumbré– se encogió de hombros –. Nunca había pasado tanto tiempo sin venir... Antes era más... fácil– murmuró –. Pero está bien, este es mi lugar.

–¡Este no es tu lugar! ¡Tú no debes estar aquí, tu lugar es en la casa con Paco y Demonio! ¡Haciendo travesuras y complicándome la vida!– exclamó golpeando la puerta con su puño –Te sacaré de aquí– aseguró recibiendo como respuesta su mirada sorprendida.

–De verdad... ¿Me sacarás?– preguntó emocionada.

–Claro que si– asintió sonriéndole de lado mientras metía los dedos entre las rejas y le acariciaba la cabeza apenas con las yemas.

–Terminó el tiempo– llegó el psiquiatra –. ¡No haga eso! ¡Podría morderle los dedos!

–Ella no...– la vio con la boca abierta intentando alcanzarlos –¡Rodolfa!– ella lo miró cerrando la boca con cara de haber sido descubierta y le sonrió encantadoramente –Parece que tengo que irme, pero volveré mañana– le prometió, no quería irse, pero sabía que nada podría hacer para quedarse.

–¡¿Volverás?!– exclamó dando saltitos –¡Si!

Él le sonrió sacando la mano –Vendré cada día... Hasta que encuentre la forma de sacarte de aquí– aseguró siendo interrumpido por un carraspeo del doctor –Cuídate, no pierdas esa alegría.

–¡No!– negó sonriéndole.

Apenas salió de ese lugar su rostro se endureció, iba a obligar a Amber a confesar, no toleraría que Rodolfa sufriera ese encierro insoportable un solo día más. Sin detenerse un minuto, comenzó a caminar hacia el hospital, metiendo sus manos en los bolsillos ya que estaba haciendo algo de frío, entonces sintió el arrugado papel que había quedado allí olvidado.

–Debrah...– murmuró leyéndolo –Este hotel queda muy cerca de aquí– murmuró sorprendido.

¿Qué hacer? Sacar a Rodolfa de allí era imperante, pero sabía que aunque convenciera a Amber esas cosas llevarían tiempo, no podría lograr nada al menos hasta el día siguiente, sin embrago podía charlar con Debrah en pocos minutos y averiguar qué demonios pasaba por su cabeza cuando le dijo esas cosas a su madre.

Se dirigió al hotel, llegó en pocos minutos y preguntó a la recepcionista por Debrah, su respuesta lo dejó atónito.

–¡¿Cómo que se fue?!

–¡Dijo que comenzaría su gira por América!– le contó la mujer, gran fan de la banda Stars of Nigthmare, muy emocionada.

–¿Su gira?– murmuró –Creí que el grupo se había disuelto...

–¡Así es, es tan dulce y simpática!– seguía la muchacha –¡Hasta me presentó a su novio!– Castiel se quedó pálido –Es su manager, ¡se ven tan bien juntos!

–¿Qué...?– preguntó casi sin aliento.

–Mire me tomé una foto con ellos, ¡Debrah me la autografió!– le mostró esa fatídica imagen con orgullo.

Una cosa era escuchar que tenía un novio, otra muy diferente era verlos muy acaramelados en una fotografía, sin palabras se marchó del hotel... Se había ido, mantenía una relación con un tipo mientras estaba con él, era demasiado, muchas cosas para un solo día. Ahora si podía firmarlo, ese era oficialmente el peor día de su vida.

–¡¿Por qué no me arrolla un auto y acabamos con esto?!– le gritó al cielo una vez afuera del hotel.

Con su mente turbada caminó sin rumbo durante horas, entrada la media noche llegó a su casa y se encerró en su habitación como solía hacerlo cuando se sentía de esa forma, todo estaba mal, una nube negra sobre su cabeza lo atormentaba más y más... El día siguiente olvidó asistir a clases, visitar a Rodolfa y hasta comer. Su depresión le impidió incluso levantarse de la cama, ya nada tenía sentido para él.


La hora de visita había pasado ya, pero ella seguía mirando esperanzada hacia la pequeña ventanita en su puerta, no importaba si ese tipo loco le gritaba, sabía que en algún momento el masoquista aparecería, la visitaria nuevamente, y ya podría jactarse de que la visitaron dos veces mientras estuvo en ese lugar.

¿Y si no iba? Pues no importaba, él la había visitado, al fin alguien lo hizo, nadie le quitaría ese recuerdo. Sonrió ampliamente ante esa idea, en ese momento la puerta se abrió, su emoción aumentó, sin embargo sólo era su psiquiatra junto al director del lugar y un par de fortachones enfermeros. Su sonrisa amainó un poco pero seguía presente, no había motivo para estar triste, Paco estaba bien, Demonio y el masoquista también, y ella escaparía algún día y regresaría, o él la sacaría de allí, eso si sería maravilloso.

–Es la número seiscientos sesenta y seis?– preguntó el director mirándola analíticamente.

–No me gusta ese número, prefiero en ciento treinta como antes– dijo ella siendo completamente ignorada.

–Así es– asintió el psiquiatra –. Hemos investigado un poco, al parecer sus padres fallecieron, y no hay ningún adulto responsable a su cargo, por lo que habrá que enviarla a un orfanato hasta que cumpla la mayoría de edad.

–No es necesario, yo me quedo con el masoquista, Demonio y Paco– intervino, pero parecía que no existiese para los hombres.

–Ningún orfanato aceptaría una chica como esta– recordó el director –. Su condición es incurable, ¿No es así?

–Le han sido aplicados los fármacos más potentes, pero ninguno ha tenido un efecto permanente, tampoco podemos asegurar que los tomará, sugiero un procedimiento más drástico– el director y Rodolfa lo miraron con atención –. Una lobotomía cerebral.

Los ojos de Rodolfa se abrieron desmesuradamente –¡¿Qué?!– exclamó.

–¡Muy buena idea!– lo felicitó el director palmeándole la espalda –Eso la convertirá en un miembro inofensivo de la sociedad.

–¡No!– gritó interponiéndose entre ambos hombres en busca de atención –¡Eso borrará mis recuerdos! ¡No quiero eso!

–Enfermeros por favor– pidió el director tranquilamente.

–¡No, por favor!– seguía suplicando ella, perdiendo la compostura que siempre la caracterizaba incluso en los peores momentos.

Los enfermeros la separaron de los doctores, ella comenzó a forcejear dificultándoles la tarea –¡NO! ¡NO QUIERO PERDER MIS RECUERDOS! ¡SON LO ÚNICO QUE TENGO!– intentaba explicarles a los gritos.

–Esos ataques de histeria no son convenientes para el procedimiento– comentó el director viéndola como si estuviera analizando un corte de carne en una carnicería.

–¡NO QUIERO OLVIDAR!

–Si no se mantiene tranquila el tejido blando del cerebro estará tenso dificultando la lobotomía– asintió el psiquiatra.

–¡NO QUIERO! ¡PACO! ¡DEMONIO! ¡MASOQUISTA!– gritaba llamándolos como si así ellos fueran a aparecer y evitarlo.

–Prepararé todo para que se realice en dos días, mientras tanto manténganla drogada– dio al orden el director marchándose.

–¡NO! ¡NO ME DROGUEN!

El médico que quedaba en la sala preparó una jeringa con una poderosa droga mientras ella seguía gritando suplicando y amenazándolos. Con la ayuda del par de enfermeros que apenas podían con la fuerza de esa pequeña chica, la clavó sin cuidado en su brazo.

–¡NO!– gritó todo lo que su garganta le permitía, sintiendo ese líquido caliente transitar por sus venas.

Sus cuerpo dejó de convulsionarse poco a poco, sus gritos se volvieron suaves murmullos, la dejaron tirada en el suelo sin control alguno, con su cerebro nublándose cada vez más, perdiendo todo rastro de cordura, viendo al puerta que dejaron abierta ya que no había peligro alguno de que escapara.

–No...– continuaba repitiendo casi inaudiblemente.

Esa palabra ya carecía de sentido, sin embargo no dejaba de repetirla, no era su razón, era un grito de su alma, acallado por esas sustancias químicas que la convirtieron en una muñequita de trapo sin voluntad.

Continuará...

Hola a todos, sé que este capítulo no tuvo tanto humor como el que están acostumbrados pero la cosa se pone cada vez más color hormiga. De todas formas espero que les haya gustado, yo disfruté mucho escribiéndolo, si, me encanta torturar a la gente. El nombre Sweet Amoris es propiedad de DannySaotome, yo se lo robé. Ahora paso a responder comentarios o no publico más.

Rox Siniestra: Mis villanos son malos con ganas, y Debrah me encantó para ese papel, con Amber si da esa mezcla de lástima y ganas de terminar de matarla. Si, es una pena que ya no se vuelvan a ver, pero lo harán cuando él muera, si quieres lo mato (ofrece con cara de ángel). Bueno ya viste ls reacciones de Castiel, aunque aún falta, muchas gracias por escribir, besitos.

AkaneSaotomee: Hola, gracias por preocuparte, ya estoy bien. Definitivamente Debrah merece más, pero me gustó la venganza de Rodo, lástima que se le haya escapado. Jajaja, si se nota que Boris no la conoce, y si es muy egocéntrico, aunque con ese cuerpo perfecto no lo culpo. Amber a punto de tener una gota de humanidad, y Kentin va y dice todo eso, es una pena... Lys es una verdadera ternura, encantador de punta a punta, y Rodo creando criaturas nuevas para Paco. También creo que Amber lo merecía, al menos un poco de esa paliza, muchísimas gracias por comentar, espero que este te haya gustado. Besos.

Anarchy Shooter: Definitivamente todos la odiamos, muy de acuerdo. Rodo sonriendo con esa sierra si es una imagen muy inspiradora, deberíamos verla más seguido así. Debrah es muy mala, y no quiere nada a Amber, aunque si fue muy lejos. Las lagartijas son insectos desde que se cruzan con saltamontes (científicamente comprobado). Muchas gracias por escribir y yo también estaré así cuando termine. Besitos muchas gracias por ambos comentarios.