Hermione se despertó por la mañana y bajó a desayunar. El comedor tampoco estaba mal, pensaba mientras se servía tostadas y té.

La primera clase llegó, y le siguió la segunda y después la tercera sin ningún tipo de contratiempo. A la hora de comer ya se sentó con tres chicas que había conocido durante las clases.

Luego las tres de la tarde y tiempo libre. Qué horario tan despejado comparado con el de Hog… Hermione empalideció dos tonos de repente.

No.

-¿Habéis visto a ese rubio de ahí?- Todas rieron.

-Te mira a ti Hermione.-

No, no, no.

-Yo creo que le gustas…-

-Estaba en mi colegio…- contestó Hermione con un hilo de voz.

-Con razón tiene tan buena fama Hogwarts.- Hermione ya no escuchaba.

Draco se había dado la vuelta en dirección a las chicas, y sus ojos se cruzaban con los de la castaña.

Cuanto se parecía esta escena a una ocurrida veinte años antes ninguno de los dos lo sabía. Pero sus reacciones fueron bastante distintas a las de Jean y Lucius.

-Granger.- saludó Draco con un susurro de odio después de ponerse a su altura.

-Malfoy.- el tono de ella era más de sorpresa que de desprecio, y esto le pilló de improviso al Slytherin.

-¿Cóm…?- Hermione se calló, reprochándose a sí misma el haber estado a punto de preguntar "cómo está Lucius".

Pero el chico adivinó sus intenciones. -Mucho mejor que con la muggle de tu madre por supuesto.- escupió. La chica optó por callarse.

-Es lo que tienen las muggles. Para divertirse unos meses está bien, lo malo es que nacen sangre sucias bastardas.-

-Cállate.- le cortó Hermione. Sus nuevas amigas la miraban asombradas.

-¿Qué pasa Granger? ¿No superas que lo más cercano a un padre de verdad que has tenido te haya dejado por una familia sangre pura?-

-Ya sé que tú no lo entenderás, pero hay cosas mucho más importantes que la limpieza de sangre, Draco. Padre, ya he tenido el mío, no me hace falta el tuyo. En cuanto a Lucius, él ha hecho lo que ha querido. Pero no voy a permitir que nos insultes a mi madre y a mí.- dijo Hermione fríamente. Y sin dejarlo contestar, se dio la vuelta y avanzó a buen paso para alejarse de él.

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Dos meses habían pasado desde septiembre.

Hoy Jean volvía sonriente a casa. Ya era un hecho, por fin tenía su propia clínica. Venía de ver el esperado resultado tras varios meses de esfuerzo, era un espacio pequeño, pero se sentía cómoda en él. A la semana siguiente empezaría a recibir pacientes.

Lo primero que pensó tras abrir la puerta, es que era una pena no tener a nadie con quien celebrarlo.

Cogió papel y bolígrafo y escribió una carta a Snape y otra a Hermione para contarles. Mandó primero la de su hija, con una lechuza que le había regalado el mes pasado por su cumpleaños. Ya mandaría la de Severus cuando el ave volviera.

Mientras hacía la cena los pensamientos volvieron a volar, siempre a lo mismo, cada día a lo mismo. ¿Acaso estaba destinada a estar toda la vida soñándolo sin tenerlo, recuperándolo para perderlo? Cada día a lo mismo, cada pensamiento para él.

Lucius, una y otra vez, Lucius.

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¡Jean! Lucius despertó sobresaltado en medio de la noche. Estaba sudando, había vuelto a soñar con ella.

Se dio cuenta de que tenía sed y alargó la mano para coger su varita en un acto reflejo.

-¡Aguamenti!- susurró apuntando al vaso vacío que había en su mesilla. Nada ocurrió.

Lucius se encogió sobre si mismo, y se quedó mirando al vacío el resto de la noche.

Por la mañana, Narcissa lo encontó con la misma expresión ausente. Una sonrisa socarrona apareció en sus labios tras entrar en su mente sin encontrar resistencia.

-Los muggles también beben. ¿Sabías? Te bastaba con llamar al elfo.- Lucius no contestó.

-¡Aguamenti!- dijo ella apuntando al vaso, que se llenó de agua al momento. Se dio la vuelta, y se colocó frente al tocador para arreglarse el pelo. Detrás suya escuchó a su marido beber y rió.

Lucius se levantó de la cama con dificultad, se sentía débil, pero no importaba. Las risas de ella le siguieron mientras se peinaba el largo pelo rubio sin magia.

Narcissa lo miraba, ahora seria.

-Estás acabado.- murmuró con desprecio. –Has permitido que un poco de tristeza acabe con tus poderes. Debería darte vergüenza.- él no contestaba, y Narcissa disfrutaba enormemente esos instantes en que le hacía ver que ella era claramente superior.

-Pero ¿sabes qué es lo más interesante querido?- susurraba ella. –Pues que ahora no tienes a donde ir. Piensas en ella, lo sé. Pero ¿de verdad crees que Jean quiere algo de un hombre que no es capaz de hacer un simple lumos?-

-La muggle debía estar encantada con tu magia.- seguía diciéndole mientras hacía la cama con un movimiento de varita. -¿Y ahora querido? ¿Ahora qué? Ahora que eres medio hombre. ¿Qué?- Lucius se dejó caer en un sillón y se tapó la cara con las manos.

-¿Ves lo que te digo? No eres ni la sombra de lo que fuiste.- Narcissa se acercó a él y comenzó a acariciarle el pelo mientras le hablaba. -No sirves para nada. Pero yo estoy aquí amor, porque te amo.-

-Estás loca.- dijo amargamente él.

-Puede. Pero sabes que sólo me tienes a mí.- contestó ella fríamente antes de salir de la habitación.

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Narcissa había salido. Lucius miraba por la ventana. No podía salir de la mansión. Estaba demasiado apartada de todo como para ir a ningún sitio sin magia.

Cerró la ventana hasta que volvió a parecer de noche y se tumbó en la cama a oscuras de nuevo.

No tenía ganas ni de pensar. Solo de dormir, de desaparecer.

¿Qué era Lucius Malfoy sin magia? Nada.

Sabía que era solo efecto de su depresión. Pero tampoco tenía ganas de hacer nada por evitarla.

Su vida era horrible porque así se la había ido construyendo él solito.

Tenía ganas de dejar todo e ir con Jean. Pero lo que decía Narcissa tenía sentido. Ahora no tenía nada que ofrecerle.

Se dio asco a si mismo cuando tuvo que ponerse la túnica, y doblar su pijama sin magia.

Jean no querría nada de él así.

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Hermione estaba deshaciendo su maleta de nuevo. Acababa de regresar al colegio después de las vacaciones de navidad en su casa.

Habían estado los tres juntos, como en verano. Una navidad algo extraña, porque estaba acostumbrada a pasarla con sus padres, pero muy bonita.

Habían decorado la casa con magia para animar a Jean. Luces de colores flotaban por todos lados, crecía muérdago por el techo y las paredes, y encima del árbol caía nieve mágica. Mientras Severus y Hermione preparaban todo esto, Jean había cocinado dulces navideños.

Hermion sonrió mientras recordaba todo esto. Iba a echar a Severus de menos en los meses que quedaban de clase, pensó sonriendo tristemente. Pero en ese momento descubrió una carta que había encima de su mesa.

La leyó y sonriendo radiante cogió un trozo de pergamino y escribió a Severus. ¡Le habían concedido realizar el proyecto de fin de curso en Hogwarts! Eso quería decir que lo vería antes de lo que había creído. Selló el pergamino con cuidado y envió a su lechuza con el mensaje.

Luego salió de su habitación para bajar a cenar, todavía sonriendo. Pero antes de entender lo que ocurría, se vio sujetada contra la pared por un hechizo.

Draco Maloy apareció entre las sombras y se colocó frente a ella. Solo entonces, la chica cayó al suelo y pudo al fin respirar. Cuando le miró a la cara se sorprendió, lágrimas de furia corrían por su rostro.

-Draco… ¿qué…?- No pudo acabar su pregunta porque un nuevo hechizo le hizo un corte en la mejilla. La chica apresuradamente se llevó la mano al bolsillo para sacar su varita pero esta no estaba ahí. Maldición.

Miró al suelo y la vio, pero estaba a varios metros de distancia, fuera de su alcance. Con el primer ataque debió salir despedida.

Draco se acercaba a ella, que cada vez se apretaba más contra la pared en un absurdo gesto de protección.

-Por tu culpa y la de tu sucia madre…- susurró muy cerca de ella. Olvidándose de la varita, puso la mano alrededor de su cuello y la levantó varios centímetros. Hermione se ahogaba de nuevo y lo miraba asustada.

-Por vuestra culpa mi padre está mal… Por vuestra culpa se esta consumiendo…- apretó la mano que rodeaba el cuello de la muchacha y ella trató de coger aire en vano.

–Por vuestra culpa ha perdido los poderes. ¡Si jamás hubieras existido, Lucius no habría vuelto a ver a tu madre, y ahora estaría bien!- Draco había dejado de susurrar y ahora le gritaba delante de la cara.

Entonces rió. Con una risa carente de alegría y llena de sufrimiento. –Por tu culpa sangre sucia.- escupió. –Mi padre ha perdido los poderes.- con la mano desocupada cogió la varita y la apuntó. -¡Imperio!-

El mundo desapareció para Hermione. Se sentía como flotando. De pronto la voz de Draco se oyó clara en su cabeza.

-Bebe esto.-

Debía obedecer. Cogió el frasco que el chico le tendía y bebió. Cuando el líquido tocó su lengua lo reconoció al instante. Era veneno. Pero no paró de beber ¿Por qué iba a hacerlo?

Cuando la última gota bajó por su garganta, el hechizo paró, y Hermione fue consciente de lo que acababa de ocurrir. Se llevó las manos a la garganta y cayó al suelo, el líquido se extendía rápidamente como fuego por sus venas.

Hermione conocía los efectos de la poción a la perfección, siempre fue muy buena estudiante, en unos segundos estaría muerta.

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