***Muy buenas niños y niñas. Siento no haber dado señales de vida durante los últimos días. Pero antes de escupir sobre la tumba de mis ancestros debéis saber que no he perdido el tiempo. Pensaba subir el siguiente trozo de historia en bloque de varios capítulos y actualmente me encuentro con unas 20.000 palabras de caos literario sin corregir ni redactar. Y lo peor de todo: estoy atascada cuando me faltan apenas tres o cuatro párrafos para finalizar AAAGGGGH. Odio escribir fucking lemon (se me da como el culo)
En fin como se me acumula el trabajo y tengo los monos de vacaciones he decidido no alargar más la odisea y subir estos tres capitulillos a modo de entremeses variados. No aportan gran cosa a la trama pero son graciosos y entretenidos. Me encanta emborrachar a mis personajes y no dejo de hacerlo en ninguna historia, considérenlo marca de la casa. Enjoy!***
La Noche del Cambio de Ciclo
Palacio del Oeste.
KAGOME
Jamás había tardado tanto en vestirme. Creo que mi expresión es de verdadero hastío cuando, con minúsculos pasitos me voy arrastrando hacia el jardín principal del palacio, donde la fiesta hacia más de una hora que había comenzado. Habían hecho falta dos criados para ayudarme a enrollar, doblar, colgar y atar cada una de las innumerables capas de pura seda bordada que formaban el recargado jūnihitoe* que me cubría, a eso le debía añadir el complejo peinado creado a base de tirones y adornado con el peso de mi gordo gato en oro, plata y piedras preciosas. Llevaba tantos kanzashi* en la cabeza que parecía un árbol de navidad y cada vez que giraba la cara se escuchaban molestos tintineos.
Me sentía como las reinas de carnaval de Rio de Janeiro que había visto por la tele. Bueno, ellas en realidad estaban contentas y sonreían bajo el peso de sus vestidos. Yo tengo cara de estar embutida dentro de una Doncella de Hierro, en vez de en un lujoso kimono ceremonial.
Pero la culpa es mía, por bocazas.
Ese día me había levantado sonriendo, recordando los eventos de ayer. La confusión en la cara de Sesshōmaru, el sonido de mi nombre en sus labios. Durante la comida me sentí como una reina a su lado. Él me presentó a toda la corte como la "salvadora de su manada", cosa que me sacó los colores delante de los estupefactos rostros de los yōkai presentes. Se comportaba como el más perfecto caballero y yo nunca le había visto tan relajado en público.
Al preguntarle por la razón de su buen humor me contestó simplemente: "anoche dormí muy bien". Esa respuesta me hizo sonrojar un poco y me pregunté si debería contarle lo que había sucedido. No, definitivamente es demasiado vergonzoso.
El sol brillaba con suavidad y ya debía ir a ver a mis pacientes, cuando al tratar de vestirme descubrí que todas mis ropas apestaban a sudor, sangre y a saber qué más. Había sido poco previsora y los dos recambios que me dejó Kikyō estaban en el mismo estado. No me quedaba otro remedio que ponerme el uniforme, aunque aún me acordase de la amenaza de "Manos Largas-Sama".
"Anda y que se joda". No voy a ir por ahí en pelotas.
A la hora de comer me pasé por el comedor y le vi sentado en el lugar de honor habitual, a unos dos metros por encima del común de los mortales. Llevaba su máscara de Señor Impasible, así que no podía asegurar con plena certeza si estaba cabreado o no. Me senté a comer en una mesa larga y no pasaron ni dos minutos antes de que un criado viniera a informarme debía subir a la tribuna, que el Señor quería que comiese con él. Ya empezamos…
Tras sentarme a su lado Sesshōmaru ni me miró. Tan solo siguió hurgando en su tazón con los hashi (palillos), separando los guisantes del arroz y dejándolos en la bandeja. Pensé en que Sōta hacía lo mismo.
"¿Qué tienes, 10 años?"
– ¿Hoy también has dormido bien? – Rompí sin poder aguantar más el silencio.
– No he dormido.
– ¿Y eso?
– No me hace falta dormir a diario.
Esa fue toda la charla de ascensor que pude idear… Sesshōmaru terminó de comer y pidió sake. Tan sólo tras servirse una copita se giró hacia mí rompiendo el seiza (modo de sentarse tradicional y obligatorio para comidas y demás protocolo) y mirándome con una intensidad que sería capaz de cocer un huevo duro.
– ¿Qué? – Le pregunto tragando con dificultad. El sonríe.
– Nada, termina de comer.
Llamó al criado para que se llevase su bandeja y le susurró algo al oído. Al rato éste volvió, entregando al Lord algún tipo de documentación en forma de rollo y llevándose mi bandeja vacía también.
Sesshōmaru desenrolló el documento en la mesa baja recién despejada. Parecía un listado de intendencia. Yo estiré también las piernas y me acerqué a mirar.
200 sacos de arroz
50 sacos de trigo
60 barriles de tofu
…
Le miré sin entender.
– ¿Qué se supone que es esto?
Él se pegó totalmente a mí y pasó el dedo por el documento como si me lo estuviera enseñando. La respuesta me la dio susurrándome al oído.
– Es una cortina de humo.
El susurro era tan sugerente que me recorrieron múltiples escalofríos, que pasaron a ser descargas cuando noté su otra mano subiendo por mi muslo. Me separó las piernas e introdujo sin problemas la mano debajo de la corta falda. Acarició con suavidad mi pubis por encima de los panties.
– ¿Qué se supone que haces? – Traté de sonar indignada sin conseguirlo.
– Tan sólo lo que prometí que haría si te volvía a ver con esas ropas – Una ola de calor me sofocó, poniéndome colorada y haciéndome sudar. Tan sólo notar su respiración en mi oído era todo un nuevo nivel de excitación para mí…
– ¿Vas a violarme?
– Algo así… Por cierto, ¿qué es esto? – Tira de la goma de mis bragas. Lleva ya un buen rato frotando con los dedos el encaje hasta que la humedad lo empapa.
– Ropa interior.
– ¡Qué extraña! No te la pongas la próxima vez. – La mano apartó la tela para introducirme el dedo medio hasta la mitad. Allí algo le obstruía el paso.
– ¿Eres virgen? – Es más una afirmación que una pregunta.
– Tengo 16 años – Contesté indignada. – No es tan raro.
– Sí que lo es… Entonces dejaré este lugar para más adelante.
Sacó el dedo de mi vagina juntándolo con los demás y esta vez con el pulgar acarició los bordes de los labios buscando el clítoris. Cuando llegó a mi punto más sensible, su suave roce me resultó tan intenso que no puedo evitar pegar un bote.
– Si te mueves te harás daño con las garras. Quieta. – Parece haber transcurrido toda una vida desde que recibí una orden parecida de Yako.
Yo trataba de relajarme pero era imposible. El suave, casi imperceptible roce del principio se repetía transformándose en más intenso. Sesshōmaru aumentaba la presión con cada movimiento.
– Pero qué sensible eres por aquí…
– ¡Cállate! – Resoplé entre dientes. Cuando escuchaba su voz perdía por igual la concentración y el juicio. Tras jugar con la presión decidió cambiar la dirección de sus caricias. Empezó a mover el pulgar en círculos cada vez más rápidos mientras yo sudaba sofocada. Agarrada a la mesa con fuerza, traté de no moverme ni un centímetro. Los minutos se me hacían eternos mientras me balanceaba en las olas de placer. No podía levantar la cabeza, estaba segura que todos los yōkai de la sala nos miraban extrañados. Mi cara debía de ser un poema: roja y desencajada. Sesshōmaru, por su parte me miraba fijamente sin pestañear siquiera, mordisqueándose el labio inferior. Cuando empezó a sentirme palpitar, con su mano libre me levantó la barbilla, obligándome a girar la cara y mirarle. Su atractivo rostro me pegó el último empujón y caí por el precipicio del placer. Ninguna de mis autoexploraciones había sido tan intensa. El placer me zarandeaba como un barco a la deriva. Todo mi cuerpo pulsaba y la necesidad de gritar era prácticamente irresistible. Cuando me mordí con fuerza la mano para evitarlo, escuche al yōkai emitir un ronco gruñido y sus pupilas de gato se contrajeron. ¿Estaría también excitado? Cuando por fin terminé de correrme, sacó la mano de debajo de la mesa y se lamió los dedos empapados con deleite. Ese aire de satisfacción y autosuficiencia me provocaban ganas de pegarle un puñetazo.
– ¿Contento? – Le miré mosqueada y respirando con dificultad.
– Yo sí, ¿y tú? – Tras eso se levantó de la mesa y una vez de píe, sentenció:
– Si no te pones ropa decente esta noche, te volverá a pasar lo mismo.
Entonces cavé mi propia tumba.
– Sólo me lo puse porque toda mi ropa estaba sucia, maldito hentai.
El sonrió de nuevo. Le hacía gracia verme picada, estoy segura.
– No sé lo que es un "hentai" pero tomaré medidas al respecto de tu ropa.
Y así es como conseguí los 20 kilos de pura seda que arrastraba por aquél interminable pasillo. Estaba arrepintiéndome de no haberme quedado en uniforme. Total, no había sido tan malo lo que pasó. Lo repetiría sin dudar, siempre y cuando fuera en privado.
Por fin llego al jardín. Se escucha suave música tradicional y las copas de los árboles están llenas de farolillos. Los yōkai engalanados también, se juntaban en grupitos charlando y bebiendo. Busco a Sesshōmaru con la mirada para localizarle al fondo del jardín. Maldita sea, tendré que andar un montón para llegar hasta él. Voy avanzando con mis pasitos de ratón como una carreta en la cabalgata de Reyes, dando tiempo hasta al yōkai más distraído a admirar mis pintas. Además me llegaban susurros ahogados que muchos ni se molestaban en ocultar.
– Mira, mira. ¿Quién será?
– Es humana. Huele a humana
– ¿Viste que colores lleva? ¿Será posible…?
– Es la miko del Lord.
– ¿Tú crees que…? No, ni hablar…
Roja como un tomate trato de acelerar el paso y por supuesto acabo tropezando. Sesshōmaru me debe de haber visto trastabillar y en un borrón de movimiento aparece a mi lado para cogerme al vuelo.
– No deberías correr con esa ropa, Kagome.
Estoy tan cabreada que no puedo ni abrir la boca, por miedo de que empiecen a salir de ella sapos y serpientes. Así que me conformo con fulminarle con la mirada. Él me coge por debajo del brazo y me ayuda a llegar a una silla. Después se sienta a mi lado y pide unas bebidas.
– ¿Se puede saber por qué me torturas de esta forma?
El me sonríe con dulzura, lo cierto es que me mira tan embobado que por un momento me siento hasta atractiva.
– ¡No me puedo creer lo preciosa que estás!
Me da un nuevo sofoco. Agarro una de las tazas que el criado acaba de traer y le pego un gran trago, pensando que es agua. Me abraso las entrañas.
– ¡Esto es sake!
– Pues claro, ¿qué pensabas que era?
– ¿Para qué ordenas sake para mí? Sesshōmaru, ¡tengo 16 años!
– Sigo sin entender ese argumento. A esa edad muchas hembras ya tienen un cachorro o dos.
Cierto, se me olvidaba que para la mentalidad de la época, ya soy una mujer adulta. Me sonrojo recordando la embarazosa pregunta de esta mañana.
A medida que avanza la noche se acercan numerosos nobles a felicitar al Lord y se inclinan ante mí. ¿…? Yo también les felicito por el cambio de ciclo a lo que se me quedan mirando extrañados. Debo de estar diciendo la felicitación mal.
– Oye Sesshōmaru, ¿cómo se supone que debo felicitar por el nuevo ciclo? Todos me miran raro.
Él es otro de los que miran raro, o más bien divertido. Parece estar aguantándose la risa.
– Lo estás haciendo muy bien.
– Pues todos los yōkai me están mirando y murmurando…
Como respuesta suena una horrible voz chillona a mi espalda.
– Eso es porque vas disfrazada de Dama del Oeste, estúpida humana.
Me quedo con la boca abierta tratando de asimilar la información, mientras la alegría desaparece de la cara de Sesshōmaru para convertirse en una mueca de desdén.
– Madre.
– Cachorro, ¿acaso no has informado a la miko de que está portando el jūnihitoe oficial de nuestra Casa? Deberías explicar a los nobles yōkai que esto es una broma, antes de que empiecen a enviarte regalos de compromiso.
Yo acababa de decidir que esa noche era estupenda para mi primera borrachera. La última revelación me pillaba con la copa de sake en la boca. De la impresión me atraganto y el sake me sale por la nariz, salpicando a Irazue.
– ¡Pero qué asco! Humana repugnante…
Acabo de asimilar la información y me doy cuenta del tamaño ridículo al que me estaba sometiendo ese cabrón. Le lanzo una mirada envenenada y me levanto para salir corriendo. Por supuesto caigo de bruces. Llevar esta ropa es como estar encadenada. El causante de todo se agacha a mi lado para ayudarme a levantarme. Paso olímpicamente de sus brazos y me levanto solita. Ahora es la cara de Irazue la que esta sonriendo. Aguantándome las ganas de cruzársela me empiezo a soltar enganches y cordeles, me arranco el obi y empiezo a quitarme capa tras capa.
Todos los yōkai me miran estupefactos pero yo he perdido toda la vergüenza. Cuando llego a la penúltima capa me detengo y tras quitarme las geta lacadas las lanzo apuntando directamente a la cara del Señor del Oeste. Éste esquiva los proyectiles hábilmente pero a mí me la suda. Agarro la botella de sake de la mesa y me largo con la poca dignidad que me queda.
jūnihitoe: lit."traje de doce capas". kimono muy complejo que fue usado sólo por las damas de la corte durante el Periodo Heian.
Para que entendáis mejor el sufrimiento de nuestra prota os informo que:
Las capas del Jūnihitoe son:
La ropa interior: Por lo general son dos piezas, pueden ser de algodón o de seda.
Kosode: Un corto manto de seda de color rojo o blanco que llega hasta la inferior de la pierna.
Hakama: Una falda plisada roja dividida, también puede ser usado por los hombres.
Hitoe: Una túnica sin forro de color blanca, roja o azul.
Uchigi: Una serie de túnicas de colores brillantes sin forro que crean un efecto de capas.
Uchiginu: Un manto de seda escarlata igual usado como refuerzo y apoyo a las túnicas exteriores.
Uwagi: Un patrón tejido y decorado, está hecho de seda y es más corto y más estrecho que el Uchiginu.
Karaginu: Una chaqueta hasta la cintura al estilo chino.
Mo: Un delantal, detrás de la túnica.
Peso total: unos 20 kg. (casi na´)
Kanzashi:son ornamentos para el pelo de diferentes formas, tamaños y materiales, utilizados en peinados tradicionales japoneses. Para haceros una idea del árbol de navidad que llevaba Kagome, pensad más que en geishas, en las típicas Oiran (cortesanas), que podían llevar más de 20 y no menos de 8 tipos de abalorios diferentes en sus peinados.
