Entre violentas sacudidas, la nave atravesó la espesa atmósfera de aquel planeta al borde de la hecatombe para posarse, con dificultad, sobre una inestable superficie rocosa.
Cuando abrió la compuerta, Vegeta pudo comprobar de primera mano la dificultad que entrañaba el lugar para respirar y que su gravedad, si bien no era tan potente como la que dominaba ya dentro de su cápsula espacial, sí podría ser perfectamente cien veces superior a la de la Tierra, incluso a pesar de su pequeño tamaño.
Un fuerte olor a azufre le abofeteó la cara y reaccionó a ésto con una mueca de disgusto, entendiendo que no sólo corría peligro de morir electrocutado con las eternas tormentas del astro, ni por la inminente lluvia de meteoritos que se aproximaba, sino que, además de eso, la actividad sísmica del lugar estaba en pleno apogeo y de momento a otro le sorprendería la erupción de algún volcán. Un déjà vu brutal le hizo pensar por un instante que había vuelto a la vida, por segunda vez, en Namek, pues ese planeta tenía las horas contadas como el otro cuando resucitó. Si lograba salir con vida de allí sólo sería de una manera: convertido en súper saiyan.
Voló alejándose de la nave, buscando el lugar en el que impactarían los asteroides, esquivando en el camino los cientos y cientos de rayos que parecían perseguir su figura a través del cielo, de color rojo oscuro, espeso como la sangre en una herida profunda de la que ya apenas brota líquido vital alguno. Se cansaba, le costaba respirar, y sus movimientos eran más lentos de lo que esperaba allí, pero debía seguir adelante si quería lograrlo.
En un punto no muy lejano en el horizonte, vio una estela brillante surcando el firmamento. Ya empezaban a impactar. Aceleró el vuelo y, súbitamente, una potente columna de roca fundida surgió desde la superficie del árido terreno, esquivándola a duras penas y chamuscando su coraza en última instancia.
—Por poco —se dijo, aliviado.
Un rugido desde las entrañas del planeta silenció por un momento el retumbar de los truenos y un fuerte seísmo estremeció el terreno circundante. Nervioso, oteando el suelo sobre el que flotaba por si le sorprendía una nueva erupción, observó que la zona de donde venía, y donde reposaba su nave, se hundía sin remedio bajo la tierra. Voló como un rayo hacia allí y se deslizó debajo de la esfera para alzarla sobre su cabeza y trasladarla a un lugar más seguro, dentro de lo que cabía esperar allí. El peso del trasto no era gran cosa para él en el medio terrícola, sin embargo allí, en las condiciones en las que estaba, sus músculos y su traje se resentían por el esfuerzo, además que su campo visual era más limitado y le impedía localizar los inminentes y mortales obstáculos.
Estaba tan sediento de superación, que ni siquiera recordó que podría haber encapsulado y guardado la nave dentro de su armadura, por lo que sólo atinó a depositarla lo más delicadamente que pudo en la cima de un cerro aparentemente sólido para poder salir después más confiado en busca de su anhelada lluvia de meteoritos.
No tuvo que irse muy lejos. El cielo se encendió repentinamente con un fulgor rojizo, contemplando atónito que un aluvión de rocas espaciales incandescentes se le venían encima. Jadeando, se puso manos a la obra inmediatamente, destruyendo sin descanso cuanta roca viera o, de lo contrario, su único medio para regresar a la Tierra sería poco más que polvo espacial en unos momentos. Así que saltó de piedra en piedra, pulverizando proyectiles, esquivando relámpagos, bajo una atmósfera aplastante con escasez de oxígeno y con un terreno traicionero que escupía lava o se movía abruptamente, tratándose cualquier cosa que tuviera encima.
La tensión en los músculos dolía, los rasguños y las quemaduras de los rayos le abrasaban la piel, destruyendo su traje y su coraza. El pecho le pesaba, pues el asfixiante aire estaba igual de cargado que el que recordaba respirar en el mismísimo averno. Si tan sólo despertara su poder latente. ¿A qué esperaba para que aflorara su legendario lado súper saiyan? Se maldijo no una ni dos, sino cientos de veces por ser tan débil, por permitir que un simple guerrero de tercera clase le comiera la tostada incluso en un momento como aquel. Si tan sólo pudiera... si fuera capaz de transformarse en ese preciso instante, no sentiría el miedo recorriendo por su espina dorsal de una forma tan atroz como lo estaba haciendo.
Si se pudiera convertir, haría que el inmenso meteorito que ensombrecía su cabeza, y que era casi del tamaño de una pequeña luna, fuera pulverizado hasta ser arena fina. Pero no podía, y aún así debía volver a su hogar, por lo que sacó fuerzas de donde casi no le quedaban y trató de frenar el avance de la descomunal roca esférica, primero con un ataque energético, luego con sus propias manos, consiguiendo poco más de casi quedar sepultado por la colosal piedra de no ser por un rápido movimiento evasivo. Como resultado, no pudo evitar el impacto sobre el terreno aunque sí contener la fuerza que llevaba. Sin embargo, derribó la atalaya sobre la cual estaba su cápsula espacial, quedando semi enterrada.
Tendido boca abajo en el suelo, miró sus guantes desgastados y sus manos heridas y ensangrentadas. Físicamente, no le dolía, tampoco notaba el ardor de las quemaduras en su cuerpo, ni el aire irritando sus pulmones o el ardormecimiento de sus músculos sometidos a esa clase de tensión. No le lastimaba, no sentía absolutamente nada. Sólo la triste y cruel certeza de que él era incapaz de igualar el poder de un semejante, de bajo rango, aunque de su misma raza. Lo admitía, al fin pudo comprenderlo y aceptar la más deshonrosa de todas las derrotas.
"¡Vegeta! —la voz de Bulma resonó en su cabeza— ¡Vegeta! ¡Levántate, idiota! ¡¿Qué crees que haces?!".
No podía ser. Estaba al borde de la muerte y su mente traidora puso en sus oídos la estridente voz de la mujer. ¿Tan importante era esa humana para él? Ya no podría restregárselo por la cara, no podría presumir más delante de ella. Bulma, la única que confió en sus capacidades desde primera hora, a pesar de ser una humana insignificante, la misma que, sabía, esperaba en la Tierra con un hijo suyo, si por desgracia conseguía salir adelante. Aunque era consciente de que ella no lo iba a perdonar jamás y que le devolvería el daño que le había hecho. No podría volver a disfrutar de su ira, de sus ojos profundos, de su enloquecedor aroma. No podría protegerla más. No era un súper saiyan.
Se odiaba. Se odiaba así mismo más que a nada o a nadie en el mundo, más que a Kakarot, más que la conexión que tenía con la humana, más que la curiosidad de conocer a ese extraño híbrido que llevaría su sangre real. Golpeó la tierra con su puño herido, haciendo que brotara la sangre con mayor profusión de éste, devastado, herido en lo más profundo de su orgullo.
Poniéndose en pie, permitió que la ira se apoderara de su organismo y estalló en un potente alarido de frustración y cólera, haciendo que la energía que emanaba de su organismo explotara en un torbellino energético que desplazó cuanta roca había en torno a él, sumiéndolo en un hondo socavón y fulminando los aerolitos que desafiaban con penetrar en ese aura dorada que, repentinamente, envolvía su cuerpo.
Se miró las manos, aún sangrantes, pero radiantes, inmersas en una potente luz dorada. Miró a su alrededor, sintió el poder que contenía fruto de la cólera y lo comprendió: lo había conseguido, ¡era un súper saiyan! ¡Y no cualquiera! Él nunca fue cualquiera. Él era, por encima de todo, el Gran Vegeta, Príncipe de los Saiyans, su destino era ser el guerrero legendario de su raza, el ser más poderoso de todo el universo.
Henchido de orgullo y felicidad, saltó hacia la lluvia de meteoritos, ligero como una pluma, destruyendo casi sin esfuerzo las rocas otrora mortales, desviando con potentísimas ráfagas de ki la trayectoria de las descargas eléctricas que tenían como destino su nave o su propio cuerpo.
Admirando su nuevo poder, rio. Rio con el nerviosismo y la excitación propias de quien se sabe más poderoso que el más poderoso de sus enemigos, resonando el eco de sus carcajadas por encima de los truenos y los temblores sísmicos de ese decadente planeta. Ya no tenía nada que hacer allí, el siguiente paso sería regresar a casa, hacerle el amor a su humana como nunca se lo había hecho anteriormente, y demostrarle a Kakarot y a su patético séquito de gusanos quién era él. El torneo era una insignificante excusa, todo lo que deseaba era machacar a esa sabandija de clase baja para recuperar del todo su orgullo y el estatus que por derecho le pertenecía.
En el aire como estaba, esquivando y destruyendo sin esfuerzo el chaparrón de pedruscos en llamas y eludiendo los rayos, localizó la nave en una sima por suerte no muy profunda. Con sólo pensarlo, ya estaba ante la puerta del vehículo, entrando antes de que se hubiera desplegado ésta por completo.
Fue hacia los mandos y puso en marcha los reactores para salir disparado de allí. No era muy difícil, sólo necesitaba programar la llegada en las coordenadas del punto de partida y todo estaría hecho. Regresaría antes de lo esperado, con un poco de suerte no tendría ni que esperar al certamen para poder demostrar sus aptitudes en combate contra Kakarot, ya que estaba ansioso por demostrar de lo que estaba hecho, de lo que era verdaderamente capaz.
oOo
Si alguna vez se hubiera preguntado Bulma cómo se imaginaba siendo mayor, lo más probable es que le hubiera contestado que aventurera, patrullera galáctica, una afamada inventora o cualquier cosa que la estuviera obsesionando por aquél entonces. Pero jamás de los jamases se habría visto sosteniendo a un hijo suyo en brazos. Y, a su vez, nunca se habría preparado lo suficiente, así ése hubiera sido su sueño personal, para comprender la tremenda responsabilidad que extrañaba la palabra maternidad.
Sólo hacía unas semanas que su bebé decidió nacer y en ese breve lapso de tiempo entendió que su vida jamás volvería a verla de la misma manera que hasta entonces, pues casi de un momento a otro ella dejó de ser su primera prioridad para ceder ese honorífico puesto a la pequeña criatura que dormía plácidamente en la diminuta cuna de madera junto a su cama.
Cosas tan nimias como comer, ir al baño o mirarse al espejo para acicalarse lo mínimo, se volvían una total odisea cuando su no tan frágil bebé protestaba en busca de comida o por la incomodidad de un pañal mojado. Primero iba él, siempre él. Ella ya tendría tiempo más tarde para sus cosas porque, sin pensarlo, una imperiosa necesidad de acunarlo y acercarle el pecho la dominaba por completo cuando él la demandaba. Debía ser lo que comúnmente la gente llamaba instinto maternal.
Llevaba más de una hora observándolo dormir, obnubilada. Necesitaba una ducha, sin embargo, pasar tiempo mirando sus regordetas manitas y piernas, o su escaso pelito lila sobre su redondeada frente, mientras su diminuto cuerpo se agitaba rítmicamente con cada respiración, era un placer infinitamente mayor que el agua caliente recorriendo su piel. Nunca se cansaba de verlo.
Aún le costaba entender cómo era posible ese milagro, cómo había podido dar vida a un bebé tan hermoso, cómo de un día para otro compartía su existencia con alguien más y que ese alguien era, verdaderamente desde el punto de vista material y empírico, parte de ella. Parecía que fue ayer cuando se enteró de la noticia, y de un momento a otro notaba la vida abrirse camino en su interior, a veces de forma bastante dolorosa. Hasta que, sin darse cuenta, llegó el día de su parto y el nacimiento de su hijo.
Se levantó para ir al baño a ducharse, echando un último vistazo hacia la cuna desde la puerta, sin cerrarla para poder oír con mas claridad el llanto del niño si es que se despertaba con hambre. Sonrió orgullosa. Era mejor de lo que había soñado nunca.
Se desvistió y entró en la cabina. Abrió los grifos y se relajó bajo el agua cálida, rememorando como transcurrió el gran día. Volvió a sonreír. Había tenido molestias en las últimas, achacándolas a la fuerza sobrehumana del crío y al tamaño que había alcanzado su anatomía, pero lo de esa mañana había sido más de lo que podía soportar.
Después de una noche plagada de pesadillas, cansada, se había levantado con los riñones doloridos y un intermitente e intenso calambre recorriéndole toda la cintura, llegándole hasta el vientre y las piernas. Cuando hubo bajado a desayunar, su madre, alegre y sin decir media palabra más allá de su "Buenos días, cariño", había subido rápidamente a la habitación de su hija a preparar la canastilla y la maleta para ir al hospital, pues había reconocido, nada más ver el rostro hinchado y maltrecho de su hija, que ese día sería el gran día.
Poco antes de que hubiera bajado con los preparativos, Bulma comprendió de golpe que ese día sería el que su vida cambiaría por completo, pues una fuerte contracción la azotó desde su espalda hasta su bajo vientre durante más tiempo del que lo hacían los otros espasmos. Entonces, controló su respiración, preparándose y cronometrando el tiempo para la siguiente contracción. Inspiró hondo al notar la siguiente oleada de dolor en su cuerpo, y miró el reloj: un minuto y medio. Cuando se hubo recompuesto, vio a su madre en la sala con los macutos y le dijo que había llegado la hora de salir para el hospital.
Todo había sido mas rápido de lo que esperaba, muy doloroso, pero más sencillo de lo que le habían contado. Sin grandes aspavientos, sin más gritos de los necesarios, o sea, alguna bronca dedicada al personal sanitario o médico de turno, manejando su respiración, caminando, hablando con su madre... había estado dominado el dolor de cada espasmo en su vientre, hasta que sintió ganas de empujar. Entonces detuvo su andar a los pies de la cama de la habitación del hospital, se aferró al hierro de ésta y se acuclilló para empujar con todas sus fuerzas en la siguiente contracción.
Ella sola, sin más matrona que su madre para guiarla, siguiendo los impulsos de su propio cuerpo, había alumbrado a un rollizo bebé en tres fuertes y largos pujos. Dolía mucho, pero el intenso escozor se desvaneció cuando sintió una parte de ella misma desprenderse de su interior, cayendo sentada hacia atrás, mirando la cara de felicidad sin limites de la ahora abuela con el pequeño trozo de ella en sus manos.
—¡Es un niño! —le había dicho con la emoción apretando en su garganta y humedeciendo sus ojos.
Bulma rio nerviosa al ver a su hijo. No había sido para tanto, de hecho, el resultado había compensado con creces el padecimiento. Era bellísimo.
Cerró el grifo de la ducha y tomó una toalla para secarse el cuerpo y su cabello. Mientras se peinaba su ahora recortada y lacia cabellera, el reflejo del espejo le devolvió una imagen cansada de su rostro, recordándole las primeras horas y días de su maternidad, cuando sus sentimientos eran ambiguos ante ese nuevo rumbo de su existencia. Se había sentido extraña, perdida, sin saber si debía ser feliz o no por la tremenda responsabilidad que recaía en sus brazos, incluso culpable por osar verlo de esa manera.
Sin embargo, a ella no se me resistía nada y no tenía la más mínima intención de dejarse abrumar por los acontecimientos o los cambios hormonales. Lo amaba y, además de eso, deseaba enfrentar ese nuevo reto que le proponía el destino. Por tanto, puso todo de su parte para confiar su corazón en las tibias manitas de su recién nacido.
"Trunks". Salió del baño pensando en él, revisando con cautela que siguiera durmiendo tranquilito, como así lo hacía.
Destapó su cama y fue a meterse dentro, respirando hondo con la tranquilidad del entorno... pero, inesperadamente, un fortísimo estruendo la asustó. Al ruido ensordecedor lo acomlpaño un fuerte temblor que sacudió la casa completamente, y provenía del jardín. Se asomó por la ventana buscando el origen del estrépito y frunció el ceño.
Era Vegeta. Ese descarado había tenido la poca vergüenza de regresar. Y antes de lo esperado.
oOo
Siempre le pasaba igual, no había manera de entrar en la Tierra con algo de combustible en el depósito para maniobrar un aterrizaje decente. El viaje lo había pasado la mayor parte del tiempo durmiendo, no porque quisiera, sino porque el cuerpo no le daba para más, y fue cuando ya quedaba poco para entrar en la atmósfera terrestre que se despertó por la alerta del depósito vacío. Sólo le quedaba prepararse para el impacto.
Desplegó la rampa para salir, notando con un nerviosismo impropio de él la presencia energética de Bulma aproximándose a la nave. ¿Acaso lo había estado esperando?
Cabizbajo, descendió lentamente, sintiendo a la humana corriendo hacia él con su ki mucho más alterado que la última vez que la vio, que no era poco en ella.
Ya en tierra, levantó la vista para mirarla de frente, observando su pálido y hermoso rostro momentáneamente enrojecido por la ira, corriendo hacia él como un huracán a punto de llegar a la costa.
Sintió un cosquilleo en el vientre al verla y al notar la mano de ella impactando de lleno en su rostro, el cual no se movió un milímetro. Ella encolerizó todavía más si cabe y, en un arrebato casi infantil, porque sabía perfectamente que el daño físico que podría hacerle era menos que el de una mosca, continuó propinándole una serie de guantazos, puñetazos en el cuerpo y patadas en las piernas con toda la fuerza que era capaz de albergar.
Veia que ella tambien lo había extrañado, tanto como él a ella, pero ninguno supo verdaderamente hasta qué punto hasta que se tuvieron uno frente al otro. Él sonrió de medio lado e, ignorando la furia de ella, o más bien, disfrutando su mal genio, puso sus manos en las caderas de ella y las atrajo hacia su cuerpo, disfrutando de la delicadeza y voluptuosidad de la mujer contra su dura musculatura.
Entre leves puñetazos y empujones, la besó sediento, pero con lentitud, tomándose el tiempo necesario para saborear cada rincón de los labios y la lengua de Bulma. Ella se hizo la dura al principio, intentando separarse, pero no cayó en la cuenta de cuánto había echado de menos la calidez y el sabor de los labios de él e, involuntariamente, correspondió el beso con la misma intensidad, dejando de forcejear.
Separándose lo justo para seguir relamiéndose en los labios dulces de ella con besos más cortos, pero no menos intensos, miró el rostro de Bulma, abandonada a la voluntad de sus brazos dejando sus manos sobre los hombros del guerrero. Sonrió orgulloso contra la boca de ella y ésta abrió los ojos, recobrando la lucidez.
"¿Qué demonios estoy haciendo?", se cuestionó mientras lo volvía a mirar con odio y le daba un empujón con ambas manos con el que ella retrocedió un par de pasos. Iba recriminarle la desfachatez de aparecer nuevamente en su casa y tener la poca vergüenza de besarla a traición. Quería volver a abofetearlo, gritarle a pleno pulmón lo mucho que le odiaba, pero él seguía sonriéndole y, rodeándose de una cálida corriente que la obligó a retroceder otros cuantos pasos, quedó envuelto de pies a cabeza por una luz amarillenta que, sin entender muy bien porqué, emanaba de él.
Sus ojos, ahora de un color azul turquesa vibrantes en lugar de negros, la observaban altaneros, orgullosos como nunca antes los vio. Su cabello se volvió dorado y ondeaba con la corriente energética que giraba en torno a él de forma ascendente. Lo había logrado. Ese miserable y arrogante saiyan había conseguido el poder que tanto anhelaba por sus propios medios.
Se aproximó lentamente a él. Nunca fue capaz de sentir energías, ki o como le llamasen, pero esa fuerza que emanaba de su cuerpo era casi tangible. Alargó una mano para tocarle el brazo y el calor que emitía le abrasaba.
Él se observó las manos. Era la primera vez que se transformaba en plena calma, sin temer por un riesgo real en su vida. Era sumamente fácil controlar la transformación ahora que la tenía al alcance de los dedos, y no veía el momento de ponerlo a prueba e incrementarlo más y más.
Apretó los puños y cerró los ojos pensando de nuevo en su objetivo más próximo y, en medio de esa vorágine de pensamientos, aumentó la intensidad de las llamaradas que lo envolvían. Bulma ahogó un grito y retrocedió nuevamente, trastabillando con sus pies pero, en vez de caer, una brillante mano la sostuvo por la cintura impidiéndolo. El ardiente y electrizante tacto, incluso a través de la ropa, le erizó la piel. Cuando volvió a sostenerse por ella misma y él hubo retirado su mano, aún podía sentir la irritación que le produjo el contacto.
Ambos seguían sin decir una sola palabra. Él la miraba, ahora serio, calmado, y bajó la intensidad de su halo sin perder la concentración. Cerró los ojos y ralentizó su respiración, acompasándola, controlando su energía desbordante para contenerla y evitar que escapara por sus poros. Entonces, abrió los ojos de nuevo, la miró confidente, se deshizo de un guante y le tendió la mano para invitarle a probar su tacto.
Dubitativa, temiendo una sensación dolorosa como la anterior, Bulma alargó su mano. Pudo notar el hormigueo de la corriente eléctrica que fluía bajo su piel y que energía en forma de diminutas chispas por dónde ella rozaba. Resultaba hipnótico a la vez que irritante cuando fijaba el contacto en un solo punto.
"Así que se trataba de ésto", pensó ella. De un golpe, comprendió el nivel y la importancia de su obsesión. Conociéndolo tan bien como ella lo hacía, sabiendo cuál era su empeño, su antigua condición de príncipe de una raza extinta, e intuyendo la impotencia con la que vivió durante los largos años bajo el dominio de Freezer, supo finalmente la importancia que tenía para él dominar ese estado: lo era todo.
Sin embargo, y a pesar del sufrimiento que le causó durante todos esos meses de ausencia y que se resistía a olvidarlo, cayó también en cuenta de lo importante que era ella realmente en su vida, pues no sólo había querido mostrárselo, sino también palparlo. Buscaba compartir ese momento crucial en su vida con ella. Entretanto, él... él se maravillaba con su deleite. Vio cómo lo admiraba y para Vegeta no había sensación más placentera en el universo... o casi.
Ella se fue acercando poco a poco, haciéndose a la exorbitante energía que desprendía el cuerpo del saiyan, aproximándose con cuidado, primero a un palmo y, de forma lenta e inexorable, fue acortando la distancia. Vegeta volvió a cerrar los ojos para mantener su respiración constante y prevenir que su ki de súper saiyan flameara de nuevo, hiriendo a la mujer. Pero aquella frágil e insensata humana adoraba el peligro. Ahora le acariciaba la cara y a él cada vez le resultaba más complicado conservar el temple.
Intuyendo la amenaza que albergaba su compañero, Bulma quiso apartarse pero, por el contrario, ardía en deseos de probar el tacto de su boca en ese estado. Cerró los ojos también y posó sus labios suavemente en los de él. Súbitamente, la corriente que generaba Vegeta se viralizó, recorriendo ambos cuerpos y sacudiéndolos con violencia.
Se separaron rápidamente, con las respiraciones agitadas, él volviendo a su estado basal y ella temblando de la emoción. El silencio no quería abandonar sus gargantas y sus ojos intercambiaron miradas de incertidumbre, miedo y lujuria.
Un agudo sonido parecido al maullar de un gato provenía desde una pulsera que llevaba la mujer. Antes de salir de la habitación, Bulma se había colocado en la muñeca un pequeño intercomunicador del tamaño de un reloj. Trunks la llamaba.
N/A:
Lo primero, como es costumbre, agradeceros infinitamente el que estéis ahí leyendo y que, todos los viernes, haya gente ansiosa esperando la actualización. ¡¡Os amo!!
Ha sido un capítulo bastante intenso para mi al escribirlo, quería adjuntar también un booktrailer, pero se me ha echado el tiempo encima y para poneros cualquier cosa, mejor os pongo la banda sonora que tendrá. Para mí, este tema de BSB (que no se note el fangirleo) viene al pelo para Vegeta, sobretodo en el momento de alcanzar ese estado que ha tenido atravesado tanto tiempo.
En cuanto a Bulma, he querido darle el parto que nunca tuve ni tendré, el de una mujer segura y empoderada. ¿Os acordáis de la reina de Esparta diciendo que sólo las mujeres espartanas parían a hombres de verdad? Pues no tengo nada más que añadir, señoría .
Aparentemente, han hecho las paces estos dos... PERO que no os quepa duda que no se va a ir de rositas el principito, ni mucho menos
Un abrazo fortísimo y os espero en los comentarios.
