Un caso peludo.

Estaba harta...

Más que harta, estaba cansada…

...Cansada de la actitud infantil de Draco.

Para que me entiendan, se suponía —o al menos en mi cabeza suponía — que habíamos arreglado nuestras diferencias, que después de ese paseo en motocicleta y de la noche divertida que habíamos pasado, todo se había solucionado. ¿Están de acuerdo conmigo?

Pues tal parecía que la psicología Malfoyana no funciona como la del resto de la humanidad. Aun en una cabeza tan dura como la mía, fue fácil comprender mi conclusión. Pero no. Draco tenía que venir y poner patas arriba mi mundo.

Siguen sin entenderme, ¿cierto? Bueno, para ponerles en contexto les relataré la semana que he tenido.

Iniciaré con el día domingo: Me levanté tarde y lo primero que hice fue revisar el móvil, no tenía nada pendiente… y así continuó. Ni una sola llamada, mensaje de texto, señal de humo. Nada. Pasé el día con mi madre y el celular metido en la bolsa trasera del pantalón esperando una llamada que no llegó.

Cuando llegó el lunes pasó a recogerme y no hizo mención de nada. Bueno, en una ocasión nos funcionó hacernos los tontos y fingir que no había pasado nada. Pero su actitud era extraña. Estaba conmigo, pero solo físicamente, porque podía notar que su mente flotaba muy lejos de allí. Sus intentos por mantener una conversación eran tan patéticos que no podrían ser clasificados como tal y a la menor oportunidad se quedaba callado provocando un silencio en el que solo yo parecía sentirme incómoda. Al principio no le di mucha importancia pero su actitud se prolongó durante todo el día y no necesité hacer un gran alarde suspicacia para notarlo distante, como forzado a compartir su tiempo conmigo.

El martes fue más amable y me dirigió la palabra a la hora del almuerzo de manera amigable, aunque si íbamos a los hechos, tenía que reconocer que la razón había sido el novio de mi mejor amiga. Los había visto conversar en los pasillos muy acaloradamente horas antes, y cuando nos sentamos en la cafetería Eric parecía querer matarlo, su mirada realmente daba miedo y no debí ser la única en notarlo porque en lugar sentarse con él, como el día anterior, Draco buscó mi compañía. Se sentó a mi lado y se puso a platicar de temas tan banales como los próximos estrenos en el cine, cosa que por algún motivo pareció enfurecer aun más a Eric. Al final del día, Eric no era el único molesto con Draco ¿Se había pasado día y medio ignorándome para ahora fingir que todo estaba bien entre nosotros? Si había una palabra que identificara mi forma de sentir, esa definitivamente seria "utilizada".

El miércoles llegó trayendo de vuelta su mutismo, pero me pidió ayuda en una tarea, a lo que accedí gustosa para explicarle, aunque realmente era sorprendente que no entendiera que solo había que hacer un resumen de las últimas dos guerras mundiales. Pero si eso servia para que pudiéramos tener un rato de paz, como solíamos tener, no me importaba pasarme la tarde completa haciendo anotaciones sobre tratados, asesinatos y conflictos en las décadas del 20 al 50 en la sala de mi casa.

Pero había resultado todo lo contrario, nuestra amena charla se redujo a comentarios esporádicos menores a tres frases. Aburrido de estar sentado en el suelo escribiendo sobre la mesita de centro, se desperezó y se levantó dirigiéndose hacia la cocina, al menos no había perdido el gusto por asaltar mi alacena cada vez que se le antojaba. Pero eso parecía lo único que no había cambiado.

También me desperecé y observé su redacción, me llamó la atención lo corta que era, pude notar que no había escrito más de media página, mientras que yo llevaba alrededor de tres folios. Sin explicarme que había estado haciendo todo ese tiempo, aparté la vista cuando lo escuché regresar con un plato lleno de frituras. Tal parecía que seguía metido en sus pensamientos, dejándome a mi como única compañía un cascaron vacío de lo que un día fue una persona.

Pero el colmo fue el día jueves. Mi madre me levantó como era su tradición: con las mañanitas. Hizo de desayuno panqueques con fruta y estuvo más cariñosa que de costumbre. La dejé ser, ya que era mi cumpleaños. No todos los días su niña cumplía diecisiete primaveras, ¿cierto? Así que armándome de paciencia, escuché atenta, mientras devoraba el desayuno, la historia de mi nacimiento que relataba cada primero de marzo. Cuando era más pequeña, lo relataba de una manera diferente, sin detalles, rozando el punto de lo fantástico, pero ahora, según ella, yo estaba preparada para escuchar los pormenores de la historia, por lo que, abochornada, escuché la historia de cómo había roto fuente y como había sido trasladada al hospital entre gritos de dolor, y al final, mi madre terminó su relato como siempre lo hacía.

— Pero todo valió la pena, todo ese sacrificio trajo como premio esta hermosa chiquilla que tengo enfrente —aunque de chiquilla ya me quedaba poco, mi madre seguía llamándome su niña, algo que creo no dejará de hacer hasta el día que se muera.

Cuando terminé de desayunar, me llevó a la escuela, era su tradición y por más que insistí en que Susan o Draco me llevarían, y que no había necesidad de atrasarse y desviarse de su camino, no dejó que la convenciera. Así que resignada, había avisado a los mencionados que no pasaran a traerme. Me dejó en la puerta de la escuela, indicándome que cuando regresara a casa me tendría una sorpresa.

Entré a la escuela pensando en que los regalos de mi madre no eran los más indicados, ya que si me regalaba ropa, era muy infantil, mis gustos musicales no eran sus gustos, y en zapatos mejor ni hablábamos. Así que esperaba que hubiera escuchado mi recomendación y hubiera comprado un certificado de regalo, así yo podía escoger lo que quisiera.

Cuando pensaba que el día podía transcurrir sin que nadie se enterara que cumplía años, me encontré con las tres personas que podían ser tan bulliciosas como para que se enterara medio continente. Tomándome de sorpresa, Eric me estrechó en un abrazo de oso que me levantó del suelo unos centímetros, y si eso no fue suficiente, me zarandeó en tal muestra de efusividad que terminé mareada.

— ¡Feliz cumpleaños Diana! —gritó en mi oído mientras me apretaba contra sí mismo, por si el saludo inicial no me había quedado claro. Eric podía ser más empalagoso que Susan y eso ya era decir bastante.

— Déjala respirar Eric —demandó Susan, y cuando el aludido me dejó en el suelo, fue su turno de encerrarme en un abrazo de oso, con la diferencia que ella no me levantó del suelo.

— ¿Y hablabas de mí? —reclamó Eric cuando me quejé que no podía respirar.

— ¡Déjame! ¿No puedo felicitar correctamente a mi amiga? —exclamó Susan viéndolo de lado mientras me arreglaba el cabello que se había alborotado entre tanto abrazo.

Era el turno de Draco, por lo que Susan se apartó para dejarle el camino libre. Cierto es que no esperaba un abrazo tan efusivo como el de su prima y su novio, pero su saludo me dejó más fría que el mar ártico.

— Feliz cumpleaños Diana —murmuró dándome un abrazo que no podía siquiera ser catalogado como tal, ya que apenas y me había tocado cuando ya me había soltado.

Si hubiera estado más atenta, podría haberme percatado de la mirada decepcionada de Susan y del rostro contrariado de Eric, pero solo tenía ojos para ver como Draco se alejaba evitando mi mirada. Decepción podría ser un buen concepto para este momento.

— Eh, gracias Draco. —contesté un poco extrañada ante su apatía. ¿Qué era lo que estaba pasando?

El timbre sonó, sorprendiéndonos a todos, por lo que apresuradamente nos dirigimos a nuestros salones. ¿De qué trataron las clases? no me lo pregunten. Mi mente viajaba entre todas las posibles variantes sobre el comportamiento del inglés estirado con cara de perdido que se sentaba detrás de mí.

¿Habíamos vuelto al inicio? Tal vez pensaba que yo era una simple muggle y que no merecía una felicitación. Sacudí la cabeza para evitar pensar en eso, ya que si me consideraba una simple muggle, no me hubiera besado, pero entonces caí en cuenta que la situación había sido muy confusa, estábamos peleando y a veces la adrenalina te empuja a realizar cosas que en condiciones normales jamás harías. Si, hasta a mí me sonaban a excusas.

Si me ponía en plan masoquista y observaba la amistad entre Eric y Draco, parecía ser que con él no tenía ningún problema, es más, Draco permitía que Eric opinara respecto a su vida, ya que en muchas ocasiones le había visto discutirle su conducta, lo regañaba continuamente por su arrogancia u orgullo y él seguía allí sin decir ni media palabra, sin contestarle a Eric como me hubiera contestado a mí de hacerle alguna crítica a su mal genio. Con Eric no tenía ningún problema. Y Eric era muggle.

Tomé una bandeja preguntándome que había mal conmigo, no lo entendía. Posiblemente era la tensión de la situación, tal vez estaba preocupado por su madre desaparecida. Tal vez estaba pasando por uno de esos episodios donde culpaba a todos excepto a él mismo. Pero entonces ¿por qué únicamente remataba conmigo su mal genio? Simple, Susan lo convertiría en sapo ante la mención de culpabilidad, Eric no entendería nada, así que la única que no podía hacerle más daño que una simple bofetada era yo, por ende, se desahogaba conmigo.

Seguía sonándome a excusa, y de las más rastreras, pero era preferible ese conato de explicación, que aceptar el hecho que posiblemente se había aburrido de mí, y que no sabía cómo alejarse sin dañarme.

Cuando tocó la clase de deporte, mis posibles razonamientos se fueron al garete, si se había portado patán hasta el momento, no era nada comparado con lo que sucedió. El profesor se había aburrido de intentar enseñarnos algún deporte, por lo que nos limitábamos a darle algunas vueltas a la cancha, después de todo, lo importante es que hiciéramos ejercicio, no importaba cuan aburrido fuera.

Corría a mi lado, pero no estaba conmigo. Después de tres vueltas y ni media palabra, me aburrí, argumentando que necesitaba agua, dejé que Draco se adelantara. Me acerqué donde tenía la botella con el preciado líquido, pero no bebí, observé como corría, mi mente me traicionaba, seguía enciclada en querer encontrarle una explicación a lo que sucedía, una maraña confusa de ideas pasaba por esas conexiones mentales llamadas neuronas y hacía que me doliera la cabeza.

La clase estaba a punto de acabar, por lo que pedirle permiso al profesor para retirarme antes no era del todo descabellado así que lo hice, puse mi mejor cara de enferma y hablé con el entrenador quien amablemente me preguntó por mi estado, me pregunté que cara habré puesto para causar preocupación en alguien que apenas me conoce.

Me fui a los vestidores, harta de toda esa situación, se suponía que en mi cumpleaños la pasara bien, que disfrutara el momento con mis amigos, que fuera consentida y que no tuviera problemas. Pero parecía que eso no se aplicaba a mí, era uno de los peores cumpleaños que había pasado. Y solo quería que terminara ya, de una vez por todas, así podía volverse un día común y corriente donde podía pasarme cosas malas sin armar tanto escándalo.

Cuando me ponía los zapatos, Lucy se acercó y me sorprendió al tenderme una pequeña caja con un moño.

— Sé que no hemos sido las mejores amigas como éramos antes —comenzó tendiéndome el presente— pero me gustaría que aceptaras esto, sé que hoy es tu cumpleaños y no quería romper nuestra tradición.

Tomé el paquete, conmovida por el detalle de alguien que no esperaba siquiera se recordara de mi existencia, después de todo, yo había dejado ese grupo de amigos por defender al bribón oxigenado de Draco, yo había sido la que había decidido alejarme de ellos, la que había sido cómplice de dos magos desquiciados que habían eliminado una noche de recuerdos.

La caja contenía un llavero, Lucy no había olvidado que me gustaba coleccionarlos, los ojos se me anegaron de lágrimas y sin saber que decir, me paré y la abracé. Susan era una excelente amiga, pero a veces se necesita a alguien que no sea tan perfecta, que entienda los problemas frívolos que no le sucederían a una bruja. En ese momento sentí empatía con Lucy.

Salimos de los vestidores y mi tormento me esperaba. Mi cara cambió radicalmente, había tenido un momento de paz y ahora este se evaporaba. Lucy hizo amago de retirarse, pero antes que pudiera alejarse, le tome del brazo y la detuve.

—No, quédate —pedí con un dejo de súplica en la voz, y agradeciendo una vez más a los cielos por el noble corazón de la chica, esta se quedó,

Extrañado por mi actitud, Draco se acercó, observando a Lucy con tanto desprecio que hasta a mi me ofendió.

— ¿Estás bien? El profesor dijo que te encontrabas mal —preguntó algo mosqueado por la insistente presencia de la chica. Debo admitir que por orgullosa y sentida, no tomé en cuenta el hecho que estaba preocupado por mi estado, todo lo contrario, siguiendo su ejemplo, me comporté de la peor manera.

— Si, no es nada que deba preocuparte — noté como reaccionó ante mi respuesta, pero era bueno ocultado sus emociones. Lucy parecía nerviosa, debatiéndose entre dejarnos solos y que arregláramos nuestros asuntos sin público, o su lealtad de no abandonarme en un momento crítico.

— Bueno, si no es nada, te llevo a tu casa entonces — demandó empezando a caminar sin esperar siquiera contestación mía. Su actitud ofendida no hizo más que enojarme.

Los desplantes de toda la semana regresaron a mi mente, lo último que quería era sentirme manipulada y sobre todo, que él creyera que podía mandarme. ¿Quién creía que era para venir, comportarse como un patán y aun así esperar que yo le obedeciera como fiel lacayo?

— No —contesté haciendo que detuviera su marcha— no me iré contigo —declaré.

Mi respuesta lo sorprendió y, olvidándose de su máscara de indiferencia, regresó sobre sus pasos y me encaró. Ambos estábamos molestos, por mi parte buscaba la manera de drenar este sentimiento de frustración que tenia, y por su parte, ni idea, pero parecía que quería fulminarme ante la mirada que me dedicó.

— ¿Por qué no? —Exigió saber— hace un momento no te sentías bien, no quiero que andes por allí sola y que te vuelvas a sentir mal, ¿Qué pasaría…?

— Lo que me pase o deje de pasarme no es de tu incumbencia, Malfoy — exclamé, tal vez un poco más alto de lo que hubiera querido. Que ahora quisiera comportarse como un caballero no borraba que hace unas horas se comportara como un gran idiota. Podía estarme comportando exagerada, pero vamos, ya me había aburrido de ser la chica tolerante y educada con todo mundo. Sobre todo con él, ya había vencido mi cuota de paciencia con las trastadas de la semana.

Mi respuesta borró todo amago de seriedad, su rostro se transformó de una mueca arrogante, a un rostro lastimado, triste, hasta cierto punto herido. Facciones que conocía a la perfección y que había aprendido a no tomar en cuenta.

— Ni lo intentes, esa cara de cachorro abandonado no podrá convencerme, no hoy, así que ¿por qué no te vas por donde viniste y dejas que al menos termine mi día en paz? —pregunté sintiéndome un ogro, pero me podía mas el mal carácter que la sensatez. Una mueca indescifrable cruzó su rostro, y entonces caí en cuenta que tal vez, y solo tal vez, no había sido un teatro su anterior expresión de dolencia.

— No quiero que te vayas sola — exclamó como último recurso.

— Eh, yo puedo acompañarla, vivo en la misma dirección — murmuró Lucy, bendita sea, un poco cohibida.

Aplaudí el temple de Lucy, ya que cualquiera hubiera dado tres pasos atrás ante la mirada asesina que le había regalado Draco. La frase "en el momento justo" tomó un nuevo significado para mí. Sintiéndose derrotado y sin argumentos, Draco no tuvo más que dar media vuelta y retirarse a paso rápido. Di un gran suspiro e intenté que la situación no me sobrepasara.

Nunca habíamos tenido un problema como este, muchas veces nos habíamos gritado, nos habíamos dicho verdades, habíamos discutido, pero nunca de esta manera. Siempre que discutíamos se debía a algo en concreto, yo te grito, tú me gritas, y al final resolvemos todo, pero esta vez era como ir a ciegas, como querer pelearnos porque la otra persona no comprende lo que necesitamos expresar. Empezamos a caminar con Lucy hacia la salida de la escuela. Parecía debatirse entre hablar o permanecer en silencio. Al final optó por la primera opción.

— ¿No crees… que te portaste un poco grosera con Malfoy? — preguntó mientras esperábamos el autobús. Al fin y al cabo, siempre me iba caminando porque a Draco no le gustaba tomar el autobús, pero hoy no había excusa para no tomarlo.

— Puede que lo haya sido Lucy, pero él se ha portado peor conmigo, y no puede esperar que esté allí para soportar su bipolaridad —contesté elevando un poco el mentón de manera arrogante. Infantil, grosera y poco educada, eran términos que resonaban en mi cerebro, pero los aparté en honor a mi orgullo.

— Parecía realmente preocupado —agregó como no queriendo decir cosas que no le correspondían, preguntándome si Malfoy la había contratado como abogada defensora, enarqué una ceja para remarcar mi escepticismo ante la preocupación del platinado— no soy quien para decir nada, pero deberían hablar, su discusión más que una simple pelea, la vi como un combate de orgullos.

El simple comentario de Lucy me caló profundo, si, eran orgullos en batalla, orgullos heridos. ¿No era mi orgullo el más perjudicado al no entender la actitud de Draco? Orgullo al sentirme desplazada por un mejor amigo para Draco. Orgullo al no contar con su confianza, ya que no me contaba nada de cómo se sentía.

—Draco no… no se preocupa por nadie más que por el mismo —argumenté, intentando salvar mi orgullo, pero dándome bofetadas internas por ser tan ridícula e inmadura— y tú ¿Cómo has estado Lucy? —pregunté y gracias a los cielos que Lucy sí tenía sentido común y entendió mi indirecta de cambiar de tema.

Montamos el autobús y fuimos hablando de todo un poco, aunque el viaje no era demasiado largo, pudimos ponernos al día de algunos hechos, como por ejemplo, me enteré que Carmen no me toleraba porque estaba enamorada de David desde hacía años, Lucy se rió cuando expresé mi confusión ante tal información, y no fue hasta que me explicó, muy despacio, que entendí el odio de Carmen hacia mi persona. Yo le gustaba a David, por lo que me veía como competencia. Tal vez Susan tenía razón cuando decía que podía ser muy lista para algunos aspectos, pero cuando de mí se trataba era más ciega que un topo.

Fue un rato agradable, disfrutar un momento que era mío, que no involucraba intentar entender situaciones ajenas, ni solucionar problemas que no me pertenecían. Lucy vivía más lejos que yo, por lo que me despedí de ella con el compromiso de no volver a abandonar nuestra amistad, por más que no le gustara a ciertas personas.

Mi cumpleaños terminó con el regalo de mi madre, que pese a todo, me sorprendió al romper los cánones esperados. Su regalo consistía en una cámara digital, así como un pastel de cumpleaños enorme, cuando le pregunté porque había comprado un pastel tan grande, solo contestó que pensó que seriamos más personas, por lo que al otro día tuve que llevar las porciones correspondientes a todos esos invitados fallidos.

Comimos a la hora del receso, sentados bajo la sombra del que ya se estaba convirtiendo en nuestro árbol, todos profesaron agradecimientos por la tarta y parecía una escena tan normal que solo un buen observador pudo haberse percatado que realmente había demasiada tensión en esa inocente reunión.

Si los ojos hablaran, se hubiera escrito un discurso en la media hora compartida. Susan parecía discutir con Eric mediante miradas, Draco ignoraba olímpicamente todos los intentos de incluirlo en esa plática visual, y yo hacía de la vista gorda mientras degustaba mi porción de pastel. Tal vez, después de todo, Lucy tuviera razón y me había pasado de grosera con Draco.

Pero también estaba el hecho que él no hacía nada por mejorar la situación. Tenía esa actitud contrita. No pedía perdón, pero tampoco reclamaba nada, por lo que saber que pasaba por su oxigenada cabeza era misión imposible.

Cuando se acercaba la hora de salida, Susan me estaba esperando. Comprendí que tal vez la respuesta al estado de Draco era "ofendida", así que no hice mayor comentario ante mi cambio de chofer.

El timbre sonó insistentemente, por lo que, maldiciendo a cualquier vendedor que pretendiese interrumpir mi tiempo de ocio, abrí la puerta. La última persona que esperaba encontrar parado en el umbral de mi casa era él. Y mucho menos susurrándole a una caja que no se moviera. Al verme se paró elegantemente.

— Ayer cuando saliste huyendo y gritándome que te dejara en paz, impediste que te diera tu regalo de cumpleaños, así que espero que lo aceptes hoy —comentó educadamente Draco Malfoy mientras sostenía firmemente una caja de cartón con tapa.

Cuando él alzo las cejas, comprendí que estaba como una boba sosteniendo la puerta sin hacer nada.

— Vamos, ¡ábrelo! sé que te encantará. Susan lo adora —insistió.

Algo hizo clic en mi cerebro, por lo que, con dedos curiosos, empecé a levantar la tapa de la caja. Cuando algo se movió dentro.

— ¿Está vivo? —pregunté retirando los dedos por miedo a alguna broma pesada.

Aburrido de sostener la caja, Draco se agachó y la colocó en el suelo, haciéndome un ademán con la mano me indicó que hiciera lo mismo. Aun desconfiada me agaché junto a la caja rodeando mis rodillas con las manos. Despacio, continuó con la labor de quitar la tapa de la caja y cuando terminó la ilusión inundó mi rostro.

Era hermoso, pequeño y adorable, venia adornado con un hermoso lazo de oropel color verde, que parecía ser mas grande que él mismo. No me atrevía a tocarlo por temor a que la ilusión se rompiera.

— Pensé que un pastor inglés seria buena idea, pero luego recordé que te gustan los rubios, así que me traje a este bichito que parece amigable —comentó tomando el cachorrito entre sus manos al ver que yo seguía enroscada en mis rodillas— ¡Vamos, tómalo!

— ¿Es mío? —pregunté idiotamente provocando una pequeña risa en Draco, en otros tiempos eso me hubiera valido un comentario sarcástico del tipo "no, solo lo traje para que lo vieras" pero parecía que esta vez no era así.

— Solo si lo aceptas —murmuró acercándome otra vez el cachorro. Esta vez no dudé en agarrarlo, su cabello era esponjoso, como lo son los de los cachorros. No sabía muy bien como tomarlo, así que lo acerqué a mi pecho y lo coloqué de manera que quedara cómodo sobre mis brazos.

Era un lindo cachorro de golden retriever, de un amarillo claro, sospechosamente parecido al de su proveedor. Draco acercó la mano y acarició las orejas del perrito, algo que pareció gustarle mucho ya que cuando este retiró la mano, empezó a quejarse y a removerse.

— Oh, ahora que lo recuerdo —comentó Draco parándose y caminando hacia un lado de la puerta, extrañada de su comportamiento, me levanté con el cachorro en brazos, cuando regresó traía una bolsa de súper — pensé que si lo aceptabas, necesitarías algunas cosas —argumentó mientras sacaba de la bolsa una correa, un hueso masticable y algunos juguetes extras. —Susan regresará dentro de un rato con comida y una cama para el bicho, y lo que haga falta lo compraremos después…

Parecía haberse tomado la molestia de cuidar hasta el último detalle y viéndolo allí, emocionado, mientras hacía su discurso sobre los cuidados y recomendaciones que le habían dado en la veterinaria, me dije a mi misma que no importaba lo patán que había sido durante la semana. El haber planificado mi regalo, buscado algo que realmente me gustara y cuidado cada detalle del mismo, borraba todas las groserías que había hecho.

— … por supuesto, tendremos que sacarlo a pasear a menudo… ¡y vacunarlo! Yo te puedo ayudar a bañarlo, solo que deberás explicarme como hacerlo. ¡Nunca he bañado un perro! —Parecía más emocionado que yo con la idea de criar un perro, por lo que lo dejé explayarse como pocas veces hacía— Bueno, nunca tuve uno, mi madre los odiaba, ya sabes, dejan pelo donde sea. Aunque le gustaban las lechuzas, claro, esas no las podías bañar a menos que quisieras terminar lleno de picotazos …¿Qué? —preguntó al ver como empezaba a reírme de sus explicaciones.

Era cómico verlo así, emocionado y evocando recuerdos del pasado, no podía imaginármelo queriendo bañar una lechuza, aunque conociéndolo, seguramente lo había intentado, convertí mi risa en una sonrisa agradecida esperando entendiera la totalidad de mis sentimientos.

— Gracias Draco, ha sido el mejor regalo que me han dado —comenté acariciando las orejas del cachorro.

— Me alegra que te guste —respondió muy ufano correspondiendo a mi sonrisa.

Después de todo, parecía que las cosas podrían mejorar.

—oooOOOooo—

La estancia estaba silenciosa, el crepitar de las llamas era el único sonido que se escuchaba, pero el fuego en la chimenea no era suficiente para calentar el lugar. O tal vez era la presencia del hombre parado junto a la chimenea que no permitía que el calor templara la estancia.

Ninguno de los allí reunidos se atrevía a pronunciar palabra. Algunos ni siquiera se atrevían a levantar la vista, temerosos de la furia de su señor.

Después de lo que pareció una eternidad, o tal vez fueron simples minutos, el hombre se dio la vuelta y caminó hacia el extremo opuesto de la habitación.

— Informe de bajas — preguntó Lord Voldemort en lo que parecía más un siseo que una voz humana. La estancia tembló ante la exigencia de su amo.

— Cua... cuatro de los nuestros muertos y cinco heridos, mi Lord —exclamó un hombre de baja estatura, conocido entre los suyos como Colagusano. Temblaba de pies a cabeza mientras retorcía sus manos en un tic que probablemente había aprendido en sus años de rata.

—¿Cuántos de ellos? —preguntó nuevamente Voldemort, no veía a nadie mientras se paseaba por la elegante habitación, pero no hacía falta, su sola presencia infundía suficiente miedo para mantener el silencio.

— Cinco mi Lord. No sabemos cuántos heridos aun. A pesar de haber sido atacados por sorpresa, fueron más sus bajas —murmuró el hombrecillo en un intento de halago.

— Únicamente porque son demasiado cobardes para matar —siseó Lord Voldemort, deteniéndose por fin de su paseo— este ataque solo nos demuestra que tenemos infiltrados entre nosotros. Alguien informó a Dumbledore de su ubicación, de nuestra ubicación—corrigió acariciando su varita— Pero rescatarla les costó caro.

— Mi Señor, permítame ir por la traidora que un día fue mi hermana —solicitó Bellatrix haciendo una reverencia. Era una ofensa contra su familia que una traidora hubiera escapado.

— No, Bella, eso sería enviarte a una emboscada, a estas alturas deben tenerla muy bien resguardada —comentó Lord Voldemort reiniciando su marcha, Bellatrix volvió a hacer una reverencia cuando pasó frente a ella, pero este ni siquiera la vio— los Malfoy han demostrado ser muy escurridizos, y nadie, absolutamente nadie se escapa de Lord Voldemort —decretó destilando tanto odio que cualquiera que hubiera conocido a esa familia no podía más que sentir lástima por su destino— Lucius está protegido en Azkaban. Sería muy difícil llegar hasta él con las nuevas medidas que han tomado. Y el chico ha estado muy bien oculto por Dumbledore.

—Pero ahora que Dumbledore murió, podría capturar al chico, mi Lord —murmuró Colagusano con un tinte zalamero.

Bellatrix acribilló a la rata con una mirada, ante ella, nadie era digno de sugerir nada a su señor, menos una rata traidora. Pero Voldemort opinaba diferente.

— Ahora que he asesinado a ese viejo, que Dumbledore está muerto, será más sencillo capturarlo. Había pensado no malgastar recursos en él, pero la huida de Narcisa Malfoy cambia las cosas, esa familia necesita un escarmiento, una lección que les enseñe que nadie juega con Lord Voldemort y el pequeño traidor será el candidato perfecto.

— Permítame ir por el chico mi Lord. Permítame limpiar el honor de mi venerable familia. —insistió Bellatrix haciendo tal reverencia, que cualquiera pensaría que su venerable familia estaría indignada ante tal muestra de servilismo.

— ¡Ya he dicho que no Bellatrix! —exclamó Voldemort agitando su varita haciendo que la bruja volara por los aires hasta estrellarse contra la pared— No puedo permitirme el lujo de mandar lejos a mi mejor lugarteniente, no para una escoria como Malfoy. No. — Murmuró Lord Voldemort acercándose al lugar donde la mujer había caído hecha un harapo, inclinándose hasta estar a la altura de la bruja agregó— Él no merece que alguien como tú le preste atención, él merece un carroñero que lo cace, alguien de su calaña que haga el trabajo sucio. Alguien del cual pueda prescindir...y puedes apostar Bellatrix, que la persona que tengo en mente para esta misión, disfrutará mucho haciéndola. Se relamerá cuando la sepa... —parándose y dando media vuelta, apuntó con su varita al hombre bajito, que se estremeció al pensar que seria atacado por su señor— Llama a Greyback Colagusano. Tengo un trabajo que asignarle.

—oooOOOooo—

¡Hola gente!

Espero que nadie quiera asesinarme después de mi larga ausencia, bueno, creo que no necesita explicación la actitud de Draco. Está en un impase, quiere alejarse de Diana, pero no puede hacerlo físicamente, así que lo intenta hacer emocionalmente, logrando un resultado que a nadie satisface.

Espero que no hayan catalogado a Diana como inmadura, simplemente es que estaba harta, ella ya superó su etapa egoísta, solamente que a veces Draco la hastía y regresa a sus días oscuros.

¿Les ha gustado el regalo? Yo adoré escribir esa parte. Y sobre lo último… espero sus comentarios ;)