Cap. 27
Formando lazos
El tiempo transcurría sin esperar por nada ni por nadie.
En su oficina en Hogwarts, Dumbledore se encontraba absorto revisando algunos documentos que le había enviado la ministro Bagnold.
La mujer estaba a punto de dimitir en su cargo debido a algunas cuestiones de salud, por lo que una vez mas le escribía pidiéndole que hiciese conciencia y expusiera su ponencia por el cargo de ministro de magia, pues debía saber que con simplemente mover un dedo, el cargo sería suyo.
El anciano sonrió con indulgencia mientras tomaba un pergamino en blanco y se disponía a escribir una respuesta, sin embargo, sus pensamientos se desviaron hacia otros lugares.
Faltaba una semana para Navidad.
No importaba cuanto le hubiera pedido, su muchacho se había negado a asistir como invitado especial a la cena en el castillo, pero por supuesto, él no se iba a rendir sin obtener al menos una sola victoria sobre aquél chico testarudo.
Y la había conseguido, pues en una hora más había quedado de ir a recogerle para que ambos fueran juntos a Hogsmeade para comprar muchos regalos.
¡Cuanta ilusión tenía él en ese paseo! Sería la primera vez que saldría con su amado hijo.
Una sonrisa traviesa cruzó sus labios. No sabía la razón, pero adoraba a ese muchacho como si su sangre corriera por sus venas.
Nunca había tenido hijos, pues había dedicado su vida entera a otros aspectos más laborales que personales. Nunca se había arrepentido de las decisiones que había tomado, pero si había reflexionado muchas veces en lo mucho que le habría gustado tener una familia.
Sin embargo, ni en sus años de juventud se imaginaba a si mismo cambiando pañales y jugando con un infante, mucho menos ahora. Era algo que no se le había dado por que él nunca se había sentido listo.
Tal vez por eso le gustaba tanto Severus. Por que el muchacho ya estaba a medio criar cuando lo conoció, y lo único que tenía que hacer era terminarlo de guiar por el buen camino.
El asunto de tener un hijo lo había solucionado casi sin darse cuenta. Lo que seguía en el aire era ese anhelo de compañía, de una buena mujer a su lado para contarle todas sus penas y glorias, despertar a su lado y contemplarla mientras dormía todas las mañanas de cada una de las décadas que había vivido.
Sus pensamientos saltaron repentinamente a la profesora de Transformaciones, por lo que sacudió su cabeza tratando de pensar en alguna otra cosa.
Las llamas en su chimenea se volvieron repentinamente esmeraldas, por lo que el director se giró a mirar su reloj, llevándose una grata sorpresa al ver lo rápido que pasaba el tiempo cuando se pensaba en cosas bonitas.
- Buenas tardes Severus.
- Buenas tardes Albus.
Respondió el joven con cortesía mientras hacía un breve movimiento con su cabeza.
- Espero no te moleste si te pido tiempo para terminar una carta.
- ¿Cuánto le falta?
- Ah, sinceramente no lo se, eso depende de cuanta inspiración tenga.
- Eso quiere decir que aún no la ha empezado siquiera, ¿Cierto?
Una sonrisa traviesa del director fue la respuesta, por lo que Severus rodó los ojos con fastidio y se dedicó a caminar a través de la habitación.
Dumbledore negó divertido y regresó su atención a la carta, sin embargo, se distraía continuamente en contemplar al joven que se paseaba por su oficina de un lado a otro.
No le gustaba, pero sentía pena por el muchacho. Era un alma hambrienta del cariño que siempre se le había arrebatado tan violentamente de su vida.
Era increíble lo que una caricia podía lograr en aquél chico. Pues aquél simple contacto podía hacerlo caer de rodillas y tenerlo suplicando por que no se le abandonase nuevamente.
Intentaba ser duro y frío, pero por dentro no era más que un inocente hecho pedazos que aceptaba renuentemente las necesidades de su alma.
Le conocía mucho mejor de lo que se conocía él mismo, y sabía que el joven se mostraba renuente a aceptar aquella verdad, mendigando amor de la persona que se lo ofrecía. Era por eso que le frecuentaba… por que se sentía protegido.
Tenía que trabajar en ello. Aquél muchacho había vivido una herida tras otra, y el escaso receso en su historia de tragedias, había sido no mas que un intervalo para poder crear una herida mucho mas profunda.
El chico tenía una autoestima realmente baja, aunque no lo demostrara.
- ¿Realmente piensas que observándome como idiota es como vas a terminar tu carta?
Dumbledore parpadeó pillado de sorpresa cuando esas palabras le arrancaron de su nube, por lo que se sonrojó notablemente y dejó su pluma nuevamente en el tintero, enterándose apenas de la mancha de tinta que escurría por el pergamino.
- Tienes razón, no puedo concentrarme.
- Espero que no me eche la culpa de su falta de imaginación para escribir esa carta.
- Oh no, no podría culparte por ello.
- Excelente, por que aunque lo hiciera, negaría la culpa.
- ¡Ah mi muchacho, siempre tan esquivo!
Severus negó con la cabeza ciertamente fastidiado mientras el anciano se ponía de pié y le daba la vuelta a su escritorio, dirigiéndose a la puerta.
- ¿A dónde vas?
- Creí que habíamos acordado ir a Hogsmeade.
- P-pero…
Albus entrecerró sus ojos al contemplar el pánico reflejado en los ojos de su muchacho.
- Creí que iríamos por la red Flú.
- Oh no, claro que no. Vamos a ir de la manera tradicional. Saldremos por la entrada principal del castillo y tomaremos un bonito carruaje. ¿O acaso no te gusta la idea?
El muchacho se movió un tanto incómodo.
- ¿Hay algo que te desagrade?
Severus negó con la cabeza, por lo que Dumbledore tuvo que echar mano de su experiencia y de lo que observaba para poder sacar una conclusión.
Y cuando la encontró, sonrió con pena. ¡Cuánto daño le habían echo al inocente alma de este muchacho!
Sabía de sobra las fiestas que se montaban los alumnos de grupos superiores, pero estos habían demostrado ser muy listos y protegerse los unos a los otros. No tenían pruebas, ni tampoco un testigo.
Igualmente, sabía que Severus había estado ahí.
Esa era una de las razones por las que el muchacho no quería salir. Hacía tres años que se había graduado, por lo que en el colegio aún había estudiantes que lo habían conocido, tal vez que lo habían admirado. Mismos que en la actualidad, muy probablemente eran partícipes de esas fiestas. Su muchacho no quería enfrentarlos.
La otra razón tenía que ver con él y lo que había pensado antes. Severus era una criatura que estaba al borde de mendigar cariño, y que lo vieran recibiéndolo de alguien como Dumbledore parecía avergonzarle demasiado.
Albus se acercó a la figura del joven que mantenía su mirada tan lejos como fuera posible de la propia, hasta finalmente tocar su espalda.
Pudo sentirlo estremecerse, como si fuera un cachorrito.
- Mi madre solía decirme, "Cierra tus ojos, y así nadie te ve"
Severus ignoró aquellas palabras.
- No veas a nadie mas Severus, solo quédate conmigo, ¿De acuerdo?
Nuevamente, no hubo respuesta.
Fue entonces cuando Dumbledore descubrió algo más. Severus tenía otra razón por la que no quería que le miraran. Era un mortífago. Tenía miedo de que alguien le mirara y se diera cuenta de su naturaleza. Que el mundo entero se diera cuenta de sus terribles errores.
En aquél momento, una sensación conocida pero no concurrente abordó los sentidos del anciano. Un odio que parecía convertir su propia sangre en veneno y el aire que respiraba en ponzoña.
Aquellas personas que habían lastimado tan profundamente a su muchacho, no podían quedarse sin castigo. Fueran quienes fueran, y teniendo una idea bastante clara de sus identidades, se las pagarían algún día. Así fuera lo último que hiciera.
Palmeó el hombro del muchacho con falsa alegría mientras trataba de reconfortarle y hacerle sentir que no estaba mal todo aquello que le estaba carcomiendo por dentro.
- Vamos, vamos, lo único que estás intentando es evadir tu promesa e ir de compras conmigo, ¡Espero que hayas traído una buena cantidad de galeones, por que vamos a gastar mucho!
Una sonrisa verdadera reemplazó a la falsa cuando Severus finalmente volteó a mirarle. Sus ojos demostraban que al menos por aquél día, ya había terminado de auto compadecerse a si mismo.
- ¿Y a ti quien te dice que voy a traer un montón de galeones en el bolsillo tintineando como si fuera yo un maldito reno para traer colgando cascabeles?
- ¡Ah, no lo había visto de esa forma! Sería una buena idea, ¿No lo crees? Te verías más navideño.
- Viejo chiflado.
- Muchacho gruñón.
Ambos se observaron con los ojos entrecerrados, uno tratando de intimidar al otro y el otro realmente divertido haciendo más una función de espejo que realmente efectuando el gesto en si.
Una risita traviesa se escapó de los labios de Dumbledore cuando su pequeña batalla no verbal se alargó casi un minuto. Severus se enderezó y alzó una ceja, mientras esbozaba una sonrisita socarrona.
- Yo gano.
Diciendo aquello, el joven se dirigió orgullosamente a la puerta y la abrió de par en par.
- Bueno, ¿Vamos o no? Entre mas pronto vayamos, mas pronto regresaremos. Yo podré ir a mi casa a hacer algunos pendientes y tú regresarás a terminar tu estúpida carta.
Dumbledore se sintió realmente feliz mientras alcanzaba a su muchacho. No le gustaba verlo quebrarse, lo cual parecía ocurrirle muy seguido cuando se encontraban a solas, pero si algo podía ver, es que por si mismo luchaba para que aquello no se repitiera, ocultando los dolores que atormentaban su existencia detrás de un muro frío y una máscara de sarcasmo.
Para él estaba bien, al menos por ahora.
- Claro que no, cuando terminemos con las comprar iremos a Las tres Escobas a tomarnos unas cuantas cervezas de mantequilla y tal vez después comamos un rico asado, y también es posible…
- ¡Ya deja de pensar y camina!
Chilló Severus tomando al director de una manga y jalándole fuera de la puerta, rodando los ojos continuamente mientras en todo el camino se la pasó parloteando deteniéndose en lo escasamente necesario para tomar aire.
Fuera del castillo y subiendo al carruaje que habría de llevarles al pequeño pueblo mágico, Severus dejó salir un suspiro de resignación mientras frotaba sus manos para luego soplar sobre ellas.
El viejo no se callaba, y recién ahora se daba cuenta del enorme problema en el que se había metido.
Después de varias horas, Severus se daba cuenta apenas de que definitivamente se había equivocado… ¡Todo iba peor de lo que había imaginado!
Llevaba en sus manos a lo menos veintitrés paquetes apilados unos encima de otros mientras Dumbledore llevaba solamente una bolsa con cuatro. El viejo se había compadecido de él y cargaba los regalos destinados a Sirius Black, Remus Lupin, Petter Pettigrew, y el estúpido de James Potter.
- ¿Ya casi terminamos?
- Ya casi, ya casi mi muchacho, muy pronto terminaremos.
- ¡Eso dijiste hace cinco tiendas!
- ¿Y entonces por qué me lo preguntas?
Dijo Dumbledore con una sonrisita mezcla de burla e inocencia que hizo al muchacho enseñar los colmillos amenazadoramente.
- ¡Ah! ¿Crees que ese bonito sombrero le guste a Minerva?
- ¡Y yo que voy a saber!
- Umm, o tal vez le gustaría un vestido nuevo. ¿Crees que ese es bonito?
- ¿Por qué no te lo pruebas a ver que tal te queda?
Preguntó Snape girando los ojos fastidiado. Dumbledore se llevó una mano a la barbilla y contempló el escaparate durante largo rato, hasta que finalmente, sus ojos se desviaron escrutadora mente hacia la figura que se ocultaba detrás de los paquetes.
Severus alzó una ceja.
- Ni lo pienses.
Dumbledore sonrió.
Cerca de una hora mas tarde, ambos hombres descansaban en Las tres Escobas, uno muy contento y el otro con la cabeza escondida entre sus brazos.
- Oh vamos, no fue tan malo.
- ¿No fue tan malo? ¿NO FUE TAN MALO??? ¡Me probaste cerca de veinte vestidos! ¿Y NO FUE TAN MALO???
- Ni siquiera te los pusiste Severus, solo te los medí por encima.
- Y me recogiste el cabello para que se viera como ese condenado moño apretado que trae McGonagall.
- Te veías muy bien así, deberías considerarlo.
- Y tú deberías de ir al ala de psiquiatría de San Mungo.
El anciano sonrió enormemente mientras tomaba una cerveza de mantequilla.
- ¿Y tú? ¿A dónde quieres que vayamos a comprar tus regalos?
- ¿Y yo para que voy a querer regalarle algo a alguien?
- Debe de haber alguien.
- Oh claro. Vamos al poblado muggle que está cerca de aquí, atrapo a uno, le pongo un moño y se lo entrego al señor tenebroso. ¿Te parece una buena idea?
- ¿Qué te parece si mejor le regalas algo bonito a Lily?
- ¿Y yo que le voy a andar regalando cosas a Lily?
- ¿Así que ya la llamas Lily en lugar de Evans?
Las mejillas cetrinas del joven se pusieron repentinamente coloradas.
- A ella le gustaría. Son amigos, después de todo.
- Nunca le he regalado nada a nadie en demasiados años. Así que no me molestes.
Dumbledore se mantuvo en silencio ante aquella declaración. ¿Realmente no había disfrutado de la Navidad en años? ¿Entonces que rayos hacían en la mansión Malfoy durante esa fecha?
- ¿Y qué solías hacer en estas fechas?
Preguntó el anciano con su voz minimizada a un débil susurro solo audible para su compañero de mesa. Severus deslizó uno de sus dedos sobre la superficie de la mesa haciendo figuras imaginarias.
La nieve caía dejando un grueso manto blanco sobre la tierra y las ventanas, mientras dentro de la habitación, el fuego crepitaba alegremente llevando calidez al interior de aquél lugar.
Una figura se movió lentamente entre las pesadas cobijas y lentamente emergió una cabeza de largos cabellos negros despeinados en todas direcciones.
El muchacho parpadeó un par de veces y se estiró con pereza, al menos hasta que sintió una mano bastante delicada que se deslizaba por su estómago.
Bajó la mirada y retiró la cobija, encontrándose con una pareja de rubios, uno a cada lado. Tan desnudos como se encontraba él.
Habían pasado la noche anterior celebrando, pero no había esperado que se quedaran a pasar la noche con él.
Lucius tembló involuntariamente al no tener ya la cobija brindándole calor, por lo que despertó casi inmediatamente. Su cabello rubio normalmente peinado pulcramente, estaba alborotado en todas direcciones, mientras sus ojos plateados estaban uno más cerrado que el otro.
- ¡Seeev, hace frío!
Se quejó Narcisa mientras intentaba recuperar la cobija, no lográndolo, lo cual le llevó a despertar y encontrarse con sus compañeros de cama.
- Que mala educación la tuya. Andar destapando gente.
- Y que mala educación la tuya, andar durmiendo desnuda con un par de hombres que no son ni tu novio ni tu marido.
- ¿Eso te parece maleducado?
Preguntó ella con una sonrisita mientras se enderezaba, saliendo luego totalmente desnuda de la cama.
- Pues mira lo maleducada que soy.
Dijo ella mientras caminaba totalmente desnuda por la habitación y salía en las mismas condiciones, perdiéndose por el pasillo.
Los ojos negros de Severus se encontraron con los metálicos de Lucius, ambos con la boca abierta de la sorpresa.
- Lucius, Narcisa anda caminando desnuda por tu casa.
Hubo un momento de silencio, después del cual Severus agregó con una sonrisita traviesa.
- ¿Vamos?
Un segundo más tarde, las colchas salieron volando y ambos jóvenes salieron corriendo totalmente desnudos detrás de la chica, la cual echó a correr cuando los vio salir del cuarto.
Sus risas hicieron eco por todos los pasillos.
- ¿Severus?
El muchacho se encogió de hombros.
- Nada… solo… cosas.
Dumbledore no presionó en el asunto.
- Supongo que podría comprarle algo…
- ¡Un vestido! Vi algunos en la tienda y…
- Ni lo creas anciano. Ya tuve demasiado escogiendo el que tu vas a regalar.
- Bueno, de acuerdo. ¿Entonces?
- Yo que voy a saber.
- Si quieres te digo lo que te va a regalar ella, para que te des una idea.
Snape enarcó una ceja.
- ¿Ella va a darme un regalo a mí?
- ¿Y qué esperabas? Yo también ya tengo el mío listo. De hecho lo vas cargando.
- ¿Me has echo cargar mi propio regalo???
- Oh vamos, entre tantos que llevas estoy seguro de que no sabes cual de todos es.
El muchacho gruñó y volvió a meter su rostro bajo sus brazos.
- Ahora tengo que regalarte algo a ti también.
- ¡Eso sería maravilloso!
- ¿Y qué quieres? ¿Un vestido?
- Oh no, estoy seguro de que te ves mejor tú con ellos que yo.
Severus gruñó nuevamente.
- ¿Qué tal una bolsa con caramelos de limón?
- Claro, por qué no. Y el año que viene también. Y el siguiente, y el siguiente, así no tendré que preocuparme en partirme la cabeza pensando en lo que voy a comprar. Regalarle a un adicto su droga favorita me parece una excelente idea.
- Solo espero que siempre te esmeres por entregarme mi regalo en una manera original.
- ¿Si le lanzo la bolsa es una forma original?
- Supongo.
- Entonces en Navidad cárguese un paraguas para cubrirse del golpe.
- Eso me quitaría movilidad en una mano, tal vez uno de esos cascos de fútbol americano muggles.
- ¿Y quien le dijo que el golpe iba a ser a la cabeza?
Los ojos de Dumbledore se abrieron con sorpresa y Snape sonrió victorioso.
- Bueno, entonces nos comprarás algo a Lily y a mí por que ya tenemos tu regalo. Pero debe de haber alguien a quien le quieras regalar algo solo por que si. ¿Alguna compañera en la escuela, quizás?
Severus negó lentamente y se quedó en silencio largo rato. No se llevaba con nadie en su escuela de pociones superiores, ya que su actitud era demasiado intimidante para que cualquier persona de su edad se le acercara. Después de un rato sus labios se curvearon en una nostálgica sonrisa.
- Me gustaría comprar algo para mi madre.
Albus acompañó aquella sonrisa y aceptó aquella idea, un momento mas tarde, los ojos negros de Severus se posaron sobre los de él.
- Y pobre de ti si me sugieres un vestido.
Ambos rieron al comentario.
Habiendo salido del confortable local, ambos magos volvieron a recorrer las tiendas buscando esta vez los regalos de Severus, el cual observaba con ojo crítico los objetos que antes observara con apatía.
¿Por qué tenía que meterse él en esto?
Nada le gustaba, y por lo tanto, nada le gustaba para ofrecerlo como un regalo. Dumbledore le ayudaba ahora con la mitad de los paquetes para que pudiera observar mejor las vitrinas.
Y finalmente, algo llamó su atención.
Dumbledore no pudo menos que reírse cuando Severus compró el regalo para Lily. Ni más ni menos que una adorable cuna completamente blanca y cubierta de doseles de encaje. Ciertamente adorable.
- A Potter le encantará el regalo.
Dijo Severus con un tono de voz de suficiencia pensando en lo traumado que estaría su enemigo si algún día se enteraba de quien le había enviado eso a su mujer.
Sin embargo, no tuvo demasiado tiempo en vanagloriarse de cual sería la reacción de Potter cuando sus ojos fueron capturados por algo mil veces más importante que el estúpido marido de Lily Potter.
Dumbledore siguió aquella mirada y luego a su muchacho mientras este era atraído como por un hechizo convocador hacia aquella vitrina.
Era una joyería, una de las más costosas en todo Hogsmeade, por cierto. Los ojos de Severus estaban fijos en una bella pieza que emitía suaves destellos blancos.
Era un anillo de compromiso labrado en oro blanco. Pequeño, delicado, con un hermoso diamante brillando en su centro.
- Ella siempre deseó uno…
Susurró Severus mas para si mismo que para el director, mientras una de sus manos tocaba el vidrio.
- Fue uno de los tantos sueños que jamás se cumplieron…
Sin decir más, abandonó los paquetes en la nieve y entró a la tienda. Dumbledore no tuvo objeción alguna en esperarle, pues aquello era demasiado personal como para entrometerse.
No tardó mucho en realidad antes de salir con una cara de satisfacción que pocas veces le había visto, una de sus manos dentro del abrigo, muy seguramente sosteniendo la cajita que contenía el regalo.
- Bueno, pues creo que ahora es tiempo de ir por mis caramelos de limón, ¿No lo crees?
Severus aceptó vagamente, pero no siguió al director cuando este empezó a moverse. Los ojos de ambos se encontraron y una sonrisa casi imperceptible abordó los labios del muchacho mientras este le ofrecía la cajita con el anillo al director.
La sensación de saber que algo tan importante le era compartido fue realmente agradable, y el anciano tomó la pequeña cajita de terciopelo, abriéndola y encontrando un precioso anillo de compromiso en el interior.
Sus ojos, agudos a pesar de su edad, encontraron lo que parecía ser una inscripción, por lo que sacó el pequeño objeto y lo sostuvo entre sus dedos, encontrando la frase "Para la mujer que mas amo" inscrita en él.
- Es muy hermoso Severus, a ella le gustará.
El joven aceptó con la cabeza y guardó el regalo, procediendo luego a levantar la enorme pila de paquetes que antes había dejado en el suelo.
Una voz bastante distorsionada llegó entonces hasta los oídos de ambos, haciéndolos que se girasen en la dirección de la que provenía.
A lo lejos se encontraba un hombre bastante mayor haciendo señales con sus brazos. Severus frunció el ceño al igual que Dumbledore.
- ¿Quién es ese?
Preguntó Severus un tanto extrañado pues a la distancia no se distinguía la identidad de esa persona, sin embargo, no obtuvo respuesta alguna, pues los paquetes que el director cargaba cayeron sobre los propios, permitiendo que el director de Hogwarts se fuera en dirección al desconocido.
El muchacho le siguió de inmediato tratando de equilibrar toda su carga, y entre mas se acercaban, sus mejillas adquirieron un tinte rojizo al reconocer al dueño del "Cabeza de Puerco" quien aproximadamente dos meses atrás le hubiera lanzado de su taberna.
- ¡Albus!
Exclamó el hombre apresurándose hacia los recién llegados, y tomando al docente por los hombros sin embargo, antes de abrir la boca y decir cualquier cosa, sus ojos se toparon con la persona que acompañaba a su hermano, el cual asomaba el rostro por un lado de la pila de regalos que cargaba.
- ¿Qué hace este tipo aquí?
- Oh Aberforth, permíteme presentarte a mi acompañante. Su nombre es Severus Snape, y tengo planeado hacerlo mi protegido y heredero.
- ¿QUÉ???
Bramaron al mismo tiempo Aberforth y Severus, ambos demasiado choqueados con la noticia.
- ¡Estás loco?? ¿Después de lo que hizo??
- Lo que haya echo creo que no es el tema de discusión ni la razón por la que me has llamado. Así mismo, te veo muy alterado. ¿Qué es lo que ocurre? Tu no sueles llamarme bajo ninguna circunstancia, a menos de que se algo realmente grave. Dime, ¿Lo es?
Aberforth bajó la mirada realmente angustiado, para luego dar la vuelta y entrar en su taberna siendo seguido por ambos hombres.
Algunas miradas curiosas cayeron sobre ellos, ya que no era común que Albus Dumbledore acudiera a aquél bar de mala muerte, y menos con lo que parecía ser su criado a juzgar por como venía cargado de paquetes.
Una vez dentro de la oficina, Severus soltó todo lo que había venido cargando y se giró, encontrándose con alguien cuya presencia parecía tener estático a Albus.
Nunca antes había reparado en los ojos del dueño del Cabeza de Puerco, descubriéndolos idénticos hasta el último detalle a los del anciano a quien acompañaba. Y ahora, no solo estaba él, sino una tercera persona con los mismos ojos y una abundante cabellera castaña.
- Ariana…
Severus parpadeó por que el nombre dicho por el director no le decía nada en absoluto. Era una mujer un tanto mayor, lo suficiente como para ser su madre. Bueno, si su madre lo hubiera tenido a eso de los treinta y tantos, si, tenía edad para ser su madre.
Dumbledore dio un paso al frente, y apenas lo hubo echo, aquella mujer se lanzó a los brazos del director sollozando ruidosamente.
- ¡Mi niña, tío Albus, mi niña!
Los ojos de Severus se abrieron a tal capacidad que le causaron dolor. ¿Aquella mujer había dicho TIO??? Observó al cantinero, ¡Era el hermano del director! ¿Qué rayos ocurría aquí??
- ¿Qué ocurre Ariana querida? ¿Qué ha pasado con Quindi?
- Apenas iba camino a Hogwarts para informarte, ¿Pero por qué no mejor se lo preguntas al asqueroso vago que traes contigo? ¡Un maldito mortífago ni más ni menos!
- ¿Qué?
Ariana se giró verdaderamente impresionada tras escuchar las palabras de su padre, y casi al instante, Severus se encontró con aquella mujer golpeándole furiosa y desesperadamente.
- ¡USTEDES, ASQUEROSAS RATAS INSENSIBLES, DEVUÉLVANME A MI HIJA!!!
- ¡Ariana, Ariana por favor!
Gritó Dumbledore mientras tomaba a su sobrina por la cintura y la alejaba de su muchacho, el cual tratando de esquivar los golpes se había ido de espaldas y caído sentado al suelo.
- ¡Basta Ariana! Así no vamos a solucionar nada, ¡Y menos por que no me han dicho lo que ocurre!!
- ¡Debí suponer que tú tenías la culpa de todo esto Albus! ¡Solo a ti se te ocurriría traer mortífagos caminando a tu lado!
- Severus no…
- ¡NO ME SALGAS CON MENTIRAS!!
Bramó Aberforth golpeando una mesa con su puño cerrado mientras su rostro se ponía colorado, para luego señalar acusadoramente al joven en el piso.
- ¡Yo se lo que ese grandísimo cerdo es! Aquella vez que vino y se puso borracho traía la manga a medio desgarrar y vi un trozo de la marca oscura que trae en el brazo. ¿Sabes lo que pienso de ti muchacho? ¿LO SABES?? ¡¿Sabes lo que pienso de tu asqueroso señor??
Tras aquellos gritos, el tabernero escupió en dirección al muchacho, el cual apenas se alcanzó a girar y librar el asqueroso impacto.
- ¡TIENEN A QUINDI! ¡TU LOS LLEVASTE HASTA MI NIETA MALDITA SEA!
- Te puedo asegurar que Severus no tiene nada que ver en esto.
- ¡Si claro!... un momento, ¿Tú sabías que él es un mortífago?
- Por supuesto que lo se. Severus es mi espía entre las filas de Voldemort.
Padre e hija se estremecieron al escuchar aquél nombre.
- ¡Pues mira lo que ha hecho tu espía! ¡Han secuestrado a Quindi! Antes no podía creer que nos hubieran descubierto, ¡Pero ahora lo entiendo todo! ¡Ha sido culpa tuya!
Como si fuera un toro enfurecido, el hombre se lanzó sobre un Severus, el cual en un impulso de protección enarboló su varita y se cubrió con un escudo, el cual lanzó de espaldas al dueño de aquél lugar, derrumbándolo al piso y rompiendo una vieja silla que estaba detrás de él.
- ¡Yo no he hecho nada ni he infiltrado información de nadie! No tengo idea ni siquiera de quien diablos es esa tal Quindi.
La mano de Dumbledore en su hombro lo hizo callar.
- ¿Cuándo descubrieron que Quindi había sido secuestrada?
- Hoy por la mañana.
Susurró su madre sacando un pañuelo y llevándoselo a los labios.
- Llevaba una semana sin comunicarse, pero creí que estaría demasiado ocupada con sus estudios. Desde que decidió mudarse no la he visto demasiado, y hoy… hoy fui a buscarla, ¡Y no estaba! Toda la casa estaba destruida, lo único que encontré fue esta nota.
Dumbledore alargó su mano para tomar el trozo de pergamino que le ofrecía su sobrina, leyéndolo atenta y cuidadosamente. Severus se colocó a su lado para leerlo igualmente.
- Es de Rookwood.
- ¿Estás seguro?
- Conozco la letra de ese mal nacido.
Siseó Snape bastante molesto aún por el ataque de Aberforth, para luego observar al director.
- Ellos creen que esa muchacha es nieta suya.
- Aparentemente. Encontraron el apellido Dumbledore y en la ascendencia encontraron mi nombre. Sin embargo, desde que nació Ariana protegimos los registros para que nadie se enterase de nuestros lazos familiares. Por eso fue que mi hermano envió a su hija a Beauxbatons, lo mismo que a su nieta.
- ¡Pero de nada ha servido! ¡Si tú no fueras un maldito orgulloso con la cabeza hueca, ella estaría bien!
- No veo por qué me culpes a mí de las acciones que realiza Voldemort.
- ¡Tú y tu asquerosa Orden del Fénix! ¡Podrías mantenerte al margen y dejar que los aurores hagan su trabajo, pero no! ¡Albus Yo lo puedo Todo Dumbledore tiene que meterse y jugar a las guerritas donde no le llaman!
Dumbledore bajó la cabeza apesadumbrado.
- Tío… ¿No hay algo que puedas hacer?
Los ojos de ella vagaron hacia el joven que acompañaba a su tío, sus ojos azules estaban rebosantes de lágrimas.
- ¿No hay algo… que puedan hacer?
La mirada del director se elevó hasta encontrarla con la de Severus, el cual se mantuvo quieto y en silencio. Aberforth le observaba furioso, pero los otros dos Dumbledores le observaban realmente esperanzados.
Finalmente suspiró y aceptó con la cabeza.
- Haré lo que pueda…
TBC…
Hola!!
Pues bien, espero que les gustara el capi. A decir verdad, decidí ahondar un poco en la relación de Severus y Dumbledore. Severus está muy lastimado en todos los sentidos, ajeno a las más inocentes sensaciones humanas, las cuales le fueron arrebatadas. Y es por eso que lo mostré mas como un cachorrito herido que como el hombre al que todas adoramos.
Pero ya irá endureciendo su carácter, todo con la ayuda de su mentor, ustedes despreocúpense!
Nos veremos en el siguiente capi!!
Respuestas en mi profie!
Lady Grayson
