I have climbed highest mountain
I have run through the fields
Only to be with you
Only to be with you
I have run
I have crawled
I have scaled these city walls
These city walls
Only to be with you
But I still haven't found what I'm looking for
But I still haven't found what I'm looking for
I have kissed honey lips
Felt the healing in her fingertips
It burned like fire
This burning desire
I have spoke with the tongue of angels
I have held the hand of a devil
It was warm in the night
I was cold as a stone
But I still haven't found what I'm looking for
But I still haven't found what I'm looking for
I believe in the kingdom come
Then all the colors will bleed into one
Bleed into one
Well yes I'm still running
You broke the bonds and you
Loosed the chains
Carried the cross
Of my shame
Of my shame
You know I believed it
But I still haven't found what I'm looking for...
Recuerdo que no sabía sí reír, gritar o saltar de la alegría, pero mi reacción fue hundir mi rostro entre las manos y comencé a llorar. Mis piernas temblaron como si debajo de mis pies ocurriera el terremoto más intenso. Las rodillas cedieron a mi peso, doblándose hasta llegar al suelo y deslicé las manos por mi cabello, entrelazando los dedos sobre mi cabeza. No podía creer que después de treinta y siete días de angustias, tristezas y nostalgias, al fin estuviera a cuantas horas de encontrarte. No supe si mis lágrimas fueron de felicidad, miedo o simplemente fue el desahogo por todo lo que había vivido durante esos días. Pensé en lo que podía decirte, en cómo podría convencerte para que volvieras conmigo, pero lo único que deseaba era verte otra vez, como aún hoy después de trescientos ochenta y ocho años, espero que vuelvas a mi vida y desates ese vendaval de emociones que solamente tú lograste hacerme sentir. Me sigo aferrando a esa absurda posibilidad de verte, aunque sea en mis sueños, pero desde hace siglos dejé de soñar.
Kenzi corrió a mi lado y me abrazó en silencio. Sentí que me deshacía inmersa en ese llanto agudo que no pude detener. Su mano se posó sobre mi espalda, acariciándome con suavidad. Mi reacción fue incomprensible, pero no hice nada para evitarlo. Ella se sentó a mi lado, esperando pacientemente, a que yo recobrara la entereza que me abandonó con la simple mención de tu nombre.
—¿Dónde está? —inquirí en un tono inaudible.
Tenia los ojos cubiertos por mis manos, sin querer mirar aquello que quizás podría ser un simple sueño.
—Creo que en Nepal.
Alcé la mirada al percibir la duda en su voz. Kenzi me brindó una sonrisa tibia, lejana, que reflejaba una sincera preocupación.
—¿Crees? —volví a preguntarle.
—Todavía no he tenido tiempo de confirmarlo, pero estoy casi segura que Lauren está en Nepal. Dame un par de minutos, y necesito que por favor, te calmes.
Asentí en silencio mientras Kenzi se levantó de mi lado. Cada vez que respiraba, salía de mi boca eso pequeños gemidos que deja el llanto cuando se va. Limpié mis lágrimas con los puños, tratando de hacerlas desaparecer para siempre.
—Bo, tengo el último informe que Lauren actualizó en la base de datos. Ella es muy lista, pero yo lo soy más. Según lo que escribió, da algunas pistas sobre su ubicación, pero no dice dónde está. Aún así, tengo el listado de epidemias que azotan el mundo fae, y podemos hacer una comparativa entre lo que ha descrito la doc y las características de las enfermedades.
En ese preciso instante, Kenzi me pareció la mujer más lúcida y sabia del universo.
—¿Desde cuándo estás haciendo esto? —pregunté impresionada.
—El informe sobre las epidemias lo saqué cuando estábamos en Inverness, pero no tenía los datos que subió Lauren hace cuarenta minutos y que por lo que veo... sigue cargando.
—¿Puedes contactar con ella?
—También lo he intentado, pero ella ha cancelado sus cuentas de correo. En un principio, pensé que me había bloqueado y me hice una nueva cuenta, pero esas direcciones ya no existen. Tampoco puedo acceder a su disco duro, ni modificar ningún documento.
—¿En qué parte de Nepal está?
—He conseguido rastrear la IP de origen antes de que comenzara a rebotar por el mundo y según esto, ella está en Porkhara o desde allí se conecta. Te voy a enviar un correo con la lista de epidemias y échale un vistazo, que dos cabezas piensan mejor que una.
Busqué mi portátil que estaba en el fondo del armario, lo encendí y esperé que entrara el correo. Mi corazón latía con tanta fuerza, que mi cuerpo se sumió en un leve mareo. Sentí una arcada trepándome por la garganta. Leí con detenimiento cada una de tus anotaciones, con la esperanza de encontrar ese pequeño detallé escondido, que pudiera revelarme por donde debía comenzar. Hiciste una descripción meticulosa de todas las variantes que poseía la epidemia. Escribiste datos científicos y algunas fórmulas químicas, que para mi fue lo más parecido al mandarín. Traté de comparar tus explicaciones con las características de las enfermedades, pero fue muy complicado, al no poseer conocimientos científicos sobre el tema. Kenzi me dio una lista de las dieciocho epidemias que había en diferentes partes del mundo, pero todas tenían las mismas peculiaridades y no fui capaz de encontrar una diferente. Me enfrasqué en los datos ambientales que habías descrito para cotejarlo con las ciudades donde ocurría las epidemias, pero cada una era tan distinta que no supe cual escoger primero.
De repente, alguien llamó a la puerta. Kenzi tardó unos segundos en abrir y era Vex con una sonrisa que se desvaneció al momento de ver nuestras caras.
—Os vengo a invitar a cenar, pero por lo que veo no es buen momento.
—Sabemos dónde está Lauren —dijo Kenzi, en un tono severo.
—No me lo digas —respondió Vex, apartando su mirada y alzando su mano para detener las palabras de Kenzi—. No quiero volver a pasar otros seis días con dolores en mi mano, así que no quiero saber nada.
Kenzi se abalanzó hacia él para rebatirle, pero sabía el riesgo que Vex correría, si me daba alguna otra pista sobre tu paradero.
—Déjale, Kenz —dije, sin quitar mis ojos de la pantalla—. Él no puede decirnos nada.
—Bo, estamos a un solo dato de encontrar a Lauren y Vex es el único que podrá decirnos si estamos por buen camino.
—Kenzi, no puedo —dijo Vex, tratando de coger sus manos—. A mi me encantaría decirle a Bo adónde tiene que ir o qué tiene que hacer, pero no puedo.
Observé ese cruce de miradas y como a Kenzi le hirvió la sangre ante la negativa de Vex.
—Necesito hablar con Nacho y con Trick —dije, rebuscando mi móvil entre las cosas que habían en la cama.
—Yo hablaré con Hale —añadió Kenzi.
—No, Kenz —dije lanzándole una mirada recelosa—. Yo no quiero que él sepa nada todavía.
—Vamos a ver, Bo —replicó acercándose a mí—. Si Hale y Vex están de acuerdo, el juramento se puede romper. ¿Cierto?
Ambas miramos Vex, que desvió sus ojos al suelo, cuando sintió la tensión en las palabras de Kenzi.
—No —dijo en voz baja y sin mirarnos—. El juramento sólo se rompe, cuando una de las partes muere o caduca.
—¿Y cuándo caduca? —inquirió Kenzi cada vez más alterada.
—Hasta que la unión entre los faes se pacte de manera oficial —murmuró Vex.
—Vaya pedazo de idiotez más grande habéis hecho —replicó Kenzi señalando a Vex—. Los faes no se van a unir de la noche a la mañana y necesitamos encontrar a Lauren.
—Aunque no lo creas, estamos muy cerca de esa unión y lo lograremos, pero debemos esperar —dijo Vex elevando cada vez más la voz.
—¡Esperar! —exclamó Kenzi, indignada—. Venga, Vex. Sabes que se congelará primero el infierno antes que los faes se pongan de acuerdo.
Vex avanzó hasta Kenzi y el espacio entre sus caras quedó reducido a casi nada.
—Yo tengo a casi todos los ancianos de las sombras en el bolsillo, pero Hale debería espabilar y convencer a los suyos —espetó con los celos en su voz.
Se retaron con la mirada y la tensión entre ellos fue incrementando. Kenzi estuvo a punto de estallar y Vex se hartó del desprecio por su parte.
—¡Basta! —exclamé—. Discutir no nos va a llevar hasta Lauren. Ahora voy a hablar con Trick y Nacho, pero necesito que os calléis unos minutos.
Cogí mi móvil y llamé primero a Trick. No tenía idea de lo que iba a decirle, ni como él me podría ayudar. Le conté todo lo que Kenzi había descubierto, le hablé de cada una de tus anotaciones, pero él no sabía con exactitud por donde debía comenzar. Su amigo no había descifrado todo el mensaje de Balder, pero me confirmó que decía algo sobre la valquiria. Desde ese día, jamás volví a llamarla por su nombre y siempre fue una simple valquiria para mi. Nacho vino a casa de mis abuelos apenas terminé de hablar con él y juntos ideamos un plan para buscar en cada una de esas ciudades infectadas por las epidemias.
—Perfecto —afirmé, dando el visto bueno a su plan—. Saldré ahora mismo a Nepal y, si Lauren no esta allí, iré a la siguiente ciudad.
—Voy contigo —se ofreció Kenzi.
—No viajaré en avión —le dije en un tono suave—. Necesito que te quedes aquí y busques toda la información que puedas.
Kenzi me observó sin pestañear y quise que me tragase la tierra, al ver la decepción en sus ojos.
—Yo acompañaré a Bo —dijo Nacho, pasando su mano sobre mi hombro, declarando su apoyo.
La mirada afilada de Kenzi se detuvo en cada uno de nosotros antes de rebatir.
—¿Piensas dejarme aquí? —inquirió ofendida—. Bo, por favor.
—Sabes que es lo mejor y así iré más rápido —respondí tomando sus manos—. Si quieres puedes quedarte aquí o volver a casa.
Esa expresión en su rostro, se me quedó grabada en la retina durante varios días.
—Kenzi, no te preocupes, que yo cuidaré de Bo —dijo Nacho, calmándola con su poder.
Ella sintió como esa ráfaga de sosiego recorrió su cuerpo, que se hizo más que evidente en cada uno de sus gestos.
—Ok —repuso con la voz mansa—. Pero quiero que me llames a diario y muchas veces al día. ¿Lo prometes?
—Te lo prometo —contesté con una sonrisa y haciendo una cruz sobre mi pecho.
Pensé si yo también había heredado parte de los poderes de Nacho y fue algo que se reveló años después.
—Creo que lo mejor es que vuelva a casa —sugirió Kenzi
—Vex, ¿puedes acompañarla? —le pregunté.
Él me lanzó una mirada asesina.
—¿Durante siete horas en un avión repleto de humanos? —contestó con ironía—. No, gracias.
Los poderes de mi tío sobre Kenzi, quedaron reducidos a la nada, cuando Vex habló. Él posee una capacidad innata para molestarla.
—No, subnormal —le insultó Kenzi—. Viajaremos en un avión privado. ¿Verdad?
Nos miró buscando nuestra aprobación.
—Por supuesto, Kenz —respondió mi tío—. Voy a prepararlo todo para que salgáis mañana a primera hora.
Nacho salió por la puerta con el móvil en la mano. Kenzi se sentó a mi lado y Vex en el sillón junto a la ventana. Observé con detenimiento la habitación, pensando en todo lo que había descubierto en esa cuidad. El recuerdo de tus padres me vino a la mente y supe que no me podría marchar, sin hablar antes con ellos.
—Quiero despedirme de Emilia y Niel —dije poniéndome en pie.
—Yo también —repuso Kenzi, imitando mi gesto.
—Vale —añadió Vex—. Os invito a todos a cenar. Además, le debo un par de pintas a Niel y no me gusta tener deudas pendientes.
—No, Vex —rechacé su propuesta—. Te lo agradezco, pero iremos nosotras a hablar con ellos.
Kenzi llamó a tu madre y en veinte minutos nos plantamos enfrente de su casa. No le dijimos nada por teléfono para que no se preocupara, pero eso no fue suficiente. Cuando Emilia abrió la puerta, en su cara estaba el nerviosismo de esa primera vez que nos vimos. Mi lenguaje corporal tampoco ayudó a disipar las dudas, sino todo lo contrario. Nos sentamos en el sofá con esa tristeza al tener que decirles adiós. Niel se unió a nosotras en el salón y en su rostro también se expresó la preocupación.
—¿Estás bien, Bo? —inquirió tu madre.
—Emilia, mañana tenemos que volver a casa y no queríamos irnos sin despedirnos de vosotros —dije con la mirada fija en el suelo.
—¿Pero todo está bien? —preguntó tu padre—. ¿Os podemos ayudar?
Subí lentamente la mirada. Tu madre me observó con los ojos humedecidos y con sus labios apretados, conteniendo la pena.
—Tranquilo, Niel —contesté casi sin voz—. Mi abuelo necesita que le ayude en algunos asuntos, pero volveremos a vernos. Os lo prometo.
Tu padre asintió dócilmente, pero era evidente que nuestra despedida le pilló por sorpresa.
—Estaba pensando, en que quizás... os apetecería pasar las navidades con nosotras y así os mostraríamos un poco nuestra cuidad —sugirió Kenzi con la vergüenza latente en su voz.
Ella no me había comentado nada sobre eso, pero me pareció una idea estupenda. Yo no queria perder el contacto con tus padres y estaba dispuesta a hacer lo que hiciera falta para que jamás volvieran a sentirse solos.
—No es necesario, Kenzi —contestó Niel—. Estaremos bien.
Tu madre había apartado la mirada hacia la chimenea, con esa soledad y tristeza instalada en sus ademanes.
Me aproximé hacia Emilia y le tomé de las manos. Ella al sentir mi tacto, posó su mirada en la mía y se me hizo obvio que ella no quería molestarnos.
—Para nosotras no es ningún problema y podíamos pasar unas navidades diferentes —dije sin apartar mi mirada de los ojos de tu madre—. Mi familia tiene una casa en la cuidad y estará a vuestra completa disposición. A mi me haría mucha ilusión que pudierais estar con nosotras.
Emilia suspiró profundamente, con una tenue sonrisa en sus labios y me miró con aire melancólico.
—Gracias, chicas —musitó tu madre, sin apenas voz—. Gracias por toda la alegría que habíamos olvidado y que vosotras nos la habéis devuelto.
Tus padres se miraron, asintiendo. Kenzi presenciaba la escena con una inquietud que no acertaba a definir.
—Entonces, ¿eso es un sí? —les preguntó.
—Estaremos encantados en pasar unos días con vosotras —repuso tu padre.
Aquellas navidades fueron las primeras que compartimos con tus padres. Durante nueve años celebremos muchos cumpleaños, hicimos varios viajes juntos y ellos se convirtieron en parte de nuestra pequeña familia.
—Genial —dijo Kenzi, conteniendo la alegría—. No os preocupéis por nada, que nosotras planearemos todo.
—Gracias, chicas —dijo tu madre, alternado su mirada entre cada una de nosotras.
—No nos des las gracias, Emilia —repliqué—. Nosotras estamos encantadas de compartir este tipo de momentos con vosotros.
A tu madre se le aguaron los ojos y en su rostro encontré cierta paz. Emilia nos dijo lo mucho que nos echaría de menos y mi corazón se partió en pedazos, cuando ella no pudo aguantar la emoción. Nos acompañaron hasta la puerta con ese sentimiento que surge, cuando te despides de alguien que significa mucho para ti. Kenzi fue incapaz de evitar las lágrimas, pero tu madre la consoló diciéndole: Esto no es un adiós, sino un hasta luego. Se abrazaron durante unos minutos y supe que para Kenzi tu madre era muy importante. Durante el viaje a las Highlands, ellas se hicieron inseparables, hablaron de miles de cosas y Emilia siempre le dio ese cariño especial que tanto ansiaba Kenzi. Fue increíble como entre ellas se mantuvo esa amistad, la cual marcó un antes y un después en sus vidas. Durante años se llamaron por lo menos una vez a la semana, pero no porque fuera una obligación, sino por el mero placer de estar en contacto. Entre tu padre y yo también se estableció un vínculo. Logramos ser grandes amigos, siempre demostró lo orgulloso que se sentía de mi y él se convirtió en el apoyo que tanto anhele.
Emilia me abrazó, agradecida por todo lo que hice por ellos. Nos separamos y la miré a los ojos, sin saber si debía decirle toda la verdad.
—Bo, quizás la felicidad es algo que sólo se busca y tal vez nunca la logremos obtener, pero no puedes vivir en paz, recordando a la muerte de mi hija. La cosa más insignificante puede marcar tu destino. En un abrir y cerrar de ojos, cuando menos te lo esperas, ocurre algo por casualidad que te embarca en un viaje que no habías planeado, rumbo a un futuro que jamás podrías haber imaginado y se convierte en la aventura de tu vida, pero a veces para encontrar la luz hay que atravesar las más profundas tinieblas y gracias a ti hemos abandonado la oscuridad.
Las palabras de tu madre, enmudecieron mis intenciones de profesar la verdad. Fui consciente de lo importante que fue mi visita a tu pasado y como nuestra presencia ayudaron a tus padres.
—¿Algún día volverás a Edimburgo? —inquirió tu madre.
Asentí lentamente, prometiéndole que volvería, pero cuando cumplí mi promesa fue demasiado tarde. Entre Emilia y yo, se creó una especie de tradición la cual cumplíamos sin saber muy bien por qué. Cuando llegaba el día de tu cumpleaños, nosotras nos llamábamos y esa era nuestra particular manera de acordarnos de ti, aunque jamás mencionamos tu nombre.
Dos semanas después de terminar la guerra entre los faes, tu madre murió a causa de una leucemia. Ella nos ocultó su enfermedad para no preocuparnos y quiso vivir sus últimos meses en absoluta paz. Apenas Kenzi lo supo, corrió a su lado porque no quería que Emilia muriera sola. El día que ella falleció fue el más doloroso que afrontó Kenzi y siempre se culpó por no haberse dado cuenta que tu madre estaba enferma. Ella buscó las Perseidas, conjuró infinidad de hechizos, pero nada de eso fue suficiente para evitar que tu madre se fuera. La muerte de Emilia significó mucho más para ella, que la muerte de su propia madre. No tuve tiempo de despedirme de tu madre porque cuando llegué a Edimburgo fue demasiado tarde. Todos acompañamos a Niel durante el funeral y sé que tú también estuviste allí.
Niel sufrió de Alzheimer, que le fue diagnosticado pocos meses después de la muerte de Emilia. Vivió dos años sometido a esa enfermedad, que para mí fue su manera de evadir la soledad que lo asechaba. Yo estuve a su lado, aunque él no pudo reconocerme e intenté ayudarlo como si él fuera mi padre. Mi única satisfacción en ese momento, fue haber estado con él, acompañándolo en su último día. Tus padres no solo llenaron mi vida, ellos me ayudaron a entender el porqué de las casualidades y a ellos también los echo de menos, como a tantas personas que me brindaron ese cariño incondicional, pero así es la vida y no me queda más remedio que vivirla. Nunca he podido olvidar ese primer consejo que me dio tu madre: Existimos porque alguien piensa en nosotros. Cuando te acuerdes de Lauren, piensa en lo que te dio y no en lo que nunca sucedió.
Cuando volvimos a casa de mis abuelos, después de despedirnos de tus padres, Nacho me esperaba para explicarme como viajaríamos, cuales eran las primeras ciudades que debíamos ir, pero también de todos los Ash con los que tendríamos que hablar. Recogí todas mis cosas, se las entregué a Kenzi y sólo me llevé el libro junto con todas las fotos. Me despedí de Olson y Eleanor, agradeciéndoles toda su ayuda durante esos días.
Salimos por la puerta dejando atrás esa cuidad encantada y repleta de tu esencia. Esa noche fue las más gélida que jamás había vivido. Chispeaban las primeras gotas de lo que parecía ser un rocío de media noche, pero que intensificaba la humedad y arreciaba la sensación del frío. Nacho me guió por los jardines hasta la verja de la entrada y me detuve a una distancia prudente para observar las luces lejanas de la casa de mis abuelos. Bobby corrió hacia mí y me di cuenta de lo mucho que extrañaría su compañía.
—Vamos, Bo —dijo Nacho—. Siempre podrás volver, pero ahora tenemos que buscar a Lauren.
Le di un beso a Bobby mientras Nacho le ordenaba que volviera a la casa. Caminamos lentamente, pero el perro me siguió con sigilo, deseando venirse conmigo. Al año siguiente, Nacho me regaló a Bobby y a Kenzi le dio a Mcgee, convirtiéndose en nuestra mayor responsabilidad.
Desaparecimos en un suspiro y llegamos a Porkhara, donde nos esperaba un fae amigo de mi tío. Estaba amaneciendo con esos tenues rayos del sol que apenas despertaba a la ciudad. Enfrente a nosotros se alzaba una montaña con sus picos totalmente nevados y esa fue la primera vez que vi el Himalaya. No hacía frío, pero no pude contener el temblor de mi cuerpo.
—Namaste —saludó el amigo de Nacho.
Él juntó las palmas de sus manos sobre el pecho e inclinó la cabeza haciendo una reverencia. Nacho hizo lo mismo y yo imité cada gesto con solemnidad.
—Bienvenidos a Porkhara —dijo ese hombre con un acento bastante rústico—. Os llevaré al complejo de las luces para que podáis descansar.
—Gracias, Dhananjay —replicó Nacho—, pero la Ash nos esta esperando.
Él hombre asintió y nos condujo hacia el complejo de las luces. Quise aprenderme su nombre, pero era tan complicado que decidí apodarlo Jay. Antes de entrar por la puerta tuvimos que descalzarnos, colocamos los zapatos en un rincón y atravesamos un pasillo hasta el despacho del Ash local. Nacho se despidió de su amigo y él nos abrió la puerta.
—Shuva Pravat, Namaskar, Namaste —dijo: Buenos días, en nepalés, una mujer, dándonos la espalda y mirando por la ventana.
—Buenos días, Ishwari —saludó Nacho, cortésmente.
Ella se dio la vuelta y nuestras miradas se encontraron. Su rostro era precioso, con unos ojos negros penetrantes, con la nariz perfilada y sus labios perfectamente demarcados. Vestía un traje negro, con una camisa blanca que entallaba su silueta. El cabello lo tenía recogido, mostrando su cuello largo y delicado. La belleza que irradió esa mujer fue impresionante, pero me di cuenta que ella pensaba lo mismo de mí, cuando percibí la intensidad de su brillo sexual.
—Veo que has traído a la súcubo sin bando —dijo la Ash con un acento delicado y perfecto.
Ella avanzó con cautela hacia mí, con tanta parsimonia que parecía levitar. No apartó en ningún momento su mirada de la mía y se detuvo a unos pocos centímetros de mi cuerpo. Sentí como mis ojos se tornaron en azul ante el aroma sutil que desprendió esa mujer. Mi naturaleza se abrió paso hacia sus deseos y en respuesta a la sexualidad que emanó de la Ash.
—Mi nombre es Bo —repliqué, casi sin aliento.
—¿Sabes qué eres muy famosa en nuestro mundo? —inquirió en un tono tan suave como sexy—. Pero ya veo el porqué.
—Ishwari, estamos aquí para pedirte que nos ayudes —dijo Nacho.
Las palabras de mi tío no interrumpieron ese juego de miradas entre nosotras. Vislumbré como en sus labios se formó una sonrisa y mi naturaleza exigió ser alimentada. Di por perdido ese reto de insinuaciones silenciosas y aparté mi mirada hacia el suelo, evitando perder el control.
—Siéntense, por favor —dijo la Ash.
Nos sentamos en dos sillas que estaban frente a su escritorio. Ella caminó hacia su asiento, pero me fue imposible apartar mis ojos de su cuerpo. Cada uno de sus movimientos, hicieron que mi naturaleza arremetiera con muchas más fuerzas. Las inyecciones se me agotaron durante el viaje al norte de Escocia y supe que debía alimentarme cuanto antes.
—¿Qué quieres, Ignatius? —inquirió la Ash, sin dejar de mirarme.
—Necesito que me digas dónde podemos encontrar a la doctora Lauren Lewis.
—¿Y qué te hace pesar que yo sé dónde está? —inquirió con perspicacia
—Tenemos algunos datos que nos indican que Lauren está aquí y tu presencia en Porkhara me lo confirma.
Desvío su mirada de mis ojos y la posó en la de Nacho.
—Es bueno saber que no pierdes la astucia con los años —dijo soltando una carcajada—. Pero yo no sé nada sobre la doctora.
Nacho se aproximó un poco más hacia la Ash y la miró a los ojos con intensidad.
—Es increíble que todavía no hayas aprendido a como mentir —le dijo mi tío con una sonrisa insolente—. Te conozco muy bien y sé que me ocultas la verdad.
Ella imitó el mismo gesto de Nacho y sin quitar la sonrisa de sus labios, le guiñó el ojo.
—Si tan bien me conoces, sabrás que no puedo decirte nada sobre ella. Hale me hizo jurar con mi propia sangre que no revelaría dónde está Lauren —dijo mostrándonos la palma de su mano izquierda.
La marca del juramento se anunció en una leve cicatriz de color rosa. Cuando ella colocó su mano sobre la mesa, me abalancé hacia ella y con mi toqué intenté que me confesara lo que sabía de ti.
—Quizás puedas hacer una excepción y decirme dónde puedo encontrar a Lauren, ¿cierto?
Ella se estremeció al sentí mi influencia y cerró los ojos ante el placer que recorría su cuerpo.
—¡Bo! —exclamó Nacho—. No le puedes hacerle eso a un Ash.
—Sé que a ella no le molesta, sino todo lo contrario, ¿verdad? —susurré, acariciando su piel de arriba abajo.
Aparté mi mano de la suya y me quedé esperando a que ella comenzará a hablar. Tardó unos segundos en recomponerse de mi poder, con una expresión de completa perplejidad.
—¿Aife? ¿Tú eres... la hija de Aife? —inquirió consternada.
—Sí —contestó Nacho—. Ella es su hija.
La Ash le miró con rabia, apretando su mandíbula.
—¿Por qué no me lo habías dicho? —masculló con la ira contenida en su voz.
—Creo que tu relación con Aife no término muy bien y sé que te hizo mucho daño.
Ella suspiró amargamente.
—Aife fue lo más intenso que tuve en mi vida —ella respondió, observando su mano.
—¿Relación? —pregunté atónita.
—Sí, Bo —repuso subiendo la mirada—. Tu madre y yo fuimos amantes durante muchos años. Cuando éramos unas adolescentes fuimos pareja hasta que rompió conmigo por tu padre, pero cuando él murió volvimos a estar juntas. Hace cinco años me abandonó y no he vuelto a saber de ella. Como puedes ver, yo he sido para tu madre el premio de consolación.
Algo parecía estar carcomiéndola y decidí indagar un poco más.
—¿Todavía estás enamorada de ella? —inquirí con vergüenza.
Ishwari alzó la mirada hacia el techo y una leve sonrisa apareció en su rostro, cuando ella recordó a mi madre. Y al fin supe quien era esa mujer de la cual hablaba mi madre en su diario.
—Aife es una mujer que deja huellas muy profundas y no voy a negar lo evidente.
La resignación que desprendían sus palabras quemaron como el fuego. Nunca me imaginé que cuando entraba en ese despacho, descubriría una parte del pasado de mi madre. La Ash se quedó en una especie de trance, ocasionado por el simple recuerdo de Aife y me puse tan nerviosa que mi voz desapareció.
—¿Dónde está Lauren? —inquirió Nacho, rompiendo el silencio.
—No lo sé y no puedo decirte nada sobre ella, pero si de la valquiria que la acompaña —respondió mirándome fijamente a los ojos—. Aunque Hale me hizo jurarle que no diría nada de Lauren, él nunca mencionó a la valquiria. Todo juramento de sangre es sagrado, pero como todos los contratos, también este tiene la letra pequeña. Cuando un fae entra a cualquier territorio, tiene que rellenar unas solicitudes de entrada y de salida. Tamsin dejó esto ayer y aquí tenéis su petición de salida
—¿Adónde se fue? —pregunté, recuperando la voz.
—No lo sé —repuso la Ash—. No es mi problema lo que haga una fae que ahora no tiene ni bando.
—¿Quien más hizo el juramento? —inquirió Nacho.
—Todos los Ash y también los Morrigan. Vex se vio obligado a hacer jurar a todos los suyos, pero creo que fue más benevolente y quizás los Morrigan pueden decirte donde encontrar a la doctora.
—¿Qué les hizo jurar Vex? —pregunté
—Según los rumores, Vex hizo el juramento a su manera y su letra pequeña no es tan pequeña, sino enorme. Ellos no te dirán donde esta la valquiria, pero te pueden indicar dónde esta la doctora. ¡Mierda! —dijo con el dolor en el rostro.
Su mano izquierda comenzó a sangrar, pero no tanto como lo hizo Vex. Se retorció de dolor y cubrió su herida con la otra mano.
—Ishwari, ¿estás bien? —inquirió Nacho.
La Ash me miró con dolor, pero también con orgullo.
—Ysabeau, te juro que quiero ayudarte, pero no puedo morir ahora.
Supe que sus intenciones fueron movidas por el amor que sentía por Aife, pero no quería que ella rompiera un juramento que le ocasionaría la muerte.
—Tranquila, que me has ayudado. ¿Déjame ver tu mano? —pregunté acercándome a ella.
Afloró una sonrisa abatida de derrota y cansancio, en los labios de la Ash.
—Tu madre significa mucho para mí y sé que puedes encontrar a Lauren —dijo con absoluta seguridad.
La certeza en sus palabras, me hicieron estremecer y no supe si esa reacción fue por sus deseos de volver a encontrase con mi madre.
—Lo sé y espero que algún día puedas perdonar a Aife —repuse, observando como la sangre brotaba de su herida.
Nuestras miradas se volvieron a encontrar y sentí la soledad que había en sus ojos.
—No te prometo nada porque aún me duele —dijo apretando mi mano—. Ahora debo volver a Pekín y no quiero saber nada más de este tema. ¿Entendido?
Nos limitamos a asentir en silencio. Apenas salíamos del despacho, noté en el rostro de la Ash cierta nostalgia. Poco tiempo después supe los detalles de la relación entre esa mujer con Aife y cuando estalló la guerra, ella fue la primera en darme su apoyo. Gracias a Ishwari, Asia no cayó en manos del ejército oscuro y su valentía le devolvió el amor de mi madre.
Nacho me llevó a un hotel ubicado cerca del lago Phewa. La suite era amplia, con unas vistas directas a la montaña y al lago. Jamás vi un atardecer más espectacular que en ese sitio. El hotel estaba rodeado de lujo y pensé en lo mucho que le habría gustado a Kenzi estar allí. Mi tío no soltó el teléfono desde que entramos a la habitación, hablando en diferentes idioma y apenas término su última llamada, se sentó a mi lado en la cama.
—En diez minutos tengo una reunión con unos amigos que me pueden decir por donde debemos continuar buscando. Tú te quedarás aquí y descansarás un rato —me ordenó en un tono sutil.
—Nacho, tengo que alimentarme y ya no me quedan inyecciones.
—Ok. Llamaré a Dyson para que traiga unas cuantas más.
—Necesito alimentarme como es debido. Las inyecciones de Lauren no están funcionando y su efecto cada vez dura menos.
Mi tío tomó mis manos con fuerza.
—Hoy por la noche buscaremos lo que necesitas, pero debes usar la inyecciones para no matar a los humanos.
—¿Humanos? —inquirí sorprendida.
—No podemos arriesgarnos que los faes se den cuenta de que estás aquí, por eso hoy sólo te acostarás con humanos, ¿a menos qué quieras alimentarte de Dyson?
—No, gracias —respondí negando con la cabeza—. Los humanos son el plato especial en mi menú.
Mi tío me observó, captando la ironía en mi réplica.
—Volveré en un par de horas —dijo dándome un beso en la frente—. Duerme un poco. ¿Ok?
Nacho salió de la habitación y por primera vez me sentí totalmente sola. No fui capaz de recordar la última vez que estuve sin nadie conocido a mi alrededor. Cogí el libro para buscar las fotos que me harían compañía durante esas horas. Saqué la foto de mis padres en París, observando esa felicidad que destilaban sus sonrisas, con la catedral de Notre Dame a sus espaldas y el cielo azul de bandera. La coloqué con cuidado en la mesilla al lado de la cama. Busqué la fotográfia donde estabas con mi padre, rocé tu rostro con la yema de mi dedo índice, contemplando tu mirada cargada de alegría. La puse al lado de la de mis padres y me quedé unos minutos con la mirada perdida en esos rostros que añoraba, pero cada día me parecían más lejanos.
"Los latidos de un corazón se repetían en mi odio izquierdo. Sentí como una tibia caricia me recorrió desde la cabeza hasta la parte baja de mi espalda. Moví mis manos instintivamente, sobre una piel suave y esos latidos comenzaron a agitarse haciéndose cada vez más rápidos. Mis ojos estaban cerrados. No quise que nada interrumpiera esa sensación de felicidad que no supe, ni cómo ni por qué, sentí en ese momento. Las yemas de esos dedos que rozaron mi espalda, se detuvieron en el centro de mi cuerpo y al posarse la palma entera contra mi piel, sentí el frío de un metal, que erizó todo mi cuerpo. Un escalofrío me hizo temblar envuelta en un placer, sólo comparable con el que tú me hacías sentir.
—Buenos días, cariño.
Tu voz la reconocí al instante. Abrí los ojos al no creer que te tenía en mis brazos. Mi cabeza reposaba sobre tu pecho y fueron los latidos de tu corazón los que escuché con tanta claridad. Alcé mi cabeza lentamente, con ese miedo terrible, al pesar en que desaparecerías si te miraba a los ojos. Tus manos acariciaron mi rostro y con tu pulgar dibujaste una línea invisible sobre mis labios. Mis ojos estaban fijos en los tuyos, sin poder creer que al fin estabas conmigo.
—¿Te encontré? —inquirí con un hilo de voz.
Sonreíste con esa expresión que tanto deseé ver durante esos días y sentí como mi corazón podía explotar en cualquier momento. Tus manos siguieron su camino por cada parte de mi rostro y me entregué a ese toque tan sutil como maravilloso.
—Técnicamente, te encontré yo a ti —respondiste en ese tono tan tuyo.
Mi mirada se perdió en el movimiento de tus labios y, sin querer evitarlo, comencé a besarte con tanta desesperación, que casi no pudimos respirar y sentí como si algo en mi interior volvía a la vida. Dejé caer todo el peso de mi cuerpo contra el tuyo, recorriendo con mis manos cada centímetro de tu torso desnudo. Tu lengua acarició mis labios, pidiendo permiso para invadir mi boca. Mis manos se deslizaron hasta tus caderas, aferrándolas contra las mías para sentir el calor que emanaba tu cuerpo. Nuestras lenguas se sumergieron en una danza perfectamente sincronizada y sentí como la súcubo combatía por satisfacer sus necesidades.
Me separé de tus labios, pero continúe mi ataque por tu cuello, bajando hasta tu pecho. Tus manos sujetaron mi cara para que te mirara a los ojos.
—Bo, puedes alimentarte de mí —murmuraste—. Sé que no me harás daño porque ahora soy suficiente para ti.
Hice caso omiso a tu sugerencia y continúe con mi asalto a tu cuerpo. La necesidad de poseerte no ayudó a debilitar las embestidas de la súcubo que reclamaba aquello que le correspondía, pero me resistí a no abandonar el placer que me ofrecías en cada caricia.
—Cariño, no puedes luchar contra lo que eres —dijiste, subiendo mi barbilla hasta tus ojos.
—Lauren, no me pidas eso —dije, besando varias veces tu rostro.
Tus manos subían y bajaban por mis brazos hasta que me separaste de ti para que te volviera a mirar.
—¿Por qué no? —inquiriste preocupada—. Bo, tú eres una súcubo y me encanta cada parte de ti, pero debes alimentarte y no quiero que lo hagas con nadie más... sólo conmigo.
Esas dos últimas palabras hicieron que se me ensanchara el corazón.
—Lauren, no me pidas que le dé a mi naturaleza lo que quiere.
—¿Y por qué tienes que sufrir? —me preguntaste con gesto serio.
—Porque tú significas mucho más para mí que un simple deseo. Tú eres lo único que me hace sentir normal y no me quites eso, por favor.
Tus dedos juguetearon con varios mechones de mi cabello.
—Cada vez estarás más débil y me mata verte sufrir.
—Lo sé, Lauren —afirmé con una sonrisa—. Buscaremos alguna otra alternativa, pero te juro que no me alimentaré de nadie y si tengo que morir de hambre lo haré.
Resoplaste, molesta, ante mi tozudez.
—¿Y que pasará cuando vuelvas a estar herida? Yo…
—Pues sanaré como una humana —corté tus palabras—, pero no pienso curarme con nadie. Lauren, tú eres lo único que me importa en esta vida y sólo quiero hacerte feliz. Deseo darte todo lo que tengo, luchando contra mí misma si es necesario.
No pudiste evitar esa sonrisa, que me hizo explotar de alegría. Besé tus manos y me di cuenta del anillo que posaba en tu dedo anular. Era un diamante incrustado en un anillo de oro blanco, que brilló al contacto de la luz que entraba por la ventana. No quise preguntar, por miedo a que esa posible respuesta hiciera añicos a mi ilusión.
Continúe mi recorrido desde tus brazos hasta tu cuello. Entrelazaste tus piernas alrededor de mi cintura y me diste la vuelta quedándote sobre mi. Me deleité con cada palmo de tu cuerpo mientras tú movías tus caderas contra mi pelvis. Cada movimiento desató un intenso placer, al cual no me pude resistir. Posé mis manos sobre tus piernas, sujetándolas con fuerza para no detener ese momento. Respiré con dificultad, cuando tus manos se deslizaron entre mis pechos bajando lentamente hasta el final de mi abdomen. En tu rostro había un sonrisa de satisfacción, al ver mi reacción ante esa lenta tortura que me producían tus dedos. Atrapé tu mano antes que continuaras a más y te miré a los ojos.
—Lauren, nunca vuelvas a abandonarme —te supliqué—. Nunca más vuelvas a dejarme porque no sé vivir sin ti.
Te inclinaste poco a poco hacia mi rostro. Percibí el calor de tu aliento en mi cuello mientras subías, besando suavemente mi mandíbula, hasta que tus labios se posaron en mi oído. Sentí como mi corazón se desbocó, rendido ante el tacto de tus besos.
—Sabes que yo tampoco sé vivir sin ti —susurraste—. Dentro de unos meses comenzaremos a escribir nuestro destino... juntas.
Cogí tu rostro con mis manos, acercándote a unos pocos centímetros de mi labios, sin dejar de mirar tus ojos y sentí como los míos se llenaron de lágrimas.
—Te amo, Lauren Lewis.
Tu respuesta fue un beso profundo y rebosante de pasión. Cerré los ojos, dejándome llevar por tus caricias. Nunca me había sentido tan feliz como en ese preciso instante y supe que jamás lo seria si tú no estabas a mi lado"
Mi móvil comenzó a sonar, sin parar. Abrí los ojos buscándote a mi lado, pero me di cuenta que todo había sido un sueño. Hundí mi rostro entre las manos y comencé a llorar de desesperación. Aún en ese instante, pude percibir el rastro de tu voz y tu olor, impregnado en mi piel.
El sonido del móvil no cesaba, pero no pude responder. Mi llanto aumentó cuando recordé cada parte de ese sueño y me pregunté si a partir de ese momento, sólo podría tenerte en ese mundo irreal. Me levanté de la cama y comencé a caminar de un lado a otro. La ira se apoderó de mi y sin pensarlo estrellé mi puño contra la pared. Mis nudillos comenzaron a sangrar, pero el dolor que sentí no se comparaba con el de mi corazón. Caí al suelo exhausta por la frustración, que se recorrió mis venas.
Nacho abrió la puerta de la habitación y corrió hacia mí para saber que me había ocurrido. Dyson había llegado para entregarme las inyecciones. Juntos me ayudaron a levantarme, llevándome hasta la cama. No pude ni mirarles porque mi ojos se clavaron en esa pared blanca. La tristeza se comió mis palabras y quise escapar de todo ese dolor, pero no había ninguna salida.
Mi tío le pidió a Dyson una de las inyecciones, al ver como mis ojos no cambiaban a su color original. Sentí el pinchazo en mi brazo, pero no moví ni un solo músculo de mi cuerpo. Dyson me abrazó, intentando conseguir alguna reacción por mi parte, pero me mantuve inmóvil, sin ni siquiera pestañear. Por mis mejillas corrieron las lágrimas que cayeron sobre su hombro.
Me tendieron sobre la cama y Nacho se sentó a mi lado para no dejarme sola. Dyson se tuvo que marchar, cuando recibió una llamada sobre el paradero de los chicos desaparecidos. Poco a poco, me fui recuperando del letargo en el que me había sumergido y gracias a la inyección mi apetito perdió intensidad. Mi tío me ayudó con su poder a conseguir algo de calma, pero me sentí aún más intrigada por el origen de sus poderes.
—Todavía no te conozco y no sé nada sobre ti.
Nacho dejó caer una pausa tensa, dirigiéndome su mirada recelosa.
—Lo sé, Bo —repuso pausadamente—. Pero ahora lo que más me preocupa son tus sueños. ¿Qué te pasó?
Dudé un instante, arañando las palabras que rehuían a mi voz.
—Que viví en un sueño y me desperté en una pesadilla —dije con la voz rota.
Le miré, conteniendo las ganas de llorar.
—Trick me ha comentado sobre tus nuevos poderes de premonición —me dijo en un tono condescendiente.
—No sé si son poderes o simplemente sueño con aquello que anhelo —dije a media voz.
—Para poder diferenciarlos, debes tener en cuenta los detalles. Por lo general las premoniciones se manifiestan en los sueños, pero siempre hay algo que te confirma ese mensaje, desde un objeto hasta el perfume que oliste.
Fruncí el ceño y crucé mis brazos sobre el pecho.
—¿También tienes ese poder? —pregunté
—No, pero conozco a varios faes que pueden soñar con el futuro. ¿Qué fue soñaste?
Bajé de nuevo mi mirada y la posé en mi manos vacías
—Con Lauren —me faltó la voz—. Estábamos acostadas en una cama y nunca me sentí tan feliz como en ese sueño.
Nacho deslizó sus manos sobre la mesa hasta dar con las mías.
—¿Algún detalle? ¿Qué vistes o percibiste?
Cerré los ojos para evocar ese sueño que me hacia sentir una felicidad pedida. Recordé cada momento sin percatarme de nada extraño más que el mismo sueño en si y casi sin darme cuenta, la imagen del anillo brillando, apareció súbitamente en mi memoria.
—Un anillo —dije de repente—. Lauren portaba un anillo de compromiso.
Me observó como si esperase algún dato más.
—¿Lo has visto antes? —preguntó Nacho
—No —respondí ocultando mis ojos con las manos—. Jamás he visto nada parecido a ese.
Al escuchar mi respuesta, mi tío se levantó de la mesa y desapareció con rumbo a mi cama. Volvió con la foto de mis padres en las manos
—¿Puede ser este? —dijo señalando la mano de Aife.
No me había dado cuenta de ese detalle en la foto, pero no era el anillo que tú tenías en mi sueño.
—No —negué nuevamente—. El anillo de Lauren era un diamante engastado en oro blanco.
Limpié con mis dedos las lágrimas que comenzaron a asomarse por mis ojos.
—Tranquila, Bo —dijo, posado su mano en mi hombro—. Estoy seguro que ese anillo aparecerá en tu vida.
Me limité a asentir, sin saber muy bien por qué lo hacia.
—Ahora voy a pedir que nos suban algo de comer y podremos hablar con más tranquilidad. ¿Ok? —me dijo mi tío, avanzando hacia el teléfono de la habitación.
Nacho pidió la comida mientras yo aproveché para darme una ducha. Aún sentía la reseca de ese sueño y como había perdido el control. Traté de no pensar más en lo que había vivido, pero fue imposible sacar de mis sentimientos ese anillo. Cuando salí de la ducha, me vestí con la misma ropa y supe que sí eso se alargaría debía comprar más.
Mi tío había servido la comida en la mesa que había en el recibidor. No me había dado cuenta de lo grande que era esa suite. Nos sentamos entorno a la mesa y comimos en absoluto silencio. La comida era típica de Nepal, con diversas guarniciones y cargada de especies.
—Trick también me comentó algo sobre ti, pero sé que tú me lo podrás explicar: ¿Eres un semidiós?
—Todavía no, pero tampoco quiero serlo. Al heredar los poderes de mi madre, también heredé su misión. Durante muchos años me entrené para convertirme en un semidiós y me desvinculé del mundo.
—¿Por qué no quieres seguir la misión de mi abuela?
—Cuando comenzó la gran guerra de los faes, mis padres me enviaron a México para ser adiestrado en los antiguos templos aztecas. Viví en ese lugar durante siglos, y tuve que alejarme de mi familia y por eso no pude proteger a Aidan. Apenas me enteré de su muerte volví a abandonarlo todo por segunda y última vez. La primera vez que renuncié a mi adiestramiento fue porque me enamoré perdidamente de una mujer.
Nacho sacó de su billetera una fotografía suya junto a una mujer hermosa, que posaban enfrente a la Catedral Metropolitana de la Cuidad de México. La sonrisa de esa mujer me recordó la de Kenzi y supe porque mi tío se sintió atraído por mi amiga.
—¿Y por qué no estás con ella? —inquirí.
Nacho sonrió. Lo hizo como una leve insinuación en la comisura de sus labios y un brillo triste y desgastado en la mirada.
—Ingrid murió hace muchos años —dijo rehuyendo de mis ojos—. Tengo la mala suerte de enamorarme de las mujeres humanas, pero fui muy feliz a su lado.
Esa vez fui yo quién deslizó las manos hasta las suyas, buscando la mirada esquiva de mi tío.
—Lo siento mucho —dije apretando sus manos
Nacho se encogió de hombros, varado en una sonrisa melancólica.
—No pasa nada —dijo aclarando su voz—. El tiempo lo cura todo y aunque no dejo de recordarla, intento pensar en todo lo que ella me dio.
Las palabras de tu madre retumbaron en mis oídos, pero agité la cabeza quitándole importancia y concentrándome en la historia de Nacho.
—¿Ingrid se parece mucho a Kenzi? —pregunté dudando si él me contestaría.
—Es cierto, pero Kenzi es más especial y encantadora —respondió guiñando el ojo
—¿Estas enamorado de ella? —pregunté por segunda vez en ese día.
Suspiró con una sonrisa ladeada.
—¿Quien en su sano juicio no se enamoraría de Kenzi? Pero sé que sus sentimientos les corresponden a Hale.
Fui consiente de lo mucho que echaba de menos a Kenzi y dude si mi decisión de viajar sin ella era la acertada. Quise llamarla, escuchar su voz, hablar de todo y de nada a la vez, pero en ese momento, ella se encontraba en el vuelo de vuelta a casa.
—Tengo algo que decirte sobre Lauren —dijo Nacho con cautela—. Al parecer, ella no sólo estuvo aquí, sino en otras ciudades de Asia y descubrió la cura a dos epidemias, una en Nepal y la otra en la India.
Tragué saliva, intentando calmar mis nervios.
—Bien, si ella estuvo aquí y en la India, los países de Asia que nos faltan son: China y Viet Nam.
Él comenzó a negar con la cabeza.
—No creo que Lauren siga en Asia, sino en África —replicó Nacho.
Sopesé las posibilidades que nos quedaban y me pregunté por cual país debía comenzar.l
—Ok —dije con calma—. Los países africanos que sufren las epidemias son: Uganda, Zambia, Botswana, Malí, Marruecos y Etiopía.
Mi tío se acarició la barbilla, pensando como encontrar una solución.
—El problema que tenemos ahora, es que el Ash quien gobierna en el territorio africano, no es muy tolerante y si ha jurado que no dirá nada, no lo hará. Él no va a ayudarte como la Ash, ni arriesgará su cuello por ti.
Sentí como una vez más las puertas se me cerraban en las narices.
—Entonces, ¿qué hacemos ahora? —inquirí, apunto de perder la paciencia.
—Mientras estabas en la ducha, llamé a Trick y él nos ayudará.
Al escuchar el nombre de mi abuelo, mi cabeza se sumió en una interminable confusión.
—¿Trick? —inquirí escéptica.
—Si, Bo —repuso con firmeza—. Él es muy amigo de Zeke Dachiba, el Ash africano y Trick está moviendo sus hilos para que puedas entrar en África sin que Hale lo sepa.
—No entiendo. Hale ya no tiene el espíritu de Balder.
—Pero es mejor que Vex y Hale no sepan nada.
—Ok, pero ¿a qué parte de África debemos ir primero?
Nacho extrajo el móvil de su bolsillo y buscó por internet un mapa de África.
—Creo que debemos empezar por Botswana y de allí subiremos hasta Marruecos —dijo, indicándome la ruta en el mapa—. Bo, no debes preguntar por Lauren, porque Zeke no te dirá nada.
Posé mi mano sobre su hombro y le sonreí con confianza.
—No pienso preguntar por Lauren, sino por la valquiria.
Notas: Espero que les haya gustado este capítulo y cualquier duda o comentario, será bien recibido.
Muchas gracias por leer esta historia.
"Nunca pensé que en la felicidad hubiera tanta tristeza" – Mario Benedetti.
