Los gemelos

El aven plateado se deslizó por el resquicio del ventanal poniendo su cuerpo completamente de lado y abriendo las alas como le era posible, para que no se golpearan contra la piedra. La maniobra era tan imposible y la criatura la realizó con tanta facilidad que, por un segundo, el joven Cástor Altair pensó que se trataba de un patronus, sin embargo un vistazo a los ojos negros llenos de vida del animal lo convencieron de lo contrario y lo devolvieron a la realidad.

Giró la cabeza lo más disimuladamente que podía, con todo lo que el profesor Dimber estaba haciendo por él y su hermano, no prestarle atención se sentía como más que una falta de respeto.

-Ajá- dijo, cuando Dimber terminó la pregunta, porque por el rabillo del ojo vio a Pólux asintiendo.

No tenía idea de lo que el profesor les había dicho pasados los quince primeros minutos de la citación a los que los había convocado y por más que quisiera concentrarse, no lo lograba. Sus dedos tamborileaban sobre sus muslos mientras cambiaba rápidamente de objeto con la mirada baja: sus uñas limpias, la mancha de mayonesa en su pantalón, las zapatillas deportivas viejas de Pólux, luego sus manos sobre la mesa y su ceño fruncido. Era una suerte que su hermano gemelo estuviera prestando atención. Era una suerte que Pólux fuera su hermano gemelo.

-Claro, pero quisiera pedirle algo- dijo Pólux, después de darle una mirada rápida a Cástor, lo que lo puso sobre aviso- es que… nos honra mucho que nos esté ofreciendo eso justamente, pero… la verdad es que…- Pólux se quedó callado de golpe. Pero callado, callado, como cuando cerraba la boca para no decir más en horas.

Cástor se volvió rápidamente hacia Dimber, intentando buscar palabras para explicarle que eso era bastante común en su hermano, pero el profesor no estaba sorprendido ni mucho menos.

-Tómate el tiempo que quieras, Pólux-

Cástor volvió la mirada a su hermano y sintió un retortijón en las tripas al encontrarlo con la cabeza gacha y los labios comprimidos. Sabía, porque lo conocía hacía dieciséis años, que su hermano gemelo intentaba resolver un problema muy complicado. Al menos un problema que se había complicado bastante en su cabeza.

El aven plateado gorjeó tristemente. Cástor volteó a verlo con sorpresa. Jamás había creído en esas clases en las que la profesora Helga con el apellido sin vocales, decía que los avens eran criaturas con una sensibilidad que superaba, en algunos casos, la humana… pero en ese momento tuvo la certeza de que el animal que parecía un patronus sentía lo mismo que su hermano y que él mismo.

-Verá profesor- empezó Pólux de nuevo- para serle completamente sincero… preferiría yo convertirme en el tutor de Cástor-

Silencio. Un fantasma de sonrisa apareció en el rostro del profesor Dimber, mientras que el aven canturreaba en susurros su cancioncita triste.

Cástor pensó que Pólux siempre se había hecho cargo de él.

- ¿Cástor? ¡Cástor! ¡CÁSTOR!-

Pólux parecía un niño enloquecido registrando cada una de las habitaciones de su casa y gritando en voz en cuello el nombre de su hermano. Su corazón latía más acelerado conforme los sollozos y los gritos de dolor de su hermano se hacían más y más fuertes y más y más desesperados y él mismo se desesperaba cada vez más. Tenía que encontrar a su hermano.

Había empezado a dolerle el ojo derecho.

- ¡CÁSTOR!-

Con toda la fuerza de su cuerpo de nueve años, Pólux tiró abajo la puerta del desván, que su madre siempre mantenía cerrada con un seguro muggle y un haz de luz entró junto con él, iluminando la mitad del cuerpo de Cástor, pequeño, hecho un ovillo y con la cabeza enterrada, ahogando los gritos y sollozos que profería a todo pulmón.

-Cástor-

Pólux corrió a su lado y se hincó junto a él.

-Ya llegué, hermano ¿Qué pasa?- le preguntó, intentando ver su rostro- Cástor, mírame... ya llegué-

Cástor chilló. Pólux sintió que su corazón se volvía pequeñito de dolor a la vez que su ojo izquierdo punzaba.

-Pólux- sollozó su hermano.

-Sí, aquí estoy, levanta la cabeza para que me veas-

-Pólux…-

- ¿Qué ha pasado Cástor?-

-Me duele, Pólux-

-Muéstrame ¿qué te has hecho?-

Cástor levantó la cabeza y Pólux se estremeció. La luz que entraba por el agujero de la puerta tumbada hacía brillar el rostro ensangrentado de Cástor a causa de la profunda herida que tenía, que nacía en la frente, cruzaba el ojo derecho y terminaba en la mejilla.

- ¿Ella te hizo esto?- preguntó Pólux, atónito.

Cástor asintió con cuidado. Sus ojos estaban chiquititos y daban la impresión de haber estado llorando por mucho tiempo.

Pólux apretó los puños, pero era incapaz de moverse. Miraba a su hermano y se veía sufriendo con el rostro ensangrentado y la veía a ella y se imaginaba a su hermano acercándosele para abrazarla, con el gesto inocente del que siempre se burlaba y luego lo imaginaba huyendo, corriendo asustado, buscándolo… y luego a ella sobre él, y casi podía sentir el miedo de Cástor.

-Ya no llores, Cástor… no es nada- fue lo único que se le ocurrió- vas a ver que una vez que lo curemos, te vas a ver como antes-

Cástor se tomó el rostro con las manos y empezó a sollozar con más fuerza.

-No como antes… es muy profunda, Pólux… muy profunda… duele…-

- ¿Y eso que importa? Las cicatrices son geniales. Es más, si tu tienes una, yo también quiero la mía-

Pólux se puso de pié de un salto y corrió por el desván, buscando algo. Cuando por fin lo encontró, volvió a su lugar frente a Cástor.

- ¿Qué es eso?- le preguntó este.

-Un cuchillo pues ¿qué parece?-

- ¿Qué vas a hacer?-

Cástor miró a Pólux con los ojos muy abiertos, mientras que su hermano le devolvía una mirada más bien decidida, con una sonrisita ligera.

-Y de pasada- agregó Pólux- si a los dos nos duele, entonces nos va a doler menos. Aunque la verdad es que eres un mariquita, así que lo más seguro es que esto no duela nada-

Cuando terminó de hablar, ante la mirada atónita de Cástor, empuñó con mucha fuerza el cuchillo de mesa que había encontrado, cerró los ojos, pero tratando de parecer tranquilo y, sin pensarlo, se cortó la frente y la mejilla.

Un chorro de sangre cubrió la mitad de su rostro a la vez que sus ojos empezaron a lagrimear y sintió que iba a desmayarse, pero Pólux se contuvo, miró a su hermano y con la voz que pudo reunir le dijo:

-Ya ves, no duele tanto-

Cástor dejó de llorar y sonrió.

-Te has cortado el otro lado- le dijo.

Los dos rieron quedamente entre sollozos.

Cada vez que Cástor veía su cicatriz, no recordaba a su madre haciéndole daño con la varita, si no a Pólux mirándolo con medio rostro ensangrentado, sonriéndole y eso lo hacía sentirse seguro, tranquilo y feliz.

-Pólux, no puedes hacerte cargo de tu hermano ni él de ti, hasta que sean mayores de edad. No estoy diciendo que no sean capaces de hacerlo, sé que pueden cuidarse bien entre ustedes, pero hasta que no cumplan los 18, las reglas nos dicen que, como mayores directamente ligados a ustedes, tenemos que encargarnos-

-Pero no es necesario- repitió Pólux- hemos estado solos desde hace mucho tiempo. Ella ha muerto hoy… o ayer… pero dejó de encargarse de nosotros años atrás-

Cástor asintió.

-No podía encargarse de nosotros- continuó Pólux- no era normal, estaba loca-

El profesor Dimber los miró a los ojos, con su mirada azul de Papá Noel.

-Tienen 16 años, necesitan un tutor- les dijo, mientras tanto- pero vamos a hacer lo siguiente, Goldenwand va a asumir las responsabilidades del caso, es decir, cubrir su educación, por supuesto, vivienda, alimento y todo lo que debe asumir un tutor y si el Registro Mágico necesita a una persona de referencia, yo me voy a ofrecer, pero ustedes van a continuar viviendo su vida como lo hacían hasta hoy. Qué les parece. ¿Tenemos un trato?-

Cástor y Pólux asintieron a la vez, sin mirarse.

- ¿Qué pasó?-

Ursa y Morgana estaban fuera del despacho del profesor Dimber, a muchos metros de distancia la una de la otra, esperando a los hermanos Altair. Ni bien ellos salieron, las dos corrieron a verlos.

-Mamá ha muerto- dijo Pólux, sin mirar a sus amigas.

Ursa se tapó la boca con ambas manos. Morgana se quedó de piedra.

- ¿Están bien?- les preguntó.

Cástor y Pólux se encogieron de hombros.

- ¿Quieren que estemos…?-

-No- respondieron los dos a la vez.

-Nos vamos a ir a volar un rato- agregó Pólux.

-Los ayudo a sacar las escobas- se ofreció Morgana.

-No, gracias, nosotros podemos-

-Osa, si no llego a dormir me cubres con el delegado, pues- pidió Cástor.

-Ya- fue lo único que Ursa pudo decir.

Cástor y Pólux dejaron a sus amigas muy preocupadas, pero eso no les interesó. Se sentían extraños. Su madre muerta. Eternamente ausente sí, pero viva. ¿Muerta? Por alguna razón los dos la imaginaron en medio de la noche, con los ojos vacíos, vestida con su bata blanca, descalza y con el moño desordenado que intentaba atrapar a su melena castaña, tumbada en el jardín de su casa. Tumbada en las estrellas, luego.

A pesar de que ella casi nunca hubiera estado ahí para los dos, a pesar de que siempre se tuvieran el uno al otro, no pudieron evitar sentir que se habían quedado solos.

Cástor sintió un fuerte tirón de la túnica y dejó de caminar. Antes de que pudiera saber qué o quién lo había detenido, vio a Ursa abalanzarse sobre él y la sintió apretar sus brazos gruesos alrededor de su espalda. Lo sostuvo unos segundos y luego abrazó a Pólux fuertemente. Segundos después se fue, sin decirles nada y ellos salieron a volar hasta el amanecer.


Hola! Este es una especie de capítulo comodín cortito que no es de relativa utilidad para la historia… quería postearlo de todas maneras más que nada para reportarme y para entretenerlas con algo mientras termino los finales de la universidad (demasiado trabajo, más del que había tenido en otros ciclos…) que son la razón por la que me he ausentado por tanto tiempo, además de los trabajos que han absorbido gran parte de mi tiempo y en los que se ha enfocado toda mi creatividad.

La próxima semana salgo de vacaciones, pero no aseguro que postearé entonces porque he estado dándole una revisada a la historia (hoy que tuve unas cuantas horas de descanso) y creo que estoy dejando muchos cabos sueltos que deben ir articulándose ahora porque si no se arma un despelote… por lo que quiero tomarme un tiempo para leer la historia y darles un buen capítulo, en la medida de mis posibilidades.

Eh… lo que sí les puedo dar son adelantos! O pistitas, para que pasen el rato:

Con respecto a lo que era la primera versión de esta historia, ha habido muchos cambios, uno de ellos es la aparición de los compañeros de curso y señorío de Artemis y otro es que estos tomen un papel relevante en la historia. Pues bien, conforme vaya pasando el tiempo se volverán más relevantes. Y ligeramente más agresivos.

Creixell tiene un secreto bastante personal, del que ni siquiera Ghana tiene idea, es una de las razones por las que lloró aquel día en un salón (cuando Artemis la vio sin querer).

Artemis va a sufrir una pérdida muy grande.

Artemis y Saba realizan un acto una vez al año que pone en compromiso absolutamente todo lo que tienen. Y les encanta. En el cuarto curso sabremos cuál es y por qué lo hacen… y lo que ocasiona.

Más sobre los profesores Altair, Gabrián y Ater en su juventud y se esclarecerá cada vez más el asunto por el que Morgana y Ursa discuten tanto.

A propósito… ¿nunca se han preguntado por qué hay tantos profesores tan jóvenes? Hay una razón aparte de la confianza que les tiene Dimber (ajá, Dimber, no Hamal) y lo buenos que puedan ser enseñando.

Sabremos más sobre la gárgola Gamma.

Por fin, una explicación sobre la macabra Trinidad de Goldenwand.

¿Qué tienen que ver el latín que les enseña Bridge, el hilillo de plata de Saba, el hechizo para volar de Ursa Ater y la mamá de Artemis?

El Pensadero YA ha causado una ruptura.

Ah… y… siempre es bueno que sepan que… van a morir por lo menos tres personajes, de los cuales, dos son muy queridos por mi.

Creo que nada más. Espero que les haya gustado. Vuelvo en unas semanas. Un beso.

(Capítulo corregido)