Primer paso
Regina se quedó estática unos segundos ante la puerta, antes de balbucear lo que parecía un «¡Qué haces aquí?», pero que se transformó en un suspiro que murió en las fronteras de sus labios.
Emma enarbolaba una mirada fría, casi indiferente cuando Regina abrió. Sin embargo, si hubiera sido un poco honesta consigo misma, Emma habría confesado que volver a Nueva York, encontrarse en Mifflin Street, delante de Regina…todo eso, le había provocado cierta punzada de nostalgia.
«Está…está Evelyn en casa?»
«¿Ev…Evelyn?» Regina no se esperaba que las primeras palabras que Emma pronunciara al volver ahí al cabo de tres años fueran dedicadas a su hija «Ella. Sí, está aquí» Dio dos pasos hacia atrás, manteniendo su mano en el pomo «¡Eve! ¡Eve, es para ti!»
Algunos segundos más tarde, resonaron unos pasos y Eve hizo su aparición. Se quedó estática al ver a Emma en el umbral de la puerta.
«Oh, no…» dijo pellizcándose el labio inferior con los dientes con un expresión de incomodidad.
Emma entonces la miró
«¿Sabes por qué estoy aquí?» la joven asintió «¿Puedes ir a buscarla, por favor?»
Sin una palabra, la joven pasó por delante de su madre y subió la imponente escalera. Regina arqueó una ceja antes de girarse hacia Emma.
«Puedo pedir una explicación»
«Tu hija te lo explicará»
«¿No quieres entrar?»
«Prefiero que no»
«Emma, hace frío, y no tengo ninguna intención de que el calor salga por la puerta»
Emma vaciló algunos segundos antes de suspirar y entrar. El olor a canela invadió inmediatamente su nariz. El lugar no había cambiado, solo algunos detalles. Regina estaba ahí, frente a ella, sin saber qué decirle. De todas maneras, ¿tenía la intención de interactuar con ella?
Entonces, de repente, pequeños pasos rápidos se escucharon, provenientes del salón, y una pequeña voz se alzó tras Emma
«Mamá…los dibujos mados han acabado»
La bella rubia se giró entonces y se encontró, cara a cara, con una pequeña cuyos cabellos oscuros la asemejaban a Evelyn.
«Oh, cariño, yo…Se dice dibujos animados» Regina corrió al lado de la pequeña, y la cogió en brazos.
«Animados. ¿Quién es?» señaló con un dedo la pequeña
«Es…»
«Soy Emma. ¿Y tú?» dijo la joven, fingiendo un relativa desenvoltura
«Molly» dijo la pequeña con una tímida sonrisa
«Oh, cariño, voy a ponerte otra película. ¿Me disculpas?» dijo girándose hacia Emma que entonces asintió
Regina volvió algunos minutos más tarde, Emma no se había movido. Se dio cuenta de la expresión algo incómoda de la bella morena. ¿Qué debía decir o hacer? ¿Tenía derecho a hacer preguntas…?
«¿Es…su hija?»
Regina se dio cuenta de la palabra «su» y dijo débilmente con un esbozo de sonrisa
«Sí»
«Ya veo…» suspiró, casi con asco, la bella rubia
«Él no sabe nada»
Emma entonces se asombró
«¿De verdad? ¿Cómo? Porque yo lo sabía»
Regina alzó entonces la mirada y miró a Emma
«¿Tú…tú lo sabías?» balbuceó sorprendida
«La morralla de la prensa rosa no deja títere con cabeza. Cuando vi fotos tuyas por la ciudad con un cochecito…Lo entendí. Después intenté no volver a prestar atención»
«…»
Se quedaron algunos segundos en silencio, sabiendo muy bien que fuera lo que fuera que Eve había ido a buscar en su habitación, ya lo tenía que haber encontrado hace tiempo. Emma no sabía dónde mirar, mientras que Regina no se atrevía a moverse ni un milímetro.
«Yo…Han pasado ciertas cosas y…»
«No importa, no me incumben» cortó secamente Emma
«¿Mamá? ¿Es la señora de la foto?»
Regina se estremeció cuando vio que la pequeña se había escapado del salón una vez más.
«¡Molly!» la cogió y la colocó en sus caderas, y la niña volvió a señalar a Emma con el dedo
«¿Es ella mamá?»
«¿Ella?» preguntó Emma, curiosa «¿Qué foto?»
«La foto en su ha…»
«¡Molly, es tarde!» la cortó torpemente la bella morena «¿Por qué no terminas de ver los dibujos animados antes de ir a comer?»
La pequeña puso una cara refunfuñada y bajó de los brazos de su madre, para volver, arrastrando los pies, al salón.
«¿Qué foto?» preguntó Emma
«Yo…da igual. Voy a ver dónde está Evelyn»
Y sin posibilidad de protestar, Regina desapareció en lo alto de las escaleras. Emma se quedó unos segundos sola antes de escuchar risas provenientes del salón. Empujada por la curiosidad, avanzó unos pasos y encontró a la pequeña Molly sentada con las piernas cruzadas en el sofá, atrapada por unos dibujos animados, sosteniendo en sus bracitos un enorme conejo gris y rosado. Emma sonrió débilmente ante esa escena y se acercó. Cuando la pequeña oyó las botas en el parqué, se giró y su rostro se dulcificó a la vista de la bella rubia.
«¿Quieres sentarte?»
Emma soltó una divertida risita
«Con mucho gusto»
En silencio, se quedaron viendo durante unos segundos los dibujos animados antes de que la curiosidad de Emma volviera a la superficie
«Entonces, ¿soy la señora de la foto?»
«¡Yí!» dijo la pequeña con una gran sonrisa, que recordaba tremendamente a la de su madre
«¿Y dónde está esa foto?»
«En el cuarto de ma»
«Oh…»
«Sí…Las dos. ¿Eres su amiga?»
Emma no pudo sino sonreír ante esas palabras infantiles, como si fuera tan sencillo entablar amistad con cualquiera. Su primera respuesta habría sido demasiado sangrante, entonces, atenuó sus palabras dando una respuesta más simple
«Nos conocemos»
«Oh…¿de la escuela?»
No pudo evitarlo: rio, divertida
«No, de la escuela no…en fin, no de la nuestra» murmuró más para sí misma que para la pequeña
«¿Huh?»
«No, nada»
«¿Quieres un cocholate?» dijo la pequeña tendiendo una onza de chocolate.
«Sí, gracias» intercambiaron una sonrisa «Es bonito tu conejito»
«¡Es mi peluche! Se llamaba Ben»
«¿Ben?»
«Yí»
«Es muy bonito»
«Gacias» dijo la pequeña, sosteniendo firmemente su conejo.
Emma podía discernir algunos trazos comunes con Regina: los cabellos, la nariz e incluso la sonrisa, pero había que reconocer que debía tener muchos trazos de su padre, sobre todo el color de sus ojos, verde claro, el mentón y pequeños hoyuelos en sus mejillas, totalmente encantadores.
«¿Emma?» La bella rubia se sobresaltó al escuchar la voz de Regina pronunciar su nombre. Se levantó rápidamente del sofá para darse cuenta de que Regina sostenía su placa en las manos. Ella se acercó. «¿Era esto?»
«Exacto»
«No se atreve a bajar, creo»
«Me lo imagino» Algunos segundos de vacío pasaron antes de que Emma lanzara una furtiva mirada hacia la pequeña, cautivada de nuevo por sus dibujos animados, y volviera a girarse hacia Regina. «Bueno, voy a marcharme»
Regina hubiera querido retenerla, pedirle que se quedara. Pero, la verdad era que tenía miedo al rechazo. Sabía que Emma tendría todas las razones del mundo para no querer demorarse más tiempo ahí. Así que asintió y la acompañó hasta la puerta.
Y antes de que Emma se marchara, su mirada fue capturada por el collar que llevaba la bella morena: no era cualquier collar, era el que le había regalado en Navidad, con una diferencia: había otro colgante aparte del que venía…No, no un colgante, sino…un anillo. Y no cualquier anillo: el que Regina le había regalado en San Valentín y que Emma había abandonado en su apartamento para devolvérselo.
Lo había guardado. Mucho más que eso, lo llevaba con ella, por lo que se veía, todos los días. Emma sintió un escalofrío al recordar el día de su partida, su apartamento ya vaciado de sus cosas y su hijo esperándola en el coche.
Ese momento en que se quitó el anillo de su dedo, y todos los recuerdos prendidos a él, para meterlo en un sobre, desprovisto de cualquier explicación. Ese momento en que cerró la puerta y confió el sobre a la vecina con la única instrucción de dárselo a una mujer joven, morena que respondía al nombre de Regina Mills, pues ella lo sabía: Regina acabaría por ir allí. Hacía días y días que había roto todo contacto con ella, que su contestador encajaba mensaje tras mensaje de la bella morena, sin hablar de los mensajes de súplicas. No, Emma había tomado la decisión correcta: no podía quedarse en esa ciudad donde cada valla publicitaria le recordaba el control que tenía Regina en esa ciudad.
Parecía ahogarse en esa ciudad a pesar de lo grande que era, parecía estar prisionera de esa mujer a la que le había dado todo y que le había robado toda la confianza en su amor. Estaba herida en lo profundo de su ser y ya no soportaba encontrarse en posición de debilidad. Había sido engañada y por la persona que menos se lo esperaba. Su decepción y cólera estaban a la altura del amor y la esperanza que había puesto en esa relación.
Y volver a ver a Regina hoy, tres años y medio después, era un choque. Emma se daba cuenta hasta qué punto la bella morena había sido importante para ella, pero también hasta qué punto le había hecho mal. Y aunque había pasado página, era incuestionable que Regina tendría en su vida un lugar preponderante, aunque negativo.
Y sin una mirada, sin ni siquiera un adiós, Emma se alejó y subió en su coche. Regina se quedó ahí, postrada. A veces había soñado con su reencuentro, pero nunca había imaginado que se produciría. Nunca había imaginado que vería a su hija hablando con Emma, no, tal escena era impensable hasta el momento en que las vio, a las dos sentadas en el sofá, hablando de Ben, el conejito preferido de Molly.
«¿Se marchado la señora?» Regina sonrió débilmente al girarse hacia su hija. Se inclinó y la cogió en sus brazos para estrecharla « Me aprie…» susurró la pequeña
«Perdón, mi amor. Vamos a comer, ¿quieres?»
«Yí…La señora es bonita…»
«Lo sé» sonrió Regina que debía reconocer que Emma estaba resplandeciente y realizada en su nuevo entorno: sí, parecía que Emma había encontrado cierto equilibrio en una nueva ciudad, en un nuevo trabajo y quizás incluso con nuevas personas en su vida…Sí, Emma había sabido pasar página mientras que ella solo vivía en el remordimiento y la pena de ese funesto día.
Y sin embargo, a pesar de las fotos guardadas celosamente en su habitación, la cadena y la alianza alrededor de su cuello, solo lo lamentaba a medias: Molly, que, no obstante era encarnación directa de su traición, había estado ahí. Pues sin ella, estaba segura de que se hubiera hundido en las sombras, incluso teniendo la ayuda de Evelyn.
«Mamá, ¿se ha ido?» preguntó Eve bajando las escaleras
«Sí…»
«Oh…»
«Más tarde tendremos una pequeña charla. Mientras, es la hora de comer»
«¡Y en tres mumús viene Papá Noel!» dijo entusiasmada la pequeña
«Sí, cariño. Eve, ¿puedes encargarte un momento?»
«Claro. ¡Venga, ven acá microbio!»
«¡No choy un micobrio!»
«No, eres peor, ¡eres una crápula!»
Molly dio la mano a su hermana que la condujo a la cocina, mientras Regina subió a su habitación. Se miró en el espejo de su tocador, pasando su dedo por el anillo de Emma antes de abrir uno de los cajones y sacar una pila de fotos, fotos tomadas durante sus tres meses de vida en común: durante Navidad, las tardes de bolos, los primeros pasos sobre el hielo en Rockefeller center, sus pin-nics en Central Park o la encantadora velada de San Valentín. Un tiempo que le parecía tan lejano y cercano a la vez. A veces, le parecía que aún podía sentir el olor del perfume de la bella rubia flotar en su habitación, que podía divisar su reflejo en un espejo, distinguir su silueta por el rabillo del ojo. Muchas y muchas veces pensó haber perdido la cabeza.
Felizmente su hija había sido un apoyo crucial, hasta que se enteró de su embarazo, en unas circunstancias difíciles, metiendo entre paréntesis, durante un tiempo, sus penas y sus angustias por el bien del embarazo y del bebé.
Pero qué difícil fue aceptar su situación, mucho más cuando se sabía en qué estado estaba esa funesta noche. Molly nunca sabría que su madre se había entregado a un hombre que ya no amaba, ebria de cólera y de frustración por pensar que había perdido a Emma…Emma a la que perdió de todas maneras algunos días más tarde.
¡Qué metedura de pata! ¡Qué tremendo error! Y sin embargo, hoy en día, cuando miraba las fotos de ella y de sus dos hijas, no podía evitar sonreír: amaba a Molly. Esa pequeña no tenía la culpa de nada. No tenía la culpa de que su madre se comportara como una perfecta idiota y su padre como un perfecto cabrón. Ninguno de los dos pensó que de esa noche, en ese coche, en ese asiento trasero, nacería un pequeño ser que solo pediría amor y ternura.
No obstante, qué duro había sido para Regina no pensar en esa noche cada vez que miraba a Molly. Qué duro había sido no sentirse culpable al sostener en sus brazos el fruto de un error irreflexivo. Molly no había nacido del amor entre sus padres, pero eso, ella no lo sabría nunca…
Ahora era mucho peor, porque al ir creciendo, Molly se parecía cada vez más a su padre y ese sentimiento de culpabilidad crecía en Regina.
«¿Mamá?»
La joven se sobresaltó, y guardó rápidamente las fotos en el cajón antes de girarse
«¿Sí?»
«Te esperamos. Creo que Molly está a punto de atacar la mesa con los dientes»
«Voy» sonrió débilmente Regina
«¿Estás bien?»
«Estoy bien. Es…difícil»
«¿Vio a Molly?»
«Sí…Ella…se ha dado cuenta»
«…»
«Vamos a comer» suspiró Regina
Emma volvió esa noche bastante tarde. Sin embargo, su hijo estaba echado en el sofá, haciendo zapping indolentemente. Cuando escuchó el sonido de las llaves en la cerradura, se enderezó rápidamente y observó el rostro de su madre: ¿estaba contrariada? ¿En cólera? ¿Pensativa?
«¿Estás bien, mamá?»
«Cansada…mucha gente en la carretera»
«Es un día antes de Nochebuena…» dijo él como una constatación «¿Y?...¿La has visto?»
Emma se dejó caer en el sofá gruñendo y abriendo una botella de Dr. Pepper.
«Tú qué crees…Le darás las gracias a Eve por la sub-utilización de mi placa. Le dirás también que no la empapelo por robo esta vez, pero que ni se le ocurra volver a hacer algo parecido»
«Prometido» dijo sonriendo «entonces…¿Le has hablado?»
«¡Te he dicho que sí!»
«No, a ella no…»
Emma desorbitó los ojos antes de mirar a su hijo
«¿Lo sabías? Pfff, evidentemente que lo sabías…»
«Evelyn me lo dijo, sí…Pero yo también he visto las revistas…»
«Oh»
«Sí. Es una tontería, pero no pude evitarlo. Pero no conocía toda la historia, en fin, no antes de que Evelyn me la contara»
«A mí también»
«¿Ah? Entonces, ¿qué piensas?»
«No tengo nada que decir, no me incumbe»
«Ha sufrido, ¿lo sabes?»
Emma soltó una risita divertida
«¿Ah sí? ¿Porque yo quizás no he sufrido? ¿No me has visto llorar noches enteras? ¿No me has seguido en esa loca carrera para alejarme de ella porque la idea de respirar el mismo aire me era insoportable?»
«Lo sé. Sé todo eso. Pero, hablo del dolor que tuvo que sentir cuando…»
«¡Me da igual!» cortó ella «Eso ya no tiene nada que ver conmigo, y contigo tampoco. Nuestra vida está aquí. Y salvo grandes malentendidos, ¡no tendré que volver a verla!»
Henry suspiró y se quedó de brazos cruzados, mudo hasta que se fue a su habitación una hora más tarde. Ninguno de los dos sabía aún que iban a volver a ver a las Mills…Ninguna lo sabía.
«¿De verdad tenemos que salir las tres? ¡No me necesitan para hacer las compras!»
«Te necesito porque mañana es nochebuena y solo tengo dos brazos»
«Si no hubieras querido trabajar hasta ayer, hoy no estarías toda apurada»
«Calla. Y vigila tu tono jovencita»
«¡Y además, toda esta nieve! Es peligroso»
«Iremos con cuidado, y no tengo elección, si no, solo nos daremos pancakes por Navidad»
«¡Sí, pancakes!» gritó la pequeña morena mientras su madre la colocaba en el asiento infantil adecuado para los coches.
«¡También te vas a entrometer tú!»
«¡Sí!» dijo divertida Molly, cuya sonrisa hizo sonreír a su vez a su madre
«Venga, sube Eve. Cuanto más rápido nos vayamos, más pronto volveremos»
La joven reviró los ojos antes de claudicar y subir al coche.
Todo pasó tan rápido que apenas tuvo tiempo de decir una palara. Algunas imágenes se mezclaban en su cabeza: la nieve, la carretera, Molly cantando una cancioncilla, Regina recitando lo que tenía que comprar y Evelyn divirtiéndose dibujando nubes en el vaho del cristal…Después, de repente un ruido, una pita, ruedas que patinan sobe la nieve, el carrocería doblada… Y el negro absoluto.
«¡MAMÁ!»
Emma se sobresaltó al escuchar a su hijo gritar en el apartamento
«¿Qué? ¿Qué? ¡Henry!» al ver a su hijo salir corriendo de su habitación hacia el salón como un huracán, Emma se inquietó
«¡Mamá! ¡Tenemos que ir a Nueva York!»
«Vas a volver con eso…¿en serio?»
«¡No, no, no, no es eso! ¡Es Evelyn! Acaba de mandarme un mensaje»
«¿Y qué quieres que haga con…?»
«Han tenido un accidente»
Emma se quedó petrificada «¿Ellas han tenido?»
«Están en el hospital. Evelyn no tiene nada, en fin, es lo que me ha dicho, pero Regina y Molly…Mamá, ¡no podemos dejarlas así!»
Emma desvió la mirada
«Eso ya no es de nuestra incumbencia. Ya no. Evelyn seguro que tiene al alguien más a quien llamar. Esa Mallie, ¿no?»
«Me ha dicho que está en Europa para las fiestas. No ha encontrado a nadie, ¡te lo ruego!»
«Henry, eres un cielo, pero…»
«Si no es por Regina ni por Molly, hazlo por Evelyn. Ella contaba mucho para ti, lo recuerdo, no me digas lo contrario. Regina, quizá, se equivocó, cometió errores, ¡pero Evelyn y yo no tenemos nada que ver!»
«…»
«Todos estos años no he dicho nada porque pensaba que era por tu bien, que todo iría mejor. Fue así durante un tiempo, antes de que me diera cuenta de que, en tu interior, nada estaba reparado, y que nunca probablemente lo estaría, a pesar de los años, a pesar de los kilómetros entre ustedes. Son cosas que se deben arreglar sin huidas, sin rodeos. Tú no estás mejor, mamá, te mientes a ti misma. Atrévete a decirme que verla no te produjo nada»
«…»
«Si realmente te importara tan poco, tu cólera se habría esfumado hace tiempo…Pero no es así, lo que me demuestra que aún existe algo. Algo en ti que nunca conseguirás arrancarte tan fácilmente. Puedes hacerme creer que eres insensible a todo esto, pero te conozco, y sé que nada está reparado. Así que si quieres enterrarte aquí bajo falsos pretextos, allá tú, pero yo me voy»
Y mientras estaba cogiendo su abrigo…
«¡Henry!» él se paró y la miró «Espera…espérame»
Nunca el camino de Boston a Nueva York fue hecho a tanta velocidad. Emma tuvo que sacar su placa varias veces para llegar en menos de dos horas ante el hospital, donde aparcó de mala manera.
«Estas en una plaza de discapacitados»
«¿Y qué? ¿Vas a llamar a la poli?»
Él reviró la mirada antes de bajar y seguir a su madre hasta la recepción
«Regina Mills, por favor. Ha sido ingresada con sus dos hijas»
«¿Y usted es?»
Emma sacó entonces su placa
«Policía. Entonces, ¿esa información?»
La recepcionista frunció el ceño, pero les dio la información requerida.
«Di, ¿tienes el derecho de sacar tu placa como te plazca?» preguntó Henry
«Evidentemente no…» respondió con angustia Emma
«Pero, ¿ya lo has hecho, verdad?»
«Evidentemente sí»
Después de un ascensor y varios pasillos, llegaron delante la habitación 103, delante de la cual Evelyn estaba sentada
«¡Evelyn!» dijo Henry corriendo hacia ella
Ella se levantó y apenas tuvo tiempo de soltar un suspiró cuando Henry la abrazó con fuerza
«¡Auch! ¡Con cuidado!»
«Lo siento. ¿Estás bien?»
«Los accidentes de coche…Se está haciendo una costumbre» dijo ella irónicamente
«¿Y Regina?»
«Está en la habitación con un doctor»
«¿Y Molly?» preguntó discretamente Emma
«Ella…No sé nada. Dicen que fue golpeada…Pero no sé nada más, no quieren decirme nada…»
De repente, el miedo y el estrés acumulado se escaparon en forma de lágrimas, perlando el rostro de Evelyn. Se derrumbó en los brazos de Emma, la bella rubia tuvo el tiempo justo para sujetarla.
«Ok, creo que estás cansada. Vamos a llevarte a casa y…»
«¡No! ¡Quiero saber cómo están mi madre y mi hermana!»
En ese momento, el doctor salió de la habitación donde estaba Regina
«Señorita Mills y…¿quién es usted?»
«Yo…una…soy…una amiga de la familia» suspiró Emma sonándole tremendamente falsas esas palabras.
«¿Cómo está mi madre?»
«Está bien. Gracias al cinto, solo está ligeramente conmocionada. Estaba atontada, pero los exámenes han revelado que no tiene nada grave. Reposo y calma»
«¿Y…y mi hermana?»
El rostro del hombre se puso serio
«Ella es pequeña, a pesar de que estaba bien sujeta al asiento, su cabeza ha sufrido un traumatismo, que se parece al síntoma del bebé sacudido. Su cabeza ha sufrido choques repetitivos y eso podría tener consecuencias en sus facultades. Sabremos más después de los exámenes más exhaustivos»
«Pero…¿ella…no va a morir?» balbuceó Evelyn que ya no sabía si estaba feliz de que su hermana estuviera viva o aterrorizada ante la amenaza que pesaba sobre ella.
«Está viva, reacciona. Como acabo de decir, necesitamos más información. Puede que no tenga nada y que después de reposo pueda marcharse»
«¿Puedo ir a verla?»
«De momento no»
«¿Y a mi madre?»
«Puede entrar, sí»
Evelyn entonces se giró hacia los Swan
«Yo…voy a dar una vuelta, ¿quieren un refresco?» dijo Emma
«Gracias» dijo Evelyn comprendiendo de repente el malestar de la bella rubia
Cuando entró en la habitación, su mirada se posó inmediatamente en su madre en esa cama. Ya la había visto dormir, pero esta vez, algo le dio escalofríos: ¿eran esos hematomas y cortes en su rostro? ¿O su tez pálida? No sabría decirlo. Pero cuando se acercó y sus dedos rozaron su piel, se sorprendió tanto de su suavidad como de su frialdad.
«Mamá…»
Regina movió un poco la cabeza y abrió con dificultad los ojos
«Hm…¿Eve?»
«¿Estás bien? ¿Sabes dónde estás?»
«Yo…El accidente, el otro loco…Molly…¡Molly!»
«Hey cálmate, los médico se están ocupando de ella»
Necesitó la ayuda de Henry para mantenerla en la cama.
Emma no sabía qué hacer: definitivamente no podía entrar en la habitación de Regina, le habría parecido muy fuera de lugar. Así que, se puso delante de su puerta, mirándola.
«¿Sabes quién acaba de ingresar?»
«No»
«Regina Mills»
«¿Mills? ¿La de la revista Elixir?»
«¡Exactamente!»
Emma reviró los ojos mientras ponía discretamente las antenas, pero divertida, ante lo que contaban las enfermeras.
«Pero, yo a ella la recordaré como mi primer parto, ¿te acuerdas? Hace unos tres años»
«¡Ah, sí lo recuerdo! Fue un parto bastante complicado, ¿no?»
«¡Y que lo digas! Para una primera vez, creí que nunca podría hacer algo parecido. Esa pobre mujer…»
Emma frunció el ceño, de repente mucho más interesada en la conversación.
«Disculpen, señoras» las enfermeras se giraron hacia ella, visiblemente enfadas por haber sido interrumpidas «¿Tendrían ustedes el expediente médico de Regina Mills?»
«¿Quién es usted?»
Emma volvió a revirar los ojos y colocó la placa ante los ojos de las enfermeras.
«Soy policía y soy la encargada del accidente en el que se ha visto envuelta Regina Mills»
«Oh, no sabía que se había abierto una investigación sobre el accidente»
«El conductor loco estaba borracho. ¡Entonces, ese expediente!»
Las enfermeras se miraron antes de que una de ellas cediera y acabara por entregarle el famoso expediente, que Emma casi le arrancó de las manos.
«Gracias» ella se alejó, imaginando las repercusiones si las enfermeras se mostraban demasiado habladoras, pero le daba igual. Lo que se disponía a hacer era ilegal, y era una intrusión en la vida privada de Regina, vida que ya no era de su incumbencia. Y sin embargo, la curiosidad la ganó y abrió el expediente que recorrió rápidamente antes de dar con otro expediente que captó su mirada. No eran cualquier expediente, era un informe…y cuando Emma lo leyó, casi no se cayó de la impresión.
El expediente de Regina contenía un informe de un psiquiatra.
