Isilion e Ilmen llegaron al campamento de los hombres, todos estaban aterrados, abrazados unos a otros, los niños lloraban y algunos querían vanamente escapar. De la misma forma que venía sucediendo, los hombres no podían verlos, Ilmen se acongojó podía percibir la angustia y la desaliento en los ojos de aquellas personas. Se acercó a Ivorwen, que estaba abrazada a su padre, y tocó su hombro, la chica tuvo una sensación extraña, de pronto el miedo desapareció, cerró los ojos y pudo ver a Ilmen. De alguna manera entendió lo que la distinguida elfa quería transmitirle, abrió los ojos y llamó la atención de su padre, tocando su pecho por encima del corazón y comunicándole el mensaje. Ambos se arrodillaron, cerrando los ojos y tomados de las manos, actitud que imitaron sus coterráneos. De inmediato sus corazones fueron consolados, podían escuchar las dulces melodías de los elfos y cayeron en un sueño de esperanza.
Lothíriel salió de la habitación del rey pasó desapercibida entre los guardias, corrió de nuevo hacia el sótano donde yacía Thranduil, tropezó varias veces debido a los temblores. Cuando descendió al penúltimo de los sótanos, sintió que alguien la había aventado, cayó dolorosamente, abriéndose las rodillas. Se dio la media vuelta y allí estaba Imloth, parecía ofuscada y fastidiada.
-¿Imloth?- preguntó Lothiriel levantándose.
-¿Por qué siempre has de ser tú la que esté involucrada en los momentos en los que Aran Thranduil está en peligro?, ¿qué tramas?- preguntó fuera de sí y caminando de un lado hacia otro tambaleándose debido a las sacudidas de la tierra.
-¿A qué te refieres?, ¿te encuentras bien?- averiguó Lothíriel despegando cuidadosamente la tela de su bata de sus sangrantes rodillas.
-Es porque te he dicho que lo amo que lo quieres muerto antes de verlo conmigo ¿es eso?- indagó frotándose nerviosamente las manos y encarando a Lothíriel.
-Lo siento, no sé de qué estás hablando. Es mejor que te tranquilices y hablemos en otra ocasión, ahora hay asuntos más urgentes.- expresó la elfa de contrastante piel de porcelana y cabellos obscuros.
-No permitiré que tu maldita soberbia me manipule o me menosprecie. ¿Crees que no soy digna del rey? Pues has de saber que Aran Thranduil fue mío y yo fui de él; y eso ni tú ni nadie me lo arrebatará.- sentenció Imloth.
Lothíriel se incomodó ante tal confesión, era bien sabido que Thranduil era un elfo asediado por elfas y mujeres, no obstante, un hecho era suponer y otro muy distinto era constatarlo. La elfa trató de disimular su desagrado y seguir su camino. Imloth se lo impidió y comenzó a burlarse de ella.
-Quizá ahora mismo un pequeño príncipe o princesa esté creciendo dentro de mí.- sentenció maliciosamente Imloth acariciando su vientre.
-¿Por qué me dices todo eso? Deberías conversarlo con el Rey Thranduil y no conmigo. ¿Qué puede importarte lo que yo opine sobre el asunto? ¿O acaso no estás tan segura de lo que él siente por ti que por ello no te atreves?- reviró Lothíriel irritada ante el talente inoportuno del tema. Imloth no pudo disimular el disgusto en su rostro y a punto estuvo de darle una bofetada a la hija de Isilion, de no ser porque ésta logró detenerle la mano.
-No vuelvas a hacerlo.- advirtió Lothíriel a Imloth, alejándose del lugar.
-Morirás antes de que él sea tuyo ¿me escuchas?- gritó Imloth.
Lothíriel siguió caminando con el corazón oprimido, tenía ganas de llorar, intentó reprimir el mar de emociones que se agitaba dentro de su ser. Celos, enojo, frustración, temor, dolor, desilusión, angustia… amenazaban con desbordarla. Pero ella se negó, suspiró profundo, su garganta y pecho dolieron pero siguió adelante. Llegó finalmente hasta el portón donde detrás el Rey Elfo se debatía entre la vida y la muerte. Allí Anardil con otros cinco guardias resguardaban aprensivos el sitio. Lothíriel pasó frente a ellos, tampoco la vieron, empujó con fuerza la puerta y ésta se abrió. Todo estaba en penumbras excepto por unos pequeños destellos a mitad de la estancia.
-Pequeña Lothíriel es peligroso que estés ahora aquí, sabes de qué hablo.- indicó Mithrandir.
Lothíriel decidió ignorar la advertencia, necesitaba verlo y saber que había una posibilidad de que él regresara. –Mithrandir, Radagast.- se acercó lentamente y se arrodilló justo a un lado de la cabeza del monarca.
-Pequeño diamante del cielo eres aún más hermosa de lo que recuerdo.- aseguró Mithrandir sonriéndole gentilmente. Sin embargo Lothíriel tenía los ojos puestos en el soberano.
-Su belleza ha trascendido fronteras, comprendo que el Rey se haya enamorado de usted.- alagó Radagast a Lothíriel.
-Aran vuin, av-'osto, nan mara. Entula, an ngell nîn. (Mi amado Rey, no te preocupes, está bien. Vuelve, por favor.)- expresó Lothíriel acercándose al oído del monarca y dándole un dulce beso en la frente. Levantó la vista y observó a los Istari.
-Estamos haciendo todo lo posible pero su espíritu debe encontrar razones para regresar.- expresó Mithrandir con seriedad. La llama que reposaba sobre el pecho de Thranduil latía al compás de su corazón, débil y lentamente. La flama dentro de la herida se había ennegrecido. El Rey yacía inmóvil cubierto con su propia sangre, apenas sostenido a la vida.
-Lothíriel debe retirarse.- indicó Radagast al percatarse de las profundas heridas en el cuerpo de la elfa.
-Ván (No lo haré). Me quedaré con él hasta que sus ojos vuelvan a mirarme- aseguró la elfa.
-Pequeño diamante del cielo, entiendo tu preocupación pero debes cuidarte. Lord Elrond seguro te explicó que tus heridas nunca sanarán del todo y reaparecerán cada que te expongas al mal, agravándose cada vez y poniéndote en gran peligro.- señaló Mithrandir afligido.
-Había un caza almas, el fénix que apareció de la fuente del Rey Elfo se convirtió en fuego y lo ahuyentó. Aranya (Mi Rey) quiso que enviara un mensaje a Lord Elrond y el ave lo ha llevado.- explicó ensimismada Lothíriel.
Mithrandir agarró tiernamente la mano de la elfa. -Mai acáriel (Lo hiciste bien).- manifestó. –Los fénix son aves que sólo aparecen en momentos de extrema necesidad ante la persona y las razones adecuadas. Son leales y capaces de develar los deseos más ocultos. De instantes breves, nacen con el día y mueren con la noche. Muy pocos son lo que han sido bendecidos con un lazo tan especial.- explicó.
-Algunos piensan que son enviados por las almas de los seres amados para la protección de los suyos que aún moran en esta tierra.- agregó con cálida expresión Radagast al observar al Rey Elfo.
-Tal vez éste sea el caso, querido amigo.- dijo el espigado mago gris. Al referirse a los fallecidos padres de Thranduil.
Seregon trepó con dificultad al árbol más alto del lugar, los temblores no cesaban y de la tierra surgían escabrosos estruendos. Cuando estuvo en la copa, aguzó sus ojos y observó hacia el sur del bosque, una gruesa nube negra cubría el cielo en aquél lugar, relámpagos iluminaban la zona. Entonces pudo ver que un inmenso tornado se formó, levantó árboles de raíz, grandes trozos de roca, tierra, y entre todos los escombros, fue capaz de divisar cientos de arañas, cuervos, murciélagos e incluso algunos orcos. Los nubarrones negros fueron tragados por los irascibles vientos. De pronto, como si el mismo bosque ondulara como la marea del océano, el torbellino estalló en un enceguecedor rayo y fue engullido por la portentosa floresta.
-¿Ada massë nalyë? (¿Papá dónde estás?)- preguntó Eilinel que había visto a Seregon internarse en el bosque y había corrido tras él.
Seregon sintió un escalofrío recorrerlo al escuchar las palabras de su hija en aquél lugar. Miró hacia abajo y la pequeña rebuscaba entre los árboles. De pronto, un par de grandes arañas rodearon a Eilinel, con sus enormes colmillos afilados de los cuales pequeñas gotas de veneno escurrían, la pequeña palideció y retrocedió lentamente. Una de las criaturas saltó hacia ella, Seregon se abalanzó contra el animal cayéndole encima. Su hija dio un respingo asustada, intentó correr cuando la otra araña brincó hacia ella. Luinil que había seguido a Eilinel apareció en ese momento, abrazó a su hija protegiéndola con su cuerpo. Antes que la bestia alcanzara a las elfas ésta estalló y se desvaneció en una tolvanera, lo mismo pasó con la otra.
Seregon se levantó de inmediato y corrió hacia su esposa e hija. –Luinil, Eilinel ¿están bien?, ¿qué hacen aquí?- preguntó angustiado.
-Veleth nin (cariño), tranquila. Ya pasó, ahora estamos bien.- dijo cariñosamente Luinil abrazando a su hija que temblaba entre sus brazos y tapaba sus ojos contra el pecho de su madre.
-Nan mara meleth nin (Estoy bien mi amor).- indicó la elfa castaña a su esposo que abrazaba a ambas.
-Tye meláne vanimelda (Te amo hermosa).- expresó Seregon besando a su esposa.
-Tye meláne hodo-ninya (Te amo mi corazón).- respondió Luinil sonriendo dulcemente.
-¿Ada (Papá) ya no te irás?- averiguó su hija asomando su linda carita por encima del hombro de su madre.
-Ahora estoy aquí mi pequeña.- indicó Seregon sonriéndole a su hija.
Los ojos acaramelados de Eilinel rebosaron de alegría, entonces la pequeña saltó a los brazos de su padre y lo llenó de cariñosos besos.
-Le fael Aranya Thranduil (Le agradezco, Mi Rey Thranduil).- pronunció solemne Luinil, ya que, al igual que los otros elfos sabía que el espíritu del rey moraba por el bosque combatiendo la oscuridad.
-Iston Luinil- afirmó Seregon.
Elmoth sintió el cambio en el ambiente, así que, rápidamente fue por su espada para seguir hasta el palacio. No obstante, al tomar la empuñadura ésta se le pegó a la mano provocándole una espantosa quemadura que le llegó hasta el hueso. El elfo se agitaba de dolor intentando deshacerse de la espada hasta que Vorondil apareció y le ayudó. El orfebre observó horrorizado su mano, quizá no podría volver a trabajar en lo que más amaba y peor aún, no sabía si Lothíriel estaba a salvo.
El Rey del Bosque Verde suspiró profundamente, sus venas fueron desinflamándose paulatinamente, el sangrado cesó. Lothiriel le tomó la mano, acarició tiernamente su rostro, se quitó la capa y la colocó sobre el monarca.
-Ahora está con nosotros.- advirtió Mithrandir.
El Bosque Verde fue recuperando su esplendor, muy lentamente, los temblores cesaron, el sonido volvió, los animales salieron de sus madrigueras, el afluente de los ríos volvió a correr, el viento helado regresó, nevó y la nieve teñida de sangre se fue desvaneciendo. Los cánticos de los elfos callaron y éstos miraron a su alrededor como si de un sueño hubiesen despertado. Se sintieron atraídos hacia los sótanos donde yacía el Rey Elfo. Al pueblo de los hombres se le permitió nuevamente ver y estar entre los elfos y el Reino del Bosque Verde.
-Creo que deberíamos llevarlo a su habitación.- señaló Radagast.
-Tienes razón. Hagámoslo con mucho cuidado.- advirtió Mithrandir.
Entre ambos magos cargaron diligentemente al Rey Elfo, Lothíriel los seguía detrás con la espada y la casaca de Thranduil entre sus manos. De los cabellos y dedos del elfo sinda goteaba la sangre acumulada, y aunque cubierto por la capa de la elfa, podía verse el centelleo de las llamas sagradas de los Istari aun trabajando sobre él. Cuando llegaron al portón fue abierto desde fuera. En dos hileras aguardaban los elfos, cuando vieron al rey todos hicieron una respetuosa reverencia y pronunciaban oraciones que encomendaban al Rey Thranduil a la salvaguardia de Ilúvatar. Así trascurrió todo el trayecto hasta que llegaron a los aposentos reales. Allí Anardil, Ereb y otro sanadores corrían de un lado a otro preparando la tina para el soberano.
El agua de la pila humeaba y despedía un agradable aroma, los sanadores habían mezclado una serie de plantas y tónicos para ayudar a la recuperación del monarca. Los magos llevaron al Rey Thranduil al cuarto donde estaba la bañera, lentamente lo sumergieron, de inmediato el agua se tiñó con la sangre seca de su cuerpo. Ereb y los sanadores aseaban cuidadosamente al Rey Elfo mientras Mithrandir y Radagast preparaban en un cuenco una especie de pasta rojiza mezclando extraños ingredientes que llevaban entre sus ropas.
Lothíriel se había quedado de pie en el recibidor abrazando fuertemente la espada y la casaca de Thranduil, observaba con curiosidad todo el sitio. Aunque había entrado hacía poco, ahora parecía todo distinto, la luz blanquecina del día se colaba por el enorme ventanal del balcón, el viento helado entraba moviendo las suaves sábanas blancas de la cama del rey. La elfa se acercó, con sus delicados dedos rozó aquellas exquisitas telas manchándolas con la sangre que había empapado sus manos y atuendo. Se miró entonces y un escalofrío le recorrió la espalda.
Otra ráfaga de viento se coló, de la mesilla que se encontraba al centro de la estancia, cayeron unos pergaminos y el tintero se derramó sobre éstos. Se acercó y levantó los papeles en lo que podía leerse la refinada caligrafía del elfo sinda, los depositó nuevamente en la mesa. Caminó hasta la terraza, la nieve se había comenzado a acumular, sus pies desnudos estaban casi cubiertos por ésta. Volteó hacia ambos lados, se asombró al darse cuenta que la fuente de la que saliera el fénix había desaparecido.
-Lothíriel entre, por favor.- dijo Anardil con inquietud.
La elfa caminó lentamente hasta ingresar a la habitación, con las posesiones del monarca bien apretadas contra su pecho. El Jefe de la Guardia Real cerró tras de sí el enorme ventanal, el cual, estaba decorado con un extraordinario vitral con el escudo del Reino del Bosque y los nombres de los reyes escritos con la elegante caligrafía élfica. Piedras preciosas colocadas estratégicamente refractaban la luz proyectando una hermosa composición de colores y figuras en aquella parte de la habitación.
Anardil observó con preocupación a la agraciada elfa, parecía ausente y sus heridas estaban dolorosamente abiertas. –Haré que la atiendan.- indicó el soldado tocando su hombro. Lothíriel dio un respingo y observó al elfo que le extendía una de sus manos para que lo siguiera y le entregara las pertenencias de Thranduil. Ella estiró recelosa sus brazos entregando la espada del rey, la cual, fue depositada por el centinela sobre el sillón a un costado de la mesilla.
-Lo siento, ¿decía?- preguntó a Anardil.
-La llevaré con los sanadores. Por favor, sígame.- dijo el soldado dirigiéndose al portón.
-Es muy considerado pero no me apartaré del Aran Thranduil.- pronunció Lothíriel para asombro del Jefe de la Guardia Real.
-Aphado nin boe de nestad (Está herida necesita que la curen).- advirtió Anardil.
-A lelyalmë, a lelyalmë. A tulë asenyë (Vamos, vamos. Ven conmigo).- indicó Mithrandir con una afable sonrisa en el rostro.
-Pero no deberías estar con él, podría necesitarte.- señaló angustiada Lothíriel.
-Tranquila diamante del cielo, estaremos cerca.- dijo el mago gris.
Caminaron por el pasillo hasta una habitación, pequeña y acogedora, las paredes estaban llenas de libros de toda clase. En el centro había un cómodo y amplio diván, al costado de este una mesita con una jarra de agua y algunas copas. Al frente de la ventana estaba una mesa, sobre ésta un ordenado conjunto de pergaminos y un tintero con su respectiva pluma.
-Esta era la sala privada de lectura de la Reina Amanthil.- indicó Mithrandir. –Ven pequeña toma asiento.- señaló el mago el diván.
-Pero…- dudó la elfa; no quería ensuciar el sitio.
-¿Puedo pasar? Soy Nimphelos traigo lo que se me ha pedido.- llamó a la puerta la servicial gobernanta del palacio.
-Pase, por favor.- dijo el mago gris.
La elfa seguida por dos elfos introdujeron en el lugar una bañera, con humeante agua caliente que desprendía una agradable esencia a lavanda. Los elfos salieron, Nimphelos permaneció allí, colocó sobre la mesa un hermoso vestido color esmeralda.
-Espero sea de su agrado, le perteneció a la Reina Amanthil.- señaló Nimphelos.
Lothíriel se asombró, se acercó al hermoso vestido; la tela era suave y cálida, las mangas eran largas, el corte superior dejaría al descubierto sus hombros, en la cintura un fino cinto color dorado decoraba la prenda. –Es muy hermoso pero lo siento yo no podría… no me importa usar cualquier otra cosa.- expresó Lothíriel.
-Estoy seguro que al rey le gustaría que lo usaras.- dijo el mago.
-De acuerdo…- resolvió dubitativamente Lothíriel.
Mithrandir se había acercado a la bañera y vertía parte de la pasta rojiza que prepara junto con Radagast. Al contacto con el agua se producían un efecto efervescente. Nimphelos depositó un pequeño frasco con el tónico que había suministrado Lord Elrond cuando la ayudara en las tierras cercanas al Valle.
-Debo retirarme mi pequeña, estaré en los aposentos del rey, allí te esperaré.- dijo el espigado mago saliendo de la habitación.
-Le ayudaré, no se preocupe.- indicó Nimphelos.
-Muchas gracias.- respondió Lothiriel. La elfa se sacó el maltrecho camisón blanco, las heridas provocadas por el látigo y los golpes que recibiera por aquella extraña criatura en el río estaban latentes. Nimphelos se impactó al ver las laceraciones, ayudó a la tambaleante elfa de claros ojos grises a sumergirse en la pila, tomó un paño y empezó a limpiar diligentemente la espalda. Lothíriel hacía lo mismo con el resto de su cuerpo. El agua iba impregnando cada una de sus heridas, en las que las burbujas se adherían e iban mitigando el dolor, ardor y aceleraban la cicatrización. Reposó algunos instantes en el agua después de haber lavado su cabello. La gobernanta le había acercado el tónico para que lo bebiera, así como una manta para que pudiera secarse.
-¿Se siente mejor?- preguntó Nimphelos.
-Oh sí, gracias. Creo que las heridas han sanado.- respondió Lothíriel.
Lothíriel salió de la bañera, se secó el cuerpo y cabello. Rápidamente se vistió, la prenda le ajustaba a la perfección. –Has sido muy gentil, gracias.- dijo recogiendo su cabello en un improvisado moño que dejaba algunos de sus cabellos negros sueltos. -¿Sucede algo?- preguntó, ya que, Nimphelos se había quedado en silencio observándola detenidamente.
-Es usted muy hermosa.- respondió la simpática elfa.
Lothíriel se avergonzó. –Hantalë Nimphelos, mauya nin avánië (Gracias Nimphelos, debo irme).- sedespidió la elfa saliendo a prisa de la habitación.
El pasillo estaba vigilado por la Guardia Real. Lothíriel caminó entre ellos, se incomodó al sentir que a su paso la miraban y guardaban silencio; así que, apresuró la marcha. En efecto, los elfos se sentían profundamente atraídos por la belleza de la elfa, que con aquél vestido color esmeralda deslumbraba con su presencia. Antes de llegar a la recámara del Rey Thranduil fue detenida por dos guardias que le impidieron el paso.
-No puede pasar.- dijo uno de ellos.
-Informe a Mithrandir que estoy aquí.- pidió Lothíriel.
-Déjenla pasar.- ordenó Anardil saliendo de la habitación real.
Lothíriel ingresó a la habitación, el ambiente era agradablemente cálido, se quedó de pie en el recibidor. Los presentes rodeaban la cama del monarca, cuando ella entró, todos la miraron fascinados con su hermosura. La elfa se acercó lentamente. El Rey Thranduil descansaba en su lecho entre las sábanas blancas y los suaves almohadones que sostenían su cabeza. Su pecho estaba descubierto, las llamas de los Istari resplandecían, la que se encontraba en su hombro poco a poco iba perdiendo el color negro y adquiría un tono azulado. La elfa tomó la mano del soberano y éste respiró profundo.
-Anardil será mejor que dejemos descansar al rey, nosotros nos quedaremos.- advirtió Mithrandir.
-Creo que Su Majestad estaría complacido si se atendieran las urgencias producto de este asalto.- dijo Radagast.
-De acuerdo, estaré al pendiente.- señaló el Jefe de la Guardia Real.
-Saben que la situación en la que nos encontramos es por demás crítica, el ataque del día de hoy, nos ha puesto en riesgo a todos. Las reservas para encarar el invierno han sido convertidas en cenizas, quedó nada. Deberemos organizarnos inmediatamente para buscar algunas semillas y frutos, irán pequeños grupos custodiados por guardias del bosque y no podrá salir otro hasta en tanto no regrese el que ha partido.- anunció Isilion a elfos y hombres.
-Organizaré a los guardias del bosque.- dijo Seregon que había llegado con su hija en brazos y Luinil.
-Está bien. ¿Dónde están Elmoth y Vorondil?- cuestionó Isilion.
-Probablemente en el bosque…- advirtió Seregon.
-Señores ayudaremos en lo que sea necesario.- dijo Belthil secundado por varios hombres.
-Sin duda la necesitaremos.- aceptó Isilion.
-¿Están conscientes que eso no será suficiente? Debemos pedir ayuda del exterior.- señaló Lenwë nervioso.
-Creo que ya ha sido solicitada.- manifestó Ilmen. –Considero que lo que hoy ha sucedido aquí no ha pasado inadvertido para Lórien e Imladris, sus señores son sabios y generosos. Pronto sabremos de ellos.- expresó.
-Tiene razón- confirmó el Consejero Real. –No obstante, no podemos sólo esperar, así que, deberán ir armados y en grupos de cuatro. Sean cautelosos si algo se mueve por ahí den la alarma y regresen.- pidió.
Rápidamente se organizaron las cuadrillas integradas por elfos, algunas por éstos y hombres. Se dispusieron los caballos, espadas, arcos, flechas, dagas, lanzas y escudos para los exploradores. Partieron dos grupos en direcciones opuestas, los jinetes pasaron justo al lado de Elmoth y Vorondil que salían de la floresta.
-¿Se encuentran bien?- preguntó Lenwë. –Necesitamos que se pongan al corriente.- solicitó.
-Elmoth está herido.- advirtió Vorondil.
-¿Consejero cómo está su hija? Escuché que estuvo en medio del ataque.- preguntó Elmoth con preocupación mientras Vorondil buscaba con la mirada a la chica de rizos rojos.
-Ella está bien.- respondió secamente el Consejero Real. –Espero que seas capaz de cumplir con la encomienda que Aran Thranduil te ha asignado.- añadió.
-No lo dude.- dijo el orfebre casi como aceptando un desafío.
-Espera déjeme ver la herida.- dijo Ilmen acercándose al elfo de ojos azules. La distinguida elfa vio la quemadura, era grave, podía incluso verse los huesos de la mano. Uno de los hombres del Valle acercó un cuenco con agua y otro con un emplaste de hierbas medicinales. Ilmen limpió la herida y colocó la pasta con las hierbas en la quemadura envolviéndola con un paño limpio. El elfo parecía tener mucho dolor y luchaba por disimularlo.
-La rabia siempre nos herirá a nosotros mismos o a quien amamos.- manifestó Ilmen cuando terminó de vendar la mano de Elmoth.
-Hantalë (Gracias).- dijo preocupado el orfebre.
-Ella estaba con Aran Thranduil ahora no estoy segura.- señaló Ilmen sacando de su ensimismamiento al elfo que de inmediato corrió al interior del palacio.
-¿Te encuentras bien?- preguntó Vorondil a Ivorwen.
-Sí, sí lo estoy. Ha sido extraño, es todo… ¿tú estás bien?- dijo nerviosa la chica.
-Sí, escúchame. No te arriesgues a emprender una cabalgata, aún no es seguro, no has practicado lo suficiente. ¿Me has entendido?- señaló preocupado el elfo tomando de las manos a la joven mientras ésta lo miraba fijamente con sus grandes ojos verdes.
-No haré nada imprudente, lo prometo. Además si lo hiciera sólo entorpecería las labores de los demás poniéndolos en peligro. Ya suficiente calamidad ha acaecido sobre nuestros pueblos.- respondió Ivorwen.
Vorondil le dirigió una sonrisa sospechosa, Ivorwen se sonrojó ligeramente. –Alassenyan, no dirweg (Por favor, ten cuidado)- indicó atentamente la joven mujer. El elfo se retiró para reunirse con los demás miembros de la Guardia del Bosque.
