AN: ¡Gracias Mary! Presientes bien… Daniela obviamente meterá las patas. Además de no tener muy buena suerte tiende a tomar malas decisiones.

¡Gracias Claudia! También presientes bien. Éste es el penúltimo capítulo. Iban a ser 28, pero el de la vuelta a casa me quedó largo y lo tuve que cortar en dos y por eso ahora son 29.

En este capítulo se sabe lo de la voz. :)

Capítulo 28: Cantante

Tuve tres días de paz, antes de que mi vida se fuera a la mierda. El clan fue muy cariñoso conmigo, y todo volvió a la calma. Incluso Alice dejó de mandarme mensajes urgidos. Eso me extrañó un poco, pero escogí asumir que todo estaría bien.

La oportunidad que esperaba se presentó el jueves 29 de septiembre, en la noche. En ese momento lo encontré una suerte, ya que la voz me tenía loca. Lo que sea que fuera, fantasma, espíritu o demonio, parecía estar sufriendo cada vez más.

Llovía copiosamente, Tania e Irina habían ido a la ciudad, y las dos parejas se encontraban arriba, regaloneando. Yo ya sabía, por experiencia, que contaba con varias horas de relajo en las que nadie bajaría a ver qué hacía. Y, probablemente, las dos ausentes no volverían hasta el día siguiente.

Respiré profundo. Debía hacer lo imposible: sacarme el dispositivo. Estaba en la sala, y me dio nervio. Dejé la tele prendida y me fui al baño de abajo. Me bajé los pantalones, e intenté meterme la mano en el culo como hacía Carlisle. Pero no conseguí más que meterme unos dedos. Dolía.

La voz escogió ese momento para enviarme su urgencia, casi agónica, y sólo dijo "ven".

Decidida, mordí la toalla que había. Sabía que la piel de un vampiro era dura, pero sabía también que un vampiro podía romper la piel de un vampiro. Y sabía que podía soportarlo. Me torcí como pude, y empuje. Me dolió, cuando me rompí. Quedé con el pedazo de toalla en la boca, ya que la había roto con los dientes. Saqué el dispositivo, aliviada, sólo para descubrir que era el chico, el que servía para abrir las puertas del castillo. Adolorida, y maldiciendo a los dioses y al nuevo orden, volví a morder un buen montón de toalla y a meter mi mano. Con dificultad comencé a tirar, pero la porquería estaba puesta de un modo completamente marciano. Parecía estar atravesado. Comencé a manipular, apurada por terminar de una puta vez. ¡Ya había llegado demasiado lejos!

Conseguí arrancarlo, pero algo se me rompió adentro. Perdí el conocimiento.

Cuando lo recuperé estaba en el piso, con el dispositivo en la mano. No se me había caído, y no parecía roto. Escuché con atención, y noté que las dos parejas seguían arriba. No sabía cuánto tiempo se me había apagado la tele, pero aparentemente nadie me había oído ni echado de menos.

Tomé mis dos dispositivos y me los llevé a la sala. Me dolía bastante al caminar, pero no era insoportable. Miré la hora en el reloj de péndulo y vi que había estado casi dos horas completas en el baño. Guau… eran casi las tres de la mañana. Pero supuse que todavía tenía tiempo para salir.

Escondí los dispositivos dentro de mi sillón habitual, en el espacio que había entre el asiento y el respaldo. Cabían justo.

Para disimular, y para darle tiempo a mi cuerpo de curarse más, comencé a hacer zapping. Lo dejé en una maratón de "La dimensión desconocida", y me puse a ver el capítulo que estaban pasando. Cuando terminó, y comenzó el siguiente, probé moverme. Ya no me dolía tanto.

Salí despacito por la puerta de la logia, que siempre estaba abierta, y me alejé de la casa sin hacer ruido. Salté el muro sin dificultad, y corrí hacia la ciudad. En cinco minutos ya estaba calada hasta los huesos.

–.–

No tuve dificultad para encontrar la dirección. Era una casa sin nada particular, de dos pisos, igual a las otras en la misma cuadra. Aunque se veía más deteriorada que sus vecinas: el jardín estaba muy descuidado y la pintura se había descascarado en varias partes. Había luz en una ventana de la primera planta, una que daba hacia el lado izquierdo, y podía ver una débil luz que venía de lo que parecía ser una escalera.

"Daniela" me dijo la voz con urgencia, y sentí tal desesperación que me doblé un poco. Salté la reja y me metí al patio. Me acerqué a la ventana iluminada del primer piso. A través de la cortina semitransparente vi a una anciana. Lloraba, frente a un altar con velas. Me dio mucha pena y me dieron ganas de consolarla.

Pero la voz que yo oía no era de una anciana, sino de joven.

Seguí por el patio hacia el fondo y vi una ventana iluminada en el segundo piso. No había con qué subir, de modo que trepé por el muro. Para eso era un puto vampiro.

Cuando miré por el espacio de la ventana que la cortina no alcanzaba a tapar me sobresalté. ¡Desde una cama me observaba Juanito Caresapo! Nos quedamos mirando, ambos sorprendidos, y sentí algo rarísimo dentro de mí. No podía apartar mis ojos de los suyos. Él se paró con dificultad de su cama, y se sentó en una silla de ruedas. Noté que era un niño, no un marciano. No era Juanito Caresapo, tan sólo era muy flaco, completamente pelado, y tenía un color enfermizo en la piel. Se acercó a la ventana y la abrió. Cuando lo hizo, creí que me volvería loca. El olor me asombró tanto que me solté. Conseguí caer parada, en punta de pie, sin hacer ruido. Al mirar para arriba noté que él asomaba su cabeza por la ventana.

–¡Daniela, viniste! –Me dijo emocionado. Era la voz del fantasma.

En ese momento sólo quería morderlo y beberme su sangre, por lo que había dejado de respirar. No tenía aire en los pulmones, y no le pude contestar.

–Sube por favor –me rogó bajito–. Tengo mucho frío.

Trepé, porque no quería que tuviera frío. Comprendí que estaba enfermo y que sufría. Y yo no quería que sufriera, a pesar de tener muchos deseos de bebérmelo.

Él había vuelto a su cama, y parecía tener dificultades para volver a meterse dentro. Tenía los brazos débiles, y se cayó al piso entre la cama y la silla. Rápidamente me metí a su cuarto, y lo levanté sin hacer ruido. Lo metí a la cama y lo tapé. No era pequeño, de hecho era más alto que yo, pero pesaba muy poco y casi no había hecho ruido.

–Daniela… Gracias… –Me dijo contento.

No me atrevía a respirar, y tenía la boca llena de veneno. Lo tragué con dificultad. Nunca me había apetecido tanto un humano. Pensé, como una idiota, en que debía tener muy poquita sangre. De hecho, su corazón sonaba raro, como si le costara latir.

–Daniela, soy Cristóbal –me dijo, acercándome su mano–, y necesito tu ayuda.

Le tomé la mano, que era muy huesuda, y lo miré desesperada. Me llevé la otra mano a la cara, temiendo atacarlo en cualquier momento.

–¿Tienes mucha sed? –Preguntó, entendiendo. Asentí.

–¿Y no respiras por miedo a atacarme? –Preguntó. Asentí nuevamente.

–Te necesito, Daniela –me dijo, yendo al grano–. Cuando te vi, en la tele, y vi que estabas viviendo tan cerca, me di cuenta de que eras mi única esperanza. Estoy muriendo, y quiero pedirte que me ayudes a convertirme en vampiro.

Abrí los ojos como platos, y negué con la cabeza. ¿Estaba loco? Miré la ventana, tentada, deseando salir corriendo de vuelta a la cordura. Pero él se estiró y volvió a tomar mi mano.

–Soy todo lo que le queda a mi abuela –explicó desesperado–. Si yo muero queda sola. El resto de mi familia murió en la guerra, y ella me crió. Y ahora me queda muy poco tiempo de vida, y ella quedará sola. No tiene a nadie.

Entendí su dilema, pero necesitaba explicarle que su problema no se resolvería siendo vampiro. De hecho, terminaría comiéndose a su abuelita.

El problema era que no podía explicárselo sin tomar aire. Y, si tomaba aire, probablemente yo me lo comería a él. Vaya dilema. Miré alrededor, a ver si había con qué escribir, pero no encontré nada. De pronto se me iluminó la ampolleta, y saqué mi celular del bolsillo. Usé el editor para escribir.

"Si fueras vampiro no podrías cuidar a tu abuelita. Serías un peligro público y la matarías apenas la tuvieras cerca".

Le pasé el teléfono, y Cristóbal leyó. Asintió.

–He leído que los de la fuerza de paz consiguen controlarse en menos de un año, incluso hay algunos que se esfuerzan mucho y están listos en dos meses –argumentó, devolviéndome el teléfono.

Lo tomé, algo apestada, y decidida a hacerlo entrar en razón.

"Hacer nuevos vampiros es ilegal y, aunque no lo fuera, no conseguiría morderte sin matarte".

Se lo volví a pasar, y él volvió a asentir.

–No te preocupes, tengo todo planeado –me dijo, cansado. De pronto se puso todavía más verde y, comprendiendo que vomitaría, le acerqué el balde que había junto a su cama.

El pobre tipo vomitó muy poquito, y cuando volvió a tenderse en su almohada parecía medio muerto. Le acerqué una caja de pañuelos que había en su velador y él tomó uno con dificultad. Parecían pesarle los brazos. Entendiendo, lo tomé de su mano y le limpié el sudor de la cara y el vómito de la boca. Luego localicé el papelero y lo boté ahí.

–Tengo todo pensado –continuó, como si nada hubiera pasado–. Es ilegal morder humanos, pero la ley no dice nada contra inyectarse el veneno uno mismo. En estricto rigor, no estarías violando la ley si me dieras un poco de tu veneno. Y no correrías el riesgo de matarme, ya que no estarías presente cuando me lo inyecte.

Le puse los ojos en blanco, y tomé mi celular que había quedado sobre su cama luego de la vomitada.

"Si hicieras eso, aquí en tu casa, matarías a tu abuelita y a todos tus vecinos al terminar de transformarte".

Le pasé el celular, pero el tipo apenas podía levantar la mano, de modo que le puse el mensaje frente a la cara.

–Sí, ése es un problema –admitió–. Pero pensaba abusar de ti y pedirte que avisaras a tiempo a la fuerza de paz para que vinieran a ayudarme.

"Creo que escogerían matarte" escribí, y se lo mostré. Él asintió.

–Estoy muriendo de todas formas, Daniela –me dijo, desesperado–. Me devolvieron del hospital porque ya no podían hacer nada por mí. Yo pedí morir en mi casa.

Me dio mucha pena. Nos miramos por algunos segundos, y sentí muchos deseos de abrazarlo y cuidarlo. ¡No quería que muriera, maldita sea! Pero tampoco quería condenarlo a una vida miserable como la mía, sólo para cuidar a su abuelita decrépita, que de todas formas estaba en las últimas.

"Tu abuelita es muy viejita" escribí, y se lo mostré.

–Sí. Pero no quiero que pase sus últimos años completamente sola. Está sorda, y no tiene a nadie Daniela.

"La vida de un vampiro es deprimente, sobre todo la de uno joven. ¿Qué edad tienes?" escribí, y se lo volví a mostrar.

–Tengo dieciséis –me dijo, sonriendo–. Los acabo de cumplir ayer. Eres mi regalo de cumpleaños Daniela.

Eso me conmovió, e inhalé con cuidado. La garganta me quemó, y se me volvió a llenar la boca de veneno.

–No lo conseguirías –le dije con dificultad, luego de tragar–. Demasiadas cosas pueden salir mal.

–Es lo único que puedo hacer –argumentó–. No la quiero abandonar, y me dijeron que no pasaría agosto. De hecho, he aguantado hasta hoy con dificultad.

Suspiré.

–Sé que te estoy pidiendo algo muy difícil –agregó–. Pero no sé qué más hacer.

–¿Cómo conseguiste hacer lo de las voces?

–¿Qué voces? –Preguntó, sin entender.

–Llevo casi un mes escuchando tu voz, llamándome, en mi cabeza –expliqué–. ¿Cómo lo conseguiste?

–No lo sé –dijo, extrañado–. Sólo pedí mucho a Dios que te trajera, y me concentré mucho en tu cara. Me imaginé llamándote y pidiéndote que vinieras a mi casa. Sabía que era ridículo, pero al verte frente a mí me doy cuenta de que los milagros sí existen.

Eso me hizo ponerme a tiritar. Nunca me habían dicho algo tan lindo, estuve casi segura de eso. No quería que muriera ese humano que olía tan rico.

–Sólo necesito que me dejes veneno –insistió–. Y que avises dentro de tres días para que me vengan a contener antes de que despierte.

–Creo que escogerán matarte –le dije, tiritando aún.

–Es posible –admitió–. Pero de todas formas no viviré mucho más. Estoy dispuesto a correr el riesgo.

–Duele mucho –le advertí.

–Sí, estoy enterado –me dijo, riendo un poco–. Pero he vivido una tortura por dos años. Creo que podré aguantar tres días de dolor.

–Probablemente sean más –razoné–. A mí me mordieron un martes y me desperté recién el sábado.

–Pensaba que eran tres –dijo inquieto.

–No sé cómo lo hacen con los tipos de la fuerza de paz –expliqué–. Probablemente los llenan de veneno.

–Yo peso muy poco. Probablemente mi transformación sea rápida –razonó.

Pensé en lo útil que sería Alice en una situación como ésa. Me asombró que no hubiera llamado para intervenir. Asumí que ella vería que no interviniendo me ayudaba. O tal vez no quería intervenir más en mis decisiones.

En ese momento Cristóbal volvió a ponerse verde, y le volví a acercar el balde. Nuevamente vomitó muy poco, aunque distinguí sangre. Tragué veneno, con la garganta al rojo.

–Daniela, te lo ruego –me dijo, con tono de urgencia. Se estiró, y de su velador sacó un frasco de crema antiarrugas. Me lo pasó, y no entendí. ¿Quería que lo encremara?

–Está vacío y limpio –explicó–. ¿Puedes escupir veneno adentro?

Lo miré a los ojos, y me dieron ganas de abrazarlo. De pronto descubrí que quería que él fuera un vampiro. Egoístamente, lo quería para mí. Me concentré en su olor, delicioso, y se me llenó la boca de veneno. Él lo notó, y puso cara de alivio. Le di la espalda para escupir dentro del frasco, algo avergonzada. Llené muy poquito, por lo que me concentré nuevamente. Descubrí que me bastaba respirar y relajarme para que la boca se me volviera a llenar de veneno. Con eso, rápidamente conseguí llenar el frasquito hasta arriba. Lo tapé, nerviosa, y me volví hacia él.

–¿Cuándo lo harás? –Pregunté.

–Apenas te vayas –me dijo–. Tengo listo lo que necesito, no te preocupes. No deseo involucrarte más de lo necesario.

–Pero, cuando te lo inyectes, comenzará a arder –expliqué–. Luego no tendrás control alguno sobre tu cuerpo. ¿Qué harás cuando suba tu abuelita?

–Le dejaré una nota en la puerta antes de hacerlo –explicó–, y cerraré con pestillo. Ella entenderá.

–¿Y no temes que ella misma llame a la fuerza de paz antes de tiempo?

–Le dejaré una nota, Daniela, explicándole todo. De verdad, no te preocupes –insistió.

–Ok. Espero que tu plan resulte. Eres el humano que mejor huele.

–No me he dado un baño en dos semanas, y he vomitado –dijo Cristóbal–. Debo oler espantoso.

–Es el olor de tu sangre –expliqué–. Creo que es lo más delicioso que he olido en mi vida. Y espero de corazón que no mueras. Si lo consigues, prométeme que seremos amigos.

Cristóbal se puso a llorar él.

–Te lo prometo –dijo emocionado–. Seremos amigos. Cuando te vi en la tele sentí algo dentro de mí. Estaba desesperado, y al verte sentí esperanza.

Me acerqué a él, y lo abracé. Aunque estaba sedienta me di cuenta de que no deseaba atacarlo.

–Daniela, ten cuidado –me rogó. Aparentemente estaba apretándolo demasiado.

–Lo siento –le dije, apoyándolo con cuidado de vuelta en su cama. Noté que le había dejado el pijama mojado, pero asumí que cuando se estuviera retorciendo de dolor daría lo mismo.

–Gracias –me dijo bajito, mirando el frasco en el velador.

–Suerte –le dije.

–Vete ahora –me rogó–. Y el domingo contacta a la fuerza de paz y avisa por favor para que vengan.

–Espero no ir a la cárcel por tu culpa –me burlé, asustada.

–Espero que no –respondió él–. Aunque confío en que respeten la ley. No hay nada en contra de la donación de veneno.

Nos reímos ambos.

–Te dejo para que te vampirices –le dije, tomándole una mano. No se la apreté, por miedo a quebrársela.

–Gracias Daniela –murmuró él.

Me di la vuelta y salté ventana abajo. Arranqué rápido, sin mirar atrás. No estaba segura de haber hecho algo bueno o de haber hecho algo malo. Pero algo dentro de mí me decía que había hecho lo único que podía hacer.

–.–

Cuando volví a la casa noté que todo seguía tal cual. Podía oír a las dos parejas arriba, y en la tele seguían pasando "La dimensión desconocida". Miré la hora, y noté que iban a ser las cinco y media de la mañana. Me había tardado muy poco en ir y volver.

Estaba empapada, necesitaba cambiarme de ropa. Pero también necesitaba volver a meterme los dispositivos, y eso último era más urgente. Los saqué del sillón y me fui al baño. Respiré profundo. Podía hacerlo. De pronto sentí un dolor agudo en un brazo, y tuve que meterme un puño en la boca para no gritar. Entendí, no sé cómo, que Cristóbal se había inyectado el veneno. Caí al suelo del baño, casi ciega de dolor. ¿Por qué mierda me dolía a mí?

Los dispositivos cayeron al suelo, y perdí el conocimiento.

–.–

Los golpes en la puerta del baño me despertaron. Me dolía todo el cuerpo, muchísimo. No era como cuando Jasper me había mordido, pero era como tener el cuerpo entero acalambrado.

–Daniela, déjanos pasar –decía la voz de Carmen. Parecía asustada.

–Daniela, voy a entrar –amenazó Eleazar.

Me arrastré como pude, y quité el pestillo. Me desplomé en el suelo luego de hacerlo.

La puerta, al abrirse, chocó con mi brazo. Gemí, adolorida. Eso era muy raro. No tenía por qué dolerme un portazo. Era un maldito vampiro.

–¿Qué sucede tesoro? –Me dijo Carmen, agachándose.

–Si te lo dijera no me creerías –le respondí, con dificultad.

En ese momento Eleazar vio mis dispositivos en el piso, y se llevó una mano a la frente.

–¿Qué hiciste, Daniela? –Preguntó aterrado, a pesar de que era obvio: me había sacado los putos dispositivos.

–Hay que ponérselos –dijo Carmen, asustada también–. Si la fuerza de paz descubre que se los sacó irá a la cárcel.

–Ella y nosotros –dijo Eleazar en tono sombrío.

–Lo siento –murmuré–. No quería causarles dificultades.

–Ok, quédate quieta –me solicitó Eleazar–. Amor, sujétala por favor.

Dejé que me bajaran los pantalones, amargada pero resignada. Estaba demasiado tiesa para defenderme de todas formas. Eleazar me abrió y apreté la mandíbula. Sentí la agonía cuando me metió y me acomodó el dispositivo de rastreo, y luego nuevamente cuando me metió el otro.

–Ya, tranquila… –Me dijo Carmen, cuando me puse a llorar.

Me levantó con cuidado.

–¿Por qué estás mojada? –Preguntó extrañada.

–Salí al patio –mentí–. Y llovía.

–No entiendo qué te pasó por la cabeza –dijo Eleazar, cabreado–. Por ahora cámbiate de ropa y descansa hasta reponerte. Después hablamos. Estoy demasiado enojado ahora de todas formas.

Sentí algo desagradable en el estómago, y me puse a llorar. Carmen me cargó escalera arriba, y en mi cuarto me ayudó a desvestirme y a vestirme con ropa seca.

–¿Qué pasó? –Me preguntó, preocupada–. ¿Por qué estás tan adolorida? No puede ser sólo por los dispositivos…

Negué con la cabeza.

–Soy una imbécil –le dije simplemente. Preferí que creyeran eso a decirles lo que de verdad había hecho. Si les contaba antes de tiempo podrían intentar impedir que Cristóbal terminara de transformarse.

Carmen negó con la cabeza, pero no insistió.

–Tiéndete –me dijo, cuando ya estuve vestida–. Yo llevaré tu ropa a la secadora.

–Gracias Carmen. Siento todas las molestias que les he causado.

Ella suspiró, y tras decirme "descansa" nuevamente salió y cerró la puerta. Busqué mi celular, y me di cuenta de que lo debía haber dejado en el baño. Pero no tenía ganas de bajar. Me dolía todo el cuerpo, me dolía el culo, y no quería toparme con Eleazar.

–.–

Al rato se me fue pasando al menos el dolor del culo. Pero seguía doliéndome todo el cuerpo. Me pregunté si tendría que soportar eso hasta que Cristóbal acabara de transformarse. Dios… Eso podía tardar varios días.

Cuando sentí los pasos de Eleazar subir la escalera me puse tensa. Llamó a mi puerta.

–Pasa –le dije, asustada.

Eleazar entró, y al verme tendida en la cama frunció el ceño.

–¿Te sigue doliendo? –Preguntó, preocupado.

–No, ya se me pasó –admití–. Pero la verdad es que no me siento nada bien.

–No puedes estar enferma –razonó, cerrando la puerta–. Eres un vampiro.

–Lo sé –murmuré amargada.

Eleazar se acercó, y se sentó en mi cama.

–Quiero que me expliques por qué te sacaste los dispositivos –me dijo, muy serio.

–De idiota –inventé–. No lo volveré a hacer, te lo prometo.

–Mientes. Dime la verdad Daniela –exigió.

–No puedo. ¿Puedes confiar en mí por favor? –Le rogué.

–Confiaba en ti, pero ya no –respondió–. Y, si no me lo explicas dentro de los próximos dos minutos, llamaré a tu padre y se lo contaré a él. No puedo permitir que te quedes si vas a estar haciendo estas cosas Daniela. Mientras permanezcas aquí soy responsable de ti.

–Lo siento –murmuré.

–Eso no me sirve –insistió–. Dime por qué lo hiciste.

Me puse a llorar, y Eleazar resopló. Me levantó, y me puso boca abajo sobre él. Sin decir nada comenzó a pegarme. Entre eso, y el dolor del cuerpo entero, era como estar en el infierno.

–Por qué lo hiciste –preguntó luego de un rato, deteniéndose.

–Tenía que hacerlo –murmuré desesperada.

–¿Por qué, Daniela? –Insistió, dándome otra palmada.

–Tenía que hacerlo, confía en mí por favor Eleazar –le rogué.

Lo oí suspirar, y luego volvió a pegarme. Me resigné, amargada. Supuse que Cristóbal debía estar mucho más adolorido que yo en ese momento.

Luego de otro rato volvió a detenerse, y volvió a hacerme la misma pregunta. No le contesté. No podía decirle la verdad sin delatar a Cristóbal.

–Ok Daniela –me dijo cabreado, volviendo a ponerme en la cama–. No te voy a seguir castigando. Llamaré a tu padre y que él decida.

–¡No! ¿Me puedo quedar hasta el domingo? –Le rogué.

–No –me respondió con voz fría–. Te irás apenas Carlisle te pueda venir a buscar.

Miré el techo, desesperada.

–Si te cuento ¿puedes guardar el secreto? –Le rogué.

–Eso depende de lo que me cuentes –contestó, más tranquilo.

–Estoy intentando proteger a otra persona –expliqué–. Si hablo pondré en peligro de muerte a otro.

–¿Qué pasa? –Preguntó asustado–. ¿Mordiste a alguien?

–Técnicamente, no.

–¿Qué hiciste? –Exclamó alarmado.

–Un moribundo necesitaba mantenerse con vida por más tiempo, y me rogó que le diera de mi veneno. Él mismo se lo iba a inyectar –confesé.

Eleazar inspiró profundo, con los ojos cerrados, y se pasó la mano por la cara.

–Estás muy loca –me dijo finalmente–. ¿Te quitaste el dispositivo para que no te pudieran asociar con el humano?

–Más o menos…

–¿Te das cuenta de que cuando despierte será una masacre? –Preguntó enojado.

–No. Le prometí que el domingo llamaría a la fuerza de paz para avisar dónde podían encontrarlo. Él espera que lo contengan, y que le ayuden a controlar su sed para poder cuidar a su abuelita.

Eleazar negó con la cabeza.

–Llamaré a tu padre –dijo, parándose.

–¡Espera hasta el domingo! –Le rogué.

–No podemos resolver esto solos Daniela. ¿Dónde quedó el humano?

No le contesté. No pensaba darles más datos para que lo fueran a matar.

Eleazar gruñó y salió de mi cuarto dando un portazo. Lo oí llamar por teléfono, y cuando le contestaron me di cuenta de que había llamado a la fuerza de paz. Sentí pánico. Estaba frita.

Cuando colgó, volvió a llamar. Lo oí hablar con mi padre. El grito que dio me hizo fruncir el ceño. Carlisle nunca gritaba. Luego dijo que vendría, y colgó.

La fuerza de paz llegó más rápido que Carlisle, obviamente. En menos de una hora el helicóptero estaba aterrizando en el prado, afuera. Eleazar y Carmen los recibieron, y pronto varios pasos subieron la escalera. Me sentí aterrada.

El general Sharp entró él primero. Estaba armado, pero no me apuntaba. Detrás de él entraron otros dos vampiros de su unidad, y uno cargaba candados para pies y manos. Me resigné.

–¿Qué hiciste? –Preguntó el general.

–Doné veneno a un humano –confesé. No valía la pena seguir luchando contra lo inevitable, y de todas formas se tendrían que enterar.

El general suspiró, e hizo signo con la mandíbula en mi dirección.

–Claus… –dijo simplemente.

Claus, que cargaba los candados, se acercó a mí. Dejé que me los pusiera.

–¿Alguien más de aquí participó?

–No, yo actué a escondidas. Carmen y Eleazar se dieron cuenta hace poco, y ahí los llamaron a ustedes.

–¿Y dónde está el humano?

–Calle Las Azucenas 1065 –recité.

–¿Sabes qué hizo con el veneno?

–Asumo que se lo inyectó –confesé–. Ésa era su intención, ya que estaba muriendo y no quería dejar a su abuelita sola en el mundo. Me pidió que los contactara a ustedes el domingo, a tiempo de que le impidieran matarla. Cree poder adquirir control sobre su sed rápido, como ustedes, para poder volver a la casa a acompañarla y protegerla.

El general asintió, y sacó un móvil de su bolsillo. Dio la dirección y la orden de ir a retirar un humano en proceso de transformación.

–Por favor no lo maten –rogué.

–No te puedo prometer nada –me dijo, acercándose y tomándome en brazos. Gemí, adolorida.

–¿Estás herida? –Preguntó.

–Creo que existe una conexión entre el humano y yo –expliqué–. Sé que suena raro, pero sentí cuando se inyectó el veneno, a pesar de que yo ya estaba de vuelta aquí. Desde ese momento me duele todo el cuerpo, como si estuviera entera acalambrada. Y, más encima, Eleazar me pegó por lo que había hecho.

–Ok, vamos –dijo, pero me tomó con más cuidado.

Me cargaron escalera abajo. En el vestíbulo estaban Carmen y Eleazar. Kate y Garrett no se veían ni se oían.

–Perdónenme por favor –les pedí cuando pasamos junto a ellos.

–Bueno tesoro –me dijo Carmen–. Tu papá llegará pronto, prometió venirse de inmediato.

–¿Puedo acompañarla como representante mientras llega su padre? –Pidió Eleazar.

–Sí, es lo mejor –dijo el general Sharp–. Acompáñenos por favor.

Carmen se puso a llorar, y lamenté haberlos metido en el enredo.

–Ellos no tienen nada que ver –le recordé al general.

–Sí, ya lo explicaste –me contestó–. Eleazar no va detenido, no te preocupes.

Me subió al helicóptero, y Eleazar se sentó a mi lado. Cuando el vampiro Claus me terminó de poner el cinturón de seguridad, Eleazar me tomó la mano a pesar del bloque y me la apretó. Me sentí un poco mejor, al entender que ya no estaba tan molesto conmigo.

Cuando aterrizamos, en un helipuerto sobre un edificio, ya había salido el sol. El general Sharp me cargó adentro, y tomamos el ascensor. No me sorprendió demasiado que apretara el botón de más abajo, el –3. Otra vez un sócalo.

Cuando me metieron a una sala me fijé que no era la que Alice había descrito. Era ploma, y con un sarcófago como la de Brasil. Me sacaron los bloques y me metieron adentro sin ceremonias. Me relajó un poco que me pusieran boca arriba, ya que eso significaba que no me meterían nada en el culo, o al menos no todavía. Alcancé a ver la cara de Eleazar, triste, antes de que me taparan.

Sentí pasos irse, pero no los cinco que habían bajado conmigo sino sólo tres. Asumí que dos debían haberse quedado de guardia.

–.–

Pasaron muchas horas, y por los dolores que sentía asumí que Cristóbal debía estar pasándolo mal. Eso me consolaba, ya que debía seguir en proceso de transformación. Era tranquilizador que no lo hubieran achicharrado en el acto.

Cuando, muchísimas horas después, por fin oí tres pares de pasos acercarse, me alivié. Abrieron mi sarcófago, y noté que con el general venían Carlisle y la señora Estelle Pan. Carlisle parecía más viejo, y la mujer tenía los ojos rojos.

–Tienes veinte minutos Carlisle –le dijo el general, poniéndole una mano en el hombro y apretándoselo. Carlisle asintió, mudo.

–¿Quieres que me quede? –Ofreció la señora Pan. Carlisle inspiró, y negó con la cabeza.

El general les hizo un signo a los dos guardias y todos salieron dejándome sola con mi padre. Apenas cerraron la puerta, Carlisle se puso a llorar y se acercó a mí. Me abrazó fuerte, sacándome del sarcófago.

–¿Me van a matar? –Pregunté asustada.

–No tesoro –me dijo, separándose un poco para mirarme a la cara. Me sonrió lo mejor que pudo y me quitó un mechón de pelo de la cara–. Pero ya no podrás volver a vivir con nosotros, ni con Eleazar.

–¿Y adónde viviré? –Pregunté asustada.

Carlisle se puso a tiritar otra vez, y se sentó en el suelo conmigo encima. Me apretó tanto que me dolió.

–¿Iré a la cárcel? –Pregunté.

–Sí –murmuró.

–¿Cuánto tiempo? –Pregunté, asustada.

–Cadena perpetua tesoro, por sacarte el dispositivo. La comisión decidió que eras un peligro para la sociedad y que ya no podrías acercarte a los humanos.

Y eso fue lo último que oí decir a mi padre, antes de que se me apagara la tele.

–.–