Just Nature
CAPÍTULO XXVIII: Y DESPUÉS.
El movimiento de sus dedos era mecánico, inconsciente, un hábito que había acabado ganando durante su pasado como instructora, cuando vigilaba mientras sus alumnos trabajaban en silencio.
Solía hacer girar un bolígrafo entre sus dedos, usando la mano derecha. Lo hacía bailar de un lado a otro con rapidez y destreza, sin prestar atención a la forma en que se movía.
De nuevo, esta vez su atención no estaba en sus dedos mientras repetía aquellos mismos movimientos y sentía la superficie lisa y suave de plástico deslizándose y girando en su mano.
Su mirada estaba clavada en aquel calendario, aunque tampoco le prestaba especial atención, y sus pensamientos iban y venían mientras se debatía consigo misma en una especie de lucha interna.
Sabes que solo te complicarás más la vida - pensó -. A estas alturas no necesitas más molestias y quebraderos de cabeza.
Empujó con los pies sobre la moqueta, haciendo que la silla sobre la que estaba sentada rodarse unos centímetros hacia atrás.
- Después de lo de Rinoa... - murmuró.
Dejó escapar un leve gruñidito, y movió la cabeza de lado a lado, intentando resistirse a lo que sentía.
Pero también sabes que quieres hacerlo - oyó en su interior -. Aunque no te convenga.
Los dedos dejaron de moverse, y abrió el cajón de su escritorio para guardar aquel pedazo de plástico, sintiendo que lo único que conseguía jugueteando con cualquier cosa era ponerse más nerviosa todavía.
- Decídete de una vez - murmuró entre dientes, furiosa consigo misma.
Se paró a pensar en lo que sentía, en la intranquilidad y en la impaciencia. Y se levantó de repente, cogiendo la pequeña bolsa de tela que había dejado sobre el sofá y caminando hacia la puerta para poner una mano sobre el pomo.
Si vas, te arrepentirás... - le susurró aquella maldita vocecilla.
- Y si no voy también - se dijo con decisión, y abrió la puerta.
Seifer se miró los nudillos, algo enrojecidos, y movió la mano estirando los dedos y después apretándolos en un puño. Dejó escapar una risilla casi inaudible recordando al pobre grat al que le había tocado pagar su mal humor, y miró su reloj de pulsera.
Era tarde, pasaban algunos minutos del toque de queda, y antes de llegar al pasillo de los dormitorios un muchacho se cruzó con él. Se paró justo en frente, y lo miró inquieto.
- ¿Voren? - le preguntó, reconociéndolo finalmente.
Oyó a Regaliz ladrando en alguna parte, y al cabo de un minuto ella y Cookie aparecieron tras él, como casi todas las noches. El chico se movió inquieto al verlos aparecer, y Seifer chasqueó los dedos varias veces para que los animales le hiciesen caso a él y no al pobre muchacho que tenía en frente.
- ¿No es un poco tarde para que estés merodeando siempre por los pasillos? - le preguntó Seifer, cayendo en la cuenta por primera vez de que siempre lo había visto a altas horas de la noche.
- Tengo insomnio – contestó el chico. Además de nervioso parecía incómodo, pero sonreía de manera extraña.
- ¿Y eso es excusa para saltarte el toque de queda? - le preguntó frunciendo el ceño.
Por primera vez no lo había pillado saliendo de la habitación de ninguna ex-instructora, por lo que no tenía por qué ser innecesariamente amable con él ni sobornarlo de ninguna manera.
- Estoy en el comité disciplinario – le contestó el chico, y Seifer dejó escapar una risa entretenida y sonora -. Como no puedo dormir me ofrecí voluntario para vigilar que nadie se escape pasado el toque de queda.
Seifer levantó ambas cejas, sonriendo, y después asintió un par de veces.
- En ese caso, que tengas suerte – le dijo, pasando junto a él y recordando con nostalgia los días en los que era él el que patrullaba deseando encontrar a algún malhechor al que castigar.
- Igualmente – le contestó el chico, y Seifer se giró hacia él sin entenderlo.
Voren volvió a sonreír y se giró, continuando con su patrulla. Poco después, Seifer hizo lo propio, aún sin conseguir entenderlo. No obstante, cuando giró la última esquina y la vio de pie frente a la puerta de su habitación, supuso que debía referirse a ella.
- Buenas noches, instructora – dijo con una sonrisa socarrona, mientras Regaliz corría hacia ella. En aquella ocasión no hizo nada por llamar la atención del animal, y le permitió saltar hacia Quistis por el simple placer de oírla quejándose.
- ¡Basta! - les susurró a ambos perros, mientras Cookie se acercaba también y apoyaba su cabeza contra sus rodillas, moviendo la cola lentamente.
Seifer se acercó y sacó su tarjeta identificativa de un bolsillo. Abrió la puerta, y se apartó haciendo un gesto burlón como si le cediese el paso respetuosamente. Cuando Quistis intentó apartarse de los perros y entrar, los animales pasaron enredándose en sus piernas y entraron primero. Seifer rió a su lado, y ella se giró una sola vez con el ceño fruncido antes de entrar y que él cerrase la puerta tras ambos.
- Te esperaba algunos días antes, ¿Han vuelto a surgir cosas? - le preguntó, recordando que no era la primera vez que cambiaba su rigurosa agenda.
Quistis simplemente se giró hacia él, y después miró a los perros.
- Por la noche se comportan – le aseguró.
Regaliz estaba revolcándose sobre la cama, mientras Cookie daba vueltas sobre el colchón que había en el suelo, buscando el lugar perfecto en el que tumbarse finalmente.
- Y los baño una vez a la semana, así que no te me pongas tiquismiquis – le dijo viendo la cara de asco con la que miraba hacia su cama -. Tampoco será la primera vez que te tumbes ahí.
Se quitó la gabardina, dejándola tirada sobre una silla, y después la camiseta, mientras caminaba hacia el baño. Antes de entrar se giró hacia ella, y vio que lo observaba con una expresión un tanto inusual.
- Me doy una ducha rápida y vuelvo, ponte cómoda – le dijo.
Ella hizo un gesto como si sus palabras la ofendiesen, y él se encogió de hombros.
- Ponte cómoda, o no – dijo finalmente, frunciendo el ceño -. Haz lo que te dé la gana.
Quistis se quedó mirando la puerta del baño, un poco abierta, y sonrió para sí misma. Podía notar que estaba algo incómodo a pesar de sonreír de aquella manera orgullosa y bromear como si se riese de ella. Miró una última vez a los dos perros, y después se llevó la mano a la cremallera del top anaranjado y comenzó a bajarla lentamente.
Se quitó la ropa interior con prisas y algo de mal humor, dejándola caer de cualquier manera en un rincón, y después se metió en la ducha. El agua empezó a resbalar por su cara y dejó escapar un suspiro aliviado. La sensación cálida y suave era reconfortante, y podía sentir que se relajaba un poco a medida que caía recorriendo su cuerpo hasta colarse por el desagüe.
Casi había contado los días hasta que se volviesen a ver, incapaz de quitarse de la cabeza todo lo que habían hecho las últimas veces que se habían encontrado a solas.
Sin embargo, cada vez que la veía por los pasillos apenas cruzaban una o dos palabras, de manera casual y sin poner demasiado interés el uno en el otro. De hecho, casi siempre había sido cuando había alguien más presente, seguramente para aparentar simple normalidad, y aquello lo cabreaba. Los días habían ido pasando, y Quistis no le dijo nada cuando él lo esperaba, así que una parte de él empezaba a pensar que después de lo de Rinoa había decidido abandonar aquella misión.
Pero al parecer se había equivocado.
Seifer cogió el bote de champú, se puso un poco en una mano, y empezó frotarlas por su cabeza de manera rápida y mecánica. Después oyó algo a sus espaldas, y se giró sobresaltado cuando la mampara de cristal de la ducha se movió. Abrió un ojo, sintiendo que la espuma resbalaba por su cara, y vio que Quistis lo miraba con una expresión seria pero tranquila mientras entraba a la ducha con él. Seifer dio un paso hacia atrás y siseó al sentir la pared de baldosas húmedas y frías contra su espalda. Después volvió a sisear, sintiendo que algo de jabón se colaba en sus ojos.
Quistis sonrió, y cerró la mampara tras ella, permitiendo que el agua comenzase a mojarla también. Le puso las manos en el pecho, y Seifer intentó abrir los ojos de nuevo después de frotárselos durante un momento, intentando lavárselos.
- ¿Qué estás haciendo? - le preguntó, entre confuso y malhumorado.
- ¿Tú qué crees? - le preguntó ella, y dejó que sus manos recorriesen su estómago y volviesen a subir después lentamente hasta su cara, mientras se pegaba totalmente a él.
Seifer la observó sin decir nada más, mientras se acercaba poniéndose de puntillas y acariciaba sus labios con los suyos. Dejó que lo besase, permitiendo que la sensación de su piel contra su cuerpo lo calmase un poco, y después sus manos se apoyaron en sus caderas y la apretó un poco más contra él.
Se besaron dejando que el agua resbalase entre ambos, permitiéndose el tiempo necesario para saciar la sed que habían sentido durante todos aquellos días, hasta que Seifer se inclinó un poco más sobre ella e intentó ir más allá. Entonces Quistis lo empujó un poco y lo miró a los ojos.
- Date la vuelta – le dijo.
Seifer frunció un poco el ceño, y sonrió como si no se fiase de ella.
- No me van ese tipo de cosas, instructora – le dijo.
Quistis dejó escapar una risa corta y suave, y movió la cabeza de lado a lado.
- No voy a hacerte nada raro – le aseguró. Después le puso las manos en los brazos, y lo empujó levemente para obligarlo a girarse.
Seifer la vio coger el bote de gel que había sobre una pequeña repisa, a su lado, y un instante después sintió que apoyaba las manos sobre su espalda, extendiendo el jabón sobre él con suavidad. Cerró los ojos, alzando un poco la cabeza y cogiendo aire poco a poco. Dejó que sus manos convirtiesen aquella sustancia suave y resbaladiza en espuma, recorriendo sus hombros y sus costados, deslizándose sobre su estómago y abrazándolo.
Quistis apoyó la frente sobre su espalda, cerrando los ojos y moviendo las manos sobre él. Mantenía una sobre su cintura, sujetándolo contra ella, mientras la otra subía rozando su pecho hasta su cuello. Llenó los pulmones impregnándose también del olor de aquel producto que tan bien conocía, y sabiendo que ni siquiera se parecía al olor que tantas veces había sentido en él. Después sus manos bajaron de nuevo, y rozó su cara sobre la superficie mojada de su espalda hasta apoyarse con la barbilla entre sus hombros. Sintió que se tensaba un poco al notar sus uñas llegando a sus caderas, y Quistis sonrió mientras permitía que comenzasen a acariciar su sexo.
Seifer miró hacia abajo, observando la espuma y el agua que resbalaban sobre los dedos de Quistis a medida que recorrían su miembro lentamente. Lo hacía con suavidad, acariciando cada centímetro con curiosidad y paciencia, rozando con las yemas de sus dedos levemente. Al cabo de un minuto apretó un poco más, y Seifer dejó escapar un jadeo grave y profundo mientras apoyaba las palmas de sus manos en la pared que tenía frente a él.
La mano izquierda de Quistis se movió hasta apoyarse sobre el trasero de Seifer, y se movió hacia arriba ejerciendo un poco de fuerza, recorriendo su columna hasta llegar a su nuca, mientras la derecha se apretaba sobre su miembro y lo recorría de manera algo más rítmica. Seifer sintió sus uñas arañando entre su pelo, y después se movieron sobre su cuello, obligándolo a estirar la cabeza un poco más hacia atrás. Sintió su respiración junto a su oído, y después su lengua sobre su cuello. Lo mordió una única vez, entre el cuello y el hombro, apretando lo suficiente como para oírlo sisear, y después Seifer se giró hacia ella sujetándola por las muñecas y mirándola furioso.
El agua caía sobre ambos, y el pelo de Quistis se pegaba a su cuello y sus hombros mientras sus labios brillaban húmedos e invitadores. Le sonrió como si no le tuviese miedo alguno, y después dio un paso a atrás y Seifer le soltó una mano mientras la movía tras ella abriendo la mampara. Salió de la ducha lentamente, obligándolo a seguirla mientras respiraba agitadamente, como un depredador a meros centímetros de un jugoso bocado.
- Cierra la ducha – le susurró Quistis sonriendo y haciendo un gesto tras él.
Seifer apretó las mandíbulas, y se movió sin mirar hacia atrás buscando el grifo con la mano. Cerró el agua, y se movió de nuevo hacia ella mientras Quistis cogía una toalla y la abría entre ambos. Se quedó parado en frente, un poco más tranquilo, y permitió que lo envolviese y frotase su cuerpo con calma. Lo secó un poco, y pasó aquella toalla un par de veces sobre su cabeza, y después se puso la misma toalla un poco mojada sobre los hombros. Seifer la observó en silencio, y colocó las manos sobre su cintura, permitiendo que la toalla quedase entre sus dedos y su piel, y movió sus manos sobre sus costados, aunque sin intención de secarla como ella había hecho con él.
La empujó un poco hacia atrás, hasta que su trasero se apoyó sobre el lavabo, y Seifer se agachó un poco poniendo una mano tras una de sus rodillas y ayudándola a sentarse sobre la superficie de piedra. Después se acomodó entre sus piernas, pegando su cara a la de ella y respirando sobre sus labios mientras comenzaba a entrar poco a poco en su interior.
Sintió que rodeaba su cuello con los brazos, gimiendo contra su boca, y ambos comenzaron a moverse lentamente perdiendo sus miradas en los escasos milímetros que había entre ambos.
La oyó murmurar su nombre, y sintió un escalofrío recorriendo su columna
Después sus dedos volvieron a colarse entre su pelo, corto y empapado, y lo besó con infinita paciencia, permitiendo que se moviese cada vez más deprisa.
- Xian – murmuró cuando por fin se apartó un poco de él -... ¿cómo puedes besar así?
Quistis no le contestó nada, solo sonrió, y lo besó de nuevo, permitiendo que su lengua se moviese buscando la de él, y sujetando después su labio inferior con los dientes durante un segundo, mientras él jadeaba y la levantaba sujetando el peso de su cuerpo con ambos brazos, intentando no salir de su interior mientras se movía como buenamente podía hacia la cama.
Regaliz y Cookie estaban acurrucados en su propio colchón, y los miraron con una mezcla de curiosidad y pereza mientras ambos caían sobre las sábanas, gimiendo y moviéndose poco a poco buscanso un ritmo acompasado y cómodo.
Al cabo de un buen rato, Seifer se separó un poco de ella, apoyándose en ambos brazos y frunciendo el ceño con los ojos cerrados. Quistis se sujetó a sus brazos, y sonrió mientras lo observaba.
- Deja de aguantarte – le pidió, viendo claramente que estaba al límite.
Seifer la miró, cogiendo aire con dificultad, y Quistis lo sujetó de la nuca y lo obligó a besarla mientras movía sus caderas con fuerza, apretándose a él. Sintió que se estremecía y gemía contra sus labios mientras llegaba al orgasmo, moviéndose entre sus piernas con fuerza pero lentamente. Después su cuerpo se relajó un poco, y Quistis sonrió contra sus labios moviéndose bajo él, permitiendo que se acomodase un poco mejor.
- Dame un minuto – le pidió él jadeando, y poyó la frente sobre su clavícula. Después ella le puso las manos en la cara, obligándolo a mirarla, y movió la cabeza de lado a lado sonriendo y alzando una ceja.
Lo obligó a moverse sobre ella y rodar hacia un lado, mientras se arrodillaba sobre su cuerpo y le cogía la mano derecha. La puso entre sus piernas, permitiendo que acariciase su sexo, y se inclinó sobre él mirándolo a los ojos.
- No he venido aquí a darte un minuto – le dijo.
Seifer la miró sin decir nada, y después tragó saliva y apretó las mandíbulas, moviendo dos dedos para entrar en ella y comenzar a deslizarlos en su interior poco a poco. La oyó gemir, y moverse sobre él lentamente, siguiendo cada movimiento de sus manos con sus caderas, apretándose contra su mano y respirando pesadamente. Al cabo de algunos minutos, Seifer comenzó a sentir los músculos de su antebrazo y su mano cansados y algo torpes, y su miembro casi tan duro como al principio. Gruñó mirándola con impaciencia, y puso una mano sobre sus caderas mientras la obligaba a sentarse sobre él, sujetando su sexo y penetrándola de nuevo. Quistis lo miró sonriendo, y lo sujetó por las muñecas, inclinándose sobre su cuerpo mientras su pelo mojado rozaba el pecho de Seifer, haciendo que la sensación húmeda y fría le hiciese sentir escalofríos.
Quistis se movió sobre él hacia adelante y hacia atrás, describiendo pequeños círculos con las caderas de vez en cuando, cambiando el ritmo e inclinándose poco a poco. Se tumbó totalmente sobre su cuerpo, rodeando sus hombros con los brazos mientras él la sujetaba por la cintura, empujando cada vez más deprisa entre sus piernas. Sintió que volvía a lamer su cuello, y que lo mordía de nuevo, apretando y sintiendo un escalofrío al oírlo respirar con fuerza entre dientes. Después pasó la lengua sobre el lugar en que lo había mordido, y lo besó un poco más arriba, bajo el lóbulo de su oreja.
- Xian... - lo oyó murmurar.
Podía oírla gemir junto a su oído, mientras sentía que frotaba su sexo sobre el suyo, apretándose cada vez más contra sus caderas al mismo tiempo que él seguía sujetándose a las de ella y empujaba más deprisa, haciendo que su cuerpo se moviese sobre el de él.
- Sigue... - le pidió ella con un hilo de voz – Sigue así.
Lo oyó gruñir mientras volvía a morder su cuello, gimiendo contra su piel mientras llegaba al orgasmo, apretando y clavando sus uñas en su espalda, bajo su cuerpo. Seifer también gimió, sintiendo que se liberaba en su interior por segunda vez, mientras los músculos de su cuerpo se tensaban de manera casi dolorosa bajo el peso de su cuerpo. Después dejó de aguantar la respiración, vaciando los pulmones y cogiendo una gran bocanada de aire, sintiendo que casi se asfixiaba en el olor de su cuerpo.
- Xian, Quistis... - murmuró, exhausto.
Después ella se apartó un poco, también respirando con dificultad, y se dejó caer a su lado. Seifer giró la cara hacia ella, y la miró entre sorprendido y nervioso. Había algo distinto en la manera en que lo había mirado todo el rato, y la forma en que sus manos se habían movido con tranquilidad y naturalidad sobre su piel, igual que lo había en la manera en que su cuerpo descansaba junto al de él, con una pierna por encima de las suyas y la cara pegada a su cuello, mientras respiraba de manera pesada y sonora, recuperando el aliento.
Parecía tranquila, y eso lo ponía nervioso.
La miró, y en sus ojos seguía habiendo una sombra inusual.
- La próxima vez avísame – le dijo Seifer con una sonrisa desenfadada, intentando romper el hielo -. No hubiese ido al centro de entrenamiento si hubiese sabido lo que me esperaba. Me duele todo...
Rió en voz baja, y Quistis le devolvió el gesto con una sonrisa extraña.
- No habrá una próxima vez – le dijo en voz baja.
Seifer la observó en silencio, pero sus palabras no lo sorprendieron. Todo estaba siendo demasiado extraño. Los ojos de Quistis recorrieron su rostro a medida que la sonrisa de Seifer iba desapareciendo, y después volvió a mirarlo a los ojos.
- Pero eso ya lo sabías, ¿no? - le preguntó.
Seifer hizo un gesto arqueando levemente una ceja mientras cogía aire llenando los pulmones. Miró hacia el techo, cada vez más nervioso, intentando no dar nada por hecho, mientras una voz en su interior le repetía como tantas veces antes que solo había sido cuestión de tiempo que se cansase de él.
Quistis lo miró sin saber qué sacar de aquel silencio, y le tocó la cara para obligarlo a mirarla de nuevo.
- Estoy embarazada, Seifer – le dijo.
Podía sentir perfectamente su incomodidad y nerviosismo, pero al mismo tiempo había una falta total de sorpresa en su mirada.
- Pero eso también lo sabías, ¿verdad? - le preguntó, sonriendo levemente.
Seifer continuó mirándola sin decir nada durante unos instantes más, y después volvió a respirar lentamente y apartó la mirada mientras ponía una sonrisa confiada en sus labios que no quedó ni la mitad de creíble que las habituales.
- Enhorabuena – le dijo simplemente.
Quistis sonrió, y también desvió la mirada apartando la mano de su cara.
- Gracias – susurró.
El silencio los cubrió durante un instante, haciendo que el aire se tornase pesado y tenso, y Quistis permitió que su mirada divagase sobre el cuerpo desnudo de Seifer. Seguía teniendo una pierna sobre las de él, y su brazo quedaba pegado a su torso, tocando sus pechos. Había una sensación reconfortante y casi familiar en el calor de su piel, y sentía que la proximidad le permitía contagiarse de la inquietud que lo iba invadiendo poco a poco.
Seifer respiraba lentamente, sin hacer ruido, pero a base de fuerza de voluntad, intentando ocultar la sensación impaciente y enfurecida que comenzaba a crecer tras su pecho. Había algo parecido a la ansiedad y al miedo, pero también un impulso que reconocía muy bien. Era algo que siempre lo hacía ser más incauto e impetuoso que de costumbre.
Volvió a mirarla, y Quistis levantó los ojos de nuevo hacia los suyos cuando sintió que giraba la cara hacia ella.
- Quédate... - le susurró, con una voz que casi no parecía suya.
Quistis lo miró en silencio, sintiendo que aquella palabra casi le producía más miedo que nervios, y después sonrió y señaló hacia el sofá que había junto a la puerta.
- ¿No has visto el neceser? - le preguntó – Ya contaba con pasar la noche aquí.
- Y después – añadió Seifer de inmediato, sin dejar de mirarla.
Se quedó callada, mirándolo mientras sus ojos denotaban incomodidad.
- Quédate conmigo, Quistis – le pidió.
Y ella bajó la mirada suspirando en silencio, conociendo tan bien como él el peso real de aquellas palabras. Lo que realmente significaban y lo que realmente le estaba pidiendo.
- No funcionaría – murmuró sin mirarlo, deseando que aquel par de palabras fuesen suficiente para convencerlos a ambos.
Seifer apretó las mandíbulas, y se movió hacia ella, poniendo una mano sobre su mejilla y besándola suavemente. Ella le devolvió el gesto sin resistirse, pero cuando se apartó le sonrió con tristeza y movió la cabeza de lado a lado.
- Sabes que tengo razón, Seifer – le dijo, acercándose un poco más a él y rodeando su cintura con un brazo al mismo tiempo que apoyaba la cabeza sobre su pecho -. No funcionaría.
Él frunció el ceño y se movió permitiendo que se acomodase sobre él, colando un brazo bajo su cuello y apoyando la mano sobre su espalda.
- ¿Que no funcionamos, dices? - preguntó con voz socarrona, riendo levemente después.
- Físicamente puede que lo hayamos hecho funcionar – añadió después ella -. Pero queremos cosas diferentes.
Seifer se apartó un poco de ella, intentando mirarla, pero Quistis mantenía la cabeza agachada, evitando que pudiese ver su rostro mientras movía la cabeza suavemente como si dijese que no.
- Lo único que puedo ofrecerte es esta noche – murmuró después.
Podía oír su respiración, casi tan inquieta como los latidos de su corazón, pero sintió que Seifer volvía a dejar caer su cabeza sobre la almohada y su silencio fue todo lo que ella necesitaba para calmarse un poco, agradeciendo que no intentase convencerla de lo contrario.
Un buen rato después, la voz de Seifer resonó en el silencio de la habitación susurrando de manera tranquila y dócil. Casi vulnerable.
- ¿Y durante esta noche te puedo pedir total sinceridad? - le preguntó de repente.
Aquella pregunta la hizo sentir aún más inquieta que la anterior, y Quistis asintió un rato después, nerviosa, sabiendo que ser totalmente sincera no la iba a poner en ninguna situación cómoda. Sin embargo, aquella noche estaba allí porque lo necesitaba. Porque sabía que estaba en deuda con él, y que era lo mínimo que podía hacer por ambos. Ser totalmente sincera era algo que tampoco podía negarle.
- Si todo hubiese sido diferente – comenzó a decir, dudoso -... Si te hubiese dicho algo distinto en el cumpleaños de Auri... ¿Crees que las cosas ahora serían de otra manera?
Quistis no contestó, pensó en aquella posibilidad sin tener muy claro a qué se estaba refiriendo.
- Si me hubiese sentado a tu lado y hubiésemos bebido una copa simplemente hablando – añadió él un instante después, pensativo -... Si te hubiese preguntado por, no sé... la misión de la que acababas de volver...
Quistis se movió junto a él, tumbándose bocarriba y mirando hacia el techo, dejando la cabeza apoyada sobre el brazo de Seifer mientras lo oía hablar.
- Si te hubiese dicho que estabas increíble... - susurró.
Quistis sonrió levemente, incapaz de creer que hubiese conseguido decir algo así sin que sonase simplemente como si quisiese colarse de nuevo entre sus piernas.
- Que eras con diferencia la persona más interesante en aquella cafetería...
Sintió que se movía junto a él inclinando un poco la cabeza, mirándose las manos mientras se rozaba las uñas con las yemas de los dedos de manera distraída.
- Que no podía apartar los ojos de ti... Que la manera en la que mirabas a aquella niña y sonreías era lo más... real que había visto jamás...
Quistis tragó saliva y respiró lentamente intentando no hacer ruido, comenzando a sentir un nudo nervioso en la garganta.
- Que me hiciste pensar 'ojalá alguna vez alguien llegue a mirarme a mí con la misma sinceridad y ternura' – murmuró casi de manera inaudible.
Se quedó callado un instante, pensativo, sabiendo que iba a arrepentirse de todas y cada una de aquellas palabras.
- 'Ojalá ella me mirase así...' - añadió después, y de nuevo se quedó callado.
Quistis lo oyó coger aire por la nariz, llenando los pulmones como si se hubiese quitado un peso de encima.
- Si simplemente te hubiese pedido que... no sé – titubeó, incómodo, como si no supiese exactamente las palabras que debía usar -... que cenases conmigo algún otro día o algo así.
Quistis sintió por el movimiento de su cuerpo que se encogía de hombros y movía la cabeza de lado a lado.
- ¿Crees que las cosas ahora serían diferentes?
El siguiente silencio fue algo menos pesado y tenso, Quistis tenía la respuesta muy clara.
- Puede... - dijo, sin ser totalmente sincera. Después suspiró y cerró los ojos – Seguramente... - se corrigió.
Se movió junto a él, girando sobre su espalda y apoyándose sobre los codos, dejando que su barbilla descansase sobre su pecho mientras lo miraba a los ojos.
- Pero no habrías hecho eso – le contestó con una sonrisa triste.
Seifer la miró, y después dejó escapar una risa seca y corta, sabiendo que tenía razón.
- Seifer Almasy no sabe pedir una cita... Ni hacer cumplidos sin que suenen a mofa o a reproche... - le recordó ella.
Él levantó ambas cejas perdiendo la mirada sobre su rostro.
- Acabo de hacerlo – le contestó.
