"Ficción Slash"

Interrogar al leviatán Chet es tan frustrante como te habías imaginado. Si no fuera por el hechizo de Stark ahora serías un caramelo masticable para el bocazas encadenado en el sótano de la cabaña de Rufus.

Hay algo más, pensabas que bastaría aplastarlo con un coche o un tractor para acabar con uno de ellos, pero Edgar, el que destruyó el desguace de Bobby está perfectamente sano y feliz. Lo único útil que podéis sonsacarle es que se conoce todos vuestros alias, todos vuestros contactos y vuestra forma de actuar.

Es cuestión de tiempo que os atrapen si no hacéis algunos cambios drásticos en vuestra forma de investigar. Bobby conoce a alguien que puede ayudaros, un paranoico de las conspiraciones al que salvó la vida una vez. Cuando veis vuestras caras en todas las noticias comprendéis que no hay más opción que hacer una visita a Frank Devereaux.

Si no es bastante malo que un par de leviatanes disfrazados de vosotros vayan por el país asesinando a todo el que se ponga por delante ahora tendrás que renunciar a pisar un hotel, a tu medio habitual de financiación con tarjetas de crédito robadas y (lo que más te duele) a tu coche.

Frank Devereaux está como una regadera, no os dispara, de milagro, pero os sangra un dineral por unas identificaciones falsas y un portátil nuevo para Sam. Lo del impala te ha llegado al corazón, dejarlo tirado a merced de ese chiflado te pone enfermo. El coche de sustitución que has robado en una gasolinera mientras sus ocupantes tomaban café no contribuye a mejorar tu mal humor.

Con las pistas que ha reunido Frank sobre vuestros dobles leviatanes os dirigís hacia su último golpe. Sam intenta encontrar una pauta mientras tú crees que el asiento del monovolumen familiar te está provocando un sarpullido.

Al menos la música no es mala y mientras tu hermano tiene fija la mirada en los documentos, buscando un sistema en la forma de actuar de los monstruos, tú tarareas en silencio, imaginando que es tu nena lo que conduces.

Sam encuentra por fin la conexión. Los leviatanes están siguiendo vuestros pasos, todos los sitios en los que habéis trabajado desde que sacaste a tu hermano de la universidad y comenzó toda la locura del apocalipsis. Según ese orden ahora tocaría San Luís, pero Bobby os llama para deciros que llegáis tarde, que tu restaurante favorito de San Luis ha sido barrido del mapa por vuestros dobles.

Hay una buena noticia sin embargo, cortarles la cabeza no los mata pero los detiene por un rato. El problema es poder acercarte lo bastante para cortarles la cabeza. De todas formas hablar con el viejo te pone de buen humor, más aún cuando escuchas la voz de la sheriff Mills y notas como se pone nervioso al insinuar que está ligando. Eres capaz de imaginar que el chatarrero se ha puesto todo rojo de vergüenza bajo la gorra.

La siguiente parada en el camino es Ankeny, Iowa y lo primero que veis al llegar ahí son vuestros dobles en una falsa nena a la que le vas a quitar las llantas para la tuya. De alguna forma van a compensaros esos bocazas.

Necesitas algo para pararlos ya, porque vas a ir por ellos, es una cuestión de principios y Sam está totalmente de acuerdo. No llegas a saber si Bobby ha conseguido algo, antes de que podáis reaccionar sois rodeados y detenidos por la policía mientras los auténticos asesinos se burlan de vosotros desde el otro lado de la calle.

No podéis hacer nada, no os creen. Os separan para minimizar el riesgo de fuga, Sam a interrogatorios, tú a la celda más alejada de las demás. Insistes en tu llamada, en tus derechos constitucionales.

Te has pasado toda la tarde paseando como un león enjaulado de un lado a otro de la celda. Cada vez que has visto la sombra del sheriff o de algún policía les has recordado insistentemente tu derecho a hacer una llamada, al final el veterano sheriff se ablanda y te deja llamar con su móvil. Es incómodo hablar con Bobby por el altavoz porque el agente de la ley no va a dejar que toques su teléfono. Pero al fin tiene algo, una sustancia que está en los detergentes y friegasuelos: Bórax.

El sheriff escucha horrorizado vuestra conversación sobre disolverlos y decapitarlos para enterrar las partes por separado. Es demasiado para el veterano policía, se niega a escucharte, a traer lo que le has pedido. Estás atrapado y lo peor es que dudas mucho que los leviatanes se conformen con vosotros y no terminen con todos los policías de la oficina.

Te dejas caer sin ideas en el camastro de la celda y levantas la vista para ver el rostro demudado del viejo sheriff que está abriéndote la celda. No tienes que intentar convencerle ya de nada. Lo que sea que haya visto ha sido suficiente para creerte. Lo envías a buscar todo lo que tenga bórax y tú vas a liberar a tu hermano antes de que lo atrapen.

Respiras aliviado cuando lo ves llegar, pero una segunda mirada y comprendes que no es Sam, es un leviatán. Le disparas a la cara con el arma de uno de los comisarios semidevorados. El monstruo te lanza con violencia contra la estantería de trofeos de la policía, destrozándola, te levantas con dificultad para ver como el sheriff baña al clon de Sam en lava suelos.

Mientras grita tratando de limpiarse lo decapitas, coges el resto de detergente y entras en la sala de interrogatorios a tiempo de impedir que tu doble devore a tu auténtico hermano. Sientes un placer insano en cortarle la cabeza al monstruo con tu cara.

Sam no dice nada, tiene mala cara, debe ser otra de sus alucinaciones. Lo liberas y lo sacas de allí con la gratitud del sheriff y la promesa de quitaros de la lista de los más buscados. Si ambos estáis muertos (otra vez) no tiene sentido que permanezcáis en busca y captura.

Lleváis las cabezas de los dos monstruos en el maletero, las has cubierto de cemento para que no se vea que son y para que, cuando las hundas al final del muelle donde te has detenido, se queden en el fondo para siempre.

Sam está muy callado. Demasiado. No ha hablado desde que salisteis de comisaría. Estás preocupado. Pero el chico no suelta prenda. Al final estalla, te dice lo que está mal, esa bomba la estabas esperando desde hace semanas y no hay manera de detenerla.

Está furioso, tanto que si intentas hacer algo por detenerle le harás más daño que bien, tienes que dejar que se marche, cuando piense en todo esto por sí mismo dejará de odiarte ¿no? Quizás no, para él sólo eres una copia barata de papá y si pudo pasar cuatro años sin dirigirle la palabra…

Te echa, literalmente te echa de su lado. Te sientas en el coche, durante horas, hasta que anochece. Sam se ha ido, posiblemente en autostop. Tiras las cabezas al mar y vacías el maletero, te echas la bolsa con la ropa y las armas al hombro y caminas toda la noche.

_Continuará