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Capítulo 28 El amor es complicado

Hola, Mei

Perdona la letra. Como ves aún no controlo del todo la mano, pero al menos ya soy capaz de escribir mis propias cartas.

Los medimagos dicen que me estoy recuperando muy rápido y que podría salir del hospital la primera semana de junio. No creo que vuelva a Hogwarts ya este año, no sé siquiera si mis padres me dejarán volver el año que viene. Ellos piensan como tú, creen que me tiraron por la ventana. Ojalá yo me acordara de algo, pero lo único que recuerdo de esa noche es el vestido que llevaba.

Me parece que si vuelvo a Hogwarts me va a tocar repetir curso, porque no sé cómo voy a hacer los TIMO si no he estudiado nada. Me daría mucha pena por Ginny, pero sería divertido ir a clase con Albus y Scorpius.

Hablando de Ginny, me escribió una carta contándome que Aldric había estado medio saliendo con Edgecombe días antes de que yo saliera del coma. ¿Es verdad? Aldric me está escribiendo, pero… no sé, sus cartas no son muy románticas que digamos. Dime la verdad, no pasa nada aunque ya no me quiera. Si te digo la verdad ahora lo único que me importa es salir del hospital.

Estoy preocupada por vosotros. Si tienes razón y alguien quiere matarnos… Prometedme que tendréis mucho cuidado.

Seren interrumpió la laboriosa escritura de la carta cuando oyó que alguien llamaba a la puerta. Su padre, que la acompañaba en ese momento, se tensó ligeramente. Sus padres estaban convencidos de que los Parásitos iban a volver a atacarla antes o después y no la dejaban sola ni a sol ni a sombra, y eso que siempre había un auror en la puerta, además, claro está de los vigiles y Cuervos que vigilaban San Mungo desde lo de Windfield.

Pero sólo era un enfermero que pasaba a tomarle la temperatura. Lo hacían todos los días, aunque no sabía muy bien por qué.

-No tienes fiebre –dijo el enfermero, como siempre-. ¿Cómo te encuentras?

-Bien.

Él le sonrió. Tenía una sonrisa bonita, aunque no era nada guapo. Recordaba vagamente a un jarvey, el pobre.

-Pronto saldrás de aquí.

-Eso espero –dijo ella, de corazón. En el hospital la estaban tratando muy bien, pero tenía muchas ganas de salir de allí, de volver a su vida normal.

El enfermero se fue, dejándola a solas con su padre.

-Cuando salgas de aquí, lo que tienes que hacer es no volver a meterte en líos, ¿entendido? –dijo entonces su padre en tono pesaroso.

-Papá, no lo hice adrede…

-Sí, ya lo sé, Seren, pero esto no habría pasado si el año pasado te hubieras mantenido alejada de los problemas. Tú sólo eres una alumna de Hogwarts, tu obligación es estudiar y sacarte buenas notas.

Seren miró a su padre con cierta incredulidad. Aun sabiendo que en sus tiempos había sido un Ravenclaw, le parecía increíble que estuviera diciendo que sacarse buenas notas era más importante que salvar a unos pobres niños a los que iban a secuestrar. Y tampoco era como si hubiera planeado enfrentarse a todos aquellos Parásitos. En el plan original, eran ellos cuatro contra un Parásito. Lo que pasaba era que las cosas se habían complicado inesperadamente.

-No podía dejar que se los llevaran, ¿no?

Su padre suspiró, cansado.

-No, no estoy diciendo eso. –Hizo una pausa, como si estuviera pensando algo-. Bueno, al menos en casa estarás más segura que en Hogwarts.

Seren no discutió aquello. No sabía si quería discutirlo. Volver al colegio sabiendo que probablemente había alguien que quería matarla no le hacía ninguna gracia, pero a la vez le preocupaba muchísimo que sus amigos estuvieran allí. Ponerse a salvo y dejar que ellos solos se enfrentaran a la persona que había tras todos esos accidentes parecía una cobardía.

Después, inquieta, continuó la carta a Mei.


Harry había quedado con Ron en el Caldero Chorreante después de su trabajo; fiel a su promesa de vigilar lo que bebía, sólo se pidió una cerveza de mantequilla. Ron pidió lo mismo y ya sentados en una mesa, miró a Harry con expresión seria.

-Dean ha pasado hoy por la tienda. Miriam, la novia de Seamus, ha roto con él.

-No jodas, ¿por qué? –exclamó, muy sorprendido.

-Se ha enamorado de otro.

Harry dio un pequeño silbido.

-Qué putada. ¿Seamus está bien?

Ron hizo una mueca que indicaba que no lo tenía muy claro.

-Se lo dije cuando empezaron a salir, ¿sabes? Los Burrows son muy tradicionales, no les hará gracia que su hija salga con un divorciado… Lo raro es que hayan durado tanto tiempo. Como mi hermana con ese Silverstone… Ya verás como no llegan a nada serio.

-Eh… -Ron lo miró-. Estar divorciado no tiene nada de malo.

Ron pareció darse cuenta entonces de lo cerca que le caía a Harry esa conversación.

-Claro que no… No. Pero mucha gente piensa que sí, especialmente entre los sangrepuras. La prueba la tienes en Miriam.

-Pero ¿estás seguro de que ha sido por eso? Dices que se ha enamorado de otro, ¿no?

-Sí, pero se ve que le ha dicho a Seamus que tenía miedo de comprometerse con él porque no podía estar segura de que él pudiera comprometerse de verdad.

Harry resopló ligeramente, disgustado con las ideas del mundo mágico sobre el divorcio.

-Eso es una tontería.-Y desde luego su divorcio no había hecho que la gente se lo pensara dos veces antes de estar con él porque seguían ofreciéndole oportunidades allá donde iba. En ese mismo instante, de hecho, una pobre chica estaba mirándolo como si fuera una aparición divina-. Y te digo una cosa, ese Silverstone puede andarse con ojo. Porque como mis hijos le tomen cariño y él desaparezca a los seis meses voy a enfadarme de verdad. Con los niños no se juega.

Ron alzó ligeramente su cerveza en su dirección para darle a entender que brindaba por eso y propuso quedar a cenar una noche con Seamus, Dean y Neville, los cinco solos. A Harry le pareció una buena idea, hacía tiempo que no lo hacían. Y se olvidó de todo aquello del divorcio, pero no por completo. Cuando regresó a casa, ya solo, volvió a pensar en ello con una leve sensación de incomodidad. Él era perfectamente capaz de comprometerse en serio; no era por eso por lo que su matrimonio no había funcionado. Le irritaba que pudieran pensar lo contrario, sobre todo considerando que esperaba rehacer su vida con alguien.

Kreacher le esperaba con la cena preparada. Harry cenó en el comedor, pensando en lo que sería tener ya a ese alguien en su vida. Últimamente siempre se imaginaba con un chico. Alguien divertido, interesante. Hablarían durante la cena y luego leerían juntos o escucharían la radio o se irían a ver una película al Londres muggle. Sería parecido a las noches en las que quedaba con Draco. Le gustaba esa clase de compañía; con Draco uno nunca se aburría. Y luego subirían al dormitorio, se tumbarían en la cama y follarían y se dormirían juntos.

Cuando terminó de cenar, se dio cuenta de que realmente no le apetecía estar solo esa noche. Había un chico muggle muy majo, Scott, con el que había follado algunas veces y quizás podía llamarlo desde algún locutorio y ver si podían quedar, pero se dio cuenta de que le apetecía otra cosa, quizás estar con alguien a quien no tendría que mentir cada dos minutos. Sin pensarlo más, fue a la Red Flú y llamó a Draco.

-¿Qué haces?

-Acabo de cenar. ¿Por qué?

-Estoy aburrido –confesó, sin molestarse en buscar excusas.

Draco sonrió ligeramente.

-Potter, pareces un crío. ¿Quieres venir?

-Vale.

Harry le dijo a Kreacher dónde iba y cruzó por Red Flú a casa de Draco. Después de saludar a Narcissa, Andromeda y las dos rusas, Draco y él se metieron en un salón contiguo, decorado de modo vagamente oriental. Harry recordaba perfectamente haberlo examinado durante las inspecciones: la armadura de samurai que había en unas paredes resultaba inolvidable.

-¿Te apetece tomar algo? Tereshkova nos ha regalado una botella de vodka casero, típico de Rusia.

-Prefiero una taza de té, si no es molestia.

-Ninguna –dijo Draco, antes de llamar a uno de los elfos para ordenarle que les llevara dos tazas de té.

-¿De dónde ha salido esa armadura?

Draco se la quedó mirando como si estuviera haciendo memoria. Había algo hipnótico en su anguloso perfil. Draco era muy atractivo, pensó Harry de pronto. No de un modo convencional, no como Cavan, pero una vez le pillabas el truco resultaba difícil no verlo.

-Abraxas Malfoy. Pero no mi abuelo; el que vivió en el siglo XVIII. Estuvo en Japón veinte años.

-¿Y eso?

-Le gustaban los dragones. La armadura perteneció a un amante suyo.

-¿Era muggle?

-No creo. Había magos samurais

Harry se la quedó mirando. No sabía gran cosa sobre samurais, aparte de que llevaban katanas y se hacían el harakiri por la razón más nimia, pero la armadura llamaba la atención.

-Es impresionante. –Después se giró hacia Draco-. ¿Te sabes el origen de todos los objetos de la mansión?

Aquello le hizo reír. Harry se acordó de pronto que le había visto reír una vez en la heladería de Fortescue y le había parecido raro, tan acostumbrado estaba a verlo inexpresivo o malhumorado a su alrededor. Las risas de Draco parecían pertenecer únicamente a su círculo más cercano; la idea de que él era ahora uno de ellos le hizo sentirse extrañamente orgulloso de sí mismo, como si hubiera conseguido algo importantísimo.

-Por Merlín, no. No estoy tan loco, ya tuve bastante con aprenderme las genealogías. Pero sé algunas cosas, las más llamativas. Como comprenderás no es muy habitual encontrarse una armadura samurai en una mansión inglesa.

Quizás no, pero si todos viajaban tanto como Draco…

-¿Cuál ha sido tu aportación a la decoración de la mansión?

-Un par de jarrones chinos, una talla africana… Nada demasiado espectacular.

-Lo más exótico que he comprado nunca fue en nuestra luna de miel. Fuimos a Tahití. –Un recuerdo con olor a coco y agua salada inundó su mente-. Fue la primera vez que me bañé en el mar.

Draco frunció levemente las cejas.

-¿En serio?

-Sí. Aprendí a nadar en Hogwarts, a finales de primer año. Ron me enseñó.-Sonrió al pensar en aquellos días de junio, cuando las aguas del lago estaban soportables; Ron se reía y le animaba y le aseguraba que nadar en el mar le resultaría después más fácil-. ¿Has estado en Tahití?

-No, pero sé que los magos viven en una isla que los muggles no conocen.

Harry asintió.

-Es un sitio precioso. Los magos allí creen en un dios que se llama Tawanai. Y te juro que lo mires por donde lo mires parece una polla de dos palmos.-Draco se echó a reír de nuevo-. Nos compramos una estatua suya porque decían que daba buena suerte. La tuvimos por casa hasta que nació James. Ginny la guardó en el desván, decía que no quería que los niños se crearan falsas expectativas.

Draco seguía riendo.

-Esa es buena.

Al mencionar a Ginny, Harry se acordó de lo que habían hablado Ron y él un rato antes.

-Oye, Draco… ¿tú conoces a los Silverstone?

-He tratado con ellos –asintió, poniéndose un poco más serio.

-Ron piensa que Caspian Silverstone no va a ir en serio con Ginny porque ella está divorciada.

Draco se lo pensó antes de contestar.

-Es probable, sí. Aunque Caspian no va a ser el patriarca del clan, y eso ayuda.

Harry frunció el ceño.

-¿Has oído lo que ha pasado entre Miriam Burrows y Seamus Finnigan?

-Sí, me lo contaron ayer. Miriam está prometida con uno de los Redfeathers. –Había cierta aprobación en su rostro, pero la hizo desaparecer rápidamente-. Lo siento por tu amigo, espero que no lo esté pasando muy mal.

Harry se cruzó de brazos.

-Esto es una mierda. Por el amor de Dios, en el mundo muggle a nadie le importa tres cominos si estás divorciado.

-No estamos en el mundo muggle –replicó previsiblemente-. Oye, Harry… tu ex mujer también se ha criado aquí, sabe lo que significa un divorcio. No creo que sea tan ingenua como para no haber sacado el tema con él.

-No es ella la que me preocupa. Bueno, un poco, sí, pero pienso sobre todo en los niños. No quiero que se meta en sus vidas para luego romper con Ginny y desaparecer.-Draco asintió ligeramente, como si le comprendiera. Harry se lo quedó mirando; de repente había algo que necesitaba saber-. ¿A ti te importaría eso? ¿Irías en serio con alguien divorciado?

-Ni siquiera pienso en salir con nadie, ¿cómo quieres que lo sepa?-Su respuesta le dejó insatisfecho, aunque no supo por qué, pero tampoco pudo pensarlo mucho porque las siguientes palabras de Draco lo descolocaron bastante-. Espero que no estés pensando en liarme con tu ex mujer.

Si Harry hubiera estado bebiendo de su taza de té en ese momento, habría sucedido un desastre.

-Dios mío, no… Ni se me había pasado por la cabeza. Sólo era curiosidad.

Draco meneó la cabeza y lo miró con lo que parecía un ligero afecto.

-Tú y tu divorcio… ¿Es que no puedes hacer las cosas como una persona normal por una vez?

-Ni que lo hubiera planeado –se defendió Harry-. Pasó así.

-Pasó así… –repitió, con burlón escepticismo-. En fin, he estado pensando en lo de volver a los bares muggles; he decidido que si alguien cree que no le estoy guardando el debido respeto a Astoria puede venir a decírmelo a la cara personalmente.

-¿Eso quiere decir que podemos quedar este sábado? –preguntó Harry, contento de que hubiera tomado esa decisión.

-Sí, lo tengo libre.

Los dos siguieron hablando casi hasta medianoche; Harry no se dio cuenta de lo tarde que era hasta que Narcissa entró para decirle a su hijo que iba a acostarse. Se lo había pasado tan bien que tenía la impresión de haber estado allí sólo media hora. Apurado, se despidió también de ellos y volvió a Grimmauld Place.

Harry aún mandaba a Kreacher a vigilar la casa de Ginny por las noches; aunque ya no fuera su mujer, era la madre de sus hijos y Harry no habría podido mirarlos a los ojos si a ella le hubiera pasado algo por estar sola. Eso quería decir que en Grimmauld Place no había nadie para recibirlo, pero estaba de buen humor y no le importó. Harry fue a la cocina a beber un vaso de agua y después fue a prepararse para meterse en la cama. Pensaba en el rato que había pasado con Draco. El muy idiota… ¿Por qué no había sido así en Hogwarts? Habría sido divertidísimo tenerlo como amigo, y no como enemigo.

Aún pensaba en él cuando se deslizó entre las sábanas y apagó la lamparilla mágica que había en su mesilla de noche.


Draco se miró una última vez en el espejo para cerciorarse de que la ropa muggle que había comprado unos días atrás le quedaba bien. Llevara traje o vaqueros, siempre tenía la vaga sensación de ir disfrazado. Aquella noche iba con unos vaqueros grises y una camiseta negra bastante ceñida, como estaba de moda.

Como siempre, había quedado con Harry a la salida del Caldero Chorreante. Él ya estaba allí, vestido de un modo parecido al suyo, pero con tonos azules.

-¿Llevas mucho rato esperando? –le saludó Draco, estrechándole la mano. Harry le dio también una palmadita amistosa en el hombro.

-He llegado pronto. Pero hace buena noche.

Era cierto, estaban en mayo y las noches, por fin, habían dejado de ser realmente frías. En la mansión, los jardines vibraban en una orgía de colores. Pero no había muchas flores en aquella zona de la ciudad.

Harry llamó a un taxi y se subieron a él. La conductora, que llevaba la cabeza cubierta por un pañuelo de colores, tenía puesta la radio, en la que sonaba una canción de aire árabe.

-Ayer estuve en casa de mi primo… bueno, en la casa en la que están viviendo, y aproveché para mirar un poco por Internet. Han abierto un pub nuevo, La Mazmorra. ¿Quieres que vayamos a ver qué tal está?

-Claro.-Si no tenían cuarto oscuro allí siempre podían ir a otro lado.

-He pensado que igual está decorado como… ya sabes.

La conductora les lanzó una mirada de curiosidad por el espejo del coche –seguramente porque había comprendido que iban a ir a un bar para gays- y Draco tuvo que morderse la lengua para no decirle que se metiera en sus cosas. Pero ella no dijo nada y ellos dos también permanecieron en relativo silencio; a Draco siempre le preocupaba un poco decir algo que pudiera resultar sospechoso, pues a pesar de sus visitas al mundo muggle sabía que su conocimiento sobre ese mundo tenía más lagunas de las que imaginaba.

-Es aquí –dijo ella, deteniéndose frente a un establecimiento que tenía una enorme puerta negra cerrada.

Harry pagó y los dos salieron del taxi. No se habían equivocado, porque el cartel de La Mazmorra era bien visible, pero a Draco le parecía algo diferente a los otros sitios en los que había estado, resultaba menos acogedor.

-¿Seguro que esto es un pub, Harry? Parece un poco clandestino.

-Sí, bueno… Por entrar y echarle un vistazo no perdemos nada.

En La Mazmorra había que llamar a uno de esos timbres para entrar, algo que también lo diferenciaba de locales anteriores. Daba la sensación de que no quisieran atraer a los clientes. Después de unos segundos, la puerta se abrió y apareció un tipo con bigote, vestido de cuero, que los miró de arriba abajo como si fueran una especie nueva.

-¿Qué queréis vosotros? –dijo, sonando bastante extrañado.

-Entrar –contestó Harry-. Esto es un pub, ¿no?

-No creo que sea de vuestro estilo.

-Oh, no te preocupes, a los dos nos gustan los hombres –dijo Draco, imaginando que ése era el problema.

El tipo de la puerta alzó las cejas.

-Ya… Bueno, pasad –dijo, abriendo del todo la puerta.

Al otro lado de la puerta se encontraron unas escaleras que bajaban a otro piso; allí se escuchaba música, aunque no tan alta como en otras discotecas. Draco bajó tras Harry, curioso por saber si realmente estarían decorados al estilo de las mazmorras de la Casa de Slytherin.

Lo que vio le dejó atónito.

Allí había unos treinta hombres, todos vestidos de cuero. Algunos llevaban pantalones con el culo al aire. Otros, collares parecidos a los que se les ponían a los perros. Había un tipo atado con cadenas cara a la pared y otro le estaba dando azotes en el culo. La inmensa mayoría se les había quedado mirando con un brillo en los ojos entre curioso y depredador.

-Por las pelotas de Merlín… -farfulló, notando cómo se le encendían las mejillas.

Harry le agarró del hombro.

-Vámonos de aquí.

Draco no necesitaba que se lo dijeran dos veces; no sabía a qué clase de antro le había llevado Harry, pero no quería quedarse allí ni cinco segundos. Por si acaso eran violadores en potencia o algo así preparó disimuladamente la varita, pero lo único que les siguió por las escaleras fueron las carcajadas burlonas de los clientes. El tipo que les había abierto la puerta seguía allí y meneó la cabeza cuando pasaron por su lado para salir del local.

Por fin en la calle, ya a salvo, se giró hacia Harry.

-¿Pero a ti qué te pasa? –exclamó, con incredulidad. ¿En qué estaba pensando para llevarlo a un sitio así? ¿Y qué opinión tenía de él, exactamente?

Harry lo miró con los ojos muy abiertos, abrió la boca, la cerró y de pronto empezó a reírse a carcajadas.

-Lo siento… No me lo imaginaba… No tenía ni idea.

Draco le observó unos segundos sin decir nada, vagamente irritado, pero la risa de Harry era contagiosa y él empezó a verle también la gracia a todo aquel asunto.

-Eres un degenerado, lo supe cuando empezaste a elucubrar sobre la vida sexual de los fantasmas.

Harry parecía todavía estar tratando de asimilarlo.

-Madre mía… -Draco soltó una risilla; de pronto se sentía como si tuviera quince años y hubiera hecho una gamberrada o algo así. Harry intentó ponerse más serio-. Esto no se lo contaremos nunca a nadie.

-No quieres que la gente sepa a qué antros de perversión llevas a pobres inocentes, ¿eh?

-Eso mismo –dijo Harry, risueño-. Aunque me parece que tú de pobre inocente tienes bien poco.

Aquello no era algo que Draco fuera a negar.

-Anda, dejémonos de experimentos y vamos a uno de los bares de siempre.

Uno de esos locales estaba a un par de calles de distancia y como la noche era buena echaron a andar hacia allí, discutiendo entre risas cuál de los dos había sufrido un shock más grande en el pub.


Harry se lo estaba pasando en grande. En aquella discoteca había un rincón con mesitas y butacas negras y ellos estaban allí, charlando y soltando carcajadas de adolescente. Le dolían las costillas de tanto reírse y tenía una sensación de felicidad, de estar a gusto, que no había sentido en mucho, mucho tiempo. Era uno de esos momentos que la vida debería congelar para siempre.

-No sé qué tiene de gracioso –dijo Draco, haciéndose el ofendido, aunque le revoloteaba una risa en los ojos y en la boca-. Yo me llevé un susto de muerte. ¿Qué iba a pensar al ver a ese niño dentro del carrito del supermercado?

-No puedo creer… que pensaras… que los estaban vendiendo –contestó Harry, entre carcajadas.

-A mí me parece un error muy comprensible.

-Oh, Dios… Deberías tener tu propia serie de televisión.

Draco lo miró con una mezcla encantadora de curiosidad, vanidad y desconfianza.

-¿Eso es bueno?

-Eso es bueno –confirmó Harry, sonriéndole.

Hubo una pausa en la conversación, uno de esos silencios cómodos que servían para saborear los detalles de los momentos perfectos. Pero al cabo de un rato, Draco, sin más, se puso en pie.

-Espera, ahora vuelvo.

Por un momento, Harry pensó que iba al cuarto de baño, pero cuando vio la dirección que tomaba se dio cuenta de que iba al cuarto oscuro. Su buen humor empezó a decaer como el mercurio de un termómetro bajo un hechizo congelante. Lo primero que sintió fue irritación. ¿No podía conservar la polla dentro de los pantalones por una jodida noche? Estaban hablando, pasándoselo bien; interrumpir la conversación sin más para irse a follarse a un completo desconocido le parecía directamente grosero.

Pero después miró en dirección al cuarto oscuro con una sensación turbulenta en las tripas. No le gustaba. No le gustaba ni una pizca. Draco era un idiota. ¿Por qué hacía eso? ¿Por qué se hacía eso a sí mismo? Se merecía algo muchísimo mejor que esos polvos anónimos y sin sentimientos. Se lo merecía todo. ¿Cómo podía dejar que cualquier pringoso le pusiera las manos encima? A él le hervía la sangre sólo de pensarlo. Le entraban ganas de entrar a zancadas en aquel sitio y zarandearlo por los hombros hasta que recuperara el buen sentido.

Un momento…

¿Celos?

Estaba celoso.

Conocía bien esa sensación. Era celoso, siempre lo había sido. Cuando alguien le gustaba.

Y entonces comprendió, no sin asombro, que le gustaba Draco.

Continuará